Tercera Noche

9 DE JULIO DE 1700

Corrí hasta quedar sin aliento. Sostenido por la escasa luz que quedaba y por las primeras brisas vespertinas, cubrí la breve pero no ínfima distancia que separaba el Navío de la villa Spada a una velocidad a la que ni siquiera el miedo a mi propia muerte habría podido impulsarme. «Cloridia, Cloridia», me repetía angustiado. «Y las niñas, ¿dónde estarán?». Había labrado en mi mente todo el trayecto que debía hacer con el cincel de la aflicción: franquear la entrada principal de la villa, recorrer la alameda, entrar en el casino, tomar un par de atajos interiores, subir al primer piso, ir a los aposentos de la princesa de Forano…

Sin embargo, no bien el muro de la villa Spada apareció ante mi vista, comprendí que me resultaría muy difícil lograr mi propósito. Delante de la villa reinaba la mayor confusión. En la explanada donde se abrían las verjas de honor, desde hacía horas atestada de carruajes, fámulos, parásitos y servidores, hacía su ingreso el cortejo de uno de los principales invitados a la boda: Luis Grimaldi, príncipe de Mónaco y embajador del Rey Cristianísimo de Francia.

Traté de abrirme paso hacia la entrada de la villa, pero me lo impidió la multitud de aldeanos y pueblerinos deseosos de ver a personajes de postín. Todos querían echar al menos un vistazo a los cardenales, los príncipes y los embajadores invitados a la boda. La aglomeración no hacía más que aumentar por las personas que entraban y salían de la villa, bajo la vigilancia de dos guardias armados. Al otro lado de las verjas la muchedumbre era indescriptible, el estruendo, insoportable; Ofuscaba la vista la polvareda que levantaban los cascos de los caballos; el gentío ondulaba perezosamente, en vano espoleado por quienes (cocheros, palafreneros, escoltas) hacían maniobras o entraban en la villa.

—¡Permiso, permiso! ¡Soy un criado de la villa Spada, dejadme pasar! —vociferé como un enajenado tratando de abrirme camino, pero nadie me oía.

En ese instante un coche dio marcha atrás; dos muchachas lo esquivaron milagrosamente dando gritos y una tropezó conmigo. Caí al suelo y, en el intento de agarrarme a algo, arrastré conmigo a no sé qué desgraciado, que a su vez derribó a su vecino. Así acabé atrapado en un extraño montón de piernas y brazos. Al levantarme constaté que tan nimio incidente había dado lugar a una riña. Dos palafreneros se estaban moliendo a palos. Dos cocheros se daban empujones y, cuando uno de ellos blandió su cuchillo, alguien se puso a llamar a gritos a los esbirros. El cortejo del príncipe de Mónaco se detuvo, tambaleándose y rechinando como una única y enorme carroza.

Sin hacer caso de la pelea, reanudé la carrera hacia mi Cloridia, con el corazón en un puño. Sin embargo, los carruajes me cerraban el camino hacia la entrada y era imposible pasar. Así pues, me mezclé en la reyerta para tratar de colarme por una selva de piernas, botas y zuecos. Recibí primero un codazo en el pecho, luego un empellón de un crío. Bajé la cabeza, listo para embestir. Los grandes ojos del chiquillo me miraron estupefactos e inermes. Me lancé al ataque.

En vez de chocar con un vientre muelle, mi frente se estrelló contra una superficie espaciosa pero firme. Era una mano, enorme e invencible, que me aferró por el pelo y me levantó la cabeza a la fuerza.

—¡Por todas las culebrinas! Muchacho, ¿qué haces aquí? ¡Tu mujer te necesita con urgencia!

Sujetándome aún por el pelo, Sfasciamonti me miraba divertido y sorprendido.

—¿Qué le ha sucedido a Cloridia? —exclamé.

—A ella nada. En cambio, a la princesa de Forano le ha pasado algo bueno. Ahora, ven.

Me subió sobre sus poderosos hombros y me llevó hacia la verja de la villa. Desde aquella posición, como un nuevo Aníbal a la grupa de su elefante, pude contemplar todo el panorama. La multitud murmuraba y se agitaba de nuevo: desde su carruaje, el príncipe de Mónaco lanzaba; dinero al pueblo. Con un amplio gesto teatral, sacaba monedas de una faltriquera y las arrojaba a decenas, derramando sobre las cabezas del público chorros dorados. Su rostro delataba el sumo placer que experimentaba al ver cómo la plebe se pegaba y pugnaba por lo que para él no significaba nada.

—El príncipe de Mónaco es un auténtico fanfarrón —susurró Sfasciamonti mientras pasábamos delante de los guardias armados que había en la puerta de la villa y por fin entrábamos—. El dinero se lanza al pueblo desde el balcón del palacio de uno, no delante de las villas ajenas.

—¿De modo que Cloridia está bien? —pregunté, ahora algo más tranquilo, tras bajar de sus hombros—. ¿Y mis niñas?

—Todas están perfectamente. ¿No te lo ha dicho Buvat? La princesa de Forano ha tenido un hermoso varoncito. Tu mujer necesitó ayuda cuando la asistía en el parto. Mientras esperaba a que llegaran tus hijas, preguntó por ti. Nadie sabía dónde estabas, y entonces Cloridia dijo que buscaran al abate Melani. Como tampoco nadie conocía el paradero de éste, Buvat ofreció sus servicios. Lo primero que le pidieron fue que retirase las sábanas manchadas de sangre, y se ensució la camisa. Entonces se puso pálido, dijo que no soportaba la vista de la sangre y fue a buscaros. A propósito, ¿dónde estabais?

En ese momento arqueamos las cejas con estupefacción al ver que hacía su entrada el cortejo de la novia, la joven Maria Pulcheria Rocci. El séquito contaba con nada menos que once carruajes, amén de muchos otros más enviados por cardenales, embajadores, príncipes y grandes caballeros de la corte de Roma.

Un tiro de honor de seis abría la marcha, seguido por las tres primeras comitivas, compuestas de carruajes y carros de ornamento. Todas merecen recordarse y describirse, aunque yo sólo pude verlas parcial y limitadamente debido a mi baja estatura.

En la primera, muy aplaudida, viajaba la novia. La caja del carruaje era completamente dorada, con figuras de tamaño natural del Otoño y el Invierno en la parte delantera, y del Verano y la Primavera en la trasera. En medio sobresalía el Sol, rector de dichas estaciones, y a sus pies se representaban dos ríos que se unían al final de su curso. El conjunto, en fin, estaba rodeado y embellecido por grupos de amorcillos.

Seguía, como es norma en los esponsales nobles, un sencillo carro negro y vacío.

A continuación venía el carruaje de la familia de la novia. Estaba totalmente cubierto de terciopelo verde y guarnecido por dentro de brocado verde con bordados de oro. En el carro que iba detrás había dos imágenes aladas de la Fama empuñando trompetas, y a su lado otras de la Pintura y la Escultura sujetando los utensilios que requieren sus nobles artes.

Por último, el tercer carruaje, sin más adorno que su interior color carmesí y carente de séquito, anunciaba con afectada compunción la entrada del verdadero triunfador de la fiesta, el cardenal secretario de Estado Fabrizio Spada.

La riqueza y el esplendor de los coches eran una prueba palmaria de la generosidad del cardenal, que había querido ofrecer tan memorable boato a la novia de su sobrino; pero esa generosidad resultaba más elocuente si uno se detenía a pensar en la descomunal cantidad de dinero —era lo que se murmuraba aquella tarde— que le había costado el bonito gesto.

—Hablan de veintiséis mil escudos —me susurró un joven lacayo aprovechando un momento en que pudimos zafarnos de los empujones del gentío.

El cortejo enfiló el largo paseo de entrada, entre la aclamación de los presentes, situados a los lados. Llegado a la glorieta que antecede a la graciosa fachada del casino Spada, dobló a la derecha y bordeó el jardín de naranjos, para desaparecer de mi vista detrás del zarzal en dirección a la capilla. Me apresuré. Quería abrazar lo antes posible a mi mujer. Alcé la mirada hacia las ventanas del primer piso, donde sabía que se alojaba la princesa de Forano, pero no conseguí vislumbrar nada. Resolví subir hasta la puerta de la dama; no podía, desde luego, permitirme llamar, pero a lo mejor lograba acercarme a Cloridia. La imaginaba muy atareada entre el recién nacido, los cuidados a la puérpera y sus variados consejos. Encontré desierto el pasillo; todos habían bajado para asistir a la llegada de la novia. Oí la voz argentina de mi esposa por la puerta entreabierta.

—Cleófanes, mal hijo del excelente Temístocles, no disfrutó de la leche materna, y por el mismo motivo Jantipo degeneró de Pericles, Calígula de Germánico, Cómodo de Marco Aurelio, Domiciano de Vespasiano y Absalón de David, al que debía haber mencionado primero.

»¿Cómo asombrarse de que Egisto fuese adúltero? ¡Si lo alimentó una cabra! A Rómulo lo amamantó una loba, de la que chupó el instinto cruel de despotricar contra su hermano Remo y de raptar a las Sabinas, como si fueran ovejas.

Comprendí de inmediato. Conocía al dedillo el repertorio puerperal de mi Cloridia. En las horas que seguían a cada parto que había salido bien, le apasionaba disertar sobre la extrema importancia de dar el pecho al pequeño.

—Convendréis conmigo, princesa, en que el vínculo del amor filial nace con la concepción, pero se acrecienta cuando se cría al niño con la leche materna —explicaba con un tono dulce y persuasivo.

Teresa Strozzi callaba.

—Graco, valeroso romano, nos sirve de ejemplo —continuó Cloridia—. Cuando regresaba victorioso a Roma de las guerras de Asia, salieron a recibirlo al mismo tiempo, a las puertas de la ciudad, su madre y su nodriza. Graco sacó entonces dos obsequios, que había escogido durante la campaña: un anillo de plata para su madre y un cinturón de oro para su nodriza. A la primera, que se lamentaba por haber sido pospuesta a la nodriza, le dijo: «Vos, madre, me disteis a luz después de llevarme nueve meses en el regazo, pero al nacer me echasteis enseguida de vuestro pecho y de vuestro lecho. Esta nodriza me recibió, me acarició y me sirvió no nueve meses, sino tres años seguidos».

La princesa permanecía en silencio.

—Este razonamiento, hecho por un pagano, debería ruborizarnos —insistió Cloridia—, pues, habiendo nacido cristianos, hacemos profesión de fe perfecta, que tiene por fundamento creer y obrar con caridad. Y si se nos enseña a amar incluso a nuestros enemigos, con mayor motivo nos enseña a amar a nuestros hijos.

—Querida —rebatió una voz cansada pero tajante, que deduje era la de la princesa—, ya he sufrido bastante por este pequeño, como antes por sus tres hermanos, para extenuarme todavía más dándole mi leche.

—Oh, escuchadme, os lo ruego —suplicó mi arrojada consorte—. Si considerarais solamente toda la diversión de que priváis a vuestra criatura prohibiéndole el seno materno, tengo para mí que no lo haríais. Para los niños no existe pasatiempo más dulce en el mundo; no hay comedia que pueda compararse con sus llantos de impaciencia y con los movimientos súbitos que hacen al tocar la teta, ni con esa risa de alegría cuando abren la boquita y hunden la nariz y la cara en el tibio seno de la madre.

Las tiernas imágenes que evocaba mi hermosa comadrona no parecían conmover a la dama.

—¿Por qué habría de someterme a tanto sacrificio? —preguntó con una pizca de impaciencia en la voz—. ¿Para que me propine patadas cuando sea capaz de dar sus primeros pasos y luego, cuando sea adulto, me trate con ingratitud y presunción?

—Ésa es precisamente la causa de que en nuestros días los hijos quieran tan poco a sus padres —se acaloró Cloridia—. Dios quiere que los hijos respondan al poco cariño que han recibido en su juventud con escaso amor en la edad de discreción.

—Mi marido contrató hace tiempo a una nodriza. La ha mandado llamar; llegará dentro de poco. Y ahora basta, no sea que el pequeño se despierte. Déjame, quiero descansar —la despidió bruscamente.

Cuando Cloridia salió, con el rostro sombrío y los puños apretados, pasó a mi lado casi sin verme. Bajó rápidamente por las escaleras de servicio; fui detrás de ella. Una vez en las cocinas, estalló.

—¡Ah, la política del moderno alumbramiento! —bramó, y al oírla algunas fámulas se volvieron hacia ella.

—Cloridia, ¿qué ha pasado? —preguntaron con curiosidad.

—¡Oh, nada! Sólo que se ha propagado con feracidad inextirpable la costumbre de que la madre no vulgar, remilgada, no se digne llevar a su seno al vástago cuyo molesto peso tuvo que cargar en su regazo —proclamó acompañando las palabras con grandes gestos y muecas, para remedar a las damas a las que trataba.

Las chicas de la cocina rompieron a reír. Una, que según sabía era madre de una niña de dos años, se sacó un pecho de la blusa y lo apretó hasta que le salió un chorro de leche, prueba de que aún criaba a su hija.

—¿Te parece vulgar? —preguntó entre carcajadas.

—¡Adiós, niños, adiós! —clamaba Cloridia, cual profetisa, dando vueltas por la cocina con los brazos abiertos para desahogar toda la cólera que le había provocado la princesa de Forano—. Vuestras madres ya no os aguantan, porque en el embarazo dais mucho la tabarra y resultáis demasiado dolorosos en el parto. Así, el niño europeo se ve obligado a emprender su camino en un pecho desconocido, cuando no de bestia, y a deambular bajo una estrella pervertida por la contingencia de una nutrición diferente. Decepcionada, la naturaleza materna reniega de sí misma y la leche huye de las mamas, desterrada por el miedo a la deformidad y por el fastidio. He aquí, pues, el origen del distanciamiento de los hijos de sus padres. La nobleza del sentimiento filial degenera en el borde de la cuna, cuando la nutrición es villana. La índole del espíritu se atenúa cuando el cuerpo es abandonado a la bovina rusticidad. ¡Las inclinaciones se absorben con la leche, y aquéllas son sórdidas cuando ésta es de establo!

No era la primera vez que asistía a ese espectáculo de mi esposa. Siempre ocurría lo mismo: cuando Cloridia ayudaba a dar a luz a una noble, la alegría del nacimiento se convertía al momento en ansia de convencer por todos los medios a la puérpera de que diera su leche a la criatura, sin recurrir a nodrizas o, peor aún, a cabras o vacas. Todo era en vano; lo que para una pueblerina era la cosa más natural del mundo (aunque sólo fuese por motivos económicos), para una condesa era un esfuerzo inadmisible y ultrajante. Y mi Cloridia, que había amamantado a nuestras dos niñas durante los primeros tres años, sufría enormemente y a duras penas se resignaba.

Cloridia, ahuyentando su rabia con un suspiro de resignación, se volvió hacia mí y me abrazó con una bonita sonrisa en los labios.

—¿Dónde te habías metido? En cuanto la princesa rompió aguas, mandé llamar a las niñas, pero necesitaba ayuda urgente y el pobre Buvat casi se moría de miedo a la vista de la sangre.

—Lo sé, perdóname, pero tengo una excelente noticia… —dije para anunciarle el acuerdo al que había llegado con Atto sobre la dote matrimonial de las niñas.

—Déjalo, ya me lo contarás más tarde. Ahora vamos a cambiarnos; no quiero perderme a la novia por nada del mundo.

En efecto, el gentilhombre de la casa, don Paschatio Melchiorri, había permitido a los criados y fámulos de la villa Spada participar en los esponsales, pero vestidos con unos hermosos atuendos campesinos de fiesta confeccionados especialmente para nosotros. Así, ofreceríamos un marco campestre a la celebración de la boda, en perfecta armonía con el lugar rústico en que nos encontrábamos.

Yo llegué primero. Cloridia se demoró atendiendo a nuestras pequeñas, a las que había dado permiso para acompañarnos a fin de que vieran a los novios.

La ceremonia había empezado hacía un buen rato cuando llegué a la capilla. Don Tibaldutio se disponía a pronunciar la homilía. Todo el mundo estaba reunido en el atrio, donde tradicionalmente se celebraban las bodas; los hombres detrás del novio, las mujeres detrás de la novia. Don Tibaldutio empezó:

—Ilustrísimas y Excelentísimas Señorías, estamos aquí congregados para celebrar una unión. Y la unión es el mayor tesoro de la vida humana, como pronto os demostraré. En efecto, cuatro son las cosas que mantienen a las repúblicas del mundo más que todas las demás. La primera es la religión. Sabemos que esto es verdad constatando que, ahí donde no hay religión, no hay temor de Dios. Y donde no hay temor de Dios, no hay justicia. Y donde no hay justicia, no hay paz. Y donde no hay paz, no hay unión. Y donde no hay unión, no puede haber verdadera república. De todo lo cual se desprende la suma importancia de la religión y del temor de Dios bendito, del cual dependen todos nuestros actos. Por ello, con Su divina bondad, nos da el ser y el bienestar en este mundo, y en el otro, el eterno reposo. La segunda es la justicia, por la cual se castiga a los depravados y perversos, y se premia a los buenos. Y por medio de la justicia se mantiene la paz, cosa muy necesaria para el mantenimiento de las repúblicas. La tercera es precisamente la paz, sin la cual las repúblicas no pueden durar, pues, si no hay paz, no hay unión. La cuarta y última, y la más importante de todas, es, pues, la unión, sin la cual la religión sería débil; la justicia, inquieta, y la paz, carente de fuerza. Porque, al no haber unión en la república, la religión se ejercita poco, la justicia duerme y la paz se desune.

Mientras el sermón continuaba, observé a los novios. Desde mi posición, empero, apenas podía ver algo más que la extremada riqueza y esplendor del traje y el tocado de la novia. De vez en cuando echaba un vistazo hacia el grupito de sirvientas, al que debía unirse mi Cloridia. Muy pronto llegó, seguida de nuestras pequeñas, más hermosa que nunca con su traje de campesina blanco, rojo y oro, los colores de los himeneos. Mis hijas no se quedaban atrás: estaban muy bien ataviadas con los vestidos que su madre les había cosido; la mayor llevaba uno de estopilla amarilla con mangas de damasco color rosa adornadas con encajes que imitaban el oro, y la pequeña, uno encarnado con pasamanería turquesa. Ambas portaban hermosos ramilletes de flores blancas, que agitarían festivamente al final de la ceremonia junto con las demás doncellas de la villa Spada, siguiendo a la novia.

—Allí donde no hay unión —se acaloraba entretanto el capellán—, reina la enemistad, causa de todas las ruinas del mundo, como probaré ahora con la autoridad de las historias antiguas. La primera enemistad se produjo en el cielo, entre la Suma Bondad Divina y Lucifer. La segunda, entre Adán y la serpiente. La tercera, entre Caín y Abel. La cuarta, entre José y sus hermanos. La quinta, entre Alejandro y Darío. La sexta, entre Pompeyo y César. La séptima, entre Marco Antonio y César Augusto. Estas enemistades fueron causa de grandísimas ruinas. La unión, pues, es la mayor fortaleza y el mayor tesoro de la vida humana, y mantiene a todos los Estados del mundo. Pero ¿cómo se alcanza la unión? El filósofo ha dicho que marido y mujer deben corresponderse en el cuerpo, o sea, sentir una mutua atracción física, lo cual surte infinitos y bellísimos efectos. Pero también es verdad que debe haber correspondencia en el alma, y entonces se producirán excelentísimos frutos.

De pronto advertí que Cloridia y sus amigas parloteaban entre ellas, con la mano en la boca para contener la risa. Comprendí el motivo cuando, poco después, la novia se volvió hacia mí y distinguí, aunque brevemente, sus facciones: Maria Pulcheria Rocci era, a pesar de su nombre, muy poco pulchra; más aún, era bastante fea.

—No es casual que los antiguos tuviesen la costumbre de encender cinco lámparas en la celebración de las bodas —continuaba el capellán—. Estaban convencidos de que el tres, número impar, simbolizaba la forma espiritual, y el par, como el dos, la materia. El matrimonio, en definitiva, debe ser una unión congruente de forma y de materia, en las cuales pueden reconocerse al hombre, ser espiritual y activo, y a la mujer, criatura material y pasiva. En efecto, en la celebración de las fiestas de los esponsales, los antiguos solían exigir al varón que tocara el fuego, y a la mujer, el agua, porque el fuego ilumina y el agua recibe la luz, pero también porque el primero, por su propia naturaleza, purga, y la segunda, purifica. Luego otra cosa se deduce de esta costumbre; a saber, que el matrimonio ha de ser claro, puro, casto y celebrado entre iguales.

La piel cetrina y picada de viruelas, los labios tan finos que apenas se le veían, las mejillas hinchadas y pálidas, la frente baja, los ojos pequeños y apagados daban a Maria Pulcheria Rocci el perfil y el colorido de un lenguado.

La alusión de don Tibaldutio a la recíproca atracción física no podía ser menos apropiada, pensé con una risita; pero enseguida se me hizo un nudo en la garganta cuando la vocecita de mi conciencia me recordó que tampoco yo, con mi estatura, era precisamente un Adonis…

Mi mirada fue hasta Cloridia. Me deleité largo rato contemplando su bella imagen: piel de violeta, sagrada, dulce y risueña esposa y madre. Sin embargo, me había elegido a mí. Libremente. No podía decirse lo mismo del novio, Clemente Spada; las razones que lo habían llevado a casarse con la poco agraciada Rocci debían de sustentarse en bases mucho más prosaicas que las que nos habían afortunada y tiernamente unido a Cloridia y a mí.

—El matrimonio se ha de contraer con amor —advirtió entonces don Tibaldutio al notar algunos bostezos entre los ilustres fieles—, y no deben contrariarse las leyes y las formas ordenadas por la Santa Madre Iglesia Católica Cristiana. Se debe mantener indisoluble y conservar con fe, como sacramento, y sobre todo su finalidad ha de ser la de tener o la de evitar el pecado de la incontinencia. Quien lo entiende de otro modo no merece contarse entre los cristianos.

Después del largo sermón con que el capellán había acogido a los novios, se celebró el rito nupcial.

—El anillo en el dedo, el collar en el pecho y la corona en la cabeza —recitó con solemnidad don Tibaldutio, mientras algunas damiselas depositaban los tres objetos en el banco de los novios para la bendición—. El anillo denota la pureza del acto, como la mano tendida atestigua la fe limpia del novio. El collar manifiesta la sinceridad del corazón. La corona, la claridad de la mente, puesto que en la cabeza reside la perspicacia del intelecto.

Fue entonces, durante la bendición de don Tibaldutio, cuando lo vi: fastuoso y resplandeciente entre las águilas bicéfalas de las insignias imperiales, rigurosamente vestido a la española en señal de su fidelidad a la casa de Habsburgo, el conde Von Lamberg, embajador del emperador en la corte pontificia, seguía la ceremonia con fe severa y perfil de esfinge. Busqué a Atto con la vista y enseguida lo encontré: la frente perlada de sudor, el rostro empolvado con mucho albayalde, las mejillas brillantes de rojo carmín, adornado de la cabeza a los pies con borlas y flecos amarillos y rojos (sus colores preferidos), el abate Melani no apartaba de Von Lamberg la mirada tensa e indagadora. Entretanto el embajador, con un atuendo mucho más austero de brocado color plomo con rígidos encajes de plata, aparentemente ajeno a la viva atención de que era objeto, miraba con indiferencia al capellán. Evoqué las muertes misteriosas en la corte española, las sospechas de envenenamiento que pesaban sobre su partido, los temores de Maria Mancini por la vida de Atto. El abate había escrito que quería enfrentarse con él de tú a tú. ¿Van Lamberg le concedería audiencia?

Lejos del atrio, con todos los demás criados, una vez concluida la ceremonia nupcial, vi que mi esposa venía a mi encuentro flanqueada por nuestras hijas saltarinas, como Diana por sus ninfas. Con sus ramilletes floridos habían tomado parte en el festivo cortejo que escoltaba a la novia hacia su nueva vida conyugal, y seguían conmovidas por tamaño honor. La orquesta acompañó el éxodo de los invitados con una sublime melopea[8] del maestro Corelli, un contrapunto muy dulce a la homilía de don Tibaldutio.

Cloridia, que debía ir a echar un vistazo al niño de la princesa de Forano, me encargó que diera de comer a nuestras dos pequeñas en las cocinas del casino y que luego las acompañara a casa y las acostara. Le robé unos instantes para enseñarle la promesa escrita de Melani. Puso los ojos como platos.

—Si no la viera escrita, no lo creería —exclamó saltando de alegría, abrazándome y besándome.

Pero el tiempo apremiaba. Antes de irse corriendo, feliz, Cloridia me proporcionó una información que le habían transmitido durante la celebración las lenguas despiertas de sus habituales y fieles mujeres.

—Esta noche, vendrá a cenar también el cardenal Albani, por si te interesa —dijo guiñándome el ojo, tras lo cual se marchó a toda prisa.

Albani. Atto y yo lo habíamos buscado en vano en el Navío. Ahora él acudía a nosotros.

—Se cuenta que el cardenal Buonvisi no goza de muy buena salud —comentó con voz apesadumbrada, después de tomar un sorbo de vino moscatel, el anciano cardenal Colloredo, que en calidad de penitenciario mayor, es decir, de confesor de los cardenales, estaba siempre al corriente de todo.

El banquete nupcial se hallaba en su apogeo y las sombras de la tarde ya habían caído sobre la villa, cuando don Paschatio, el gentilhombre de la casa, me llamó para que sostuviera una vez más una antorcha al lado de la mesa, en lugar de un lacayo indispuesto. Vestido de jenízaro, presencié, pues, la fastuosa cena empuñando la tea. Los novios, con sus respectivas familias, y el cardenal Spada, numen tutelar de los festejos, se habían prudentemente sentado a una mesa separada. Esta medida, además de tradicional, tenía dos objetivos para el dueño de casa: honrar a la familia de la novia y evitar verse envuelto en conversaciones políticas que podían desembocar en diatribas y, aunque eran inevitables en un convite que contaba con dieciocho cardenales, desentonar en la boca del cardenal secretario de Estado pontificio.

Alrededor, en las mesas de servicio que iluminaban grandes candelabros de complemento de tres y cuatro brazos, resaltaban y devolvían destellos de luz dorada y plateada copas de plata para las bebidas, jarras de cristal, bandejas, saleros, angarillas, bocales, vasos y platillos, copitas, grandes platos repletos de gelatina de ciruelas, de filetes de róbalo, de mújoles grandes y de fresas. Además, había una mesa llena de pescados, otra de aves, otra de verduras frescas y otra de frutas y confituras: un auténtico placer para la vista, que era en realidad su único fin, pues yo sabía que los platos que iban a comer eran otros, más suculentos aún que aquellas delicias.

Ante las malas noticias sobre la salud del cardenal Buonvisi, todos menearon la cabeza afectando aflicción.

—Sí, es verdad, no está muy bien. Él mismo me lo comunicó por escrito la semana pasada —intervino el abate Melani. Declaraba así su amistad con Buonvisi, quien le confiaba incluso sus problemas personales.

—De todos modos, espero que se reponga pronto, de manera que… porque me interesa mucho su salud —afirmó Colloredo, que traslució por un instante el deseo de que Buonvisi se recuperase para participar en el cónclave que todos sabían próximo.

Colloredo no podía imaginar que Buonvisi moriría pocas semanas después, el 25 de agosto, y que él mismo no sobreviviría más de dos años. En un destello de clarividencia, sin embargo, dijo con semblante absorto:

—El trece de junio falleció el cardenal Maidalchini. El tres de marzo, Casanate.

Un escalofrío recorrió la espalda de muchos de los cardenales presentes, la mayoría de ellos de avanzada edad.

Entretanto se había servido la segunda parte del cuarto servicio. Para restablecer el paladar y disponerlo a los nuevos manjares, primero se había preparado un sorbete de grosellas, diluido con zumo de limón. Luego venían unas truchas rebozadas con hojaldres, rellenas de jarabe de guindas y de cidras confitadas, y con limones intercalados; unos pasteles ovalados rellenos de esturión y de lonchas de hígado de ganso; puntas de espárragos, alcaparras, setas, endrinos, agraz, yemas de huevos duros, zumo de limón, harina y mantequilla, llevados a la mesa debajo de una tapa calada, y todo espolvoreado de azúcar; un potaje de tortugas, cocidas a la brasa después de haberles cortado la cabeza (cocinadas así se requieren pocas especias), con almendras tostadas, hígado de ganso, hierbas aromáticas, vino moscatel, polvo de hornear, adornado con pasta y servido con un manto de azúcar y medios huevos rellenos.

—Vuestra Eminencia no debería pensar en cosas tristes en una ocasión tan alegre como estos magníficos esponsales —dijo el cardenal Moriggia, al que la noche anterior César Augusto había llamado «palurdo»—. Además, está bien recordar las virtudes de los finados, pero no es preciso aprenderse de memoria la fecha de su muerte.

—No lo habría hecho —repuso Colloredo—, pero, veréis, desde que se presentó la cuestión del diecinueve…

Nadie se atrevió a abrir la boca. Todos sabían de qué se trataba, incluso yo, porque lo había leído en las crónicas, entre los papeles de Atto. El año anterior, tres purpurados habían fallecido en el intervalo de un mes: Giovanni Delfino, patriarca de Aquileya, el 19 de julio; el cardenal de Aguirre, el 19 de agosto, y el cardenal Fernández de Córdoba, gran inquisidor de España, el 19 de septiembre. Hasta el 19 de octubre siguiente todos los cardenales de Europa habían vivido aterrorizados de que la serie se prolongara, temeroso cada uno de ser el próximo en caer. Sin embargo, por suerte no había ocurrido nada, y el cardenal Pallavicini había roto aquella funesta serie pasando a mejor vida el 11 de febrero. El Sacro Colegio había suspirado con enorme alivio.

—El querido Delfino, al que conocía como hombre y como cardenal, habría sido un excelente Pontífice —apuntó Atto pronunciando el nombre que estaba en la mente de todos y revelando así otra amistad íntima entre los purpurados—. Lástima que por el exceso de celo de alguien las cosas hayan ido de otro modo.

El ambiente se tornó denso.

—Hay individuos a quienes su desmedido celo lleva a dar consejos a desconocidos sólo para cubrir de fango a las personas respetables —añadió con gesto indiferente.

El ambiente se hizo aún más denso. El término «celo», sobre el que Atto había cargado dos veces las tintas, aludía al partido de los Cardenales Celosos, llamados así porque predicaban la independencia del Sacro Colegio respecto a la influencia de las potencias extranjeras. Entre ellos se contaban Colloredo y Negroni.

Por la instructiva lectura de las crónicas del abate Melani, yo sabía que en el último cónclave, celebrado nueve años antes, el cardenal Delfino, amigo de Atto, estaba a punto de ser elegido Papa, con el beneplácito de todas las coronas. Sin embargo los Celosos, que no toleraban que el nombramiento del Pontífice dependiese de las potencias extranjeras, se valieron de las peores artimañas para defenestrarlo. Como Atto había insinuado, Colloredo había escrito al confesor del Rey Sol, el padre La Chaise (con el que el cardenal nunca había tenido trato), para apoyar la candidatura del cardenal Barbarigo, también de los Celosos.

Además, Negroni había hecho circular el rumor de que, en su juventud, Delfino había matado a un hombre con un atizador, crimen que efectivamente había cometido, pero sólo para defenderse de un ladrón que se había introducido en su casa y lo había agredido con un puñal.

Al cabo se había impuesto la malicia y, en vez de Delfino, eligieron al cardenal Pignatelli, es decir, el Papa que estaba a punto de morir.

—En cualquier caso, es indiscutible que nuestro Pontífice, Inocencio XII, es un Papa santo, bueno y sabio —afirmó el cardenal Negroni, con lo que pretendía dar a entender, para quien conocía aquellas intrigas, que la oposición a la elección de Delfino no era muy de lamentar.

Atto guardaba silencio.

—Por lo demás, lo prueba la Romanum decet Pontificem —añadió Negroni refiriéndose a la constitución con que Inocencio XII, poco después de su elección, había prohibido que los parientes de los Papas se enriquecieran a expensas de la Iglesia—. No sé cuántos habrían tenido su valor.

Era la enésima alusión a Delfino: para impedir su elección, los Celosos habían proclamado a los cuatro vientos que tenía un montón de sobrinos que se enriquecerían con las arcas del Vaticano.

Sobre la mesa nupcial había caído el silencio. Sólo se oía el ruido de las mandíbulas que trituraban pacientemente el pastel a la inglesa de salmonetes a la plancha, con salsa blanca, tortitas y gelatina de ciruelas, adornado con rodajas de limón y varillas de canela. Las pugnas curiales habían decididamente dejado en segundo plano al himeneo.

No obstante la sutileza que desplegaban, la tensión creada por aquella escaramuza se había contagiado a los portadores de antorchas. Ahora yo sudaba aún más. Nadie se atrevía a interrumpir el venenoso duelo verbal entre Atto y Negroni.

—Oh, no sois nada generoso con el Pontífice anterior —replicó Atto con una sonrisita—. Si el príncipe Odescalchi estuviera aquí esta noche, no sé qué opinaría de vuestras palabras. Él, sobrino del papa Inocencio XI, que reinó antes de este Pontífice y de Alejandro VIII, nunca fue nombrado cardenal, porque su tío no quería que lo acusaran de favorecer a sus parientes.

—¿Adónde queréis llegar? —preguntó Negroni.

—Cómo explicaros, Excelencia… Se dicen muchas cosas por ahí. Todas malignidades, por supuesto. Cuentan que el príncipe Odescalchi presta dinero al emperador, que pierde en el juego sumas cada vez más desorbitadas, que ha ofrecido ocho millones de florines a Polonia para que lo elijan rey, como si fuera un título que pudiera venderse al mejor postor, y que ha pagado cerca de cuatrocientos cuarenta mil escudos romanos para obtener los feudos de los Orsini… Él, nieto de un Papa que combatía el nepotismo…

—Repito: ¿adónde queréis llegar?

—A decir que todo esto demuestra, al menos a los ojos del público, que el final del nepotismo ha supuesto el principio de las verdaderas fortunas de los sobrinos de los Papas.

El murmullo de desaprobación aumentó. Atto hablaba mal del príncipe Odescalchi, que se había quedado en casa debido a una indisposición (se decía que era hipocondríaco), pero a quien sin duda referirían aquellas palabras; además, faltaba al respeto a un Papa todavía vivo que había eliminado oficialmente el nepotismo, cosa que en realidad no había agradado a nadie (porque cada cual espera poder disfrutar algún día de las injusticias del mundo), pero que todos fingían aprobar ciegamente.

—No pretendo ofender a Su Santidad, Dios me libre —continuó el abate Melani—. Hablo así con la única intención de entretener a los insignes intelectos con que esta noche, sin merecerlo, me siento. Ahora bien, el cardenal Aldobrandini, que fue sobrino de Clemente VIII, o el cardenal Francesco Barberini, sobrino de Urbano VIII, y muchos otros ejemplos que podría citar, nunca dudaron en dejar las delicias de Roma para defender los intereses de la Iglesia, incluso para ir a luchar contra ejércitos de tierras lejanas. Pues bien, me pregunto si podemos decir lo mismo de…

—Basta, abate Melani, os estáis pasando de la raya.

Quien así había hablado era el cardenal Albani. Lo que asombró al auditorio no fue sólo el tono tajante con que había dejado con la palabra en la boca a Atto. Según yo había leído en las sabrosas crónicas del abate, Albani era el redactor de la bula Romanum decet Pontificem contra el nepotismo, la que acababa de mencionar el cardenal Negroni, y junto con el dueño de casa, el cardenal Spada, era uno de los cardenales que se ocupaban de los contactos de más alto nivel entre la Santa Sede y Francia. Además, se lo consideraba uno de los miembros más influyentes de todo el Sacro Colegio. Había estudiado, brillando entre los mejores, con los jesuitas del Colegio Romano, donde el célebre helenista y hebraísta Pierre Poussines había intuido de inmediato sus dotes para el estudio del latín y el griego. Aún imberbe estudiante, se había enfrentado a la traducción latina de una homilía de san Sofronio, patriarca de Jerusalén, deslumbrando a todo el mundo por su precocidad. Al mismo tiempo había descubierto en un monasterio el manuscrito de la segunda parte del menologio greco-bizantino de Basilio Porfirogéneto, cuya grave pérdida se lamentaba desde hacía tiempo. Con ese ánimo erudito, había traducido el elogio del diácono Procopio sobre san Marcos Evangelista, que luego los padres bollandistas incluyeron en las Acta Sanctorum. En resumen, ya de joven Albani había dado pruebas de poseer una mente asaz fina y docta, que bien podía presagiar futuras y gloriosas metas.

Después de licenciarse en jurisprudencia en Urbino, con una fulgurante carrera se convirtió primero en gobernador de Rieti y Viterbo, y luego, bajo los últimos dos Pontífices, en secretario de los Breves, cargo muy delicado, reservado a los intelectos más penetrantes. Se le encargaron asuntos de gran importancia, entre ellos el cuidado de buena parte de las relaciones con Francia, por cuya causa muy pronto se le acusó de apoyar a los franceses. Puede que la acusación no careciera de fundamento; el año anterior, en 1699, muchos habían solicitado una bula de condena contra el abate francés Fénelon, sospechoso de herejía. Albani había respondido promulgando el breve Cum Alias, donde se condenaban veintitrés proposiciones contenidas en un libro de Fénelon, pero no se mencionaba ni una sola vez el término «herejía». No sólo eso: se había apresurado a escribir una carta a Fénelon para instruirlo sobre las formas de una sumisión adecuada, que fue tan rápida que obtuvo el elogio escrito del Papa.

Aunque era demasiado joven para que lo eligieran Papa (en la época de los hechos que narro apenas contaba cincuenta y un años), el cardenal Albani era uno de los asesores más escuchados por los tres últimos Pontífices, un importante mediador con Francia y el autor material de algunas de las más relevantes disposiciones en materia de doctrina y política. Cumple, sin embargo, señalar un detalle: pese a su condición de cardenal, Albani no era sacerdote. En efecto, aún no había recibido las órdenes mayores. Ahora bien, esa falta no era rara entre los purpurados, que a menudo la suplían en la inminencia del cónclave a fin de no perder (¡nunca se sabe!) la posibilidad de ser elegidos para el Sacro Solio. En resumidas cuentas, Atto había sacado de sus casillas a un pez gordo, que además tenía relaciones muy estrechas con el cardenal Spada, su anfitrión.

—Eminencia, me inclino ante todo cuanto digáis —declaró Melani con tono complaciente.

—¡Os lo ruego —replicó Albani con una mueca de enfado—, no os inclinéis! Sólo me pregunto si sabéis lo que decís.

—Eminencia, creedme, yo ya no digo nada.

—Habéis citado nombres y hechos. Yo os digo: ¿habéis acaso pensado que aquí sois huésped de un cardenal secretario de Estado?

—Me siento francamente honrado por ello.

—Bien. ¿Y habéis acaso pensado que antes de Inocencio XI los Papas, en vez de un secretario de Estado, tenían en ese cargo a un cardenal que elegían arbitrariamente entre sus sobrinos, sólo porque era su pariente?

—La verdad es que continuaron haciéndolo los que lo sucedieron en el cargo. Diría que al menos Alejandro VIII…

—Sssí, de acuerdo —admitió a regañadientes Albani, que se había dado cuenta del error—. Sólo quería decir que con el difunto papa Inocencio XI, quien me hizo el honor de nombrarme, siendo yo aún joven, refrendario de sus signaturas, empezó esta justa reforma, merced a la cual podemos afirmar que hoy, bajo este Papa, no sólo no hay un cardenal sobrino, sino tampoco un sobrino nombrado cardenal.

Moriggia, Durazzo, Negroni y otros rieron sarcásticamente para apoyar a Albani y arrinconar a Atto. En efecto, Su Santidad Inocencio XII, el Papa actual, no había nombrado cardenal a ninguno de sus sobrinos.

—Habrá sido el destino o, mejor dicho, la predestinación —repuso Atto, que a continuación mordió un bocado de tarta de agraz con polvo de galletas de Saboya y confituras.

Hubo un instante de silencio. Luego Albani estalló.

—¿Sabéis qué no soporto, abate Melani? A las personas que, como vos, por apoyar a los franceses, malogran algo mucho más noble, cómo es el placer de la mesa, a todos estos cardenales, príncipes y caballeros. ¡Acusar a la Santa Madre Iglesia de no ver ni entender es tan absurdo como pretender que el rey de Francia lo ve y lo puede todo!

También Albani había pasado por ser partidario de los franceses, me dije perplejo, pero la manera en que había atajado las palabras de Atto parecía desmentir plenamente aquel juicio.

El abate Melani le escuchaba con toda calma, sin descomponerse, mientras desmenuzaba pacientemente la tarta con el tenedor. Yo, en cambio, luchaba para no poner los ojos en blanco y mantener la postura inmóvil y erguida que se exige a un portador de antorcha. El trinchante no salía de su asombro; nunca hubiera imaginado que las eminencias acabarían discutiendo en vez de entregarse en cuerpo y alma a los manjares que había servido en la mesa. Don Paschatio, medio escondido detrás de una de las columnitas que sostenían los cortinajes, estaba sencillamente aterrorizado. Era la primera vez en su vida que tenía el honor de sentar a la mesa a tantos cardenales, pero su júbilo se había ido al traste por la imprevista cólera de Albani: un desahogo tan inusitado en un purpurado que se podía temer que pronto se marchase tirando la silla al suelo y maldiciendo a la villa Spada con todos sus ocupantes.

—Vamos, Excelencia… —trató de calmarlo el conde Vidaschi.

—En efecto, estos franceses… —oí murmurar al príncipe Borghese.

—Sí, están demasiado acostumbrados a nombrar los Papas desde París —repuso el barón Scarlatti.

La salida de Atto había sido muy audaz. Con la palabra «predestinación» había querido aludir a un opúsculo publicado cuatro años antes, el Nodus praedestinationis, obra del difunto cardenal Sfondrati y cuyo prólogo había escrito Albani. Ahora bien, éste, que era muy erudito, pero no en todos los temas doctrinales, no se percató de que el libro tocaba de cerca, y de manera no siempre ortodoxa, algunas cuestiones teológicas bastante delicadas. Sectores agustinianos y jansenistas pidieron su inmediata condena por parte del Santo Oficio. Al final el asunto quedó en nada, pero tanto el papa Inocencio XII como Albani pasaron por un trance difícil. Aquél era el único y grave baldón de la impecable carrera del cardenal Albani.

La maligna pulla de Atto llamó aún más mi atención sobre su extraño comportamiento de aquella noche. En la cena anterior había estado casi callado. ¿Por qué ahora había caído en la tentación no sólo de intervenir, sino de picar a los presentes? ¿Cómo se había permitido provocar de una manera tan impertinente a un amigo y estrechísimo colaborador del dueño de casa? Además, ¿no había delatado demasiado su extracción francesa? Desde luego, todos sabían que era un agente al servicio del Rey Cristianísimo, pero hacer gala (y dejar que Albani lo denunciase abiertamente) del bando al que pertenecía, me dije, era muy poco prudente. A partir de ahora quien se acercase a él sería estigmatizado; el simple hecho de tener trato con Melani podía parecer una abierta señal de adhesión a los apetitos del rey de Francia.

Albani se había calmado. No contento con el efecto obtenido, Atto volvió a tomar la palabra.

—Vuestra Excelencia tiene una inteligencia demasiado sutil para no perdonarme algún error que pueda cometer, y un corazón demasiado grande para no ser indulgente si recuerdo brevemente que el papa Alejandro VIII, como me disponía a decir hace un momento, tuvo dos sobrinos secretarios de Estado: el cardenal Rubini, formalmente, y el cardenal Ottoboni, sustancialmente. Sin embargo, pronunció las famosas palabras: «Cuidado, han dado las once». Con ello quiso decir que las cosas no podían continuar así durante mucho tiempo. ¡Y era el Papa anterior al de hoy! Por tanto, veréis que…

—En fin, abate Melani, vuestro propósito es enfadar a estas Excelencias —lo interrumpió don Giovanni Battista Pamphili, que al tener varios casos célebres de nepotismo en su familia, y siendo de carácter simpático y afable, consiguió fácilmente cambiar el tono y el rumbo de la conversación—. Es verdad que estamos en tiempos de jubileo y es preciso reconocer los pecados, ¡pero los propios, no los ajenos!

Las carcajadas de sus vecinos de mesa distendieron un poco las facciones de algunos Cardenales Celosos y acallaron las inoportunas invectivas de Atto.

—El príncipe de Mónaco, nuevo embajador del Rey Cristianísimo de Francia, hizo una entrada muy digna en el Quirinal, hace algunos días, para saludar al Santo Padre, con un suntuoso, noble y rico cortejo, servido por un número infinito de prelados y nobles —intervino Monseñor D’Aste tratando de colaborar en la maniobra de distracción de Pamphili.

Alguien, sin embargo, debió de aconsejarle con una prudente patada por debajo de la mesa que evitara mencionar la palabra «Francia; ya que hizo una breve mueca de dolor y calló al momento.

—Monseñor Trapito nunca entiende el qué y el cuándo —comentó el príncipe Borghese al oído del barón Scarlatti.

El trinchante, muy agitado y completamente sudado, dio la orden de servir enseguida más vino, para animar y distraer a la mesa.

—El martes, el reverendo padre de los dominicos fue en procesión a visitar al nuevo padre general de los franciscanos —dijo Durazzo.

—Sí —repuso Negroni—, he sabido que subió hasta la cumbre de la escalinata del Ara Coeli con la cruz al hombro, menudo esfuerzo. A propósito de novedades, sé que el camarero secreto de Su Santidad ha ido a llevar el birrete cardenalicio al eminentísimo Noailles, hasta…

—Sí, así es, y entretanto están eligiendo al encargado de llevarlo a los nuevos cardenales, Lamberg y Borgia —interrumpió Durazzo, que evitó así que Negroni mencionara París, donde el nuevo cardenal Noailles esperaba el birrete.

En ese instante, finalizado ya el banquete nupcial, todos se volvieron hacia la mesa de los novios. El cardenal Fabrizio Spada se había levantado con la copa en la mano para saludar la providencial llegada, en silla de manos, de la princesa de Forano, deus ex machina que ponía término a la embarazosa disputa.

Teresa Strozzi permaneció sentada en la silla de manos. Aunque visiblemente agotada por el parto, no había querido renunciar a abrazar a la novia, a quien, como Cloridia me había referido, unía una estrecha amistad.

El pequeño no estaba. La princesa ya lo había dejado, huelga decirlo, en manos de la nodriza. Llegaría poco después con el padre. El cardenal Fabrizio recibió a la princesa con un brindis y un discurso.

—Se equivocó Aristóteles al afirmar que la mujer es débil —empezó con tono jocoso—. Si es verdad que las hembras de las fieras salvajes, como los leopardos, las panteras, los osos, los leones y similares, son más fuertes y robustas que los machos, yo añado que la conducta femenina es ociosa y deliciosa, y que estas dos cosas bastan para enervar a un Hércules o a un Atlas.

La observación, no menos aguda que picante, del cardenal secretario de Estado hizo reír a todos los presentes.

—Tampoco coincido con Aristóteles —prosiguió Spada— cuando llama a la mujer «monstruo» y «animal ocasionado». Aquí el gran hombre desvarió, quizá porque estaba encolerizado con su esposa.

Las nuevas carcajadas levantaron los ánimos. La tensión que el abate Melani había provocado se disipó por completo.

—Pero sobre todo —continuó el dueño de casa con tono lisonjero— una mujer como la princesa aquí presente puede sin más ser calificada de fuerte, no de débil, digna de equipararse con Lastenia de Mantinea y Axiotea Flisiaca, discípulas de Platón. Y si se reputa de fabulosos los ejemplos de las Pantasileas y Camilas, los de Zenobia y Fulvia, mujer de Antonio, que menciona Dión en la Vida de Augusto, son muy ciertos e históricos. Y quien no conoce la gloria de las Sibilas no conoce nada. Bien puedo comparar a estas mujeres con nuestra puérpera, a fin de que todas juntas, después de la Virgen Santísima, sean modelos de virtud y sabiduría para nuestra novia.

Hubo un aplauso y un brindis en honor de Maria Pulcheria Rocci; como novia, era menos importante que la parturienta. Además, el rostro de lenguado color alga de mar de la pobre no podía inspirar epitalamios alados.

—¿Y qué decir de Aspasia, maestra de Pericles y de Sócrates? —continuó el discurso—. ¿O de la sabia Areta, recordada por Boccaccio? ¿Acaso no fue simultáneamente madre y filósofa? Supo criar a su prole tan bien que escribió un libro utilísimo sobre el tema, y otro, para uso de los muchachos, sobre la vanidad de la juventud. Pero al mismo tiempo enseñó filosofía natural durante treinta y cinco años, teniendo a cien filósofos por discípulos, y compuso obras muy eruditas: un libro sobre las guerras de Atenas, uno sobre la fuerza de la tiranía, uno sobre la República de Sócrates, uno sobre la infelicidad de las mujeres, uno sobre la vanidad de las pompas fúnebres, un tratado sobre las abejas y uno sobre la prudencia de las hormigas.

Trajeron entretanto el quinto servicio, todo él compuesto de frutas. Aunque yo ya había comido, no pude permanecer indiferente ante los platos de trufas, servidas sobre tostadas de pan y medios limones, las bandejas de ravioles con mantequilla, coles, queso parmesano, trufas, yemas de huevo, zumo de limón y canela. Tampoco los otros pobres portadores de antorchas, que como Tántalo debían asistir impotentes al chasquido de mandíbulas y paladares de los grandes señores, fueron indiferentes a semejantes delicias. Llegó luego el turno de las aceitunas de Ascoli fritas, del queso fresco de Florencia y de las aceitunas de España.

—Pero ¿no era el servicio de la fruta? —preguntó en voz baja el barón Scarlatti al príncipe Borghese.

—Y hay fruta —respondió el otro—. Son las trufas que están en las tostadas y en la bandeja, los daditos de cidra que rellenan las olivas fritas y las flores de cítricos que adornan las aceitunas frescas.

—Ah, ya entiendo —repuso lacónico Scarlatti, realmente poco convencido de reconocer la fruta fresca en las subterráneas trufas.

Para refrescar el paladar llevaron a la mesa jarras con pistachos confitados, pistachos pelados, pistachos con cáscara, panecillos de pistacho, panecillos de melocotón al estilo de Siena, cogollos de lechuga aliñados, así como, en honor del cardenal Durazzo, que era miembro de una noble familia de Génova, jarras de peras confitadas de Génova, ciruelas de Génova, nueces confitadas de Génova, cidras confitadas de Génova y acerolas confitadas de Génova.

En aquel momento llegó, fajada en los brazos de su padre, la criatura de la princesa de Forano.

Minor mundus! —saludó el cardenal Spada, recordando así el nombre de «mundo en miniatura» que los antiguos habían dado al hombre por su perfecta composición.

Spada bendijo al pequeño y formuló votos por su buena fortuna.

—Que seas signo de fecundidad para nuestros queridos novios de hoy —concluyó.

Hubo un enésimo brindis. A continuación tomaron la palabra varios parientes de los novios que, por turno y dirigiéndose a éstos, los elogiaron, magnificaron y animaron, amén de desearles toda suerte de parabienes, como por norma se hace en estos banquetes.

El siempre generoso manto de la noche había caído hacía unas dos horas, cuando Sfasciamonti llegó con tres caballos ensillados. Todos los invitados, ahítos de exquisiteces, ya se habían encaminado hacia sus camas.

Atto y yo, según lo convenido, esperábamos en un rincón no muy alejado de la villa Spada. Buvat, que durante el banquete nupcial había empinado un poco el codo, se había abandonado también en los brazos de Morfeo y roncaba en su cuarto.

—¿Adónde vamos? —pregunté mientras el esbirro nos ayudaba, primero a mí y luego a Atto, a montar en la silla.

—Cerca de la piazza della Rotonda —respondió.

Sfasciamonti, como él mismo nos había explicado esa mañana, había obtenido información para llegar a dos cerretanos. Eran dos peces pequeños, pero ya era bastante contar con dos nombres seguros. O mejor dicho, con dos motes: el Pelirrojo y el Podrido. Con estos expresivos apodos se conocía en el hampa romana a nuestros dos objetivos.

Fuimos hacia el Tíber, y de ahí al centro de la ciudad, a paso rápido y silencioso. Como la noche anterior, cruzamos el río por la isla de San Bartolomé.

Como estaba anunciado, detuvimos las cabalgaduras a poca distancia de la piazza della Rotonda. Nos esperaba un hombrecito que se apresuró a coger las riendas de nuestros caballos mientras desmontábamos. Era un amigo de Sfasciamonti y cuidaría de los rocines durante todo el tiempo que fuera necesario.

Llegamos a un rincón oscuro de la plaza, donde, atados el uno al otro por una gruesa cadena de hierro, había unos carros para el transporte de mercancías. Probablemente pertenecían a los pobres comerciantes ambulantes del mercado que se celebraba de día en la piazza della Rotonda.

Era un callejón sin salida donde reinaban la oscuridad y el olor a rata y a moho. Atto y yo nos miramos con inquietud; parecía el mejor sitio para que nos tendieran una celada. Para nuestra sorpresa, Sfasciamonti pasó enseguida a la acción.

Me dio el candil que habíamos llevado con nosotros y que alumbraba muy débilmente el espacio. Miró debajo de los carros y meneó la cabeza decepcionado. Luego se colocó delante de uno de ellos y apoyó las manos encima. Echó hacia atrás una pierna, como para tomar impulso, y lanzó una patada contra el oscuro recoveco que había bajo el carro.

Se oyó un alarido ronco en el que se mezclaban en igual medida la cólera y la sorpresa.

—Ajá, aquí está —dijo el esbirro con el desgaire de quien busca una pluma en un cajón—. En nombre del gobernador de Roma, monseñor Ranuzio Pallavicini, sal de ahí, perro miserable —lo conminó.

Como no ocurría nada, se inclinó, tendió la mano y tiró con fuerza. Se oyó un rauco refunfuño de queja, que terminó cuando de debajo del carro Sfasciamonti sacó sin demasiadas contemplaciones una figura humana. Era un vejete macilento y vestido con harapos, barba larga y amarillenta debajo del mentón, pelo estoposo y ralo como un manojo de espinacas. La penumbra me impedía captar otros detalles, aunque uno no podía escapárseme: el tufo de mugre podrida, fruto de los años transcurridos en la miseria, que emanaba del pobre viejo.

—No he hecho nada, ¡nada! —protestó agarrado a una vieja manta que había arrastrado consigo y sobre la que probablemente había dormido hasta nuestra llegada.

—¡Qué peste! —se limitó a comentar Sfasciamonti, mientras levantaba como a un fantoche al infeliz, que temblaba de sueño y de miedo.

Cogió la mano derecha del viejo, la abrió y pasó por ella varias veces la yema de los dedos, como para tantearle la piel. Cuando acabó ese extraño examen, sentenció:

—Vale, estás limpio.

Acto seguido, sin darle tiempo de decir nada, lo sentó en el carro, esta vez con menos rudeza, pero sujetándole con fuerza un brazo.

—¿Ves a estos caballeros? —dijo señalándonos—. Son personas que no tienen tiempo que perder. A veces duermen aquí dos cerretanos. Aquí, a tu lado. Estoy seguro de que sabes algo.

El vejete guardó silencio.

—Los caballeros quieren hablar con alguno de los cerretanos.

El anciano bajó la mirada y siguió callado.

—Soy un esbirro. Puedo partirte el brazo, meterte en una celda y tirar la llave —advirtió Sfasciamonti.

El viejo no dijo nada. Luego se rascó la cabeza, como si concluyera una reflexión.

—¿El Pelirrojo y el Podrido? —preguntó.

—¿Acaso podían ser otros?

—Sólo vienen aquí a veces, cuando tienen que ocuparse de sus asuntos. Pero no sé qué hacen; de veras que no lo sé.

—Lo único que quiero que me digas es dónde están esta noche —insistió Sfasciamonti apretando con más fuerza el brazo del otro.

—No lo sé. Siempre cambian de sitio.

—Mira que te parto el brazo.

—Probad en Termine.

Sfasciamonti aflojó al fin el brazo del pobrecillo, que se apresuró a colocar su manta debajo del carro y volvió a su mísera yacija.

Mientras nos dirigíamos a caballo hacia el nuevo destino, el esbirro explicó algún pormenor.

—En verano muchos duermen en ese escondrijo que acabamos de dejar. Si tienen las manos callosas, son mendigos, gente que ha trabajado antes de caer en la miseria. Si no tienen callos, son cerretanos; gente que nunca se ha ganado el pan con el trabajo.

—Por eso habéis tocado la mano del viejo —deduje.

—Claro. A los cerretanos les gusta vivir sin esfuerzo, timando y robando. Ahora vayamos a Termine, y ojalá tengamos más suerte. Desde hace tiempo conozco el nombre de los dos a los que estamos buscando y me muero de ganas de echarles el guante.

Vi que, mientras pronunciaba estas palabras, se remangaba la camisa para contener su excitación. Se preparaba para enfrentarse a los dos malhechores, pero sobre todo al miedo que secretamente abrigaba hacia los cerretanos y que con el paso de los días se acentuaba y volvía más pertinaz.

Encontrar al Podrido y al Pelirrojo era desafiar a la suerte. La indicación que nos había dado el mendigo era muy vaga: Termine, la enorme explanada donde se entregaban y almacenaban los productos agrícolas de la campiña romana, al lado de las ruinas de las termas de Diocleciano, era un lugar tan extenso como desierto en las horas nocturnas. Dejamos atrás la piazza della Rotonda y llegamos a la piazza Colonna, desde donde fuimos a la Fontana di Trevi y Monte Cavallo. Seguimos camino hacia las Cuatro Fuentes, cruzamos la vía Felice, pasamos por la via de Porta Pia y por último desembocamos en los aledaños de Termine.

No tuvimos contratiempos en el camino. Sólo en un par de ocasiones, cerca del palacio pontificio de Monte Cavallo, nos dieron el alto las rondas nocturnas; Sfasciamonti les presentó sus credenciales y continuamos sin ningún problema.

Y el silencio sólo fue roto una vez, a la altura de la iglesia de San Carlino, por una pregunta que me hizo Atto:

—«Tresmientrestes», eso te dijo el cerretano, ¿verdad?

—Sí, don Atto. ¿Por qué?

—Oh, por nada, por nada.

Una vez llegados a nuestro destino, como era previsible, el panorama de Termine no invitaba de ningún modo al optimismo.

En la Porta Pia doblamos hacia la derecha. Enseguida nos encontramos delante de la inmensa mole de los graneros de la cámara apostólica, el gran edificio de varias plantas donde se acopiaban los cereales para la producción del pan. Los almacenes, de los que dependía la supervivencia del pueblo romano, tenían la forma de una gran S, hallándose más o menos la mitad de ellos pegados al cuerpo descomunal de las termas de Diocleciano. Los muros de estas ruinas, que tanto los elementos como la acción rapaz del hombre habían corroído, dominaban toda la segunda mitad de la gran plaza de Termine. En el interior del antiguo establecimiento termal se había erigido, sustrayendo merecidamente al paganismo los grandiosos espacios que antaño cobijaban piscinas refrescantes y vaporosas, la iglesia de Santa María de los Ángeles. Detrás de ésta, cuya fachada rústica e irregular estaba insólitamente construida en los muros de las termas, se extendían los miembros húmedos y pesados de los restos romanos. A la derecha se entreveía, en cambio, la oscuridad de la muralla de la villa Peretti Montalto, la ilimitada finca de viñas, jardines y casinos que el difunto papa Sixto V había mandado construir con gran esplendor y que pocos años antes, el extinguirse su familia, habían heredado los príncipes Savelli. Detrás de los graneros, en fin, estaba la muralla que ocultaba el huerto de los monjes de San Bernardo.

Ninguna presencia, humana o de otra índole, acompañó nuestra llegada. Nos acogieron las siluetas colosales y silenciosas de las termas y los graneros, y también el canto de los grillos, impunes perturbadores de la quietud nocturna. El perfume dulce y punzante del trigo vivificaba el aire estival de la noche.

—¿Y ahora? —pregunté, sorprendido por la desoladora escena que se ofrecía a nuestra vista.

Atto callaba; parecía pensar en otra cosa.

—Sé adónde tenemos que ir —afirmó Sfasciamonti—. Creo que ahí encontraremos algo.

Avanzamos hacia los graneros, cuyas paredes devolvían el rítmico eco de los cascos de los caballos. A nuestra izquierda había un montón de ruinas y delante nos encontramos un murallón de forma irregular, en el que se abría una amplia entrada sin vigilancia.

—Cuando no llueve, vienen muchos —susurró Sfasciamonti.

En un arbolillo oculto atamos los caballos y por fin nos aprestamos a entrar en las ruinas.

—Una cosa —advirtió Sfasciamonti mientras desmontábamos—. Hay que saber tratar a esta gente. Si encontramos a alguno, hablaré yo.

Pese a la profunda oscuridad y a la naturaleza siniestra del lugar, que engañaba nuestros sentidos, tuve la casi plena certeza de ver en el rostro del abate Melani, apenas alumbrado por la luna creciente, una sonrisita irónica.

Así pues, nos acercamos a la gran entrada (en realidad, un enorme vano sin puerta) que conducía al interior de las ruinas. Mientras la franqueábamos, imaginé de pronto las grandiosas reuniones balnearias que debían de haber tenido lugar siglos atrás en aquellos espacios termales: grupos sudorosos de patricios romanos, pero también gente del pueblo llano, entregados a baños de vapor, sahumerios y abluciones dentro del casquete acogedor y húmedo de las termas y bajo el ala protectora del techo…

El techo; no había. Involuntariamente atraídos por la luz lunar, mis ojos se elevaron hacia lo alto y se asombraron al encontrarse a su vez bajo la mirada justa e indiferente de las estrellas.

Estábamos en una especie de gran arena al aire libre, delimitada en sus cuatro lados por los ciclópeos murallones de las antiguas termas. El tiempo y la incuria le habían arrancado para siempre la cubierta que dieciséis siglos antes había surgido del celoso cuidado de arquitectos y albañiles.

Gracias a la luz del astro nocturno se podía avanzar con cautela por aquel extraño espacio sin tropezar a cada instante. Aquí y allá se distinguían, perlinos por el albor sideral, grandes e indolentes bloques de piedra, columnas dolorosamente volcadas en el suelo, volubles capiteles y jactanciosas pilastras.

En los agujeros que separaban los vestigios, y entre éstos y las ondulaciones del terreno, se discernían perfiles de seres dormidos, acostados sobre montones de trapos y colchas.

—Cerretanos y pordioseros. Están por todas partes —murmuró Sfasciamonti.

—¿Cómo encontraremos a esos dos? —pregunté en un susurro—. ¿Cómo se llaman…? ¿Al Pelirrojo y al Podrido?

Por toda respuesta, el esbirro se apartó de nosotros para dirigirse hacia un túmulo, detrás del cual se entreveía una especie de arquitrabe, tan suavemente hundido en la tierra que parecía haberse adormecido después de esperar en vano durante siglos el regreso de las glorias imperiales. Miró en derredor buscando algo, hasta que encontró a su próxima víctima: un miserable vagabundo que dormía a sus pies. Sin embargo, la presencia amenazadora del esbirro no escapó a los sentidos de aquél, adiestrados para el peligro. Dio varias vueltas en sueños y al fin se estremeció. Entonces, casi sin aliento por la sorpresa, vi que Sfasciamonti se había sentado encima del desventurado antes de que éste pudiera cambiar de posición. Nos acercamos, mirando hacia atrás por miedo a las represalias de los compañeros del mendigo, pero todo permanecía quieto. Sfasciamonti había lanzado su ataque con tanta discreción que ninguno de los que dormían al raso en la gran arena parecía haberse dado cuenta de nada.

El esbirro había inmovilizado con las rodillas los brazos de la víctima. Luego se había sentado, plantando sus poderosas posaderas sobre el vientre del adversario, mientras con las manos le mantenía cerrados la boca y los ojos para impedirle tanto emitir el menor sonido como ver quién lo aplastaba. Por su destreza, se intuía que no era la primera vez que empleaba esa técnica.

—El Pelirrojo y el Podrido. Son dos cerretanos. Dime dónde están —le ordenó al oído.

Levantó lentamente la mano de una comisura de los labios del pobrecillo para permitirle musitar algo.

—Pregunta a ése, al de la manta de rayas —dijo el vagabundo señalando a un sujeto que dormía a poca distancia.

Sfasciamonti pasó rápidamente al segundo y puso en práctica la misma técnica de interrogatorio.

—Hace días que no los veo —susurró el hombre, cuyo rostro joven entreví cuando el esbirro levantó sus manazas—. No sé si esta noche duermen aquí. Mira allí, detrás del hoyo.

Había señalado una especie de foso de donde salía un fuerte olor a orina. Era probablemente el lugar donde los vagabundos hacían sus micciones nocturnas. Sfasciamonti soltó la presa, no sin antes prevenir al joven con una última mirada feroz. Fue hacia el foso. Dio un paso, dos, tres. Se había alejado un poco cuando oímos el alarido.

—¡Pelirrojo, los broches! ¡Afofa!

Era el joven al que Sfasciamonti acababa de interrogar. Tras lanzar el grito huyó por donde habíamos venido, hacia la gran explanada de Termine.

—¡Detenlo! —me ordenó Sfasciamonti al ver que yo estaba algo rezagado y, por lo tanto, más cerca del joven.

Alrededor de mí otros cuerpos, envueltos en harapos y miserables gabanes, se despertaban y volvían a la vida. Sentí que la sangre me palpitaba en las venas y me faltaba el aire. Aquel espacio yermo, apenas alumbrado por la luna, bullía de pobres mendigos, pero también de degolladores. Cazador y presa podían en cualquier momento cambiar sus papeles. Comencé a perseguir al joven, casi más por el deseo de huir que por el de cogerlo.

Sfasciamonti y yo estábamos tras los pasos del fugitivo, y también Atto se había puesto en marcha, cuando otra sombra surgió veloz de la oscuridad. Corría, sorteando a duras penas las protuberancias del terreno, hacia la salida de la explanada al aire libre.

Los dos hombres habían aprovechado nuestra sorpresa y nos sacaban bastante ventaja. Habíamos llegado a la gran explanada de Termine y ya me encaminaba hacia nuestras cabalgaduras, cuando oí la voz de Sfasciamonti:

—Deja los caballos. ¡Vamos a pie!

Tenía razón. El joven se había dirigido inmediatamente hacia la izquierda, en dirección a la muralla tras la cual se extendía, a levante, la ilimitada y grandiosa villa Peretti Montalto.

Al cabo de unos segundos había alcanzado la esquina de la villa, entre la plaza Termine y el camino que baja hacia la via Felice, y empezaba a trepar por la muralla. Cuando Sfasciamonti y yo llegamos, el joven ya había pasado al otro lado.

—¡Aquí, aquí, hay unas brechas hechas por ellos! —indicó entre jadeos el esbirro señalándome numerosos boquetes, distribuidos aparentemente al azar en la superficie de la muralla, en los que se podía introducir el pie para ascender con rapidez.

Imitamos, pues, al fugitivo en su hábil escalada y en pocos instantes ganamos el extremo del muro, donde nos sentamos a horcajadas. Miramos hacia abajo; para seguir teníamos que dar un salto de unas cuatro anas, vale decir, dos veces la altura de Sfasciamonti. Entretanto se oían a lo lejos los pasos del cerretano, que se alejaba a toda prisa por una alameda.

Con los pies colgando, como dos pescadores en la dichosa espera de que el hilo de la caña se tense, nos miramos el uno al otro, impotentes. Habíamos perdido.

—Maldito —susurró Sfasciamonti tanteando en vano el muro en busca de otros puntos de apoyo—. Él sabe de memoria dónde están las brechas para descender por este lado. No ha tenido necesidad de saltar.

Volvimos sobre nuestros pasos y echamos un vistazo al gran espacio a cielo abierto donde habíamos tendido nuestra emboscada nocturna a los mendigos durmientes. Todo estaba en silencio, el lugar estaba desierto.

—Aquí ya no encontraremos a nadie durante meses —anunció Sfasciamonti.

—¿Dónde está el abate Melani? —pregunté.

—Habrá ido en pos del otro pero, si a nosotros no nos ha asistido la suerte, imagínate a él…

—Tresatresquitresestrestoy —oímos que profería una voz satisfecha e irónica.

Era Atto, e iba a caballo. En una mano sostenía su pistola. En la otra, las riendas y un ronzal, que terminaba en torno al cuello del individuo al que yo había visto escapar en el momento en que el joven gritaba. Sfasciamonti estaba boquiabierto. Él había vuelto con las manos vacías; Atto, en cambio, había vencido.

—El Pelirrojo —exclamó el esbirro señalando incrédulo al prisionero.

—Señores, os presento a Pompeo di Trevi, llamado el Pelirrojo. Es cerretano y desde este momento está a nuestra disposición.

—Por todos los barbotes empernados, podéis decirlo bien alto —aprobó Sfasciamonti—. Vamos a la cárcel de Ponte Sisto, lo haremos hablar. Una sola pregunta: ¿qué diablos habéis dicho hace un momento, al vernos?

—¿Esa palabra extraña? Es una larga historia. Coged a este desgraciado, atadlo mejor, y vámonos.

Atto, como acostumbraba, había optado por hacer caso omiso de las reglas y la prudencia. En vez de perseguir al cerretano a pie, como quería Sfasciamonti, había montado a caballo, con dificultad y sin ayuda de nadie. Eso sí, antes se había fijado en el camino que tomaba el fugitivo: a la izquierda del otro, es decir, hacia el norte, rumbo a la tersa y fragante campiña del Castro Pretorio. Espoleando ásperamente a su modesto rucio, se había lanzado entonces en pos del cerretano. Por fin lo había avistado, ya agotado por la carrera, cuando empezaba a trepar por la muralla que daba a los campos de cítricos y las hileras de viñas, donde podía encontrar fácilmente la salvación.

—Un momento más y lo habría perdido. Estaba demasiado lejos para amenazarlo con la pistola. Entonces se me ocurrió decirle algo.

—¿Qué?

—Lo que menos se esperaba. Palabras en su lengua.

—¿En su lengua? ¿Queréis decir en su jerga? —preguntamos al unísono Sfasciamonti y yo.

—En jerga, en jacarandina… Puras patrañas. Mejor dicho, tresputresras trespatrestratresñas —respondió, y rió taimadamente, mientras el esbirro y yo nos mirábamos pasmados.

Mientras íbamos de la villa Spada a la piazza della Rotonda y luego a Termine, Atto no había dejado de dar vueltas a las misteriosas palabras que el cerretano había pronunciado en el instante en que yo caía al patio de campo di Fiore. De repente tuvo una iluminación: no había que buscar lo que tenía sentido, sino lo que carecía de él.

—El idioma que emplean estos miserables es tan necio y elemental como sus cerebros. Sigue un único principio: introducir entre las sílabas un elemento ajeno, como se hace a veces en las escrituras cifradas para confundir las ideas.

Mientras Atto hablaba, nuestra extraña caravana avanzaba por la piazza dei Pollaioli en dirección al Ponte Sisto; la encabezaba Sfasciamonti, a cuyo caballo estaba firmemente anclado el cerretano, con las manos atadas a la espalda y las piernas sujetas entre sí por un lazo, lo que le impedía abrirlas demasiado y, por lo tanto, correr. Seguía el caballo de Atto, y detrás, el mío.

—¿Qué queréis decir? —pregunté.

—Es tan sencillo que casi me da vergüenza explicarlo. Ponen la sílaba «tres» entre las otras.

—Tresmientrestes… ¡Entonces el cerretano me dijo «mientes»!

—¿Qué le habías dicho tú?

—Dios santo, no me acuerdo bien… Bueno, sí. Le había dicho que el Tudesco lo mataría.

—Y, en efecto, estabas mintiendo, sólo querías ganar tiempo. Yo he hecho lo mismo, sólo que de un modo un poco diferente. Al saludaros hace un momento dije…

—Tres-a-tres-quí-tres-es-tres-toy. Es decir… «Aquí estoy».

—Exacto. Y también al Pelirrojo le dije algo en «treseado», como he decidido llamar a su estúpida lengua llena de «tres».

Era lo último que se esperaba el Pelirrojo. Cuando oyó la voz de Atto, junto con el fragor amenazante de los cascos que se acercaban, se le agarrotaron las manos, se soltó de la pared y cayó al suelo.

—Perdonad la pregunta: ¿qué le dijisteis al cerretano?

—Hice como tú. Le dije lo primero que me vino a la cabeza.

—¿O sea…?

—Trespaterster tresnostrester. Las dos primeras palabras del Pater noster.

—¡Pero eso no significaba nada!

—Lo sé, pero por un instante creyó que yo era uno de los suyos y el estupor lo dejó paralizado. Cayó como un saco de patatas. Se hizo un poco de daño y, como no se levantaba, tuve tiempo de atarlo. Por suerte los palafreneros que aparejan estos caballos conocen su trabajo y la cuerda era larga. Cuando lo tuve bien ceñido, até el extremo de la cuerda a la silla y, para recordarle que no hiciera tonterías, le apunté con mi arma.

A continuación Melani reconstruyó todo cuanto había ocurrido en las termas de Diocleciano. El vagabundo al que Sfasciamonti había interrogado sentado sobre su vientre nos había traicionado.

—Ese miserable —prosiguió el abate con una sonrisita irónica dirigida al esbirro— señaló al Podrido diciéndote que le preguntaras, pero sin revelarte que era uno de los dos hombres que buscábamos. Y tú caíste en su trampa.

Sfasciamonti no dijo nada.

—Así pues, ¿fue el Podrido el que gritó esas extrañas palabras al Pelirrojo? —pregunté.

—Exacto. Anunció que estaban «los broches», lo que en mi opinión significa «los esbirros».

—Luego dijo «afufa», que equivaldrá a «huye» o a «coge las armas» —conjeturé.

—Yo me inclino por «huye», a la vista de los acontecimientos. Esto no es el «treseado», sino otra jerga cuya comprensión resulta algo más difícil, porque exige cierta experiencia. Pero nada es imposible.

Excepción hecha de mis escasas preguntas, un doble silencio, roto por el ruido que hacían los cascos de los caballos en el empedrado, había acompañado el relato con el que Atto había ilustrado con satisfacción la captura del cerretano.

Sfasciamonti callaba, pero creo que puedo imaginar lo que pasaba por su cabeza. Orgulloso de sus toscas habilidades de esbirro, de pronto se había visto despojado del mando de la acción. Lo que él no había conseguido con la fuerza y la intimidación, Atto lo había logrado con su sagaz intelecto y una pizca de merecida fortuna. Al defensor de la ley, al que en materia de cerretanos sus colegas no tomaban en serio, no debía de resultarle fácil que se le adelantaran en la captura de los misteriosos malhechores por los que sin duda sentía, como en una batida de caza, casi una canina atracción, pero también un miedo muy humano. Sin embargo, las cosas estaban así: gracias a un Pater Noster pronunciado sin venir a cuento, teníamos en nuestro poder a un miembro de la extraña secta.

El segundo silencio, el mío, tenía la misma causa. Era francamente extraño, me decía, que en tan poco tiempo hubiéramos arrestado a un cerretano y, en cambio, los esbirros de toda Roma y el propio gobernador, monseñor Pallavicini, negaran su existencia. Iba a preguntar a Sfasciamonti sobre este particular, pero los acontecimientos volvieron a impedírmelo. En efecto, en ese preciso instante decidimos que yo debía acercarme a la villa Spada para despertar a Buvat (esperando que ya hubiera dormido la borrachera). El secretario del abate Melani, en opinión de los tres (si bien de la manera poco ortodoxa sobre la que hablaré más adelante), nos sería muy valioso.

Nos reuniríamos en nuestro destino final: la cárcel de Ponte Sisto, que daba al Tíber, justo debajo del Janículo, no lejos de la villa Spada. Ahí sería interrogado el cerretano.

La habitación, en un sótano cubierto de líquenes, era sórdida y sin ventanas. En lo alto de la pared de la izquierda había una reja, la única entrada de aire y, en las horas diurnas, de un poco de luz.

El cerretano, aún atado y dolorido, estaba aterrado por la idea de acabar ante el verdugo. Ignoraba que su presencia en aquel agujero hediondo era del todo ilegal. Sfasciamonti había conseguido que uno de sus numerosos amigos dejara entrar a hurtadillas a todo nuestro grupo en el edificio de la cárcel por una puerta secundaria. El arresto del Pelirrojo era irregular: el cerretano no había cometido ningún delito ni pesaba sobre él ninguna sospecha. Mas eso no importaba; había llegado la hora del juego sucio, al que los esbirros, como luego diré, estaban acostumbrados desde hacía mucho.

Sfasciamonti había conseguido una hopalanda y una peluca para Buvat, que haría de notario criminal y redactaría el sumario. El esbirro se encargaría del interrogatorio. Atto y yo asistiríamos en calidad de ayudantes, viceesbirros o no sé qué, protegidos por el secreto de la ceremonia y la total ignorancia del prisionero en materia de leyes.

En el sótano había una mesa, iluminada por un gran cirio. Buvat se sentó y, con gesto serio, empezó a trajinar con papel, pluma y tintero. Para hacer más verosímil la puesta en escena, Sfasciamonti había cuidado todos los detalles. El cirio estaba flanqueado por severos textos de derecho, como los Commentaria tertiae partis in secundum librum Decretalium, de Abbas Panormitanus, la Praxis rerum criminalium, de J. Damhouder, y por último, muy amenazador, el De malefiis, de Alberto da Gandino. Aunque todos esos títulos resultaran ininteligibles al detenido, los volúmenes estaban colocados de pie y con el lomo hacia él, de modo que las inscripciones oscuras, suponiendo que supiera leer, reforzaran en su ánimo la idea de estar sometido a un poder hostil e impenetrable.

De pie frente a la mesa, Sfasciamonti tenía al reo bien sujeto por un extremo de la cuerda que le ceñía los brazos a la espalda. Era un muchacho rechoncho, bajo, de ojos pequeños y azules, frente rectangular surcada de profundas arrugas horizontales, signo inequívoco de una vida disoluta e impune, y pómulos lozanos, prueba de una naturaleza ingenua y vulgar. Observándolo de cerca se comprendía el origen de su apodo: tenía la cabellera tupida e hirsuta de color zanahoria.

Buvat se ajustó la peluca demasiado ancha y, aún algo balbuciente a causa de los vapores del sueño y el vino, carraspeó un par de veces. Luego comenzó a escribir, al tiempo que leía con tono afectado las cláusulas de circunstancias que plasmaba en el papel:

Die etcetera etcetera anno etcetera etcetera. Roma. Examina~ tus fuit in carceribus Pontis Sixtis… ¿Qué pasa?

Sfasciamonti había interrumpido la redacción del sumario para susurrar un consejo al oído de Buvat.

—Por supuesto, por supuesto —respondió éste.

Luego me enteraría de que, por indicación de Sfasciamonti, la fecha del interrogatorio se había dejado en blanco para que el esbirro pudiera archivar más tarde todo el informe a su antojo.

—Entonces continuemos —dijo Buvat volviendo a adoptar un aire circunspecto—. Examinatus in carceribus Pontis Sixtis, coram et per me Notarium infrascriptum… Tu nombre, joven.

—Pompeo di Trevi.

—¿Dónde está Trevi exactamente? —preguntó Buvat con naturalidad, pero revelando su escaso conocimiento del Estado de la Iglesia, que habría suscitado el recelo del interrogado si éste no hubiera estado totalmente ofuscado por el miedo.

—Cerca de Spoleto —respondió con un hilo de voz.

—Entonces escribamos: Pompeius de Trivio, Spoletanae diocesis, aetatis annorum… ¿Cuántos años tienes?

—Dieciséis, creo.

Sexdecim incirca —prosiguió Buvat—, et cui delat iuramento de veritate dicenda et interrogatus de nomine, patria, exercitio et causa suae carcerationis, respondit.

Sfasciamonti zarandeó al joven y tradujo las palabras del notario:

—Jura que dirás la verdad y luego repite tu nombre, edad y la ciudad en que has nacido.

—Juro que diré la verdad. Pero ¿no he dicho ya mi nombre?

—Repítelo. Es para el sumario. Lo exige el procedimiento, hay que ser precisos —afirmó el esbirro con ánimo de conferir mayor veracidad a la puesta en escena.

El joven miró en derredor un poco cohibido.

—Me llamo Pompeo, nací en Trevi de Spoleto, puedo tener unos dieciséis años, no tengo ningún oficio y…

—Es suficiente —lo interrumpió Sfasciamonti, y a continuación se acercó de nuevo a Buvat para susurrarle algo al oído.

—Ah, está bien, está bien —repuso el secretario.

En esa parte del sumario había que mencionar el motivo del arresto, que no existía. Por consejo del esbirro, Buvat procedería a escribir una circunstancia falsa, a saber, que se había arrestado al cerretano por pedir limosna en una iglesia durante la misa.

—Sigamos —dijo el falso notario ajustándose los anteojos en la nariz aquilina—. Interrogatus an sciat et cognoscat alios pauperes mendicantes in Urbe, et an omnes sint sub una tantum secta an vero sub diversis sectis, et recenseat omnes precise, respondit

—Voy a buscar el látigo —anunció Sfasciamonti.

—¿El látigo? ¿Para qué? —inquirió el cerretano con un ligero temblor en la voz.

—No has respondido a la pregunta.

—No la he entendido —repuso el otro, que obviamente no sabía una palabra de latín.

—Te ha preguntado si conoces en Roma otras sectas además de la tuya —intervino Atto—. Desea saber si están unidas bajo el mando de una sola y, para terminar, quiere una lista precisa de todas ellas.

—Pero tú no quieres responder —añadió el esbirro, y sacó de un bolsillo un par de llaves que verosímilmente abrían una habitación donde se guardaban los instrumentos para los criminales reacios a hablar—. Conque tu espalda necesita una buena tunda.

Súbitamente el muchacho se postró de rodillas, lo cual hizo tambalear a Sfasciamonti, que lo sujetaba con el lazo.

—Señor, escuchad —dijo con tono implorante volviéndose ora a Buvat, ora al esbirro—. Entre nosotros, los pobres mendigos, hay varias cofradías, distintas unas de otras por sus costumbres y por su dedicación. Os diré cuáles son, al menos las que recuerde.

Siguió un instante de silencio. El muchacho lloraba. El abate Melani y yo estábamos estupefactos. El primero de los misteriosos cerretanos que caía bajo el azote de la ley no sólo aceptaba que lo interrogara el notario criminal y rechazaba la prueba del látigo, sino que incluso prometía desembuchar.

Sfasciamonti, dirigiéndole una mirada entre sorprendida y decepcionada, lo hizo levantarse. Una vez más tenía que abstenerse de emplear sus brutales maneras de esbirro.

—Démosle una silla —dijo, y puso con benevolencia torpe y desganada uno de sus enormes brazos en el hombro del joven truhán, que, aterrorizado y gemebundo, no paraba de temblar.

Cuando le hube colocado un escabel bajo los muslos, la confesión empezó.

—La primera se llama Hermandad de los Filateros. Son los que, mientras piden limosna en las iglesias entre una multitud de personas, cortan las bolsas y las faltriqueras y roban todo lo que encuentran dentro.

Recordé el episodio del sampaulista y de la mujer bajita a quien habían cortado la faltriquera de cuero. ¿Lo había hecho un filatero? El Pelirrojo se interrumpió y nos miró de uno en uno estudiando en nuestro rostro el efecto de aquellas revelaciones, que para él casi debían de ser tanto como profanar una divinidad.

—La segunda se llama Hermandad de los Perfectos —prosiguió—. Son los que se fingen enfermos y moribundos, se revuelcan en el suelo, gritan y piden limosna, pero en realidad están perfectamente. La tercera se llama Hermandad de los Desahogados. También están sanos, pero son mandrias; como no quieren trabajar, van de moscones.

—Sé qué es un mandria, pero no qué significa «ir de moscón» —dije.

—Mendigar —respondió el Pelirrojo. Luego pidió un vaso de agua y se lo dimos.

—Continúa —dijo Sfasciamonti.

Pordioseros y vagos. ¿Acaso esa clase de individuos no componía la mayor parte de la multitud que desde hacía años veía por la mañana en las calles de Roma? Sin saberlo, durante mi breve vida tal vez me había cruzado con muchos más cerretanos de lo que creía.

—La cuarta se llama Hermandad de los Truchas —continuó nuestro rehén—; son los que están acurrucados, como muertos de frío o como tiñosos, y piden limosna. La quinta se llama Hermandad de los Tunos; son los que se fingen botarates y dementes, nunca responden a derechas y piden limosna. La sexta es la Hermandad de los Mataperros; van en cueros, exhibiendo sus carnes, y también mendigan. La séptima se llama Hermandad de los Trompetas…

—Un momento, un momento —lo interrumpió Buvat. Al fingido notario, provisto de una pluma demasiado grande e inadecuada para escribir con rapidez, le costaba seguir el río crecido de la confesión.

Se había preparado para redactar un acta ficticia, pero ahora tenía que escribir una verdadera, y sumamente valiosa. En efecto, Sfasciamonti le hacía continuamente señas de que no perdiera ni una palabra. Yo había entendido el motivo: el esbirro quería contar con la prueba de la existencia de los cerretanos para antes o después poder presentarla a sus colegas y al gobernador.

—Hagamos lo siguiente —propuso Atto—. Primero di los nombres de las cofradías, para que podamos formarnos una idea. Luego explicarás a qué se dedican.

El joven cerretano obedeció. Comenzó a dar una lista, donde incluyó las cofradías que acababa de citar:

Filateros

Perfectos

Desahogados

Truchas

Tunos

Mataperros

Trompetas

Ermitaños

Bailones

Malandrines

Galafates

Figurillas

Fichas

Palanquines

Alfimoreros

Chirlerines

—Basta, es suficiente. ¿Tú a qué hermandad perteneces? —preguntó Atto.

—A la de los Desahogados.

A continuación el Pelirrojo ilustró todas las infamias de que eran capaces las otras cofradías que había mencionado. Habló de los ermitaños, que se visten de frailes para mendigar; de los bailones, que a fin de conseguir limosnas se fingen lunáticos, frenéticos o poseídos y se revuelcan por el suelo echando baba por la boca después de haber comido un mejunje con jabón. Reveló los trucos de los malandrines, que para pedir limosna llevan gruesas cadenas de hierro al cuello, aparentan hablar turco, repitiendo siempre «Bran bran bran» o «Bre bre bre», y fingen haber sido prisioneros de los infieles. Los galafates van siempre en pareja, fingen ser soldados y roban al primer indefenso con el que topan de noche por la calle. En cambio, los figurillas son bandidos empobrecidos, y los fichas, esbirros en esa misma situación. Los palanquines simulan sufrir fuertes estremecimientos, cual títeres, porque (eso dicen) son los descendientes de los pecadores que no quisieron arrodillarse delante del Santísimo Sacramento y por ello han sido castigados. Los almiforeros son mendigos que roban caballos y los chirlerines, ladronzuelos que viven mendigando en la calle.

—Maldición, qué batiburrillo —comentó al fin Atto Melani.

—Resulta que todos los cerretanos son mendigos —observé.

—¿No lo decía yo desde el principio? —repuso Sfasciamonti—. Sólo que se valen de la mendicidad para cometer otros actos infames: acciones violentas, timos, robos…

—Disculpad, pero aún no hemos terminado el interrogatorio —nos llamó al orden Buvat, que enseguida prosiguió, con un aplomo digno de un verdadero notario, con la cláusula formal del acta—. Interrogatus an pecuniae acquistae sint ipsius quaerentis an vero quilibet teneatur illas consignare suo superiori secundum cuiusque sectam illorum, respondit… Repito, pues, joven: ¿os quedáis con el dinero que ganáis con la mendicidad o con otras actividades criminales, o habéis de entregárselo a los superiores de cada cofradía?

—Señor, el que gana algo, al menos entre los desahogados, se lo queda. En cambio, nuestro jefe, Giuseppe da Camerino, da dinero a todos. He oído decir que los truchas y los trompetas hacen las cosas en común y se reúnen a menudo en posadas u otros sitios, donde eligen a sus jefes y oficiales. Mi compañero, el que ha huido para que no lo cogieran, me contó que la semana pasada se encontró con cuatro malandrines, dos figurillas y dos fichas. Fueron a un mesón del barrio Ponte para divertirse un poco. Pidieron buenos vinos y muchas cosas de comer. Se dieron un banquete de nobles, como quien dice. Cuando terminaron, el mesonero les hizo la cuenta y dijo que eran doce escudos, que el cabecilla de los malandrines pagó en el acto y sin rechistar. Y se lo pasaron en grande, porque nunca les falta el dinero, massime a los jefes de las cofradías.

—¿Dónde se reúnen los de tu cofradía?

—En la piazza Navona, en Ponte, en campo di Fiore y en la piazza della Rotonda.

—Ahora dime si te confiesas, si tomas la comunión y si vas a misa.

—Señor, pocos de nosotros lo hacen, porque, para seros sincero, la mayoría somos peores que los luteranos. No sé nada más, os lo juro.

—¿Alguno de los señores quiere inquirir algo más? —preguntó Buvat dirigiéndose a nosotros.

De nuevo Sfasciamonti se acercó al oído de Buvat para pedirle que no anotase en el sumario la siguiente pregunta.

—Claro, claro —lo tranquilizó el falso notario—. Pues bien, muchacho, ¿entre tus compañeros de cofradía has oído hablar del reciente robo de unos documentos, de una reliquia y de un catalejo en la villa Spada?

—Sí, señor.

Nos miramos los cuatro, y esta vez ni siquiera Buvat consiguió contener una mueca de sorpresa.

—¡Sigue, por Diana! —dijo Atto con los ojos desorbitados.

—Señor, yo sólo sé que lo hizo el Tudesco. Ignoro por qué. Desde el comienzo del jubileo hace grandes negocios, saca dinero de todas las calles de Roma.

—¿Y dónde demonios podemos encontrar a ese Tudesco? —lo apremió Atto.

El cerretano lo explicó todo.

—Creo que está bastante claro —comentó Sfasciamonti, cuando el otro hubo acabado.

Como lo que el Pelirrojo había desembuchado acerca del Tudesco concernía en realidad a la búsqueda de los efectos personales de Atto, no se consignó por escrito, al igual que muchas otras cosas que el cerretano había contado esa noche.

—Ay de mí como alguien me encuentre encima esta acta —nos dijo Sfasciamonti sin que lo oyera el interrogado—. Le pondré una fecha, digamos, de seguridad: el cuatro de febrero de mil quinientos noventa y cinco. Y la guardaré en los archivos del gobernador. Sólo yo sabré dónde puedo encontrarla, porque ahora nadie mira entre los papeles del siglo pasado. La sacaré cuando se me antoje. Más aún, esta fecha demostrará que los cerretanos existen desde hace tiempo y por fin podré plantarme ante todos cuantos se han burlado de mí.

La siguiente decisión fue más difícil, pero necesaria. No se podía mantener preso al cerretano sin una orden de captura, o al menos sin un permiso del alguacil. Lo cierto es que Sfasciamonti había insinuado esta posibilidad a un carcelero, buen amigo suyo, que sin embargo no había querido ni hablar de ella. Le había respondido que, aunque hubiera muchos inocentes en la prisión, y también muchos culpables en libertad, esas cosas debían hacerse bien; por norma las disponen los jueces, o los poderosos cuyas órdenes, sin que lo sepa el pueblo, cumplen aquéllos.

Por otra parte, era imposible retener al reo (si se le podía llamar así) de otra forma; la villa Spada, que también disponía de un amplio almacén subterráneo, no valía, por razones evidentes, para ese fin. Tampoco, obviamente, nuestras viviendas.

Para que todo pareciese menos improvisado, hicimos que el Pelirrojo esperara en una habitación contigua y fingimos conferenciar un rato. Luego lo mandamos entrar y tuvimos buen cuidado de recibirlo con semblante decepcionado y tenso.

—El notario ha hablado con Su Excelencia el gobernador —mintió Sfasciamonti—, y éste quiere recompensarte por tu deseo de colaborar.

El cerretano miró alrededor aturdido, sin entender qué ocurría.

—Ahora te acompañaremos a la salida. Eres libre.