CAPÍTULO VI

LA SALUD DEL PAÍS DE UGOGO.—ESPINAS AFRICANAS.—DISCURSO DE KIDOGO. —EL ZIHUA.—DERECHOS POR EL PASAJE Y POR EL AGUA.—ABUNDANCIA —CÓMO VIAJAN LOS ÁRABES.—HISTORIA DE FUNDIKIRA.—EL JUICIO DE DIOS.—CALUMNIAS CONTRA LOS BLANCOS.

Según el baniano Bamji, comisario de la aduana de Zanzíbar que me había alquilado bajo el nombre de hijos a ocho de sus esclavos, el país de Ugogo debía ser el último límite que podíamos alcanzar. Así, antes de penetrar en él me detuve tres días, a fin de dejar a nuestros hombres el tiempo necesario para tomar fuerzas y procurarse víveres para las cuatro o cinco jornadas que debíamos tardar en atravesar aquel pequeño desierto.

Esta extensión de tierra se halla a medio camino de la tierra de la Luna, y las caravanas llegan a él finalizando el segundo mes de su viaje desde la costa. La población de esta provincia ofrece una mezcla extraña de los pueblos que la rodean; pero los sagarienses pretenden ser los poseedores del suelo.

Las llanuras son ricas en granos y las montañas en ganados, cuando éstos no han sido robados por los bandidos de las cercanías, como había sucedido poco tiempo antes de nuestro paso.

Algunas veces los indígenas proporcionan al viajero leche, huevos, miel y manteca; pero el secreto de mejorar los productos que adulteran no corresponde sino al bribón civilizado: la leche que venden se parece al agua clara, la miel fermenta, los huevos están podridos, y la manteca no sólo está derretida y rancia, sino que además resulta dulce en su superficie y amarga más abajo.

Este país es bastante rico en caza.

Situado a ochocientos cuarenta metros sobre el nivel del mar, el país de Ugogo goza de un clima cálido y salubre que, después del frío penetrante del Sagara, nos parecía sumamente dulce. Las noches son frescas, sin rocío, y las bocanadas de aire, que recorren el lecho sinuoso del Dungomaro con la regularidad de una brisa marina, vienen durante el día a templar el ardiente sol.

El aire fresco de aquellas montañas nos devolvió las fuerzas, produciéndonos un hambre devoradora. El capitán Speke se encontró lo bastante bien como para traernos dos perdices y algunas de aquellas gordas pintadas que, agrupadas sobre los árboles, hacían resonar los ecos de las rocas con sus clamores maternales.

Nos pusimos en marcha el 22 de Setiembre. Estaba convencido de que partiríamos al mediodía, pero no nos fue posible hacerlo hasta las tres de la tarde.

Entonces fue cuando aprendí a conocer la variedad de las espinas africanas, y pude formarme una idea de este azote. Unas son verdes y flexibles, y otras, largas como un dedo, rectas y finas, sirven de agujas en el país. Estas últimas son triangulares y tienen en la base una glándula del grueso de una avellana, mientras que las primeras son encorvadas como el espolón de un gallo. También existe otra formada por dos ganchos unidos, que es sumamente abundante y ha sido hallada en Abisinia y en los carrus o landas del Sur, y finalmente está el espera-un-poco, una espina corta y ancha que termina en una punta aguda y retorcida, que es una variedad más pequeña, más ganchuda y más numerosa, dotada de la tenacidad de un anzuelo, capaz de rasgar sin dificultad las telas más fuertes, los paños más gruesos, y hasta las lonas enceradas que envuelven los fardos.

El 25 llegamos a la cima del Marenga-Mkhali, y al día siguiente por la mañana me informaron de que un desertor nos había robado una valija que contenía el Almanaque náutico, nuestras notas y la mayor parte de nuestra provisión de papel, plumas y tinta: en una palabra, lo más precioso para nosotros de nuestros equipajes, una pérdida que nos pareció irreparable.

Por la noche, cuando nos preparábamos para dormir, Kidogo se levantó, y a los gritos acalorados de ¡Manéno, maneno!, que equivalen a nuestra exclamación parlamentaria «¡Escuchad, escuchad!», nos arengó en estos términos:

—«¡Oh, blancos, escuchadme! ¡Y vosotros, hijos de Said; vosotros, hijos de Bamji; vosotros, sombríos descendientes de las tinieblas; prestad atención a mis palabras! El viajero llega al país de Ugogo; ¡guardaos, guardaos! (Ademanes violentos). Vosotros no conocéis a los hombres que lo habitan: están malditos, tres veces malditos. (El orador hirió la tierra con el pie). No habléis a esos paganos del interior, no entréis en sus casas, no trafiquéis con ellos, no les mostréis tela, ni brazaletes, ni grano de vidrio. (La animación era creciente). No comáis ni bebáis con ellos; no miréis a sus mujeres. (Y con tono frenético). ¡Kirangozi, tú que los guías, detén a tus hijos! No permitas que vaguen por las aldeas, que compren sal fuera del campo, que roben provisiones, que se embriaguen con cerveza, ni que se sienten cerca de los pozos…»

Y así continuó durante media hora, alternando la violencia con el aire grave, hasta que los silbidos del auditorio, a quien la sorpresa había dejado mudo, vinieron a detener el torrente de su elocuencia.

A las nueve de la mañana siguiente pudimos alcanzar la orilla del Zihua. Después de lo que me habían dicho los árabes, esperaba encontrar un lago lo bastante profundo como para albergar un navío de línea, pero habiendo interrogado a Kidogo sobre este punto, me respondió con una expresión equivalente al proverbio francés: en la mentira, es mejor pasarse. No me sorprendí pues, al encontrarme con un estanque, del cual me sería imposible fijar su extensión. En Setiembre de 1857, la sábana de agua tenía aproximadamente doscientos cincuenta metros de anchura; pero a nuestro regreso, a principios de Diciembre de 1858, no se veía más, aún en el centro del estanque, que un terreno endurecido y profundamente agrietado, lleno de polvo en la superficie y que, según los viajeros, estaba seco desde hacía mucho tiempo.

Como sucede en toda esta parte de África, el único sitio del estanque en que se puede coger agua es un estrecho pozo cavado en la arcilla y rodeado de una calzada de tierra, o de un pequeño muro de piedras. Para llegar a él es necesario haber obtenido permiso, una costumbre antigua y venerable que se remonta a los tiempos de Moisés. «Les compraréis la vianda, a fin de que podáis comer; les compraréis el agua, a fin de que podáis beber». (Deuterenomio). Y como la sed no tiene más paciencia que el hambre, esta costumbre poco hospitalaria ha sido con mucha frecuencia causa de fatales enfrentamientos.

A partir del Zihua, el Kuhongo o derecho de pasaje se exige con un rigor superior a toda exageración. Desde la costa hasta este territorio, los jefes se contentan con los pequeños presentes que se les quiere hacer, pero en el Ugogo, más que un regalo que reciben, se trata de un tributo que imponen.

El Kuhongo, sin embargo, no debe causarnos la menor indignación, pues es para estas comarcas lo que la aduana es para Europa. El jefe, que lo percibe nominalmente por entero, está obligado por la costumbre a distribuir la mayor parte de éste entre su familia, su consejo, sus servidores, y los ancianos de la aldea. Este impuesto reemplaza a los dones soi-disant voluntarios que esperan el balderabba de Abisinia, el aban del Somal y el ratik de los beduinos, y que son virtualmente la afirmación del poder sobre el terreno en que se ejerce.

Estando allí acampados, un indígena llamado Marema, jefe de una aldea establecida muy recientemente al Noroeste del lago, vino reclamando un tributo que, datado en fecha reciente, fue terminantemente rehusado por Kidogo. El hombre entonces, cambiando de tono, fue pasando de la amenaza a la mendicidad, y Kidogo le dio dos piezas de tela y algunas cadenas de perlas, prefiriendo hacer un ligero sacrificio y ganarse las simpatías de la población, que exponerse a una lluvia de flechas. El cálculo era bueno, y bien pronto tuvimos la prueba viendo llegar a numerosos indígenas que nos traían bueyes, carneros y cabras, volatería, limones, tortas, miel, huevos, leche cuajada y fresca, manteca y una gran cantidad de harina de sorgo y de baobab[15].

Esta abundancia de víveres nos hizo permanecer cuatro días en las orillas del Zihua.

El 30 de Setiembre, víspera del día en que nos proponíamos levantar el campo para continuar nuestro viaje, apareció una caravana dirigida por Seid-ben-Mohammed, Khalfan-ben-Khamir y otros árabes del litoral. Nos traían noticias de la costa, y ¡maravillosa fortuna! la maleta que guardaba nuestros libros, que creíamos perdida, y que nuestro desertor había depositado sobre la hierba en el sitio en que la habíamos hecho buscar. La restitución de esta maleta fue bastante difícil de obtener, porque entre los árabes el derecho de hallazgo es complicado, poco preciso, y totalmente contrario a nuestros principios.

Ben-Mohamed nos propuso, para mayor economía y seguridad, marchar aún más protegidos; y una vez reunidas las dos bandas, presentaron un efectivo de ciento noventa hombres. Estos árabes viajaban cómodamente: el hermano de Mohamed se había casado con la hija de Fundikira, sultán de Ñañembé, y en consecuencia, en esta provincia se hallaba casi en el territorio de su familia.

Una multitud de esclavos llevaba un cargamento de efectos, medicinas y provisiones de toda clase: la vanguardia, siempre con el pico y la hoz a mano, limpiaba el sendero, disponía el kraal, levantaba las tiendas y las rodeaba de un foso y de un cercado de ramas y follaje. Su equipaje no era menos completo que el nuestro, y hasta llevaban aves encerradas enjaulas dispuestos a cualquier cosa.

Más tarde oímos hablar mucho del suegro de Ben-Mohamed, a quien describiré a continuación. El futuro sultán formaba parte de una caravana, en calidad de mozo de carga, cuando tuvo conocimiento de la muerte de su padre. Arrojando inmediatamente el fardo que llevaba, se preparó, según la costumbre, para volver a su país y tomar posesión del poder.

—Fundikira —le dijeron sus compañeros en el momento de su partida—, tú eras nuestro camarada, y desde hoy más bien nos impondrás castigos, nos mandarás apalear, y nos matarás.

El antiguo cargador se fue inmediatamente al Ñañembé, donde recogió la herencia paterna, en la que iban comprendidas las viudas del difunto. Estableció su residencia en Ititeña, donde tuvo trescientas chozas para alojar a sus esclavos, encontrándose además como dueño de diez mujeres y de dos mil cabezas de ganado mayor. Rehusando reclamar a los extranjeros el derecho de pasaje que le permitía el uso, vivió con cierta pompa hasta 1858. En esta época, habiendo engordado demasiado con los años de buena vida, cayó enfermo al empezar la estación de las lluvias. Siguiendo la antigua costumbre, toda la familia fue acusada de complot mágico hacia su augusta persona; y ordenándose inmediatamente el juicio de Dios, se recurrió al wganga.

Éste cogió una gallina, le retorció el cuello después de obligarla a beber un filtro misterioso, y abriendo al animal, examinó su interior. En semejante prueba, si la carne parece ennegrecerse o deteriorarse bajo las alas, son los hijos, los primos y los sobrinos del enfermo los denunciados; si es el lomo el que se altera, prueba al hacerlo la culpabilidad de la madre y de la abuela; si es la rabadilla, entonces la culpable es la esposa; mientras que los muslos acusan a las otras mujeres, y los esclavos son condenados por las patas.

Sabiendo ya por este medio la categoría a que pertenece el culpable, se reúne a los sospechosos; el wganga se apodera de otra gallina, la emborracha secundum artem y la arroja sobre el grupo acusado. El desgraciado sobre el que cae es declarado culpable y sometido a tortura, y tras la sentencia del wganga, a quien se deja la elección del suplicio, se le mata inmediatamente a lanzadas, cortándole la cabeza o moliéndole a palos. Es bastante común un género de muerte que consiste en ponerla cabeza del criminal entre dos tablas, que se aprietan poco a poco con cuerdas hasta que el cráneo salta y el cerebro se deja ver por las grietas del hueso.

Estas atrocidades continúan hasta la muerte o curación del jefe. Desde el primero síntoma del mal que aqueja a Fundikira dieciocho individuos han perecido de esta suerte; si la enfermedad se prolonga, muchas más víctimas serán inmoladas, y si el augusto personaje llega a morir, el mismo wganga le seguirá a la tumba[16].

Al llegar a Kifukuro fuimos recibidos, al son de tambores y castañuelas, por los gritos frenéticos de dos caravanas que allí estaban acampadas. Todos los habitantes de las cercanías se estrechaban en torno nuestro para gozar del fenómeno que les proporcionaba nuestra presencia. Este ardor y esta animación, que contrastaba tan vivamente con la apatía de las hordas que antes habíamos visto, me hicieron tener muy buenos augurios desde el principio respecto a los habitantes de aquella comarca, pues la curiosidad es entre los salvajes una prueba de aptitud para el progreso. En Ugogo me hicieron muchas preguntas acerca de los jefes del país de los blancos, región misteriosa situada en el extremo del mundo, donde las perlas se recogen a millares sobre la tierra y donde las mujeres van vestidas con telas de gran riqueza. Sin embargo, la curiosidad tardó muy poco en convertirse en insolencia, y pronto conocí la causa. Dos mestizos árabes que habíamos encontrado en Muhama y que nos precedían algunos días, habían extendido acerca de nosotros las falsas noticias de las que procedían aquellos disparates. Según ellos, no teníamos más que un ojo, pero teníamos en cambio cuatro brazos y estábamos llenos de ciencia, es decir, de magia. Sembrábamos pepitas de melón de las que íbamos provistos, y estas pepitas engendraban viruelas; con nosotros iban la sequía y la esterilidad; por medio de leche hervida que hacíamos endulzar extendíamos la mortalidad entre el ganado; nuestros hilos de metal, nuestras telas y nuestros collares producían todas las enfermedades; y éramos, además, los reyes del mar, lo que explicaba la blancura de nuestro cutis y la suavidad de nuestros cabellos lisos, fenómeno incomprensible para aquella raza de cabellos ásperos y rizados. Finalmente se dijo que al año siguiente debíamos volver para tomar posesión del territorio.

Afortunadamente para nosotros, muchos niños vinieron al mundo perfectamente sanos mientras atravesábamos el Ugogo. Si por casualidad un niño o un ternerillo se hubiese echado a perder, no sé cómo hubiéramos podido arreglarnos a la vuelta. Cada uno de estos recién nacidos fue llamado Muzungu, es decir, el hombre blanco; de modo que actualmente debe haber en aquella parte de África una pequeña colonia de blancos completamente negros.