CAPÍTULO VIII

ENTRADA TRIUNFAL EN CAZÉ.—HOSPITALIDAD DE LOS ÁRABES.—IMPORTANCIA Y RECURSOS DE ESTE CENTRO.—DIFICULTADES DEL VIAJE ENTRE ZANZÍBAR Y CAZÉ.—LA CARGA ES EL OFICIO PRINCIPAL DE LOS HABITANTES.—TRES ESPECIES DE CARAVANAS.—EMPLEO DE UN DÍA DE MARCHA.—ENCUENTRO DE DOS CARAVANAS.—LA DANZA Y EL SUEÑO.

Hacía ciento treinta y tres días que habíamos dejado la costa y llevábamos recorrida una distancia de cerca de mil kilómetros, cuando, el 7 de noviembre, nos dispusimos a entrar en Cazé, depósito comercial que los árabes han establecido en esta provincia.

Partimos al salir el sol. Nuestros beluchistanos vestían sus trajes de gala, sin los cuales es sumamente raro que un oriental emprenda un viaje. Sin embargo, después de haber sido mostrado y expuesto a la admiración de los indígenas, este lujoso vestido debía volver al fondo del saco hasta el momento en que fuese cambiado por un número de esclavos más o menos considerable. Aproximadamente a las ocho hicimos alto cerca de una pequeña aldea, a fin de que los rezagados pudieran unirse a la caravana, y cuando, con la bandera desplegada a merced del viento, nuestro batallón serpenteó por la llanura al son de los cuernos, al estampido de los mosquetes y al estrépito de las voces, cuyos clamores dominan la fusilería, el aspecto que presentó la caravana resultó verdaderamente espléndido.

La multitud, que se apretaba a ambos lados del camino, rivalizaba con nosotros en estrepitosas aclamaciones. Cada cual se había ataviado con sus más bellos vestidos, y el conjunto ofrecía un aspecto de lujo al cual no estaban en manera alguna acostumbrados nuestros ojos. Algunos árabes que permanecían en la orilla del camino nos saludaron con la gravedad especial que distingue a los musulmanes y nos acompañaron durante algunos momentos.

Al ponernos en marcha habíamos dado a Ben-Selim la orden de que condujese la caravana al tembé puesto tan generosamente a nuestra disposición por los tratantes árabes que habíamos encontrado cuando estuvimos en Inengé. Pero, ya fuese por error o por cualquier otra causa, el guía se encaminó directamente a la casa de Musa-Mzuri o el bello Moisés, un baniano a quien el sultán de Zanzíbar se había empeñado en recomendarme. El comerciante había salido en dirección a las comarcas del Karagüé, donde le reclamaban sus operaciones mercantiles, y Ben-Amir, su agente o apoderado, se encargó de cumplir con nosotros los deberes de la hospitalidad, conduciéndonos a la casa, vacía entonces, de un mercader llamado Abaid-ben-Sliman, que estaba en camino hacia la costa.

Después de haberme dejado un día de descanso, según la costumbre generalmente seguida en tales casos, a fin de que pudiese arreglar las cuentas con los cargadores, que habían terminado su compromiso, todos los comerciantes de Cazé, en número de diez o doce, vinieron a hacerme una visita en corporación, ocasión propicia que aproveché para presentarles oficialmente la circular que el sultán de Zanzíbar dirigía en nuestro favor a todos sus súbditos establecidos en territorio africano.

Muchas gentes me habían augurado un mal recibimiento por parte de los árabes, pero su acogida fue, por el contrario, de lo más cordial, y nunca podré elogiarla lo suficiente. ¡Qué diferencia tan notable entre la hospitalidad generosa, el sincero interés y la franca amistad que encontramos entre los individuos de aquella noble raza, y la parsimonia y el egoísmo feroz y brutal del salvaje africano! Era como encontrar corazones de cera después de haber tropezado con corazones de roca. Uno de ellos sobre todo, el llamado Snay-ben-Emir, era de la madera con que se hacen los amigos: generoso y discreto, lleno a la vez de valor y de prudencia, presto siempre a arriesgar su vida por conservar limpio el honor y, lo que es muy raro en Oriente, tan honrado como valiente.

El árabe que llega de la costa se cruza en Cazé con los que vuelven del lago Tanganica y del Ruvuia, y encuentra allí caminos frecuentados que se dirigen al norte, hacia los poderosos reinos de Caragüe, de Uñoro y de Uganda y que le conducen a las orillas del lago de Kerehué. El Rori y el Bena, el Sanga y el Senga, le envían desde el sur su marfil y sus esclavos, y los productos de las comarcas de Khokoro, de Fipa y del Marungu, así como los del valle de Rukua, vienen del Sudeste a cambiarse por sus telas, sus cuentas de vidrio y sus hilos metálicos.

Por último, los jefes de las caravanas tienen que detenerse aquí forzosamente, porque los cargadores, tanto los que han sido contratados en la costa como los que se contrataron en las orillas del lago, se dispersan en cuanto llegan a Cazé, poniendo al viajero o comerciante en la necesidad de reunir un nuevo grupo, operación siempre difícil, y mucho más cuando se aproxima la estación de la siembra.

Cazé no es una aldea, sino una colección separada de media docena de tembés o grandes edificios, de construcción oblonga, que tienen todos un patio central, grandes almacenes separados, barracas para los esclavos, y jardines. Finalmente, alrededor de esta especie de núcleo están agrupadas las chozas de los indígenas, acumulación de chiribitiles infectos que llevan el nombre de su fundador.

En 1852 fue cuando esta parte de la provincia de Ñañembé recibió los primeros colonos. En esa época fue cuando llegaron Snay-ben-Emir y Musa y encontraron la estación desierta. Estos árabes construyeron casas, abrieron pozos, y convirtieron este lugar deshabitado en una plaza comercial y populosa.

Sería difícil establecer el número de residentes árabes que hay en el Ñañembé, pues de la misma manera que los ingleses en sus posesiones de la India, estos comerciantes no hacen más que recorrer el país sin colonizarle. Su número, en consecuencia, está muy lejos de ser fijo, aunque generalmente no se cuentan más de veinticinco. Durante la estación de los viajes o cuando se juzga inminente una campaña, apenas hay tres o cuatro. Esto es para ellos algo bastante enojoso. Son demasiado fuertes para ceder sin combatir, pero no lo son, sin embargo, lo bastante para luchar con éxito[17].

A excepción de Musa, que nació en Kojah, ciudad de la India inglesa, todos estos comerciantes son árabes, naturales del Omán. Tienen aquí una existencia que, más que cómoda, podría calificarse de fastuosa. Sus casas, aunque de un solo piso, son bastante extensas y están sólidamente construidas; sus jardines son grandes y muy bien dispuestos; y reciben regularmente de Zanzíbar, no solamente cuanto es necesario para la vida, sino también un gran número de objetos de lujo. En torno a ellos vive una turba de esclavos perfectamente enseñados para el servicio y acostumbrados a los trabajos más necesarios. Usan asnos de Zanzíbar por cabalgaduras, y los menos ricos poseen rebaños de vacas y carneros.

Lo único que les falta es un gobierno, pues tienen bastante necesidad de un jefe inteligente y valeroso.

También sería muy conveniente para ellos que el clima fuese más sano, pues generalmente su constitución se debilita en extremo. Escapar a la fiebre durante dos meses es un fenómeno verdaderamente excepcional, del cual se vanaglorian aunque, como sucede en Egipto, ninguno de ellos tiene una salud perfecta. Los que llevan muchos años de residencia se han acostumbrado a no hacer más de dos comidas al día, una por la mañana temprano y otra antes de media tarde, y enseguida se ponen a mascar tabaco o café tostado.

Desde que han importado el trigo candeal y el arroz de especie blanca (el de este país es de color rojizo); desde que al maíz, al mijo, a las patatas, a las fareolas, a las raíces y al sorgo de los indígenas, los árabes han unido los cohombros, los tomates, los pimientos, las bananas, los limones y otros productos, la salud general de la población ha mejorado muchísimo. Principalmente se felicitan por haber introducido en sus huertas la cebolla, pues este remedio contra la fiebre se cultiva en estos terrenos con mucho más éxito que en la costa. También se cultivan ajos, aunque no se dan tan bien, pero este tubérculo les parece demasiado fuerte para el consumo diario.

El agua fresca y pura constituye la bebida ordinaria de los árabes, aunque algunos la reemplazan con el togua, bebida no fermentada, hecha con el sorgo, y los borrachos se permiten la cerveza ácida y enervante de los indígenas.

Después de estos apuntes, el lector puede hacerse una idea del país en que nos hallamos. En cuanto a mí, cómoda y agradablemente instalado en la casa de mi amigo Snay-ben-Emir, digo adiós por algún tiempo a las caminatas y a los vivacs.

Tal vez no disgustará al lector que dedique unas palabras acerca de los caminos que hemos seguido hasta llegar a este punto. Todo el mundo, desde la infancia, ha oído hablar de los camellos, las literas, los mulos, los caballos y los asnos que componen generalmente una caravana, pero el transporte por medio de hombres, que caracteriza un viaje en esta parte de África, ha escapado hasta hoy a la pluma de los escritores.

La carretera, esa primera prueba del progreso de los pueblos, no existe como tal en el África oriental[18]. Las vías más frecuentadas no son más que pistas o senderos de veinte o treinta centímetros de anchura, trazados por el paso de las caravanas en la estación de los viajes y mueren, según la expresión africana, tan exacta como enérgica, en la estación de las lluvias, es decir, desaparecen bajo una vegetación exuberante. En las llanuras abiertas, el sendero se divide en cuatro o cinco líneas tortuosas; en las selvas forma un túnel, cuya bóveda de verdor, erizada de espinas ganchudas, detiene al porteador arrancándole su fardo; y cerca de las aldeas está cerrado por un seto de euforbios, una empalizada o un montón de ramas. Donde la tierra está libre de obstáculos, el camino se alarga en una quinta parte y a veces en una mitad a causa de las vueltas y revueltas que da. Lo más penoso, sin embargo, es el recorrido que sigue las orillas de los ríos o serpentea por el suelo pedregoso y descarnado de las faldas de las montañas.

De todos los cursos de agua que hemos tenido la necesidad de atravesar, el Malagarazi es el único que no se puede vadear durante la estación seca, y, en consecuencia, el único que se pasa en barca.

Es completamente imposible adentrarse por las vías transversales que aparecen en los lugares habitados, y cuando no hay ninguna, la maleza es tan espesa que sólo el elefante o el rinoceronte pueden penetrar en ella. El consejo que se da al viajero de escoger los lugares elevados para vivaquear por la noche es una verdadera ironía en esta parte de África. Es más fácil cavar una madriguera que abrir un paso en aquella red de espinas y ramas reforzada con troncos de árbol.

Desde tiempo inmemorial, los habitantes de la Tierra de la Luna llevan a la costa el marfil que recogen en sus cacerías contra los grandes paquidermos africanos. La guerra y las querellas entre tribus les han cortado el camino con mucha frecuencia, pero siempre han vuelto a abrirlo a pesar de todas las dificultades, porque en un pueblo cuyo sustento y bienestar dependen únicamente del cambio, no se puede ahogar el tráfico, del mismo modo que no se puede comprimir el vapor. Sobre la ruta que seguíamos nosotros, el transporte se efectúa actualmente gracias a los habitantes de la Tierra de la Luna, que consideran el oficio de cargadores o porteadores como una prueba de virilidad, pues es para ellos lo que una profesión para nosotros, la prueba de un carácter honorable, el signo de ser fuerte. Los niños adquieren la afición de ese ejercicio con la leche de su madre, por decirlo así, y desde su más tierna edad se cargan ellos mismos con un pedazo de marfil. Cargadores de nacimiento, como lo perros son cazadores de raza, se doblan bajo el peso, y estos valerosos niños conservan toda la vida las piernas arqueadas, como el animal al que se ha hecho trabajar demasiado pronto. Pero el carácter honorable hace callar todo comentario. «Está incubando sus huevos», dicen las gentes que rodean a un hombre cuya vida es sedentaria; y por el contrario, «quien ha visto el mundo no puede ser tonto», es otro de los proverbios que se oyen citar con más frecuencia.

Hay tres clases de caravanas que hacen el trayecto entre Cazé y Zanzíbar. Unas se componen únicamente de indígenas de la Tierra de la Luna; otras tienen por jefes y por escoltas a mestizos o esclavos comisionados por sus dueños o patrones; y las terceras van mandadas por los mismos árabes.

Entre los indígenas, algunos llevan sus propias mercancías, otros las ganancias de pequeños propietarios, y toda la tropa es conducida por un tougi o jefe, nombrado por elección. Estas caravanas, no solamente reúnen una masa considerable de porteadores, sino que con mucha frecuencia son más numerosos que en las caravanas dirigidas por los comerciantes.

El europeo no sabría acompañar a estas caravanas indígenas que, al igual que los indios de la Guayana, no cambian nunca de dirección, sea cual sea el obstáculo que encuentren en su camino.

Estos mismos cargadores, reclutados por los árabes, tienen mejor aspecto, consumen mucho más, trabajan mucho menos, despilfarran su tela, están llenos de insolencia, dirigen la marcha, ordenan los altos, se quejan sin cesar y desertan frecuentemente.

El explorador no encontraría, como pudiera creerse, ventaja alguna uniéndose a las caravanas árabes, cuya marcha está dirigida por el instinto, más que por la razón. Estas caravanas empiezan perdiendo lamentablemente el tiempo, siempre precioso, y luego se precipitan, caminando apresuradamente hasta que la epidemia o la deserción las detiene. Este método es funesto para el estudio, pues no permite observar los lugares ni tomar la posición, e imposibilita por completo para recoger los frutos naturales de una empresa de tal especie.

En cuanto a nosotros, he aquí cómo transcurre una jornada una vez en marcha:

Es de noche. Todo está silencioso como una tumba. Todo el mundo duerme, hasta el hombre que está de guardia, que da cabezadas junto al fuego. A las cuatro de la madrugada uno de nuestros gallos bate sus alas y saluda la primera luz del alba: los otros le responden. Hace ya algún tiempo que suspiro en espera del alba, y cuando me encuentro bien, deseando el desayuno. Tan pronto como el horizonte oriental empieza a iluminarse, llamo a mis goenses para que enciendan fuego, y se presentan tiritando, a pesar de que el termómetro marca quince grados centígrados; pero se apresuran a obedecer y a traerme el desayuno. El apetito no es muy grande a semejante hora, y le gustaría que se le excitase con un cambio de régimen. Tomamos té, café cuando lo hay, bollos de leche mojados en agua de arroz, y otras veces una especie de potaje parecido a la papilla de harina de avena.

Los beluchistanos, mientras tanto, cantan sus himnos sagrados en torno a un caldero puesto sobre un gran fuego, y restauran sus fuerzas con una especie de alcuzcuz, habas tostadas y tabaco.

A las cinco todo el mundo está completamente dispuesto y comienzan los murmullos. Este es un momento crítico: los cargadores habían prometido partir muy temprano y hacer una larga jornada, pero volubles como la ola o la mujer, en nada se parecen por la mañana a aquellos hombres tan animados de la noche anterior; tal vez, por otra parte, haya más de uno con fiebre.

Si el grupo es unánime en su deseo de permanecer inmóvil, no nos queda más remedio que entrar en nuestra tienda. Si, por el contrario, se manifiesta alguna división, un estimulante ligeramente activo pone a todo el mundo en marcha. El ruido aumenta, crecen las voces, y bien pronto se oyen por todas partes los gritos de: «¡Carguemos, carguemos! ¡En marcha, en marcha!», añadiendo los más fanfarrones: «¡Yo soy un asno! ¡Yo soy un buey! ¡Yo soy un camello!», y acompañándolo todo con el ruido de los tambores, de las flautas, de los silbatos y de los cuernos.

En medio de este tumulto, los hijos de Ramji recogen nuestras tiendas, cargan algunos paquetes ligeros, y se escapan en cuanto pueden. Kidogo nos hace a veces el honor de consultarnos sobre el programa del día. Se separa a los cargadores indígenas del fuego, a cuyo calor se arriman, se disponen los fardos que están apilados cerca de nosotros, y todo el mundo se prepara para partir.

Cuando tenemos fuerzas para ello, mi compañero y yo montamos en nuestros asnos, conducidos por los que llevan nuestras armas. Si no podemos sostenernos, dos hombres nos llevan en las hamacas suspendidas en largas perchas.

Los beluchistanos, velando por sus esclavos, llegan unos después de otros, y no se cuidan más que de ahorrarse una hora de sol. El djemadar tiene la misión de reunir la retaguardia, con el concurso de Ben-Selim, quien, frío y melancólico, está siempre dispuesto a hacer uso de su bastón de rotem. Cuatro o cinco hombres han dejado sus fardos, porque han desertado o porque se han ido delante con las manos vacías. Estos cinco fardos suplementarios pertenecen entonces por derecho a las gentes de buena voluntad, es decir, a los más débiles.

Cuando todo el mundo está dispuesto, el guía o kirangozi se levanta, coge su carga, que es una de las más ligeras, y su bandera roja desgarrada por las espinas, y abre la marcha seguido de un cargador que golpea unos timbales en forma de reloj de arena.

Nuestro guía va espléndidamente vestido. Lleva un poncho de paño escarlata, con un agujero en el medio para sacar la cabeza, que flota a merced del viento y tiene una longitud de dos metros. Un manojo de plumas de búho, y algunas veces de grulla coronada, adorna la piel de un mono o la de un gato salvaje, que le cubre la cabeza y le cae sobre los hombros, después de rodear la garganta. La cola de un animal cualquiera, sujeta a su persona de manera que parezca que es natural, una vara de hierro terminada en un gancho y decorada con una hilera de perlas, y una porción de saquitos que guardan tabaco, medicinas y amuletos, constituyen las insignias de su cargo. La caravana, finalmente completa y formada en columna, serpentea como una boa monstruosa por el flanco de las montañas, el fondo de los valles y la extensión de las llanuras.

La retaguardia es dirigida por uno de los jefes o por muchos de ellos, que generalmente cierran la marcha, a fin de velar por los rezagados y de prevenir la deserción.

Todo el mundo va mal vestido, pues el que pierde el tiempo en hacerse la toilette se convierte en objeto de burla general. Si llega a llover, cada cual se quita la piel de cabra que le sirve de manto, la dobla cuidadosamente y la coloca entre la carga y su espalda. Cuando se ha distribuido el grano, el porteador hace con su ración un paquete, se lo ata a la cintura, y sobre esta especie de almohadilla fija el taburete que debe evitarle la incomodidad de sentarse en el suelo.

Una vez en marcha, la fanfarria es la distracción habitual: parece que las voces humanas tratan de rivalizar con los tambores y los cuernos, y todos se ponen a silbar, a cantar, a gritar, a imitar los chillidos de los pájaros y de las bestias feroces, y a decir cosas que sólo se oyen en viaje.

En caso de encuentro de dos caravanas, la que tiene por jefe a un árabe exige que se le ceda el paso. Si las dos están compuestas de indígenas, nadie quiere ceder, de lo que resulta una querella. Pero las armas que unos y otros esgrimen no tienen en este caso el efecto mortal que podrían tener: el arco y la lanza, en semejante ocasión, actúan sólo como el látigo y el palo.

Estos combates no producen odio alguno entre los dos partidos, a no ser que corra la sangre.

Cuando las caravanas son amigas, los dos guías avanzan con paso lateral, con las piernas rígidas y la cabeza echada hacia atrás, deteniéndose a cada zancada y dirigiéndose miradas oblicuas, y así continúan hasta que no hay entre ellos más que una corta distancia. Entonces cambian de pronto, se precipitan uno contra otro y chocan sus frentes como dos bueyes que se atacan: todos siguen su ejemplo, y la confusión se hace general. Se creería asistir a una batalla furiosa, pero el combate concluye en medio de aclamaciones y risas, siempre que no se hayan dado golpes malintencionados. La más débil de las dos caravanas cede el paso a la otra y reconoce su inferioridad pagando un pequeño tributo a la más fuerte.

Es raro que la caravana se detenga antes del término fijado para la jornada. Al igual que los indígenas del Indostán, el cargador prefiere franquear los obstáculos al final y no al principio de la marcha, y hace un esfuerzo supremo para atravesar el río o subir la montaña, evitando así encontrárselos al inicio de la jornada siguiente.

Por regla general, los habitantes prefieren las caravanas que, viniendo de la costa, traen al país los artículos de los que carecen, a las que van de regreso llevando los productos de la comarca. En ambos casos, sin embargo, el sentimiento que experimentan, sea despecho o codicia, aumenta su natural propensión al robo, de forma que, por seguridad, los comerciantes prefieren el kraal a la aldea. Sin embargo, a pesar de su mala disposición, la aldea ofrece una morada más sana, proporciona más recursos, y el aprovisionamiento es en ella más rápido y más fácil.

La forma y los materiales del kraal varían según los lugares, en el este, donde los árboles son escasos, construyen sus cabañas de cañas ligadas con fibras de corteza y cubiertas de hierba, y las disponen en círculo. El conjunto está defendido por un cercado de espinos que, a pesar de su poca fortaleza, es inexpugnable para hombres que llevan las piernas y pies desnudos y el cuerpo apenas protegido por una pequeña túnica flotante.

Cuando es necesario construir el kraal, no se distribuyen los víveres hasta que se ha terminado la obra, pues éste es el único medio de asegurar su ejecución: la negligencia o debilidad del jefe en este punto podría ocasionarle pérdidas considerables. Inútil es decir que de todas las circunstancias que hay que considerar en la elección de un sitio para campamento, la proximidad de un río o de un manantial que proporcione agua potable en cantidad suficiente es, en esta región, lo que más preocupa al viajero.

Terminado el trabajo se colocan todos en torno a una artesa para saborear una pasta espesa que se pega a los dientes, hecha con sorgo molido, o bien para comer ratones cogidos en sus madrigueras, raíces tostadas o hierbas cocidas, hasta que sus vientres se inflan como vejigas de grasa.

Llega la noche y se amarran las vacas, se inmovilizan los asnos, que nuestros inconscientes etíopes dejan escapar todos los días, y se cuentan los fardos, operación siempre difícil con individuos que no quieren tomarse el menor trabajo.

Terminada esta tarea, si los víveres son abundantes y la luna esparce su dulce claridad, el tambor suena con furia, las manos golpean con fuerza, y el monótono canto que la multitud entona a coro invita a la danza a toda la juventud de las cercanías. Este ejercicio no deja de ser agotador, pero los africanos de estas comarcas, que tanto se cansan con el trabajo, nunca sienten la fatiga ni se hartan de bailar.

Se saludan entonces con una gravedad suprema, pues en ninguna otra ocasión están estos indígenas tan serios ni tan absortos con la tarea que se proponen. Se forma un círculo, y en medio del círculo permanece un hombre de pie, cantando en solitario mientras los demás le corean a media voz. Balancean el cuerpo con lentitud, levantando los pies alternativamente, como los de un obrero que maneja una grúa, y en el último tiempo del periodo musical todos los bailarines hieren el suelo con sus pies, siendo tan elevado entre ellos el sentido del ritmo que los doscientos talones no hacen oír más que un solo golpe.

Poco a poco la voz se eleva, el círculo se anima, los brazos se agitan, los cuerpos se agachan y vuelven a alzar después de tocar el suelo. El grupo se condensa, el canto se engrandece, el movimiento se acelera y los bailarines se lanzan a una especie de galope infernal con gestos que no tienen nada de humano. Las mujeres se reúnen aparte, prefiriendo bailar solas a mezclarse con los hombres.

Cuando no se baila, si no hay forma de comer, beber o fumar, los cargadores charlan alrededor del fuego o cantan alguna monótona poesía de su gusto.

Poco a poco la caravana se entrega al sueño y la escena se hace imponente, sobre todo en las noches que acampamos en los bosques.

La llama que brota por intervalos del fuego medio apagado alumbra grupos de troncos nudosos coronados por espesas frondas. Un cielo azul oscuro sembrado de oro forma por encima de nuestras cabezas una bóveda sombría y profunda, limitada por la noche. Al oeste brilla la luna con su clara luz. Todo está tranquilo y revestido de esa sublimidad que la naturaleza imprime a sus obras. A semejantes noches ha robado el imperio turco la media luna y la estrella de sus armas.

Estuvimos detenidos en Cazé desde el 8 de noviembre hasta el 14 del mes siguiente, lo que fue una larga y dura prueba para mi paciencia.

Es antigua costumbre que las caravanas con destino al Ujidji hagan en el Ñañembé un descanso de un mes o seis semanas a fin de reposar de sus fatigas. Los árabes, por otra parte, desean ver cómo los viajeros aprovechan sus hospitalarios ofrecimientos para disfrutar a su vez los placeres de una sociedad civilizada. Hay que tener en cuenta que en esta parte de África una visita de seis semanas equivale a una de tres días en Europa.

Viendo lo mucho que me estaba costando la formación de mi nueva caravana, el excelente Ben-Emir redobló su atención hacia mí.

Había entonces en Cazé gran escasez de bananas y frutos de tamarindo, y nuestro huésped mandó hacer una batida por las cercanías a fin de proporcionarnos este recurso, después de completar nuestra provisión de cerveza y de vino de bananero, que hizo fabricar para nosotros. Amonestó a nuestros beluchistanos, les recomendó que se mostrasen más cuidadosos y más económicos, y dirigió los mismos consejos a nuestros esclavos.

Gracias a su concurso pude adquirir los principios generales del idioma de la Tierra de la Luna, trazar los límites meridionales de la provincia e indicar el conjunto del uyanza o lago de Kerehué tan exactamente como pudo hacerlo el capitán Speke después de haberlo visitado. Las cartas y mapas enviados desde Cazé a la Sociedad Geográfica de Londres establecen el hecho de una manera positiva.

Al fin tuve que convencerme de que no había medio de completar allí la cifra de nuestros cargadores: nuestra escolta, indecisa, tenía, por otra parte, necesidad de que se la arrastrase, y me decidí a partir sin aguardarla, esperando que la costumbre y las dificultades de sustento que experimentaría a causa de su abandono, la determinaría a seguirme.