CAPÍTULO IX

SALIMOS DE CAZÉ.—DELICIAS DE LA PUESTA DE SOL.—MAL ESTADO DE MI SALUD.—LLEGAN LOS GÉNEROS.—LOS ÁRABES DE KIRIRA.—EL MSENÉ, SUS RECURSOS Y SUS HABITANTES.—DESPIDO A LOS HOMBRES DE KIDOGO —EL SAGOZI Y SU NOBLEZA.—PASO DEL MALAGARAZI.—FERTILIDAD DE LA TIERRA DE LA LUNA. RECUERDOS TRADICIONALES.—ANARQUÍA.—EL GRAN LAGO.

Después de muchos titubeos, el capitán Speke me precedió el 5 de diciembre, y estableció el campamento en Zimbili, colina alargada que se prolonga de norte a sur, a dos horas de marcha del emplazamiento de los árabes. Yo seguí al capitán al cabo de tres días.

Mi estado, a decir verdad, no podía ser peor. Estaba más muerto que vivo y sólo con gran trabajo podía soportar el movimiento que imprimían los porteadores a mi hamaca. Los beluchistanos fueron los primeros en levantar el campamento, seguidos por algunos hombres de Kidogo. Más tarde llegaron los conductores de los asnos, y finalmente seis nuevos cargadores nos ofrecieron sus servicios.

Había recobrado un poco las fuerzas y me disponía a dejar Zimbili cuando vinieron a decirme que la caravana que esperábamos hacía siete meses que estaba en Rubuga, detenida por la deserción de una parte de sus miembros. Esto supuso un nuevo retraso, aunque esta vez necesario. Speke tomó otra vez el camino de Cazé, a fin de recoger nuestras mercancías, y acordamos que yo iría a la estación siguiente para buscar porteadores.

El 15 de diciembre, a las diez, me coloqué en la litera, llevada por seis esclavos que Snay-ben-Emir me había alquilado al precio de seis libras de cuentas blancas por cabeza, para ir hasta Msené.

Después de la larga detención que acababa de sufrir, no pude menos que extasiarme al ver la llanura extendida ante mis ojos, guarnecida a derecha e izquierda por colinas cubiertas de bosques que ondulaban hasta perderse de vista. Dos horas de marcha me condujeron a Yombo, pequeña aldea recientemente establecida, donde tuve que detenerme dos días.

La puesta del sol es en la Tierra de la Luna un espectáculo verdaderamente delicioso. La brisa, llena de frescura, se esparce en ondas embalsamadas como si fuese producida por un inmenso abanico. El cielo transparente es de una pureza perfecta, los vapores densos, inmóviles en la región superior de la atmósfera, se revisten de púrpura y oro, y la tinta rosada del sol poniente es reflejada por todos los accidentes del paisaje. Se experimenta entonces la dulce alegría de vivir: los pajarillos ahuecan sus plumas y cantan el himno del crepúsculo, los antílopes vuelven a su refugio de los bosques, el ganado retoza alegremente, y los hombres se entregan al placer. Todas las mujeres, desde la vieja decrépita hasta la muchacha de doce años, se sientan en pequeños taburetes o en pedazos de madera formando un círculo, y fuman sus grandes pipas de tierra negra.

Fuman con una satisfacción íntima, aspirando lentamente el humo condensado, que después exhalan en ligeros torbellinos que escapan de sus narices. De vez en cuando se refrescan la boca con ramas de mandioca o con una espiga de maíz verde, cocido a la ceniza. A continuación, algún asunto de índole local, hace que aparten sus pipas y comiencen una animada charla con la que rompen repentinamente al silencio.

Después de haber contratado veinte porteadores, cinco de los cuales se fugaron apresuradamente, y de pasar revista a los beluchistanos reunidos, que eran casi todos, salí de Yombo el 18 de diciembre.

El 22 se me unió el capitán Speke, seguido de tres cargas de quincalla, cuatro de tela y siete de hilo de cobre. La tela era de la última calidad, la rocalla una porcelana del precio más bajo, y unos granos negros sin valor alguno, que tiramos, puesto que de nada nos servían. En cuanto a los medicamentos que con tanta insistencia había pedido, nadie se había acordado de ellos.

El 24 de diciembre desertó el último de los seis esclavos que estaban encargados de transportar mi hamaca.

Creyendo sin duda que me quedaba poco tiempo de vida, Ben-Selim, los beluchistanos y su djemadar habían pasado cerca de mí sin volver la cabeza: abrasaba el sol y se apresuraron a ponerse a la sombra, dejándome con mis dos porteadores junto a un matorral, donde dos días después fue asesinado un mercader árabe llamado Selim-ben-Masud.

El día de Navidad pude, pese a todo, volver a montar en mi asno, y atravesando la parte occidental del Oliyankuru, recibí hospitalidad en casa de Selim-ben-Seid, rico propietario, apodado El León, debido seguramente a su talla hercúlea. Este digno y generoso árabe hizo grandes esfuerzos por tratarme de la mejor manera posible: me cedió la habitación más fresca de su casa, me hizo poner un diván nuevo, me procuró carne, leche y miel y me dedicó sus veladas.

El 26 de diciembre, después de una marcha insignificante, llegué a Mazengé y al día siguiente alcancé el pequeño pueblo de Kirira, donde no esperaba en absoluto que me recibiesen dos árabes, a quienes ya conocía de nombre: Masud y Hamed-ben-Ibrahim.

Masud, anciano de la tribu de los Beni-bu-Alí, conocía personalmente las hazañas de Sir Lionel Smith. Me introdujo en el pueblo, cuyo recinto estaba cerrado por un seto de grandes euforbios, y me hizo sentar sobre el diván del espacioso y fresco vestíbulo de su tembé.

Los árabes hacen grandes elogios del clima de Kirira, que califican de muy sano, y, ciertamente, después de haber pasado una noche deliciosa en el tembé de Masud, no tuve sino motivos para constatar sus virtudes. Me levanté al día siguiente maravillosamente dispuesto, y mi goano, que el día anterior tenía fiebre, se sintió completamente curado.

Hicimos tres cortas jornadas, sin el menor accidente, atravesando una llanura cortada por terrenos cultivados. De repente, al aclararse la espesura, la mirada descubre al oeste una pradera de admirable fertilidad: es el distrito de Mséné, a donde llegamos el 30 de diciembre.

La caravana se detuvo para formarse en columna, según la costumbre. Luego volvió a ponerse en marcha con gran pompa, y avanzamos en medio de un ruido espantoso.

Mséné, principal comarca de la región occidental de la Tierra de la Luna, es la residencia de los árabes y de las gentes de la costa que, por antipatía hacia sus hermanos de Omán, han desertado del Ñañembé. Este distrito tenía por jefe en 1858 al sultán Mazanza. Este, así como su hermano Funza, hospitalarios por naturaleza, acogen bien a los viajeros, sobre todo a los árabes, cuyos mosquetes, algunos años antes, habían rechazado a los bandidos de las cercanías. El poder de este jefe era considerable, y las cabezas de numerosos criminales, que decoraban la entrada de muchas de sus aldeas, eran prueba de que sabía gobernar con firmeza.

Mséné no es una villa: es el conjunto de cierto número de asentamientos esparcidos, que no tienen en común entre sí más que la vecindad, y entre los cuales no se encuentra nada que pueda parecer una calle. El viajero puede renovar allí su cargamento de telas, de cuentas de vidrio y de hilos metálicos, a un precio un poco mayor que el que se paga en Ñañembé.

Como era de esperar, después de conocer la composición de la población, Mséné es un lugar donde la orgía es permanente.

Todos los días se emborracha todo el mundo, desde el sultán y su consejo hasta el último esclavo, con lo que el relajamiento de sus costumbres es superior a cuanto se puede imaginar.

Finalmente decidí, aunque no sin pena, partir de esta ciudad africana el 10 de enero. Todos mis hombres se asustaban ante la perspectiva del viaje, y la línea azulada de las montañas, que se alzaba hacia el norte, nos recordaba constantemente a los bandidos, pues sabían demasiado bien que, en los lugares en que las tribus son hostiles entre sí, están unidas sin embargo por la hostilidad hacia el extranjero.

Los hombres de Kidogo no se nos habían unido aún, y ya era el 13 de enero cuando los vi aparecer. Se habían ido haciendo cada vez más insoportables, y por más que fuese importante para mí la pérdida de una docena de mosquetes, juzgué necesario desembarazarme de ellos. El kirangori y Bombay habían vuelto al servicio, y la expedición se puso en marcha el 16. Dos días después estábamos en Kajjanjieri, que no es más que un cúmulo de cabañas de forma circular, y cuyo clima es el espanto de los viajeros. Creí morir allí. Estaba a dos meses de marcha del auxilio de la medicina, y aún tenía en perspectiva la parte principal de nuestra exploración. A pesar de todo logré consolarme. Como dicen los árabes, la esperanza es mujer y la desesperación es hombre.

Ben-Selim, a quien envié a buscar, declaró con un ¡la haul! sumamente expresivo, que el mal era superior a su competencia. Era una especie de parálisis debida a mis dolencias, y que resulta familiar a todos los que han vivido en la India. Pude, no obstante, y según la predicción hecha por el factor de la caravana, moverme al décimo día, y aproveché esta circunstancia para volver a montar en el asno.

Fue necesario permanecer en Kajjanjieri hasta que se encontraran los hombres necesarios para llevar mi hamaca, una carga bastante penosa por cierto. Se pudo, sin embargo, persuadir a cuatro individuos, en un principio poco dispuestos a hacerlo, para que me transportasen a la estación siguiente, es decir, a Sagozi, donde entramos el 21 de enero. Una vez llegados allí, se les propuso ir hasta el lago, lo que aceptaron al verse reforzados con otros dos porteadores, y al recibir cada uno doce metros de percal. Al cabo de ocho días desertaron todos, antes de haber llegado siquiera a la mitad del camino.

El Sagozi, en otro tiempo provincia principal de la Tierra de la Luna, es todavía una de las divisiones más importantes y civilizadas de esta región. Sus habitantes, la noble tribu de los Calaganzas, son gentes de hermosa raza, que tienen sobre sus vecinos una notoria superioridad. Su traje se compone generalmente de una túnica corta de corteza teñida de negro. En la época de nuestro paso tenían por sultán a Ryombo, viejo africano dotado de una cortesía enteramente europea.

El 31, después de haber pasado la noche en Rucunda, descubrimos la llanura del Malagarazi y nos detuvimos más allá de la aldea de Vuañika, empleando un día entero en regatear el tributo con los enviados de Mzogera. Este hombre importante, jefe principal del Viuza, es, por otra parte, dueño y señor del río, y, como puede impedir el paso a los viajeros, medio que emplea con frecuencia en apoyo de sus pretensiones, todos los esfuerzos de aquéllos se dirigen normalmente a ablandarle.

Al día siguiente se nos permitió acampar en una aldeucha llamada Ugago, como el territorio que la rodea. Encontramos en ella víveres en abundancia, y abordamos allí la cuestión del pasaje.

El sultán Mzogera nos concedió, gracias a nuestros regalos, el derecho de atravesar el río, y a su vez el mutuaré, señor del vado, exigió el alquiler de sus canoas, todo lo cual me salió muy caro.

Finalmente, el 4 de febrero estuvimos todos en la orilla derecha del río, en el distrito de Mpeté.

Espero que se me permita ahora una observación. ¿No es muy curioso que los griegos hayan colocado sus Montañas de la Luna, y los hindúes su Soma Giré, nombre que es probablemente una versión del otro, precisamente en las cercanías de la Tierra de la Luna de los africanos actuales?

Esta comarca conserva los vestigios de una antigua tradición, como si en otro tiempo hubiera formado parte de un vasto imperio bajo la autoridad de un solo jefe. Según lo relatado por los ancianos, el patriarca fue el padre de la tribu, que se convirtió después de la muerte en el primer árbol del país, dando su sombra a sus hijos y a sus descendientes, de los cuales el último murió, según se cree, en los últimos años del siglo XVII.

Estas leyendas, conservadas por la tradición indígena, respecto al pasado de la Tierra de la Luna, están de acuerdo con lo que los portugueses contaban de su extensión y de la civilización de este reino.

La comarca sigue siendo el jardín de esta parte de África. Su apacible belleza hace descansar con agrado a la vista que acaba de soportar el resplandor rutilante del Ugogo y le recuerda el sombrío y monótono verdor de las provincias orientales. Grandes rebaños de bueyes y vacas, de variado pelaje y giba, parecidos a las razas de la India, se mezclan con rebaños considerables de cabras y carneros, dando a la campiña un aspecto de riqueza y de abundancia.

Los habitantes tienen las facciones mucho menos semíticas que las tribus del litoral, y el olor que exhala su piel, sobre todo después de un violento ejercicio, establece entre ellos y el negro un parentesco muy próximo. Son altos y bien formados: sus miembros anuncian vigor y no se ven entre ellos más gentes delgadas que los adolescentes, los hambrientos y los enfermos. Finalmente tienen fama de valientes, y se dice de ellos que alcanzan una edad muy avanzada.

La marca nacional es una doble fila de cicatrices lineales que se practican unos a otros con ayuda de un cuchillo o de una navaja, y que van desde el extremo de las cejas hasta el centro de las mejillas, descendiendo en ocasiones hasta la mandíbula inferior. Algunos llevan una tercera línea que parte de lo alto de la frente y se detiene en el nacimiento de la nariz.

Lo que caracteriza a las aldeas de la Tierra de la Luna son dos ivuanzas, construidas por lo general en los dos extremos del pueblo. Una pertenece a las mujeres, y nadie puede entrar en ella, la otra es de los hombres, y allí son admitidos los viajeros.

La separación de los dos sexos es completa en esta región: nunca comen juntos, y un niño sería desollado si se atreviera a sentarse a la mesa de su madre.

En la actualidad, la Tierra de la Luna está repartida entre una multitud de jefes ínfimos, que llevan el título de mtémé o el de muamé. Su poder es hereditario, tienen derecho de vida y muerte sobre sus súbditos, y raramente les aplican otra pena que la capital.

Aparte de los productos de su dominio privado, los jefes sacan sus recursos de los presentes que les hacen los viajeros, de la confiscación de bienes en casos de felonía o magia, y finalmente de los derechos de aduana y de la venta de esclavos. También les pertenece todo el marfil que se recoge en las cacerías y los efectos de los esclavos fallecidos.

Los jefes más poderosos de toda la provincia son los de Mséné, de Kirira y del Ñañembé. Los detalles que antes dimos respecto al último de estos tiranos, llamado Kundikira, pueden dar a nuestros lectores una idea exacta del gobierno de los demás.

El 4 de febrero entramos en el distrito de Mpété, en la orilla derecha del Malagarazi, región malsana donde los mosquitos nos devoran en pleno día. El día 8 pasamos un afluente del río, el Rusugi, y después, uno detrás del otro, el Ruñon y el Urungué. Finalmente, el 13, la espesa selva de alta vegetación en que estábamos hundidos se transformó poco a poco en una foresta sumamente bella. Al cabo de una hora, al entrar en una pequeña llanura, el guía que nos acompañaba echó a correr cambiando de dirección. Le seguí, comprendiendo que habría tomado aquella decisión por algún motivo.

Escalamos con gran trabajo una montaña escarpada cubierta de árboles espinosos, y llegados a la cima nos detuvimos durante algunos instantes. El asno que yo montaba se negaba a avanzar y el de mi compañero había muerto en la subida.

—¿Qué es aquella línea brillante? —pregunté a Bombay.

—Juraría que es agua —me respondió.

La disposición especial de los árboles y la circunstancia de que el sol no alumbraba más que una pequeña parte del lago reducían de tal manera su extensión que no pude menos de reprocharme haber arriesgado mi vida y sacrificado mi salud por algo tan pequeño. Maldiciendo, pues, la exageración árabe, que había dado pie a mi locura, y maldiciendo también mi estúpida credulidad, me propuse volver inmediatamente sobre nuestros pasos para ir a explorar el lago Nyanza.

La esperanza, sin embargo, me hizo avanzar. La escena se desarrolló entonces ante mis ojos, y caí en una especie de éxtasis que sólo pueden comprender los que se han visto en un caso semejante.

Nada más encantador que este primer aspecto del lago Tanganica, apaciblemente recostado en el seno de las montañas, calentando sus aguas bajo el influjo de los ardientes rayos del sol de los trópicos. Veíamos a nuestros pies desfiladeros y barrancos de aspecto salvaje, por los cuales trepaba trabajosamente el sendero, y en lo profundo de estos precipicios, una estrecha franja de color verde esmeralda, que no se marchita jamás, y luego una cinta de arena blanca con reflejos dorados, orlada de cañaverales y desgarrada por las olas.

Más allá de esta línea de verdor, el lago extiende sus aguas azuladas por una superficie mayor de cincuenta kilómetros e inferior a sesenta, que el ligero viento del este llena de blancos copos de espuma. Una elevada muralla del color gris del hierro destaca en la línea del horizonte su descarnada silueta sobre un cielo profundo, cruzado por livianos vapores, y deja ver entre sus desgarramientos, colinas marcadas por un tono más oscuro y de cima redondeada, que parecen sumergir sus vertientes en las aguas del lago.

Fue aquello un verdadero delirio para el alma y un vértigo para los ojos. Lo olvidé todo, absolutamente todo, peligros, fatigas, enfermedades e incertidumbres del regreso. Confieso sinceramente que hubiera aceptado el doble de los males que hasta allí habíamos tenido que sufrir. Y, en cuanto a mis compañeros, debo decir que todos compartían conmigo el mismo sentimiento.