7. UNA G EN EL AIRE
EN SU ALCOBA, a la sazón cuarto de estar, ya que la cama plegable estaba oculta en la pared, Spade recogió el sombrerito y el abrigo de Brigid, acomodó a la chica en una mecedora tapizada y llamó por teléfono al hotel Belvedere. Cairo no había regresado del teatro. Spade dejó su número de teléfono y el encargo de que Cairo llamase tan pronto como regresara.
Se sentó en el sillón que había junto a la mesa, y sin exordio de ninguna clase, sin frase alguna para comenzar, empezó a relatarle a la muchacha una cosa que le había ocurrido unos años antes en el Noroeste. Hablaba en tono corriente, sin énfasis y sin pausas, aunque de vez en cuando repetía una frase modificándola ligeramente, como si tuviera gran importancia que cada detalle quedara relatado exactamente tal y como ocurrió.
Al principio, Brigid estuvo escuchándole sin especial atención, evidentemente más sorprendida de que Spade le estuviera contando aquello que interesada en lo que narraba, y sintiendo más curiosidad por los motivos que tuviera Spade en contar el relato que por la propia historia; pero luego, según fue desarrollándose el cuento, pareció sentir mayor interés y permaneció inmóvil y escuchando con atención.
Un hombre llamado Flitcraft salió un día de su oficina de corredor de fincas para ir a comer. Salió y jamás volvió. No acudió a una cita que tenía a las cuatro de la tarde para jugar al golf, a pesar de que fue idea suya concertarla y de que lo hizo solamente media hora antes de salir para comer. Su mujer y sus hijos nunca más le volvieron a ver. El matrimonio parecía feliz. Tenía dos hijos, dos niños varones, uno de cinco años y otro de tres. Flitcraft era dueño de su casa en un buen barrio de las afueras de Tacoma, de un Packard nuevo y de los demás lujos que denotan el éxito feliz de una vida en Estados Unidos.
Flitcraft había heredado 70.000 dólares de su padre, y el ejercicio de su profesión de corredor de fincas aumentó aún más su peculio, que ascendía a unos 200.000 dólares en el momento de su desaparición. Sus asuntos estaban en buen orden, aunque existían entre ellos algunos aún pendientes; el hecho de que no hubiera tratado de concluirlos era una clara prueba de que no había preparado su desaparición. Por ejemplo, un negocio que le hubiera supuesto un bonito beneficio iba a concluirse al día siguiente al de su desaparición. Nada indicaba que llevara encima más de cincuenta o sesenta dólares en el momento de esfumarse. Sus costumbres, durante los últimos meses, eran lo suficientemente conocidas como para descartar cualquier sospecha de vicios ocultos o de la existencia de otra mujer en su vida, aunque tanto lo uno como lo otro cabía dentro de lo posible.
—Desapareció —dijo Spade— como desaparece un puño cuando se abre la mano.
Llegaba a este punto su relato cuando sonó el timbre del teléfono.
—¿Diga? —dijo—. ¿Mister Cairo? Habla Spade… ¿Podría usted venir a mi casa, en la Post Street, ahora? Sí, sí, creo que lo es —miró a la muchacha, frunció los labios y añadió rápidamente—. Está aquí miss O’Shaughnessy, que quisiera verle.
Brigid O’Shaughnessy se rebulló en la mecedora, pero no dijo nada.
Dejó Spade el teléfono y dijo:
—Vendrá dentro de unos minutos… Bueno, eso ocurrió en 1922. En 1927 yo estaba trabajando en una de las grandes agencias de detectives de Seattle. Un día se nos presentó mistress Flitcraft y nos dijo que alguien había visto en Spokane a un hombre que se parecía prodigiosamente a su marido. Fui allí. Y, efectivamente, era Flitcraft. Llevaba viviendo en Spokane un par de años bajo el nombre de Charles, nombre de pila, Pierce. Era propietario de un negocio de automóviles y tenía unos ingresos de veinte o veinticinco mil dólares al año, una esposa, un hijo de menos de un año y una buena casa en un buen barrio de las afueras de Spokane. Solía jugar al golf a las cuatro de la tarde durante la temporada.
Spade no había recibido instrucciones acerca de lo que debía hacer si encontraba a Flitcraft. Estuvo charlando con él en la habitación del hotel Davenporth. Flitcraft no sentía remordimientos de ninguna clase. Había dejado a su familia en posición desahogada, y su conducta le parecía completamente razonable. Lo único que parecía preocuparle era hacerle comprender a Spade que, efectivamente, se había conducido razonablemente. Nunca había contado a nadie todo aquello, y, por tanto, hasta ahora no había necesitado explicar a ningún interlocutor que su conducta había sido sensata. Y en ese momento estaba procurando hacerlo.
—Bueno, yo le comprendí —dijo Spade a Brigid—, pero su mujer no. Todo aquello le pareció estúpido. Puede que lo fuera. En cualquier caso, la cosa acabó bien. La mujer no quería escándalos; y después de la faena que él le había hecho, faena según ella, no quería saber nada de Flitcraft. Así que se divorciaron discretamente y todo el mundo tan contento. Lo que le ocurrió a Flitcraft fue lo siguiente. Cuando salió a comer pasó por una casa aún en obras. Todavía estaban poniendo los andamios. Uno de los andamios cayó a la calle desde una altura de ocho o diez pisos y se estrelló en la acera. Le cayó bastante cerca; no llegó a tocarle, pero sí arrancó de la acera un pedazo de cemento que fue a darle en la mejilla. Aunque sólo le produjo una raspadura, todavía se le notaba la cicatriz cuando le vi. Al hablarme de ella se la acarició, se la acarició con cariño. Naturalmente, el susto que se llevó fue grande, me dijo; pero la verdad es que sintió más sorpresa que miedo. Me contó que fue como si alguien hubiera levantado la tapa de la vida para mostrarle su mecanismo.
»Flitcraft había sido un buen ciudadano, un buen marido y un buen padre, no porque estuviera animado por un concepto del deber, sino sencillamente porque era un hombre que se desenvolvía más a gusto estando de acuerdo con el ambiente. Le habían educado así. La vida que conocía era algo limpio, bien ordenado, sensato y de responsabilidad. Y ahora, una viga al caer le había demostrado que la vida no es nada de eso. Él, el buen ciudadano, esposo y padre, podía ser quitado de en medio entre su oficina y el restaurante por una viga caída de lo alto. Comprendió que los hombres mueren así, por azar, y que viven sólo mientras el ciego azar los respeta.
»Lo que le conturbó no fue, primordialmente, la injusticia del hecho, pues lo aceptó una vez que se repuso del susto. Lo que le conturbó fue descubrir que al ordenar sensatamente su existencia se había apartado de la vida en lugar de ajustarse a ella. Me dijo que, tras caminar apenas veinte pasos desde el lugar en donde había caído la viga, comprendió que no disfrutaría nunca más de paz hasta que no se hubiese acostumbrado y ajustado a esa nueva visión de la vida. Para cuando acabó de comer ya había dado con el procedimiento de ajuste. Si una viga al caer accidentalmente podía acabar con su vida, entonces él cambiaría su vida, entregándola al azar, por el sencillo procedimiento de irse a otro lado. Me dijo que quería a su familia como los demás hombres quieren corrientemente a las suyas; pero le constaba que la dejaba en buena posición, y el amor que tenía por los suyos no era de la índole que hace dolorosa la ausencia.
—Se fue a Seattle —continuó Spade— aquella misma tarde, y desde allí a San Francisco. Anduvo vagando por aquella región durante un par de años, hasta que un día regresó al Noroeste, se estableció y se casó en Spokane. Su segunda mujer no se parecía a la primera físicamente, pero las diferencias entre ellas eran menores que sus semejanzas. Ya sabe usted, mujeres las dos, de esas que juegan decentemente al bridge y al golf y que son aficionadas a las nuevas recetas para preparar ensaladas. No lamentaba lo que había hecho. Le parecía razonable. No creo que nunca llegara a darse cuenta de que llevaba la misma clase de vida rutinaria de la que había huido al escapar de Tacoma. Y sin embargo, eso es lo que me gustó de la historia. Se acostumbró primero a la caída de vigas desde lo alto; y no cayeron más vigas; y entonces se acostumbró, se ajustó, a que no cayeran.
—Una historia subyugadora —dijo la muchacha. Se levantó de la mecedora y quedó delante y cerca de él. La mirada de sus ojos muy abiertos era penetrante—. No necesito decirle que, estando Cairo aquí, mi situación será más que desfavorable si usted le escoge a él.
Spade sonrió levemente con los labios juntos y asintió.
—No, no necesita decírmelo.
—Y sabe usted que jamás me hubiera metido en esta situación de no haber confiado plenamente en usted —dijo, mientras daba vueltas entre los dedos a un botón negro de la chaqueta azul de Spade.
—¡Otra vez esa historia! —dijo Spade, con resignación fingida.
—Sabe usted que es verdad —insistió Brigid.
—No, no lo sé —replicó él, dando unas palmaditas sobre la mano que retorcía el botón—. Hemos llegado a esta situación porque yo le pregunté qué razones había para fiarme de usted. No confunda las cosas. Y, en cualquier caso, no es menester que usted se fíe de mí, con tal de que logre convencerme para que me fíe de usted.
Brigid estudió la cara del hombre y las aletas de su nariz se estremecieron.
Spade rió, volvió a acariciarle suavemente la mano y dijo:
—No se preocupe ahora por eso. Cairo llegará de un momento a otro. Resuelva con él lo que se trae entre manos, y entonces sabremos en dónde estamos.
—¿Y me dejará usted que lo haga… que lo resuelva… a mi manera?
—Desde luego.
Colocó la mano bajo la de él y se la apretó con los dedos.
—Eres… ¡un don de Dios!
—Bueno, no… exageres.
Brigid le miró con expresión de reproche, aunque sonriendo, y volvió a la mecedora tapizada.
Joel Cairo estaba excitado. Sus ojos parecían estar compuestos solamente de iris, y antes que Spade hubiera entreabierto la puerta, su voz atiplada vomitó una cascada de palabras.
—Ese chico está ahí fuera vigilando la casa, mister Spade, el chico sobre el que me llamó usted la atención a la puerta del teatro. ¿Qué debo suponer, mister Spade? He venido aquí de buena fe, sin pensar en añagazas o trampas…
—Y también de buena fe le dije yo que viniera —contestó Spade, con el ceño fruncido pensativamente—. Pero debí imaginar que se nos presentaría ese joven. ¿Le vio entrar a usted?
—Naturalmente. Pude haber seguido andando, pero me pareció inútil, dado que ya había permitido usted que nos viera juntos.
Brigid salió al pasillo detrás de Spade y preguntó, con acento preocupado:
—¿Qué chico es ése? ¿De qué se trata?
Cairo se quitó el sombrero y se inclinó ceremoniosamente al mismo tiempo que decía:
—Si no lo sabe usted, pregúntele a mister Spade. Yo nada sé del asunto.
—Es un muchacho que ha estado tratando de seguirme por toda la ciudad esta noche —dijo Spade, volviendo la cabeza, sin dar importancia al asunto y sin mirar a Brigid—. Pase usted, Cairo. No vale la pena estar charlando aquí y que se enteren todos los vecinos.
Brigid le agarró a Spade un brazo por encima del codo y preguntó perentoriamente:
—¿Te siguió hasta mi casa?
—No. Me libré de él antes. Me imagino que habrá venido aquí a encontrar la pista otra vez.
Cairo había entrado en el pasillo, sujetando el sombrero con las dos manos contra la barriga. Spade cerró la puerta de la escalera tras él y los tres pasaron al cuarto de estar. Cairo volvió a inclinarse ceremoniosamente por encima del sombrero y dijo:
—Es un verdadero placer volver a verla, miss O’Shaughnessy.
—Estaba segura de que lo sería, Joel —replicó ella, ofreciéndole la mano.
Cairo se inclinó sobre la mano cortésmente y la soltó aprisa.
Brigid se sentó en la mecedora tapizada que había ocupado antes. Cairo se sentó en el sillón próximo a la mesa. Spade, después de colgar el sombrero y el abrigo de Cairo en el armarito, se sentó en un extremo del sofá, delante de la ventana, y empezó a liar un cigarrillo. Brigid se dirigió a Cairo y le dijo:
—Sam me ha hablado de la oferta que le ha hecho usted por el halcón. ¿Cuándo puede tener el dinero listo?
Las cejas de Cairo subieron y bajaron. Después sonrió y respondió:
—Está ya listo —y continuó sonriéndole a la muchacha durante unos momentos, para luego mirar a Spade.
Spade estaba encendiendo el cigarrillo. Su cara estaba tranquila.
—¿En billetes? —preguntó la muchacha.
—Sí, sí; claro que sí.
Brigid arrugó el entrecejo, se puso la lengua entre los dientes y preguntó:
—¿Está usted dispuesto a darnos cinco mil dólares, ahora, si le entregamos el halcón?
Cairo alzó una mano que se agitó en el aire.
—Perdón. No me he expresado bien. No he querido decir que tenga el dinero en el bolsillo, sino que estoy dispuesto a conseguirlo en unos minutos siempre que los bancos estén abiertos.
—¡Ah! —exclamó Brigid, mirando a Spade.
Spade lanzó una bocanada de humo a lo largo del chaleco y dijo:
—Probablemente es verdad. Cuando le registré los bolsillos esta tarde no llevaba más que unos cientos de dólares.
Al ver cómo los ojos de la muchacha se abrían hasta volverse redondos y grandes, Spade sonrió con picardía. El balcánico se inclinó hacia delante en la silla. No logró evitar que sus ojos, así como su voz, expresaran anhelo.
—Estoy dispuesto a entregarles el dinero, digamos a las diez y media de la mañana. ¿Está bien?
—El único inconveniente es que yo no tengo el halcón —contestó Brigid, sonriendo.
La contrariedad nubló el rostro de Cairo. Puso las feas manos sobre los brazos del sillón y sostuvo erguido y tieso entre ellas su cuerpecillo. Sus ojos negros brillaban enojados. No dijo nada.
La muchacha le hizo una mueca de falsa disculpa:
—Puedo hacerme con él en una semana, como mucho.
—¿En dónde está? —dijo Cairo, con expresión cortés para disimular que no lo creía.
—En donde lo escondió Floyd.
—¿Floyd? ¿Quiere usted decir Thursby?
Brigid asintió con un gesto.
—¿Y sabe usted dónde está?
—Creo que sí.
—Entonces… ¿Tenernos que esperar una semana?
—Puede que algo menos. ¿Para quién lo va a comprar usted, Joel?
Cairo alzó las cejas y respondió:
—Ya se lo he dicho a mister Spade. Para su propietario.
El rostro de la muchacha se encendió por la sorpresa.
—¡Ah! ¡Entonces volvió usted con él!
—Naturalmente que sí.
En la garganta de la muchacha se ahogó la risa.
—¡Me hubiera gustado verlo!
Cairo se encogió de hombros, y después de pronunciar la primera frase, se restregó una mano abierta contra la otra y veló los ojos, bajando los párpados.
—Fue lo natural. ¿Me permite que yo, a mi vez, le pregunte por qué está dispuesta a vendérmelo a mí?
—Porque después de lo que le ocurrió a Floyd tengo miedo. Me da miedo incluso ponerle la mano encima, excepto para entregárselo a alguien de inmediato.
Spade, apoyado en el sofá sobre un codo, los escuchaba ecuánimemente. La cómoda postura de su cuerpo relajado y la placentera inmovilidad de sus facciones no expresaban ni curiosidad ni desasosiego.
—¿Qué le ocurrió exactamente a Floyd? —preguntó Cairo, en voz baja.
La punta del índice derecho de Brigid trazó una fugaz G en el aire.
—Comprendo —dijo Cairo, aunque su sonrisa era de duda—. ¿Está aquí?
—No lo sé —dijo ella, impacientemente—. ¿Qué más da?
La duda expresada en la sonrisa de Cairo se acentuó.
—Podría suponer una grandísima diferencia.
Y cuando cambió la postura de las manos, uno de sus dedos, por suerte o adrede, quedó apuntando con toda su gordura hacia Spade.
La muchacha vio el dedo que señalaba, movió la cabeza impacientemente y dijo:
—O yo. O usted.
—Exactamente. ¿Y podríamos añadir, aún con mayor certeza, a ese muchacho que está ahí fuera?
—Sí —dijo ella, riendo—. ¡A no ser que se trate del mismo que tenía usted en Constantinopla!
Una repentina ola de sangre moteó de manchas el rostro de Cairo, que gritó con voz destemplada y furiosa:
—¿Se refiere usted al que usted no pudo conseguir?
Brigid saltó de la mecedora. Tenía el labio inferior entre los dientes, los ojos muy abiertos y sombríos y la cara blanca y desencajada. Dio dos rápidas zancadas hacia Cairo, que comenzó a levantarse. La mano derecha de la muchacha fustigó el aire y cayó sobre la mejilla del hombrecillo, dejando los dedos marcados sobre ella.
Cairo gruñó de ira y golpeó la cara de la muchacha con la mano abierta. Brigid se tambaleó y de su boca salió un grito corto y ahogado.
Para entonces, Spade ya se había levantado del sofá, sin mudar la expresión de su cara tallada, y estaba junto a ellos. Agarró a Cairo del cuello y le sacudió. Cairo se atragantó y buscó algo con la mano en un bolsillo interior. Spade le agarró la muñeca apartándole la mano del bolsillo, le extendió el brazo y se lo retorció hasta que los torpes y lánguidos dedos dejaron caer una pistola negra sobre la alfombra.
Brigid recogió la pistola del suelo rápidamente. Cairo, hablando con dificultad, debido a los dedos que le apretaban el pescuezo, dijo:
—Esta es la segunda vez que me pone usted la mano encima.
Sus ojos se volvieron saltones por el ahogo, pero miraban fríos y amenazadores.
—Efectivamente —gruñó Spade—, y la próxima vez que le den una bofetada se va a aguantar.
Y soltando la muñeca de Cairo, le golpeó hasta tres veces salvajemente en la cara.
Cairo trató de escupirle a la cara, pero tenía la boca demasiado seca y únicamente consiguió hacer una mueca de furia. Spade le golpeó la boca, que comenzó a sangrar.
Sonó el timbre de la puerta.
Cairo logró ajustar el foco de sus ojos para mirar hacia el pasillo de entrada. Ahora la cautela había reemplazado a la ira en su mirada. La muchacha dejó escapar una exclamación ahogada y miró también hacia el pasillo. Su cara expresaba terror. Spade miró taciturnamente durante unos instantes el chorrito de sangre que caía por la barbilla de Cairo y dio luego un paso atrás, soltando el pescuezo del hombre de los Balcanes.
—¿Quién es? —susurró la muchacha, muy cerca de Spade, al mismo tiempo que los ojos de Cairo se agitaban para hacer la misma pregunta.
—No lo sé —respondió Spade, de pésimo talante.
Volvió a sonar insistentemente el timbre.
—Vamos a ver —dijo Spade, al dirigirse hacia la puerta, que cerró después de salir y de decir a los otros dos que no hicieran ruido.
Spade encendió la luz del corredor y abrió la puerta de entrada. Allí estaban el teniente Dundy y Tom Polhaus.
—Hola, Sam —dijo Tom—. Pensamos que a lo mejor estarías todavía levantado.
Dundy lo confirmó con un gesto, pero no dijo nada.
—Hola, muchachos —dijo Spade, de buen humor—. La verdad es que elegís unas horas magníficas para hacer visitas. ¿De qué se trata esta vez?
—Queremos hablar contigo, Spade —dijo Dundy, sosegadamente.
—Pues venga, hablad —dijo Spade, sin apartarse de la puerta e impidiéndoles el paso.
Tom dio un paso hacia adelante y dijo:
—Bueno, pero no vamos a hablar aquí de pie, ¿verdad?
Spade siguió interceptando el camino y dijo en tono en el que la disculpa apenas resultó perceptible:
—No podéis pasar.
La cara de rasgos grandes y acusados de Tom, que quedaba a la altura de la de Spade, adquirió una expresión de sorna amistosa, aunque los ojillos sagaces destellaron con brillo.
—Venga ya, Sam —dijo en son de protesta, y le puso una manaza sobre el pecho en broma.
Spade ofreció resistencia a la mano que le empujaba, sonrió con gesto de lobo y preguntó:
—¿Me vas a sopapear, Tom?
Tom gruñó, retiró la mano y dijo:
—¡Sam! ¡Por el amor de Dios!
Dundy apretó los dientes y dijo, dejando que las palabras se le escurrieran entre ellos:
—Déjanos entrar.
Spade subió el labio y dejó al descubierto los colmillos.
—No vais a entrar. ¿Qué vas a hacer? ¿Tratar de conseguirlo? ¿O hablar aquí? ¿O irte al diablo?
Tom volvió a gruñir.
Dundy, aún hablando entre dientes, dijo:
—Te conviene llevarnos la corriente un poco, Spade. Te has salido muchas veces con la tuya, pero no creas que lo vas a conseguir siempre.
—Impídemelo cuando puedas —replicó Spade, con arrogancia.
—Eso es lo que voy a hacer —dijo Dundy, que se puso las manos a la espalda, adelantó la cara de dura expresión hacia la del detective particular y añadió—. Dicen por ahí que estabas engañando a Archer con su mujer.
—Eso suena a invención tuya —dijo Spade, riendo.
—¿No hubo nada entre vosotros?
—Nada.
—Pues lo que se dice —continuó Dundy— es que ella trató de conseguir el divorcio para poder casarse contigo, pero que él no quiso. ¿Hay algo de cierto en eso?
—No.
—Incluso se dice —prosiguió Dundy, impasible— que por eso tuvo el fin que tuvo.
Esto pareció resultarle a Spade relativamente jocoso.
—Venga, Dundy, no seas ambicioso. No debieras tratar de acusarme de más de un asesinato a la vez. Y tu primera teoría de que maté a Thursby porque él había matado a Miles cae por los suelos si ahora resulta que me acusas también de haber matado a Miles.
—Todavía no creo que me hayas oído decir que mataste a alguien —replicó Dundy—. Eres tú quien está diciéndolo. Pero suponiendo que efectivamente lo hubiese dicho, bien pudo ocurrir. Se podría explicar.
—Claro. Maté a Miles para conseguir a su mujer, y luego maté a Thursby para poder culparle del asesinato de Miles. El sistema es admirable; o lo será cuando yo mate a otra persona para poder culparla de haber matado a Thursby. ¿Cuánto tiempo calculas que tendré que seguir cargándome gente? ¿Es que piensas acusarme de todos los asesinatos que se cometan en San Francisco desde ahora en adelante?
—Escucha, Sam —dijo Tom—, acaba ya con la comedia. Sabes perfectamente que todo esto nos gusta tan poco como a ti, pero tenemos una obligación que cumplir.
—Espero que consista en alga más que en venir una y otra vez a mi casa de madrugada, para hacer preguntas imbéciles.
—Y para escuchar en respuesta mentiras estúpidas —añadió Dundy, hablando despacio.
—Cuidado con lo que dices —le advirtió Spade.
Dundy le miró de arriba abajo y luego directamente a los ojos:
—Si dices que nada ha habido entre la mujer de Archer y tú eres un mentiroso, y te lo digo a la cara.
Los ojillos de Tom expresaron súbita sorpresa.
Spade se humedeció los labios con la punta de la lengua y preguntó:
—¿Es ése el importante soplo que os ha traído aquí a estas horas de la noche?
—Es uno de ellos.
—¿Y los demás?
Dundy hizo una mueca sardónica y dijo, señalando la puerta que Spade estaba interceptando:
—Déjanos pasar.
Spade dijo que no con cara de pocos amigos. Ahora, la boca de Dundy dibujó una sonrisa de satisfacción:
—Parece que había algo de verdad en ello, Tom.
Tom movió los pies y farfulló, sin mirar a ninguno de los dos:
—¡Cualquiera sabe!
—¿A qué estamos jugando ahora? ¿A los acertijos? —preguntó Spade.
—Está bien, Spade —dijo Dundy, abrochándose el abrigo—. Nos vamos. Pasaremos a verte de vez en cuando. Quizá tengas tus razones para ponernos la cosa difícil. Piénsalo.
—Tendré mucho gusto en verte en cualquier momento, teniente —dijo Spade, con una sonrisa picaresca—. Y cuando no esté ocupado, te dejaré pasar.
Una voz gritó en el cuarto de estar de Spade:
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Policía! ¡Socorro!
La voz era atiplada, afilada y chillona: la voz de Joel Cairo.
Dundy interrumpió su media vuelta, volvió a quedar de cara a Spade, y dijo, con decisión:
—Creo que ahora sí que vamos a pasar.
Hasta ellos llegó el ruido de una breve lucha, de un golpe y de un grito ahogado.
La cara de Spade se descompuso para dibujar una sonrisa que expresaba muy poca alegría.
—Supongo que sí, que vais a pasar.
Cuando los dos policías entraron, Spade cerró la puerta y los siguió hacia el cuarto de estar.