CAPÍTULO XI
NAVEGACIÓN POR EL LAGO.—LA ISLA DE BUERI.—UN MADENTE GROTESCO. —LOS TRES HIJOS DE MARUTA.—VUELTA A KUEHU1LI—LLEGA UNA CARAVANA.—APUNTES HISTÓRICOS.
Nos embarcamos el 10 de abril para la isla desierta de Bangüé, que está situada en frente de Kehuili. Nuestra navegación, pues, comenzó verdaderamente el 12. Mi canoa, llevando por primera vez sobre estas aguas la bandera que desde hace mil años desafía tempestades y combates, salió de la concha de Bangüé, seguida por la del capitán Speke, dobló la punta de la bahía y se dirigió hacia la región desconocida que constituye la parte septentrional del Tanganica.
Nuestra tripulación no remaba con regularidad ni en silencio. Estos hijos de la Onda, como ellos se llaman, acompañan el juego de sus pagayas o remos con un griterío prolongado y melancólico, emitido por solistas, a quienes responde gimiendo la voz del coro. De vez en cuando se elevan los gritos de alegría de los adolescentes, que producen en los adultos una violenta excitación, y el ruido de los cuernos y del tam-tam, que dos marinos hacen retumbar en la proa de cada canoa.
Cuando dos piraguas marchan unidas, se establece entre ellas una verdadera lucha para ver quién marcha a la cabeza. Esto produce choques en ocasiones, y la dificultad para utilizar las pagayas, que chocan unas contra otras, resulta un pretexto para descansar, gritarse e insultarse, actividades sin las cuales en este país dejaría de haber conversación.
A diferentes intervalos, se detienen para comer, beber y fumar, llenando a todas horas su pipa de cáñamo, para ponerse después a remar en medio de los gritos y la tos que produce el consumo de este narcótico. Pero si las paradas son numerosas cuando se trata de las costumbres o caprichos de los remeros, es imposible lograr la más breve pausa cuando somos nosotros quienes hemos de aprovecharla.
En consecuencia, me fue imposible asegurarme de la profundidad del lago, que según los indígenas no puede ser medido sino en las orillas. La tripulación hubiera preferido verme en el fondo del lago antes que detenerse un solo instante para tal operación. Y sin embargo, a veces, en los instantes más preciosos, perdía una hora para apoderarse de un pez muerto que flotaba en el agua. Nunca pasamos por delante de una aldea sin que hubiera una disputa: unos querían asaltarla, y los demás se oponían simplemente por llevar la contraria. La querella seguía su curso, y cuando la canoa llegaba a la orilla, lo que sucedía a menudo, los remeros saltaban a tierra sin consultar más que a sus propios deseos.
De esta forma, los altos no se hacen a horas fijadas ni con un objeto determinado. Después del desembarco, cada cual se marcha por su lado, unos en busca de víveres y leña, y otros para echarse a dormir bajo abrigos improvisados.
Cuando los indígenas se alejan de sus casas, multiplican las paradas, mueven los remos con gran lentitud, y en consecuencia se avanza bastante poco. Cuando regresan, contrariamente, viajan con tan furiosa actividad, que llegan a poner en peligro la vida del viajero.
A pesar de lo insalubre del clima, que pasa continuamente de un frío húmedo a un calor sofocante, las tripulaciones numerosas y bien armadas se detienen en Vuafaña para tomar un alimento copioso cuando se dirigen hacia el norte, y para embarcar provisiones cuando vuelven a sus casas. Por lo demás, a estas brisas perpetuas que se alternan con rayos ardientes debe este distrito su fertilidad.
El carácter poco hospitalario de los indígenas no permite que se comercie con ellos ni que se viaje atravesando el Rundí. Nuestra tripulación se dispuso, por este motivo, a alejarse de su litoral y a atravesar el Tanganica, dividido en esta latitud por la isla de Bueri.
Esta isla, la única que se encuentra en el centro del lago, es una roca de cuarenta kilómetros de longitud por ocho de anchura media, que tan pronto se inclina hacia la superficie del lago como se levanta en abruptos promontorios desgarrados ocasionalmente por gargantas más o menos estrechas. Verde desde la cima a la base, Bueri está cubierta de una vegetación tal vez más rica y abundante que la de las márgenes del lago. Hacia la derecha el suelo aparece cuidadosamente cultivado; pero el viajero no puede llegar más que a los emplazamientos principales, porque las selvas de sus colinas abrigan una población formidable y feroz, y cada matorral, o al menos eso es lo que se cree, oculta a un cazador ávido de carne humana.
El 18 de abril amaneció sombrío y amenazador. Espesas nubes violetas ocultaban el horizonte septentrional del cielo. A pesar de todo, nos embarcamos para dirigirnos a la isla. Apenas los remeros habían tomado posesión de sus barcas, volvieron a la orilla para coger algunas cargas de mandioca, mientras el capitán y yo permanecíamos en las piraguas.
De repente oí un griterío inusitado: vi a nuestros remeros acercarse a toda prisa, y a Khudabach, perseguido por una legión de negros lanza en ristre, trepar por las rocas mientras un salvaje completamente desnudo saltaba tras él a cierta distancia, blandiendo con una mano el sable del beluchistano, cuya vaina llevaba en la otra. Cannena presidía el tumulto con su presencia, y las risas de la multitud demostraron que no había en ella mala intención.
Según parece, un ujidjiano, esclavo de Khudabach, había aprovechado este desembarco imprevisto para fugarse. El propietario había reclamado el desertor a Cannena, a quien acusaba de haber favorecido la huida del esclavo. El jefe quería someter este asunto a mi decisión, pero el beluchistano, perdiendo la paciencia, había echado mano de su sable, y cuarenta individuos le habían desarmado, zurrado y aporreado, según confesión propia. Cuando pude hacerme entender, llamé a Khudabach, pero en lugar de contestarme, mandó a su colega Djelai en busca de sus armas y pertenencias. Cannena intentó hacerle desistir de su intento, y no pudiendo conseguirlo, dio orden de que se alejaran y arrojó ocho metros de indiana a Khubadach para que éste pudiese volver a su casa sin pasar hambre. Esta conducta liberal me causó bastante admiración, hasta que llegó el momento en que tuve que pagarla.
Nuestros fugitivos llegaron a Kehuili sanos y salvos, y respondieron a las burlas de sus camaradas con el capítulo de injusticias del que pretendían haber sido víctimas.
Finalmente, al día siguiente volvimos a embarcar hacia Bueri, cuya línea verdosa se desplegaba frente a nosotros. El viento agitaba las aguas del lago y las levantaba en estrechas oleadas que nos mojaban hasta los huesos, aunque teníamos el consuelo de que el sol, reflejado en aquellas ondas, nos tostaría luego hasta quemarnos.
A las diez hubo un alto para comer y fumar. A las dos el viento y las olas volvieron a levantarse. Volvimos a bañarnos, y fue necesario achicar la embarcación para que no zozobrase. Finalmente, después de una carrera de nueve horas, nuestras piraguas alcanzaron una playa estrecha y arenosa, que forma la costa oriental de la isla. Los remeros saltaron a tierra inmediatamente para secarse y cocer el pescado muerto que habían recogido en sus redes, lo que para ellos suponía un plato de primera calidad. Terminada la comida nos dirigimos un poco al norte y llegamos a Mzimon, donde encontramos muchas canoas y una multitud de indígenas que acudían para cambiar marfil, esclavos, grano, calzas y legumbres, por sal, collares, telas y alambres.
Debíamos permanecer en Mzimon hasta la mañana siguiente. Cannena me había reclamado ya setenta khetés de porcelana azul por la salvaguardia que me había dado con su presencia, y a las seis de la tarde vino a anunciarme que era necesario partir inmediatamente. Nos precipitamos en las canoas, y después de una carrera de dos horas bajo los rayos de una luna espléndida que iluminaba una escena salvaje como un cuadro de Salvatore Rosa, magistral y apacible como un lienzo de Poussin, doblamos la punta norte de Bueri y fuimos a recalar en la costa occidental de la isla, en una pequeña bahía llamada Mtuwua, donde se levantaron tiendas sobre la playa, y la noche transcurrió tranquilamente.
El 23 dejamos esta bahía iniciando nuestra singladura hacia la costa occidental, hasta Murivumba. Las montañas, los cocodrilos, las enfermedades y la ferocidad de los indígenas inspiran aquí el mismo terror. El suelo pertenece a los bembes, que las noticias de los misioneros de Mombas designan con exactitud con el nombre de antropófagos. A su apatía deben principalmente esta odiosa costumbre, que les lleva a no cultivar la tierra que habitan, que es la más fértil del mundo, alimentándose con carroñas, gusanos, larvas e insectos, y llevan su pereza hasta el extremo de comer cruda la carne humana, cuando en otras comarcas se toman al menos el trabajo de asarla.
Toda la población de la aldea se reunió para vernos, con los ojos fijos y la boca abierta. Pero al contemplar en todas aquellas figuras la expresión de un hambre crónica se comprendía que aquellos pobres diablos, tímidos y degradados, eran menos peligrosos para los vivos que para los muertos. A fin de imponerles el respeto debido, mi escudero Mabruki tuvo la idea, al caer la noche, de disparar mi carabina en medio de la aldea, acontecimiento que, si bien no produjo ningún herido, dio lugar a que se elevasen de todas partes gritos de espanto e invocaciones al Murunguana.
El 26 de abril, después de haber remado tres horas, llegamos al mediodía a la parte de la costa en que se halla establecido el mercado de Vira. Corrió la multitud para saludar nuestra llegada y se armó una furiosa algarabía de gritos, aullidos y cantos, acompañados por todos los instrumentos de la orquesta indígena. Los patrones de nuestras canoas respondieron a aquel recibimiento con una danza similar a la de los osos, que ejecutaron sobre la playa haciendo piruetas con sus talones, con el aire más grave y solemne del mundo. Mientras tanto, los guerreros, avanzando sus mandíbulas con un gesto que quería ser una sonrisa, frotaban sus pagayas contra los costados de las canoas, un uso que viene probablemente de la costumbre que hay en esta región de saludarse frotándose los costados con los codos.
Inmediatamente después del baile, Cannena fue a hacer una visita a Maruta, el muamí, que posee un emplazamiento en un promontorio vecino.
El 28 de abril vi desvanecerse todas las esperanzas que, a despecho de mi razón, había concebido. Recibí la visita de los tres hijos de Maruta, los hombres más bellos que he visto en las orillas del lago. Su cabeza estaba bien formada, sus facciones eran regulares, su fisonomía agradable, sus ojos soberbios, su cuerpo y sus miembros atléticos y admirablemente proporcionados, y su piel fina y lustrosa. Llevaban mantas flotantes a rayas rojas y amarillas, e iban adornados con una profusión de collares y brazaletes de marfil. El río que debía salir del Tanganica fue inmediatamente objeto de discusión: los tres lo conocían y lo habían visto, por lo que se ofrecieron a conducirme, pero afirmaban, y todos los asistentes confirmaron sus palabras, que el Rusuzi no brotaba del lago, sino que le llevaba sus aguas.
Me sentí desfallecer. Me veía obligado a renunciar al hermoso sueño que había concebido inspirado en el mensaje de Ben-Suley-man. Bombay me aseguró, cuando le interrogué respecto a este punto, que el capitán Speke había comprendido mal al cheik, que éste no había hablado de un río que salía del lago, y añadió por su cuenta que estaba convencido de que el árabe no había pasado nunca de la isla grande.
Sin embargo, no renuncié al proyecto de explorar la parte septentrional del lago. Pero, cuando expresé este deseo, nadie quiso acompañarme. Bekari y Medjid, dos jóvenes que comerciaban en este país por cuenta de Seid-ben-Medjid, respondieron que no emprenderían semejante viaje aunque les diese diez veces más de lo que les había ofrecido, y era una cantidad ya exorbitante. Los hijos de Maruta, que me habían propuesto su escolta, me la negaron cuando se la pedí, y cuando recordé a Cannena sus compromisos y los objetos que había recibido por cumplirlos, empezó a gruñir y acabó por marcharse. Más tarde declaró que él estaba dispuesto a acompañarme, pero que sus remeros se habían negado a ayudarle. Tal vez decía la verdad.
El comercio de Vira es muy importante y la villa muy frecuentada debido a la abundancia y al bajo precio de los víveres. Es el gran depósito de esclavos, de marfil, de granos, de vestidos de corteza y de objetos de hierro de la región septentrional del lago, y en la estación de los viajes es muy raro que pase un día sin que muchos pasajeros vayan allí a buscar mercancías o víveres.
Parecía formarse un huracán al norte, de donde vienen las tempestades, y nuestros tripulantes, que temían al viento y a las olas, insistieron en partir: eran las diez de la mañana del 6 de mayo. Después de haber tocado los lugares que hemos descrito en las páginas anteriores, y de haber visto por segunda vez a los antropófagos de Murivumba, atravesamos sin otra contrariedad que el mal tiempo la rama suplementaria del canal que separa a Bueri de la costa, y a las siete llegamos a Vuafanga, nuestra primera estación en el Rundí.
Ya no nos podía detener ninguna dificultad. Al día siguiente frotamos nuestras pagayas contra los costados de las canoas para celebrar nuestro regreso, llegamos a Ñasanga, y por la noche nos encontramos en Baugüé.
Un legítimo orgullo nos impidió entrar en nuestros hogares, deslizándonos en la sombra: éramos los héroes, los bravos entre los bravos, y no nos hacía falta el triunfo, la mirada de las bellas y las aclamaciones de los valientes.
El 13 de mayo, al amanecer, lanzando gritos, disparando nuestras armas, cantando y tocando los tambores y los cuernos, aparecimos ante la playa que sirve de puerto a Kehuili.
Fue un verdadero triunfo.
Esta expedición náutica había durado más de un mes, del 10 de abril al 13 de mayo, y había supuesto para nosotros una dura prueba. Como se ha visto, no solamente habíamos tenido el agua hasta la cintura, sino que también había sido imposible entenderse en las piraguas, en las cuales apenas podíamos estar de pie, y cuando desembarcábamos, la situación no era mucho mejor que a bordo.
La población, sobre todo en los distritos lejanos, se mostraba aún más alborotadora y descarada que los indígenas del Ugogo. No es posible concebir un embelesamiento semejante. Apenas habíamos desembarcado, los habitantes nos rodeaban examinándonos sin el menor miramiento. Se ponían de puntillas, se agrupaban, se empujaban, alargaban el cuello a derecha e izquierda para variar de perspectiva, y hacíamos de esta forma el papel que hacen los osos bailarines o los monos sabios entre los habitantes de uno de nuestros pueblos.
En cuanto a los dos goenses, cuyas operaciones culinarias eran consideradas como una especie de milagro, se les dispensaba casi tanto honor como a nosotros mismos.
¡Cosa sorprendente! A despecho de todas estas miserias, nuestra salud mejoraba de un modo asombroso. A partir de aquel paseo por el lago, durante el cual estuvimos noche y día chorreando agua, me sentía en el camino de una curación completa.
Tal vez la moral tuviese en esto alguna influencia: mi misión estaba cumplida, y este pensamiento me libraba de una inquietud devoradora.
Al día siguiente de nuestro regreso, el 14 de mayo, se terminó la recolección de la cosecha. Después de seis meses de tempestades, de lluvia incesante, de nubes y de bruma, tuvimos hermosas y frescas madrugadas, un sol radiante y noches deliciosas. Todo lo que se descubre en esta naturaleza es bello, todo lo que afecta a los sentidos está lleno de dulzura, pero los placeres que prodiga esta tierra son en cierto modo ponzoñosos. Debilitado sin duda por un clima enervante, el espíritu sucumbe bajo estos encantos, y cansado de tanta exuberancia, suspira por la avara pobreza del desierto. Nunca había experimentado esta tristeza en Egipto ni en Arabia, y siempre la he sentido en la India.
Algunos días después de nuestra llegada, el 22 de mayo, un vivo fuego de mosquetería nos anunció la llegada de una caravana, que aparecía providencialmente para salvarnos del apuro en que nos hallábamos, trayéndonos con qué sufragar nuestros gastos hasta la Tierra de la Luna, aunque no alcanzaba para permitirnos explorar la parte meridional del lago, como tenía pensado, y mucho menos para regresar por el país de Kézembe y por Quiloa, que era mi proyecto primitivo.
Aunque está situado casi en el centro del África intertropical, donde hasta el año 1858 no había penetrado ningún europeo, el lago Tanganica no deja por eso de tener una tradición histórica, cuyo origen se remonta a una antigüedad de tres siglos.
Diversas noticias acerca de un mar existente en el interior de África habían llegado a los emplazamientos portugueses de las costas oriental y occidental. Estas noticias provenían en gran parte de los indígenas. Los detalles adquiridos por Barros, e impresos en 1582, proporcionan los recursos que ofrece a la navegación respecto a esta masa de agua y su isla de Bueri, pormenores cuya exactitud contiene errores bastante singulares. Algunos años más tarde, en 1592, Pigaffeta, resumiendo los informes recogidos por los portugueses, afirma que no existe solamente un lago en los confines de Angola y del Monomatapa, sino que hay dos, situados a seiscientos cincuenta kilómetros uno del otro, ambos bajo el mismo meridiano, y no uno a Oriente y otro a Occidente, como supone Ptolomeo. Y añade que el Nilo tiene su origen en uno de ellos[19].
El Tanganica, situado a los 27 grados de longitud Este, es decir, a la tercera parte de la anchura de África, se encuentra en la mitad de la extensión longitudinal de este continente. Por el conjunto de su formación despierta, al igual que el Mar Muerto, el recuerdo de un hecho ígneo: es un espectáculo volcánico, y no, como el Nyanza, un vasto receptáculo constituido por las vertientes de los terrenos superiores que en él derraman todas sus aguas. El acantilado que rodea este espacio puede tener de seiscientos a novecientos metros de altura sobre la superficie del agua.
La longitud total del lago es de unos cuatrocientos cincuenta kilómetros.
Su anchura, bajo el paralelo de Kehuili, plaza principal de Ujidji, es de cincuenta y cinco a sesenta kilómetros, pero la irregularidad de sus orillas hace muy difícil este cálculo.
Su altitud o elevación, según la ebullición del agua, es de quinientos sesenta y cuatro metros sobre el nivel del mar.
Los afluentes del Tanganica no son tan numerosos ni tan considerables que puedan alterar su profundidad o su forma con los sedimentos, y una franja espesa de juncos y de cañas previene, por otra parte, el desgarramiento de la playa.