CAPÍTULO XIII

PARTIDA DE CAZÉ.—CAMBIO DE GUÍA.—BOMBAY Y BEN-SELIM.—LA CONVERSACIÓN EN ÁFRICA.—EL TEÓLOGO MUSULMÁN Y EL NEGRO IGNORANTE.—UN DISCURSO.—VUELTA A LA COSTA.

El 26 de setiembre, tanto mi compañero, el capitán Speke, como yo, estábamos de pie al amanecer. Después de haber caminado cinco kilómetros bajo un sol abrasador primero y bajo la influencia de una brisa glacial después, que fue probablemente la causa de los dolores que más tarde tuvimos que sufrir, llegamos a la aldeílla de Masui, donde Ben-Selim nos tenía ya preparado alojamiento. Los integrantes de la caravana nos saludaron con gritos atronadores, y vi con placer que cada cual estaba dispuesto a cumplir con su obligación.

Al día siguiente, muy de mañana, aparecieron Snay-ben-Emir y Musa-Mzuri. Una ligera fiebre me retenía en el lecho, y fue mi compañero quien tuvo que recibir a los dos visitantes. Sin embargo, cuando el acceso hubo pasado, pude arreglar mis cuentas con Ben-Emir, corregir los nombres de las villas y aldeas que tenía inscritas en mi diario y completar la lista. Di calurosamente las gracias a aquellos hombres generosos por todo lo que habían hecho en favor nuestro, y les ofrecí dar cuenta a Su Alteza de la manera tan hospitalaria con que habíamos sido recibidos en Cazé.

Por la noche estreché por última vez las manos de Snay-ben-Emir. ¡Querido y excelente amigo! En su ardor al desearme un feliz viaje, había hecho tanto honor a nuestro ponche de despedida que su marcha y sus maneras extrovertidas no fueron ciertamente las que correspondían a un grave negociante árabe.

Hacía mucho tiempo que Bombay, cuyo nombre habían transformado los indígenas en el de Mamba (cocodrilo) o el de Pombe (cerveza), había vuelto a ser lo que fuera en un principio: activo, obediente y respetuoso.

A pesar de todos sus defectos, Bombay, por su actividad, y sobre todo por su probidad intachable, era un servidor insustituible. Exceptuándole a él, no había nadie en toda la caravana que no mereciese el adjetivo de ladrón. Ben-Selim hacía mucho tiempo que había perdido mi confianza a causa de su desorden, y la desaparición de mercancías importantes que en las orillas del lago había dado a guardar a uno de sus amigos, me obligó a que no dejase por más tiempo la intendencia en sus manos.

Lo llamé a mi presencia, y siguiendo el proverbio persa que dice: «No cortes jamás el árbol que has plantado», le advertí con mi voz más dulce que había hecho el aprendizaje de las costumbres africanas y que, en consecuencia, iba a librarle del trabajo que hasta entonces había desempeñado. Su rostro cambió cuando se enteró de semejante noticia, y su turbación llegó al colmo cuando declaré que Bombay sería el encargado de distribuir la tela, bajo la vigilancia del capitán.

Fue verdaderamente maravilloso cómo cesaron todas las querellas en cuanto no hubo hueso que roer, es decir, en cuanto no hubo tela que robar. La dulzura siguió a la violencia, y los enemigos confraternizaron.

Los porteadores, a quienes había dado la orden de reemplazar al guía destituido por uno de sus camaradas, nombraron a Tuanigana, que nos había proporcionado a muchos de ellos. Pero un horrible viejo, grosero y arrugado, a quien podía considerarse como la peste del grupo y que se daba el título de Muzungu-Mbaya (el malvado hombre blanco), supo arreglárselas tan bien que en la primera estación o parada, el pobre Tuanigana, revestido con sus insignias, que consistían en un chaleco nuevo de color escarlata, fue encontrado bajo un árbol, encogido y en una soledad completa.

Hice llamar a todos sus hombres, que después de haberse tomado algún tiempo para murmurar, volvieron lentamente a su puesto, y prestando mi apoyo e influencia al nuevo guía, que ya se había puesto el sobrenombre de Gopa-gopa (palo de yesca), llegué a darle un poco de confianza y a imponer cierta disciplina a los que debía conducir.

Esta vez las marchas nos parecieron más cortas, el sol menos abrasador, y la brisa más agradable, gracias a que los catorce meses de fiebres incesantes habían terminado por aclimatarnos. Todo el mundo se felicitaba entonces del mismo modo que antes se había quejado: así es la vida del hombre. Cuando llegamos a la llanura, el precio del porte de mi hamaca se hizo tan exorbitante que me vi en la necesidad de despedir a los que la llevaban. Me calcé entonces mis grandes botas, y, montado en el asno zanzibarita que había comprado en Cazé, volví a mi puesto de jefe de la caravana.

Por su parte, el capitán Speke, quince días después de nuestra salida de Hanga, se encontró tan aliviado y repuesto que quiso también recuperar su cabalgadura.

Nuestros jóvenes seguidores goenses, después de haber sufrido vivos dolores de cabeza y violentos accesos de fiebre, se desembarazaron de todas sus dolencias hasta el punto de que no era posible reconocerlos. Valentín, el más fuerte de los dos, tenía un buche semejante al de un capón cebado.

A medida que nos íbamos aproximando a la costa tanto los soldados beluchistanos como los porteadores fueron cambiando de tal manera que cada vez se hacía más patente: se hicieron diplomáticos y amables hasta el servilismo, y la sonrisa dilataba constantemente sus rostros. Hasta el odioso Muzungu, que en la Tierra de la Luna era el primero que arrastraba a todos los demás al mal, cambió de tal modo que una mañana, en el Ugogo, se le encontró barriendo la entrada de nuestras tiendas con un manojo de espinos.

Más tarde, cuando estuvimos sanos y salvos en las montañas del Sagara, nuestro pobre guía tuvo conmigo más de una vez la siguiente conversación, que transcribo para ofrecer a mis lectores una muestra de lo que es el diálogo en esta parte de África:

—¿La salud, Mdula? (La palabra Abdallah es impronunciable para todos estos negroides).

—La salud es muy. (Se sobrentiende la palabra buena). ¿Y tu salud?

—Mi salud es muy. ¿Y la salud de Spikka? (El capitán Speke).

—La salud de Spikka es muy.

—¡Oh, hombre blanco! Hemos escapado de los habitantes de Ugogo.

—Hemos escapado, ¡oh, hermano mío!

—Esos indígenas son malvados.

—Son malvados.

—Yo los creo muy malos.

—Muy malos.

—Creo que no son buenos.

—No son buenos.

—Que no son buenos del todo.

—No son buenos del todo.

—Les he tenido mucho miedo: matan a las gentes de la Tierra de la Luna.

—Es verdad.

—Ya no les tengo miedo: los llamo… y me batiría con todos ellos, ¡oh, hombre blanco!

—Es verdad, ¡oh, hermano mío!

Y continuábamos durante dos horas mortales hasta que llegaba al límite de mi paciencia, y eso que no es corta. Y es necesario decir que, bajo el punto de vista intelectual, nuestro guía está ciertamente por encima de la generalidad de los jóvenes de su país. Muzungu-Mbaya, que es muy viejo y tiene más experiencia, es también más propenso a las marrullerías, y muchas veces se ha divertido viendo los vanos esfuerzos que hacían los beluchistanos para convertirlo al mahometismo. Generalmente era Gul-Moham-med, el teólogo de la caravana, quien se encargaba de esta penosa misión. No le faltaba saber, pero como ocurre con la mayor parte de los musulmanes, su espíritu no conocía más que un camino, y la menor objeción le detenía de pronto, turbándole y poniéndole en el trance de contradecirse.

He observado un fenómeno parecido hablando con las viejas devotas europeas, que en este punto eran de la misma opinión que Mohammed, a saber, que todo el mundo está obligado a pensar como ellas, y muchas veces he hecho nacer al mismo tiempo su indignación y su incredulidad, describiéndoles, con toda intención, el culto a los dioses de cuatro brazos y a las diosas de dos cabezas.

Represéntese el lector a Muzungu después de la jornada: está sentado ante el fuego, se frota las mejillas con aire meditabundo, alarga la cabeza a través del humo y arroja de tiempo en tiempo una mirada satisfecha sobre un pucherillo de tierra negra, del cual se escapa un apetitoso aroma de carne con legumbres.

Esta actitud beatífica despierta en Mohammed un encadenamiento de ideas que le hace volver a su tema favorito.

—¡Y tú también, Muzungu-Mbaya —dice—, tú también has de morir!

—¡Ouh! ¡ouh! —responde Muzungu en tono lastimero—; no hablemos de eso, tú también morirás.

—¡Es una triste cosa la muerte! —repone Gul-Mohammed.

—¡Ouh! —exclama el viejo bribón—, ¡es mala, muy mala! ¡No llevar más hermosas telas, ni vivir con mujeres y niños, ni comer, ni beber, ni fumar tabaco!… ¡Ouh! ¡ouh! ¡es malo, muy malo!

—Pero comeremos allá arriba —replica el musulmán—: tendremos aves guisadas, montañas de carne, asados exquisitos, agua azucarada, y beberemos y comeremos todo lo que podamos desear.

El cerebro del africano se turba ante este cúmulo de contradicciones: las aves son según su concepto un alimento de calidad inferior; adora el asado, y compara las montañas de carne con la media libra que cuece en su pucherillo; se vendería por un poco de azúcar, pero no oye hablar de tabaco y eso le inquieta. La cosa le parece, sin embargo, digna de interés, y dirige al musulmán la siguiente pregunta:

—¿Y dónde comeremos todo eso, oh hermano mío?

—Allá arriba —responde Gul-Mohammed señalando al cielo.

Muzungu tiene miedo de que esto sea una broma: la distancia le parece muy grande y cree difícil que su interlocutor haya visitado esos lugares como para que pueda asegurar lo que dice. Se atreve, pues, a preguntar:

—¿Has estado en el cielo, oh hermano mío?

—¡Allah me perdone! —exclama Gul-Mohammed medio riendo y medio irritado—, ¡qué pagano! No, hermano mío, no he estado precisamente en el cielo; pero Dios, mi Mulungu, ha dicho a su apóstol[20], que lo dijo a sus descendientes, quienes se lo dijeron a mi padre y a mi madre, que me lo han dicho a mí, que después de nuestra muerte iremos a un campo donde…

—¡Bouh! —gruñe el viejo tunante—, ¡está bien que salgas ahora con que tu madre te lo ha dicho! ¿Hay, pues, campos en el cielo?

—Seguramente —responde el teólogo, quien hace una larga exposición descriptiva del paraíso de Mahoma.

El viejo negro le escucha riéndose, y después de haber lanzado un largo rosario de exclamaciones que son imposibles de traducir, cae en una profunda meditación, de la que sale poco a poco para decir al musulmán con un aire algo zumbón:

—Entonces, hermano mío, puesto que te han dicho tantas cosas, podrás responderme a esto: ¿tu Mulungu es negro como yo, blanco como ese muzungu o amarillento como tú?

Gul-Mohammed se ve completamente cogido, y para tomarse tiempo de meditar y forjar una respuesta, profiere un largo rosario de exclamaciones.

—El Mulungu no tiene color —dice al fin.

—¡Ouh! ¡ouh! —gruñe el viejo haciendo gestos y pisoteando el suelo con irritación, pues tiene ya la certidumbre de que ha sido objeto de una broma de muy mal gusto.

La verdad es que aquellas montañas de carne le habían seducido, pero la visión se había disipado, dejándole solamente la media libra de su puchero. Y volviéndose sordo a la elocuencia de Mohammed y entregándose por completo al cuidado de su marmita, obedece sin saberlo al precepto oriental que dice: «Detén la hora que pasa: los astros siguen su curso y te traerán nuevos males. El sabio goza del presente; el loco deja el placer para el porvenir».

En el Khutu, nuestro proyecto de dirigirnos hacia el sur para regresar por Quiloa dio lugar a la deserción de todos nuestros porteadores, y nos vimos obligados a esperar diecisiete días la ocasión de contratar otros, no ya para ejecutar nuestro plan, sino simplemente para llegar a Zanzíbar. El 19 de enero de 1859 la llegada de una caravana de la Tierra de la Luna me procuró inmediatamente los porteadores que nos eran necesarios, y esto me demostró que aún no había perdido completamente la confianza de los indígenas. Finalmente, pudimos decir adiós al Zungomero, y el 21 de enero la caravana se puso alegremente en camino.

El 28 nos encontramos en el cruce de los caminos de Caolé y Mbuamaji, donde a la ida nos habían cerrado el paso de los indígenas del Uzaramo. Pero ya nadie pensaba en incomodarnos: éramos pobres y no valía la pena que se arriesgasen a recibir las balas de nuestros mosquetes.

Sin embargo, por la tarde, el jefe de nuestros porteadores de la Tierra de la Luna creyó su deber dirigirnos una arenga. Hablaba de un serio combate entre los naturales del lugar y las gentes de una caravana que nos había precedido: era necesario ser prudentes y no partir demasiado temprano ni detenerse demasiado tarde.

—Que no se separe del grueso de la caravana ni uno de vosotros —gritaba el orador—; no os quedéis rezagados ni os adelantéis. Acompañáis a los hombres blancos, y si les sucede una desgracia, vuestro nombre será maldito para siempre.

Esta última frase fue repetida muchas veces con creciente ardor, y cada una de las partes del discurso había dado lugar a un murmullo general que denotaba la unánime aprobación.

Sin embargo, según acabo de decir, no había ningún peligro que temer.