CAPÍTULO III

DUTHUMI.—ZUNGOMERO.—UN CAMINO ARRUINADO POR EL PASO Y MUERTO POR LA VEGETACIÓN.—LOS INDÍGENAS SON MENOS FORMIDABLES QUE LOS DE UGOGO.

Habiendo continuado nuestra interrumpida marcha el 15 de Julio, no tardamos en penetrar en un territorio situado en el ángulo formado por la confluencia del Mgéta y del Kingani, especie de delta cubierto de espesos juncales que crecen en un terreno pantanoso regado frecuentemente por las inundaciones. De repente salimos a un extenso espacio descubierto, donde los gigantescos árboles de la costa sucedían a las mimosas, a los helechos y a los bejucos y acebos espinosos. Enormes ñus[13] que nuestros hombres miraban con cierto temor, afirmando que más de una vez se han atrevido a atacar a las caravanas, corrían de un lado a otro y herían el suelo con sus duras pezuñas, agitando su espesa melena. Antílopes de diferentes especies, entre otros de los conocidos con la denominación de oryx, se agrupaban en diferentes sitios o formaban manadas numerosas que se dirigían a la orilla del agua. La voz familiar de la perdiz resonaba en todos los matorrales, y las ramas de los árboles, donde reposaban las pintadas, parecían esmaltadas de flores. Pequeños cangrejos terrestres se deslizaban en todos los agujeros del camino que seguía la caravana, y las hormigas, cuyas sorprendentes habitaciones teníamos a veces que rodear, atacaban a nuestros hombres, obligándolos a correr y a sacudirse de la manera más grotesca.

Más de seis horas hacía que caminábamos así cuando entramos en Kiruru, aldea del Khutu, fangosa y destartalada, hundida en un campo de sorgho, cuyas cañas me lastimaban de tal manera, que me obligaron a apearme de mi asno.

Además del peligro que corrían nuestras cabalgaduras por la proximidad de las hienas, los leopardos y los cocodrilos, nos veíamos obligados a pasar dos días en Kiruru, pues la violencia de las lluvias y la profundidad de las corrientes no nos permitían seguir adelante.

Más lejos, en el Duthumi, las fiebres que comenzaban a generalizarse entre nosotros y que a mí me duraron veinte días, nos obligaron a detenernos cerca de una semana en casa de un astuto bribón llamado Seid-ben-Selim. Los accesos tenían poca violencia, si se los compara con los de las fiebres del Sind, y sin embargo me abatieron por completo. Durante las crisis y largo tiempo después de su terminación, experimenté el extraño efecto de un dualismo que comprendía perfectamente: era yo, tal como siempre me he conocido, pero formando dos personas que disputaban y se contradecían sin cesar. Pasaba las noches sin dormir, y la fiebre me producía visiones espantosas que algunas veces me estremecían y me asustaban.

El capitán Speke, aún más seriamente enfermo que yo, estaba abatido por el mal, que no le cesaba un momento y parecía afectarle al cerebro, como si fuera producto de una insolación.

Este distrito de Duthumi, uno de los más fértiles del Khutu, está formado por una llanura compuesta de una tierra negra, mezclada con arena, y cubierta con una vegetación impenetrable en aquellos lugares aún no aclarados por el hacha. Al Norte está limitado por montañas que, desde lejos, parecen cortadas a pico, pero cuya vertiente meridional presenta una serie de mesetas que se tienden gradualmente hasta confundirse con la llanura. Las poblaciones de estas montañas poseen un lenguaje particular que, según nuestros guías, tiene cierta semejanza con el idioma del Khutu. El Duthumi es, por otra parte, teatro de perpetuas hostilidades entre sus miserables jefes, y no se encuentra en él más que campos devastados y aldeas destruidas cuyos desgraciados habitantes han sido capturados y vendidos como esclavos.

El 26 de Julio, sintiéndome bastante fuerte como para resistir el viaje acostado en una litera llevada por esclavos alquilados a Seid-ben-Selim, di la orden de continuar la marcha. Nuestra caravana atravesó los campos de Duthumi, franqueó un canal de orillas escarpadas y lecho fangoso, donde hombres y bestias se hundían hasta las rodillas, y entró en las tierras cultivadas que rodean las colinas destacadas de la sierra.

Estos cerros, de forma cónica, tan malsanos como la llanura, no están habitados; espesos bosques cubren sus pedregosas pendientes desde la base a la cima, y el camino, dejando la región cultivada, presenta al viajero lo más horrible de todo cuanto ha soñado sobre la naturaleza africana. Es una mezcla confusa de matorrales y árboles elevados que rodean el camino por todas partes, y que no es menos triste a la vista que espantosa para la imaginación. La tierra, negra y fértil, se cubre por intervalos de una costra espinosa de hierbas tiesas y cortantes que alcanzan hasta cuatro metros de altura, y cuyas hojas tienen dos centímetros de anchura. Enormes plantas trepadoras cubrían los árboles desde el pie hasta la copa, envolviéndolos en una red impenetrable y reuniéndose en masas compactas parecidas a nidos gigantescos. El sendero desaparecía, muerto, según la expresión de nuestros guías, por una barrera de lianas trepadoras, que se torcían y encorvaban, dirigiéndose en todos los sentidos, enlazando todo lo que encontraban y estrechando hasta el mismo baobab.

El Zungomero, que se encuentra saliendo del Duthumi a la cabeza del valle de Mgéta, en la confluencia de este río con el Kingani, es, como él, una llanura de suelo negro mezclado con arena, y de una fertilidad exuberante.

Es de sentir que los habitantes del Khutu no tengan un jefe en torno al cual puedan agruparse para defenderse de los traficantes de esclavos. Este odioso negocio paraliza todo sentimiento. En el sendero de la esclavitud el viajero no puede esperar ayuda, cualquiera que sea la miseria en la que se encuentre: tiene que hacer sufrir, si no quiere sufrir él mismo.

Es inútil que ofrezca un precio elevado por objetos indispensables: nadie los compra por la sencilla razón de que han sido robados, o podrían haberlo sido. Si el extraño no entra a viva fuerza en una casa, permanece sin abrigo; y si no impone su voluntad con el terror, nadie se prestará a servirle, del mismo modo que si no quema ni roba, se morirá de hambre, aún en medio de la abundancia. Tal es el efecto de ese abominable tráfico, que destruye todo lo que hay de justicia y de bondad en el corazón del hombre.

Nadie puede figurarse lo que es ese sendero. Bajo la influencia de una temperatura a la vez húmeda y caliente, la vegetación, en los terrenos bajos en que la presión atmosférica es excesiva, adquiere una fuerza excepcional. La hierba, sobre todo en los terrenos negros y pantanosos, se eleva a cerca de cuatro metros, adquiriendo sus tallos el grueso de un dedo. Los matorrales que forma son tan espesos que la tierra desaparece totalmente, siendo imposible franquearlos fuera del sendero. Nada más propio para una emboscada que esos desfiladeros, donde algunos hombres resueltos pueden fácilmente destruir una caravana, atacándola por detrás, o cerrándole el camino. Así se justifica el terror con que se aventuran los comerciantes por este sendero.

Lo bastante ricos en general como para procurarse tela, casi todos los habitantes de Uzaramo tienen vestidos. Los hombres no se presentan casi nunca en público sino perfectamente armados, como si fueran a la guerra. Estas armas consisten, cuando no tienen mosquetes, en arcos y flechas emponzoñadas, y lanzas y cuchillos que ellos mismos fabrican con el hierro que se proporcionan.

La mayor parte de los jefes van vestidos con elegancia: un turbante de forma africana cubre su cabeza, rodeando su fez bordado, y su deslumbrante blancura forma un poderoso contraste con la piel negra de su rostro. Una faja de lana de vivos colores ciñe sus caderas, aunque algunos, sin embargo, prefieren la gran túnica y el chaleco que llevan los esclavos de Zanzíbar.

Las mujeres van tan bien vestidas como los hombres, cosa muy rara en el Este de África. Muchas de ellas tienen las piernas arqueadas por el peso de los odres de agua que les hacen llevar desde su infancia, y cuando se ven desembarazadas de su carga, otorgan a su andar una curiosa afectación. Nunca se cubren el rostro, y no sienten vergüenza alguna en presencia de los extraños.

Los niños van en una especie de saco de tela sujeto a la espalda de la madre.

El clásico molino manual de los orientales no existe en esta región: el grano se muele sobre una hoja de granito cuyo plano está inclinado y que tan pronto es móvil como está fijo en la tierra con un cemento de arcilla.

Las aldeas están fortificadas con una empalizada y contienen de cuatro a doce edificios importantes: el resto está compuesto de cabañas en forma de colmena, una arquitectura ordinaria de las chozas africanas.

Turbulentos, impetuosos, pendencieros y tercos, los indígenas del Uzaramo serían un obstáculo para que penetrase la civilización en esta parte de África de no ser por la toma de Caolé y de otros puertos de la costa por parte del sultán de Zanzíbar, lo que ha hecho abrir el país a las caravanas, haciendo conocer a los salvajes los beneficios del comercio. Sin embargo, tienen frecuentes disputas con los viajeros, y sus jefes exigen derechos muy elevados a los comerciantes que viajan al interior o vuelven hacia la costa.

En cuanto a los habitantes de Khutu, también pueden aplicárseles la mayor parte de las observaciones anteriores, teniendo en cuenta sin embargo la inferioridad moral y física en que la perniciosa influencia del clima los ha sumido, en relación con sus vecinos.