5. EL HOMBRE DE LOS BALCANES
SPADE NO MIRÓ a la pistola. Subió los brazos, y, echándose hacia atrás en el sillón, entrelazó los dedos de ambas manos detrás de la nuca. Sus ojos, sin ninguna expresión especial, quedaron enfocados sobre la cara cetrina de Cairo.
Cairo dejó oír una tosecilla de disculpa y sonrió nerviosamente con labios que habían perdido parte de su color rojo. Tenía los ojos húmedos, vergonzosos y anhelantes.
—Tengo el propósito, mister Spade, de registrar su despacho. Le advierto que si trata de impedírmelo dispararé contra usted sin vacilar.
—Comience a registrar —dijo Spade, con una voz tan inexpresiva como su rostro.
—Me hará el favor de ponerse de pie —dijo el hombre de la pistola al hombre a cuyo ancho pecho apunaba el arma—. Tendré que asegurarme de que no está usted armado.
Spade se puso en pie, echando para atrás el sillón con las pantorrillas al enderezar las piernas.
Cairo dio la vuelta y se colocó detrás de él. Se pasó la pistola de la mano derecha a la izquierda. Levantó la chaqueta de Spade y miró debajo de ella. Con la pistola apuntando de cerca a la espalda del detective, rodeó a éste con el brazo derecho y le tocó en el pecho. La cara del balcánico estaba no más de seis pulgadas por debajo del codo derecho de Spade.
El codo cayó al mismo tiempo que Spade giraba hacia la derecha sobre los talones. Cairo procuró esquivarlo apartándose, pero no se retiró lo suficiente: el talón derecho de Spade pisaba ya la charolada puntera de sus zapatos, anclándole y haciéndole permanecer en la trayectoria del codo. El codo de Spade golpeó a Cairo algo por debajo del pómulo y le hizo vacilar de tal manera que hubiera caído al suelo a no ser por haberlo impedido el talón de Spade sobre su pie. El codo de Spade pasó por delante del atónito rostro aceitunado; y todo el brazo se enderezó cuando la mano se dirigió violentamente hacia la pistola. Cairo la soltó en el mismo momento que los dedos de Spade la rozaron. No parecía muy grande dentro de la mano del detective.
Spade levantó el talón y dejó en libertad el pie de Cairo para acabar de dar la media vuelta. Usando la mano izquierda, juntó ambas solapas del hombre pequeño, con lo que la corbata verde sujetada por el rubí casi le envolvió la mano, y con la mano derecha se guardó el arma en un bolsillo de la chaqueta. Los ojos amarillentos y grises de Spade miraban sombríos, su cara parecía de madera, y en su boca se advertía un matiz de enojo.
Cairo tenía la cara descompuesta por el dolor y la mortificación. En sus ojos oscuros temblaban unas lágrimas. La tez había tomado el aspecto de plomo pulido, excepto en donde el codo de Spade había coloreado la mejilla.
Con las solapas de Cairo agarradas, Spade le obligó a dar lentamente la vuelta y le empujó hacia atrás, hasta dejarle de pie delante de la silla en que antes estuvo sentado. La expresión dolorida del rostro fue reemplazada ahora por otra de perplejidad. Y Spade se sonrió. Fue una sonrisa dulce e incluso soñadora. Su hombro derecho se elevó unas pulgadas. Esto hizo que también se desplazara hacia arriba el brazo doblado. Puño, muñeca, antebrazo, codo doblado y brazo parecieron formar un todo rígido al que sólo el flexible hombro daba movimiento. El puño cayó sobre el rostro de Cairo, cubriendo durante un instante un lado de la barbilla, una esquina de la boca y la mayor parte de la mejilla entre el pómulo y la quijada. Cairo cerró los ojos y se desvaneció.
Spade dejó sobre la silla el cuerpo inerte, que quedó despatarrado, con los brazos abiertos, la cabeza reposando sin vida sobre el respaldo de la silla y la boca abierta.
Spade vació los bolsillos del hombre desmayado de manera muy metódica, moviendo el cuerpo relajado cuando era necesario y formando un montón sobre la mesa con todo lo que fue encontrando. Una vez vacío el último bolsillo, volvió a su sillón, lió y encendió un cigarrillo y comenzó a examinar su botín. Y lo hizo con minuciosidad grave y lenta.
Había una cartera de bolsillo, grande y de piel oscura y suave. Contenía trescientos sesenta y cinco dólares norteamericanos en billetes de varios valores; tres billetes de cinco libras esterlinas; un pasaporte griego con gran cantidad de visados en el que aparecían el nombre y la fotografía de Cairo; cinco hojas de papel rosado, muy fino, dobladas y cubiertas de lo que parecían ser caracteres árabes; un recorte arrancado de un periódico en el que se leía la noticia del hallazgo de los cadáveres de Archer y Thursby; una fotografía tamaño postal de una mujer muy morena de ojos descarados y crueles y boca tierna caída; un gran pañuelo de seda, que ya amarilleaba con los años y andaba algo rozado por los dobleces; un montoncito de tarjetas de mister Joel Cairo; y una entrada de butaca para la función de aquella misma noche en el teatro Geary.
Junto a la cartera y su contenido había tres pañuelos de seda y alegre colorido, muy perfumados; un reloj Longines de platino con cadena de platino y oro rojo, la cual acababa en el otro extremo en un colgante en forma de pera, de un metal blanco; un puñado de monedas norteamericanas, inglesas, francesas y chinas; un llavero con media docena de llaves; una pluma estilográfica de plata y ónice; un peine de metal con su carterita de piel; una lima para las uñas, con su carterita de piel; una pequeña guía de las calles de San Francisco; un resguardo de equipaje de la Southern Pacific; medio paquete de pastillas de violeta; una tarjeta de un agente de seguros de Shanghai; y cuatro hojas de papel de escribir del hotel Belvedere, en una de las cuales estaban escritos con letra pequeña y muy clara el nombre de Samuel Spade y las direcciones de su despacho y de su casa.
Cuando acabó de examinar cuidadosamente todos estos artículos —incluso abrió la tapa del reloj para ver si ocultaba algo—, Spade se inclinó hacia delante y, cogiendo la muñeca del hombre inconsciente con el índice y el pulgar, le tomó el pulso. Dejó caer la muñeca, se acomodó en el sillón y lió y encendió otro cigarrillo. En tanto que fumaba, su cara presentaba un aspecto tan inmóvil y reflexivo —excepto algún movimiento muy ligero y casual del labio inferior— que parecía estúpido; pero cuando Cairo, pasado algún tiempo, gimió y parpadeó, la expresión del rostro se hizo más suave y Spade procuró esbozar una sonrisa incipiente con los ojos y la boca.
Joel Cairo recobró el sentido paulatinamente. Primero abrió los ojos, mas hubo de transcurrir un minuto entero antes que la mirada se fijase sobre un punto concreto del techo. Entonces cerró la boca, tragó saliva y después espiró ruidosamente el aire por la nariz. Luego encogió una pierna y dio la vuelta a una de las manos, descansándola sobre el muslo. Alzó la cabeza del respaldo de la silla, miró alrededor del despacho aún aturdido, vio a Spade y se incorporó. Abrió la boca para decir algo, se estremeció sobresaltado y se llevó la mano al lugar de la cara que el puño de Spade había golpeado y que presentaba una hermosa contusión.
—Pude pegarle un tiro —dijo hablando con dificultad entre dientes.
—Pudo intentarlo —reconoció Spade.
—No lo intenté.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué me agredió después de desarmarme?
—Lo siento —dijo Spade, y su sonrisa lobuna dejó al descubierto los colmillos—, pero puede imaginar mi desconcierto al comprender que la oferta de los cinco mil dólares era, sencillamente, un chasco.
—Está usted equivocado. Fue y sigue siendo una oferta auténtica.
—¿Cómo dice? —y la sorpresa de Spade fue, precisamente, auténtica.
—Estoy dispuesto a pagar cinco mil dólares por la devolución de la estatuilla.
Cairo se quitó la mano de la cara tumefacta, se incorporó en la silla, volvió a presentar un aspecto relamido y dijo:
—¿Está en su poder?
—No.
—Si no está aquí —y la voz de Cairo expresó incredulidad cortés—, ¿por qué iba usted a arriesgarse a sufrir un grave daño físico para impedirme que la buscara?
—¿Cree usted que debo permanecer impávido cuando me atracan a punta de pistola? —y señalando al montón de objetos propiedad de Cairo que había sobre la mesa, añadió—. Veo que tiene usted mi dirección particular. ¿Ha estado usted allí ya?
—Sí, mister Spade. Es cierto que estoy dispuesto a pagar cinco mil dólares por la estatuilla, pero también es natural que antes procure ahorrar ese gasto a su dueño, si es posible.
—¿Quién es el dueño?
Cairo sacudió la cabeza, sonrió y dijo:
—Me tendrá usted que disculpar si no contesto a esa pregunta.
—¿Usted cree? —dijo Spade, inclinándose hacia delante y sonriendo con los labios apretados—. Le tengo en mi poder. Ha venido usted aquí y se ha complicado con los asesinatos de anoche de manera lo suficientemente clara como para satisfacer a la policía. Ahora tendrá que mostrarse algo más complaciente, o de lo contrario…
La sonrisa de Cairo fue modesta, pero no denotó alarma alguna.
—Me tomé la molestia de hacer investigaciones bastante minuciosas acerca de usted antes de actuar —dijo—. Y llegué a la conclusión, a la segura conclusión, de que es usted lo suficientemente razonable como para no permitir que consideraciones de cualquier otra índole perjudiquen sus relaciones económicamente beneficiosas.
—¿Qué consideraciones? —dijo Spade, encogiéndose de hombros.
—Le he ofrecido cinco mil dólares por…
Spade dio un golpe con los nudillos sobre la cartera de Cairo y dijo:
—Aquí no hay cinco mil dólares. Habla de boquilla. Igual podría decirme que me pagaría un millón por un elefante morado, pero ¿qué significaría eso?
—Comprendo, comprendo —dijo Cairo, pensativamente y entornando los ojos—. Desea usted alguna prueba de mi sinceridad —se acarició el enrojecido labio inferior con la punta de un dedo, y preguntó—. ¿Quizá alguna cantidad como señal…?
—Quizá.
Cairo alargó la mano hacia su cartera, vaciló, la retiró y dijo:
—¿Quiere usted tomar… digamos cien dólares?
Spade cogió la cartera y sacó de ella cien dólares. Mas luego arrugó el ceño y dijo:
—Mejor doscientos —y los cogió. Cairo no dijo nada—. Su primera suposición fue que yo tenía el pájaro —dijo con voz seca después de meterse los doscientos dólares en el bolsillo y de dejar la cartera sobre la mesa—. Es un error. ¿Cuál es su segunda suposición?
—Que sabe usted en dónde está; y si no lo sabe exactamente, sí cómo conseguirlo.
Spade ni confirmó ni denegó la suposición, que apenas pareció oír, pero dijo:
—¿Qué clase de pruebas puede usted ofrecerme de que su hombre es el legítimo dueño?
—Desgraciadamente, muy pocas. Pero hay algo que lo compensa: ninguna otra persona puede ofrecerle a usted pruebas fehacientes de ser el dueño. En absoluto. Y si está usted enterado del asunto, y así lo creo, pues de lo contrario yo no me encontraría aquí, sabrá que el procedimiento empleado para desposeer a mi representado del pájaro prueba que sus títulos de propiedad son más válidos que los de cualquier otra persona, indudablemente más válidos que los de Thursby.
—¿Qué me dice de su hija? —preguntó Spade.
La emoción abrió los ojos y la boca de Cairo, y su rostro enrojeció. Afiló su voz cuando dijo:
—¡El dueño no es él!
—¡Ah! —dijo Spade, suave y ambiguamente.
—¿Está él aquí ahora, en San Francisco? —preguntó Cairo, en voz algo menos aguda, pero aún excitada.
Spade guiñó los ojos adormilados y propuso:
—Acaso sea mejor en todos sentidos que pongamos las cartas boca arriba.
Cairo había recobrado su compostura con una pequeña sacudida. Cuando habló lo hizo con voz comedida:
—No creo que fuera mejor. Si usted sabe más que yo, me beneficiaré al conocer sus informes y usted también saldrá ganando, ganando la cifra de cinco mil dólares. Pero si no sabe más que yo, el venir aquí habrá sido por mi parte un error, que resultaría agravado en caso de que hiciera lo que usted propone.
Spade inclinó la cabeza con indiferencia, señaló a los objetos que había sobre la mesa y dijo:
—Ahí tiene usted sus cosas.
Y cuando Cairo estaba metiéndoselas en los distintos bolsillos, añadió:
—Queda entendido que usted me pagará los gastos mientras me ocupo en devolverle ese pájaro negro, y que me abonará cinco mil dólares cuando se lo entregue, ¿conformes?
—Sí, mister Spade. Es decir, cinco mil dólares menos aquellas cantidades que le haya anticipado. Cinco mil dólares en total.
—Está bien. Es una proposición correcta —dijo Spade, con expresión solemne excepto por las arruguillas que aparecieron en las comisuras de los ojos—. Se entiende que usted no me contrata para cometer asesinatos o robos por su cuenta, sino sencillamente para recuperar el pájaro por medios honrados y legales, si ello es posible.
—Si ello es posible —asintió Cairo, y también su rostro se mostró solemne, excepto los ojos—. Y en cualquier caso, discretamente.
Se levantó de la silla y tomó el sombrero.
—Estoy en el hotel Belvedere, si quiere usted decirme algo. Habitación 635. Tengo plena confianza en que nuestras relaciones resultarán del máximo beneficio mutuo —dudó unos segundos y añadió—. ¿Podría usted devolverme la pistola?
—Sí, claro. Lo olvidé.
Spade sacó la pistola del bolsillo y se la entregó a Cairo.
Cairo le apuntó al pecho con ella.
—Tenga la bondad de conservar las manos encima de la mesa —dijo sin bromear—. Tengo la intención de registrar su oficina.
—¡Esta sí que es buena! —dijo Spade, soltando una carcajada—. Está bien. Adelante. No pienso impedírselo.