Introducción

Permítaseme recordar, como introducción, la alegoría del primer encuentro de dos vecinos lejanos, una narración arquetípica bien conocida en sus diversas versiones. Érase una vez… una aldea, llamada «Tierra abrigada», en el fondo de un valle en la ladera sur de la cordillera. Sus habitantes nunca habían salido fuera, ni conocían otros pueblos. Bajando por la ladera opuesta de las montañas, a solo unos kilómetros de distancia en plena meseta, había otra aldea, a la vez cercana y lejana; su nombre era «Cielo abierto». Los habitantes de Tierra abrigada y Cielo abierto jamás habían cruzado los montes, no se conocían; además, tenían usos y costumbres, vestimenta e idioma diferentes. Por ejemplo, en Tierra abierta se saludaban con una reverencia, extendían la palma de la mano en señal de combate y abrían los brazos en señal de paz. Los habitantes de Cielo abierto se saludaban estrechando la mano, bajaban la cabeza en señal de guerra y se cruzaban de brazos en señal de paz.

Un buen día se le ocurrió por primera vez a un habitante de Tierra abrigada subir hasta la cumbre de la montaña. Justamente ese día un habitante de Cielo abierto había tenido la misma idea. Llegaron casi al mismo tiempo a lo alto de los montes. A unos metros de distancia, el del valle dijo en su lengua: «Buenos días, ¿de dónde vienes?». El de la meseta no entendió nada y dijo en su lengua: «¿Quién eres? ¿en qué lengua hablas?». Ni hablar, no se podían entender. Recurrieron a los gestos. El del valle hizo una reverencia en señal de saludo, pero el de la meseta lo interpretó como declaración de guerra y retrocedió con miedo. El del valle, para tranquilizarle, abrió sus brazos en señal de paz, pero eso significaba guerra para el de la meseta. Entonces el de la meseta, que no quería guerra, respondió con los brazos cruzados, señal de paz para él, pero de amenaza para el otro. La comunicación parecía imposible. Pero el hecho es que ninguno de los dos pasaba de los gestos al ataque, ninguno venía en son de enemistad. Al fin, cayeron en la cuenta: estaban intentando comunicar con códigos incompatibles. Se pusieron a imitar el gesto ajeno. Cuando el de la meseta alargó la mano de nuevo en señal de saludo, el del valle, renunciando a su costumbre de saludar con una reverencia, alargó su mano también, superando la timidez que le producía usar ese saludo desacostumbrado. Por fin se dieron la mano y, en ese momento, brotó en ambos una sonrisa. La sonrisa era un gesto común. Se convirtió en carcajada, se sentaron juntos a compartir el pan y vino de la merienda. Repitieron la excursión los días siguientes, se hicieron amigos y se fueron enseñando mutuamente los gestos, lenguaje y costumbres del valle y la meseta. Lo difícil fue que, al regreso a sus respectivas aldeas, se les presentó el mismo problema que a Juan Gaviota: ¿Cómo ayudar a quien no ha salido de su patria chica a comprender que el mundo es más amplio y que los otros pueblos no son opuestos, sino distintos; no son raros, sino diferentes; no son peores, ni despreciables, sino diversos y apreciables; y que podemos y debemos aprender mutuamente?

Hasta aquí una versión alegórica de la interculturalidad que, contada de esta manera, resultará ingenuamente idílica y utópica. La historia de una humanidad llena de desencuentros y violencia no permite hacerse demasiadas ilusiones sobre el encuentro con lo diferente, pero no podemos renunciar a seguir buscando la sonrisa de aquel apretón de manos y el brindis de la projimidad. La alegoría no terminaba ahí. Aquel encuentro de los del valle con los de la meseta desembocó en intercambios beneficiosos para ambos. Los de la meseta domesticaban caballos y los del valle habían inventado la rueda y construído carretas. Les vino muy bien a ambos cambiar el exceso de carretas de los del valle por el exceso de caballos de los de la meseta. Más adelante, fueron juntos a explorar las tierras del Este y se encontraron por primera vez con otro pueblo llamado Orilla marina. Se repitió la historia del desencuentro y encuentro entre los gestos, lenguajes y costumbres diferentes. Los de Orilla marina no domesticaban caballos, ni fabricaban carros, sino embarcaciones, porque vivían de la pesca. Les vino muy bien comprar carretas de caballos para llevar sus productos de pesca a los de Tierra abrigada y a los de Cielo abierto. Pero… hete aquí que un buen día, mejor dicho, un mal día, un grupo maleante de Tierra abrigada robó caballos a los de Cielo abierto, después robó pescado a los de Orilla marina y escapó al galope hasta refugiarse en los montes. Los de Orilla marina atribuyeron el robo a los de Cielo abierto y declararon guerra. Estos a su vez declararon la guerra a los de Tierra abrigada y… un largo etcétera. La evolución, prehistoria e historia de nuestra especie presenta un panorama de guerras y paces, agresividades y reconciliaciones, encuentros de humanización y desencuentros de injusticia. ¿Qué podemos y debemos hacer para asgurar la convivencia pacífica y justa de esta especie animal tan paradójica, tan ambivalente y tan especialmente vulnerable y conflictiva?

Con esta alegoría por telón de fondo, quisiera proponer ahora una reflexión breve sobre las características de nuestra especie: a) como animal social, necesitado de ética; b) animal económico y tecnológico, especialmente vulnerable; c) animal político, ciudadano de su «polis» y del mundo.