Danza solar
Sundance
Jamás la humanidad ha vacilado en destruir criaturas que se ponen en su camino, en el sendero de la conquista, aunque las criaturas hayan sido seres humanos. Uno espera que el oscuro pasado no se volverá a repetir cuando nos movemos fuera de la Tierra para colonizar los mundos de otros soles. Si encontramos especies inteligentes, presumiblemente respetemos sus derechos en sus propios mundos. ¿Pero cómo podemos saber si unas especies son realmente inteligentes? De hecho, ¿cómo podemos estar seguros de nada, en un universo donde la realidad parece a veces cuestión de opiniones?
Hoy liquidaste alrededor de 50.000 devoradores en el Sector A, y ahora estás pasando una noche incómoda. Herndon y tú volasteis hacia el este al amanecer y con la salida del sol a vuestras espaldas, rociasteis con píldoras sedantes y tóxicas mil hectáreas a lo largo del río Forked. Sobrevolasteis la pradera detrás del río,'donde los devorado— res ya habían sido destruidos y almorzasteis tendidos en la espesa y suave alfombra de césped donde se espera alzar la primera colonización. Herndon recogió jugo de flores y disfrutó media hora de apacibles alucinaciones. Entonces, cuando tú mirabas al helicóptero para comenzar una tarde de nuevas fumigaciones, Herndon dijo de repente:'
—Tom, ¿qué te parecería lo que estamos haciendo si resultara que los devoradores no son animales plaga? Que son gente, como si dijésemos, con un lenguaje, ritos, una historia y todo eso... Tú piensas lo que le ha sucedido a tu propio pueblo...
- No lo son —dices.
—Imagínate que lo son. Imagínate que los devoradores...
—No lo son. Déjalo ya...
Herndon posee en su interior este rasgo de crueldad que lo lleva a plantear tales preguntas. Ataca las vulnerabilidades. Le divierte. Durante toda la noche, esta observación casual estuvo haciendo eco en tu mente... Imagínate que los devoradores... Imagina... Imagina...
Duermes durante un rato y sueñas. Tus sueños te llevan nadando a través de ríos de sangre.
Tonterías. Fantasía febril. Sabes lo importante que es la exterminación de los devoradores para que los colonos se establezcan aquí cuanto antes. Sólo se trata de animales y no de animales inocuos, en absoluto. Demoledores de la ecología... Eso es lo que son. Devoradores de oxígeno que liberan las plantas y tienen que desaparecer. Solamente se salvarán unos cuantos para los estudios zoológicos. El resto será destruido. La extirpación ritual de los seres indeseables. La vieja historia de siempre... Pero no debemos complicar nuestro trabajo con escrúpulos morales. Eso te lo tienes que meter en la cabeza. Déjate de sueños de ríos de sangre.
Los devoradores no tienen sangre, por lo menos no como para producir ríos. Lo que tienen... Bueno, es un tipo de linfa que atraviesa cada tejido y transmite el alimento por todo el organismo. Otros productos salen al exterior de la misma forma, por ósmosis. En términos de proceso, son análogos estructuralmente a tu propio sistema circulatorio, excepto que no tienen red de vasos sanguíneos unidos a una bomba maestra. La materia viva fluye a través de sus cuerpos como si fueran amebas o esponjas o cualquier otro tipo de forma de vida inferior. Aunque biológicamente son considerados Fisiológicamente superiores en su sistema nervioso, organización digestiva, piernas y demás órganos. ¡ Raros! Es lo primero que se te ocurre pensar. Sí, pero lo que sucede con los extraños es exactamente eso, que son extraños... De esa forma tratas de convencerte a ti mismo.
Precisamente lo bueno de su biología, para ti y para tus compañeros, es que té permite exterminarlos limpiamente.
Vuelas sobre las tierras de pasto y dejas caer las píldoras tóxicas. Los devoradores las descubren y las ingieren. Al cabo de una hora, el veneno llega a todos los sectores de su cuerpo. La vida cesa. Se sucede una rápida ruptura de la materia celular. Literalmente, el devorador se va desprendiendo de cada molécula en el instante en que la nutrición se interrumpe. La especie de linfa trabaja como un ácido. Ocurre la lisis total. La carne y los huesos, que son cartilaginosos, se disuelven. A las dos horas, hay un iodo sobre la tierra. A las cuatro, ya no queda nada. Si se considera cuántos millones de devoradores tienes que eliminar para conseguir su exterminación aquí, es muy amable por su parte el que sus cuerpos desaparezcan por sí solos. De otra forma, este mundo se convertiría en un terrible osario. * Imagínate que los devoradores...
¡Condenado Herndon! Casi te sientes dispuesto a someterte a una liberación de memoria... ¡Desecha esas estúpidas especulaciones de tu cabeza! Si te atrevieras... Si te atrevieras...
Pero a la mañana siguiente no se atreve. El liberar la memoria le asusta. Intentará deshacerse de su recién adquirida culpabilidad sin recurrir a ello. Los devoradores son unos herbívoros insensatos, las víctimas desafortunadas de la expansión humarla, pero realmente no merecen una defensa demasiado apasionada. Intenta explicárselo a sí mismo. Su exterminación no es trágica; sólo es bastante desgraciada. Si los hombres de la Tierra tienen que habitar este mundo, los devoradores deberán abandonarlo. Se dice a sí mismo que existe una diferencia entre la eliminación de los indios de la pradera americana en el siglo diecinueve y la destrucción del bisonte en esa misma pradera. Uno se siente un poco ansioso sobre la matanza de las enormes manadas. Lamenta la carnicería de millones de nobles bestias con su lana marrón, sí. Pero siente el atropello y no ya la simple preocupación, de lo que les ha sucedido a los sioux. Esa es la diferencia. Hay que reservar las pasiones para la causa justa.
Camina desde su tienda al borde del campamento hacia el centro de las casas. El sendero de losas está húmedo y resbaladizo. La niebla matinal aún no se ha levantado y todos los árboles se inclinan hacia abajo por el peso de las hojas llenas de gotas de agua. Se detiene, agachado, para observar algo semejante a una araña que hila su asimétrica red. Mientras está observando, un pequeño anfibio, color turquesa y de delicada forma, resbala tan inverosímilmente como le es posible en el terreno humedecido. Pero no con la suficiente discreción. Suavemente, coge a la pequeña criatura y la coloca en el dorso de su mano. Las branquias se agitan angustiadas y los costados del anfibio se estremecen. Lentamente, astutamente, su color cambia hasta que adopta el tono cobrizo de la mano. El camuflaje es excelente. Baja su mano y el anfibio se escurre hacia un charco. Sigue caminando.
Tiene cuarenta años y es más bajo que la mayoría de los otros miembros de la expedición. Con hombros anchos, pecho macizo, pelo negro y brillante y una nariz roma y ancha. Es biólogo. Se trata de su tercera carrera, porque ha fracasado como antropólogo y explotador del suelo. Se llama Tom Two Ribbons. Estuvo casado dos veces pero no tiene hijos. Su bisabuelo murió de alcoholismo. Su abuelo era adicto a los alucinógenos y su padre ha visitado por la fuerza los consultorios de psicólogos baratos. Tom Two Ribbons es consciente de que está cayendo en una tradición familiar, pero aún no encontró su propio medio de autodestrucción.
En el edificio principal descubre a Herndon, Julia, Ellen, Schwartz, Chang, Michaelson y Nichols. Están desayunando. Los demás ya están al trabajo. Ellen se levanta, va hacia él y lo besa. Su pelo corto y rubio acaricia sus mejillas.
—Te quiero... —susurra la joven.
Ha pasado la noche en la tienda de Michaelson.
—Te quiero —le contesta Tom y dibuja una rápida línea afectuosa entre sus senos, pálidos y pequeños.
Hace un guiño en la dirección de Michaelson que le devuelve el gesto. Roza las puntas de dos de sus dedos con sus labios y les envía un beso. Tom Two Ribbons piensa que allí todos son excelentes amigos.
—¿Quién tiene que fumigar hoy? —pregunta.
—Mike y Chang —contesta Julia—. Sector C.
Schwartz dice:
—Once días más y conseguiremos limpiar toda la península. Después nos iremos tierra adentro.
—Si nuestra provisión de píldoras resiste... —señala Chang.
Herndon pregunta:
—¿Dormiste bien, Tom?
—No —responde Tom.
Se sienta y se dispone a consumir su ración de desayuno. En el oeste, la niebla está comenzando a fundirse en las montañas. Algo late en su nuca. Lleva nueve semanas en este mundo y en ese tiempo ha soportado su único cambio de estación, pasando de la temperatura seca a la brumosa. La neblina se mantiene muchos meses. Antes de que las llanuras se vuelvan a secar, los devoradores tendrán que desaparecer y los colonos comenzarán a llegar. Su comida va camino de caerse y la agarra. Ellen se sienta a su lado. Tiene poco más que la mitad de sus años. Éste es su primer viaje. Es su archivera, pero también es una hábil psicóloga.
—Pareces turbado —le dice Ellen—. ¿Te puedo ayudar?
—No. Gracias.
—Odio cuando te pones melancólico.
—Es un rasgo racial —dice Tom Ribbons.
—Lo dudo...
—La verdad es que quizás mi reconstruida personalidad se está deteriorando. El nivel trauma estaba muy próximo a la superficie. Sólo soy un caminante disfrazado, ¿comprendes?
Ellen sonríe agradablemente. Sólo lleva una toalla medio enrollada. Su piel parece húmeda. La joven y Michaelson estuvieron nadando al amanecer. Tom Two Ribbons está pensando pedirle que se case con él cuando termine aquel trabajo. No se ha vuelto a casar desde el colapso de sus negocios de fincas. El terapeuta sugirió el divorcio como una parte de la reconstrucción. A veces se pregunta dónde se habrá ido Therry y con quién estará viviendo ahora. Ellen dice:
—A mí me pareces muy estable, Tom...
—Gracias —le contesta.
La muchacha es joven. No sabe.
—Si se trata de una melancolía transitoria, puedo redactarla y te librarás de ella de un rápido tijeretazo...
—Gracias —contesta—. No.
—Lo olvidaba —dice la chica—. No te gusta hacer psicoterapia narrativa...
—Mi padre...
—¿Sí?
—Durante cincuenta años estuvo desovillándose a sí mismo y cortándose en trozos —dice Tom Two Ribbons—. Se deshizo de sus antepasados, de toda su herencia, de su religión, de su mujer y de sus hijos. Al final hasta renunció a su apellido. Luego se sentó y se pasó sonriendo todo el día. Gracias, no quiero ese tipo de liberación.
—¿Dónde vas a trabajar hoy? —le pregunta Ellen.
—En el complejo, revisando unos test.
—¿Quieres compañía? Estoy libre toda la mañana.
—Gracias, pero no —dice apresuradamente.
La muchacha parece sorprendida. Tom intenta remediar su impremeditada crueldad tocando su brazo ligeramente y diciendo:
—Quizás por la tarde, ¿te parece? Necesito un rato de intimidad. ¿Sí?
—Sí —contesta la joven y sonríe, formando un beso con sus labios.
Después de desayunar se dirige al complejo. Se extiende sobre unas mil hectáreas al este de la base. Lo han rodeado con proyectores de tóxico, a intervalos de ochenta metros, y eso es una suficiente empalizada para mantener cautiva a una población de doscientos devoradores y evitar que se descarríen. Cuando los demás hayan sido exterminados quedará este grupo de estudio. En el ángulo suroeste del complejo está instalado el departamento donde se llevan a cabo los experimentos, tanto metabólicos como psicológicos, fisiológicos y ecológicos. Un arroyo cruza el complejo diagonalmente. En su orilla este se eleva una pequeña loma de colinas llenas de hierbas. Cinco sotos diferentes de apretados árboles con hojas en forma de cuchillo están separados por parches de densa sabana. Amparadas debajo de la hierba se encuentran las plantas de oxígeno, casi completamente ocultas excepto en sus espigas fotosintetizadoras, que sobresalen a unas alturas de tres y cuatro metros a intervalos regulares y por los cuerpos respiratorios de color limón, de pecho alto, que hacen que el terreno herboso huela y aturda con los gases exhalados. A través de los campos se mueven los devoradores, en una manada dispersa, mordisqueando delicadamente los cuerpos respiratorios.
Tom Two Ribbons espía la manada junto al arroyo y se dirige hacia ella. Tropieza con una planta de oxígeno oculta en el césped, pero rápidamente recupera el equilibrio y, agarrando el orificio arrugado del cuerpo respiratorio, inhala profundamente. Su desesperación desaparece. Se acerca a los devoradores. Son esféricos, voluminosos, se mueven lentamente. Son criaturas que están cubiertas por una masa de piel basta de un color naranja. Ojos como platos sobresalen encima de unos labios como cintas estrechas. Sus piernas son delgadas y escamosas como las de las gallinas y sus brazos son cortos y están pegados a sus cuerpos. Le miran con una suavidad carente de curiosidad.
«¡Buenos días, hermanos!», les saluda esta vez y se pregunta por qué.
Hoy advierto algo extraño. Quizás simplemente he aspirado mucho oxígeno en los campos. Quizás estoy sucumbiendo a la sugerencia de Herndon. O posiblemente se trata del masoquismo familiar cosechado en mi interior. Pero mientras estoy observando a los devoradores en el complejo, me parece por primera vez que tienen un comportamiento inteligente, que están funcionando de forma ritualizada.
Los sigo durante tres horas. En ese tiempo descubren media docena de plantas de oxígeno que afloran. En cada caso se mueven por medio de un estilizado patrón de acción antes de comenzar a comer.
Forman un círculo desordenado en torno a las plantas.
Miran hacia el sol.
Se vuelven hacia sus vecinos de la izquierda y de la derecha del círculo.
Emiten unos sonidos parecidos a relinchos, solamente después de haber realizado lo anterior.
Vuelven a mirar hacia el sol.
Se mueven y comen.
Si no es una oración de acción de gracias, un decir gracias, ¿qué es? Y si están lo suficientemente avanzados espiritualmente para decir gracias, ¿no estamos cometiendo aquí un genocidio? ¿Dan las gracias los chimpancés? Señor, ¡no se nos ocurriría ni destruir a los chimpancés de la forma que estamos destruyendo a los devoradores. Por supuesto, los chimpancés no interfieren en las cosechas humanas y sería siempre posible algún tipo de coexistencia, por el contrario, los devoradores y los agricultores humanos no pueden funcionar en el mismo planeta. No obstante, aquí existe un principio moral. El esfuerzo de la liquidación se predicó asumiendo que el nivel de inteligencia de los devorado— res estaba a la par con el de las ostras, o, en el mejor de los casos, con el de las ovejas. Nuestra conciencia se quedaba tranquila porque nuestro veneno es rápido e indoloro, y porque los devoradores al disolverse por completo al morir, nos evitaban la porquería de tener que incinerar millones de cadáveres. Pero si rezan...
No diré aún nada a los otros. Necesito más evidencia, dura y objetiva. Películas, grabaciones, registros... Entonces veremos. ¿Y qué si puedo demostrar que estamos exterminando a seres inteligentes? Después de todo, mi familia sabe algo acerca de genocidios, pues solamente se puso fin a la masacre hace unos pocos siglos. Dudo que pueda detener lo que está ocurriendo aquí. Pero en último término, podría apartarme de la operación. Regresar a la Tierra y excitar el clamor público.
Espero que me lo estoy imaginando.
Lo que no me estoy imaginando es una cosa. Se reúnen formando un círculo. Miran hacia el sol, relinchan y rezan. Son solamente pelotas de jalea sobre patas de gallina, pero dan gracias por su comida. Sus grandes ojos redondos ahora parece que me miran acusadoramente. Aquí, nuestro doméstico rebaño sabe lo que estamos haciendo: que hemos bajado de las estrellas para erradicar su especie y que solamente ellos se salvarán. No tienen forma de luchar, ni incluso de comunicar su desagrado, pero saben... Y nos odian. ¡Señor! Hemos matado dos millones de estas criaturas desde que estamos aquí y, de una manera metafórica, estoy manchado de sangre. ¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer?
Deberé andarme con cuidado o acabaré drogado y recortado en mis capacidades de recuerdo...
No me permitiré parecer un maniático, un charlatán, un agitador. No puedo levantarme y denunciar. Tengo que encontrar aliados. Primero Herndon. Seguramente sabe la verdad; fue el único que me dio un toque revelador. El día en que dejamos caer las píldoras... ¡Y yo creyéndome que simplemente se estaba mostrando retorcido, como es su costumbre!
Le hablaré esta noche.
Dice:
—Estuve pensando sobre la sugerencia que me hiciste. Acerca de los devoradores. Quizás no hemos hecho sobre ellos los suficientes estudios psicológicos. Quiero decir, si realmente fuesen inteligentes...
Herndon parpadea. Es un hombre alto de pelo oscuro, barba cerrada y pómulos afilados.
—¿Qué dices que son, Tom?
—Lo dijiste tú. Al otro lado del río Forked, dijiste...
—Sólo se trataba de hipótesis especulativas. Para hablar de algo...
—No. Creo que era algo más que eso. Realmente lo creías...
Herndon parece turbado.
—Tom, no sé lo que te propones, pero sea lo que sea déjalo... Si por un momento creyese que estamos matando a criaturas inteligentes, correría a someterme a tratamiento tan rápidamente como empujado por una onda explosiva...
—¿Entonces por qué me hiciste esa pregunta? —dice Tom Two Ribbons.
—Charlas ociosas...
—¿Te diviertes haciendo que los otros se sientan culpables? Eres un bastardo, Herndon. Lo digo de verdad...
—Bueno, Tom. Mira, si me imaginase que esa hipotética sugerencia iba a estar trabajando dentro de tu mente... —Herndon agita la cabeza—. Los devoradores no son seres inteligentes... Si lo fuesen, no estaríamos liquidándolos bajo órdenes.
—Obviamente —contesta Tom Two Ribbons.
Ellen dice:
—No, no sé lo que Tom está tramando. Pero estoy segura de que necesita un descanso. Hace solamente año y medio que su personalidad fue reconstruida y en aquel momento tenía un buen derrumbamiento...
Michaelson consulta un mapa.
—Se negó por tres veces seguidas a realizar su batida de pulverización. Alegó que no podía distraerse de su investigación. ¡Demonios! Podemos sustituirle, claro, pero lo que me molesta es la idea de que se está dejando absorber por su tarea...
—¿Qué tipo de investigación está haciendo? —quiere saber Nichols.
—Nada biológico —dice Julia—. Está con los devoradores en el complejo todo el tiempo, pero no me parece que esté haciendo ningunas pruebas. Sólo los vigila.
—Y les habla —hace observar Chang.
—Sí, les habla... —asiente Julia:
—¿De qué? —pregunta Nichols.
—¿Qué se yo?
Todos miraron a Ellen.
—Tú eres la que más íntimas con él... —dice Michaelson—. ¿No puedes sacarlo de eso?
—Primero tendré que saber dónde se encuentra... —contesta Ellen—. No dice nada...
Sabes que tienes que tener mucho cuidado, porque se encuentran en mayoría y se confabulan para ocuparse de tu bienestar mental, lo que puede resultar grave. Ya se han percatado de que tienes preocupaciones y Ellen comenzó a tratar de descubrir cuál es la fuente de tu malestar. La noche pasada, mientras yacías en sus brazos, te estuvo preguntando, de forma oblicua, con arte, pero te diste cuenta que trataba de descubrir algo. Cuando aparecieron las lunas, sugirió que fueseis a vagabundear por el complejo, entre los devoradores que dormían. Tú te negaste, pero la chica vio que estabas complicado con esas criaturas...
Estás haciendo pruebas por tu propia cuenta y crees que con sutileza. Estás seguro ya de que no puedes hacer nada por salvar a los devoradores. Se ha realizado una perpetración irrevocable. Volvemos a estar en 1876. Vuelven a ser los bisontes y los sioux. Tienen que ser destruidos para que el camino del ferrocarril avance. Si se te ocurre hablar fuera de aquí, tus amigos te calmarán, te tranquilizarán y te pondrán en tratamiento, pero no verán lo que tú ves. Si regresas a la
Tierra para agitar, se burlarán de ti y te recomendarán otra reconstrucción. No puedes hacer nada. No puedes hacer nada... No puedes salvarlos, pero quizás puedas registrarlo...
Salir a la pradera. Vivir con los devoradores. Hacerte amigo de ellos. Aprender sus costumbres. Servir de testigo y hacer un informe de toda su cultura, de forma que por lo menos eso no se pierda. Conoces las técnicas del campo antropológico. Lo que se hizo con tu gente en los viejos tiempos, hazlo ahora con los devoradores...
Se encuentra con Michaelson:
—¿Puedes prescindir de mí unas cuantas semanas? —le pregunta.
—¿Prescindir de ti, Tom? ¿Qué quieres decir?
—Tengo que hacer unos estudios en el campo. Me gustaría dejar la base y trabajar con los devoradores salvajes.
—¿Qué pasa con los que tenemos en el complejo?
—Para los salvajes se trata de la última oportunidad, Mike. Tengo que ir...
—¿Solo o con Ellen?
—Solo...
Michaelson asiente con un lento movimiento de cabeza:
—Correcto, Tom. Lo que tú quieras. Vete. No quiero retenerte.
Bailo en la pradera bajo el sol de un verde dorado. A mi lado se amontonan los devoradores. Estoy desnudo; el sudor vuelve mi piel resbaladiza. Mi corazón late fuertemente. Les hablo con mis pies y me comprenden. Me comprenden.
Tienen un lenguaje formado por suaves sonidos. Tienen un dios. Saben amar, aterrar y embelesar. Tienen ritos. Tienen nombres. Poseen una historia. Estoy convencido de todo eso.
Bailo en la espesa hierba.
¿Cómo puedo llegar a ellos? Con mis pies, con mis manos, con mis gruñidos y con mi sudor. Se acumulan por cientos, por miles, y yo bailo. No puedo detenerme. Me rodean y emiten sus sonidos. Fuerzas extrañas me dirigen. ¡Tenía que verme ahora mi bisabuelo! Mi bisabuelo, sentado en su porche en Wyoming, con su aguardiente en la mano y su cerebro podrido. ¡Tenías que verme ahora viejo! ¡Ver la danza de Tom Two Ribbons! Hablo a aquellos extraños con mis pies bajo un sol que tiene un color que no le es propio, que está equivocado. Bailo. Bailo...
—¡Escuchadme! —grito—. Soy vuestro amigo. Soy el único en quien podéis confiar. Confiad en mí, habladme, enseñadme... Dejadme conservar vuestras costumbres para cuando llegue la destrucción...
Bailo, y el sol sube, y los devoradores murmuran...
Hay un jefe y bailo en su dirección, retrocedo, avanzo y me retuerzo. Señalo al sol, imagino al ser que vive en la pelota de llama, imito los sonidos de aquella gente, me arrodillo, me levanto, bailo. Siento el poder que mana en mí. Tom Two Ribbons baila para vosotros...
Siento renacer en mí las habilidades olvidadas de mis antepasados. Como ellos bailaron en la época de los bisontes, bailo yo ahora al otro lado del río Forked.
Bailo y los devoradores comienzan a bailar también conmigo. Lentamente, de forma insegura, se mueven hacia mí, balancean sus pesos, levantan una pierna y luego la otra, se inclinan...
—¡Sí, así! —grito—. ¡Bailad!
Danzamos juntos mientras el sol se coloca en las doce en punto.
Ahora sus ojos no me acusan. Veo calor y amistad. Soy su hermano, su compañero de tribu de piel rojiza. Y bailo con ellos. Ya no me parecen torpes ni desmañados. Sus movimientos poseen una poderosa gracia. Bailan, bailan, bailan. Hacen cabriolas a mí alrededor. Cada vez más cerca. Cerca. Cerca...
Nos movemos con santo frenesí.
En este momento cantan un oscuro himno de alegría. Lanzan sus brazos hacia adelante, separan sus pequeñas garras. Balancean sus pesos al unísono, pie izquierdo, derecho, izquierdo, derecho...
¡Bailad, hermanos, bailad! Se aprietan contra mí. Sus carnes tiemblan y sus olores se entremezclan. Suavemente me empujan a través del campo hacia una parte de la pradera donde la hierba es más profunda y jamás ha sido pisada. Siguen danzando. Buscamos las plantas de oxígeno y descubrimos muchas debajo del césped. Los devoradores rezan su oración y las agarran con sus cortos brazos, separando los cuerpos respiratorios de las espigas fotosintetizadoras. Las plantas, angustiadas, sueltan oleadas de oxígeno. Mi mente vacila. Río y canto. Los devoradores mordisquean los globos perforados y de color limón, mordisquean también los tallos. Me confían sus plantas. Es una ceremonia religiosa, lo veo bien. Agarra con nosotros, come con nosotros, únete a nosotros. Este es el cuerpo, esta es la sangre, toma, come, únete... No mordisqueo; no trisco como lo hacen ellos, mis dientes arrancan la piel del globo. El jugo brota en mi boca mientras el oxígeno empapa los orificios de mi nariz. Los devoradores entonan hosannas. Debería haberme pintado para esto, pintado como mis bisabuelos, con plumas también, descubriendo su religión con los atavíos propios de la mía.
Toma, come, únete. El jugo de la planta de oxígeno fluye por mis venas. Abrazo a mis hermanos. Canto y cuando mi voz sale de mis labios forma un arco que resplandece como acero nuevo y que después se convierte en plata empañada. Los devoradores se agrupan. Las sombras de sus cuerpos me parecen de un rojo vivo. Sus suaves gritos son resoplidos de vapor. El sol calienta mucho. Sus rayos son como esquemas de silbidos de un sonido hueco. ¡Plink! ¡Plink! ¡Plink! El espeso césped me murmura, profundo y rico. El viento arroja puntos de llama a lo largo de la pradera. Devoro otra planta de oxígeno y después una tercera. Mis hermanos ríen y gritan. Me hablan de sus dioses, el dios del calor, el dios de la comida, el dios del placer, el dios de la muerte, el dios de la beatitud, el dios de la injusticia y todos los demás. Me recitan los nombres de sus reyes y oigo sus voces mientras salpican de polvo verde la limpia sábana del cielo. Me instruyen sobre sus ritos religiosos. Me digo y me repito que tendré que recordarlos, porque cuando hayan desaparecido no los volveré a encontrar. Continúo danzando...
El calor de las colinas se vuelve áspero y ordinario, como gas abrasivo. Toma, come, únete... Baila. ¡Son tan amables!
De repente oigo el moscardón del helicóptero.
Revolotea por encima, a lo lejos. Soy incapaz de ver por dónde vuela.
—¡No! —grito—. ¡Aquí no! ¡A estas gentes no! ¡Escuchadme! ¡Soy Tom Two Ribbons! ¿No podéis oírme? ¡Estoy haciendo aquí estudios...! ¡No tenéis derecho!
Mi voz forma espirales azules rodeadas de chispas rojas. Ascienden y revientan con la brisa.
Chillo, grito, bramo. Bailo y agito los puños. De las alas del helicóptero cuelgan los brazos de los distribuidores de píldoras. Las espitas relampagueantes se abren y giran. Las píldoras tóxicas llueven en la pradera, trazando una huella llameante que se demora por el cielo. El sonido del aparato se convierte en una alfombra peluda que se extiende por el horizonte y mi voz se pierde en ella.
Los devoradores se alejan de mí. Buscan sus píldoras, destrozan las raíces de las hierbas para encontrarlas. Siguen danzando. Corro en su persecución arrancando las píldoras de sus manos, lanzándolas al río, aplastándolas para convertirlas en polvo. Los devoradores me gruñen.
Se escapan y buscan más píldoras. El helicóptero gira y vuela a lo lejos, dejando un rastro de denso sonido aceitoso. Mis hermanos están engullendo apresuradamente su veneno.
No hay forma de evitarlo.
El gozo los consume y les hace revolcarse y tumbarse. De repente una pierna gira y luego se detiene. Comienzan a disolverse. Por miles se derriten sobre la pradera, hundiéndose en la deformidad, perdiendo sus cuerpos esféricos, menguando en la tierra. Las ligazones de las moléculas ya no funcionan. Es el crepúsculo del protoplasma. Perecen. Se desvanecen. Durante horas camino por la pradera. Ahora inhalo oxigeno. De pronto como un globo color limón. La puesta de sol comienza con el resonar de plomizas campanas. Negros nubarrones parecen sostener trompetas que resuenan por el este y la intensidad del viento es un remolino de carbones erizados. Llega el silencio. Cae la noche. Bailo. Estoy solo.
El helicóptero regresa y te encuentran. No te resistes mientras te rodean. Estás más allá de la amargura. Rápidamente les explicas lo que has realizado y lo que has aprendido. Y por qué es un error exterminar a esas gentes. Les describes la planta que has comido y la forma en que afecta a tus sentidos. Y cuando hablas de los benditos tiempos pasados, de la textura del viento y del sonido de las campanas, así como del timbre de la luz del sol, ellos asienten y sonrientes te dicen que no te preocupes, que todo se arreglará pronto. Te tocan el antebrazo con algo frío, tan frío que es un aleteo y un zumbido. El antitóxico entra en tu vena y pronto el éxtasis desaparece, dejando tan sólo el cansancio y la pesadumbre.
Dice:
—Jamás aprenderemos una cosa, ¿lo haremos? Exportamos todos nuestros horrores a las estrellas. Destruimos a los ármennos, destruimos a los judíos, a los tasmanianos, a los indios, destruimos a todo el que se cruza en nuestro camino y entonces venimos aquí y seguimos haciendo esas mismas condenadas cosas. No queréis venir conmigo fuera de aquí... No queréis bailar con ellos. No queréis ver la cultura tan rica y compleja que poseen los devoradores. Dejadme que os cuente algo sobre su estructura tribal. Es densa: siete niveles de relaciones matrimoniales para comenzar y un factor de exogamia que requiere...
Ellen le dice lentamente:
—Tom, querido, nadie quiere perjudicar a los devoradores...
—Y su religión... —continúa—. Nueve dioses, cada uno con un aspecto del único dios. Adoran a la vez a lo bueno y a lo malo. Tienen himnos, oraciones. Una teología. Y nosotros los emisarios del dios del mal...
—No los estamos exterminando —le dice Michaelson—. No lo comprendes, ¿Tom? Todo es una fantasía tuya. Has estado bajo la influencia de las drogas, pero ahora te estamos aclarando la mente. Quedarás limpio dentro de un rato. Volverás a tener una perspectiva.
—¿Una fantasía? —dice amargamente—. ¿Un sueño producto de la droga? Salí a la pradera y vi caer las píldoras. Vi cómo morían y se disolvían. No lo soñé...
—¿Cómo podemos convencerte? —pregunta encarecidamente Chang—. ¿Qué te haría creer? ¿El que volásemos contigo por la zona de los devoradores para que vieras cuántos existen?
—¿Y cuántos millones destruisteis? —pregunta.
Insisten en que está equivocado. Ellen le dice que nadie desea dañar a los devoradores.
—Esto es una expedición científica, Tom. Estamos aquí para estudiarlos. Perjudicar las formas de vida inteligente es una violación de todo lo que proclamamos...
—¿Admites que son inteligentes?
—Por supuesto. Jamás lo hemos puesto en duda.
—¿Y las píldoras? ¿Por qué las pulverizaciones? —pregunta—. ¿Por qué los destruíais?
—Eso no ha sucedido jamás, Tom —dice Ellen, tomando una mano suya entre sus frías palmas—. Créenos. Créenos...
Dice con amargura:
—Si quieres que te crea, ¿por qué no haces el trabajo con limpieza? ¡Deja a un lado la máquina liberadora y convénceme directamente. No puedes hablarme rechazando la evidencia de mis propios ojos...
—Estabas bajo los efectos de la droga... —le repite Michaelson.
—¡Jamás tomé drogas! Excepto lo que sorbí en la pradera, cuando bailé... Y eso fue después de ver cómo se hacía la masacre semana tras semana. ¿Me vais a decir que se trata de una ilusión retroactiva?
—No, Tom —dice Schwartz—, siempre has tenido esa ilusión. Formaba parte de tu terapia. De tu reconstrucción. Has venido aquí programado para eso.
—Imposible —dice.
Ellen besa su enfebrecida frente.
—Compréndelo, se hizo para reconciliarte con la humanidad.
Padecías ese terrible resentimiento del desplazamiento de tu pueblo en el siglo diecinueve. Eras incapaz de olvidar que la sociedad industria] diezmó a los sioux y estabas lleno de odio. Tu terapeuta pensó que si se te hacía participar en una exterminación moderna imaginarías llegar a poder ver la necesidad de la operación, te curarías de tu resentimiento y serías capaz de ocupar tu puesto en la sociedad... La rechaza.
—¡No digas idioteces! Si supieras algo sobre terapia de reconstrucción te darías cuenta de que ningún terapeuta que se precie podría ser tan superficial... En las reconstrucciones no se pueden establecer correlaciones. No me toques. Vete. Vete...
No permite que nadie le persuada que todo es un sueño nacido de la droga. Se dice a sí mismo que no se trata de ninguna fantasía y que no hay que mezclar en absoluto la terapia. Se levanta. Se va. Los demás no lo siguen. Se sube a un helicóptero y comienza a buscar a sus hermanos.
Vuelvo a bailar. El sol es hoy mucho más caliente. Los devoradores todavía más abundantes. Hoy llevo pinturas y plumas. Mi cuerpo brilla con mi sudor. Bailan conmigo. Con un frenesí que no vi antes. Pisoteamos la hierba de la pradera y la marcamos con las huellas de nuestros pies. Tendemos los brazos al sol. Cantamos, chillamos, gritamos. Bailamos hasta caer rendidos...
No se trata de ninguna fantasía. Estas gentes son reales y son inteligentes. Y están sentenciadas a la muerte. Lo sé. Danzamos. A despecho de la sentencia, danzamos. Mi bisabuelo viene y baila con nosotros. También él es real. Su nariz es como la de un halcón, no roma como la mía. Lleva el gran tocado de cabeza y sus músculos son como cuerdas bajo su piel morena. Canta, chilla, grita.
Se nos unen otros miembros de mi familia. Comemos juntos las plantas de oxígeno. Abrazamos a los devoradores. Todos sabemos que se trata de una cacería.
Las nubes componen música y el viento tiene una textura y el calor del sol un color.
Bailamos. Bailamos. Nuestras piernas no conocen el cansancio. El sol crece y llena todo el cielo. Ahora no veo a los devoradores, sólo a mi propia gente, a los padres de mi padre a través de los siglos, miles de pieles brillantes, miles de narices de halcón. Comemos las plantas y encontramos afiladas espinas y las introducimos en nuestra
carne. La sangre dulzona fluye y se seca bajo la llama del sol. Bailamos, bailamos, bailamos. Alguno de nosotros cae de cansancio. Y bailamos. La pradera es un mar de cabezas decoradas que se agitan. Un océano de plumas. Y bailamos. Mi corazón truena y mis rodillas se vuelven agua. El fuego del sol me engolfa y bailo, caigo, bailo, caigo, caigo. Y caigo...
Te vuelven a encontrar y te llevan. Te ponen la fría pistola en tu brazo para extraer la droga de las plantas de oxígeno de tus venas. También te dan algo para que descanses. Descansas y te quedas muy tranquilo. Ellen te besa y tú golpeas su piel suave. Entonces los otros vienen y te hablan, te dicen cosas agradables, pero tú no las escuchas porque estás buscando realidades. No es una investigación fácil. Es como caer por muchas trampas buscando la única habitación cuyo suelo no gira sobre un gozne. Todo lo que sucedió en este planeta es tu terapia, te dices a ti mismo, designada para reconciliar a un amargado aborigen con la conquista del hombre blanco. Aquí no se exterminó a nadie. Rechazas eso y fracasas. Te das cuenta de que será la terapia de tus amigos. Que ellos llevan el peso de siglos de acumulada culpabilidad. Que han venido aquí para desprenderse de esa carga y que tú estás aquí para facilitarles y aligerarles el peso, para cargar con sus peca—, dos y darles el olvido. De nuevo fracasas y ves que los devoradores son simples' animales que amenazan la ecología y que tienen que ser destruidos. La cultura que tú te imaginas que tienen es una alucinación. Intentas retirar tus objeciones a esa exterminación necesaria y vuelves a caer de nuevo y descubres que no existe exterminación excepto en tu mente, que está trastornada y desordenada por tu obsesión del crimen cometido antaño contra tus antepasados. Te sientas, deseas defender a esos amigos tuyos, a esos inocentes científicos que has llamado asesinos. Y vuelves a fracasar.