CAPÍTULO II
SALIDA DE CAOLÉ.—LAS TRES PARTIDAS.—LOS TRES JEFES Y SELIM.—UNA AVENTURA.—DOS DIPLOMÁTICOS.—BANA-DIRUNGA.—LLEGADA AL KHUTU.
El 27 de Junio, día señalado para nuestra marcha, nos pusimos en camino.
Al salir de la pequeña empalizada que rodea al pueblo de Caolé, el sendero toma la dirección Sudoeste, serpenteando sobre un terreno arenoso cubierto de matorrales de espinos que en ciertos sitios cierran por completo el paso. Un poco más lejos se eleva un montecillo, donde florecen los cocoteros y el árbol que produce el arrow-root, y desde su cima se descubre un territorio parecido a los que han encontrado los viajeros en Cafreria: una alfombra de arena salpicada aquí y allá de humus o tierra vegetal, que permite el crecimiento de los arrozales, y bosquecillos de mangostanes y de otros grandes árboles, plantados como en un parque. Se atraviesa no sin trabajo un extenso pantano tapizado de hierbas y de fondo arenoso, que se llena de agua en la estación de las lluvias; se pasa por medio de tierras cultivadas de una vegetación exuberante y se llega a Cuinganí.
Tal es lo que los árabes conocen con la denominación de nakl o marcha preparatoria, primera estación o etapa, de donde los porteadores que encuentran demasiado pesado su carga, o los jefes de caravana que la consideran demasiado ligera, pueden volver a Caolé y remediar en lo posible el estado de las cosas.
Dos días pasamos nosotros en Cuinganí. En la tarde del segundo, la expresión triste, preocupada y abatida del djemadar o jefe de nuestra escolta de belutchistanos, me hizo adivinar que su ánimo se hallaba bajo la influencia de una viva inquietud, y con objeto de tranquilizarlo hice llamar al wganga o hechicero, prometiéndole un lienzo para que su profecía fuese favorable.
Este wganga, anciano de rostro sombrío y perteneciente a un rango superior, como lo indicaban claramente sus numerosos collares y el pedazo de tela que a manera de turbante ceñía su cabeza, se dejó ver poco después armado con un saco hecho de una sábana. Vino a sentarse junto a mí, y empezó por reclamar sus honorarios; luego, cuando se sintió animado por el soplo profético, y una vez puesto en relación con los muertos por medio del éxtasis, abrió la boca, y con el mismo estilo enfático que empleaban sus colegas de todas las latitudes, dijo estas palabras:
—Empresa favorable; mucho ruido, pero poca sangre.
Ben Selim, encantado al oír esto, declaró entonces que ocho wgangas le habían hecho la misma predicción antes de salir de Zanzíbar.
Al día siguiente, montado en el humilde pollino que tenía por cabalgadura, di la orden de partir, pero no fui obedecido con la rapidez que había imaginado. Para que nos pusiésemos en movimiento, fueron necesarias amonestaciones y consejos de toda especie, y al cabo de hora y media de marcha, alzamos nuestras tiendas en Bomani, una pequeña aldea bajo la jurisdicción de Bagamoyo. Hacía un calor tan sofocante que nos ahogábamos; el sol abrasaba, y nubes de mosquitos hacían las noches intolerables. Todo ello no impidió a las caravanas entretenerse y perder el tiempo en tales parajes, con el objeto de retrasar hasta última hora las jornadas largas y la escasez de los alimentos.
Por más que estuviese convencido de que para explorar estas regiones es necesario ir rápidamente y volver con la mayor lentitud posible, todas mis palabras no fueron suficientes para que mi tropa se decidiese a moverse. En Asia bastan ordinariamente dos partidas, pero en África, por el contrario, son necesarias tres: la primera, la grande y la definitiva. Algunos me reclamaban tabaco, y tuve que regalarles este artículo; otros me pedían cuerdas para sus guitarras, y me vi empujado a cerrarles la boca con rocalla; y todos, burreros de nacimiento, nos pedían a grandes gritos conducir un asno, considerándose ofendidos porque no lo tenían.
Para colmo de dificultades, de nuevo empezaron a circular rumores extravagantes que hicieron que nuestros belutchistanos, esos corazones de liebre con barba negra y ojos de fuego, desfallecieron bajo la enervante influencia del miedo. Se decía que los indígenas iban a cerrar el camino con barricadas y fosos, para capturarme y encerrarme en una caja.
Estos rumores ridículos tenían, entre otros inconvenientes graves, el poner a nuestros hombres en un estado de alarma y sobrexcitación que los disponía a usar sus armas para matar bajo los más débiles pretextos: bastaba una querella cualquiera entre los habitantes de una aldea para hacer que mis valientes permaneciesen sentados sobre sus talones, con el mosquete en la mano, la mecha encendida y el ojo alerta, desde la puesta del sol hasta las primeras luces del alba.
Al fin, salimos de Bomani el primero de Julio; pero he de confesar con franqueza que no hubiera sido más difícil ni más fatigoso conducir un rebaño de toros salvajes, que mantener en orden nuestra caravana, finalmente detenida tras llegar a la última estación del distrito Bagamoyo. Ésta se llama Mku-aju-la-Mvoani, y es un asentamiento que, como todos los de su especie, se compone solamente de un corto número de cabañas, de un sotechado que sirve de almacén público, y de un magnífico limonero a la sombra del cual se charla y se pasa el tiempo sin tomar en cuenta la incomodidad de trabajar.
El jefe de esta aldea, un viejo compadre más astuto que una zorra, nos hizo tomar a su sobrino, llamado Vuazira, para que nos acompañase en calidad de guía y de intérprete, y tuvimos que empezar por pagarle trescientos sesenta y cuatro francos, que el joven se embolsó muy satisfecho. Allí iba a tener lugar la tercera partida, la verdadera, la definitiva.
A ambos lados del camino empiezan a encontrarse los khambis o kraals, recintos fortificados que atestiguan y prueban con mucha claridad la poca seguridad de los viajeros en aquellos parajes y la repugnancia que experimentan las caravanas al acampar en las aldeas. Estos Kraals están compuestos por regla general de varias cabañas circulares y unos largos soportales, cuyo techo de cañas o de hierba está sostenido por groseros portes sólidamente hundidos en el piso y sujetos entre sí por cuerdas de corteza de árbol. Un ancho cercado de espinos, cuidadosamente cerrado al aproximarse la noche, rodea la totalidad del Kraal y forma un obstáculo infranqueable de todo punto para quien vaya con los pies desnudos.
Al acercarse la caravana a Nzasa, primer pueblo del Uzaramo independiente, me vi sorprendido con la visita de tres jefes, que deseaban conocer las intenciones que traía. Cuando estuvieron absolutamente seguros de que no eran belicosas, me hicieron saber que estaba obligado a detenerme y a enviar un mensaje al jefe del territorio limítrofe para explicarle el motivo de mi viaje.
Como no ignoraba que, en semejantes circunstancias, el primer día no se cuenta, el segundo se emplea en explicar el objeto de la expedición a los ancianos reunidos en consejo y luego es necesario esperar al tercero para que el mensaje llegue a oídos del jefe y este se dé por enterado, respondí por medio de Selim que no tenía obligación ninguna de someterme a sus costumbres pero que, sin embargo, consentía en pagar para dispensarme de seguirlas.
El caso era completamente nuevo y mis tres jefes tenían necesidad de conferenciar. El que parecía el principal entre ellos, tomando la palabra, preguntó qué motivo podía tener un blanco para entrar en su país, tras lo cual, sin tomar aliento, predijo a sus colegas la ruina de su comercio y la pérdida de sus ganancias, de su territorio y de su libertad, añadiendo con voz patética estas palabras:
—Soy viejo, mi barba está gris, y sin embargo nunca he visto semejante desgracia.
—Estos blancos —le replicó inmediatamente Ben-Selim—, no hacen el más pequeño tráfico; ni compran ni venden, no se inquietan por el valor de las cosas y no buscan aquí ningún provecho. Por otra parte, ¿qué tenéis que perder? Los árabes os arrebatan todo lo que tiene algún valor, los habitantes del litoral os despojan de lo poco que os queda y el tributo que recibís se reduce a un par de terneros, algunas piezas de tela ordinaria y media docena de azadones.
Esta réplica enérgica y clara, apoyada por un regalo algo extravagante, pues en aquella época aún era ignorante de las costumbres del país, y tenía que confiar los negocios de ese género a la probidad de Seid, llegó en su elocuencia al corazón de los tres jefes, que acto seguido y sin vacilación me calificaron de murunguana, equivalente africano de la palabra caballero y cuya traducción literal es verdaderamente Ubre, y me hicieron escoltar por Kizaya hasta la mitad del valle de Kingani.
A la salida de la llanura que forma la meseta meridional de este valle, en el Muhonyerá, distrito del Uzaramo, reconocimos el acantilado de la antigua costa, indicado por bancos de guijarros, cuya línea sigue la vertiente septentrional de una colina, donde nos detuvimos.
Seis días después de haber dejado ese distrito, tuvimos lo que podría llamarse la sombra de una aventura. En un lugar en el que diferentes senderos que venían de diversos puntos del litoral se unían al camino que seguía la caravana, nuestra vanguardia encontró un grupo de cincuenta indígenas del Uzaramo que, procedentes de una reserva situada a nuestra izquierda, nos cerraron el paso.
El jefe de esta fuerza avanzó unos pasos, y con la mayor tranquilidad hizo que los porteadores que formaban la cabeza de nuestra columna descargaran los bultos, mientras mandaba que se detuviese la caravana. Un rumor sordo empezó a correr entre nuestros belutchistanos, cuyas exclamaciones penetrantes y cuya ansiedad nerviosa formaba un poderoso contraste con la sangre fría y la tranquilidad estoica de nuestros adversarios. Su emoción iba creciendo cuando Vuazira se adelantó, y dirigió la palabra al jefe; sólo cuando le hubo prometido que se le regalaría tela y rocalla, aquella barrera humana se abrió y nos dejó pasar. Mientras nos miraban, yo les contemplé también con gran curiosidad y no pude menos que admirar las formas puras y atléticas de aquellos jóvenes guerreros que, en actitud sumamente marcial, tenían en una mano un gran arco de acebo y en la otra un carcaj o aljaba de piel, lleno de flechas, cuyos hierros agudos y dentados habían sido recientemente impregnados de veneno.
Al día siguiente, cuando hacía poco tiempo que nos habíamos puesto en marcha, vi que se detenía la bandera roja de la vanguardia, y al volver un recodo del sendero vi que la caravana se instalaba tranquilamente en un grupo de casas llamado Bana-Dirunga, el nombre de su jefe.
Aquella inesperada pausa me sorprendió, pues era demasiado pronto para hacer un alto. Había decidido que iríamos hasta Dejé-la-Mhora, nombre que quiere decir el gran pájaro de los juncales y que designa la aldea en la que fue asesinado el infeliz viajero francés M. Maizan. Ben-Selim y Vuazira propusieron pasar furtivamente durante la noche, pero el lugar era demasiado peligroso como para demostrar temor, y había rehusado seguir este consejo. Mis dos diplomáticos se pusieron de acuerdo entonces, y decidieron conducirnos a Bana-Dirunga sin darme a entender la trampa y haciéndome creer que era Dejé-la-Mhora.
Pasamos todo un día en aquella aldea, oculta entre la hierba y protegida por una muralla de espesas malezas.
Sus habitantes, al observar la aproximación de nuestra caravana, habían huido al bosque, pero al llegar la noche fueron envalentonándose, y se decidieron a entrar en sus cabañas. Su jefe, sin embargo, nos miraba con desconfianza, y si no me engaño, la causa no era otra que el temor que le inspiraban nuestros mosquetes, temor que me guardé muy bien de desvanecer. Entonces nos ofreció espontáneamente ir a visitar al jefe del territorio vecino de nuestras intenciones pacíficas, cuyo carácter había desnaturalizado en el primer momento; oferta generosa que tranquilizó los ánimos inquietos y temerosos de Ben-Selim, Vuazira y del jefe de nuestra escolta.
Al día siguiente, cuando nos pusimos en camino, estaba tan débil que no pudiendo tenerme en pie, me vi obligado a montar en mi asno. ¡Y hacía diez días solamente que habíamos salido de Caolé!
El 13 de Julio, continuamos la marcha con la salida del sol, y después de estar atravesando malezas, juncales, y bosques cortados por pequeños claros, a lo largo de las sinuosas márgenes del Kingani, alcanzamos después de tres horas de camino una estación altamente insalubre, cuyo nombre es Kidunda (la colina pequeña), a causa de una eminencia que forma el límite del verdadero Uzaramo. Aquí el paisaje no puede ser más pintoresco y encantador. El agua del río, rápida y amarillenta, encerrada en el fondo de un cauce que no tiene más de cincuenta metros de ancho, corre al pie de enormes ribazos cargados de maleza siempre verde, sobre la cual se elevan árboles majestuosos. Las casas de los cultivadores se agrupan en la llanura, estando dispuestas en ella de manera que puedan proteger las cosechas, y la mirada reposa del cansancio producido por la monotonía de este tapiz siempre verde, contemplando el terreno accidentado que, al Sur del río, parece haber constituido la antigua ribera.
En dieciocho días, a pesar de la fiebre y de otras muchas dificultades, habíamos andado ciento noventa kilómetros y estábamos en Khutu, distrito donde las caravanas se hallan en completa seguridad.