Sobre noches, luciérnagas, víctimas y esperanzas insobornables
Muchas gracias por haberme invitado a participar con vosotras y vosotros en esta jornada. Como postulan hoy las teóricas postcoloniales[1] «un lugar en el mapa es siempre un lugar en la historia», por eso el lugar desde donde se alumbra el pensamiento y la palabra nunca son neutros, sino que los impregnan hondamente. En este sentido compartir hoy con vosotros / as esta reflexión me revitaliza profundamente pues me aviva la memoria peligrosa —que no nostálgica— de las comunidades de base que formaron y acompañaron mi fe en la década de los 80 en Granada y las luchas contra la exclusión vividas en aquellos tiempos, sobre todo en complicidad con las mujeres y los jóvenes. Experiencias del pasado que hoy nos configuran y capacitan para seguir apostando insobornablemente por la utopía en los tiempos actuales, pero quizás con un realismo y una esperanza mucho más probada y de forma más mestiza y feminista. Gracias de nuevo por esta invitación.
Estas jornadas acontecen en el contexto de un Noviembre insumiso en el que hemos participado en una huelga general contra los recortes y contra lo que algunos empiezan a llamar el genocidio financiero, acampadas contra los desahucios, encierros contra la privatización y homenajes comprometidos contra el racismo, por la memoria viva de Lucrecia Pérez, asesinada hace 20 años en Madrid, por ser mujer, por ser negra y por ser inmigrante ilegal y con ella las más de 20 mil personas muertas en el mar en estos 20 años por causa de las fronteras. Desde estas jornadas quiero reivindicar a estas víctimas no como muertes anónimas sino como «nuestros muertos/as», aunque se pretenda ocultarlos tras las vallas, y lo hacemos en esta coyuntura, en la que sentimos también con preocupación la emergencia de nuevas formas de racismo como lo reflejan las más de 8 millones de identificaciones registradas por la calle el año pasado en el estado español, la 3500 personas paradas cada día en Madrid para pedirles su documentación[2] o la niña marroquí que hace unas semanas murió esperando recibir una salud digna en la cama de un hospital de Melilla.
Vivimos tiempos un tanto sombríos pero como dice Gioconda Belli la oscuridad está plagada de luciérnagas[3] y ese es quizás el mensaje que desde Lavapiés, mi lugar de vida, a Torrox me gustaría acoger y compartir con vosotras y vosotros. Sin embargo, permanecer como luciérnagas, constantes en la esperanza, no nos resulta hoy nada fácil, aunque a la vez somos conscientes que «salvar la esperanza» y ofertarla es quizás nuestra mejor contribución a la humanidad. Pero ¿es posible referirnos hoy a la esperanza sin avergonzar a los pobres, sin el permiso de las víctimas y la complicidad con ellas en su derecho a vivir de pie? ¿Es posible referirnos a la esperanza cuando se penaliza cada vez con más violencia la pobreza y a quienes luchan contra ella? ¿No resulta escandaloso hablar de esperanza en un contexto en el que aunque los recortes sociales son cada vez más salvajes se siguen realizando deportaciones de bangladeshíes cuya única peligrosidad social no es otra que vender rosas por las calles y cuya expulsión le supone al estado un gasto de 6000 Euros por cada deportación, que por cierto es pagada con nuestros impuestos? ¿Podemos remitir a la esperanza sin hacernos la pregunta incómoda que hace años nos lanzaba la teología de la liberación: «¿Dónde dormirán las pobres y las pobres esta noche?[4], es decir las casi 600 familias afectadas diariamente por los desahucios en España? ¿Podernos hablar hoy de esperanza cuando estamos siendo testigos del desmantelamiento de los sistemas públicos, que tanto han costado conseguir en este país, y a los inmigrantes sin papeles, entre otros colectivos, se les niega el derecho a la salud mientras seguimos vendiendo armas a sus países de origen y experimentando medicamentos en sus cuerpos? Pero la esperanza a la que me refiero, la esperanza que porta Jeshua ha-notsrí, Jesús el de Nazaret, no nace de un optimismo ingenuo y ahistórico, sino que es siempre una esperanza enlutada, o una esperanza apocalíptica[5], una esperanza que no es sólo un horizonte ni una perspectiva de futuro, sino una actitud teologal de cara al presente, una actitud contemplativa, experta en mantener perplejidades y que nos sostiene mientras atravesamos el túnel oscuro de las metamorfosis históricas, implicándonos en ellas y sin perder el ánimo. En definitiva, una esperanza resiliente, contra toda desesperanza (Rom 4,18) que no se conquista sino que se «recibe» en el encuentro con el Cristo nuevamente encarnado[6] en las vidas de los últimos y las últimas y que se empeña en seguir señalándonos a los samaritanos y samaritanas de hoy como nuestros maestros.