CAPÍTULO X

EL LAGO TANGANICA.—KEHUILI.—EL COMERCIO DE ESCLAVOS EN LAS ORILLAS DEL LAGO.—EL JEFE CANNENA.—EXPEDICIÓN DEL CAPITÁN SPEKE.

Al día siguiente nos embarcamos en Keranga y viajamos a vela en dirección a Kehuili. El paisaje que contemplábamos tenía una belleza superior a toda exageración. Las variadas y pintorescas formas de las montañas ofrecían un matiz ligeramente purpúreo, semejante a la luz de la aurora, y el agua tenía una transparencia cristalina que nos permitía ver los guijarros del fondo, que centelleaban reflejando los rayos del sol. Sin embargo, estas bellezas llamaban poco mi atención, pues estaba ansioso y expectante al ver que nos íbamos acercando al punto de nuestro destino, y sin embargo no descubríamos el más pequeño indicio de la proximidad de un centro populoso.

Después de lo que habíamos oído decir a los árabes, esperaba encontrar un puerto y un mercado más importante que los de la propia Zanzíbar, y por otra parte, debido a la carta de los misioneros de Mombas, tenía ideas bastante equivocadas acerca de la ciudad de Ujidji. Poco a poco los hipopótamos se mostraron más tímidos y las piraguas más numerosas. Eran monóxilos de pescadores y canoas de transporte, y veíamos algunas cruzando el lago, otras en la orilla, y a las demás agrupadas sobre los bancos de arena amarillenta, salpicando las avenidas de la costa.

Se nos empujó a una especie de portillo, abierto en medio de una espesura de plantas acuáticas, a partir del cual el agua decrecía rápidamente hasta que finalmente la barca se detuvo sobre un fondo de piedras chatas, con el que chocó bruscamente. Éste era el desembarcadero, el muelle del gran Ujidji.

Algunas chozas en forma de colmena y del modelo más primitivo y humilde, esparcidas sobre la orilla, pretenden representar la ciudad. A cien pasos de ella fuimos recibidos en medio de un ruido espantoso de voces, cuernos y tambores, que escapa a cualquier descripción. Seguidos de una multitud de piel negra, en cuyos ojos saltones y extremadamente abiertos se pintaba una indescriptible sorpresa, pasamos al lado de un pretendido bazar, cuyo sólo título recuerda a la civilización árabe, y fui conducido a una casa medio en ruinas que su propietario, Hamed-ben-Selim, había abandonado a los esclavos y a los insectos.

Sería muy difícil determinar la altura media de este valle de Malagarazi, cuya elevación varía continuamente, y todo lo que puedo decir es que la mayor de las altitudes medias es, en mi opinión, de quinientos sesenta y cuatro metros sobre el nivel del mar.

En cuanto a Kehuili, era en 1858 la capital de Ujidji. Los árabes tardan por regla general seis meses en llegar allí desde la costa, pero nosotros habíamos empleado siete y medio.

Ya hacía seis años que los comerciantes estaban establecidos en la Tierra de la Luna cuando resolvieron llegar con sus expediciones mercantiles hasta este país. Su situación les pareció favorable para el establecimiento de un depósito de comercio, pero el clima era insalubre, las poblaciones se mostraban hostiles y el cabotaje del lago hacía demasiado frecuentes los desastres. Tanto era así, que Kehuili, la población principal de Ujidji, no pudo adquirir jamás la importancia de Cazé ni aún la de Mséné.

Su mercado, sin embargo, está bien provisto, y exceptuando la estación de las grandes lluvias, siempre se puede coger pescado y venderlo inmediatamente. La miel abunda después de la estación lluviosa, y cuando se está en buenas relaciones con el jefe, se puede comprar todos los días leche y manteca. De las cercanías traen cabras de muy bella especie y carneros de cola larga, al mismo tiempo que huevos y volatería, a la que nunca acceden los indígenas.

El valor creciente de los esclavos y del marfil ha obligado a los árabes a llevar sus exploraciones más allá del Tanganica. El país de Ujidji sigue siendo, sin embargo, el gran mercado del comercio de esclavos en esta parte de África; pero los indígenas, queriendo ganarlo todo, no tardarán en arruinar este comercio, vendiendo a precios muy bajos con la esperanza de recuperarse al facilitar la deserción de los vendidos. Si esto continúa así, los árabes llevarán el teatro de sus operaciones mercantiles a otra comarca cuyos habitantes sean más sensatos o menos hábiles.

Aquí, como en otras partes, los dos sexos expresan alegría y orgullo impregnándose completamente de aceite. Es raro que se dejen crecer la cabellera, y a veces llevan el cráneo completamente rasurado. Pero la última elegancia, feliz término medio entre los dos extremos, es cortarse el pelo a capricho, formando una media luna o una garzota, una cimera o la cresta de un gallo, que se levantan a derecha e izquierda o sobre la frente, en un cráneo cuidadosamente afeitado. La blusa de corteza, llamada mbugu, es de un uso más general que en otras partes. Se confecciona con la corteza macerada de diferentes árboles, sobre todo con la del mrimba y la del sagutero sophia, y reemplaza a la tela entre los habitantes de Rundí, de Caragüé y de las comarcas vecinas a los lagos. Por más que sea sólida y que dure mucho tiempo, esta túnica no se lava jamás. Después de algunos meses de uso, cuando está demasiado sucia, se quita el exceso de suciedad con un poco de manteca derretida.

Aparte de los cinturones, los brazaletes de latón, las espirales de alambre que cubren los brazos y las piernas, las cuentas de porcelana blanca y azul, las gruesas perlas de Nüremberg, y de los anillos de metal y de marfil, los habitantes de Ujidji llevan rosarios de pequeñas conchas rosadas.

Otra particularidad de su traje son unas pequeñas pinzas de hierro o de madera que llevan colgadas del cuello y cuyo uso es muy original, como se verá a continuación. Cada indígena está provisto de una calabacita hueca cortada por la mitad, o de un pucherito de tierra negra, casi lleno de tabaco. En el momento de usarlo, el aficionado pone un poco de agua en su pucherillo, exprime el tabaco mojado, vierte luego el líquido resultante en la palma de la mano, lo sorbe por las narices, e inmediatamente cierra ésta con las pinzas. Sin este curioso instrumento, se vería obligado a hacer uso de sus dedos para retener el precioso líquido.

El país de Ujidji estaba gobernado en 1858 por Rusimba, que tenía bajo sus órdenes muchos mutuarés, sus vasallos, situados cada uno en un emplazamiento, tal como Cannena en Kehuili. Estos jefes, además de los presentes de llegada o mgubico que dan a las caravanas, están obligados a proporcionarles a su partida seis sacos de grano, un regalo llamado de «los buenos auspicios», o rangozi.

En cuanto me instalé en la casa de Hamed, mi primera ocupación fue purificar la atmósfera que reinaba en el interior, quemando pólvora y asafétida. Enseguida me dediqué a hacer las reparaciones indispensables, ya que la casa se encontraba en un estado deplorable; pero las obras no marchaban con la prontitud que yo deseaba. Los hijos de Ben-Selim eran demasiado perezosos para ayudarme, y nuestros cargadores, habiendo empleado todo su salario en esclavos, aprovecharon la primera ocasión para darse a la fuga. Sin embargo, con la ayuda de un obrero de la costa, reparé la techumbre, que estaba invadida por la hierba, construí dos bancos de madera que me sirvieron de lecho y de mesa, y fabriqué unas banquetas de arcilla que repartí por la estancia. Debo decir que este último mueble fue usado únicamente por enormes hormigas, que acudían a cada momento en legiones numerosas. El techo, a pesar de la capa suplementaria con la que lo habíamos recubierto, dejaba pasar el agua tan fácilmente como si fuese un cedazo. Pedazos de barro seco se desprendían de las paredes resquebrajadas, y un día la mitad del edificio se vino abajo bajo el impulso de un fuerte viento. A causa de este desastre perdimos nuestros libros, quedando nuestros manuscritos ilegibles, y perdiéndose enteramente las colecciones de plantas que habíamos logrado reunir.

Al día siguiente de mi llegada recibí la vista de Cannena, de quien me habían dado las peores referencias. Su predecesor, Cabeza, muy querido por los árabes, había muerto dos meses antes dejando un niño de dos años que, dada la situación, precisaba un tutelaje que Cannena, un simple esclavo, logró adjudicarse al saber captar las simpatías de la viuda del difunto, haciéndose con el poder mientras duró la minoría de edad del noble niño.

Este bribón se presentó ante mí vestido de paño fino y cubierto con un turbante de seda que le había prestado uno de nuestros beluchistanos, creyendo tal vez que iba a impresionarme con su traje, y muy al contrario debo confesar que nunca he visto personaje más innoble. Demostró una especial diplomacia y me presentó, como delegados del gran Rusimba, a dos caballeros vestidos con túnicas de corteza, sucias hasta donde es posible imaginarlas, cada uno de los cuales llevaba un conjunto de armas en miniatura: eran los encargados de recoger el tributo. Luego, Cannena habló de comercio, y para empezar los negocios me envió un hermoso colmillo de elefante, de más de sesenta libras, que equivalía a dos cargas de porcelana azul, valor en uso para el cambio de marfil. Al día siguiente le volví a enviar su colmillo, haciéndole saber que había venido a Tanganica para visitar la comarca en calidad de enviado de mi gobierno, y no para traficar. A pesar de todo me equivoqué con tal medida, y recomiendo para el futuro a mis sucesores que en situaciones parecidas se hagan pasar por comerciantes.

Mi extraña respuesta despertó, no solamente la sorpresa de los indígenas, sino también sus sospechas y recelos. «¡Viven sin hacer nada!», gritó aquella raza comercial, y fui conminado a marcharme con mucha más prisa de lo que hubiera deseado.

En compensación por las ganancias que hubieran podido obtener con nosotros, ofrecí pagar lo que las otras caravanas desembolsaban por los derechos de aduana, de parada y de tráfico, y así lo hice. Pero esto no impidió que Cannena y sus gentes me demostraran su mala voluntad con una serie de persecuciones.

Debo consignar aquí que había otro motivo para la cólera de Cannena. En efecto, al día siguiente de la visita que me había hecho con tan brillante aparejo, entró en mi casa bruscamente con la cabeza descubierta, una o dos lanzas en la mano y una pequeña túnica de piel de gato salvaje que apenas le cubría el pecho. Aquel traje desaliñado no me permitió reconocerle, y le puse sencillamente en la puerta: una ofensa que le inspiró desde entonces un odio mortal hacia mí.

Al principio, la humedad penetrante del clima nos puso a prueba de forma singular, y tal vez contribuyó también a la abundancia de víveres, en especial de pescado fresco y legumbres. Pero esta abundancia nos animó a algunos excesos, y casi todos caímos enfermos.

Sin embargo, era indispensable sacudirnos este letargo, ya que hacía falta ir al otro lado del lago para pedir a Ben-Suleyman que nos alquilase su dau, la única embarcación de vela que surca estas aguas. Ben-Selim no tuvo valor para ir. El capitán Speke se encargó de esta diligencia, y hechos los preparativos necesarios, partió el 4 de marzo, abundantemente surtido de provisiones y en compañía de dos beluchistanos, de Gaetano y de Bombay. Su ausencia duró veintisiete días, que transcurrieron para mí más rápidamente de lo que hubiera esperado.

Cada atardecer, haciendo un esfuerzo, iba a sentarme ante la puerta para gozar del delicioso espectáculo de aquella naturaleza virgen y del éxtasis que produce. Era un lugar encantador, uno de esos lugares de reposo en el que las sombras flotan ante los párpados medio cerrados y donde la mirada, alzándose hasta el horizonte, da cuerpo a nuestros sueños. Aquel sitio me recordaba los más bellos paisajes del Mediterráneo: era la misma sonrisa de las olas, el mismo color de líquido transparente en la llanura, la misma claridad tranquila y pura de las primeras horas de la noche, el mismo resplandor del sol poniente, la misma gracia fugitiva del crepúsculo, y cuando la noche cubría la tierra, el mismo torrente luminoso y límpido que la luna esparce sobre las lejanas montañas.

Finalmente, el 29 de marzo el ruido de los mosquetes anunció la vuelta del capitán Speke, sobre quien había descargado el monzón todos sus furores. Nunca he visto a un hombre tan completamente empapado, capaz de cumplir en toda su extensión la expresión francesa «calado hasta los huesos». Su equipaje no se encontraba mejor que él. Sus armas estaban cubiertas de moho, y su polvorera, a prueba de fuego, había dejado filtrar el agua. Su aspecto me desanimó terriblemente, ya que volvía de su expedición sin barco y sin víveres.

El pasaje de sus aventuras que más me afectó fue el que concernía a Hamed-ben-Suleyman, quien, a despecho de una flotilla de treinta o cuarenta piraguas que se oponían a su paso, había penetrado hacia el norte del Tanganica hasta el lugar en que había observado la corriente de un gran río que salía del lago. El árabe apoyaba su noticia en ciertas pruebas cuya escasa validez conozco ahora, pero entonces, con la esperanza de hacer algún descubrimiento importante respecto a las fuentes del Nilo, me decidí a resolver aquel misterio.

Después de algunos preparativos de los que fue encargado Ben-Selim, fui a reunirme con Cannena, que se disponía a navegar hacia el norte. Éste consintió en que viajara a bordo de su piragua, pero cuando le pregunté lo que exigía por conducirme hasta el río, estalló en imprecaciones y se escapó gruñendo como un babuino rabioso. Aquella negativa no me sorprendió, pero, decidido a visitar el origen del afluente del que me hablaban, ofrecí a Cannena una suma tan importante, que éste acabó aceptando todas mis exigencias.