Sexta Noche

12 DE JULIO DE 1700

El cometido que esta vez me tocaba cumplir en el jardín, huelga decir que vestido de jenízaro, consistía en aparejar las luces para el entremés que iba a representarse esa noche. Estaba a las órdenes del gentilhombre de la casa, don Paschatio Melchiorri, a quien a su vez había instruido el arquitecto. Éste había tenido una idea sumamente original: hacer que los propios preliminares, en verdad singulares, fuesen un espectáculo, para solaz y esparcimiento de los invitados antes del comienzo de la obra.

En el espacio se había colocado una mesa con un fuego en medio, sobre el cual yacía un caldero con agua hirviendo. Intrigados, unos cuantos cardenales se aproximaron.

—Prepararemos ahora varios colores transparentes para embellecer la pieza de esta noche, y primeramente el color zafiro, o celeste, que también es el más hermoso —dijo con tono de pregonero don Paschatio, en atuendo de gala, mientras yo lo seguía con un bacín de barbero, una vasija de latón bajo el brazo y una bolsa en bandolera.

»Maestro pajarero, sacad de la bolsa un trozo de sal amoníaca. Frotadla en el fondo y por las paredes del bacín hasta que se consuma entera y añadid de cuando en cuando un poco de agua, pero poca, insisto, pues, cuanta más sal haya, más espléndido será el color.

Obedecí, tras lo cual me pidió que pasase el agua por un filtro y la dejase en la vasija de latón. Vi con sorpresa que salía un agua del color del zafiro. Acto seguido, me rogó que vertiese una parte en dos grandes frascos de cristal que tenían la curiosa forma de una media luna: una de sus mitades era cóncava y la otra, convexa.

—Ahora elaboraremos agua esmeraldina —anunció don Paschatio, mientras extraía de la bolsa un frasquito con algo amarillo que parecía azafrán.

Echó un poco en el agua de uno de los frascos celestes, lo mezcló rápidamente con una cuchara y enseguida el líquido cambió de color, volviéndose verde.

A continuación pusimos una buena cantidad de piedra alumbre en el caldero de agua hirviendo; una vez disuelta, la espumamos y trasegamos con un filtro a cinco frascos de vidrio, el último del tamaño de un perol.

—Aquí tenemos el color rubí —dijo don Paschatio a los presentes, al tiempo que vertía en el primer frasco unas gotas de un vino bermejo bien cargado de color, que al punto tiñó el agua de un rojo vivísimo.

»¡Y ahora el color balaje! —exclamó echando en el segundo frasco vino tinto y blanco.

Luego, en los dos últimos frascos vertió un vinillo de Frascati y una botellita de tinto de Marino.

—¡Y, para terminar, el color gris paja y el topacio! —dijo complacido, mientras en el rostro de todas las señorías y eminencias se dibujaba el estupor.

—¿Y éste? —preguntó el cardenal Moriggia señalando el frasco más grande.

—Se queda así. Imitará el color diamante que tiene en las islas griegas el astro diurno —respondió don Paschatio, que nunca había estado en Grecia, pero que, como un papagayo, repetía las instrucciones del arquitecto.

Así terminó el espectáculo de la preparación de los colores. En cambio, el que ahora nos aprestábamos a llevar a cabo, me explicó don Paschatio, debía mantenerse a reparo de las miradas indiscretas.

—Pues, si descubren el artificio, adiós maravilla —dijo con un gesto furtivo.

Con ayuda de otros criados llevamos los frascos detrás de la tela pintada del escenario, que representaba la campiña de Chipre. Ahí había una pared de madera calada. Tapamos los agujeros con los frascos colocados por su mitad convexa, sostenidos por trípodes. Detrás de cada uno, por el lado cóncavo para que recibieran mejor la luz, pusimos una mariposa, o sea, una lámpara que irradiaba una luz de intensidad constante.

—Sube hasta el extremo el frasco más grande —me ordenó el gentilhombre de la casa señalando la parte alta de la tela pintada—. No pongas detrás una lámpara, sino una gran antorcha. Y tras ésta, un bacín de barbero bien bruñido, que reflejará la luz de la llama.

Mi estupor fue mayúsculo cuando, al salir de detrás de los bastidores para contemplar el resultado de los preparativos, vi que un sol gallardo y diamantino resplandecía artificiosamente en el cielo chipriota de la tela pintada y se erguía, paternal, sobre la festiva campiña compuesta por frescas y luminosas verduras esmeraldinas e inflorescencias de color rubí, balaje y topacio, mientras en lontananza los destellos de zafiro del mar se elevaban sobre las olas espumosas y perladas, color gris paja.

El escenario estaba adornado además con árboles, piedras, colinas, cerros, hierbas, flores, fuentes y hasta cabañas rústicas, todo ello de finísima seda de variados colores, ya que la liberalidad del munífico cardenal Spada, junto al juicio y el arte del arquitecto, enemigos ambos de la espantosa avaricia, había echado por tierra buena parte del trabajo del maestro florista para recrear todas las cosas con seda, que así serían más alabadas que si eran naturales. El mar, compuesto de igual guisa, estaba lleno de conchas, caracoles y otros animalillos, troncos de coral de todos los colores, madreperlas y cangrejos insertados entre las piedras, con tal diversidad de hermosuras que me extendería demasiado si quisiera escribir sobre todas ellas.

El escenario estaba simplemente iluminado con alegres parejas de antorchas, porque el espectáculo se iniciaría al final de la tarde, cuando la luz del día refulge aún generosa. Asimismo, otras lámparas ofrecían, a los actores y a los espectadores, no sólo luces resplandecientes, sino también perfumes soberbios: copas repletas de agua alcanforada colgaban de candelabros o de hachones, de suerte que, como enseña Serlio, irradiaban bellos fulgores y suaves efluvios, que disponían el corazón y la mente de los presentes al disfrute de la pieza.

Para entonces las gradas, con confortables butacas de satén, ya estaban llenas de un noble público. Yo, lógicamente sentado en el suelo, esperaba el principio del espectáculo. Desde el lugar donde me encontraba, incómodo y demasiado lateral, de todos modos oía los comentarios de los invitados situados en las primeras filas. Tres caballeros eran especialmente parlanchines. Siguieron hablando incluso cuando los actores hicieron su entrada en el escenario.

—El último espectáculo al que recuerdo haber ido fue en marzo, en el palacio de la Cancillería. Era el oratorio de Scarlatti, la Santissima Annunziata —dijo uno de los tres.

—¿Aquel de cuya letra es autor el cardenal Ottoboni?

—El mismo.

—¿Qué nos decís de los versos del cardenal? ¿Eran… ottobuenos?

—Ottopésimos —respondió el otro.

Los tres caballeros estallaron en estruendosas carcajadas, al tiempo que se sumaban a los aplausos con que el auditorio daba la bienvenida a los actores.

—A propósito de cosas ottopésimas, ¿qué opináis de la comedia de Giovanni Domenico Bonmattei Pioli?

—¿La que imprimieron en enero del año pasado?

—Una auténtica bazofia. Lo apadrinó Ottoboni, que es miembro de la muy docta Academia de la Arcadia, pero las comedias de Pioli son el colmo de la vulgaridad.

—Su Santidad debe de haber sufrido una recaída —dijo el tercer caballero cambiando de tema—. Hoy ha cumplido nueve años de pontificado. En el Quirinal han celebrado capilla pontificia, y él no ha asistido.

—No, yo os diré qué le ocurría. Estaba claudicando bajo los golpes del embajador de España y sus amigos.

—¿En serio? —preguntó uno de los otros dos—. ¿Queréis decir que por fin han conseguido convencerlo?

—Un viejo enfermo como él no podía resistir largo tiempo las acometidas de esos cuatro zorros.

—Pobre hombre. Seguro que la cosa no acabó antes de la hora de comer —concluyó el tercer interlocutor—. A Su Beatitud sólo se le ha visto por la tarde, cuando salió a la ciudad, donde fue muy aplaudido.

—Con todo merecimiento, porque ese pobre Papa es un santo y mártir.

—Confiemos en que Dios Nuestro Señor lo llame pronto a su lado, para que así terminen sus sufrimientos. Al fin y al cabo, ya no pinta nada…

—Chitón, lupus in fabula —dijo el segundo señalando la alameda por la que avanzaba el cardenal Spada, seguido por los novios. Una nueva salva de aplausos los recibía.

Con un breve gesto, el dueño de la casa invitó a los comediantes a empezar. Era un entremés debido a la pluma del romano Epifanio Gizzi, titulado Amor, premio de la constancia. Versaba sobre nobles sentimientos y sobre las virtudes de la fidelidad y perseverancia que demanda el sagrado vínculo del matrimonio.

El escenario se abrió con algunos efectos que deleitaron grandemente a los espectadores. El arquitecto había mandado confeccionar siluetas de cartón grueso y coloreado, que, desplazándose a través de un listón de madera ensamblado al suelo con cola de milano, cruzaban por debajo de un arco, detrás del cual permanecía oculto el hombre que las maniobraba, el propio arquitecto, mientras una música vocal e instrumental sonaba dulcemente. A la vez, con la misma técnica del cartón recortado, pasaban por el cielo la luna y los planetas, que, sin que nadie nos viese, tirábamos con un alambre de hierro negro.

La obra estaba muy bien conseguida y el público disfrutó de lo lindo. La acción se desarrollaba en la isla de Chipre. Los personajes eran dos caballeros, Rosauro y Armillo, éste acompañado por su zafio criado Barafone, que en varias peripecias se disputan los favores de dos damiselas, Florinda y Celidalba. Tras innumerables reveses de la fortuna (duelos, naufragios, carestías, cambios de identidad, reconocimientos, intentos de suicidio), se descubre que Armillo se llama Alcesti y que es hermano de Celidalba, cuyo verdadero nombre es Lindori. Entretanto Florinda, que en todo momento ha desdeñado las sentimentales atenciones de Rosauro, acaba cediendo y se casa con él, demostrando así que la constancia siempre se ve recompensada con el amor.

Los caballeros vestían ropas magníficas, confeccionadas con paños de oro y de seda, y hasta el jubón del criado estaba forrado de finísimas pieles de animales salvajes. Las redes de los pescadores, que hacían de comparsas en la playa, eran de oro fino, e incluso los atuendos de las ninfas y pastorcillas despreciaban la avaricia.

Mientras los actores arrancaban aplausos y risas al noble público, entre bastidores los otros fámulos y yo creábamos los efectos escénicos más variados. Simulamos un naufragio digno de asombro por su verosimilitud. Para imitar el sonido del trueno, hicimos rodar por el suelo de madera una gran piedra; para obtener los relámpagos soltamos transversalmente sobre el escenario un pedrusco ornado de oro estridente, cuyos destellos parecían de lo más auténticos; por último, para remedar las centellas me coloqué detrás del bastidor con un bote lleno de polvos de barniz en medio de cuya tapa, que estaba agujereada, había una vara encendida, de esas que hacen fuegos de bengala. Todo, truenos, relámpagos y centellas, lo pusimos en marcha a la vez y el efecto que obtuvimos fue sensacional.

Los náufragos que arribaron a la playa de Chipre se calentaron en el escenario con un fuego que prendimos con una candelilla y un aguardiente muy fuerte, y tanto duró que todo el mundo lo tuvo por un prodigio.

Mientras así trajinaba detrás de los bastidores, tenía la mente en otra cosa. ¿Qué habían querido decir los caballeros a los que había oído hablar con aquello de que el embajador español, el duque de Uzeda, finalmente había convencido al Papa? De sus palabras casi podía colegirse que él y otros habían presionado al moribundo Pontífice para que hiciese algo que a todas luces no le complacía. Sobre Uzeda sólo sabía lo que había leído en la correspondencia entre Atto y la condestablesa: el embajador de España había presentado a Su Beatitud la petición de ayuda de Carlos II.

¿De qué podía tratarse? ¿Y quiénes eran los otros tres «zorros» que sin muchas contemplaciones habían ayudado a Uzeda a hacer claudicar al viejo Papa? Los tres caballeros a quienes acababa de oír compadecían sinceramente al Papa, que sufría y al parecer ya no tenía ningún poder. Sus palabras me traían a las mientes las reflexiones de la condestablesa, quien había escrito que el Papa solía decir: «Se nos priva de la dignidad que pertenece al vicario de Cristo y se nos abandona». ¿Quién se atrevía a hacer eso al sucesor de Pedro?

«Lupus in fabula», había dicho al final uno de los tres caballeros cuando apareció el cardenal Spada, tras lo cual la conversación se interrumpió bruscamente. ¿Por qué? ¿No sería que mi benévolo amo, el cardenal Fabrizio, era uno de los susodichos «zorros»?

—Me alegra comprobar que sigue siendo cierto lo que afirma el muy docto padre Mabillon sobre las bibliotecas de Roma, cuyas condiciones, por otra parte, son igual de excelentes que cuando estuve en Italia hace muchos años —aseguró Buvat con entusiasmo.

Una vez terminada la representación del entremés, el abate Melani había regresado a sus aposentos seguido por mí y había llamado a su secretario para que lo informase de cuanto había averiguado durante sus investigaciones. Por fin llegaba el momento de saber qué había ido a hacer el fiel servidor de Atto a la ciudad.

—Buvat, olvidaos del padre Mabillon y contadme qué habéis descubierto —lo conminó Atto.

El secretario repasó un montón de hojas con anotaciones rasgadas a toda prisa en una caligrafía minúscula y puntillosa.

—Lo primero que hice fue pedir consejo a Benedetto Millino, ex bibliotecario de Cristina de Suecia, que…

—No me interesa saber quién os ha aconsejado, sino lo que habéis encontrado.

Eso era lo que pretendía explicar, dijo Buvat, y enseguida añadió que había ido a la biblioteca de la Sapienza, a la Angelica, a la Biblioteca Barberina alle Quattro Fontane, a la biblioteca del Colegio de la Penitencia en San Pedro, al Colegio de los Padres Franciscanos Menores de San Juan de Letrán, a la biblioteca de los penitenciarios de la basílica de Santa María Mayor, a la Vallicelliana en la Chiesa Nuova, a la biblioteca del Colegio Clementino, a la Colonnese, o Sirleta, a la biblioteca de los padres teatinos y a la de la Trinidad de los Montes de los padres mínimos de San Francisco de Paula, así como a la del eminentísimo cardenal Casanate, heredada por los padres dominicos, y a…

—Bien, bien. Lo esencial es que no hayáis ido ni a la de los jesuitas ni a la del Vaticano. Están llenas de espías, que lo habrían fisgoneado y registrado todo.

—He cumplido vuestras órdenes, señor abate.

—Espero que también os hayáis abstenido de acudir a las bibliotecas privadas de los cardenales, como las de los Chigi o las de los Pamphili.

—Sí, señor abate. Como me advertisteis, habría llamado demasiado la atención.

Lo cierto es que a Buvat esa triple abstinencia le había supuesto una gran desventaja, pues en la Biblioteca Apostólica del Vaticano, en la de los jesuitas y en la de los palacios de las familias cardenalicias habría encontrado mucho más fácilmente los libros que buscaba.

Por suerte, exhibiendo su acreditación de escribano de la Biblioteca Real de París, lo habían recibido con benevolencia en todos los sitios en los que se presentó. Pudo así tocar, y aun hojear, un manuscrito griego de ocho siglos de antigüedad que recogía el famoso Comentario sobre el sueño de Nabucodonosor, compuesto por san Hipólito, obispo de Oporto; por primera vez había consultado las célebres Antigüedades, de Pirro Ligorio, en dieciocho tomos; asimismo, la recopilación de sagrada y profana erudición del caballero Giacovacci y un códice latino con las Actas del Concilio de Calcedonia, con enmiendas al original. Con la yema de sus temblorosos dedos rozó la biblioteca personal de san Felipe Neri en la Vallicelliana, donde se hallaban la Vita di Sant’Erasmo Martire, escrita por Giovanni Soddiacono, monje de Monte Casino, luego convertido en Pontífice con el nombre de Gelasio II (cuyo decimoctavo volumen, subrayó Buvat, contiene, como es sabido, la antigua Collation, de Cresconius), un importantísimo códice de Beda el Venerable sobre el Círculo Lunar y las Seis Edades del Mundo, las colecciones del portugués Aquiles Estaço, de Giacomo Volponi d’Adria y de Vincenzo Bandalocchi, además de los famosos repertorios del abogado Ercole Ronconi.

Con todo, la visita más emocionante era la que había hecho a la biblioteca del Colegio de Propaganda Fide, celebérrima por su imprenta, donde, con magnánimo y previsor celo, se editan libros en veintidós idiomas. Esta biblioteca hacía fundamentalmente gala, explicó el secretario de Atto, de los cuidadísimos catálogos de los libros que poseían, incluidos los más singulares e impresos en las naciones extranjeras, ordenados conforme a la diversidad de lenguas, la variedad de las costumbres, las rarezas de las religiones y de las normas, y que estaban escritos con los caracteres, los emblemas, las cifras, los jeroglíficos más exóticos, y con líneas misteriosas trazadas en cuero de elefante, en cortezas, en membranas de pescados o en pieles de dragones.

—¡Ya es suficiente, Buvat, vive Dios! —imprecó Atto dándose una palmada en la rodilla—. Me importan un ardite los libros impresos sobre cortezas de pescado. ¿Por qué tendréis que desmandaros siempre que se habla de libros y de manuscritos?

En nuestro trío cayó el silencio. Buvat estaba humillado. Por mi parte, estaba impresionado por la cantidad de bibliotecas que había visitado el escribano francés. En poco tiempo había revisado los inmensos recursos librescos de la ciudad —no poco distantes entre sí—, fruto de la secular obra de acumulación de libros impresos y manuscritos de decenas de papas y cardenales. Era indudable que sólo una infinita pasión por la literatura y la escritura podía haber inspirado tan intensa y extensa investigación. La pena era que al secretario de Atto le costase tanto pasar del análisis a la síntesis.

—Buvat, os mandé en busca de libros porque en esta ciudad todo el mundo habla de ciertos temas, pero nadie tiene las ideas claras. Informadme únicamente del asunto que os pedí que investigaseis: los cerretanos —rogó Atto—. ¿Qué podéis decir de su lengua secreta?

—Es complicadísima —respondió Buvat, esta vez con menos entusiasmo—. Cierto es que los esbirros pueden aprender algún rudimento, pero sólo la práctica cotidiana permite comprender correctamente lo que murmuran entre sí. Es una lengua secular, pero de cuando en cuando, si detectan que ya no es del todo impenetrable, la renuevan con pequeñas modificaciones que la vuelven de nuevo incomprensible. La rígida tradición de los cerretanos establece que sea su rey, y solamente su rey, el encargado de establecer las nuevas reglas. Las escribe de su puño y letra (razón por la cual no puede ser nunca analfabeto) y luego se leen en una reunión general con representantes de todas las sectas, quienes después se encargan de divulgar el nuevo código por todas partes. Así, desde hace siglos, sólo ellos hablan su lengua y nadie puede denunciarlos. Ni siquiera cuando descifran los secretos militares de los reinos en que moran y los transmiten al enemigo.

—¡Espionaje! —gruñó Atto—. ¡Ya lo sabía! ¡Maldito Von Lamberg!

—¿Cómo consiguen apoderarse de los secretos? —pregunté.

—Ante todo, siempre pasan inadvertidos. Nadie se fija en un viejo mendigo tirado en la calle, aparentemente turulato —contestó Buvat—. Ese sujeto, sin embargo, duerme con un ojo abierto, está al tanto de la hora en que entramos y salimos de casa, sabe quién nos acompaña, desde debajo de la ventana escucha las conversaciones y, a la primera de cambio, nos roba en nuestras narices. Además, son legión, y se comunican entre sí a la velocidad del rayo. Uno ve algo y al momento ya están al corriente diez, cien de sus compinches. Nadie es capaz de distinguirlos entre sí, porque todos parecen iguales, sucios y malcarados. Sobre todo, nadie comprende lo que se dicen cuando hablan. Sus sectas…

—Un momento. ¿Habéis revisado el libro que os dije?

—Sí, señor abate. Según creíais recordar, la Nave de los necios, de Sebastián Brant, contiene un capítulo sobre los mendigos alemanes. Éstos también poseen una lengua secreta y mantienen estrechas relaciones con los italianos. Tanto es así que entre los vagabundos italianos existen grupos llamados lanzi, lancresine o lanchiesine, probablemente porque dichos nombres se derivan del alemán landreisig, que precisamente significa vagabundo y sin hogar. Además, cada grupo de…

—¿Mantienen estrechas relaciones, decís? Estupendo, continuad.

—Pues bien, La nave de los necios es una fuente histórica de lo más interesante para el estudio de los cerretanos y sus costumbres, tal vez la primera de su especie, ya que se publicó en Basilea para el carnaval de mil cuatrocientos noventa y cuatro, mientras que el llamado Liber vagatorum, que se considera el documento más antiguo que ha llegado hasta nosotros sobre los vagabundos, si bien ya circulaba a finales del siglo quince, no fue impreso hasta mil quinientos diez…

—Id al grano.

Buvat extrajo sin demora una hoja de su bolsillo y leyó:

En su jerga se expresan,

y de la limosna se alimentan.

Por sus socorridas son

alojados y vestidos,

que ellas, renqueando por la ciudad,

simulan enfermedad y pobreza suma

para a su cónsul llevar numos.

Él, mientras, garbeando va

y con los dados hace fustas.

Tras trampear aquí y allá,

bate talones esta alma lasa

por el verdoso, donde afana

ansarones y gomarras,

que, con sus avisos y avechucos,

hace cuartos y garrote da.

—Hete aquí la jerga, su lengua secreta. ¡Traduce! —lo conminó Melani.

—Las socorridas son las rameras, el cónsul es el rufián, numos son dineros, garbear es robar, hacer fustas significa timar, y batir talones, huir; el verdoso es el campo, ansarones son gansos, y gomarras, gallinas; los avisos son los maleantes, y los avechuchos, la gentuza; por último, hacer cuartos es descuartizar, y dar garrote, estrangular.

Buvat lo dijo todo de corrido, sin que el abate ni yo entendiésemos ni jota.

—Bien, bien —se limitó a decir Atto—. Excelente, felicitaciones. Ahora al menos la jerga ya no es un secreto para nosotros.

—Ejem, la verdad, señor abate —balbuceó el secretario—, es que yo no he traducido la jerga que cita Brant; la edición que he consultado estaba anotada.

—¿Cómo? ¿Quieres decir que de los otros términos de la jerga no has encontrado…?

—Ningún diccionario, manual o repertorio. Nada de nada, señor abate —admitió Buvat en un susurro—. Por tal motivo, la lengua de los cerretanos es indescifrable. Os lo aseguro: no existe ningún diccionario que…

—¿De modo que te has pasado días enteros a mis expensas en las bibliotecas —rugió Atto—, espulgando legajos y paparruchas, perdiendo un tiempo precioso con códices griegos, actas de concilios y otras memeces de ese tipo, para volver con este resultado?

—En realidad… —trató de explicarse el secretario.

—¡Y yo que he intercedido por ti para que el cicatero de tu jefe bibliotecario te aumente el sueldo!

—Que no me ha concedido, sin embargo… —se atrevió a apuntar Buvat con un hilo de voz—. Pero, volviendo al diccionario que os interesa, señor abate, debéis creerme…

—No hay tiempo, es hora de actuar.

Ugonio había mantenido su palabra. Según lo acordado, Sfasciamonti, por medio de un andrajoso muchacho que servía a aquél de mensajero, estaba ya al corriente del lugar de la cita.

Al principio el trayecto a caballo no fue peligroso ni incómodo. El lugar de encuentro estaba extramuros de la ciudad, más allá de la puerta del Pueblo, en el cementerio de las meretrices.

Mientras avanzábamos a la grupa de nuestros jamelgos, interrogué a Atto sin que me oyesen Sfasciamonti, que nos precedía a discreta distancia, ni Buvat, que cabalgaba disgustado detrás.

—Ayer dijisteis que Buvat estaba reuniendo las pruebas para atrapar a Von Lamberg. Os confieso que el sentido de vuestras palabras es para mí un misterio.

—Ya. Sólo llega a la verdad quien experimenta el ardiente deseo de descubrirla —afirmó con una sonrisita retadora—. Sin embargo, se trata de algo muy simple. Escucha. Los bribones tendieron una trampa al encuadernador, quien, no sé si por fatalidad, murió. ¿Qué querían del pobre Haver? Mi tratado sobre los secretos de los cónclaves. Era un robo por encargo, pues esos zarrapastrosos no saben qué hacer con esa clase de cosas. Los cerretanos se llevaron de la casa de Haver todo cuanto pudieron, pero luego, al examinar lo robado, el individuo que los había mandado allí notó que faltaba mi tratado.

—Porque ya estaba en manos del rosariero.

—Exacto.

—Y vos estáis seguro de que detrás de todo está el conde Von Lamberg.

—Completamente. Como se desprende de todo lo que sabemos, el individuo en cuestión cuenta en Roma con excelentes medios en lo que se refiere a hombres, dinero y protección, y se ocupa de asuntos de alta diplomacia. Sabe perfectamente que también el abate Melani dispone de ciertos apoyos, y que conoce hechos y personas que podrían desempeñar un papel decisivo en el próximo cónclave. Diría que este retrato coincide en todo con el del conde Von Lamberg.

Mientras el paso de los caballos resonaba entre nosotros, me puse a rumiar las explicaciones de Atto. Evoqué la aterradora figura del embajador del Imperio, su mirada de esfinge, la fama siniestra que acompañaba los manejos del emperador en los asuntos de España: las conspiraciones, las muertes misteriosas, los envenenamientos…

—Los cerretanos perpetraron el robo en la casa de Haver —continuó Atto— y, mira por dónde, en los países de lengua germánica existen otras sectas de gentes de esta calaña, que de algún modo están hermanadas con las italianas. Es muy probable que Von Lamberg conozca a estos canallas, que son capaces de todo merced a sus infames dotes. Añade que Ugonio, nuestro querido saqueador de tumbas, alias el poderosísimo Tudesco, cómplice de los cerretanos, es oriundo de Viena. ¿Qué resulta de todo ello? Fracasado el robo en la casa del encuadernador, Ugonio fue a buscar mi tratado sobre los cónclaves a la villa Spada. Y esa vez sí lo encontró.

—¿Y vuestra herida en el brazo? —pregunté adivinando de antemano la respuesta.

—Muy sencillo. Von Lamberg quiso mandarme un aviso para intimidarme. Y además serio. Esperaba que me asustase y me quitase de en medio.

—O sea, no quería mataros. Sin embargo, hay algo que no entiendo. Con tantos diplomáticos y agentes de Su Majestad Cristianísima como hay ahora mismo en Roma, ¿por qué Von Lamberg ha tenido que tomarla precisamente con vos?

—Por motivos obvios, chico. Sabe que oyen mis palabras y leen mis escritos personas influyentes, y que yo puedo tener privanza con algunos de los miembros más eminentes del Sagrado Colegio, quienes están preparando… pues sí, están preparando la próxima elección papal, lo que naturalmente interesa sobremanera a Von Lamberg.

La vacilación con que Atto explicaba por qué el conde Von Lamberg había intentado apropiarse de su tratado me pareció singular. No me faltaban razones para ello: gracias a la lectura clandestina de la correspondencia entre Atto y Maria, sabía que alrededor del Papa no se jugaba solamente la partida del cónclave, sino también la de la sucesión de España.

Este aspecto de la cuestión seguía suscitándome dudas. ¿Qué motivos tenía Atto para no mencionar la sucesión de España después de reconstruir lo que le había acontecido (el robo, la herida en el brazo)? Porque sin duda Von Lamberg, embajador de los Habsburgo, estaba interesado en el asunto, dado que la casa de Austria aspiraba a situar a uno de sus miembros en el trono de Madrid.

Fingí que me contentaba con sus explicaciones y proseguimos nuestro camino en silencio.

El lugar de encuentro, tétrico y maldito, se avenía muy bien con la silueta lúgubre de Ugonio, que nos esperaba en medio de la extensión de piedras sepulcrales. Algunas rapaces nocturnas surcaban el aire lanzando graznidos guturales; la atmósfera de la calurosa noche, casi impregnada de un negro jugo de restos mortales, era aún más densa, lóbrega y tórrida en aquel descuidado camposanto. Ugonio había elegido bien: lo más indicado para una cita clandestina era el cementerio de las meretrices.

El saqueador de tumbas se aproximó tambaleándose bajo el peso de un enorme costal de yute que cargaba al hombro.

—¿Qué llevas ahí dentro? —lo interpeló Atto.

—Una nadería de naditas. Cosuchas jubiliosas.

Atto llegó hasta él y palpó el costal. El botín repiqueteó con fuerza, tan atiborrado debía de estar de objetos de madera, de metal y de huesos.

—¿No se te dan mal los negocios en el jubileo, verdad? —preguntó Atto.

Ugonio asintió con falsa modestia.

—Éste es un espejito de señora —proclamó el abate tocando con la yema de los dedos una esquina del fardo—, que habrás robado a una pobre dama mientras rezaba en la iglesia. En cambio, el montón de monedas que están al lado son seguramente limosnas que has birlado a los ingenuos con alguna de tus sucias tretas, o tu paga de rufián por haber llevado a una posada a un grupo de peregrinos extenuados por el viaje. Y lo que aquí tenemos es un santísimo sacramento sustraído a un párroco muy despistado, y esto parece un crucifijo, del que bien puedes haber despojado a una cofradía que visitaba las cuatro basílicas. ¿O me equivoco?

El saqueador de tumbas no pudo contener una mueca bestial y medio risueña, que traslucía la vergüenza que le causaba que se descubriesen sus fechorías y el supremo regocijo que le procuraba el jubileo, merced al cual podía tan fácilmente satisfacer sus bajos apetitos.

Luego extrajo de su gabán un librito y se lo tendió a Melani. El volumen estaba en muy mal estado, su encuadernación dejaba mucho que desear, y tenía unas ochenta páginas.

Atto volvió la guarda y se encontró con el frontispicio; yo, por mi parte, estiré el cuello y leí:

Nueva manera

De entender la jerga

O lengua de Villanos

Nuevamente compilada por orden Alfabético.

Obra no menos Agradable que útil

MDXLV

En Ferrara por Giovanmaria di Michieli

Et Antonio Maria di Sivieri compañeros.

Año MDXLV

—¡Ajá! —exclamó Atto agitando el libro bajo la nariz de Buvat.

—¿Qué es? —pregunté.

—Lo que mi diestro secretario tendría que haber encontrado. Un diccionario para entender la jerga, o lengua de villanos. Nos permitirá averiguar qué dicen los cerretanos. Por suerte, también había encargado a Ugonio que lo buscase —respondió Atto, al tiempo que dejaba caer en las garras del saqueador de tumbas un par de testones.

—Se lo hurtillé a un compadrastro excelentísimo —explicó Ugonio, y se echó a reír miserablemente.

—Por lo que veo, se trata de una edición antigua. No me parece muy fiable —intervino el secretario de Atto, que escrutaba nerviosamente el libro.

—Callad, Buvat, y dejadme leer —lo cortó el abate. Empezamos a hojear el volumen.

A
Acontecimiento Descuerno
Acuchillado Eclipsado
Ademán afectado Garambainas
Adornar Entoldar, guarnir
Afeitar Talar
Agarrar con fuerza Embrocar, engasir
Agujeros Mechinales
Ahorcar Bornar
Ajos Quemantes
Albañil Currique
Alcahueta Tabaquinara, engarzadora
Alguacil Grullo
Amancebado Izado
Amistad Liga
Amortajar Ensabanar
Andar Talón
Andrajosos Despilfarrados
Anillo Dedil
Apaleado Fustancado
Aporrear Soba
Aposentarse en un lugar Tabernáculo
Aposento Garitón
Aprendiz Intoso
Aprisionar Embrocar
Ardid Leva
Armar gresca Leña
Arrebatar Galimar, harbar
Arrugado de ceño Gandujado
Asilo Taberna meritoria
Astrólogo Estrellero
Astucia Cifra
Atractivo Garabato
Atufar Encalabrinar
Avariento Escaso, guardón
Azote Dátil, vámonos antes, frisa

EN SENTIDO INVERSO

Abanico Soplón
Abocadar Robar
Abrocho Unión carnal
Acuchilladizo Pendenciero
Aerra Llave
Aflojar Desenvainar la espada
Aforrado Azotado
Afufar Irse huyendo
Agosto Pobre
Aguzadera Alcahueta
Alcándora Camisa
Alfaquín Clérigo
Almagre Burla, engaño
Alturante Gorra
Amapolarse Ponerse color en las mejillas
Amigos Dineros
Andorra Ramera
Ansión Tristeza
Aquilino Ratero
Arador Jugador de naipes
Asentar el guante Castigar a alguien
Atar su dedo Asegurar
B
Baraja Cartispitis, huebra
Batacazo Baque

Seguían todas las letras del alfabeto, cada una de ellas con su doble lista de términos en lengua romance y la correspondiente traducción al idioma de los cerretanos, y viceversa.

—Es un diccionario sumamente extraño —insistió Buvat con aire escéptico—. Mezcla palabras y frases. Y crea confusión: Aquilino, un nombre propio, significa ratero, y Andorra, un nombre de lugar, ramera.

—Es mejor que nada —repuso Atto—. Hagamos una prueba. ¿Qué fue lo que gritó el cerretano aquél, el Podrido, cuando fuimos a buscarlos a él y al Pelirrojo?

—«Los broches» y… «afufa» —respondí.

Pasamos las hojas y dimos con lo que buscábamos.

—¿Lo veis? —dijo Atto alborozado a su secretario—. Lo que me imaginaba: los broches son los esbirros, y afufar significa salir pitando. El Podrido avisó al Pelirrojo. Este librito no es tan inútil. Ahora necesito que me prestes otro servicio —añadió mirando al saqueador de tumbas—, que me dejes algo que sé que te sobra. —Y con la mano hizo el gesto de girar una llave en la cerradura.

Ugonio lo entendió al vuelo. Asintiendo con una sonrisa sórdida y cómplice, extrajo de su gabán un enorme aro de hierro del que colgaban docenas y docenas de viejas y tintineates llaves, de toda suerte de formas, estados y dimensiones, que enseguida tendió a Atto. Era el arsenal secreto que ya he descrito, gracias al cual los saqueadores de tumbas accedían a todas las bodegas de Roma para buscar en el subsuelo las reliquias sagradas con que comerciaban. Pero a menudo se valían de él también para introducirse en viviendas privadas y desvalijarlas.

—Bien, bien —dijo Atto contemplando el pesado manojo—. No me cabe duda de que en el palacio Spada nos serán de ayuda.

Con el rabillo del ojo vi que Sfasciamonti, como todo esbirro que se precie, ardía en deseos de sacar alguna información al saqueador de tumbas. Seguía algo desconcertado por aquel ser de estampa bestial, una especie de cruce entre topo y hurón, tan diferente de los delincuentes que había conocido hasta entonces. Al fin decidió encararlo directamente.

—Dime qué has descubierto.

—He parlamentizado con dos grandilocuentes —explicó el saqueador de tumbas—. El trataducho será entregado el jueves al gran legator, que se presentará a Albanum.

Vi que Atto empalidecía. La noticia era doblemente grave. Los cerretanos no iban sólo a dar el tratado de Atto a un misterioso «gran legator», sino que además éste iba a depositarlo en manos de un tal Albanum. No podía ser sino el cardenal Albani, el poderoso secretario de los Breves de Su Santidad, el hombre con quien Atto había tenido dos agrias discusiones en la villa Spada.

—¿Dónde guardarán mi tratado hasta el jueves?

—En la Bola Sagrada.

—¿La Bola Sagrada?

Observé a Sfasciamonti. Tenía la misma mirada de asombro que Atto Melani.

—Eso verbizaron —respondió Ugonio encogiéndose de hombros—. Luego el gran legator exponenciará ante Albanum las insinuaciones, las acusaciones y las requisaciones contra el trataducho.

—¿Quién es el gran legator?

—Lo ignorizo. He olfatizado que no me lo quieren verbizar.

Varias monedas pasaron rápidamente de las manos de Atto a las de Ugonio. Mientras las deslizaba dentro de una faltriquera mugrienta, el saqueador de tumbas se encasquetó bien la capucha en la frente, preparándose para desaparecer en la oscuridad.

—El trataducho de vuesa merced corrobora una sabiduría suspicaciosa y riesgosa —dijo a Atto antes de despedirse.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando largan, los grandilocuentes se ponen ansiófilos, alborotandados… están como en ascos. Sed prudencio, vuestra enormidad, y no me hagáis siempre petiduras de frutas nuevas y postreras, que no quiero que me partan el colon.

Durante el camino de regreso no me atreví siquiera a dirigir la palabra a Atto. Hablarle no parecía lo más indicado; por lo que habíamos podido colegir del tortuoso relato de Ugonio, a los cerretanos no les hacía ni pizca de gracia lo que el abate Melani había escrito en su tratado, que el jueves entregarían a un misterioso gran legator, quien a su vez se lo presentaría a Albanum, esto es, el cardenal Albani, con un escrito de acusación en toda regla contra Atto.

Era evidente que el gran legator no podía ser otro que el conde Von Lamberg. En efecto, sólo podía nombrarse a alguien de tan alto linaje mediante perífrasis, tal como habían hecho los cerretanos.

¿Qué haría después Albani? ¿Denunciaría a Atto como espía francés? Tras las dos disputas que habían tenido en la villa Spada, para el astuto purpurado nada hubiese sido más fácil que enlodar y detractar a su adversario político (pues a la postre de tal podía calificársele) causándole problemas sin cuento, entre ellos quizá el arresto inmediato por espionaje y conspiración política.

Los interrogantes se multiplicaban. ¿Qué diantres era y dónde estaba esa Bola Sagrada en cuyo interior, según Ugonio, guardarían el tratado de Atto hasta el fatídico jueves? Sfasciamonti callaba; él tampoco parecía capaz de ayudarnos a resolver el enigma.

—Lo olvidaba: Von Lamberg ha aceptado recibirme —anunció Melani.

—¿Cómo os lo ha comunicado?

—¿Te fijaste en que le di una nota mientras se servía el chocolate?

—Sí. Recuerdo que os respondió: «Bien, bien». ¿De modo que en aquella nota le pedíais audiencia?

—Así es. Después fui a ver a su secretario, quien fijó la cita. Me recibirá el jueves.

Noté que le temblaba ligeramente la voz al pronunciar la última palabra, el día en que tal vez conocería la verdad sobre la cuchillada de que fuera víctima. Avanzaba montado en su rocín, y yo sabía que su alma soportaba el peso de una nueva angustia. Se sentía a merced de dos gigantes: el conde Von Lamberg, embajador del emperador, y el cardenal Albani, secretario de los Breves.

Y pensar que había venido a Roma (al menos eso me había contado) para dirigir los rumbos del cónclave y marcar los cauces del papado.

El timonel se estaba convirtiendo en náufrago y el destino que había querido domeñar hacía añicos la embarcación de su alma, como hiciera la cruel Escila con el navío de Ulises.