17. LA NOCHE DEL SÁBADO
CON EL PAQUETE bajo el brazo de forma muy natural, a buen paso, sin que nada denotara su cautela, excepto el continuo movimiento de los ojos, Spade, en parte a través de un callejón y de un angosto patio, fue desde su oficina hasta las calles Kearny y Post. Allí detuvo un taxi.
El taxi le llevó hasta la estación de autobuses Pickwick en la Calle Quinta. Dejó el pájaro en la consigna, metió el resguardo en un sobre con sello, escribió en él M. F. Holland y el número de un apartado de San Francisco, lo cerró y lo echó en un buzón de Correos. Otro taxi le llevó desde la estación hasta el hotel Alexandria.
Subió hasta la suite 12-C y llamó a la puerta. Cuando estaba llamando por segunda vez le abrió la puerta una muchacha baja, rubia, con una bata amarilla y brillante, de rostro blanco e inexpresivo y que se agarraba desesperadamente a la puerta.
—¿Mister Spade?
Spade dijo que sí y sostuvo a la muchacha cuando ésta se tambaleó.
El cuerpo de la chica se arqueó sobre el brazo de Spade y la cabeza quedó doblada hacia atrás de tal manera que el corto pelo rubio colgaba perpendicularmente hacia el suelo y su fino cuello formaba una firme curva continua desde la barbilla hasta el pecho.
Spade deslizó el brazo más arriba de la espalda y se agachó para pasarle el otro por debajo de las rodillas, pero la muchacha se estremeció y ofreció resistencia. Hablando con labios entreabiertos que apenas se movieron, dijo unas palabras confusas:
—¡No! ¡Hag’me adá…!
Y Spade la hizo andar. Cerró la puerta con el pie y le hizo andar de un lado a otro de la habitación, por la alfombra verde que llegaba de pared a pared. Con un brazo rodeándole el esbelto cuerpo, la mano del mismo sujetándola por la axila y con la otra sosteniéndola por el brazo opuesto, Spade la alzaba cuando vacilaba un pie inseguro, la ayudaba en sus tambaleos, la animaba a seguir los paseos, procurando siempre que las desmadejadas piernas aguantaran todo el peso que pudieran soportar. De esta manera estuvieron recorriendo la habitación: vacilante y con torpes pasos la muchacha, y Spade afianzado sobre los pies, sin que afectaran a su equilibrio los desordenados movimientos de su pareja. La chica tenía la cara demudada, blanca como el yeso, mientras que el semblante de Spade aparecía sombrío y sus ojos, dura la expresión, lo observaban todo al mismo tiempo.
Spade hablaba a la muchacha monótonamente:
—Así, muy bien. Izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. Eso es. Muy bien. Uno, dos, tres, cuatro; uno, dos, tres, cuatro; y ahora, vuelta.
La sacudió cuando llegaron a la pared.
—Ahora hacia allá. Uno, dos, tres, cuatro. Alce la cabeza. Así. Eso es. Buena muchacha. Izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. Y ahora la vuelta.
Volvió a sacudirla.
—Buena chica. Así se hace. Ande, ande, ande, ande… Uno, dos, tres, cuatro. Y ahora damos la vuelta.
La sacudió algo más bruscamente y apretó algo el paso.
—Eso es. Izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. Ahora tenemos más prisa. Uno, dos, tres…
La muchacha se estremeció y tragó saliva de manera perceptible. Spade comenzó a frotarle con fuerza el brazo y el costado y le acercó la boca al oído.
—Muy bien. Lo está haciendo muy bien. Uno, dos, tres, cuatro. Más de prisa, más, más. Eso es. Arriba el pie. Así. Arriba. Arriba. Primero, subirlo, después, abajo. Eso es. Ahora, la vuelta. Izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. ¿Qué le han hecho? ¿Narcótico? ¿Lo mismo que me dieron a mí?
Los párpados se alzaron un instante encima de los ojos castaños dorados turbios y logró pronunciar toda una palabra: «Sí», aunque la «s» salió ceceante.
Siguieron los paseos, con la chica casi trotando para seguir a Spade, que le daba palmadas y masaje a través de la seda amarilla con ambas manos, hablando y hablando sin cesar en tanto que los ojos, duros y abstraídos de las palabras, permanecían vigilantes.
—Izquierdo, derecho, izquierdo, derecho, izquierdo, derecho. Vuelta. Buena chica. Uno, dos, tres, cuatro. Arriba la barbilla. Eso es. Uno, dos…
Volvieron a alzarse los párpados muy ligeramente, y bajo ellos se movieron los ojos débilmente de un lado a otro.
—Magnífico —dijo en voz seca, abandonando el soniquete monótono—. Consérvelos abiertos. Ábralos, ábralos más —le dijo, sacudiéndola.
La muchacha se quejó en son de protesta; pero los párpados subieron más, aunque los ojos seguían sin luz interior. Spade alzó la mano, y con ella abierta, le dio media docena de golpes rápidos en la cara. La chica volvió a gemir y trató de zafarse de Spade. Éste la sujetó con fuerza y volvió a arrastrarla de un extremo a otro de la habitación.
—Siga andando —le ordenó en voz desabrida—. ¿Quién es usted?
El «Rhea Gutman» de la respuesta salió farfullado, pero inteligible.
—¿Su hija?
—Sí —y la «s» sonó más clara y sibilante.
—¿En dónde está Brigid?
Rhea se retorció convulsivamente entre los brazos de Spade y le cogió una mano con las dos suyas. Spade la retiró aprisa y la miró. Tenía en el dorso un fino arañazo de pulgada y media o más.
—¿Qué diablo…? —gruñó, y le examinó las manos.
La izquierda estaba vacía. En la derecha, cuando él le obligó a abrirla, tenía un alfiler de acero con cabeza de jade como de tres pulgadas, de los que utilizan las mujeres para sujetarse unas flores sobre el pecho.
—¿Qué diablo…? —repitió, y luego de gruñir le puso el alfiler delante de los ojos.
Al ver el alfiler, gimió como un perrillo y se abrió la bata. Alzó la chaqueta del pijama color crema que debajo llevaba y le mostró la carne debajo del pecho izquierdo, una carne blanca entrecruzada de finas líneas rojas entre las que se intercalaban diminutos puntos rojos, en donde el alfiler la había arañado y pinchado.
—Para estar despierta… andar… hasta que viniera usted… Ella me dijo que usted vendría… ¡Tardó tanto!… —se tambaleó.
Spade apretó el brazo alrededor de la cintura y le dijo:
—Camine.
Rhea luchó contra la sujeción del brazo, y se retorció para quedar mirándole de nuevo.
—No… le diré…, dormir…, sálvela…
—¿A Brigid?
—Sí…, la llevaron… Bur… Burlingame… Ancho veintiséis… ¡Aprisa! Demasiado tarde…
La cabeza cayó sobre el hombro izquierdo. Spade se la levantó bruscamente.
—¿Quién la llevó allí? ¿Su padre?
—Sí… Wilmer… Cairo —y volvió a retorcerse en tanto que los párpados se estremecían sin llegar a abrirse—. La… matarán.
La cabeza volvió a caer y Spade volvió a enderezársela.
—¿Quién mató a Jacobi?
La muchacha no pareció oír la pregunta. Con un esfuerzo digno de lástima, trató de mantener erguida la cabeza y de abrir los ojos.
—Vaya… está… —farfulló.
Spade la sacudió brutalmente.
—Tiene que quedarse despierta hasta que venga el médico.
El terror abrió los ojos y despejó durante un momento las nubes que oscurecían su semblante.
—¡No, no! —gritó torpemente—. Mi padre… me matará… Júreme que no… Se enteraría… Lo hice… Por ella… Prometa que no… Dormiré… por la mañana… bien…
Spade volvió a sacudirla.
—¿Está segura de que esto se le pasará durmiendo?
—Sí —y de nuevo la «s» apenas resultó perceptible y la cabeza volvió a caer.
—¿En dónde tiene la cama?
La muchacha trató de alzar una mano, pero el esfuerzo hecho ya la había agotado y la mano no pudo apuntar más que hacia la alfombra. Exhaló un suspiro de niña cansada y se derrumbó, quedando con el cuerpo lánguido y muerto.
Spade la cogió en brazos cuando iba a dar en tierra y, llevándola sin esfuerzo apretada contra el pecho, se dirigió a la más cercana de las tres puertas. Hizo girar la bola lo suficiente para soltar el resbalón, empujó la puerta con el pie y avanzó por un pasillo que llevaba a una alcoba, después de pasar por delante de un cuarto de baño cuya puerta estaba sin cerrar. Miró dentro del cuarto de baño, vio que estaba vacío y llevó a la muchacha a la alcoba. No había nadie. La ropa que allí se veía y las cosas del tocador indicaban que se trataba de la alcoba de un hombre.
Volvió a la habitación de la alfombra verde con la muchacha en brazos y probó la puerta de enfrente. Salió por ella a otro pasillo, pasó por delante de otro cuarto de baño vacío y entró en una alcoba en la que había objetos de pertenencia femenina. Abrió la cama y echó a la muchacha en ella, le quitó las zapatillas, la alzó ligeramente para quitarle la bata amarilla, le arregló la almohada debajo de la cabeza y la tapó con la ropa de la cama.
Entonces abrió las dos ventanas y permaneció allí unos instantes, de espaldas a las ventanas, contemplando a la muchacha. Estaba respirando ruidosamente, pero no parecía encontrarse en dificultades. Spade frunció el ceño, cerrando y abriendo los labios en tanto que paseaba la mirada por el cuarto. Ya el crepúsculo comenzaba a invadir la habitación con su penumbra. Permaneció como unos cinco minutos en el cuarto, mientras la luz iba disminuyendo. Al fin, sacudió impacientemente los poderosos hombros caídos y salió, dejando sin cerrar con llave la puerta exterior del conjunto de habitaciones.
Se dirigió a las oficinas de la Pacific Telephone and Telegraph Company en la Powell Street y llamó al 2020 de Davenport.
—Clínica de urgencia, por favor… Oiga, hay una muchacha en las habitaciones 12-C del hotel Alexandria que ha sido narcotizada… Sí, será mejor que manden ustedes a alguien que la vea… Habla mister Hooper, del Alexandria.
Colgó el teléfono y se echó a reír. Llamo a otro número y dijo:
—Hola, Frank. Soy Sam, Sam Spade… ¿Puedes proporcionarme un automóvil con un conductor que sepa cerrar la boca?… Para bajar a la península inmediatamente… Unas dos horas… Está bien. Que me recoja en la parrilla de John, en la Ellis Street, tan pronto como pueda.
Llamó a otro número, el de su oficina, conservó el auricular pegado a la oreja sin decir palabra durante unos momentos y colgó.
Se dirigió a John’s. Pidió al camarero que le trajera aprisa una ración de chuletas, patatas asadas y tomate en rajas, que comió apresuradamente. Cuando estaba tomándose el café y fumando un cigarrillo, entró un hombre joven, corpulento y con una gorra a cuadros ladeada por encima de un par de pálidos ojos y una cara decidida y jovial, y se acercó a su mesa.
—Todo listo, mister Spade. Con el depósito lleno y deseando correr.
—Muy bien.
Spade apuró su taza y salió con el hombre corpulento.
—¿Sabes en dónde está la Ancho Avenue, o Road, o Boulevard, en Burlingame?
—No, pero si está allí, ya la encontraremos.
—Pues a ello.
Spade se sentó junto al chofer en el Cadillac oscuro.
—El número que busco es el 26, y cuanto antes mejor; pero no pares el coche delante de la puerta.
—Está bien.
Pasaron media docena de bocacalles en silencio y entonces el chofer dijo:
—Mataron a su socio, ¿no, mister Spade?
—Sí.
El hombre chascó la lengua.
—Esa profesión es mala cosa. Se la cambio por la mía.
—Bueno, los conductores de coches de alquiler no son eternos.
—Puede que no lo sean —reconoció el hombre rollizo—, pero a pesar de eso, si resulta que yo no lo soy, será para mí una sorpresa.
Spade miró calle adelante sin fijarse en nada en especial y empezó a contestar con síes y noes hasta que el chofer se cansó de charlar.
El chofer se informó de la manera de llegar hasta la Ancho Avenue en un drug-store, ya en Burlingame. Diez minutos más tarde paró el coche en una esquina oscura, apagó las luces e indicó con la mano la manzana vecina.
—Ahí tiene usted. Debe de ser la tercera o cuarta casa.
—Está bien —dijo Spade, y bajó del coche—. Deja el motor en marcha. Es posible que tengamos que irnos con prisa.
Spade cruzó la calle y echó a andar por la acera. A lo lejos ardía un farol solitario. Otras luces más cordiales puntuaban la noche a ambos lados de la calle, en la que las casas, espaciadas entre sí, formarían una manzana por cada media docena de ellas. En lo alto, una luna menguante brindaba una luz tan débil y fría como la del lejano farol. Por las ventanas abiertas de una casa de la acera opuesta salía el ronco cantar de una radio.
Spade se detuvo delante de la segunda casa de la esquina. Sobre uno de los postes de la puerta del jardín, que tenían un grosor notoriamente desproporcionado con relación a la empalizada que de ellos nacía, un 2 y un 6 de metal blanquecino reflejaban la poca luz existente. Encima de ellos, Spade vio una tarjeta blanca clavada. La miró de cerca. Era un aviso que decía: «Se vende». No había puerta alguna entre dos gruesos postes. Spade avanzó por el caminillo asfaltado de entrada a la casa. Y permaneció en él inmóvil durante un largo momento al pie de los escalones del porche. Nada se oía dentro de la casa. Todo estaba oscuro, excepto otro rectángulo de pálida blancura, otra tarjeta clavada en la puerta.
Se acercó a la puerta y escuchó. Nada pudo oír. Trató de mirar por el cristal de la puerta. Ninguna cortina detuvo su mirada, pero sí la oscuridad que había dentro.
Fue de puntillas hasta una ventana, y luego hasta otra. Igual que a la puerta, tan sólo las velaban la oscuridad interior. Trató de abrir las dos ventanas. Estaban cerradas por dentro. Trató de abrir la puerta. Estaba cerrada con llave.
Dejó el porche, y con pasos cautelosos, avanzó por el desconocido terreno y dio la vuelta a la casa pisando yerbajos. Las ventanas laterales quedaban demasiado altas para poder alcanzarlas desde el suelo. La puerta trasera, y la única ventana que encontró a su alcance, estaban cerradas.
Regresó a los postes de la empalizada y, protegiendo la llama con las manos ahuecadas, acercó el mechero al aviso «Se vende». Impresos en la tarjeta pudo leer el nombre y la dirección de un corredor de fincas de San Mateo, y debajo, escrita con lápiz, una línea que decía: «La llave en el 31».
Volvió Spade hasta el coche y le preguntó al chofer:
—¿Tienes una linterna?
—No faltaba más —y se la entregó—. ¿Puedo echarle una mano en algo?
—Puede que sí —dijo Spade, subiendo al coche—. Vamos al número 31. Puedes encender las luces.
El número 31 era una casa gris y cuadrada de la acera de enfrente del 26, situada algo más arriba de la calle. En las ventanas del piso bajo se veía luz. Spade se llegó a la puerta y llamó al timbre. Le abrió la puerta una chica de pelo oscuro, de catorce o quince años. Spade saludó sonriendo y dijo:
—Quisiera la llave del número 26.
—Llamaré a mi padre —dijo, y entró en la casa gritando—. ¡Papá!
Apareció un hombre grueso, calvo, rubicundo y de grandes bigotes con un periódico en la mano.
—Quisiera la llave del número 26 —le dijo Spade.
El hombre grueso le miró con aire de duda.
—La luz está cortada. No podrá ver nada.
—Tengo una linterna —dijo Spade, tocándose el bolsillo.
Aumentaron las dudas del hombre grueso. Carraspeó algo intranquilo y arrugó el periódico que llevaba en la mano.
Spade le mostró una de sus tarjetas oficiales, se la volvió a guardar y dijo, en voz baja:
—Hemos tenido el soplo de que quizá haya algo escondido dentro de la casa.
La cara y la voz del hombre grueso denotaron ahora deseos de ayudar.
—Aguarde un minuto. Iré con usted.
Regresó un momento después con una llave de metal blanco atada a un marbete negro y rojo. Spade le hizo al pasar una seña al chofer y éste se unió a ellos.
—¿Ha venido alguien a ver la casa recientemente? —preguntó Spade.
—Que yo sepa, no —respondió el hombre grueso—. Hace ya un par de meses que nadie me pide la llave.
Caminó delante de ellos con la llave hasta que llegaron al porche. Entonces le puso la llave en la mano a Spade, se hizo a un lado y dijo:
—Ahí tiene usted.
Spade hizo girar la llave y abrió la puerta, empujándola. Encontraron silencio y oscuridad. Con la linterna apagada en la mano, Spade entró en la casa. El chofer le siguió de cerca, y el hombre grueso, algo más rezagado, entró detrás de ellos. Registraron la casa de arriba abajo, con precaución al principio, sin encontrar nada, y más audazmente luego. La casa estaba vacía, indudablemente vacía, y no advirtieron el menor indicio de que hubiera sido visitada desde hacía varias semanas.
—Gracias, eso es todo —dijo Spade al bajar del coche a la puerta del Alexandria.
Entró en el hotel, se llegó a la conserjería y un hombre joven y alto, de expresión grave, le dijo:
—Buenas noches, mister Spade.
—Buenas noches —dijo Spade, y llevándose al joven hasta un extremo del mostrador, le preguntó—. Estos Gutmans, los del 12-C, ¿están?
—No —contestó el joven, y luego, lanzándole a Spade una rápida mirada, vaciló, volvió a mirarle, y dijo en voz queda—. Algo raro pasó con esa gente esta noche, mister Spade. Alguien llamó a la Clínica de Urgencias y dijo que había una muchacha enferma en las habitaciones.
—¿Y no la había?
—No, allí no había nadie. Habían salido todos esta tarde.
—Los bromistas, que se divierten. Gracias.
Entró en una cabina telefónica, pidió un número y dijo:
—¿Oiga? ¿Mistress Perine?… ¿Está Effie ahí?… Sí, por favor… Muchas gracias… ¡Hola, ángel mío! ¿Qué buenas noticias tienes?… Magnífico, magnífico. Sigue igual. Estaré ahí en veinte minutos… Perfectamente.
Media hora más tarde, Spade llamaba a la puerta de una casa de ladrillo de dos pisos en la Novena Avenida. Le abrió Effie. Su cara de muchacho estaba cansada y sonriente.
—Hola, jefe —le dijo—. Pasa —y luego añadió en voz baja—. Si mamá te dice algo, sé amable con ella. Está muy excitada.
Spade sonrió tranquilizadoramente y le dio una palmada en el hombro.
Effie le puso una mano sobre el brazo.
—¿Miss O’Shaughnessy?
—Nada —dijo con mal humor—. Todo falso. ¿Estás segura de que era su voz?
—Sí.
Spade hizo una mueca desagradable.
—Bueno, pues todo era un camelo.
Effie le hizo pasar a un alegre cuarto de estar, suspiró, se dejó caer de golpe en un extremo del sofá y sonrió a Spade a través de su cansancio.
Spade se sentó a su lado y le preguntó:
—¿Todo fue bien? ¿No se dijo nada del paquete?
—Nada. Les dije lo que me dijiste que les dijera y parecieron estar seguros de que la llamada telefónica tuvo algo que ver con el asunto y que tú saliste corriendo para seguir alguna pista.
—¿Estuvo Dundy?
—No. Hoff y O’Gar, y otros que no conozco. También hablé con el capitán.
—¿Te llevaron a la jefatura?
—¡Oh, sí! Y me hicieron muchas preguntas, pero todo fue, ya sabes, cuestión de trámite.
Spade se frotó las manos.
—Estupenda —dijo, pero luego añadió, ceñudo—. Aunque imagino que cuando hablen conmigo se les ocurrirán muchas preguntas. Al menos a ese maldito Dundy, y a Bryan —se encogió de hombros—. ¿Alguien conocido estuvo allí, aparte de los policías?
—Sí —dijo, poniéndose derecha en el sofá—, ese muchacho, el que te llevó el recado de Gutman. No entró, pero la policía dejó abierta la puerta del pasillo y le vi allí, de pie.
—¿No dijiste nada?
—Claro que no. Me dijiste que no lo hiciera. Así que no le hice caso; y cuando volví a mirar, ya se había ido.
—No fue poca suerte la tuya, chiquilla, que llegara antes la policía —dijo Spade, sonriendo.
—¿Por qué?
—Es una mala pieza, es veneno. ¿Era Jacobi el muerto?
—Sí.
Effie le apretó una mano y se puso en pie.
—Me voy. Y tú más vale que te acuestes. Estás agotada.
—Sam, ¿qué es…? —preguntó Effie al ponerse de pie.
Spade le puso una mano sobre la boca para callarla y dijo:
—Déjalo hasta el lunes. Quiero escabullirme antes que salga tu madre y me eche una regañina por meter a su corderito en malos pasos.
Faltaban unos minutos para medianoche cuando Spade llegó a su casa. Metió la llave en la cerradura de la puerta de la calle. En la acera, detrás de él, repiquetearon unos tacones. Spade soltó la llave y se volvió. Brigid subió corriendo los escalones hasta llegar junto a él. Le abrazó y se quedó colgada de él.
—¡Creí que no ibas a llegar nunca!
Tenía demacrado el rostro, con expresión desesperada, y toda ella temblaba desde los pies a la cabeza.
Con la mano que no sostenía a Brigid, Spade volvió a buscar la llave, abrió la puerta y entró llevando a la muchacha casi en vilo.
—¿Me has estado esperando?
—Sí —respondió, y al hablar su respiración entrecortada fue espaciando las palabras—. En un… portal… calle… arriba.
—¿Puedes arreglártelas para andar? ¿O te llevo en brazos?
Brigid sacudió la cabeza, que descansaba sobre el hombro de Spade:
—Se me… pasará… cuando… llegue… a donde… me pueda… sentar.
Subieron en el ascensor hasta el piso de Spade y se dirigieron a su apartamento. Mientras Spade abría la puerta, Brigid se soltó de su brazo y permaneció junto a él, respirando con ahogo, con las dos manos apretadas contra el pecho. Spade encendió la luz del pasillo. Entraron. Spade cerró la puerta, y después de rodearla de nuevo con un brazo, la llevó hacia el cuarto de estar. En el momento en que se hallaban a un paso de la puerta del cuarto, se encendió dentro la luz.
La muchacha dio un grito y se agarró a Spade.
Muy poco más allá del umbral de la puerta, el adiposo Gutman les sonreía benévolamente. El muchacho, Wilmer, salió de la cocina por detrás de ellos. Las pistolas parecían gigantescas en sus manitas. Cairo salió del cuarto de baño. También él tenía una pistola.
—Bien, señor mío —dijo Gutman—, como puede ver, todos estamos aquí. Ahora vamos a pasar, a sentarnos y a ponernos cómodos para hablar.