2. MUERTE EN LA NIEBLA

EN LA OSCURIDAD sonó el timbre de un teléfono. Después de que hubo sonado tres veces, se oyó el chirrido de los muelles de una cama; unos dedos palparon sobre la madera, algo pequeño y duro cayó con ruido sordo sobre la alfombra, los muelles chirriaron nuevamente, y una voz de hombre exclamó:

—¿Diga?… Sí, soy yo… ¿Muerto?… Sí… En quince minutos. Gracias.

Sonó el ruidillo de un interruptor, y la luz de un globo que colgaba del techo, sostenido por tres cadenas doradas, inundó el cuarto. Spade, descalzo y con un pijama a cuadros verdes y blancos, se sentó sobre el borde de la cama. Miró malhumoradamente al teléfono que había en la mesilla mientras sus manos cogían un estuche de papel de fumar color chocolate y una bolsa de tabaco Bull Durham.

Un aire frío y mojado entraba por dos ventanas abiertas, trayendo consigo el bramido de la sirena contra la niebla de Alcatraz, media docena de veces por minuto. Un despertador de ruin metal, con inseguro acomodo sobre una esquina de Casos criminales famosos de Estados Unidos, de Duke, boca abajo, marcaba las dos y cinco.

Los gruesos dedos de Spade liaron con calmosa minuciosidad un cigarrillo, echando la justa medida de hebras morenas sobre el papel combado, extendiendo las hebras por igual en los extremos y dejando una ligera depresión en el centro, haciendo que los pulgares condujeran con movimiento rotatorio el filo interior del papel hacia arriba y luego lo pasaran por debajo del borde superior, en tanto que los demás dedos ejercían presión para luego, junto con los pulgares, deslizarse hasta las puntas del cilindro de papel y sujetarlas, mientras la lengua humedecía el borde, al tiempo que el índice y el pulgar de la mano izquierda pellizcaban el extremo a su cuidado y los dedos correspondientes de la mano derecha alisaban la húmeda juntura, tras lo que el índice y el pulgar derecho retorcieron la punta que les correspondía y llevaron el cigarrillo hasta la boca de Spade.

Spade cogió el encendedor de piel de cerdo y níquel que se había caído al suelo, lo hizo funcionar y se puso en pie, con el cigarrillo en una esquina de la boca. Se quitó el pijama. La suave gordura de brazos, piernas y torso, la caída de los hombros poderosos y redondeados, daban a su cuerpo el aspecto de un oso. De un oso afeitado: no crecía vello en el pecho. Tenía la piel suave y rosada de un niño chico.

Se rascó la nuca y comenzó a vestirse. Se puso una combinación de camiseta y calzoncillos, calcetines grises, ligas negras y zapatos color de cuero oscuro. Así que se hubo atado los zapatos, cogió el teléfono, llamó al 4500 de Graystone y pidió un taxi. Se puso luego una camisa blanca con rayas verdes, un blanco cuello blando, una corbata verde, el traje gris que había llevado durante el día, un amplio abrigo de tela esponjosa y un sombrero color gris oscuro. En el momento en que se metía en el bolsillo el tabaco, las llaves y el dinero, sonó el timbre de la puerta.

En el lugar donde la Bush Street sirve de techumbre a la Stockton, antes de bajar hacia el Barrio Chino, Spade pagó y despidió el taxi. La niebla nocturna de San Francisco, sutil, pegajosa y penetrante, esfuminaba la calle. A unas yardas de distancia de donde Spade había despedido el taxi, un pequeño grupo de hombres miraba hacia un callejón. Dos mujeres y un hombre estaban parados en la otra acera de Bush Street, mirando también hacia el callejón. Se veían caras en las ventanas.

Spade cruzó la acera sorteando las entradas enrejadas que se abrían sobre escaleras ruines y desnudas, llegó hasta el pretil y, apoyando las manos sobre el húmedo caballete, miró hacia abajo, a la Stockton Street.

Del túnel que tenía a sus pies surgió repentinamente un automóvil, cual ráfaga estruendosa, como si le hubieran disparado, y se alejó veloz. Cerca de la boca del túnel había un hombre hecho un burujo sobre los talones, ante un cartel que anunciaba una película y una marca de gasolina, en el hueco que quedaba entre las casas de dos pisos. El hombre estaba doblado casi hasta el suelo para poder mirar por debajo de la cartelera. Una mano abierta puesta sobre la acera y otra que se agarraba al bastidor verde del anuncio le mantenían en tan grotesca postura. Otros dos hombres estaban de pie, juntos, en postura forzada, en un extremo del cartel, ojeando por la angostura de pocas pulgadas que quedaba entre el anuncio y el edificio contiguo. La casa del otro lado tenía un muro lateral, gris y sin ventanas que daba al solar de detrás del anuncio. Unas luces parpadeaban en la acera, y unas sombras humanas se movían entre ellas.

Spade dejó el pretil y echó a andar Bush Street arriba, hacia el callejón en donde estaba el grupo. Un policía uniformado, que mascaba goma debajo de una placa esmaltada en la que se leía «Burritt Street» en letras blancas sobre un fondo azul oscuro, extendió el brazo y preguntó:

—¿Qué busca usted aquí?

—Soy Sam Spade. Tom Polhaus me ha llamado por teléfono.

—¡Claro que es usted Spade! —dijo el guardia, bajando el brazo—. Así, de golpe, no le reconocí… Bueno, pues allí los tiene usted —añadió, señalando con rápido ademán con el pulgar—. Mal asunto.

—Sí que es malo —dijo Spade, al mismo tiempo que echaba a andar por el callejón.

A medio camino, no lejos de la boca del callejón, estaba parada una ambulancia de color oscuro. Al otro lado de la ambulancia, a la izquierda, el callejón acababa en una valla, formada por listones horizontales sin cepillar, que llegaba hasta la cintura. El callejón descendía en fuerte pendiente desde la valla hasta el cartel de anuncio de la Stockton Street.

El larguero superior de la valla estaba arrancado de uno de los postes y colgaba del que había en el extremo opuesto. Como a cinco yardas de la cima de la pendiente se veía una piedra achatada que sobresalía. En el recoveco que formaba con el piso al salir estaba Miles Archer, caído, de espaldas. Dos hombres se hallaban de pie junto a él. Uno de ellos dejaba caer sobre el muerto el chorrito luminoso de una linterna eléctrica. Otros hombres provistos de luces subían y bajaban la cuesta.

Uno de los hombres le saludó con un «Hola, Sam», y trepó hasta el callejón precedido por su sombra, que corrió delante de él cuesta arriba. Era un tipo barrigudo, alto, de ojillos sagaces, boca de labios gruesos y mejillas en las que azuleaba la barba afeitada con descuido. Tenía manchados de barro oscuro los zapatos, las rodillas, el mentón y las manos.

—Imaginé que querrías verlo antes que nos lo llevásemos —dijo al salvar la valla rota.

—Gracias, Tom —dijo Spade—. ¿Qué ha ocurrido?

Apoyó un codo en el poste de la valla y miró hacia los hombres de abajo, devolviendo el saludo a los que le saludaban con la cabeza.

Tom Polhaus se punzó con un sucio dedo la tetilla izquierda y dijo:

—Le acertaron en el mismo corazón…, con esto —y sacó del bolsillo del gabán un revólver chato y se lo alargó a Spade. Tenía barro embutido en todos los entrantes de la superficie—. Un Webley. Es inglés, ¿no?

Spade quitó el codo del poste y se inclinó para examinar el arma, pero no la tocó.

—Sí, un revólver Webley-Fosbery, automático. Eso es. Calibre 38, ocho tiros. Ya no los fabrican. ¿Cuántas balas le faltan?

Tom volvió a pincharse el pecho con el dedo y añadió:

—Una.

—Debía de estar ya muerto cuando rompió la valla. ¿Has visto esto antes? —preguntó, alzando el revólver.

Spade afirmó con la cabeza y dijo, sin mostrar interés:

—He visto revólveres Webley-Fosbery.

Y luego dijo, hablando rápidamente:

—Le mataron aquí, ¿eh? Estaba de espaldas a la valla, en donde estás tú ahora. El que le disparó estaba aquí —pasó por delante de Tom, dando la vuelta, y alzó una mano a la altura del pecho con el brazo extendido y el dedo índice apuntando—. Hace fuego contra él y Miles cae contra la valla, se lleva la parte superior al caer a través de ella y rueda por la cuesta hasta que esa piedra le detiene. ¿Fue así?

—Así fue —Tom respondió muy despacio, juntando las cejas—. El fogonazo le chamuscó el abrigo.

—¿Quién le encontró?

—El guardia de ronda, Shilling. Bajaba por Bush Street y en el momento en que llegó a este lugar un automóvil viró y arrojó hasta aquí la luz de los faros. Shilling vio rota la valla, subió para investigar y le encontró.

—¿Y el coche que dio la vuelta?

—No sabemos nada de él, Sam. Shilling no le prestó atención, pues no sabía que hubiese ocurrido algo. Dice que por aquí no pudo salir nadie mientras él bajaba de Powell, pues le hubiera visto. La otra salida es por debajo del anuncio de Stockton. Nadie pasó por allí. La niebla ha embarrado el piso, y las únicas señales que hay son las hechas por Miles al caer y por el revólver al rodar.

—¿Nadie oyó el tiro?

—¡Por el amor de Dios, Sam! ¡Acabamos de llegar! Alguien tiene que haber oído el disparo. Ya lo encontraremos.

Dio media vuelta y pasó una pierna por encima de la valla:

—¿Bajas para verlo antes de que se lo lleven?

—No —dijo Spade.

Tom, a caballo sobre la valla, se detuvo y miró a Spade con ojuelos de extrañeza.

—Ya lo has visto tú —dijo Spade—. Todo lo que yo pudiera descubrir ya lo habrás visto.

Sin dejar de mirar a Spade, Tom asintió con expresión de duda y pasó de nuevo la pierna por encima de la valla, en dirección contraria.

—Miles llevaba su revólver en la pistolera de la cadera —dijo—. No ha sido disparado. Tenía abrochado el abrigo. Llevaba encima ciento sesenta y tantos dólares. ¿Estaba trabajando en algo?

Spade vaciló un momento y asintió.

—¿Bien? —preguntó Tom.

—Estaba siguiendo a un sujeto llamado Floyd Thursby —dijo Spade, y describió a Thursby tal y como miss Wonderly se lo había descrito a él.

—¿Por qué?

Spade metió las manos en los bolsillos del abrigo y miró a Tom, guiñando los ojos soñolientos.

—¿Por qué? —repitió Tom, impacientemente.

—Es un inglés, quizá. No sé exactamente qué se trae entre manos. Estábamos tratando de averiguar en dónde vive.

Spade sonrió ligeramente y sacó una mano del bolsillo para dar una palmada sobre el hombro de Tom:

—No me apures —dijo, y volvió a meter la mano en el bolsillo—. Voy a darle la noticia a la mujer de Miles.

Se dio la vuelta. Tom, con gesto de mal humor, abrió la boca, la cerró sin hablar, carraspeó, borró de la cara el malhumorado gesto, y dijo con una especie de ronca dulzura:

—Es triste que lo mataran así. Miles tenía defectos, como todos los tenemos, pero seguro que también tendría cualidades.

—Seguro que sí —asintió Spade en un tono de voz que no quería decir absolutamente nada, y salió del callejón.

Spade utilizó un teléfono de un drug-store que permanecía abierto toda la noche en la esquina de las calles Bush y Taylor.

—Preciosa —dijo un poco después de lograr la comunicación—, a Miles le han pegado un tiro… Sí, sí, está muerto… Bueno, no te excites… Sí… Tendrás que darle a Iva la noticia… No, no; antes me aspan. Lo tienes que hacer tú… Buena chica… Y no la dejes que vaya por la oficina… Dile que ya la veré, en cualquier momento… Sí, pero no me comprometas a nada… Eso es. Eres un ángel. Adiós.

El despertador barato marcaba las tres y cuarenta cuando Spade volvió a encender el globo suspendido del techo. Dejó caer el abrigo y el sombrero, fue a la cocina y regresó a la alcoba con un vaso y una botella grande de Bacardi. Se sirvió un trago y se lo bebió de pie. Dejó la botella y el vaso sobre la mesa, se sentó en la cama mirando hacia ellos y lió un cigarro.

Se había bebido ya el tercer vaso de Bacardi y estaba encendiendo el quinto cigarrillo cuando sonó el timbre de la puerta. Las manecillas del despertador marcaban las cuatro y treinta minutos.

Spade suspiró, se levantó de la cama y fue hasta la puerta del cuarto de baño. Apretó el botón que en la tabla del teléfono interior abría desde arriba la puerta de la calle.

—¡Maldita sea esa…! —masculló, mirando airadamente a la tablilla negra del teléfono, respirando entrecortadamente mientras su rostro se sonrojaba apagadamente.

Se oyó en el pasillo el rechinar y golpeteo de la puerta del ascensor al abrirse y cerrarse. Spade suspiró de nuevo y se dirigió hacia la puerta. Oyó pasos recios y apagados sobre la alfombra exterior, los pasos de dos hombres. Se le alegró el talante. Sus ojos ya no expresaban contrariedad alguna. Abrió la puerta rápidamente.

—Hola, Tom —le dijo al detective alto y barrigudo con quien había estado hablando en la Burritt Street—. Hola, teniente —le dijo al hombre que acompañaba a Tom—. Pasad.

Los dos inclinaron la cabeza al mismo tiempo sin decir palabra y entraron en la habitación. Spade cerró la puerta y los condujo a su alcoba. Tom se sentó en un extremo del sofá, junto a las ventanas. El teniente lo hizo en una silla al lado de la mesa.

El teniente era un hombre apretado de carnes, de cabeza redonda coronada por cabello muy corto y gris y de rostro cuadrado con un bigote muy corto y gris. Llevaba una moneda de oro de cinco dólares como alfiler de corbata, y en la solapa, un pequeño emblema de alguna sociedad secreta, adornado con diamantes.

Spade trajo dos vasos de la cocina, los llenó de Bacardi, e hizo lo mismo con el suyo; dio uno a cada visitante y se sentó con un vaso sobre la cama. La expresión de su rostro era plácida y no denotaba curiosidad. Alzó su vaso y dijo: «Por el buen éxito del crimen», y lo apuró.

Tom vació su vaso, lo dejo en el suelo junto a sus pies y se limpió la boca con un dedo índice, sucio de barro. Se quedó mirando a los pies de la cama, como tratando de recordar algo que la cama le trajese a la memoria de manera imprecisa.

El teniente contempló su vaso durante una docena de segundos, tomó un sorbito de lo que contenía y lo dejó en la mesa, junto a su codo. Examinó la habitación detenidamente y luego miró a Tom.

Tom se rebulló muy poco a gusto en el sofá, y preguntó, sin alzar la mirada:

—¿Le diste la noticia a la mujer de Miles, Sam?

Spade dejó oír un ruido posiblemente afirmativo.

—¿Cómo lo ha tomado?

—No sé nada de mujeres —dijo Spade, sacudiendo la cabeza.

—¡No sabes poco! —dijo Tom, en voz queda.

El teniente puso las manos sobre las rodillas y se inclinó hacia delante. Tenía los ojos verdosos clavados sobre Spade con una mirada de extraña fijeza, como si el enfocarlos fuera una cuestión mecánica que sólo pudiera lograrse tirando de una palanca o apretando un botón.

—¿Qué armas sueles llevar encima? —preguntó.

—Ninguna. No me gustan gran cosa. Claro, en el despacho hay algunas.

—Me gustaría ver una de ellas —dijo el teniente—. ¿No tendrás aquí alguna por casualidad?

—No.

—¿Estás seguro?

—Puedes buscar —dijo Spade, sonriendo y trazando un arco en el aire con el vaso vacío—. Vuélvelo todo patas abajo, si quieres. No voy a protestar…, si es que traes una orden judicial de registro, claro.

—¡Pero, hombre, Sam! —protestó Tom.

Spade dejó el vaso sobre la mesa y se puso en pie, de frente al teniente.

—¿Qué buscas, Dundy? —dijo con voz tan dura y fría como sus ojos.

Los ojos del teniente Dundy se habían movido para permanecer enfocados sobre Spade. Únicamente los ojos se habían movido.

Tom cambió otra vez de postura en el sofá, respiró con fuerza echando el aire por la nariz y gruñó en son de queja:

—No queremos crear dificultades, Sam.

Spade prescindió de Tom y le dijo a Dundy:

—Bueno, ¿qué quieres? Habla claro. ¿Quién diablos te has creído que eres, viniendo aquí para tratar de liarme?

—Está bien —dijo Dundy, con voz hueca—. Siéntate y escucha.

—Me sentaré o me quedaré de pie, según me dé la gana —dijo Spade, sin moverse.

—¡Por Dios, hombre, sé razonable! —le suplicó Tom—. ¿De qué sirve que nos peleemos? Si no hemos hablado claro desde el principio es porque cuando te pregunté que quién era ese Thursby poco menos que me dijiste que no era asunto mío. No puedes tratarnos así, Sam. No está bien y no te llevará a ninguna parte. Nosotros tenemos una obligación que cumplir.

El teniente se puso en pie de un salto, se arrimó a Spade y avanzó el rostro hacia el del otro hombre, más alto que él.

—Ya te tengo dicho que un buen día vas a dar un tropezón —le advirtió.

Spade hizo una mueca de desprecio y subió las cejas:

—Todos tropezamos alguna vez —replicó, con tranquilo desdén.

—Esta vez eres tú el que ha tropezado.

Spade sonrió y negó con la cabeza:

—No, ya me las arreglaré, gracias.

Le tembló nerviosamente el labio superior, en la parte izquierda, por encima del colmillo superior. Sus ojos se tornaron rendijas calenturientas. Y cuando habló, la voz le salió de iguales honduras que al teniente:

—No me gusta esto. ¿Se puede saber qué andáis husmeando? O me lo decís o ya os estáis marchando para dejarme volver a la cama.

—¿Quién es Thursby? —preguntó Dundy, con voz exigente.

—Ya le dije a Tom lo que sé de él.

—A Tom le has dicho bien poco.

—Bien poco es lo que sé.

—¿Por qué le estabas siguiendo?

—Yo no le estaba siguiendo. Miles estaba siguiéndole, por la magnífica razón de que un cliente nos estaba pagando buen dinero de curso legal para que le siguiéramos.

—¿Quién es el cliente?

La placidez volvió a la cara y a la voz de Sam al decir en tono de amonestación:

—Sabes muy bien que eso no puedo decírtelo hasta que haya hablado con el cliente.

—Me lo vas a decir a mí o se lo vas a decir al juez —dijo Dundy, acaloradamente—. Se trata de un asesinato, no lo olvides.

—Puede ser. Y escucha tú, precioso, algo que tú no debes olvidar. Te lo diré o no, según me venga en gana. Hace ya mucho tiempo que no lloro cuando no le caigo simpático a un policía.

Tom se levantó del sofá y fue a sentarse a los pies de la cama. El rostro mal afeitado y sucio de barro estaba cansado y con arrugas.

—Sé razonable, Sam —le rogó—. Ayúdanos un poco. ¿Cómo vamos a descubrir algo acerca de la muerte de Miles si te empeñas en no decirnos lo que sabes?

—Por eso no os llevéis ningún mal rato —le dijo Spade—. Yo me encargaré de enterrar a mis muertos.

El teniente se sentó y volvió a colocar las manos sobre las rodillas. Sus ojos parecían dos discos verdes encendidos.

—Eso es lo que pensé —dijo, sonriendo con aviesa alegría—. Hemos venido a verte precisamente por eso. ¿Verdad, Tom?

Tom gimió, pero no pronunció una palabra. Spade, alerta, miró a Dundy.

—Eso es, precisamente, lo que le dije a Tom —continuó el teniente—. Le dije: «Tom, me huelo que Sam Spade es hombre que prefiere que los disgustos de familia queden en casa». Eso es exactamente lo que le dije.

La tranquilidad volvió a los ojos de Spade. Una expresión de tedio apagó su mirada. Volvió la cara hacia Tom y le preguntó, con estudiada indiferencia:

—¿Se puede saber qué le preocupa ahora a tu amigo?

Dundy saltó de la silla y dio unos golpecitos sobre el pecho de Spade con dos dedos doblados.

—Nada más que esto —dijo, tratando de pronunciar cada palabra muy claramente y subrayando cada una de ellas con golpes de la punta de los dedos—. A Thursby le han pegado un tiro, justo delante de su hotel, a los treinta y cinco minutos de irte tú de la Burritt Street.

Spade contestó, tomándose iguales molestias con las palabras:

—¡Quítame las manazas de encima! ¡No me toques!

Dundy retiró los dedos, pero no se advirtió cambio alguno en su voz:

—Tom dice que tenías tanta prisa que ni siquiera te quedaste para ver de cerca a tu socio.

—Bueno, Sam —dijo Tom, rezongando para disculparse—, es verdad que te largaste.

—Y no fuiste a casa de Archer para decírselo a su mujer —continuó el teniente—. Llamamos y contestó esa chica de tu oficina, y nos dijo que tú la habías mandado allí.

Spade asintió. A fuerza de calmosa, su expresión parecía estúpida.

Dundy subió los dos dedos doblados a la altura del pecho de Spade, los volvió a bajar con rapidez y dijo:

—Te doy diez minutos para llegar hasta un teléfono y hablar con la muchacha. Te doy otros diez para ir al hotel de Thursby, en Geary cerca de Leavenworth. Podrías hacer el recorrido en ese tiempo: en quince minutos como mucho. Y eso te deja de diez a quince minutos para esperar a que llegara Thursby.

—Entonces —preguntó Spade—, ¿yo sabía en qué hotel estaba? ¿Y sabía también que no había vuelto al hotel inmediatamente después de matar a Miles?

—Tú sabías lo que sabías —replicó Dundy, cabezonamente—. ¿A qué hora volviste a casa?

—A las cuatro menos veinte. Estuve dando un paseo, reflexionando.

El teniente movió lentamente su redonda cabeza, varias veces.

—Sabíamos que a las tres y media no estabas en casa. Te llamamos por teléfono. ¿Por dónde estuviste paseando?

—Di un paseo desde la Bush Street, y luego volví.

—¿Viste a alguien que…?

—No, no tengo testigos —dijo Spade, y se echó a reír con buen humor—. Siéntate, Dundy. No has acabado tu copa. Trae tu vaso, Tom.

—No, gracias, Sam —dijo Tom.

Dundy se sentó, pero no prestó atención al vaso de ron.

Spade llenó su vaso, lo dejó vacío sobre la mesa y volvió a sentarse sobre la cama.

—Ahora ya sé cuál es mi situación —dijo paseando la mirada amistosamente de un detective a otro—. Siento haberme mostrado desagradable, pero eso de que vinierais a tratar de sonsacarme me puso nervioso. La muerte de Miles me sentó muy mal, y también vuestras astucias. Pero ya pasó, ahora que sé lo que queréis.

—Olvídalo —dijo Tom.

El teniente no dijo nada.

—¿Ha muerto Thursby? —preguntó Spade.

Mientras vacilaba el teniente, Tom dijo que sí. Y entonces, el teniente dijo airadamente:

—Y da lo mismo que sepas, si es que no lo sabes ya, que murió antes de poder hablar.

Spade estaba liando un cigarro. Y preguntó, sin alzar la vista:

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Que ya lo sabía?

—He querido decir lo que he dicho —dijo el teniente, abiertamente.

Spade le miró y sonrió, con el cigarrillo ya liado en una mano y con el mechero en la otra.

—Todavía no estás listo para detenerme, ¿verdad, Dundy? —preguntó.

Dundy le miró con ojos duros y verdes, pero no respondió.

—Si no lo estás, entonces no hay motivo alguno para que me importe un bledo lo que creas, ¿no es así, Dundy?

—¡Venga, Sam, hombre! Sé razonable —dijo Tom.

Spade se llevó el cigarrillo a la boca, lo encendió y dejó escapar humo al reír.

—Voy a ser razonable, Tom —prometió—. ¿Cómo maté a Thursby? Se me ha olvidado.

Tom manifestó su enfado con un gruñido. El teniente respondió:

—Le pegaron cuatro tiros por la espalda, con un arma del cuarenta y cuatro o del cuarenta y cinco, desde el otro lado de la calle, cuando iba a entrar en el hotel. Nadie lo vio, pero parece que ocurrió así.

—Y llevaba una Luger en una pistolera de pecho —añadió Tom—. Estaba sin disparar.

—¿Qué sabe de él la gente del hotel? —preguntó Spade.

—Nada; sólo que llevaba allí una semana.

—¿Sin compañía?

—Solo.

—¿Y qué habéis averiguado de él o encontrado en su cuarto?

Dundy se chupó los labios hacia dentro y preguntó:

—¿Qué supones que encontramos?

Spade trazó un círculo en el aire con el cigarrillo, mostrando sólo indiferencia.

—Algo que indicara quién era, sus actividades. ¿Lo encontrasteis?

—Creíamos que eso nos lo podrías decir tú.

Spade fijó sus ojos grisáceos y amarillentos sobre el teniente con una expresión casi excesivamente candorosa.

—Jamás he visto a Thursby, ni muerto ni vivo.

Dundy se puso en pie con cara de disgusto. Tom se levantó bostezando y estirándose.

—Te hemos preguntado lo que vinimos a preguntarte —dijo Dundy, frunciendo el ceño por encima de ojos tan duros como dos piedras verdes. Apretó el labio superior adornado por el bigote contra los dientes y dejó que el labio inferior se encargara de dejar salir las palabras—. Te hemos dicho más de lo que tú nos has dicho. Es igual. Ya me conoces, Spade. Lo hayas hecho o no, te trataré con justicia absoluta y te daré casi toda clase de facilidades. No te culpo excesivamente por lo que…, pero eso no me impediría detenerte igual.

—Bueno, es una actitud justa —replicó Spade, con voz serena—, pero me sentiría mejor si acabaras la copa.

Dundy se volvió hacia la mesa, tomó el vaso y lo vació lentamente. Luego alargó la mano y dijo:

—Buenas noches.

Se estrecharon los dos la mano ceremoniosamente. Tom y Spade hicieron lo mismo. Spade les abrió la puerta. Luego se desnudó, apagó la luz y se acostó.