Novena Noche

15 DE JULIO DE 1700

—Todos, todos, hagamos un alto. Paremos las mandíbulas, contengamos las lenguas, refrenemos los paladares. Que nadie se duerma sobre los laureles de un mal ganado banquete. Y que nadie olvide al amable señor que nos prodiga tantas delicias sin preocuparse del mañana, demostrando con sabia liberalidad la espléndida generosidad de su alma. Permitidme, pues, que alce mi copa para dedicar este brindis a la salud de nuestro amo, el eminentísimo, munífico y excelentísimo cardenal Spada, y para desearle las suertes más magníficas y crecientes.

Mientras el breve discurso se cerraba con un alegre concierto de aplausos, gritos de júbilo y tintineo de vasos, quien lo había pronunciado, el secretario de la casa Spada, Carl’Antonio Filippi, se arrellanó en una otomana del jardín, se remangó y empezó a atiborrarse de truchas fritas recubiertas de lirios, rellenas de albaricoques en almíbar y frutas escarchadas, azúcar y canela, triunfalmente adornadas con rodajas de limón.

El vino me bajó fresco por la garganta pero, como quería tener también los labios húmedos, los apreté contra los de Cloridia. Mientras las dos niñas fruto de nuestra unión jugaban a nuestros pies, la abracé con ternura susurrándole dulces palabras, frases amorosas y otras cosas secretas.

Se celebraba, con libertad y alegría, el banquete de la servidumbre. El cardenal Spada había permitido a sus criados festejar y divertirse en los venerables jardines de la villa, e incluso pernoctar en los pabellones turquescos, acariciados por las sedas armenias, que hasta pocas horas antes habían cobijado a los nobles invitados a la ceremonia nupcial. Esa generosa decisión había brindado a su secretario Filippi, autor de los discursos que se pronunciaban en la casa Spada en las ocasiones importantes, la oportunidad de demostrar su maestría en las reuniones improvisadas, y a todos los demás, la de regodearse, por una vez, con platos de señores.

Todavía no había contado a mi sagaz mujercita la verdad acerca de mi loca noche en San Pedro. Tratando de ocultar los peligros a los que me había expuesto, había elaborado un relato incompleto e inverosímil, que ella había fingido creer por la mera benevolencia que le inspiraba el ambiente festivo. De vez en cuando me preguntaba algo para tirarme de la lengua, y en mis respuestas invariablemente me delataba. Con todo, tanto la había alegrado verme de nuevo a su lado que probablemente ella misma no tenía ganas de profundizar en el asunto; le resultaba más grato que esa noche la lengua fuese caricia, no fusta.

El amanuense de la familia Spada, el abate Guiliano Borghi, estaba sentado a una mesa repleta de viandas exquisitas con don Tibaldutio, don Paschatio, el venerable decano Giovani Griffi, el copero mayor Germano Hondadei, el auditor Giovanni Gamba y el ayudante de cámara Ottavio Valletti, muy ocupados en devorar un plato de lenguados fritos en sartén con mantequilla y rellenos de pulpa de pescado, pasta de mazapán, telinas, agraz y polvo de mostachón. Eran sobras, desde luego, pero a veces los restos, madurados en su jugo y en su rica sustancia, mejoran el sabor.

Acomodados alrededor de una mesa más sencilla, palafreneros, lacayos, cocheros, postillones y caballerizos sorbían con sorprendido placer un potaje de camarones, trufas, ciruelas, cigalas, zumo de limón, vino moscatel y especias, con cortezas de pan tostado acompañadas de troncos de langostinos rellenos de paté y salpicadas de galletas a la Mazzarino cubiertas de pistachos.

Un grupo todavía más humilde, que reunía a porteadores, ayudas de cámara, jardineros, mozos y pajes, estaba sentado alegremente en torno a un pastel abombado a la francesa de pulpa de lubina, tenca y anguila, tocino, alcaparras, puntas de espárragos, endrinos, yemas de huevo cocidas enteras y rodajas de toronja.

Así pues, toda la servidumbre, incluidos los cocineros y los marmitones, estaba bajo las estrellas o en los pabellones turquescos, comentando a sus anchas todo cuanto había tenido que hacer en esos días.

Como si el mundo fuese al revés, los criados eran señores, y los señores se habían alejado de las comodidades: los ilustres huéspedes de la fiesta se habían ido o estaban en trance de despedirse, ya indiferentes a lo que pasaba en la villa. El cardenal Spada había regresado a sus graves asuntos de Estado.

Tras una semana de trabajo con la cabeza gacha, los humildes comensales se desahogaban hablando y comentando los hechos importantes y frívolos ocurridos ese día en la ciudad: en el palacio apostólico del Quirinal se había celebrado capilla pontificia, donde el cardenal Moriggia (ahora todos lo conocían bien en la villa Spada, especialmente César Augusto, que le había prodigado insultos) había cantado la misa; durante las vísperas, en la iglesia de la Madonna di Monte Santo, se había caído una viga que había matado a un cantor del coro; con motivo de sus nueve años de pontificado, Su Santidad había recibido al Sagrado Colegio de los Cardenales y a los embajadores, todos los cuales habían hecho votos (sabedores de que eso no ocurriría) para que reinara aún largo tiempo.

Esas charlas intrascendentes tenían el sabor de una vuelta a la normalidad. Todo, no solamente la fiesta, me parecía acabado. Había llegado Maria, pero sólo la habíamos visto de lejos, a causa de las aprensiones del abate Melani. Si no hubiese venido, ¿acaso no habría dado lo mismo? El tratado sobre los secretos del cónclave estaba en poder de los cerretanos, o tal vez ya había sido entregado a Von Lamberg, o incluso a Albani. Atto, pues, podía sufrir amenazas. Además, los tres cardenales cuyo rastro habíamos tratado de seguir con tanto empeño siempre se nos habían escapado, y sólo la última vez habíamos entendido la causa, pero cuando ya era demasiado tarde.

Por último, es cierto que habíamos creído comprender qué era el Tetráchion, pero el ambiente misterioso del Navío y las apariciones que allí habíamos presenciado nos habían engañado: en lugar del monstruo anunciado por las profecías populares y del singular plato de Capitor, habíamos visto nuestras propias efigies, reflejadas en los espejos deformantes. Lo habíamos intentado todo, mas no habíamos conseguido nada. Las condiciones adversas, la mala suerte, nuestra incapacidad, la debilidad humana nos habían derrotado.

Lo peor de todo era que el abate Melani me había ocultado la verdad sobre los tres cardenales y sobre lo que hacían cuando en vano íbamos tras sus pasos: el moribundo rey de España había pedido ayuda al Papa para resolver el problema de la sucesión y éste había encargado a los tres purpurados que prepararan la respuesta. Así pues, yo había participado en una cacería sin saber cuál era la presa.

Entendía, claro está, que su prudencia y natural desconfianza impedían a Atto revelarme siempre lo que maquinaba, máxime cuando había venido a la villa Spada por un motivo bien distinto del supuesto: la correspondencia secreta entre la condestablesa y el Rey Cristianísimo.

Sin embargo, su pertinaz silencio sobre la cuestión española me había hecho sentir como un pelele que no sabía guardar secretos. Lo peor era que no podía reprocharle su proceder; yo mismo había leído a traición las cartas que se había cruzado con Maria, y eso me forzaba al silencio.

Habíamos comido en abundancia a la mesa de los señores. Cloridia se ausentó brevemente para acostar a nuestras niñas junto a los párvulos de los otros criados, en el cuarto de la servidumbre. Al volver a mi lado me cogió de la mano y me llevó hacia los pabellones. La hora tardía y los penetrantes olores de especias que despedían los braseros —así como los ánimos impregnados de licores azucarados— habían trocado las pláticas serviles en murmullos cómplices y coquetos. Mi esposa y yo nos abrimos camino entre medias y zapatos abandonados en el prado, y sorteamos pies desnudos que asomaban al umbral de aquellos entoldados de seda pura.

Nos acomodamos en un sitio un poco apartado, lejos de aquella curiosa aldea silenciosa y atareada, bajo una tienda de efímeras gasas armenias que ondeaban al viento, tenuemente entrelazadas y sombrea das de amaranto. Allí, tras desenrollar prudentemente el tapiz colgado a la entrada para quedar al abrigo de las miradas indiscretas, mis miembros naufragaron entre cojines de plumas y toda mi memoria se diluyó en la redonda y blanda tibieza de mi señora, mientras el aroma penetrante de los braseros se mezclaba con otras fragancias secretas e inefables.

—Os presento mis respetos —dijo Cloridia sonriendo, como si tal cosa, a alguien que estaba detrás de mí.

Sobresaltado, me volví de golpe, mientras una mano se posaba en mi hombro.

—Tengo noticias —anunció, sin el menor empacho, el abate Melani—. Vístete. Te espero en la verja. Me pongo a vuestros pies y os ruego encarecidamente que me perdonéis, doña Cloridia —añadió antes de bajar el tapiz de la entrada tras de sí—. Y, otra cosa, mis congratulaciones…

—¿Cómo os habéis atrevido? —exclamé encolerizado cuando, una vez vestido, le di alcance.

—Cálmate. Te llamé desde fuera de la tienda, pero estabas demasiado ocupado para oírme…

—¿Qué queréis? —lo atajé, rojo de indignación.

—He hablado con Von Lamberg.

De pronto lo recordé: mientras se servía el chocolate, el embajador del emperador había aceptado recibir a Atto.

—¿Y bien? —pregunté con tono apremiante. Confiaba en que al menos se hubiera aclarado algo sobre la agresión de que había sido víctima Atto.

Después de tanta espera el abate Melani se había encontrado por fin con el poderoso conde Von Lamberg, vástago de una de las más gloriosas familias de embajadores del Imperio.

Por mayor prudencia, se había presentado con Buvat, pero el tenebroso Von Lamberg había rogado a los servidores que lo dejasen a solas con su invitado, de modo que el secretario de Atto también se había quedado en la antecámara.

«Os conozco por vuestro renombre, señor Atto Melani», había empezado Von Lamberg.

Atto se había alarmado enseguida. ¿Era una alusión a su tratado sobre los secretos del cónclave? ¿Lo había recibido por medios tortuosos, quizá de manos del propio cardenal Albani, y ya lo había leído de punta a cabo?

«Cuando el emperador me envió aquí desde Ratisbona —había continuado el embajador—, creí que en esta ciudad, donde tiene lugar el jubileo, encontraría influencias benéficas. En cambio, lo que he encontrado es Babilonia».

«¿Babilonia?», había repetido Atto con un tono todavía más cauto.

«Me hallo en un mar de confusiones, de guerras atroces, de parcialidad», había proseguido el otro con mirada torva.

«Bueno… sí, me hago cargo. La difícil situación internacional…», había dicho Atto en un intento de aquietar las aguas.

«¡Maldito!», exclamó de pronto Von Lamberg descargando con rabia el puño en la mesa.

En la habitación se hizo el silencio. Incontables gotas de sudor surcaron las sienes del abate Melani. Una actitud tan amenazadora y violenta podía ser incluso el anuncio de una agresión. Aunque con disimulo, Atto había empezado a mirar alrededor; temía que de pronto apareciesen sicarios con la orden de matarlo. «Maldición —se decía—, ¿cómo no he caído antes?». Hacía mucho tiempo que no iba en misión al Imperio y había olvidado cuán diferentes eran los alemanes de los franceses. «Malditos Habsburgo, locos y sanguinarios; todos iguales, de España a Austria, desde los tiempos de Juana la Loca», había pensado. Antes del encuentro se había prometido que no aceptaría nada de las manos de Von Lamberg, ni siquiera un vaso de agua, pero no había tenido en cuenta la posibilidad de que le tendieran una celada.

—Nadie podía encontrarme. Tú eras el único que sabía que había ido a ver a Von Lamberg, pero nadie te habría creído —observó el abate.

Llevar a Buvat había sido un condenado error, había mascullado para sí en esos momentos; también lo matarían a él, y ambos desaparecerían en la nada.

En ese punto del relato del abate, me acordé de la piedra bezoar. En efecto, por lo que había leído pocos días atrás en su correspondencia secreta, la condestablesa se la había enviado porque servía de contraveneno, y Atto le había prometido que la llevaría en su bolsillo durante la audiencia. Pues bien, de poco le habría servido si le tendían una trampa…

Mientras por la mente del abate daban vueltas esos funestos pensamientos, Von Lamberg guardaba silencio y lo miraba de hito en hito. Melani le sostenía la mirada, sin saber si el embajador quería seguir la conversación o se disponía a pasar a la acción.

Una idea lo consoló: muchos lo habían visto entrar en el palacio Médicis, propiedad del gran duque de Toscana, su protector. Atto era bien conocido; si moría de una puñalada, sería difícil mantenerlo mucho tiempo escondido.

El silencio de Von Lamberg se prolongaba. Atto no se atrevía a mover un músculo. En el ínterin le vino a las mientes una vieja historia, cuya veracidad desconocía: un ministro del emperador, aparentemente muerto de un ataque al corazón, había sido asesinado con un pinchazo invisible detrás de la oreja. Venenos que simulaban muertes naturales había montones; se aplicaban sobre la ropa, se echaban en el pelo, se rociaban en el aire, se ponían en el oído, se disolvían en el agua del baño y en los pediluvios… Atto lo sabía perfectamente. La serpiente del miedo volvió a provocarle un estremecimiento.

«Maldito…», murmuró de nuevo Von Lamberg, cuya voz temblorosa delataba una cólera rayana en la locura.

Por mucho miedo que tuviera, lo cierto es que Atto no podía dejar que lo insultaran de aquella manera. Así pues, haciendo acopio de toda la audacia de que era capaz en ese instante, reaccionó como su honor merecía. «¿Dispensad?», dijo.

La mirada de Von Lamberg, que por unos segundos se había apartado de Atto, volvió a clavarse en él con insoportable intensidad. El embajador se levantó. También Atto se puso en pie, temiéndose lo peor. Aferró su bastón; estaba listo para defenderse. Von Lamberg, sin embargo, se dirigió hacia la ventana, que estaba entornada. La abrió de par en par.

«¿Os encontráis a gusto en Roma, abate Melani?», preguntó pasando repentinamente a otra cosa.

«Es una vieja táctica —pensó Atto— cambiar continuamente de tema para confundir al interlocutor. Tengo que mantenerme en guardia».

Von Lamberg, que se había asomado a la ventana, le daba la espalda, situación inédita y bastante engorrosa. Atto había esperado un poco pero, como el embajador no se movía, cosa que las normas diplomáticas no contemplan, se había sentido autorizado a dar unos pasos para ver y oír mejor. Fue entonces cuando se dio cuenta de que el pecho del austriaco palpitaba rítmicamente, como si intentase ahogar un espasmo intenso y doloroso. El abate Melani no daba crédito a sus ojos, y sin embargo no cabía la menor duda.

Von Lamberg estaba llorando.

«Maldito —repitió por tercera vez—. No me ha dejado siquiera un trozo de papel. ¡Pero el emperador se lo hará pagar caro, muy caro! Le pedirá cuentas de todo —añadió volviéndose y apuntando un índice amenazador contra Melani—. El maldito perro de Martinitz», masculló con cara rabiosa.

El conde Martinitz, me explicó Atto, era el predecesor de Von Lamberg. Lo habían relevado del cargo de embajador pocos meses antes y sustituido enseguida debido a los excesivos enemigos que se había hecho en Roma. En la ciudad todo el mundo conocía la historia.

En cambio, nadie estaba al corriente de la venganza de Martinitz, que Von Lamberg explicó a Atto con tono encrespado. A su llegada a Roma, el pobre Von Lamberg, como él mismo había reconocido, no encontró un solo trozo de papel en los archivos de la embajada; su predecesor se había llevado toda la correspondencia diplomática oficial.

El nuevo embajador, que no conocía nada de la ciudad ni de la corte pontificia, estaba, por consiguiente, ayuno de todas las informaciones indispensables para su oficio: los contactos de que podía fiarse, la lista de los confidentes asalariados, los cardenales amigos y aquellos de los que había que desconfiar, el carácter del Papa, sus preferencias, los pormenores del ceremonial pontificio, y así sucesivamente. Bien es verdad que, como es habitual, en el momento de su nombramiento había recibido las instrucciones del emperador, mas el estado real de la embajada de Roma sólo podía conocerlo por Martinitz, que resultaba que le había hecho esa tremenda faena.

«Me hago cargo, Excelencia. Es algo muy grave», había musitado Melani con tono comprensivo.

Atto lo sabía muy bien: los imperiales, de natural sumamente rígido y huraño, no dejaban resquicio a la imaginación. Así pues, sin indicios escritos, Von Lamberg era completamente incapaz de construir en Roma una red propia de conocidos e informadores.

El desahogo del embajador había continuado como un torrente en crecida. Tan pronto como llegó a Roma, había contado, se dio cuenta (ninguno de los suyos se lo había explicado) de que en Roma la facción imperial era muy débil, mientras que los franceses se movían a su antojo y obtenían del Papa todo cuanto querían.

—¿En serio? —exclamé asombrado.

—Me dijo incluso que no consigue que el Papa lo reciba en audiencia, mientras que Uzeda y los otros embajadores entran y salen a diario de las estancias del Vaticano.

El encuentro tan esperado con el hombre que creíamos había ordenado la agresión a Atto, el robo de su volumen encuadernado y quizá el asesinato del encuadernador Haver había acabado, pues, en un lamento. Al cabo, Van Lamberg se había acercado a Atto para ponerlo en guardia contra las fuerzas malignas que bullen en la ciudad e invitarlo massime a guardarse del Sagrado Colegio de los Cardenales, sentina de todos los vicios y todas las infamias.

«Creí que aquí encontraría el gobierno de los justos, pero muy pronto he cambiado de parecer —había afirmado con tono lúgubre—. En Roma lo que más pesa es la razón de Estado, y en la corte pontificia los asuntos mundanos se tratan sin respeto a la razón ni al derecho, y tampoco a la ley. ¡La religión no importa un ardite!».

—Tenía la impresión de oír la música de su paisano, ¿cómo se llama…? Muffat, eso es. Una sinfonía grave, lenta, severa hasta la tristeza —me explicó el abate con gesto desconcertado.

Ante tal desahogo Atto, de nuevo seguro de sí mismo, había dicho: «¿Qué esperabais encontrar en estos lares, señor embajador? Ésta es la ciudad del engaño, de la disimulación, de los eternos aplazamientos, de las promesas nunca mantenidas. Los ministros del Papa son maestros en el arte de embaucar, de gastar frases, de intrigar, de lanzar la piedra y esconder la mano».

El abate había seguido enumerando a rienda suelta las infamias de la corte de Roma, mientras el otro asentía desconsolado. Hasta que el embajador, al parecer porque tenía que recibir a otra visita, lo despidió calurosamente honrándolo con un sincero apretón de manos.

¿Sincero? Una vez que hubo bajado a la calle con Buvat, Atto se arrepintió de haber dejado que lo despidiera tan deprisa. En efecto, había advertido que la conducta de Von Lamberg había rozado lo inverosímil. ¿No habría sido mera simulación? Si el embajador (como hasta ese momento habíamos supuesto) había urdido la agresión sufrida por el abate y el robo de su tratado sobre los secretos del cónclave, poseía sin duda un alma maligna y sutil. En tal caso, ¿no habría sido capaz de interpretar el papel de tonto? Ahora bien, las emociones que había exhibido eran tan intensas e inesperadas que habrían cogido desprevenido a cualquiera.

—En suma, estamos como al principio —comenté.

—Ay, sí. Von Lamberg es realmente un alma piadosa, cuya verdadera vocación sería la paz de los claustros austríacos, o bien es un actor consumado.

—Si no he entendido mal, os ha hecho hablar largo y tendido de la corte de Roma. En cambio, os ha contado muy pocas cosas útiles.

—¿Qué crees? No he hecho más que referirle minucias que todo el mundo conoce, nada importante. No soy un novato —replicó enojado Melani.

—No lo pongo en duda, don Atto, pero si realmente Von Lamberg ha fingido con vos y vos no habéis fingido con él…

—¿Qué? —preguntó nervioso.

—Él ahora conoce vuestra índole, pero vos no conocéis la suya.

—Sí, pero no creo que… Buvat, ¿qué ocurre?

El secretario de Atto había llegado jadeando. Obviamente, se trataba de un asunto urgente.

—Sfasciamonti ha atrapado al segundo cerretano, el amigo del Pelirrojo.

—El Podrido, al que perseguimos en las termas de Diocleciano y que se nos escapó.

—El mismo. Todo se ha debido al azar y a un descuido del cerretano: estaba mendigando en una iglesia, en San Pedro, nada menos. Como los cerretanos gozan en esos lugares de protección, creía que estaba a salvo, pero hete que Sfasciamonti se hallaba en las inmediaciones y lo ha detenido. Ya lo ha interrogado con el método seguido la vez anterior: cárcel verdadera, falso notario. Lo han ayudado un par de colegas.

—Esa gente no hace nada por amistad —comentó Atto—. Me temo que tendré que desembolsar una buena propina. ¿Y qué ha dicho el cerretano?

—Sfasciamonti nos espera para contárnoslo.

—Démonos prisa, pues —me instó Atto, mientras yo me resignaba a no gozar, esa noche, de la compañía de Cloridia.

El esbirro estaba agazapado detrás de la cabaña de las herramientas de jardinería. Estaba agitado, y con motivo. Era la segunda vez en pocos días que sometía a interrogatorio a un cerretano; si la secta de los hampones era en verdad tan poderosa como se decía, Sfasciamonti corría el riesgo de perder la vida. Empezó a hablar, pero tal era su zozobra que respiraba con esfuerzo, como si acabase de correr.

—Lo eligen esta noche, por todas las escarcinas.

—¿Qué?

—El nuevo archimandrita mayor. El jefe de los hampones. El primero murió. Se reúnen todos, incluso los que vienen de lejos, y nombran al sucesor.

—¿Dónde?

—En Albano.

—¿Puedes repetirlo?

—En Albano.

Vi que Atto Melani bajaba los párpados como si acabasen de comunicarle un deceso, o como si le hubiesen anunciado que el Rey Cristianísimo le ordenaba que nunca más regresara a Francia.

—No es posible… Albano, a dos pasos de Roma… —lo oí musitar—. ¿Cómo no se me había ocurrido?

Albano. No Albani. Cuando Ugonio nos dijo que los cerretanos querían llevar los papeles de Atto ad Albanum, habíamos creído que pretendían entregárselos al cardenal Albani. En cambio, el saqueador de tumbas quería decir que iban a trasladarlos a Albano, la pequeña ciudad junto al lago del mismo nombre, lugar de descanso desde los días de Cicerón.

Vi que el rostro de Atto se animaba un poco al comprender que el cardenal Albani no tenía intenciones de cubrirlo de infamia, como había temido.

No obstante, quedaba la incógnita de Von Lamberg, el gran legator: ¿por qué los cerretanos tenían que ir hasta Albano para entregarle el tratado sobre los secretos del cónclave?

—¿Qué van a hacer en Albano con mi manuscrito?

—El muy miserable no lo sabe.

—¿Qué más ha dicho?

—Además de elegir al archimandrita mayor, los cerretanos tienen que cambiar su forma de hablar. Pero hay un problema: parece que alguien les ha robado su nueva lengua secreta.

—¿Quién?

—El muy miserable no lo sabe. Si lo deseáis, puedo leeros el acta. Como ya hice con el Pelirrojo, también en este caso he cambiado el nombre y alguna fecha, para no correr riesgos, ya me entendéis. Por lo demás, reproduce con exactitud sus palabras.

—Ahora no. Durante el trayecto.

—¿Durante el trayecto? —pregunté sin comprender.

Geronimo. Tal era el verdadero nombre del Podrido, el cerretano que había detenido Sfasciamonti. Ahora tenía sus palabras delante, alumbradas por la trémula llama de un candil, escritas en una letra minúscula y rápida por una mano que se intuía propensa a la mentira: la mano de un esbirro habituado a falsificar actas, a distorsionarlas, a mutilarlas.

Como había anunciado Sfasciamonti, la fecha del interrogatorio se había cambiado por motivos de seguridad, como se hiciera con el acta del Pelirrojo. La que Sfasciamonti había hecho constar en la del Podrido, con el fin de introducirla en los archivos del gobernador sin levantar sospechas, se remontaba a más de un siglo: el 18 de marzo de 1595, siempre en la cárcel de Ponte Sisto.

La lectura no era precisamente cómoda. No obstante la estación estival, el camino hacia Albano estaba lleno de baches y los saltos se sucedían sin pausa. La carroza (aunque era de buena calidad, alquilada en el último instante por una cifra exorbitante) se tambaleaba, rechinaba y cada dos por tres amenazaba con volcar ya hacia un lado, ya hacia el otro, pero seguía andando. Sentado a mi izquierda, Atto ya había devorado el acta de Geronimo. Silencioso y meditabundo, miraba fijamente la campiña fingiendo que observaba las escasas luces de los caseríos, mas tenía los ojos de la mente implacablemente clavados en sus propias inquietudes.

A mi derecha estaba el fiel Buvat, tieso como un bacalao a pesar de un ataque pasajero de somnolencia. Antes de subir a la carroza lo habíamos visto hablar con don Paschatio. A nuestros oídos sólo llegaron algunos de los consejos finales que el gentilhombre de la casa le impartía cuando el secretario ya se aproximaba al coche: «Y ojo, hay que evitar la humedad y los movimientos bruscos, y mantenerlo en posición vertical». Yo no tenía ni la más remota idea del tema de su conversación, pero, como Atto se abstuvo de preguntar nada cuando Buvat se instaló en el habitáculo, yo hice lo propio.

En el asiento de enfrente, doblada en dos y como metida a presión en el estrecho espacio, estaba la mole desbordante de Sfasciamonti, él también sumido en un impenetrable mutismo. Poco antes de nuestra partida había hablado largamente con Atto, tal vez para acordar el precio de sus próximos servicios. El viaje nocturno hacia Albano no era una broma. Todavía menos tranquilizador era el sitio al que íbamos. Por ello el abate Melani debía de haberle prometido una sustanciosa recompensa. Al lado del esbirro estaba sentado un pasajero que, en el momento de partir, había suscitado la perplejidad del cochero.

Apenas llegó la carroza, Atto ordenó que fuese rumbo hacia las termas de Agripina. El objetivo era recoger a Ugonio, pues era impensable infiltrarnos en la reunión de los cerretanos sin un guía. Una vez en su escondite, lo hicimos salir gritando a voz en cuello su nombre. Sólo por no llamar la atención del vecindario (para Ugonio era fundamental tener una guarida discreta y que nadie conociera), el saqueador de tumbas apareció al punto y aceptó el coloquio. Al principio, empero, Atto le mostró un encono manifiesto. Y es que en la ocasión anterior, cuando nos refirió que el tratado del abate sobre los secretos del cónclave iba a ser llevado ad Albanum, Ugonio sabía perfectamente que se trataba de la pequeña ciudad hacia la cual ahora nos dirigíamos, pero se había guardado de precisarlo porque lo juzgó obvio. No podía saber que un tal cardenal Albani estaba mezclado en los asuntos del abate Melani y que eso iba a confundir hasta tal punto las ideas del abate y las mías. Una omisión, la suya, inocente, que sin embargo nos había hecho perder un montón de tiempo valioso. Como para aumentar la impaciencia de Atto, Ugonio, en cuanto supo cuál era nuestro designio, se opuso con tesón a servirnos de guía en la reunión de los cerretanos, pero al final, así bajo la presión de amenazas como por una generosa oferta de dinero, terminó por ceder y se embarcó con nosotros llevando consigo todo cuanto necesitábamos. No obstante, antes de que subiese al coche, tuvo lugar una última negociación. Atto se apartó con el nuevo pasajero y mantuvo con él una intensa charla, al cabo de la cual dejó caer en el bolsillo de Ugonio una sarta especialmente larga de monedas de oro, o al menos así me pareció en la oscuridad que nos envolvía. Por último, le entregó un libro. Yo intenté interrogar al abate al respecto, pero éste no quiso revelarme el propósito ni la naturaleza de esos tráficos.

Luego volví con el pensamiento al curioso encuentro entre Atto y Von Lamberg. Habíamos supuesto en todo momento que el embajador del Imperio era el gran maquinador del robo y de la agresión que había sufrido Atto. Ahora, empero, tanteábamos en las tinieblas: o Von Lamberg era un simulador muy fino, o realmente era un devoto y ferviente católico, cuya ejemplar moral había sido fustigada por el cruel látigo del desengaño. Si la segunda posibilidad era la correcta, el viaje a Albano se cargaba todavía de más incógnitas: el enemigo hacia el que nos dirigíamos no tenía rostro.

Pero estaba distrayéndome. Interrumpí aquella breve recapitulación de los últimos acontecimientos y reanudé la lectura.

El acta del cerretano, que después pude trasladar a mis notas casi en su original integridad, comenzaba por las fórmulas de rigor del notario criminal y seguía con las declaraciones del cerretano:

DIE 18. MARTIJ

Examinatus fuit in carceribus Pontis Sixti coram Magnifico et Excell. Dño N… per me notarium infra scriptum Hieronymus quondam Antonij Furnarij Romani annorum 22 in circa, cui delato iuramento etc.

Interrogatus de nomine, patria, aetate et causa suae carcerationis, respondit:

«Nací en Roma, hijo del quondam Antonio Fornaro, en el barrio de Colonna, hacia la fuente de Trevi. Me llamo Geronimo, tengo veintidós años, carezco de oficio, aparte de trabajar en las salinas cuatro meses al año, luego regreso a Roma y pido limosna. Como veis, soy pobrísimo, estoy enfermo y desde hace diez años no tengo padre ni madre, huérfano abandonado, y me esfuerzo para vivir lo mejor que puedo, y he sido detenido en San Pedro el viernes de marzo pasado, porque pedía limosna en la iglesia».

A continuación habían preguntado a Geronimo qué sabía de las sectas secretas de los cerretanos. Entonces había repetido el nombre de las dieciséis hermandades ya confesadas por su predecesor, a las que añadió otras: murciélagos, harbadanzas, juaneros, landreros, caletas, aruñones, linces, baharíes, volateros, maullones, muñidores, hormigueros, capachas y dacianos.

«Los murciélagos roban de noche. Los harbadanzas son embaucadores que se aprovechan de los ingenuos diciendo que son caballeros o artesanos arruinados. Los juaneros se dedican a abrir los cepos de las iglesias. Los landreros hurtan abriendo la ropa a los desprevenidos donde ven que hay bulto de dinero. Los caletas roban en casas introduciéndose por un agujero. Los aruñones son los que registran las faltriqueras y quitan lo que hay en ellas. Los linces son los que, por su gran vista, hacen de atalaya para perpetrar un robo. Los baharíes son conocidos por su astucia, engatusan con su charla y así roban. Los volateros son los que, fingiéndose ciegos, se apropian de lo ajeno corriendo. Los maullones andan por las tabernas pidiendo limosna y atrapan al vuelo todo cuanto otros distraen. Los muñidores se encargan de avisar a sus cofrades de los sitios a donde pueden ir a pedir limosna. Los hormigueros juegan en las posadas y tabernas con cartas y dados falsos. Los capachas piden limosna como siervos de la Orden de San Juan de Dios y marean con su charla. Por último, los dacianos son mendigos que roban niños de tres o cuatro años, a los que rompen brazos y piernas para dejarlos contrahechos y venderlos después a ciegos».

Leí por encima lo que seguía en busca de la importante información sobre Albano:

«He oído decir que en este mes de mayo muchísimos mendigos quieren ir a las grutas de Albano, porque tienen intención de elegir al archimandrita mayor y comunicar su nueva jerga, pero, habiendo sido ésta robada, quieren imponer orden y castigos a quienes hagan revelaciones, que serán cosidos a puñaladas. Sé que los pordioseros encontraron a ese Pompeo por Pescheria y empezaron a apalearlo y, si no llega a entrar en una iglesia entre curas, lo hubieran matado, porque lo detestan por haberlos delatado».

De modo que los cerretanos iban a reunirse en Albano, como nos había dicho Sfasciamonti (por seguridad, en el acta figuraba el mes de mayo en vez de julio). Aseguraban que alguien les había robado su lengua secreta y pretendían «imponer orden», es decir (aunque Geronimo no explicaba cómo), remediar el asunto. La mayoría quería linchar a Pompeo, alias el Pelirrojo, porque se habían enterado de que había cantado. Pero ¿por quién?

Por último, el notario criminal había preguntado al mendigo, que había hecho una completa confesión, por qué no se apartaba de esos sujetos tan siniestros y abandonaba esas prácticas tan innobles para buscar un oficio, como hacían tantos otros en Roma.

«Estimado señor, os digo la verdad. Esta manera de vivir en libertad, aquí o allá, de gorra, sin esfuerzo, nos gusta mucho y, por decirlo en pocas palabras, quien conoce una vez la vida de truhán ya no puede retirarse con tanta facilidad. Y lo que digo vale igual para hombres que para mujeres. Con la ayuda de Dios, espero cambiar de vida, si puedo salir de la cárcel, porque quiero ir a vivir con los frailes de San Bartolomé en la isla y gobernar uno de sus borricos».

—Al final, claro está, lo dejamos marchar —dijo con sorna Sfasciamonti, que, como antes con el Pelirrojo, no podía detener ni interrogar al Podrido—. Irá a gobernar su borrico, con tal de que sus cofrades no lo prendan antes y lo cosan a puñaladas.

—Pero ¿cómo podrían enterarse de que ha hablado? —pregunté, inquieto por la idea de que los cerretanos tuviesen noticias de una nueva delación.

El rostro de Sfasciamonti se ensombreció.

—Del mismo modo que se enteraron del interrogatorio del Pelirrojo.

—¿Es decir?

—No lo sé.

—No os entiendo.

—Los cerretanos son diabólicos. Uno de ellos dice algo y al momento todos los demás están al corriente.

—Es verdad, maldición —exclamó Atto con vehemencia tras un instante de silencio—. Son francamente diabólicos.

—Esta vez Buvat no estaba presente. ¿Quién hizo de notario criminal? —pregunté.

—Un notario de verdad —respondió el esbirro.

—¿Cómo?

—No hay objeto falso más perfecto que uno auténtico —terció Atto.

—No lo entiendo —dije.

—Buena señal. Significa que la antigua ley aún rige y dentro de tres siglos seguirá rigiendo —afirmó el abate.

—Ahora me acuerdo. Me hablasteis de ello cuando nos conocimos. ¿Os referís a los documentos falsos que dicen la verdad?

—No, esta vez es exactamente lo contrario, y no hablo sólo de papeles, sino de muchas más cosas. Te pongo un ejemplo: ¿quién bate moneda en un Estado? —me preguntó Melani.

—El soberano.

—Exacto. Por consiguiente, las monedas que salgan de su ceca, la ceca del Estado, serán por fuerza verdaderas.

—Sí.

—Pues no, o al menos no siempre. En efecto, el soberano, si quiere, puede acuñar monedas falsas en gran cantidad, por ejemplo, para financiar una guerra. Sólo tiene que labrar monedas de oro de un valor inferior al nominal. En otras palabras, monedas que contengan menos oro que el declarado. Ahora dime, ¿esas monedas serán verdaderas o falsas?

—¡Falsas! —contesté contradiciendo mi respuesta anterior.

—Sin embargo, las ha acuñado el rey. Por tanto, son verdaderas y falsas al mismo tiempo. En realidad, son auténticas pero infieles. El truco es tan viejo como el mundo. Hace cuatrocientos años el rey de Francia Felipe IV el Hermoso, para pagar la guerra contra los flamencos, redujo a la mitad el gran tornés, que al principio valía once onzas y media. Lo mismo hizo con el oro, que rebajó de veintitrés quilates a menos de veinte. Así, cada día entraban en sus bolsillos privados más de seis mil libras de sueldos parisinos. Al tiempo, sin embargo, dejó al país en la miseria.

—¿Sigue haciéndose hoy?

—Más que nunca. Lo ha hecho muchísimas veces Guillermo de Orange, quien ha batido falsos cequíes venecianos debidamente «rebajados».

—¡Qué enredo! Cosas falsas que revelan la verdad y cosas verdaderas que se hacen pasar por falsas —comenté con un suspiro.

—Es el enredo de la sociedad humana, chico. El chinche de Albicastro dijo al menos algo acertado: «Las cosas humanas, al igual que los silenos de Alcibíades, tienen siempre dos aspectos opuestos entre sí». La regla del mundo es ésta: al abrir el sileno todo se encuentra trocado en su contrario —concluyó Atto citando de pronto al holandés, al que tanto detestaba.

El abate había evocado a los silenos de los que había hablado el violinista, aquellas estatuas grotescas que contenían imágenes divinas.

—Por volver a nuestro tema —añadió Melani—, el amigo Sfasciamonti se ha valido de un verdadero notario para que interrogue a Geronimo, notario que ha redactado un acta de una perfección inalcanzable hasta para el propio Buvat. No es un documento falso: tiene datos algo… imprecisos, si quieres, como algunas fechas. Con todo, la ha escrito un auténtico notario, flanqueado por verdaderos esbirros. Es un documento infiel, pero auténtico, o más que auténtico incluso. ¿Digo bien? —preguntó Atto a nuestro compañero de viaje.

El esbirro callaba. Le molestaba que se aireasen esas tretas, pero no podía negarlas. Por toda respuesta, apartó de nosotros la mirada, con lo que asentía tácitamente.

—No lo olvides, chico —me dijo Atto—. Las grandes falsificaciones requieren grandes medios. Y sólo el Estado los posee.

Siguiendo las indicaciones de Ugonio, mandamos al cochero, un mercenario acostumbrado a misiones de toda especie (huidas nocturnas, adulterios, reuniones clandestinas), que nos llevase a un lugar tranquilo del pueblo. Nos apeamos en una callejuela oscura, detrás de un enorme granero. Las casas estaban sumidas en las tinieblas; en contadas ventanas había aún una tenue luz, y en las calles, furtivos y desconfiados, rondaban los gatos y sus víctimas de siempre.

El cochero nos pidió prudencia, pero se guardó de preguntarnos qué diablos íbamos a hacer a esa hora en aquel lugar olvidado de Dios. Las calles estaban singularmente privadas de animación. Sin embargo, no dejaba de ser una calurosa y cautivadora noche de verano, alegría de espíritus insomnes, amantes furtivos y niños aventureros. El ambiente mortuorio que nos rodeaba, en cambio, parecía más propio de una tormenta de nieve en las oscuras tierras del norte, que tan bien describe Olao Magno.

El saqueador de tumbas llevaba al hombro un costal de tela pringosa. Enfilamos un sendero que conducía a los campos, llegaba a un cruce y luego se perdía entre matorrales de zarzas. El camino fue largo y tortuoso. Pasamos por huertos cultivados y por un prado inculto. Sólo el canto de los grillos y el insolente zumbido de los mosquitos hacían de contrapunto al rítmico ruido de nuestros pasos. Lo cierto es que debíamos avanzar con cautela para no caer en una ciénaga.

—¿Falta mucho? —preguntó Atto con cierta impaciencia.

—Es un apartadizo uniquívoco y ajenjo —se justificó el saqueador de tumbas—. Debe mantenerse escontrito.

De pronto Ugonio se detuvo y extrajo del costal tres gabanes andrajosos y pestilentes.

—¿Sólo tres? —pregunté.

El saqueador de tumbas explicó que Sfasciamonti no podría venir con nosotros.

—Estos ropasillos lo apechugarán en medida sumaria —dijo señalando los gabanes—. Se sobrepuja en corpachura. Más vale que se despatarrife hasta nuestra revuelta, quitando gotitas para no aumentar goteras, digo por descontado.

El esbirro lanzó un gruñido de disconformidad, pero no protestó. Extraño sino el suyo, me dije; durante años había bregado para indagar sobre los cerretanos, enfrentándose a la oposición de sus colegas y superiores, y ahora continuaba sus pesquisas al servicio del abate Melani, esto es, por dinero. Y hete que, después de todo el camino hecho de noche hasta Albano, tenía que renunciar a acompañarnos.

Me puse el gabán más pequeño. Huelga insistir aquí en la repugnancia que inspiraba esa ropa zarrapastrosa y fétida, usada durante años por seres como los saqueadores de tumbas, que desconocían las más elementales normas de higiene: olía a orina rancia, a comida podrida, a sudor ácido. Oí a Atto echar pestes en voz baja contra los compañeros de Ugonio y su suciedad. Buvat, como secretario fiel, se vistió sin rechistar.

Ahora bien, las prendas tenían varias ventajas indiscutibles. Por un lado, su desproporcionada capucha, que tapaba casi toda la cara; por otro, sus enormes mangas, que ocultaban las manos, y por último, una especie de cola que permitía caminar sin que se vieran los pies ni los zapatos. Conteniendo las náuseas crucé los brazos dentro de las mangas. Me había convertido en una especie de capullo de paño apestoso, absurdo e irreconocible. El abate Melani y Buvat parecían algo menos ridículos sólo gracias a su mayor estatura.

—¿Cómo? ¿Sin candil? —protestó Atto cuando Ugonio dijo que tendríamos que avanzar en la oscuridad. El saqueador de tumbas fue inflexible: a partir de ese momento corríamos el riesgo de que los cerretanos nos descubrieran y desenmascararan. Recordé que los saqueadores se movían siempre sin luz, tanto en la oscuridad de la noche como en la de los subterráneos de Roma.

Semejantes a tres fantasmas sin rostro, Buvat, Atto y yo seguimos a Ugonio, que nos condujo por un sendero que sólo él veía. Sfasciamonti se despidió de nosotros con voz queda y nos deseó buena suerte.

Mientras caminaba, el hedor de mi atuendo negaba a mis fosas nasales el suave efluvio de la campiña nocturna. Mentalmente me persigné y rogué al Altísimo que no juzgase con excesiva severidad las imprudencias que a buen seguro íbamos a cometer. Sólo la futura dote de mis hijas, pensé para infundirme ánimos, podía dar sentido a las temeridades en que estaba a punto de incurrir.

Tras un largo tramo recto y llano, el sendero describía una gran curva y descendía paulatinamente hasta un gran barranco húmedo, donde el cielo lanzaba destellos siniestros y veleidosos.

De pronto, como mágicamente salidas de las tinieblas, aparecieron unas figuras cerca del punto en que nos hallábamos. Un viejo cojo, sostenido por dos tipos, se acercaba. Detrás de nosotros, envueltos en las brumas nocturnas, surgieron otros seres de aspecto semejante.

Grandes roquedales, que parecían delimitar un enorme edificio, se elevaban delante de nosotros. Entramos en un estrecho pasadizo que atravesaba un muro; unas antorchas colgadas de las paredes permitieron por fin al alma y a las pupilas reconfortarse. Mas de repente la roca, el musgo y la desnuda tierra se cerraron formando un impenetrable bastión. El túnel había terminado. Ugonio se volvió enseñándonos sus dientes rotos y negruzcos con una sonrisa maliciosa, disfrutando de nuestro pavor.

Buvat y yo nos miramos alarmados. ¿Habíamos caído en una trampa? El saqueador de tumbas nos instó por señas a taparnos bien con la capucha para que nadie nos reconociera. Luego se apoyó contra el muro de la izquierda. La roca lo engulló; Ugonio la había atravesado como el agua atraviesa la esponja.

Reapareciendo de otra dimensión, retrocedió un paso y nos indicó que lo siguiéramos.

De más está decir que Ugonio no había penetrado la materia rocosa. Sencillamente, yo no había oído el ruido seco de la madera pintada de la puerta que se abría en la roca: un pasadizo secreto que los intrusos no podían reconocer y que Ugonio debía de haber utilizado infinidad de veces.

Una vez dentro, pasaron unos instantes antes de que los ojos se habituaran al nuevo espacio. Miramos alrededor. Abandonado desde hacía siglos, inmenso e imponente, y ahora atestado de cerretanos, ante nosotros se extendía el anfiteatro romano de Albano.

—De modo que hemos entrado por un pasadizo secreto —observé con un susurro al oído del saqueador de tumbas.

—Para lograr más beneficios que maleficios —comentó—, los accesorios regulatorios han sido cerrados a cal y cantos. Esta noche no deben colacionarse extraños ni cursiosos.

—Sin embargo, nadie nos ha impedido el paso.

—No hace a la casuística. Hay muchos guardicioneros. Los que se intromisionan son deteccionados, machuconados y supresionados.

Así pues, el anfiteatro estaba protegido por un grupo de centinelas, encargados de descubrir a los intrusos y de volverlos inofensivos. Merced a los disfraces que nos había entregado Ugonio, nadie había sospechado de nosotros.

A lo largo del perímetro interior del anfiteatro, una larga serie de antorchas iluminaba la escena. En aquel vasto espacio, abierto pero cercado, me sentí a la vez perdido y prisionero. Encima de nuestras cabezas la negra manta del cielo advertía a los implumes que no debían intentar la audacia del vuelo. Murmullos fluctuantes, procedentes del centro del anfiteatro, incitaban maliciosamente a los sentidos y al alma. Había un aire dulzón, húmedo y preñado de pecado.

—Sí, claro, el anfiteatro —murmuró Atto—. Sólo podía ser aquí.

—¿Conocíais este sitio? —pregunté.

—Desde luego —respondió—. Ya en los días de Cicerón…

Ugonio nos hizo callar con un gesto brusco. El viejo cojo, acompañado por los dos amigos que habíamos visto fuera, se hallaba detrás de nosotros. Palpábamos la prudencia feroz con que el saqueador de tumbas nos guiaba y ya sentíamos que el ambiente sombrío de una reunión secreta, cual rapaz fantasma, se cernía sobre nuestras espaldas.

Desde el centro de la arena irradiaba la luz de varios hachones que, por lo que se oía y distinguía, alumbraban una asamblea sumida en un guirigay. Nos acercamos más, siempre siguiendo con prudencia los pasos de Ugonio. Una vez que hubimos pasado un montón de haces de leña, pudimos por fin echar una ojeada.

A pocos pasos de donde estábamos, un gran brasero de la altura de un hombre, donde ardía una generosa llama, proyectaba ávidamente sus pavesas hacia el cielo. En rededor había varios grupos de cerretanos: unos comían con desidia un mísero bocado, otros bebían a gollete de botellas de vino malo, otros jugaban a las cartas y otros recibían a los recién llegados levantando los brazos en señal de bienvenida. Conformaban un conjunto de gente sórdida, desastrada, mugrienta y apestosa.

—Nos hemos implantificado acullá en el momento más imponderable —musitó Ugonio, al tiempo que nos indicaba con la mano que nos mantuviéramos apartados.

Observamos que desde el otro lado del anfiteatro se aproximaba una especie de procesión, a la vista de la cual quienes se hallaban cerca del brasero se levantaron diligentes.

—Acaba de ser el eleccionismo. El archimandrita apariciona con el gran legator —explicó Ugonio señalando el cortejo, tras lo cual nos invitó a seguirlo—. El primerizo es el jefe de la Cofradía de los Harbadanzas. Detrás están todos los adjuntivos y los completivos de las otrosí cofradías: malandrines, ermitaños, bailones, galafates, desahogados…

—¿De modo que éstos son los jefes de las cofradías de los cerretanos? —preguntó Atto con los ojos como platos, mientras nos aprestábamos a infiltrarnos en la procesión.

Me fijé en aquella tropa inmunda. Por lo que nos había contado el Pelirrojo, reconocí al archimandrita de los malandrines. En efecto, al cuello llevaba una gran cadena de hierro y murmuraba sin pausa «Bran bran bran»; la especialidad de su grupo, según recordaba, era la impostura: fingían que habían sido prisioneros de los turcos y que hablaban su lengua. Esa noche, claro está, no había ningún ingenuo que embaucar, pero los malandrines, como todos los otros cerretanos, se habían reunido en asamblea general, por decirlo de algún modo, en uniforme oficial.

—¿Y dónde está el gran legator? —añadió el abate buscando con la mirada (por absurda que fuese la idea) el rostro de Von Lamberg.

Por toda respuesta, Ugonio se dirigió hacia la cabeza del cortejo de los archimandritas. Se acercó al jefe de los harbadanzas, un individuo de barba tupida y cabellos largos que asomaban bajo un vistoso sombrero de plumas. Conforme a las características de su secta, vestía un traje de caballero, pero muy sucio y raído. Como había leído en el acta de Geronimo, los harbadanzas eran los que robaban diciendo que eran caballeros o artesanos arruinados.

Ugonio se arrodilló con actitud empalagosa y servil, de modo que el pequeño cortejo de los archimandritas hubo de aminorar el paso por unos instantes. Enseguida nos bajamos más la capucha, temerosos de que nos viesen la cara. Por suerte, jugaba a nuestro favor el resplandor intermitente de las antorchas, que iluminaban la cávea de forma muy irregular. Volví a mirar alrededor; por doquier había cojos, leprosos, tullidos, ciegos, cuerpos famélicos y medio desnudos que se retorcían, se arrastraban, exhibían marcas de flagelaciones, cadenas y torturas. Era una muestra de las imposturas de los cerretanos. Las aparentes laceraciones, las pústulas, el doloroso renqueo eran las herramientas del oficio, no indicio de sufrimiento, sino un arte, cuyas señales conservaban los cerretanos incluso cuando no se dedicaban a sus estafas. Observándolos mejor advertí que iban tranquilamente de un lado a otro, bebían vino, reían y bromeaban como si tal cosa. Yo experimentaba espanto, miedo y sorpresa, pero no tuve tiempo de cruzar ninguna reflexión con Atto, pues tras una breve y tartamudeante conversación, de la que nada acertamos a oír, Ugonio volvió a nuestro lado y el cortejo continuó.

—Lincead al harbadanza que va detrás de la posterioridad del archimandrita —musitó el saqueador de tumbas.

Era un vejete calvo y medio jorobado, vestido con una casaca de artesano muy desgastada y calzado con unos zapatos rotos. También él, pues, según los dictados de su secta, robaba fingiendo que había sido honesto y se había arruinado. Al hombro llevaba un morral viejo, del que asomaban las páginas blancas de un librito.

—Es el gran legator —anunció Ugonio.

—¿Cómo? —masculló Atto, con los ojos fuera de las órbitas por la sorpresa.

—Es un hermano holandés. Se llama Drehmannius. Tiene la molleruza un poco chochona, ni siquiera sabe leer, pero es un encuadernista celiberrísimo. Por eso es harbadanza. Él tiene el tratable —añadió señalando con un imperceptible gesto de la cabeza el contenido de la bolsa.

Vi que Atto apretaba las mandíbulas. ¡Ni Von Lamberg ni conjura del Imperio! Ahora todo estaba claro. ¡El gran legator no era un legatus, es decir, un embajador, sino un legator, según el dudoso latín que hablaban los cerretanos, un simple encuadernador! El tratado sobre los secretos del cónclave, llave del destino de Atto, se hallaba, pues, en posesión de aquel vejete holandés pulgoso e insignificante.

—¿Qué tiene que hacer ese encuadernador holandés, Drehmannius o como diablos se llame, con mi tratado? —preguntó Melani en ascuas.

—Despellijizar la encuadernización. Me lo ha secretizado el archimandrita.

—¿Despegar la encuadernación? —dijo pasmado Melani—. ¿Qué diantres quieres decir?

Pero tuvo que callar. Se había acercado un cerretano alto e imponente, con las manos anchas y sucias, el ojo derecho tapado con un parche negro. Llamó a Ugonio, que acudió a su lado al punto.

Así pues, de pronto nos encontramos sin guía entre aquella multitud demente y facinerosa, siguiendo a un cortejo cuya meta y propósito desconocíamos. En medio de la procesión, un grupo de viejos andrajosos se disputaba una botella de vino; uno de ellos, borracho como una cuba, topó de bruces con Atto y lanzó un fuerte eructo. Melani se volvió asqueado e instintivamente buscó en el gabán su pañuelo de encaje, hasta que se dio cuenta de lo que iba a hacer; no podía pasar por remilgado.

En eso, todos los cerretanos, bastante eufóricos, entonaron una curiosa canción:

No hay arte mejor

que el de la holgazanería,

y en invierno estar al sol

y en verano en umbría,

y sujetar la botella

espantando moscas,

y de la carne

sólo comer la chicha…

Un mendigo, con el tronco lleno de ronchas, las uñas de los pies largas y negras, y un escuálido cayado en bandolera, se puso a cantar a voz en grito, sin importarle sobreponerse al coro:

¡Con arte y engaño se vive medio año;

con ingenio y falsedad se vive la otra mitad!

La reconocí. Era la coplilla cerretana que me había enseñado don Tibaldutio.

De improviso una cosa fría y escurridiza se deslizó entre el gabán y mi cuello. Me volví de golpe.

Estuve en un tris de desmayarme. Una culebra viscosa, que sujetaba un repelente miserable de cara mugrienta, peluda y pringosa, me había lamido las carnes indefensas de la nuca. El cerretano se desternilló de risa y me dio una palmada en el hombro que casi me hizo tambalear. Era una broma. A continuación metió la culebra en una cesta de paja que llevaba al hombro y se puso a cantar a coro con tres o cuatro camaradas:

Encantadores somos que por naturaleza embaucamos,

mujeres, y buscando vamos nuestra ventura.

De la casa de San Pablo descendemos,

lejos de estos pueblos…

Debajo todos nosotros con un signo hemos nacido,

siendo más sabio el que más grande lo tiene…

Era, pues, un sampaulista, curandero y encantador de serpientes, como el que había visto actuar días atrás. Para dejar claro el sentido de su canción, se había llevado una mano a las partes pudendas y acompañado el último dístico con contoneos rítmicos y obscenos. Si no de vino, él y sus compañeros estaban ebrios de júbilo. Mientras tanto, un pordiosero de mediana edad había abrazado un violín y lo hacía gemir agitando el arco con un ímpetu ordinario y ramplón.

Mas no podíamos detenernos. Nuevos asistentes llegaban al anfiteatro, legiones de cerretanos inundaban la arena; coros, bailes desordenados, gritos y carcajadas se multiplicaban. A nuestra llegada aquello era una asamblea; ahora se había convertido en un círculo infernal. El cortejo había aumentado sobremanera, se componía de cientos de harapientos, casi todos ellos con una antorcha, y daba vueltas sobre sí mismo, prisionero del anfiteatro, como un topo cuya madriguera se ha vuelto demasiado estrecha. Algunos empezaron a mirarnos con curiosidad. Aunque bien embutidos en los gabanes de Ugonio, sin duda no nos movíamos con la soltura ni la agresividad de los saqueadores de tumbas, y tampoco aparentábamos disfrutar mucho de la juerga. Mas no tuvimos tiempo de preocuparnos. En efecto, en ese preciso instante un nuevo suceso atrajo nuestra atención. Varios grupos de mendigos se habían reunido alrededor del pequeño cortejo de los archimandritas y abarrotaban el lado del anfiteatro donde nos encontrábamos. Codos, espaldas y piernas luchaban como gladiadores en el circo; tuve que cuidarme de que no me arrastrase la muchedumbre para seguir cerca de Atto y Buvat.

Por suerte, reinaba a la sazón tal confusión que nadie se fijaba en el vecino y, por tanto, tampoco en nosotros. El maullido del violín se mezclaba con el zumbido de un grupo de flautas campestres y con el lamento nasal de una zampoña.

—Fíjate en aquél —me dijo Atto señalando a un joven macilento, de barba desaliñada y ojos hundidos.

Poniéndome de puntillas conseguí ver al sujeto.

—¿No te suena su cara?

—Bueno, sí… Creo que lo he visto, pero no recuerdo dónde. Puede que lo hayamos visto mendigar en algún sitio.

Justo al lado del joven, casi en medio del gentío, se alzaron en ese instante tres archimandritas. Habían subido a un estrado, o a una plataforma semejante, montada a toda prisa por un grupo de chicos inmundos y medio desnudos. En el centro estaba el archimandrita de los harbadanzas. Los otros dos le levantaron el brazo y la multitud gritó. No hacía falta un intérprete para comprender que él era el nuevo archimandrita mayor.

Junto a los tres apareció a continuación el gran legator. Tenía un pequeño volumen en la mano. Atto y yo lo reconocimos: era su tratado sobre los secretos del cónclave.

—Anda, otro holandés, vaya coincidencia.

—¿Qué queréis decir? —pregunté.

—Un holandés saca otro holandés —respondió con una sonrisita pícara.

Mientras yo intentaba entender sus enigmáticas palabras, un quinto ser subió al estrado: Ugonio.

—No dejes que te aparten de aquí, tenemos que permanecer cerca del escenario —me advirtió Atto.

Luego se hizo el silencio, o casi.

—Guitones, galloferos, trapones y mangantes, abrid los arcaduces —dijo con voz estentórea el archimandrita de los harbadanzas. Daba así principio, por lo que parecía, a su discurso de toma de posesión como nuevo archimandrita mayor. Un discurso en jerga, cuya comprensión se nos escaparía por completo.

Sin embargo, Buvat se arrodilló al punto, envuelto en el sucio gabán para que no lo vieran, y empezó a hojear rápidamente el pequeño diccionario de jerga. Atto y yo procuramos protegerlo de todas las miradas.

El archimandrita mayor pidió al gran legator el volumen de Atto.

—Este libresco es de un alfaquín chute —continuó el archimandrita agitando el libro—. Un pescador y su halcón con sus bardas de moco querían poner un cebo de buitrera: bolatear y sacar el buche.

Un murmullo escandalizado y hostil se elevó de la multitud.

—Creo que ha dicho que el libro que tiene en la mano es de un religioso extranjero que quería embaucar, descubrir una lengua.

—¿Descubrir una lengua? —repitió Atto—. ¡Pardiez, ya lo entiendo! ¡Ahora lo entiendo todo! Aborrecibles mamarrachos, que Dios los maldiga…

En ese instante advertí con inquietud que un cerretano joven, descalzo, flaco y casi calvo, con la cara horriblemente marcada por cicatrices, el tronco desnudo y el resto del cuerpo sólo cubierto por una vieja manta anudada a la cintura, miraba asombrado a Buvat y su librito. Atto también se percató y guardó silencio.

—Hay que pernear al alfaquín —vociferó un viejo espantoso con el rostro lleno de pústulas.

—¡Chachipé, chachipé, chachipé! —exclamó la muchedumbre ondeando por la exaltación. Sonó otro aplauso, al tiempo que los cerretanos lanzaban al aire las botellas vacías en señal de júbilo.

—«Pernear» significa… Dicen que hay que castigar al extranjero, matarlo, en una palabra —susurró Buvat con tono alarmado, sin dejar de consultar las páginas del diccionario—. «Chachipé» quiere decir «sí».

—Un ardid genial —ironizó Atto mientras, con sólo la punta de los dedos, se acomodaba mejor la sucia capucha en la frente.

El cerretano medio desnudo llamó la atención de un compañero. La suerte quiso que en ese instante el movimiento de la multitud no les permitiese ver. ¿Se acercarían?

Entretanto el archimandrita de los harbadanzas esperaba a que se acallase el bullicio. Movido por un instinto casi primitivo, calculé la distancia que nos separaba de la entrada, que supuse era también la salida. Seguía estando muy cerca.

—Ahora, queridos truhanes —continuó el orador—, considerando que nos, sagrada majestad, glorioso y magno emperador, hemos sido elegido rey, jefe, caudillo, príncipe, rector y guía de los pícaros, y considerando toda la autoridad que tiene no sólo vuestra majestad pícara, sino hasta el menor pícaro de nuestra agrupación, por mi picardía no puedo menos que meteros con cuchara, con este discurso mío, la superioridad y el valor incomparables de la picardía en cuanto tal y de todos los que la practican.

Sonó una ovación en el anfiteatro.

Buvat pudo dejar entonces el diccionario. El discurso continuó en lengua vulgar, puesto que ningún extraño lo escuchaba (salvo nosotros, pero eso lo ignoraban). La introducción en jerga había servido para caldear los ánimos. Un sujeto tendió una botella al archimandrita mayor, quien la cogió con avidez, bebió varios tragos seguidos y luego la arrojó a sus pies.

—Para empezar —prosiguió—, la picardía es mucho más antigua que la gente de los Baronci de que habla Boccaccio, más que la torre de Nembrod y que la de Babel. Siendo antigua, es forzoso que sea excelente y perfecta, y por consiguiente todo pícaro es excelente y perfecto, y por ende su soberano ha de ser excelentísimo y perfectísimo y casi inmortal.

Salvas de aplausos celebraron la apología que el nuevo archimandrita mayor, sonriendo satisfecho, había hecho de sí mismo y de sus súbditos. Atto y yo nos cruzamos una mirada de inquietud. Estábamos en medio de un ejército de locos.

—Comencemos por hablar del principio de este mundo grande y asqueroso —prosiguió el archimandrita—, cuando se vivía en el Reino de Oro y don Saturno era el rey de los hombres. ¡Qué vida pícara era la de entonces! Todos tenían al soberano por un buen padre y él los trataba como a buenos hijos. Vivían en paz, libres y seguros entre dichas y placeres de toda clase, comían, bebían y vestían como pícaros, no sabían qué eran la riqueza y la posesión, tanto es así que las autoridades de la picaresca llamaron a aquella época el Siglo de Oro. Sólo había hombres buenos, ladrones, sin la menor malicia; todas las cosas eran comunes, no había división de tierras, de objetos, separación de casas, límite de viñedos. No era obligatorio tener trato con otros, no había riñas, no se robaban gallinas, no se discutía por la cosecha. Cada cual podía labrar el terreno que quería, sembrar y arrodrigar las viñas a su manera. Las mujeres eran esposas de todos, y los hombres, maridos de todas, y los valientes pícaros hacían acopio de todo. ¡Cuánto bien habría hecho de semental, en aquel Siglo de Oro, nuestro pícaro Biello!

El archimandrita mayor había pronunciado las últimas palabras vuelto hacia un cerretano situado cerca del estrado, señalándoselo a la multitud, que lo aplaudió largamente.

—Pero luego vino ese quebrantacoños de Júpiter, que se olvidó de que era un pícaro, pues se había criado como una bestia, amamantado por las cabras. Ávido de reinar y repudiando la santa picardía, expulsó del Reino del Oro al viejo Saturno, su padre. Así todo el mundo cambió de vida y condición, se perdió la libertad y entre los hombres nacieron enemistades, iras, desprecios, furores, crueldades, incendios y atracos. Se empezaron a dividir las posesiones y todos los bienes, a separar las viñas, los huertos y las casas, a atrancar las verjas, las ventanas y las puertas; los hombres comenzaron a tener celos de las mujeres, a discutir y a pelearse entre ellos hasta matarse, a hacer muchas otras barbaridades, tantas que no acabaríamos nunca.

Cerca de nosotros un cerretano soltó una estruendosa flatulencia, que hizo reír a todos sus vecinos.

—Pues sí que hizo estragos Júpiter —comentó Atto para sí, con gesto enfurruñado.

—Pero el tirano de Júpiter carecía de fuerza para anular y extinguir a la beata picardía —seguía el archimandrita mayor—, la cual, como cosa divina e inmortal, hizo saber a aquel soberbio que, por mucho que cambiara la situación y aunque él fuera monarca, sin ella no podía hacer nada. Y es que no sólo Júpiter, sino también todos sus parientes (que tenía infinidad) vivieron contentos y seguros porque gorroneaban la comida y la bebida a los pícaros…

—¡Chachipé, chachipé! —aprobaron a coro varias decenas de cerretanos.

Atto me indicó con una señal que lo siguiera. Nos fuimos hacia la izquierda tratando de evitar la mirada escrutadora del cerretano medio desnudo. Era inútil; cuando me volví, seguía observándonos.

—… Y las maneras y los ardides de que se valieron los dioses para obtener placer —continuaba el orador— los aprendieron de los pícaros: haciéndose pasar por otros, engañando y timando. Para empezar, el mismo Júpiter, cuando quiso ensartarle el dinguilindón a Europa, mayoral de las vacas del rey Agenor, buscó la ayuda de los pícaros para disfrazarse de jefe vaquero. ¡Nunca habría conseguido a Europa si no la hubiese engañado con aquel embozo! ¡Y cuando quiso cabalgar a Leda se vistió de tratante de pollos, motivo por el cual de aquel embarazo nacieron dos huevos! ¡Ja, ja!

Una carcajada coral se elevó de la multitud en respuesta a la risa del archimandrita.

—Para darse un verde con Antíope, Júpiter se disfrazó de cabrero, y de barquero cuando quiso jugar al choclón con Alcmena, para parecerse a su marido, que se dedicaba a ese oficio. Con el fin de unirse al meadero de Dánae cogió la ropa de un albañil y con la paleta de éste le hizo un hueco en el techo. Una vez en su casa, con respeto de pícaro le clavó la cuxa en el chipirrichape. En cambio, cuando meó en el cuerpo de Egeria adoptó el aspecto de un deshollinador. Por último, para deshonrar a Calisto se disfrazó de lavandera, lo que le resultó facilísimo, pues por entonces aún era imberbe como un golfillo, o como mi querido truhán Biagio, sentado delante de mí.

Biagio era el apodo de un gordinflón lampiño de cabeza brillante y pelada, que respondió a las palabras del archimandrita con una risotada ronca, a la que hicieron eco los gritos destemplados de la chusma cerretana.

—Aunque los primos y sobrinos de Júpiter podían aprovecharse de su parentesco, todos acabaron por adherirse a la picaresca para hacer sus trastadas. ¿Cómo, si eran dioses, me decís? Pero si todo el mundo sabe que Vulcano era un herrero peor que Bratti Chatarrero.

El tal Bratti era un vejete desdentado, que estaba a pocos pasos de nosotros. Lo llamaban como a la famosa máscara toscana. Vi que reía orgulloso, exhibido como ejemplo al resto de la mesnada.

La arenga del archimandrita mayor era francamente eficaz y muy apropiada para una asamblea de esa especie: al asimilarlos a ejemplos míticos de perversidad, que adaptaba a las exigencias cerretanas, estimulaba sobremanera a los asistentes. Volví a mirar hacia donde estaba el cerretano de las cicatrices; había desaparecido.

—Ya no lo veo —dije a Atto.

—Mala señal. Confiemos en que no nos delate.

—¿Y Apolo? Era un cazador que fisgoneaba por todas partes, peor que mi Olgiato, archibribón —decía entretanto el orador guiñando un ojo a otro compadre, mezclado en la multitud—. Marte fue de joven un gran malhechor y cometió mil asesinatos. Mercurio fue mensajero, ayo, mayordomo, ujier o mandadero, paje o citador; en definitiva, a lo que se dedicaba era a extorsionar. Plutón era panadero, y el horno se lo cuidaba su Proserpina. Neptuno era pescadero, Baco un corredor de vinos, Cupido un rufián. Entre las mujeres, una fue tratante de pollos, como Juno; otra lavandera, como doña Diana. Todo el mundo sabe que Venus fue más furcia que la puta Pullica de Florencia y que dejaba sembrar y labrar sus fincas a cualquier hombre.

La infame masa de los cerretanos reía a mandíbula batiente, espoleada por las obscenidades de su nuevo jefe.

—Platón, padre de los literatos, fue pícaro y murió picarísimo. Aristóteles fue engendrado por el hijo de un medicucho de tres al cuarto y nunca quiso dejar la picaresca. Pitágoras salió de la bragueta de un mercader arruinado; el pícaro de Diógenes dormía en un tonel sin paja debajo. Pero, dejando los reinos griegos y bárbaros y pasando a los latinos, ¿acaso no fue Rómulo, glorioso fundador de Roma, el hijo miserable de un soldadito que robaba la paga de los ricos? Su madre, todos lo saben, fue una monja exclaustrada, y él mismo no era sino un albañil de pacotilla que hizo algún trabajillo en las murallas de Roma. Mientras vivió con los pícaros fue un gran hombre, muy apreciado; cuando los dejó, es de todos conocido que se fue al traste. Al final, mucho después de Rómulo, el pueblo romano y sus ejércitos se hicieron los amos del mundo. Pero ¿qué quiere decir pueblo? ¡Pueblo son los pícaros, la plebe y los pillos! ¿Y quiénes eran los capitanes de los ejércitos romanos?

—¡Los pícaros! —tronó la asamblea.

—¿Quién, pues, combatió, quién sometió todo el mundo?

—¡Los pícaros!

Un triunfo de aclamaciones y aplausos siguió a la última exclamación. Cuando volvió la calma, el archimandrita supo esperar el momento idóneo para continuar.

—Virgilio, imitador de Homero, nació en una cabaña cerca de Mantua y sus padres fueron los mejores pillos que hubo jamás en el Piamonte. Cuando vino a Roma, con el propósito de ser pícaro hasta la muerte, se puso a trabajar en el establo imperial, de donde lo sacó el emperador Augusto, que lo quería precisamente por sus virtudes de gran truhán. Cicerón vivió como un pícaro, siempre amó la picaresca y odió la amabilidad y la altanería. Mucio Escévola fue panadero y no se quemó la mano como un héroe para salvar Roma, según cuentan ahora; se la cortó la justicia porque durante el asedio de la ciudad mezclaba harina de habas con harina de grano para que el pan que vendía pesara más. Marco Marcelo era un carnicero piojoso, y el que le quitó la vida y el poder, Escipión, no era sino un mercader de pollos.

—Qué discurso más erudito —comentó con ironía Atto—. Es digno de un auténtico caballero venido a menos. No es casual que sea un harbadanza.

Las palabras del nuevo archimandrita mayor, en efecto, hacían suponer que había conocido tiempos mejores. Enseguida prosiguió:

—¿Y las grandes familias? Los Fabio vendían habas, los Lentuli, lentejas, los Pisoni, guisantes, los Papinii toman su nombre de las mechas que vendían en el mercado. Mientras perseveró en la picaresca, como sus pares, César fue temido y reverenciado, pero, no bien abandonó aquella vida para hacerse tirano y mandar a los otros, lo mataron como a un perro. Augusto, hijo de un panadero de Velletri, como le dijo el profeta Virgilio, siguió la santa picaresca y alcanzó su mayor gloria siendo un muy humilde y gran compañero. A su hijastro Tiberio le salió todo bien mientras siguió las costumbres del padrastro, pues quien abraza la picaresca saca provecho de todo y nunca puede acabar mal. En cambio, quienes la rechazan y rehuyen se vuelven viciosos, ingratos, antipáticos y odiosos a todo el mundo, y cuando mueren van derecho al gran infierno.

Se elevaron nuevos aplausos, silbidos, alguna pedorreta, un eructo. Vi que Atto estiraba el cuello hasta asomar la cabeza sobre el bosque endiablado de los cerretanos.

—Es la hora —dijo a Buvat, mientras arreciaba el alboroto—. No dejes que te vean; si no, será nuestro fin.

El secretario se dirigió hacia el centro del anfiteatro, que, como yo había observado, estaba en gran parte ocupado por madera vieja y otros restos. En ese momento no había casi nadie allí, porque todos los cerretanos asistían al discurso que pronunciaba el nuevo archimandrita mayor. Debajo del gabán de Buvat me pareció ver una especie de bulto, que también le había visto bajo la casaca cuando íbamos en la carroza.

—Caligula fue más bellaco que pícaro —proseguía impertérrito el archimandrita—, y por eso se echó a perder. Nerón fue el pícaro que todo el mundo sabe pero, como sobre todo fue un glotón, nos interesa menos. Es inútil decir que todos los otros grandes nombres de emperadores, los Titos, los Vespasianos, los Otones, los Trajanos, todos hasta nuestros días, nacieron y vivieron como pícaros, y que cuanto más excelentes fueron en la picaresca, más dignos y valientes fueron como emperadores. El que no ha sido, el que no es, el que no será pícaro, no ha sido, no es ni será poderoso, rico ni digno. No se puede ser virtuoso ni excelente en ninguna ciencia sino por medio de la picaresca. Ella es santa porque contiene fe, amor y caridad; es divina porque hace a los hombres inmortales; es bienaventurada porque vuelve a los hombres ricos y poderosos. De ella proceden todos los placeres, los consuelos y las diversiones, hasta el juego del tarot y el tanganillo. ¡Recordadlo! El verdadero pícaro es amado, reverenciado, cortejado y deseado por todos, aunque no lo quieran demostrar. Que todos, pues, se adhieran a la, picardía, con entrega y para siempre; que todos la practiquen y se perfeccionen como hace el pícaro Lucazzo, despatarrado aquí a mi lado, que tima, roba y mendiga con el mismo arte con que el caballero Bernini hace sus estatuas. Por medio de la picaresca podemos transformarnos a nuestro antojo en poetas, oradores, filósofos, príncipes, señores, reyes y emperadores. ¡Viva la picaresca! ¡Y veréis que pronto el destino nos mandará la señal de sus favores!

—No te apures, te la manda ahora mismo —dijo Atto, mientras una batahola ensordecedora de gritos, aplausos y silbidos acogía la conclusión de la arenga.

—¿Qué ha ido a hacer Buvat? —pregunté en un susurro.

—Telémaco.

Entendí demasiado tarde lo que estaba a punto de ocurrir, pero casi fue mejor; la espera habría podido resultarme insoportable.

Todo sucedió en un santiamén. Primero se oyó un estruendo atroz, como si se hubiese abierto la tierra.

Mi mirada y la de Ugonio, que seguía en el estrado, se cruzaron por encima de la multitud de cerretanos, los cuales, pese a lo exaltados que estaban por el discurso inaugural que acababa de terminar, súbitamente se quedaron paralizados. Enseguida hubo otro estallido, todavía más tremendo que el primero.

La masa grisácea y maloliente de los mendigos se desparramó espantada en todas las direcciones; unos daban saltos, otros se tiraban al suelo, otros echaban a correr.

Se produjo entonces la tercera explosión, que impidió reaccionar a la sórdida turbamulta. Sin embargo esta vez, además del estruendo, se abrió sobre nuestras cabezas una maravillosa flor purpúrea que iluminó con destellos de carmín y bermellón a la horda cerretana, indigna de una belleza tan fulgurante. Los globos rojizos que se habían multiplicado y flotaban sobre el anfiteatro formaron luego corolas luminosas, que acabaron descendiendo con suavidad hacia el suelo, donde se debilitaron melancólicamente.

El nombre de los dos primeros artefactos, en la jerga de los artificieros, era elocuente: Terremoto. Antes de nuestra partida Atto había mandado a Buvat que preguntase a don Paschatio si por casualidad habían quedado, en los sótanos de la villa Spada, fuegos artificiales de la velada de la víspera. Y el abate se había salido con la suya. El gentilhombre de la casa había explicado con pelos y señales a Buvat cómo se prendían (por suerte, en la asamblea de los cerretanos no faltaba el fuego) y la manera de conservarlos bien antes de usarlos: evitar la humedad y los movimientos bruscos, y mantenerlos en posición vertical (palabras que, en efecto, yo había oído pronunciar a don Paschatio cuando nos disponíamos a emprender la marcha). Por regla general el Terremoto era el broche de oro triunfal del espectáculo pirotécnico, se encendía cuando los oídos ya estaban acostumbrados al gran estruendo de los cohetes. Buvat, en cambio, había roto los tímpanos de los presentes a traición, sin aviso previo, merced también a la forma de embudo del anfiteatro, que había amplificado notablemente el estallido. Después de los dos Terremotos Buvat había lanzado un verdadero fuego de artificio multicolor.

Como acababa de anunciarme, el abate Melani había puesto en práctica el método de Telémaco, el hijo de Ulises, que, tal como Albicastro nos había recordado el día anterior, fingiendo que bromeaba y estaba loco ante la asamblea de los pretendientes los entregó, indefensos, a la venganza de su padre.

Atto había calibrado bien. Los cerretanos actuaban como los pretendientes de homérica memoria; a pesar de la confusión general, nadie había bajado del estrado, ni el archimandrita mayor ni sus dos colegas, y tampoco Drehmannius, el encuadernador holandés. Era evidente que no sabían si los fuegos artificiales eran una burla, una sorpresa agradable o una amenaza. Ugonio, que seguía a su lado, fue tan rápido como preciso. Cuando el rayo rojo se elevó en el cielo y atrajo las miradas de los presentes en el anfiteatro, las manos como garfios del saqueador de tumbas ya estaban bien hundidas en la bolsa del encuadernador holandés, extraían el libro y dejaban el que Melani le había entregado en la carroza. Los dos pequeños volúmenes eran idénticos; seguramente a Atto y Buvat no les había resultado difícil encontrar otro libro de dimensiones análogas, con la cubierta de pergamino y sin inscripciones, tal como el abate había encargado al pobre Haver que encuadernase su tratado.

«Un holandés saca otro holandés», había dicho enigmáticamente el abate Melani poco antes. Ahora lo entendía: gracias a las palabras de Albicastro habíamos recobrado el tratado sobre los secretos del cónclave de la bolsa de Drehmannius.

En la multitud festiva pero aún algo aturdida de los cerretanos, cada uno preguntaba a su vecino quién había tenido la buena idea de lanzar fuegos artificiales.

—Marchémonos, don Atto.

—No podemos. Tenemos que esperar a que… ¡Buvat! Maldición, larguémonos de aquí.

—¿Y Ugonio? —pregunté.

Miré al estrado. El saqueador de tumbas nos daba la espalda. El mensaje no podía ser más claro. Teníamos que salir solos del anfiteatro; él ya encontraría la manera de irse de allí.

Nos encaminamos presurosos hacia la puerta secreta.

—Así no, así no —musitó Atto—. Fijaos en mí.

En lugar de avanzar contra el gentío, con lo que habría puesto en evidencia la dirección de la huida, el abate Melani caminaba marcha atrás, con la cabeza hacia el estrado.

Demasiado tarde. El cerretano medio desnudo que había estado observándonos un rato antes ya nos había visto a Buvat y a mí, y ahora intentaba indicar nuestra posición a un par de corpulentos energúmenos. Los dos hombres escudriñaron la multitud hormigueante en busca de nuestro trío. Hasta que dieron con nosotros y los vi emprender nuestra persecución con aire decidido.

—Don Atto, han enviado a dos sujetos a detenernos —anuncié, mientras persistíamos en la difícil empresa de abrirnos paso entre la muchedumbre sin aparentar que teníamos prisa.

La distancia que nos separaba de los dos perseguidores disminuía rápidamente. Cuarenta pasos. Quince. La puerta que conducía al pasadizo secreto en la roca estaba a la vista. Los energúmenos se hallaban a diez pasos. A ocho.

De pronto un movimiento violento, a la derecha de los energúmenos, me hizo mirar hacia atrás. Ugonio avanza a duras penas, tiran de él, el saqueador de tumbas se da la vuelta para zafarse, una mano le arranca el volumen de Atto, él resiste y lo recupera, reanuda la huida, otras manos vuelven a apoderarse del libro, la encuadernación se desgarra…

—¡Buvat! —exclamó Atto, como si le recordara algo que ya habían acordado.

No entendí qué pretendía. A todo esto, los energúmenos ya estaban a sólo seis anas. Ahora los veía mejor. Como todos los cerretanos, eran sucios, pero además muy musculosos y taimados. Instintivamente juzgué que sabían cómo infligir sufrimiento.

—Pero ¿dónde hay…? ¡Aquí! —exclamó Buvat arrojándose casi, con una antorcha en la mano, sobre un cerretano.

La llama fue muy viva —roja, blanca y amarilla, con algunos reflejos azulinos—, antes de que la girándula cobrase vida y proyectase sus espirales en un vuelo loco hacia Ugonio y sus perseguidores. Buvat había procedido con gran maña: había encendido al vuelo la mecha en el punto justo y la había lanzado con buena puntería. El gentío se abrió en dos alas, como el mar Rojo al paso del pueblo de Israel.

Justo entonces, tras la ceremonia y la arenga, había llegado el momento de Baco: transportaban una enorme cuba hacia el estrado del discurso para que los participantes pudieran dar rienda suelta a sus bajos instintos. El recipiente, pesado como una manada de búfalos y llevado a pulso por un puñado de cerretanos bastante grandes, estaba justo en la trayectoria de los dos que nos pisaban los talones.

Mientras desaparecíamos en el pasadizo secreto, apenas tuve tiempo de vislumbrar al primero de los dos energúmenos, con el rostro demudado por el dolor y la pierna quebrada bajo la colosal cuba, mientras el otro despotricaba contra los porteadores aterrorizados por nuestro cohete y trataba de coordinar sus esfuerzos para sacar a su amigo del aprieto. El humo de la girándula, que a saber dónde había acabado, hacía llorar y ofuscaba las mentes; se creó tal confusión que entre los cerretanos cundió el pánico.

No vi nada más. Cuando la puerta se cerraba, sentí por última vez en el rostro, como el aliento de un dragón dormido, el olor ácido y viciado de la reunión cerretana.

Mis sentidos gozaron enseguida de la refrescante caricia de la brisa nocturna, ya en el camino de regreso, una larga marcha a través de los campos, por la desnuda hierba, para evitar el sendero, donde podíamos tener encuentros desagradables. Manteníamos la vista y el oído aguzados, pendientes de Ugonio, esperando que él también hubiese conseguido ganar la puerta. Aunque sabíamos que era una esperanza débil, pues lo habían descubierto. Y, en efecto, no oímos ni vimos nada.

Atto echaba pestes. Ugonio había logrado apoderarse de su tratado sobre los secretos del cónclave, que quizá había causado la muerte de Haver, y luego se lo habían quitado los cerretanos. El saqueador de tumbas los había traicionado por la paga del abate. Ahora le encontrarían encima ese dinero y lo harían trizas.

Llegamos al lugar donde habíamos dejado a Sfasciamonti exhaustos, con los nervios destrozados por el enorme peligro que habíamos corrido y hundidos por la derrota. Al final, pese a que Buvat y yo no hacíamos más que pedirle que no aflojara el paso, Atto se había quedado rezagado. Vi que ocultaba algo debajo del chaleco.

Sfasciamonti salió a nuestro encuentro.

—Hay que darse prisa, va a amanecer —dijo con tono apremiante.

—¡Mira! ¡Detrás de ti! —le indicó Atto a voz en grito.

El esbirro se volvió de golpe, temiendo un ataque.

Entonces Atto se acercó y sacó algo de su chaleco. El disparo de su pequeña pistola en la noche fue seco, agudo, casi estridente. Sfasciamonti cayó de bruces, con un grito de dolor.

—Vámonos —se limitó a decir el abate Melani.

No tuve valor para mirar atrás y ver desaparecer entre la hierba de los campos la figura triste y corpulenta del esbirro, ensangrentada hasta el tobillo.

Habíamos salido cinco y regresábamos tres. Lo más probable era que en ese momento a Ugonio lo estuviesen linchando en el anfiteatro. Sfasciamonti, por su parte, debía de estar arrastrándose por el suelo en busca de ayuda, en el desesperado intento de salvarse.

Por fin subimos a la carroza, que nos esperaba detrás del granero, y partimos.

Ante la mirada interrogativa del cochero, que había reparado en la ausencia de Sfasciamonti (era quien lo había contratado) y Ugonio, Atto dijo lacónico:

—Han decidido pasar la noche aquí.

Acompañó sus palabras de unas monedas de oro que dejó caer en las manos del cochero, a quien se le quitaron las ganas de hacer más preguntas.

Una vez más, como diecisiete años antes, escruté de reojo el rostro del abate Melani, castrado antaño célebre, hombre de confianza de los Médicis de Florencia, de Mazzarino, de mil príncipes de toda Europa, amigo de cardenales, Papas, soberanos, agente secreto del Rey Cristianísimo de Francia, y me pregunté si en realidad no estaba observando a un simple canalla o, peor aún, a un sicario de profesión.

Había disparado al pobre Sfasciamonti con una frialdad despiadada y sanguinaria. Ante tamaña decisión, nadie se había atrevido a oponerse. Si yo hubiera protestado, tal vez habría acabado igual que el esbirro.

Ahora, sentado frente al abate, sentía los miembros fríos y rígidos como el mármol. Buvat, embargado por la emoción, no había tardado en dejarse vencer por un sueño infantil y letárgico.

Atto me dispensó de la molestia de hacerle preguntas. Era como si hubiese advertido el zumbido de mis pensamientos y quisiese acallarlo.

—Tú me has proporcionado los elementos —dijo de pronto—. En primer lugar, la facilidad con que el ladrón llegó a mis aposentos. Me lo señalaste tú, cuando los inspeccionamos tras el robo. Dijiste que la villa Spada estaba llena de vigilantes. Entonces pregunté.

—¿A quién? —inquirí sin entender bien adónde quería llegar.

—Al ladrón, por supuesto. A Ugonio. Y me confirmó que los cerretanos le habían dicho que alguien lo ayudaría en su tarea desde dentro de la villa Spada.

—Sfasciamonti nos traicionó… —murmuré.

Me costaba creerlo. ¿De verdad Ugonio y los suyos habían preparado el robo a Atto valiéndose de la complicidad del esbirro?

—Es posible que Ugonio haya declarado que Sfasciamonti lo ayudó con la única intención de calumniarlo —objeté—. En el fondo los esbirros son enemigos de los saqueadores de tumbas.

—Es cierto, pero yo le dije primero que sospechaba de don Paschatio, contra el cual los saqueadores de tumbas no tienen nada. Así evité el riesgo de una respuesta poco sincera.

—¿Y luego?

—Luego tú volviste a ofrecerme otro elemento interesante: la reforma del cuerpo de los esbirros, de la que habías oído hablar en la fiesta. Si la aprueban, muchos podrían quedarse sin trabajo. También Sfasciamonti. Nuestro esbirro tiene miedo, quiere dinero, su futuro es incierto. Además, está la increíble historia de la esfera.

—¿Os referís a cuando fuimos a San Pedro?

—No me cabía duda de que Sfasciamonti había impedido que te llevaras de la Bola Sagrada mi tratado, que había escondido allí (la idea, aunque descabellada, no deja de parecerme ingeniosa) Zabaglia, el capataz de San Pedro amigo de los cerretanos, o más probablemente de alguno que le había hecho un sucio favor. Fingí creerle cuando me contó que había cogido tu cuerpo exánime y traído a cuestas hasta la villa Spada, perdiendo de paso, eso sí, mi tratado.

—¿Qué ocurrió, según vos?

—Hizo lo imposible por llegar a la esfera antes que tú, porque no quería que te apoderaras de la presa. No cayó accidentalmente, como tú creíste, sino que se tiró adrede con todo su peso, te arrastró consigo y te atizó un buen mamporro en la testuz para mandarte al mundo de los sueños. Luego te sacó de allí con la ayuda de los guardias, que estaban compinchados con Zabaglia.

Entonces recordé que cuando velaba mi cuerpo durmiente, tras la malograda expedición a la esfera de San Pedro, Atto había pronunciado unas frases oscuras. Ahora comprendía plenamente su sentido.

—Por eso dijisteis, si no recuerdo mal: «Para librarse de la muerte es imprescindible la ayuda de los que la practican con asiduidad». Queríais decir que Sfasciamonti me salvó de la muerte, o de la captura.

—Así es.

—También dijisteis: «Detrás de toda muerte extraña o inexplicable hay una conspiración del Estado, esto es, de sus fuerzas secretas».

—Sí, y eso vale no sólo para los asesinatos, sino además para los robos, las injusticias, las masacres, los escándalos de los que todo el pueblo se queja y que nadie, extrañamente, consigue atajar. Si quiere, el Estado lo puede todo, da lo mismo que mande el rey de Francia, el Papa o el emperador. La vida demasiado fácil que los cerretanos llevan en Roma constituye un buen ejemplo: se la permiten gracias a que los esbirros, o sus superiores, los alguaciles y los gobernadores, son corruptos. O porque el Estado en su conjunto utiliza a los cerretanos para sus propios fines. O pretende utilizarlos cuando los necesite. Recuerda, chico: dichoso el criminal que siembra el terror en nombre del Estado; con toda seguridad se librará de la prisión. Sin embargo, el día en que conozca demasiados secretos infames, él también tendrá un triste final.

—En efecto, hace poco me dijeron que los ciegos y los cojos de la Cofradía de Santa Isabel corrompen a los esbirros para poder mendigar con tranquilidad.

—Lo sé perfectamente. ¿Por qué, pues, te asombra que los cerretanos paguen a Sfasciamonti?

¡La Cofradía de Santa Isabel! Desde que me había enterado de su existencia, cuánto recelo me había suscitado.

—Pero ¿por qué nos ayudó a descubrir a Zabaglia y, por tanto, a averiguar que vuestro tratado estaba en la esfera?

—Porque, cuando le pedí que encontrase a la persona de la que te había hablado don Tibaldutio, no le dije con qué fin queríamos esa información. Pero él quería conocer nuestro propósito.

Callé, lamiéndome mentalmente las heridas del alma.

—Sfasciamonti no es tonto —prosiguió el abate—. Es uno de tantos esbirros sin un cuarto, que se mueven en el límite entre la justicia y el crimen. Siempre buscan un buen filón que explotar: asesinos prófugos, putas que ocupan cuartos ilícitamente, recaudadores de impuestos que roban, y así sucesivamente. Sujetos, todos ellos, a los que se puede sacar una buena suma. Una vez que da con la víctima, el esbirro se hace el duro, finge que quiere indagar, arrestar, requisar. Así queda bien con sus superiores, pero nunca acaba lo que empieza: cuando hay que detener a alguien, llega dos minutos tarde; cuando interroga, se olvida de formular la pregunta pertinente; cuando efectúa un registro, no mira en la habitación donde está escondido el botín. A cambio, obviamente, la víctima le apoquina una cantidad sustanciosa. Los bribones tienen siempre reservado un dinero para contingencias de esta clase.

—Sin embargo, los cerretanos son demasiado numerosos para tener miedo de…

—¿… un cabezota como Sfasciamonti? Para quienes se dedican a los negocios sucios un esbirro es como un mosquito: si no puedes aplastarlo, procura dejarlo fuera de la ventana. Eso se consigue con dinero, sin correr riesgos inútiles. Más aún, te granjeas su amistad eterna, porque al esbirro corrupto le conviene que nada cambie. Seguramente conoces el proverbio: si remueves el estiércol, sale la peste.

Guardé silencio, perplejo. El esbirro tosco pero honesto que había creído conocer no era más que un sinvergüenza astuto y corrompido.

—Me pregunto desde hace cuánto tiempo anda Sfasciamonti tras los cerretanos —continuó Atto—. Cuando se aproxima demasiado a su objetivo y amenaza con causarles algún problema serio, han de darle algo. Entonces todo vuelve a su sitio. Por eso actuó así en los interrogatorios del Pelirrojo y de Geronimo: falsificó la fecha para que nunca los encontrasen y resultasen inútiles. ¿Qué juez puede sacar provecho de unas actas de hace un siglo? Sin embargo, la información que contienen quema, son cosas de hoy; una espina en el costado de los cerretanos, que desean mantener secretas sus sectas y, por consiguiente, están dispuestos a pagar bien para que eso no circule. Así, el esbirro sigue amenazándolos y ellos continúan pagándole. El salario de los esbirros es miserable, como tú mismo oíste decir en la fiesta a aquellos dos prelados, porque en Roma todos ellos están corrompidos.

—Pero ¿Sfasciamonti no teme que un día los cerretanos se cansen y lo eliminen?

—¿Matarlo? Jamás se les ocurriría. La muerte de un esbirro suele provocar grandes dificultades. En cambio, basta comprarlo para resolverlo todo y bien, con discreción. Además, si lo eliminas, ¿quién lo reemplazará? Puede ser un sujeto riguroso, que no acepta dinero y cumple a rajatabla con su trabajo.

—¿Cuándo os convencisteis de la traición?

—Después de vuestro ascenso a la esfera de San Pedro, pero esta noche he tenido la confirmación definitiva. ¿Cómo, según nos contó Geronimo, supieron los cerretanos que el Pelirrojo había hablado?

—Por Sfasciamonti —concluí desconsolado, con un hilo de voz.

Así pues, reflexioné con amargura, el esbirro se había interesado por nuestras pesquisas e incluso nos había prestado alguna pequeña ayuda, pero sólo para espiarnos y vigilarnos.

—Lo gracioso es que estos días, para contar con él, yo también he tenido que pagarle. De ese modo, ha recibido dinero de las dos partes, del abate Melani y de los cerretanos —dijo con una sonrisita amarga.

—¿Habíais previsto usar los fuegos artificiales?

—Sólo si la cosa se ponía muy fea, para crear confusión y aprovecharla. La idea de Spada, tu amo, de concluir los festejos con un espectáculo pirotécnico nos ha salvado. Como has visto, ni siquiera tú te has enterado hasta el último momento de lo que iba a ocurrir en el anfiteatro. No podía correr el riesgo de que se te escapase algo con Sfasciamonti.

Sentí que me salían los colores a la cara. No obstante todas las declaraciones de estima y amistad, en el momento decisivo Atto me había tratado como a un aguafiestas al que deben confiársele los menos secretos posibles. No había remedio, me dije; un espía es siempre un espía, extraño a todos y enemigo de la confianza.

—¿Por qué lo hicisteis venir con nosotros?

—Para no perderlo de vista. Él creía que nos seguía los pasos, pero era al revés. Pedí a Ugonio que le dijera que no podía ir con nosotros al anfiteatro, para que no fuera un obstáculo. Sfasciamonti no podía oponerse; sabía que habría levantado demasiadas sospechas, pues yo le había pagado para que acatase mis órdenes. Es probable que intentara entrar a escondidas para traicionarnos, pero ignoraba dónde está el pasadizo secreto.

Yo tenía la mirada perdida. ¿Cómo era posible? ¿Es que se me escapaba todo de las personas que me rodeaban? ¿Tan hipócrita e inmoral era realmente Sfasciamonti? Me vino a las mientes la primera vez que vi a aquel esbirro torpe pero valiente, que decía que quería convencer al gobernador de que metiera entre rejas a los misteriosos cerretanos: el esbirro que se retira de la lucha cotidiana para visitar a su madre…

—A propósito —añadió Atto—, pedí a Buvat que, entre una biblioteca y otra, fuese a preguntar un par de cosillas al párroco del barrio donde vive Sfasciamonti. Y descubrió algo francamente cómico.

—¿Qué?

—Que la madre de Sfasciamonti murió hace dieciséis años.

Callé, afligido por mi cortedad. Atto había deducido la traición de Sfasciamonti gracias a observaciones e informaciones que en buena parte yo mismo había recabado y, sin embargo, no había sido capaz de hilvanar lógicamente.

—Hay algo que no entiendo —admití—. ¿Por qué no habéis querido desenmascararlo antes?

—Ésta es una de las preguntas más estúpidas que me has planteado nunca. Piensa en Telémaco.

—¿Otra vez? —exclamé con impaciencia—. Ya he comprendido que la historia de Telémaco os sugirió la idea de distraer a los cerretanos con los fuegos artificiales. Pero ahora, francamente, no veo…

—Homero llama a Telémaco «discreto» —me interrumpió Atto—, «semejante a los dioses» y también «a la sagrada fuerza». Lo encomia casi en cada verso. Ahora bien, ¿qué dice de él el buen Eumeo, el porquerizo que tanto lo quería? Que «alguno de los dioses le ha confundido la mente». Y su propia madre, la fiel Penélope, le grita: «¡Telémaco, has perdido el juicio!». Así juzgaban sus gestas quienes más lo amaban. No reconocían la sutil sabiduría y la enorme prudencia de su proceder aparentemente insensato. ¿Y sabes por qué?

—Fingía que estaba loco para que no sospecharan de él los pretendientes que habían invadido el palacio de Ulises —respondí—. Pero, insisto, no veo de qué manera…

—Aguarda y escúchame. Telémaco se hace pasar por loco para cumplir su acto más audaz, atraer a los pretendientes a la trampa fatal: el certamen del arco de Ulises. Decía: «¡Oh, desgracia, que Zeus el Cronión me ha privado de seso! Heme aquí disfrutando y riendo con mente de loco». ¿Y no se puso él mismo, cual señuelo, a probar ese arco que sólo su padre, según se decía, era capaz de tender? No hizo patente su simulación hasta el momento oportuno, cuando Ulises toma el arco para matar a los pretendientes.

—Ya entiendo —dije por fin—. Fingisteis creer a Sfasciamonti hasta que le sacamos el máximo partido.

—Exacto. Si lo hubiese desenmascarado antes, nunca habríamos sabido nada de lo que contó el Pelirrojo, ni habríamos llegado al Tudesco, o sea, a Ugonio, y así sucesivamente.

—Habéis sido hábil y temerario. Habéis sabido tener una alimaña a vuestro lado sin que os arranque los ojos —comenté admirado, pasando por alto que el abate me había hecho ver las orejas al lobo en compañía de un traidor.

—Además —concluyó Atto con una risita—, habría sido complicado deshacerse antes de Sfasciamonti; ¡no podía agujerearle el trasero en medio de los festejos de la villa Spada!

La carroza proseguía su camino en las primeras luces del alba. El cansancio caía inexorablemente sobre nuestros párpados, mas demasiadas preguntas me apremiaban aún en el alma.

—Don Atto, ¿por qué imprecasteis cuando Ugonio os dijo que aquel cerretano holandés tenía que despegar la encuadernación de vuestro tratado?

—Por fin lo preguntas. Todo el problema reside ahí.

—¿Qué queréis decir?

Era un asunto de falsos blancos. Cuando se apunta contra un objetivo equivocado, explicó Atto, todo se tuerce.

El primer blanco falso había sido el cardenal Albani. Como ya habíamos descubierto, no tenía nada que ver con el robo del tratado de Atto sobre los secretos del cónclave.

El segundo blanco falso era Von Lamberg. Habíamos creído que era el embajador imperial quien había encargado el robo, por su afán de apoderarse de los análisis e informes secretos que Atto debía de haber redactado para el Rey Sol en sus páginas. Era otro error.

—Von Lamberg no es más que un creyente muy devoto. En lugar de ser embajador, debería estar en Viena haciendo vida de cortesano, atiborrándose de costillas de ciervo y de pastel de queso, como hacen todos sus paisanos, y ocupándose de sus tranquilos feudos austríacos. Él no ordenó el robo de mi tratado.

—¿Cómo podéis estar tan seguro?

—Estoy seguro porque nadie ordenó a los cerretanos que cometieran el robo. Lo hicieron por su cuenta.

—¿Ellos? ¿Y por qué?

—¿Te acuerdas de lo que dijo Ugonio cuando entramos en su guarida en las termas de Agripina? Los cerretanos están inquietos, masculló, porque alguien les ha robado su nueva lengua. Lo confirmó también Geronimo, el cerretano que Sfasciamonti ha interrogado hoy. La respuesta de Ugonio parecía absurda. Sin embargo, no dejé de darle vueltas en la cabeza. La nueva lengua. ¿No es verdad que los cerretanos tienen una lengua secreta, la jerga, o jacarandina si lo prefieres? Como sabemos, es más seria que el idioma ridículo que oíste cuando te arrojaron de la terraza, en campo di Fiore.

—Os referís a… «tresmientrestes».

—Sí. Su lengua secreta no es más que la jerga que hemos sido capaces de entender en buena parte gracias al pequeño diccionario que nos consiguió Ugonio. Ahora bien, es probable que los cerretanos hayan decidido renovarla precisamente porque empieza a ser demasiado conocida. ¿Recuerdas lo que nos dijo Buvat? La jerga es una lengua secular. Sin embargo, cuando deja de ser incomprensible, la modifican un poco valiéndose de pequeños ardides para que vuelva a ser tan oscura como antes. Esta vez, sin embargo, alguien ha robado la clave del nuevo código, la regla de su funcionamiento, o algo semejante, tal como dijo Geronimo a Sfasciamonti y a sus dignos colegas. Podría tratarse de una simple hoja de papel con las instrucciones para hablar y comprender la jerga reformada.

—Sí, os sigo —dije comenzando a entender.

—Pues bien, después de sufrir el robo, los cerretanos habrán hecho de todo para recobrar la hoja mágica, ¿no te parece?

—Desde luego.

—¿Y qué es lo que por todos los medios han intentado sustraerme y conservar hasta esta noche?

—¡Vuestro tratado! ¿Insinuáis que la lengua secreta de los cerretanos está…?

—Oh, no en lo que yo he escrito. No sé nada de la lengua de los cerretanos. Para ser precisos, la hoja está dentro del volumen.

—¿De qué forma?

—¿Sabes cómo se hacen las cubiertas de pergamino, como la que yo encargué para mi tratado al pobre Haver?

—¡Pegando… hojas usadas! Ya lo entiendo: ¡las instrucciones para la lengua secreta están pegadas dentro de la cubierta! De hecho Ugonio dijo que aquel extraño cerretano, el encuadernador holandés, tenía que despegar la encuadernación…

—Así es. Tenía que separar de mi cubierta la hoja que describe las nuevas reglas de la lengua secreta. En efecto, las hojas que se emplean para la encuadernación suelen pegarse a la cubierta por el lado escrito.

—Por eso, para despegar la hoja han traído a un experto de Holanda. Pero se me escapa una cosa: ¿cómo ha acabado en vuestro libro?

—Qué preguntas. La puso el encuadernador, Haver. Sin saberlo, por supuesto.

—Eso explica que los cerretanos irrumpieran en la casa de Haver y se lo llevaran todo. ¡Buscaban vuestro volumen!

—Y el pobre hombre, del susto, entregó el alma —añadió Atto con tono triste—. Sin embargo, como recordarás, cuando llegaron a la casa de Haver yo ya había mandado retirar el libro. Los ladrones se apercibieron de ello sólo después de examinar su botín: montañas de papel. Se llevaron un chasco.

—Entonces encargaron a Ugonio que os robara el tratado.

—Así es. El saqueador de tumbas actuó sobre seguro: en mis aposentos no había más libros encuadernados. Por eso no tuvo ninguna dificultad en encontrar el volumen adecuado. Ni él ni los cerretanos conocían su contenido.

—Bien. Pero ¿cómo llegó la hoja al taller de Haver? ¿Y por qué se fijan en él los cerretanos?

—Haz un poco de memoria. Esta noche, al lado del estrado del archimandrita había un joven que creíamos haber visto en algún sitio.

—Sí, pero todavía no sé dónde nos hemos cruzado con él. Puede que lo hayamos visto mendigar en algún lugar de la ciudad, o quizá estaba con los otros mendigos en Termini la noche en que perseguimos al Pelirrojo y a Geronimo.

—Te equivocas, pero no hay por qué extrañarse, ya que apenas alcanzamos a verlo durante unos segundos; además, yo lo vi mejor que tú, porque es el hombre que me rebanó el brazo.

—¡El cerretano al que persiguió Sfasciamonti delante de la villa Spada!

—El mismo. No es casual que esta noche estuviese junto al archimandrita, a Ugonio y a ese mostrenco… ¿cómo se llamaba…? Drehmannius. Aquel chico tan flaco que parece un saco de huesos, mi agresor, llevaba a algún sitio la hoja con la lengua secreta. Se tropezó con nosotros, la hoja salió volando y se mezcló con otros papeles. Y acabó en mi encuadernación. Para los cerretanos, informados por Sfasciamonti, encontrar el taller de Haver fue un juego de niños.

—Pero ¿por qué aquel cerretano flaco tuvo que apuñalaros delante de la villa Spada?

—No me apuñaló. Fue un accidente. Sfasciamonti lo había visto en los alrededores y había comprendido que tramaba algún negocio sucio. Después de intentar detenerlo, fue en pos de él. El esbirro tuvo una buena intuición: el cerretano, en efecto, llevaba consigo el nuevo código de la jerga reformada. Tal vez hacía de mensajero; los cerretanos iban a reunirse dentro de muy poco, ahora lo sabemos, y seguramente estaban haciendo los preparativos. Mientras huía, el muchacho empuñó el puñal para defenderse en el caso de que lo alcanzaran. Entonces tropezó conmigo, provocándome la herida que todavía me duele, y perdió el arma. Sfasciamonti, mira por dónde, se quedó con el cuchillo; quería estar seguro de que nadie le robaría la investigación.

—Pero, en vez de complicarse la vida robando vuestro tratado, ¿los cerretanos no podían conseguir otra copia del código?

—No existe siquiera, creo.

—¿Cómo lo sabéis?

—Por simple lógica. Buvat nos dijo que por tradición sólo el archimandrita mayor puede dictar las nuevas reglas. Las escribe de su puño y letra, y luego el texto se lee en una reunión general con representantes de todas las sectas, los cuales se encargan de difundir el nuevo código por todas partes. Sin embargo, Ugonio nos había informado de que debían nombrar un nuevo archimandrita porque el anterior había muerto. Así pues, había desaparecido el único que conocía el contenido de aquella hoja: su autor.

—Pero la asamblea general ya estaba convocada, quizá desde hacía meses —dije siguiendo el razonamiento—. Partidas de cerretanos afluían de toda Italia y no se podía elaborar un nuevo código porque no quedaba tiempo.

—Claro. Supongamos que, en el apuro, se empeñaran en componer una nueva lengua secreta sin el difunto archimandrita mayor. ¿Qué crees que, en una semana, podría salir de la mollera de esas bestias vestidas con harapos?

—Esto no tiene pies ni cabeza —comenté tras un breve silencio—. Me parece inaudito lo que hizo Sfasciamonti: lanzarse a perseguir a un individuo para luego entablar un pacto.

—No tiene nada de extraño. Los esbirros corruptos son los primeros que llegan allí donde se comete un delito, o simplemente allí donde hay motivos de sospecha. Saborean de antemano el dinero que podrán sacar.

Calló un instante, enjugándose el sudor de la frente con un pañuelo de fino encaje.

—¿Creéis que sobrevivirá?

—No temas. Antes de disparar le hice volverse por dos razones: porque es un traidor, y a los traidores siempre se les dispara por la espalda, y para apuntarle al trasero, la única parte del cuerpo donde nada se fractura y son muy improbables las infecciones.

El abate Melani había hablado con tal aparente conocimiento de causa de las infecciones por arma de fuego que supuse que su trato con las armas venía de antiguo. Algo muy propio de todo espía auténtico.

Cuando llegamos, ya había despuntado el día. Pedimos al cochero que nos dejase a cierta distancia de la villa Spada para que los criados no nos vieran salir de la carroza.

Atto estaba exhausto. Buvat y yo tuvimos que ayudarlo a subir a sus aposentos. La servidumbre, ya acostumbrada a nuestras apariciones y desapariciones en horas insólitas, hizo como que no nos veía.

Acomodado en su cama como un cuerpo muerto, el abate Melani cerró los ojos preparándose para un largo sueño. Entonces, justo cuando me disponía a salir, vi que fruncía la nariz como siempre que percibía un mal olor. Al mismo tiempo mis ojos, no menos cansados que los miembros de Atto, advirtieron un movimiento detrás de la cortina de la ventana. Más abajo, en el suelo, bajo faldas de la tela asomaba un par de botas enormes.

—Esto no acabará nunca —dijo el abate entre asustado e irritado.

El intruso no se movía, temeroso quizá de nuestra reacción. Buvat, Atto y yo también nos quedamos quietos esperando su iniciativa.

—Sal de ahí, quienquiera que seas —dijo el abate sacando su pistola.

Hubo un instante de silencio.

—Para ser mas médico que mendigo, presiento al decisionismo incunable de vuesa merced este modesto aprovechamiento de mis denosdados mierdecimientos —susurró una vocecita tímida y temblorosa.

El brazo de un gabán salió de detrás la cortina y enseñó un libro que parecía haber sido pisado por las ruedas de cien coches.

—¡Mi tratado! —exclamó Atto, que tras asirlo apartó de golpe los pliegues de la cortina.

Ugonio, en un estado aún más calamitoso que el habitual, no se anduvo por las ramas. Explicó que había conseguido escapar de los cerretanos, gracias a la girándula que había encendido Buvat, poco antes de que nosotros saliéramos del alboroto. Una vez fuera del anfiteatro, él también se había cuidado de evitar el sendero principal, motivo por el cual no lo habíamos visto. Para regresar a Roma, venturosamente había robado un caballo en un establo, aunque corriendo el riesgo de que lo alcanzara y matara el dueño, que, armado hasta los dientes, lo había perseguido a lomos de una potranca. Ahora había venido a entregar la mercancía prometida y a recibir una nueva recompensa, que bien se merecía.

Muy emocionado por la recuperación de su tratado, el abate Melani no prestaba gran atención a Ugonio. Abrió el libro, y por fin vi con mis propios ojos aquello por lo cual había arriesgado la vida:

Atto me leyó orgullosamente el frontispicio:

—«Memorias secretas que contienen los acontecimientos más notables de los cuatro últimos cónclaves con numerosas observaciones sobre la corte de Roma».

—Me urgencia en grado sumario mi gratoficación postrimera —dijo Ugonio tocándose un hombro. Tenía una mano vendada y restos de sangre en la cara.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó Atto dejando de mirar su querida obra. No le cabía en la cabeza que a alguien tan hábil como Ugonio lo hubieran pillado con el tratado sobre los secretos del cónclave que él mismo le había encargado robar.

—Una nadita, un imprevistado con intrascendencia.

La respuesta era demasiado evasiva para no crispar a Atto.

—¡Vaya! Te he dado un montón de dinero y has estado a punto de perder mi libro cuando ya te habías apropiado de él, ¿y llamas a eso «un pequeño imprevisto»? —rezongó Melani.

El saqueador de tumbas calló con evidente turbación. Sus heridas eran elocuentes: al ir a quitar el libro a los cerretanos, algo había salido mal. No podía negarse a explicar lo que había ocurrido. Así pues, con circunloquios y expresiones muy coloridas y singulares, contó que el gran legator Drehmannius llevaba al cuello una cadenita con una reliquia sumamente interesante: de un pequeño crucifijo de madera colgaba una cajita que contenía un incisivo, que sin sombra de duda, como le había revelado su olfato, había pertenecido a la sagrada mandíbula del santo holandés Leboino.

—¡Me importa un bledo! No estabas allí para… —lo interrumpió Atto, pero enseguida se llevó una mano a la boca. Sus ojitos se achicaron y aguzaron como dos puñales deseosos de clavarse—. Sigue.

Aunque entre ambigüedades y medias palabras, llegó la confesión. Pese al gran riesgo que acababa de correr para sustraer del morral del gran legator el tratado de Atto, Ugonio no había podido resistir la tentación. Con un movimiento felino se había acercado al oído del cerretano holandés para susurrarle algo. Seguía el alboroto causado por los fuegos artificiales, de modo que la asamblea se había transformado en un hervidero estrafalario y ensordecedor. Con una mano Ugonio había soltado la cadenita del crucifijo por la nuca del otro, al tiempo que fingía perder el equilibrio y casi caía encima de él («¡Técnica muy aconsejante y productífera!», comentó satisfecho), para que la víctima no prestase atención al robo que estaba sufriendo. El crucifijo se había deslizado por la barriga del gran legator, Ugonio lo había cogido y se lo había guardado en el bolsillo.

—Lo que me imaginaba —masculló Atto, que contenía a duras penas la ira.

Como Melani y yo sabíamos perfectamente, los saqueadores de tumbas robaban, vendían y transformaban toda suerte de cosas, pero su mayor pasión eran las reliquias sagradas, sin importar que fueran verdaderas o falsas (ya diecisiete años antes nos habían dado pruebas de ese apetito malsano). Por desgracia, su desmedida codicia solía manifestarse cuando había en juego algo mucho más valioso, y al final todo se iba al traste. La avidez de Ugonio, en efecto, había sido castigada enseguida, como él continuó explicando en voz cada vez más baja por el empacho.

Al cabo de unos minutos, mientras se rascaba su pecho sucio y pulgoso, el gran legator se había dado cuenta de la sustracción del diente de san Leboino y, por consiguiente, también de la desaparición del tratado sobre los secretos del cónclave, que no habría echado en falta de no ser por el otro robo. Por eso Ugonio había tenido que poner pies en polvorosa y, con la fuerza de la desesperación y la ayuda de la girándula lanzada por Buvat, había conseguido librarse de sus ex aliados.

—Drehmannius es un memencio muy descuidadizo —concluyó alborozado el saqueador de tumbas, tras lo cual soltó su genuina e irrefrenable risa simiesca.

—¡Zote, animal, mendrugo! —espetó Atto—. ¡Te di un montón de dinero para que recuperaras mi tratado, no para que fueras tras tus porquerías!

El acusado guardó silencio. La expresión de su rostro, que de pronto había adoptado un aire contrito y humillado, ocultaba hipócritamente (estaba seguro) la insensible y bestial sed de posesión que es propia de las naturalezas primitivas.

—Sólo una pregunta, Ugonio: ¿dónde está ahora esa sagrada reliquia? —inquirí, horrorizado y al tiempo divertido por lo voraz que era para el robo el saqueador de tumbas.

Por toda respuesta, como el aldeano saca de la jaula su mejor conejo para enseñarlo a los compradores, en un abrir y cerrar de ojos Ugonio extrajo de su gabán la cajita que contenía el incisivo de san Leboino. Lo había conseguido.

—Ahora los cerretanos van a rebuscarme por doquieran —concluyó con un tono de inquietud que nunca le había oído—. He de alargarme de aquí sin delación. Creo que me ahuyentaré hacia Vindobona.

—¿Regresas a Viena? —preguntó asombrado Atto, mientras dejaba una bolsita de monedas en la mano sana de Ugonio. Éste sopesó el contenido, que a pesar de todo se había merecido, y profirió un gruñido de satisfacción.

Sabíamos que el saqueador de tumbas procedía de la capital del Imperio, motivo por el cual su italiano era tan precario, pero nunca hubiéramos imaginado que los cerretanos podían perseguirlo con tanto encarnizamiento como para forzarlo a volver a su patria.

—De todos modos, supongo que después del jubileo no andarás corto de medios para establecerte en tus tierras —observó Atto.

Ugonio no pudo reprimir una sonrisa satisfecha.

—Para ser más médico que mendigo, los granjeos jubiliares han sido cuantosos y sucurápidos. Me sumiré en un lugar apartadizo y pachorro, para no menoscagar el peculiado.

El abate Melani, pese a su natural cínico, parecía casi disgustado.

—¿No podrías refugiarte temporalmente en el reino de Nápoles, que está a pocas horas de aquí, y regresar cuando las aguas se hayan calmado?

—Los cerretanos son inclemencios, matarifesios y muy tenacios —respondió el saqueador de tumbas. Acto seguido se aprestó a salir por la ventana, por donde probablemente también había entrado—. Asuertemente, se agerenciaron eso que con tanto frenetismo codicionaban.

Antes de desaparecer señaló el tratado que Atto tenía por fin entre sus manos.

Mientras el saqueador de tumbas se esfumaba (¿volvería a verlo alguna vez?), reparé en que, en efecto, la cubierta del libro estaba arrancada. Recordé entonces que había visto cómo la encuadernación se desgarraba cuando Ugonio trataba de librarse de sus perseguidores en el anfiteatro.

Los cerretanos habían conseguido su propósito: tenían en su poder el código de la lengua secreta.