Al día siguiente se procedió a llevar a cabo en el castillo de Karnstein lo dispuesto la víspera. Abrieron la tumba de la condesa Mircalla y tanto el general como mi padre reconocieron, en el rostro que apareció a la luz del día, a su malvada y bella huésped. A pesar de que llevaba ciento cincuenta años enterrada, su piel presentaba el color de la vida, tenía los ojos abiertos y el féretro no olía a podrido. Los dos médicos presentes (uno en representación de quienes habían cursado la denuncia y el otro del juez encargado de la investigación) comprobaron que el cuerpo daba señales, débiles pero perceptibles, de actividad pulmonar y cardiovascular. Las articulaciones de brazos y piernas eran perfectamente flexibles y la piel, elástica. El ataúd, hecho de plomo, estaba lleno de sangre hasta una profundidad de unas siete pulgadas.
Se hallaban, pues, ante un caso manifiesto de vampirismo. En consecuencia, y siguiendo la antigua costumbre, se sacó el cuerpo del féretro y se le hundió una estaca afilada en el corazón. El vampiro soltó un grito desgarrador, y se procedió de inmediato a cortarle la cabeza. Un gran chorro de sangre surgió del cuello seccionado. A continuación, el cuerpo y la cabeza fueron colocados sobre una pira hecha de ramas y troncos y reducidos a cenizas, que fueron arrojadas al río. A partir de ese día, ningún vampiro volvió a asolar la región.
Mi padre posee una copia del informe de la Comisión Imperial, con las firmas de quienes participaron en el procedimiento y de quienes lo presenciaron en calidad de testigos. Para describir la escena anterior me he basado en dicho informe.
XVI. CONCLUSIÓN
El lector tal vez crea que al escribir esta narración lo hago con absoluta tranquilidad. Por el contrario, no puedo pensar en lo descrito sin sentirme profundamente turbada. De no haber sido porque me lo han pedido en numerosas ocasiones, por nada del mundo habría emprendido una tarea que afectará mis nervios durante meses y hará que vuelva a apoderarse de mí el terror que, después de tantos años, todavía hace de mis días y mis noches una tortura de dolor y soledad.
Añadiré, no obstante, unas pocas palabras acerca del misterioso barón Vordenburg, a cuyos conocimientos se debe el hallazgo de la tumba de la condesa Mircalla.
Se había radicado en Gratz, donde vivía de las escasas rentas de lo poco que conservaba de las en otro tiempo numerosas propiedades que su familia poseía en Estiria, consagrado a investigar el sorprendente fenómeno del vampirismo. Conocía a la perfección todas las obras, de mayor o menor importancia, que se habían escrito sobre la materia, como Phlegon de mirabilibus, Augustinus de cura pro mortius, Philosophicae et christianae cogiationes de vampiris, de Johan Christopher Herenberg y muchas otras que le prestó a mi padre. Disponía de un voluminoso archivo y, basándose en todo ello, había conseguido describir las características más destacadas de los vampiros, así como los modos en que se manifestaban, en ocasiones de manera excepcional. Puedo afirmar que la palidez mortal que se atribuye a los llamados resucitados constituye un mito. Tanto en la tumba como cuando aparecen ante los hombres, su aspecto es por completo saludable. Cuando se los expone a la luz del sol presentan los síntomas que, según he explicado, demostraban que Mircalla, condesa de Karnstein, era, en efecto, uno de ellos.
Siempre se ha tenido por inexplicable el que salgan de sus tumbas y vuelvan a las mismas todos los días a horas determinadas, sin dejar la menor huella. La existencia si se quiere «anfibia» de los vampiros se debe a las horas de reposo que pasan en sus sepulcros, y la sangre fresca que buscan con abominable avidez les proporciona las fuerzas necesarias para sobrevivir durante la vigilia. El vampiro es propenso a sentirse atraído, con pasión semejante a la que produce el amor, hacia ciertas personas. Para conquistarlas echa mano de numerosas estratagemas, una paciencia infinita y astutos galanteos, con los que logra vencer los obstáculos que se opongan a su objetivo. No desiste hasta que satisface su pasión y bebe la sangre de su víctima. Cuando esta no es especialmente codiciada sino común, se dirige directamente a ella, la subyuga mediante métodos violentos y a menudo la estrangula y agota toda su sangre en un único festín.
En ocasiones, no obstante, el vampiro debe someterse a determinadas exigencias. En el caso que aquí he expuesto, Mircalla se veía obligada a emplear un nombre que, aunque no fuese el suyo, debía tener las mismas letras, sin omitir ni agregar ninguna. Es lo que se llama «anagrama», y el suyo era Carmilla.
Tras el aniquilamiento de Carmilla, el barón Vordenburg pasó unas tres semanas en el castillo como invitado nuestro. Mi padre le refirió el episodio del noble moravo en el cementerio del castillo de Karnstein y le preguntó cómo había descubierto el lugar exacto en que estaba emplazada la tumba de la condesa Mircalla. El barón esbozó una sonrisa enigmática, bajó la vista hacia el estuche de sus gafas y se puso a juguetear con él. Finalmente, levantó la vista y dijo:
—Poseo muchos diarios y otros documentos de ese hombre notable. El más curioso se refiere a la visita al cementerio del castillo de Karnstein que usted acaba de mencionar. La tradición, como todos sabemos, suele distorsionar los hechos. No cabe duda de que se trataba de un noble moravo, ya que tenía un título nobiliario y vivía en Moravia; pero, en realidad, era oriundo de la Estiria superior. En su juventud se había enamorado perdidamente de la hermosa condesa Mircalla, cuya muerte le produjo un profundo pesar. —Hizo una pausa y prosiguió—: Los vampiros se multiplican de acuerdo con unas leyes tan misteriosas como precisas. Imaginemos una región que se encuentra libre de la plaga de semejantes criaturas. ¿Cómo comienza esta y de qué forma se extiende? Se lo explicaré. Una persona decide poner fin a su vida. Dadas ciertas circunstancias, los suicidas se convierten en vampiros. El espectro intenta acceder a las personas vivas, y lo hace mientras duermen. Cuando estas mueren, casi sin excepción se convierten también en vampiros. Es lo que ocurrió en el caso de la condesa Mircalla, que fue víctima de una de esas criaturas infernales. Vordenburg, mi antepasado, cuyo título ostento, no tardó en descubrirlo, y en el curso de sus investigaciones descubrió otras muchas cosas.
»Llegó a la conclusión de que, más tarde o más temprano, sobre Mircalla, de quien había estado enamorado, caería la sospecha de vampirismo. La idea de que llegaran a ultrajar sus restos mediante una ejecución póstuma, le horrorizaba. Legó un documento en el que demostraba que, una vez privado de su particular existencia, el vampiro se ve condenado a una vida mucho más terrible. De modo que decidió salvar a Mircalla, a quien tanto había amado, de ese destino. Para ello se le ocurrió trasladarse al castillo de Karnstein, llevar a cabo un simulacro de exhumación y ocultar su sepulcro. Pasado el tiempo, y antes de abandonar este mundo, reconsideró lo que había hecho y el terror se apoderó de él. Gracias a las notas que tomó entonces, y en las cuales confesaba su engaño, conseguí dar con el sitio exacto de esa tumba. Si lo que se proponía era reparar su acción, la muerte se lo impidió. Sin embargo, un remoto descendiente de él persiguió a la bestia hasta su guarida y logró acabar con ella, es cierto que demasiado tarde para muchos.
Cambiamos opiniones sobre lo que acababa de contar y señaló:
—Una de las características de los vampiros es que poseen una fuerza enorme en las manos. La de Mircalla, en apariencia débil, se cerró como una presa en torno a la muñeca del general cuando este blandió el hacha, y no solo eso, sino que las manos de los vampiros entumecen el miembro que aprisionan, demasiadas veces para siempre.
La primavera siguiente, mi padre y yo hicimos un viaje por Italia. Pasamos más de un año en el extranjero. Ello ocurrió mucho antes de que disminuyera la intensidad del terror que produjeron en mí los acontecimientos que acabo de describir. Todavía hoy, la imagen de Carmilla me asalta a menudo, a veces como la muchacha lánguida y bella a quien consideré mi amiga; otras, como el ser demoníaco que vi en la capilla en ruinas del castillo de Karnstein, y con frecuencia despierto en mitad de la noche, imaginando, atemorizada, que oigo sus pasos acercarse a la puerta de mi habitación.