LAS PAREDES

KEITH LAUMER

Keith Laumer, autor de una larga lista de títulos de ciencia ficción, entre los que sobresalen «Galactic Diplomat» (Diplomático galáctico) y «Retief’s War» (La guerra de Retief) —ambos pertenecientes a su serie que lleva el nombre del personaje, Retief, serie de gran éxito en los Estados Unidos— nos expone en este relato la pesadilla, que ya empieza a vislumbrarse en nuestros días, de un ama de casa que preferiría un poco de cielo azul y el verdor de los árboles al embrutecimiento de la televisión.

montaje fotográfico de ENRIQUE TORRES

Harry Trimble parecía contento cuando entró en el apartamento. Apenas se había cerrado la puerta del ascensor tras él, separándole de los rostros indiscretos de los restantes usuarios, cuando ya había echado un brazo al cuello de Flora, apretado su mejilla contra la de ella y dicho alegremente:

—Bueno, ¿qué tal te parecería una pequeña sorpresa? ¿Algo que llevas esperando mucho tiempo?

Flora le miró desde el control del suministrador automático de comida.

—¿Una sorpresa, Harry?

—Ya sé lo que opinas del apartamento, Flora. Bueno, de ahora en adelante lo veras menos…

—¡Harry! —se sobresaltó por el apretón que ella le dio en un brazo. El rostro de Flora se veía pálido bajo la iluminación de la estancia—. ¿Acaso es que nos vamos al campo…?

Harry liberó su brazo.

—¿Al campo? ¿De qué demonios hablas? —Ahora estaba serio y su expresión placentera había desaparecido—. Deberías usar más las lámparas solares —dijo—. Se te ve enferma.

Echó una ojeada por el apartamento, a las cuatro paredes rectangulares, perfectamente lisas, a la vidriosa superficie del techo de brillo variable, al suelo con su entrelazado de paneles que ocultaban los muebles empotrados. Por fin su vista se detuvo en el rectángulo de la pantalla TV.

—Voy a hacer que quiten esa cosa mañana —dijo. La expresión placentera estaba volviendo a su rostro. Guiñó un ojo a Flora—. ¡Y voy a hacer que instalen un Pared-Completa!

Flora miró a la pantalla apagada.

—¿Un Pared-Completa, Harry?

—¡Sí! —Harry se dio un puñetazo en la palma de su mano, atravesando a zancadas la habitación, de un lado a otro—. ¡Seremos los primeros en nuestro bloque de habitáculos en tener un Pared-Completa!

—Bueno… No estará mal, Harry…

—¿No estará mal? —Harry encendió el televisor, luego extrajo las dos sillas con porta-bandejas dispuestas para recibir la cena.

En la pantalla, detrás suyo, se movían figuras.

—Es mucho mejor de lo que te figuras —dijo, alzando su voz sobre el chillido de la música—. Aunque sólo sea por lo caro que es. ¿A quién más conoces que se pueda permitir el lujo…?

—Pero…

—¡Nada de peros! ¡Imagínatelo, Flora! ¡Será como tener… una butaca de palco, ante la que se desarrollen las vidas ajenas!

—Pero es que ya tenemos tan poco sitio ahora; ¿dónde vamos a ponerlo?

—¡No ocupará ningún sitio! ¿Cómo puedes ser tan ignorante de los progresos técnicos? Tan sólo tiene un grosor de tres milímetros. Piénsalo: así de grueso —Harry indicó tres milímetros con sus dedos—. Y da mejor color y definición de imagen que cualquier otra cosa que hayamos visto. Además lleva incorporado el efecto de Visión Total.

—Harry, la pantalla vieja ya nos va bien. ¿No podríamos usar ese dinero en un viaje?

—¿Cómo puedes decir que nos va bien si nunca la tienes encendida? Cada día tengo que hacerlo yo mismo cuando llego a casa.

Flora trajo la comida y cenaron en silencio, mirando la pantalla. Tras la cena, Flora tiró las bandejas, volvió a empotrar las sillas y extrajo las camas. Se acostaron en la oscuridad, sin decirse nada.

—Es un sistema completamente nuevo —dijo repentinamente Harry—. La firma Pared-Completa tiene su propia programación. Te planifican todo el día: te despiertan a la hora exacta con una música alegre, te sugieren menús del desayuno para que los encargues al suministrador automático, luego continúan con buenos programas para distraerse por la mañana; también hay música de siesta, con sugerencias subliminales por si tienes dificultad en dormirte; luego…

—Harry, ¿la puedo apagar si quiero?

—¿Apagarla? —Harry parecía asombrado—. De lo que se trata es de que la tengas encendida. Es por eso por lo que voy a hacértela instalar, ¿sabes?: ¡para que la uses!

—Pero hay veces en que, simplemente, me gusta pensar.

—¿Pensar? Rumiar querrás decir —suspiró—. Escucha Flora, sé que el lugar no es bonito. Sí, ya sé que te cansas un poco al estar aquí todo el tiempo; pero hay mucha gente que está peor y ahora, con el Pared-Completa, te parecerá tener más espacio.

—Harry —Flora hablaba rápidamente—. Me gustaría que pudiéramos irnos, quiero decir abandonar la ciudad y hacernos con un rinconcito donde pudiéramos estar solos, aunque eso significase tener que trabajar duro, y donde yo pudiese tener un jardín y hasta quizás un gallinero y donde tú pudieses cortar leña para el fuego…

—¡Buen Dios! —gruñó Harry, interrumpiéndola—. Esas fantasías tuyas. —Luego prosiguió más tranquilo—: Tienes que aprender a vivir en el mundo real, Flora. ¿Vivir en el bosque? Hojas húmedas, cortezas húmedas, insectos, musgo; y hablas de cosas deprimentes…

Se produjo un largo silencio.

—Ya sé; tienes razón, Harry —dijo Flora—. Me gustará el Pared-Completa. Fue muy considerado por tu parte el pensar en comprármelo.

—Seguro —dijo Harry—. Todo irá mejor, ya lo verás.

El Pared-Completa era diferente. Flora estuvo de acuerdo en ello en cuanto los instaladores hubieron hecho las últimas conexiones y lo pusieron en funcionamiento. Tenía un colorido lleno de vida, gran definición y un maravilloso efecto de profundidad.

Los programas eran también de una calidad soberbia: ágiles, repletos de variedad y energía. Al principio era excitante el tener a personas de tamaño natural comiendo, hablando, luchando, bañándose, haciéndose el amor, justo allí en la misma habitación. Si uno se sentaba en el otro lado de la estancia y entrecerraba los ojos, casi parecía estar observando a personas reales. Naturalmente, las personas reales no se comportarían de esa manera. Pero, de cualquier forma, también resultaba difícil prever lo que una persona real podía hacer.

Harry estaba también contento cuando llegaba a casa y encontraba el Pared encendido. Él y Flora encargaban la cena sin dejar de observar la pantalla. Luego se metían en las camas y la contemplaban hasta que las drogas somníferas, que habían empezado a tomar, surtían efecto. Tal vez las cosas fueran mejor, pensaba esperanzada Flora, más parecidas a como habían sido antes.

Pero tras un mes o dos, el Pared-Completa empezó a perder su interés. Los mismos rostros, las mismas situaciones, los mismos sonrientes directores de concursos, asombrados ganadores de premios, delincuentes juveniles y torpes padres, los mismos senos… todo igual.

Al sexagésimo tercer día, Flora apagó el Pared-Completa. La luz y el sonido murieron, dejando un débil resplandor que se desvanecía. Observó inquieta la vidriosa pared, tal como uno pudiera mirar el ataúd de un amigo.

Había silencio en el apartamento. Flora trasteó con el suministrador de comida, apartando sus ojos de la pantalla muerta. Se dio la vuelta para extraer la mesa y se sobresaltó violentamente. La pantalla, al haber desaparecido ahora el brillo residual, se había convertido en un perfecto espejo. Se acercó a ella, tocó la dura superficie con un dedo. Era casi invisible. Estudió su rostro reflejado; los grandes ojos oscuros con sombras bajo ellos, la línea de las mejillas, un poco demasiado hundida para ser verdaderamente elegante, el cabello recogido detrás, en un poco atractivo moño. Tras ella, la habitación reflejada, sin adornos ahora que todos los muebles estaban empotrados en el suelo excepto los cuadros en las paredes: fotografías de los niños que se hallaban en la escuela, un brillante paisaje de verdes prados, una pintura de las agitadas olas del mar.

Dio un paso hacia atrás, considerando el efecto.

El suelo y las paredes parecían continuar sin interrupción, si exceptuamos una línea casi invisible. Era como si el apartamento fuera dos veces más grandes, como si no estuviera tan vacío…

Flora extrajo la mesa y las sillas, escogió una comida y se sentó a comer observando a su doble. No era raro que Harry pareciese indiferente últimamente, pensó observando los hombros redondeados, el busto insignificante, la apostura derrengada. Tendría que hacer alguna cosa para mejorar su apariencia.

Media hora de la silenciosa compañía de su imagen fue suficiente. Flora volvió a encender la pantalla, y contempló aliviada a un sonriente vaquero con pantalones de pana que rascaba una guitarra mientras la intrincada música surgía de la banda sonora.

Después de esto, cada día apagó la pantalla. Al principio tan solo durante una hora, luego por períodos cada vez más largos. En una ocasión se dio cuenta de que estaba charlando alegremente con su reflejo y, rápidamente, se calló. No es que se estuviera volviendo neurótica, se aseguró a sí misma, era tan solo la sensación de mayor espacio lo que hacía que le gustase la pantalla convertida en espejo. Y siempre tenía buen cuidado de tenerla encendida cuando Harry llegaba a casa.

Aproximadamente seis meses después de haber instalado el Pared-Completa, Harry salió un día del ascensor sonriendo de una forma que le recordó a Flora aquel otro día. Dejó caer su maletín en el hueco destinado al mismo en el suelo y dio una ojeada al apartamento, canturreando.

—¿Qué pasa, Harry? —preguntó Flora. Harry la miró.

—No es una cabaña de troncos en los bosques —dijo—, pero de cualquier forma tal vez te guste…

—¿Qué… es, querido…?

—No seas tan desconfiada —sonrió ampliamente—. Te voy a comprar otro Pared-Completa.

Flora quedó desconcertada.

—Pero si este funciona perfectamente, Harry.

—Naturalmente que lo hace —atajó—. Lo que quiero decir es que tendrás otro. Que tendrás dos. ¿Qué te parece eso? Dos Pared-Completa, y nadie más en el bloque de habitáculos tiene siquiera uno. La única cuestión es —se frotó las manos, paseándose arriba y abajo por la habitación, observando las paredes—, ¿en qué pared lo instalaremos? Puedes tenerlo adyacente u opuesto. Lo estudié todo con los vendedores del Pared-Completa hoy. Y por cierto que están efectuando un magnífico trabajo de programación. Mira, las dos paredes están sincronizadas. Tendrás el mismo espectáculo en ambas, pero desde dos ángulos distintos, como si estuvieras justo en el centro. Todo su programa ha sido realizado basándose en este principio.

—Harry, no estoy segura de que desee otra pared.

—Bah, tonterías. ¿Qué es esto, alguna clase de complejo? Uno ha de tener lo mejor si es que dispone de los medios para obtenerlo. Y yo, a Dios gracias, dispongo de los medios. Por lo tanto…

—¿Harry, podría acompañarte algún día al trabajo… tal vez mañana? Me gustaría ver donde trabajas, conocer a tus amigos…

—Flora, ¿es que estás loca? Ya has visto como va el ascensor de lleno. ¿Y qué harías cuando estuviésemos allí? ¿Estar todo el día de pie bloqueando el pasillo? ¿Por qué no aprecias el lujo de tener tu propio habitáculo, un poco de aislamiento, y ahora dos Pared-Completa?

—Entonces, podría ir a otro sitio. Podría tomar un ascensor más tarde. Harry, quiero salir al aire libre. No he visto el cielo… parece que hace años.

—Pero… —Harry se quedó sin palabras, mirando a Flora—. ¿Para qué quieres ir al tejado?

—No al tejado; quiero salir fuera de la ciudad, al menos un poco. Volvería a tiempo para seleccionarte la cena.

—¿Quieres decirme que deseas gastar todo ese dinero para estrujarte dentro de un ascensor y luego pasar a un autobús y viajar quizás cien kilómetros, enlatada como una sardina, de pie todo el rato, tan solo para poder salir y quedarte de pie en un descampado rodeado de paredes? ¿Y entonces meterte en otro autobús, si tienes suerte, y volver de nuevo?

—No. No lo sé. Simplemente quiero salir, Harry. El tejado. ¿Puedo ir al tejado?

Harry se acercó para acariciar desmañadamente a Flora en el brazo.

—Bueno, tómatelo con calma, Flora. Estás algo cansada y aburrida; lo sé. A mí me ocurre lo mismo algunas veces. Pero no se te ocurra la idea de que te estás perdiendo algo al no participar en la lucha por la vida. El Cielo sabe lo que me gustaría poder quedarme en casa. Y esa nueva pared hará que las cosas sean distintas, ya lo verás…

El nuevo Pared-Completa fue instalado contiguo al otro, con una juntura tan bien ajustada que tan solo una línea finísima marcaba la unión. Tan pronto como se encontró sola, Flora lo apagó. Ahora dos reflexiones le devolvían las miradas tras lo que parecían ser dos paneles perpendiculares de cristal. Agitó un brazo. Las dos figuras la imitaron. Avanzó hacia el rincón de los espejos. Ellas también lo hicieron. Se echó hacia atrás; ellas retrocedieron.

Se fue hasta el extremo opuesto de la habitación y contempló el efecto. No era tan agradable como antes. En lugar de en una sola habitación, perfectamente encerrada por cuatro paredes sólidas, ahora parecía hallarse en un escenario terminado en ventanas a través de las cuales se podían ver otros similares repetidos hasta el infinito. Había desaparecido el antiguo sentimiento de compañerismo íntimo con su otro yo reflejado; las dos mujeres del espejo eran desconocidas que contemplaban silenciosas. Desafiante, les sacó la lengua. Las dos reflexiones hicieron muecas amenazadoras. Con un débil grito, Flora corrió al control y encendió las pantallas.

Tras esto, muy pocas veces estuvieron apagadas. Algunas veces, cuando el martilleo de los cascos de los caballos se hacía muy pesado, o cuando el griterío de los cómicos se volvía muy estridente, las apagaba y se sentaba dándoles la espalda, sorbiendo una taza de café caliente y esperando… pero siempre estaban encendidas cuando Harry llegaba, algunas veces malhumorado, otras feliz y satisfecho. Entonces él se sentaba en su silla, esperando pacientemente la cena, contemplando las pantallas.

—Están muy bien —decía a veces, asintiendo con la cabeza—. Mira eso, Flora. Fíjate en como ese tipo ha pasado de un lado a otro. Si señor, no se puede negar que esa gente del Pared-Completa lo hacen bien.

—Harry… ¿dónde hacen los programas? Me refiero a esos en los que salen esos bellos paisajes y árboles, colinas y montañas…

Harry estaba masticando.

—No lo sé —contestó—. Supongo que en algún sitio.

—¿Es que existen lugares como esos? Quiero decir ¿no son decorados?

Harry se quedó mirándola, con la boca llena entreabierta. Gruñó y continuó masticando. Tragó.

—Supongo que ésa es otra de tus tontas bromas —dijo.

—No te comprendo, Harry —dijo Flora. Él tomó otro bocado y la miró de lado viendo su asombrada expresión.

—Naturalmente que no son decorados. ¿Cómo demonios se puede hacer un decorado de toda una montaña?

—Me gustaría ver estos sitios.

—Ya empezamos otra vez —contestó Harry—. Esperaba disfrutar de una buena comida y luego ver un poco las paredes, pero supongo que no me vas a dejar.

—Naturalmente que sí, Harry. Tan solo dije…

—Sé lo que dijiste. Bien, míralo —abarcó con un gesto las pantallas—. Ahí está: todo el mundo. Puedes sentarte aquí y verlo entero.

—Pero quiero hacer algo más que tan sólo verlo. Quiero vivirlo. Quiero estar en esos lugares, y sentir las hojas bajo mis pies, y notar la lluvia cayendo en mi cara…

Harry alzó incrédulo las cejas.

—¿Quieres decir que te gustaría ser una actriz?

—No, claro que no…

—Entonces no sé lo que quieres. Tienes un hogar, dos Pared-Completa, y eso no es todo, Flora. Estoy trabajando para conseguir algo…

Flora suspiró.

—Sí, Harry. Tengo mucha suerte.

—Ya lo creo que sí —asintió enfáticamente Harry, con la vista en las pantallas—. ¿Quieres encargarme otro casicafé?

La tercera Pared-Completa llegó por sorpresa. Flora había tomado el ascensor de las once para ir a la roboclínica en el piso 478 para su revisión médica anual. Cuando volvió a casa… allí estaba. Casi no notó el coro de exclamaciones de sorpresa cortado abruptamente cuando la puerta se cerró en las narices de las otras esposas que llenaban el ascensor. Flora se quedó inmóvil, impresionada a pesar suyo por el fantástico panorama que llenaba su apartamento. Justamente frente a ella el auditorio del estudio miraba hacia arriba desde las apretujadas sillas. Un hombre gordo, en la primera fila, introdujo su mano por debajo de una brillante camisa roja para rascarse. Flora podía ver el sudor en su frente. Más atrás una pareja se abrazaba con los ojos fijos en el escenario. «¿Quiénes son?, se preguntó Flora, ¿cómo consiguen salir de sus oficinas y apartamentos y sentarse en un teatro de verdad?».

Hacia la izquierda, un joven con cara de búho parpadeaba en el interior de una jaula brillantemente iluminada. Y, a la derecha, el presentador del programa acariciaba el micrófono, parloteando.

Flora desplegó su silla y se hundió en ella, mirando hacia un lado y otro. Estaban pasando tantas cosas… y ella estaba en medio de todo. Miró durante media hora, luego recogió la silla y desplegó la cama. Estaba cansada del viaje. Tal vez una pequeña siesta…

Sé detuvo a la primera cremallera. El presentador estaba mirando directamente hacia ella, expectante. El muchacho de cara de búho parpadeaba en su dirección. El gordo se rascaba, contemplándola desde la primera fila. No podía desnudarse ante todos ellos…

Miró a su alrededor, localizó el botón cerca de la puerta. Con un clic, la escena murió a su alrededor. Las paredes brillantes parecieron acercarse, apagándose lentamente. Flora se volvió hacia la única pared opaca que quedaba, se desvistió lentamente, con sus ojos puestos sobre las familiares fotos. Los niños… no los había visto desde la última semana de vacaciones semianuales. El coste de los viajes era tan alto, y las multitudes…

Se giró hacia la cama y las tres grandes paredes, brillantes como espejos, quedaron frente a ella. Contempló la pálida figura que la confrontaba, recortada contra la pared que albergaba sus desvaídos recuerdos fotográficos. Dio un paso; a cada lado, una hilera interminable de ajadas figuras desnudas lo dieron al unísono. Se dio la vuelta, fijó sus ojos con agradecimiento en la conocida pared, con la débil rendija que delimitaba la puerta, la foto del mar…

Cerró los ojos y tanteó su camino hacia la cama. Una vez cubierta por la sábana, abrió los ojos. Las camas estaban formando filas, todas idénticas, cada una con su arropada figura, como en un dormitorio de caridad sin límites, pensó… o como en un depósito de cadáveres en el que yaciera muerto todo el mundo.

Harry masticaba su chuleta de levadura, con su cabeza girando de lado a lado mientras seguía la acción a través de las tres paredes.

—Es maravilloso, Flora. Maravilloso. Pero aún puede ser mejor —añadió misteriosamente.

—Harry… podríamos trasladarnos a un sitio mayor… y tal vez prescindir de las dos paredes. Yo…

—Flora, tienes más sentido del que demuestras al decir eso. Tengo suerte al haber conseguido este apartamento: cuando me lo dieron no había nada, absolutamente nada disponible —se rió—. En cierta manera, está situación es un buen seguro de empleo, ¿sabes? Aunque la compañía quisiera no me podría despedir: no podría encontrar quien me reemplazara. Una persona no puede aceptar un empleo si no tiene un lugar en la ciudad en el que vivir… Yo podría permanecer aquí tanto tiempo como quisiéramos; tal vez nos cansásemos de las raciones suministradas por el subsidio de paro, pero ¡vaya si podríamos resistir!; así que ahora es muy difícil que echen de su empleo a alguien.

—Podríamos irnos de la ciudad, Harry. Cuando yo era una niña…

—¡Oh, otra vez no! —gruñó Harry—. Creí que ya habíamos solucionado eso hace tiempo —fijó en Flora una mirada dolorida—. Trata de comprenderlo, Flora. La población del mundo se ha doblado desde el tiempo en que tú eras una niña. ¿Te das cuenta de lo que esto significa? Hay más gente viva hoy en día que toda la nacida en la totalidad de la historia humana hasta hace cincuenta años. Esa granja que tú recuerdas haber visitado cuando pequeñita… ahora todo aquello está asfaltado, y hay allí rascacielos. Las carreteras que recuerdas, llenas de coches particulares, corriendo a través del campo abierto, han desaparecido todas. Ya no hay carreteras ni tampoco campo abierto, excepto en los escenarios de la TV y unas pocas propiedades como el acre y medio del Presidente. Y ni siquiera allí da el sol, con todos esos rascacielos que lo rodean… Eso y tal vez algunas granjas, con tierras de labor, esenciales para producir algunos productos que no pueden ser sintetizados o sacados del mar.

—Pero tiene que haber algún sitio donde podamos ir. El hombre no fue hecho para pasar así la vida: lejos del sol, del mar…

Una sombra cruzó por el rostro de Harry.

—Yo también puedo recordar algunas cosas, Flora —dijo en voz baja—. Una vez pasamos una semana en la playa, cuando yo era pequeño. Recuerdo que me levantaba al amanecer con el cielo completamente rosa y púrpura, e iba a la orilla del agua. Habían animalillos en la arena, pequeños seres salvajes. Podía ver pececillos pasando como flechas por las crestas de las olas, antes de que éstas se rompiesen. Podía tocar la arena con los dedos de los pies. Las gaviotas planeaban por el cielo, y hasta había un árbol… Pero todo eso ya ha desaparecido. Ya no hay ninguna playa en ninguna parte. Se acabó.

Se le quebró la voz.

—No te preocupes. Eso fue entonces, esto es ahora. Han pavimentado la playa y en ella se han levantado fábricas, y han pavimentado las granjas y los parques y los jardines, pero nos han dado los Pared-Completa a cambio y…

Se oyó un zumbido en la puerta. Harry se levantó.

—Aquí están, Flora. Espera a que veas…

Algo parecía apretar el cuello de Flora cuando los hombres salieron del ascensor, llevando torpemente el gran rollo de la pantalla de pared.

—Harry…

—Cuatro paredes —dijo triunfalmente Harry—. Te dije que estaba trabajando para conseguir algo, ¿te acuerdas? ¡Bueno, pues es esto! ¡Por Dios, vaya si va a dar envidia a los demás la familia de Harry Trimble!

—Harry… no puedo… cuatro paredes no…

—Comprendo que estés emocionada… pero te lo mereces, Flora.

—¡Harry, NO QUIERO cuatro paredes! ¡No puedo soportarlas! Me rodearán por todas partes.

Harry se puso a su lado y le agarró con fuerza la muñeca.

—¡Cállate! —chirrió—. ¿Quieres que los montadores piensen que estás loca? —sonrió a los trabajadores—. ¿Qué les parecería una taza de casicafé, muchachos?

—¿Está bromeando? —preguntó uno. El otro continuó silencioso con su trabajo de desenrollar el panel, empalmando conexiones. Luego estiró la mano para coger el paisaje marino.

—¡No! —Flora se aplastó contra la pared, como si quisiese cubrir las fotografías con su cuerpo—. ¡No pueden coger mis cuadros! ¡Harry, no les dejes que lo hagan!

—Mire señora, no queremos sus ridículas postales.

—¡Flora, contrólate! Ven, te ayudaré a guardar los cuadros en tu armario del suelo.

—Rebaño de cabras —murmuró uno de los hombres.

—Cuidado con lo que dice —se indignó Harry.

El hombre que había hablado se había puesto frente a él. Era más alto que Harry y de constitución maciza.

—Una palabra más y lo parto en dos. Usted y la vieja cierren el pico y apártense de en medio. Tengo trabajo que hacer.

Harry se sentó al lado de Flora, con la cara blanca de furia.

—Tú y tus tonterías —gruñó—. Ahora tengo que soportar esto. Me vienen ganas de…

No acabó la frase. Los hombres terminaron y se fueron, dejando las cuatro paredes conectadas a todo volumen.

—Harry —la voz de Flora temblaba—. ¿Cómo saldrás? La han puesto tapando la puerta; nos han encerrado dentro…

—No seas más idiota de lo que ya eres —la voz de Harry sonaba con un tinte feo por encima del bramido de las pantallas. Se acercó a la pantalla recién cubierta, tanteó y encontró el diminuto conmutador. Al tocarlo, la puerta se deslizó a un lado como siempre, dejando ver la desnuda puerta de seguridad del hueco del ascensor. Un momento después ésta también se abrió y Harry forzó su entrada en la cabina. Flora pudo ver por un momento su cara enrojecida e irritada mientras la puerta se cerraba tras él.

A su alrededor atronaban las paredes. Una lucha se hallaba en su apogeo dentro de un bar. Se agachó al ver una silla que se le echaba encima, dio la vuelta y pudo ver como se estrellaba contra un hombre situado a su espalda. Sonaban disparos. La gente corría de un lado para otro. El ruido era ensordecedor. Aquel hombre, pensó Flora, el malhablado; lo había puesto demasiado fuerte a propósito.

La escena cambió. A través de la habitación galopaban caballos; se elevaban nubes de polvo, casi ahogándola con lo verídico de la ilusión. Era como si estuviese agazapada bajo un pequeño cuadrado de techo en el centro de la inmensa llanura.

Ahora llegaba el ganado, con miradas locas, cuernos amenazantes, mugiendo, retumbando en un mar continuo a lo largo de las pantallas, cargando contra Flora desde la pared, desparramándose a un lado y a otro de ella. Chilló, cerró los ojos y corrió a ciegas hacia la pared, tanteando en busca del control. El ruido cesó. Flora suspiró aliviada. La cabeza le zumbaba. Se notaba débil, mareada; tenía que acostumbrarse. Todo se oscurecía a su alrededor. Las brillantes paredes giraban apagándose. Flora se derrumbó al suelo.

Luego; tal vez unos minutos, tal vez horas después, no tenía forma de saberlo. Flora se alzó, quedando sentada en el suelo. Se enfrentaba con una visión sin límites de las baldosas del suelo, que se extendían hasta el lejano horizonte, en todas direcciones, hasta tan lejos como podía apreciar la vista. Y, por todo lo largo de esa inmensa llanura, se hallaban recostadas mujeres de ojos hundidos, a intervalos de cinco metros, en número sin cuento, esperando.

Flora miró a los ojos del reflejo más cercano. Le devolvió la mirada. Era una desconocida. Movió la cabeza rápidamente para tratar de dar una ojeada a la siguiente mujer, pero no importaba lo rápido que lo hiciese, la mujer más cercana siempre anticipaba sus movimientos, interponiéndose entre Flora y las demás. Se dio la vuelta; una mujer de ojos fríos miraba también desde aquella otra hilera.

—Por favor —se escuchó decir a sí misma—. Por favor, por favor…

Se mordió los labios con los ojos cerrados. Tenía que autocontrolarse. Tan sólo eran espejos, lo sabía. Tan sólo espejos. Las otras mujeres tan sólo eran reflejos. Aún aquellas de aspecto hostil que escuchaban a las demás. Todas eran ella misma, reflejada en las paredes.

Abrió los ojos. Sabía que había junturas entre los espejos que cubrían las paredes; todo lo que tenía que hacer era encontrarlas, y se hundiría la ilusión de la llanura infinita. Allí, esa débil línea oscura como un alambre tendido del techo al suelo, era el ángulo de la habitación. No estaba perdida entre una infinidad de llorosas mujeres en una vasta llanura, estaba aquí, en su propio departamento, sola. Se dio la vuelta, encontrando los otros ángulos. Estaban todos allí, todos eran visibles, sabía lo que eran…

Pero ¿por qué seguían aparentando ser alambres que limitaban trozos de suelo, conteniendo cada uno de ellos a una ocupante silenciosa y preocupada…? Cerró los ojos de nuevo, luchando con el pánico. Se lo diría a Harry. Tan pronto como llegase, y tan sólo faltaban unas horas para ello, se lo explicaría.

—Estoy enferma, Harry. Tienes que enviarme a algún sitio donde pueda echarme en una cama de verdad, con sábanas y mantas, al lado de una ventana abierta, por la que se vean campos y bosques. Alguien, alguien amable, me traerá una bandeja con un plato de sopa, sopa de verdad, hecha con gallina de verdad, y con pan de verdad y hasta un vaso de leche y una servilleta hecha de tela de verdad…

Debía encontrar su cama y extenderla, y echarse en ella hasta que llegase Harry, pero ¡estaba tan cansada! Era mejor esperar allí, relajándose y no pensando en un inmenso suelo y en las otras mujeres que esperaban con ella…

Durmió.

Cuando se despertó se sentó, confusa. Había tenido un sueño…

Pero, qué extraño era todo. Las paredes del habitáculo eran ahora transparentes; podía ver todos los otros apartamentos, que se extendían a cada lado. Asintió con la cabeza; era tal como había pensado. Todos estaban tan vacíos y faltos de contenido como el suyo, y Harry se había equivocado. Todos tenían Paredes-Completa. Y las otras mujeres, las otras esposas, encerradas como ella en aquellas pequeñas y malvadas celdas; todas estaban envejeciendo, enfermas y marchitas, hambrientas de sol y de aire fresco. Asintió de nuevo, y la mujer del compartimiento vecino lo hizo a su vez; ¡pobrecillas!… todas estaban de acuerdo.

Cuando llegase Harry, le enseñaría lo que ocurría. Entonces él comprendería que los Paredes-Completa no eran suficientes. Todas los tenían, y todas eran infelices. Cuando llegase Harry…

Ya era hora, lo sabía. Tras tantos años, una no necesita un reloj para saber cuando estaba a punto de llegar Harry. Sería mejor que se levantase, que se pusiese presentable. Se alzó tambaleante. Los otros maridos también debían estar a punto de llegar, se fijó Flora. Todas las esposas se estaban preparando. Iban de un lado a otro, abriendo sus armarios del suelo, arreglándose el cabello, cambiándose de vestido. Flora se acercó al suministrador automático de comida y marcó su orden. En todos los apartamentos, las esposas desplegaban las mesas y ordenaban las comidas. Trató de ver lo que estaba marcando la mujer de al lado, pero estaba demasiado lejos. Se sonrió al ver la forma en que su vecina trataba de ver lo que ella estaba preparando. La otra mujer también se sonrió. Era una buena persona.

—Algas —le dijo alegremente Flora—. Y pseudojamón y casicafé…

La cena está ahora preparada. Flora se puso frente a la puerta y esperó. Harry estaría encantado al no tener que esperar. Luego, tras la cena, le explicaría su enfermedad.

¿Estaba esperando frente a la pared correcta? La línea que señalaba la puerta era tan fina que casi era imposible verla. Se rió de lo divertido que sería si Harry entrase y la encontrase esperando frente a una pared equivocada.

Se dio la vuelta y vislumbró un movimiento a su izquierda, en el apartamento contiguo. Flora vio que se abría la puerta. Un hombre entraba. La mujer de al lado se adelantó a recibirlo…

¡A recibir a Harry! ¡Era Harry! Flora dio un giro. Sus cuatro paredes continuaban vacías y solitarias, mientras, a todo su alrededor, las otras esposas saludaban a Harry, lo hacían sentar en sus mesas, le ofrecían casicafé…

—¡Harry! —chilló, abalanzándose contra la pared. Ésta la rechazó. Corrió hacia la pared contigua, golpeándola, gritando—: ¡Harry! ¡Harry!

En todos los otros apartamentos Harry mascaba, asentía, sonreía. Las otras esposas le servían, atendían a Harry, mordisqueaban descuidadamente sus comidas y ninguna, ninguna de ellas, le prestaba a ella la más mínima atención…

Se quedó parada en el centro de la habitación, sin chillar, sollozando tan solo, silenciosamente. Estaba sola entre las cuatro paredes de cristal que la rodeaban. Ya no tenía sentido el seguir gritando.

No importaba lo fuerte que gritase, ni que golpease contra las paredes, ni siquiera que chillase llamando a Harry… Sabía que, nunca, nunca, nadie la oiría.

Título original:

THE WALLS

© 1963, Ziff-Davis Publishing Co.

Traducción de M. Sobreviela