Eminentísimo y reverendísimo Señor:

Estoy cada vez más convencido de que Vuestra Señoría recibirá con sumo beneplácito una compendiosa crónica de los extraordinarios sucesos que acaecieron en Roma en julio del año 1700, y que tuvieron como clarísimo e ilustrísimo protagonista a un súbdito muy fiel de Su Majestad Cristianísima el rey Luis de Francia, hechos sobre los que aquí se aportan abundantes descripciones y profusión de paráfrasis.

Éste es el fruto de las fatigas de un simple labriego, pero tengo lo firme esperanza de que el luminoso ingenio de Vuestra Ilustrísima no abominará de lo que haya alumbrado gracias a mi silvestre Musa. Aunque el don sea pobre, la voluntad es rica.

¿Sabréis perdonarme que en las páginas siguientes no haya puesto muchos elogios? El Sol nunca dejará de ser el Sol, aunque nadie lo ensalce. Como recompensa, no espero sino lo que ya me habíais prometido, que aquí no os recuerdo, sabedor de que un alma tan generosa como la vuestra no puede desdecirse.

Hago votos para que Vuestra Excelencia tenga una larga vida, lo que es desearme a mí mismo larga esperanza, y humildemente hago una profunda reverencia.