Primera Noche
7 DE JULIO DE 1700
Cuando despertamos, el sol ya se había puesto. El parque de la villa empezaba a llenarse de visitantes, que paseaban y departían admirando los decorados que dos días más tarde servirían de marco a la boda de Maria Pulcheria Rocci y Clemente Spada. Los ecos de las voces llegaban hasta nuestro bosquete.
—Eminencia, permitid que os bese las manos.
—¡Querido monseñor, cuánto me agrada veros! —fue la respuesta.
—También para mí es muy grato encontraros aquí, Eminencia —dijo una tercera voz.
—¿Vos? —repuso el segundo—. Queridísimo marqués, me faltan palabras para expresar la alegría que me causa veros. Esperad, todavía no he tenido tiempo de saludar a la marquesa.
—Eminencia, yo también querría besaros las manos —dijo una voz femenina.
Más tarde sabría perfectamente (después de verlos muchas veces durante esos días en la fiesta) que quienes se intercambiaban esos cumplidos eran el cardenal Durazzo, obispo de Faenza, de donde acababa llegar; monseñor Grimaldi, presidente de la Anona, y el marqués y la marquesa Serlupi.
—¿Cómo os ha ido el viaje, Eminencia?
—Bueno, ha sido un poco fatigoso, el calor, ya podéis imaginar. Pero, Dios mediante, hemos llegado. Que quede claro que he venido sólo por la amistad que me une al secretario de Estado. Ya no tengo edad para estos entretenimientos. Demasiado calor para un anciano como yo.
—Pues sí, hace un calor… —convino monseñor Grimaldi.
—Es como estar en España, donde, según me cuentan, el calor es casi infernal —comentó el marqués Serlupi.
—De eso nada, en España se está estupendamente, yo guardo un buen recuerdo. Un gran recuerdo, os lo aseguro. Oh, perdonadme, he visto a un viejo amigo. Marquesa, mis respetos.
Vi que el cardenal Durazzo interrumpía algo bruscamente la charla recién iniciada para, seguido de un criado, dirigirse presuroso hacia otra eminencia, nada más y nada menos que el cardenal Barberini, como sabría después.
—¿Cómo has podido insinuar…? —oí que la marquesa Serlupi reprochaba a su marido.
—¿Qué he insinuado? Yo no quería decir nada sobre…
—Debéis saber, marqués —terció monseñor Grimaldi—, si vuestra benevolencia me permite daros una explicación, que el cardenal Durazzo fue nuncio en España antes de recibir el capelo cardenalicio.
—¿Y bien?
—Pues parece (aunque son sólo rumores, nada más que rumores) que Su Eminencia no era bienquisto por el rey de España; es más, y esto sí se sabe con certeza, los parientes que lo acompañaron fueron agredidos por desconocidos y uno de ellos murió a causa de sus heridas. Entenderéis, pues, que en los tiempos que corren…
—¿Qué queréis decir?
Monseñor Grimaldi lanzó una mirada indulgente a la marquesa.
—Quiere decir, querido marido —intervino ella, irritada—, que a Su Eminencia, uno de los papables del próximo cónclave, no le gusta oír la menor mención a los españoles, que podrían vetar su elección. Precisamente hablamos de eso hace apenas dos días en casa.
—No puedo acordarme de todo. —El marqués Serlupi resopló, turbado, al darse cuenta de la torpeza que había cometido con un posible futuro Pontífice, mientras su mujer despedía con una sonrisa de afectuosa complicidad a monseñor Grimaldi y éste daba la bienvenida a otro huésped.
Ésa fue la primera ocasión en que comprendí bien el verdadero carácter de la fiesta que estaba a punto de empezar. El abate Melani tenía razón. Si en la villa todo se hallaba aparentemente dispuesto para que el espíritu se distrajese de las cosas graves por medio de los entretenimientos, los participantes estaban absolutamente pendientes de los sucesos de aquellos días; sobre todo, del inminente cónclave. Cualquier conversación, frase o sílaba podía hacer saltar de sus sillas, como pinchados por un punzón aguzado, a las eminencias y a los príncipes que, fingiendo buscar el esparcimiento, en realidad habían acudido a la villa del cardenal secretario de Estado para conseguir su elección o la de las potencias a las que servían.
En ese preciso instante reparé en que la persona a la que se había acercado monseñor Grimaldi era el mismísimo cardenal Spada, quien, una vez que hubo saludado debidamente a aquél, empezó a pasar revista a las instalaciones en compañía de su gentilhombre de la casa, don Paschatio Melchiorri.
No obstante su capa morada de cardenal, a duras penas pude reconocer a Fabrizio Spada, tan enfadado parecía. Tenía un semblante nervioso y distraído.
—¿Y el teatro? ¿Por qué no está aún acabado? —preguntó el secretario de Estado jadeando por el bochorno, mientras se dirigía al casino desde el bosquete.
—Casi hemos alcanzado nuestros propósitos, Eminencia. Dicho de otro modo, hemos hecho grandes progresos y prácticamente hemos resuelto el problema de…
—Señor gentilhombre de la casa, no quiero progresos, quiero resultados. El teatro debe estar listo mañana. ¿No sabéis que están llegando los huéspedes?
—Por supuesto que sí, Eminencia, pero…
—¡Yo no puedo ocuparme de todo, don Paschatio! He de pensar en otras mil cosas —exclamó el cardenal con voz tan exasperada como desconsolada.
El gentilhombre de la casa asentía y se inclinaba. Estaba tan conturbado que no podía pronunciar palabra.
—¿Y los cojines? ¿Ya están cosidos?
—Casi, Eminencia; es decir, falta muy poco…
—Queréis decir que no están listos. ¿Voy a tener que sentar a los miembros de edad avanzada del Sagrado Colegio en la tierra desnuda?
Dicho esto, el cardenal Spada, seguido por una plétora de criados, dejó al pobre don Paschatio en medio de la vereda, donde, ignorando que yo lo observaba, procedió a limpiarse el polvo de los zapatos.
—¡Dios mío, mis zapatos! —refunfuñó Buvat levantándose sobresaltado al ver el gesto de don Paschatio—. Tengo que ir a buscarlos.
Sin embargo, ya era demasiado tarde para ir al palacio Rospigliosi. Así pues, me levanté despacio y le propuse que nos encaminásemos por sendas solitarias hacia el sotabanco del casino, donde seguramente encontraríamos a un criado dispuesto a prestarle un par de zapatos menos desgastados que los suyos.
—Los zapatos de un lacayo —masculló Buvat con una punta de vergüenza, mientras guardábamos a toda prisa en el cesto los restos de nuestra colación—. Sí, claro, sin duda estarán en mejor estado que los míos.
Enrollé la tela de yute, me la puse bajo el brazo y anduvimos furtivos hacia el lado opuesto al de las voces. Bordeamos el parque, siempre lejos de las luces de la fiesta, por la orilla de la oscura cuesta que descendía hacia el viñedo de la villa. Con la complicidad del crepúsculo, ganamos la puerta de servicio del casino sin demasiadas complicaciones. En efecto, a cambio de una módica retribución, Buvat se hizo con un buen par de zapatos de librea charolados y con lazos, tras lo cual acudimos a nuestra cita con Atto Melani. Ni siquiera tuvimos necesidad de llamar a la puerta; el abate, con peluca, afeites y polvos, vestido con un traje de gala de raso bordado, las mejillas brillantes de rojo carmín y salpicadas de lunares (no precisamente pequeños, sino grandes y ridículos) a la moda francesa, nos esperaba en el umbral golpeando nerviosamente su bastón de paseo. Observé que, en lugar de las medias rojas de abate, se había puesto unas blancas.
—¿Dónde diablos os habíais metido, Buvat? Os espero desde hace más de una hora. ¿Acaso pretendéis que baje solo, como un plebeyo? Los demás invitados ya están en el jardín. ¿A qué creéis que he venido aquí? ¿A mirar desde la ventana cómo el marqués Serlupi habla con el cardenal Durazzo mientras yo me pudro en mi habitación?
La mirada del abate cayó enseguida en el centelleo que a la luz de los candelabros producían los zapatos de lacayo de su secretario.
—Callad. No quiero saber nada —lo previno con un suspiro y alzando la vista al cielo, cuando Buvat ya se resignaba de mala gana a explicarle lo ocurrido.
Se marchaban así, sin que Melani me hubiese dicho nada, como si no hubiera reparado en mi presencia. Sin embargo, justo cuando Buvat me hacía una triste señal de despedida, Atto se volvió sin detenerse y me indicó que lo siguiera.
—Chico, mantén los ojos abiertos. El cardenal Spada es secretario de Estado, y estoy seguro de que sabrás intuir si está pasando algo importante. Por supuesto, no nos interesan sus discusiones con el gentilhombre de la casa.
—La verdad es que no os he prometido que fuese a espiar para vos.
—No tendrás que espiar, porque tampoco serías capaz. Lo único que has de hacer es mantener los ojos, los oídos y el cerebro alertas. Para conocer el mundo, eso basta y sobra. Es todo. Mañana, al amanecer, ven a verme.
Menuda prisa tenía el abate por unirse a las conversaciones con los otros huéspedes ilustres de los Spada, me dije. Y no, desde luego, por deseo de entretenerse… Sin duda, había presenciado, desde la ventana, el rapapolvo que el cardenal Fabrizio había echado a don Paschatio y, por consiguiente, también había advertido el singular estado de aprensión del secretario de Estado. Quizá por ese motivo me había hecho su última recomendación: no perder de vista al dueño de la casa.
Esa noche, pensé, era mejor que me quedase en el casino, por la mañanera cita que tenía con Atto al día siguiente. Pero sobre todo porque mi Cloridia no estaba en casa. Dormir en nuestro lecho vacío era para mí la peor tortura posible. Más valía, pues, que me acostase en la yacija improvisada que podía encontrar en el desván, en la estancia de la servidumbre.
Cuando iba a buscar al gentilhombre de la casa para ofrecerle mis últimos servicios antes de nuestra breve cena, me acordé de que me había dejado en los aposentos de Atto mi mandil de jardinero con las herramientas. Supuse que el abate no se molestaría si entraba un instante en su habitación para sacar mis pertenencias. Un ayudante de cámara me dio permiso para coger las llaves de la puerta de Atto. Hacía tiempo que me conocían en la villa y, aunque no trabajaba allí regularmente, me tenían una confianza ciega.
Entré, cogí el mandil y ya me disponía a salir cuando mis ojos tropezaron con el escritorio de Atto: un montoncillo de polvo absorbente y, un poco más allá, dos plumas de ganso partidas. El abate debía de haber escrito bastante, y con suma agitación, durante nuestra ausencia; sólo una mano febril podía haber roto la pluma dos veces. ¿Tenía algo que ver aquello con la misiva que había recibido y tanto lo había turbado?
Eché una ojeada por la ventana. El abate Melani y Buvat se alejaban por una vereda del jardín. Estaba a punto de perderlos de vista, cuando me acordé de que un momento antes me había parecido ver en la habitación de Atto un instrumento que me sonaba de algo. Paseé la mirada alrededor; ¿dónde estaba? En el sillón del desayuno, eso era. No me había equivocado. Era un catalejo. Aunque jamás había tenido uno entre las manos, conocía su forma y su funcionamiento, ya que en Roma el famoso Vanvitelli los empleaba para pintar sus célebres y maravillosas vistas de la ciudad.
Cogí, pues, el catalejo, me lo pegué al ojo y me puse a mirar las figuras ya lejanas de Atto y su secretario. Quedé sorprendido y fascinado por la milagrosa virtud de aquella máquina, capaz de acercar las cosas situadas en lontananza y de agrandar las minúsculas, del mismo modo cómo, por citar al padre Tesauro, el ingenio dota de interés a las cosas aburridas y alegra las tristes. Sonrojado por la emoción, con los párpados todavía rebeldes al duro metal del instrumento, sin saber manejarlo bien, ora lo fijaba en el azul del cielo, ora en el verde de la vegetación, sintiéndome como un águila entre los humanos y como una rapaz entre los mamíferos, hasta que por fin conseguí fijar su potente ojo en la dirección adecuada.
Vi que Atto se detenía y hacía grandes reverencias a dos cardenales y a una noble acompañada por dos damas jóvenes. Buvat, que ya se había adueñado de una copa de su preciado vino, tropezó con un tablón y a punto estuvo de verter el néctar sobre la mujer. Melani abrió los brazos con aspaviento tratando de excusarse con las tres señoras y enseguida reprendió discreta pero ásperamente a Buvat, quien ya había dejado la copa y se limpiaba torpemente la tierra de sus medias negras. La verdad es que no resultaba fácil moverse por las veredas; por doquier había lacayos, criados y peones, que aún no habían retirado los materiales y desechos para la construcción del teatro, de las arquitecturas efímeras, de las mesas al aire libre y de las obras de jardinería y de irrigación.
Cuando vi que Atto y Buvat se detenían a hablar con otro par de caballeros, me decidí. Era el momento de actuar. Si el lobo francés había llegado al aprisco de los corderos españoles, yo tenía ahora la ocasión de espiar en la madriguera del lobo.
Si he de ser franco, lo que me proponía hacer me avergonzaba un poco. El abate me había tomado a su servicio a cambio de un generoso pago. Las dudas me consumían. Sin embargo, concluí que podía ser más útil si conocía mejor las exigencias de mi amo temporal, incluidas aquellas que, por no sabía qué razones, todavía no me había contado. Así pues, comencé a explorar con minuciosidad el aposento en busca de las cartas —o más probablemente de la carta— que el abate había escrito con enorme pasión en nuestra ausencia. Estaba seguro de que aún no la había despachado; Buvat, que, como el abate me había explicado, copiaba su correspondencia, había regresado demasiado tarde para hacer una copia destinada a los archivos de Atto, según era costumbre entre los nobles. Lo demostraba la ausencia de restos de cera en el escritorio, así como que la vela (con la que Atto tendría que haberla fundido para sellar la carta) seguía intacta.
Busqué en vano. En el baúl de Atto y entre las cosas guardadas en los dos roperos que había en su aposento, a primera vista no había ninguna misiva. Al lado de un mapa y de un manuscrito de cantatas, descubrí un pequeño legajo con noticias y hojas volantes de gacetas, llenas de comentarios y anotaciones del abate. En su mayoría trataban de asuntos inherentes al Sagrado Colegio Cardenalicio, y algunas notas recordaban sucesos muy lejanos. En esencia, era un conjunto de chismes sobre las relaciones entre las distintas eminencias, sus rivalidades, las zancadillas que se ponían en los cónclaves, y así sucesivamente. Aunque sólo les eché un rápido vistazo, me divirtieron bastante.
Acuciado por el escaso tiempo de que disponía, enseguida me puse a buscar en otros sitios. Abrí una cajita de medicinas, donde sólo encontré cremas y ungüentos, un perfume para peluca y una botellita de agua de la reina de Hungría; luego un estuche, donde había un espejito, un broche, cordoncillos con hebijones, dos pretinas y dos esferas de reloj. Nada más. Me dio un vuelco el corazón cuando, envuelta en un paño de lana, encontré una pistola. ¿Qué había venido a hacer Atto a la villa Spada? Nadie va armado a las bodas, me dije. Diecisiete años antes, para someter a nuestros adversarios, había hecho pasar una pipa por pistola y conseguido engañarlos. En cambio, ahora debía de temer por su integridad, pensé, si había decidido llevar consigo un arma.
Tras repasar zapatos y borceguíes, comencé de mala gana a hurgar entre la ropa; había tanta como para una estancia de un año, pero eso era muy propio del abate. Revisé rápidamente la larga serie de jubones, coletos, roquetes, tunicelas, casaquines, capas, capuces, cinturones y chorreras de punto de Venecia en forma de hojas, chalecos, pantalones, manguitos, ferreruelos y medias enteras. Mis rudas manos acariciaron la apreciada seda, el brillante raso, la sargueta, la gamuza, la chinchilla, el damasco, el tabí, el brocatel, el caniquí, las muselinas, las popelinas, las holandas, las telas con pliegues, lisas o labradas, los rasos esplendentes, con o sin paramentos, la seda de Milán y el satén de Génova. Ante mis ojos pasaban los tonos de color más exquisitos: el ceniciento, el perlino, el fueguino, el musgo, el carminoso, el acabellado, el nacarado, el azabache, el colombino, el azufrado, el cárdeno, el ígneo, el albazano, el lechoso, el cambiante, el gris castor y el oro y el plata lisos, a cuadros o a rayas.
El ropón violeta con que el abate Melani había reaparecido ante mí aquel día, tras tantos años de silencio, desentonaba con esas formidables vestimentas. Para mi sorpresa, reparé en que era la única prenda pasada de moda en aquel suntuoso armario. No tardé en comprender. Atto la llevaba a propósito por mí, para que no notase en él más que la lenta erosión que el tiempo obra en los rostros y para que su aspecto de hoy coincidiese lo más posible con mi recuerdo. Dicho de otro modo, sabía cuánto lo había añorado y quería conmoverme.
Aún sin saber si sentir gratitud o resentimiento (pues podía juzgar el hecho de distintas formas), me puse a revisar el ropón, que —lo confieso— me evocaba circunstancias lejanas y muy especiales de mi juventud.
Palpé en el pecho algo que en un primer momento tomé por una joya, pero estaba prendido en el interior. Volví del revés el ropón y, no sin estupor, descubrí un escapulario de la Virgen del Carmen, el escapulario milagroso que, por concesión de la Virgen María, otorga a sus portadores las gracias solicitadas y la liberación de las penas del purgatorio el primer sábado después de la muerte. Sin embargo, lo que había atraído la atención de mis dedos eran tres pequeñas protuberancias: en una bolsita cosida al escapulario, justo a la altura del corazón, había tres perlitas.
Enseguida las reconocí: eran las tres margaritas, las tres perlas venecianas que tan importante papel habían desempeñado durante el último y turbulento diálogo que, diecisiete años atrás, en la Posada del Donzello, habíamos mantenido Atto y yo antes de perdernos de vista.
Así vine a saber que Atto las había amorosamente recogido del suelo al que yo las había arrojado en un arranque de cólera y que las había conservado. Durante todos esos años, además, las había llevado en su corazón, quizá en una muda oración a la Santa Virgen…
Me dije, con todo, que Atto no debía de llevar el escapulario con mis perlitas todos los días, dado que ahora lo había dejado con el ropón en el armario. Como ya me había encontrado, tal vez se sentía libre de su voto.
¡Ah, abate granuja!, protesté para mis adentros, al tiempo que me emocionaba descubrir el afecto que me profesaba. Yo tampoco podía negar que, pese a los viejos rencores, lo quería con toda mi alma. Y si seguía sintiendo lo mismo por él —no obstante el desasosiego que me había hecho pasar durante casi dos décadas— después de sus más recientes trastadas, bien podía suponer que, a mi pesar, jamás podría renunciar a su amistad.
Me reproché con acritud mi deseo de espiarlo pero, justo cuando me disponía a marchar avergonzado, me detuve vacilante en el umbral de la puerta; ya no era un zagal, los impulsos del corazón ya no me quitaban la luz de la inteligencia. Y la inteligencia me susurraba ahora al oído que había que fiarse muy poco de Atto.
Fue así como mi estado de ánimo cambió de nuevo. Si hubiese tenido que responder sólo por mí, pensé, nunca me habría atrevido a violar la vida íntima del abate, pero nuestro mutuo afecto no podía hacerme olvidar la posibilidad de que detrás del encargo que había aceptado, es decir, la redacción del diario de sus empresas de esos días, (para mí la circunstancia era más que verosímil) riesgos y trampas de toda índole. ¿Y si alguien lo acusaba de hallarse en Roma para espiar y entorpecer el desarrollo del futuro cónclave? No resultaba descabellado, pues él mismo no había ocultado su propósito de proteger los intereses del Rey Cristianísimo de Francia ante la elección del próximo Pontífice. El cardenal Spada, mi amo y anfitrión de Atto, pagaría muy probablemente las consecuencias. Concluí, pues, que no sólo estaba en mi derecho, sino que además era mi deber con mi querida familia conocer los peligros a los que me exponía.
Acallados de ese modo mis escrúpulos, reanudé mis pesquisas. De la inspección que hice debajo y detrás de la cama, encima de los armarios, por entre los cojines de los sillones y el pequeño sofá de brocatel adornado con plumas doradas no obtuve ningún resultado. No había nada detrás de los cuadros, ni parecía que nadie los hubiese abierto para esconder algo entre el lienzo y el marco. Igualmente infructuosa fue mi búsqueda en los restantes rincones de la habitación. Las pocas pertenencias de Buvat, en el modesto cuartito contiguo, tenían aún menos que ocultar.
Sin embargo, yo sabía, pues lo recordaba perfectamente desde que lo conociera, que Atto viajaba con un montón de papeles. Los tiempos, como yo mismo, habían cambiado, pero Atto no; al menos, no en los hábitos de un carácter tan intrigante e impetuoso como el suyo. Para poder actuar, tenía que saber; para saber, tenía que recordar, y para ello le valían las cartas, las memorias, las notas que llevaba consigo, todo un archivo andante de una vida dedicada al espionaje.
En ese instante, abandonando la inútil búsqueda de papeles ocultos con ojos y dedos, y dejando que mi memoria divagase libre, tuve una iluminación. Una reminiscencia de hacía diecisiete años. Un recuerdo lejano pero todavía vivo de la forma en que Atto y yo habíamos dado con la clave del misterio que nos había causado tantos desvelos. Eran papeles, y los habíamos encontrado en el lugar donde el instinto y la lógica (y el buen gusto) nunca nos hubiesen llevado: un par de calzones sucios.
—Me habéis subestimado, abate Melani —susurré mientras abría por segunda vez la cesta de la ropa sucia y me ponía a revisarla, pero no por encima, sino por dentro—. Habéis cometido una verdadera imprudencia, don Atto —añadí con una sonrisita satisfecha palpando el forro de un par de calzones y notando que crujía bajo mis dedos un fajo de cartas. El forro no estaba cosido, sino asegurado con una serie minúsculos ganchillos a la parte central de la prenda. Una vez abiertos aquéllos, podían introducirse las manos en el espacio que había entre las dos capas de tela. Cuando lo hice, mis dedos tocaron un objeto plano y ancho. Lo extraje. Era un legajo de pergamino, anudado con una cinta. Su forma, aplastada como un lenguado, permitía guardar un número preciso de papeles. Le di varias vueltas entre las manos, boquiabierto por mi hallazgo.
No me quedaba mucho tiempo. Sin duda Atto deseaba tanto explorar la villa como ver a los otros invitados que, al igual que él, habían llegado antes de la boda. Sin embargo, podía sorprenderme en su aposento si tenía que ir a él por cualquier necesidad. Estaba espiando a un espía; debía apresurarme.
Deshice el nudo. Antes de abrir el legajo noté que en el extremo inferior del anverso figuraba una inscripción casi imperceptible, como hecha adrede para que la leyese sólo quien ya conociese su existencia: «Sucesión de España - Maria».
Abrí la ligarza. Había un montón de cartas, todas dirigidas a Melani, pero sin firma. Ante mis ojos se desplegaba una caligrafía nerviosa, irregular, aparentemente incapaz de contener las emociones. Las líneas no se conformaban, por decirlo así, con los márgenes de la hoja; algunas frases tenían añadidos que invadían los renglones adyacentes. De una cosa no cabía duda: las misivas estaban escritas por una mujer. Debían de ser de aquella misteriosa Maria, el mismo nombre que había oído susurrar a Atto.
El problema de la sucesión de España, en cambio, lo conocería en breve y por extenso merced a esas cartas. La primera, llena de ambages obviamente pensados para guardar el anonimato y no dar noticias que pudiesen aprovechar ojos enemigos, empezaba así:
Queridísimo amigo:
He llegado a las cercanías de Roma. Las cosas se están moviendo rápidamente. En una parada, he sabido algo que vos ya sabréis: hace unos días, el embajador español, el duque de Uzeda, fue recibido dos veces seguidas en audiencia por el Papa. Después de presentarse ante el Santo Padre para agradecerle la concesión del capelo cardenalicio a su compatriota, monseñor Borgia, a Uzeda le llegó por correo extraordinario un despacho urgente de Madrid, lo que le llevó a pedir a Su Santidad que lo escuchase de nuevo. Le entregó una carta de parte del rey de España, con una súplica. ¡El rey pide a Inocencio XII que medie en el tema de la sucesión!
El mismo día, el secretario de Estado y común amigo nuestro, el cardenal Fabrizio Spada, visitó al duque de Uzeda en la embajada, en la plaza de España. El asunto debe de pasar por un momento crucial.
Dado que no solía leer gacetas, estaba ayuno de lo que ocurría con la sucesión en España. La misteriosa remitente, en cambio, parecía muy bien informada.
Supongo que toda Roma habla de ello. Nuestro joven rey católico de España, Carlos II, se muere sin hijos. El rey se va, amigo mío, se desvanecen las huellas de su corto y doloroso tránsito por la tierra, mas nadie sabe a quién pasará su vasto reino.
Recordaba que España comprendía Castilla, Aragón y las posesiones de ultramar, las colonias, pero también Nápoles y Sicilia. En suma, un montón de territorios.
¿Estaremos todos nosotros a la altura de la ardua tarea que nos espera? ¡Ay, Silvio, Silvio! Lozano eras cuando el destino te regaló todas las venturas. ¡Pero ten cuidado! Que el juicio que no madura, en ignorancia fructifica.
Me asombré sobremanera: ¿por qué Atto era llamado Silvio en la carta? ¿Y qué sentido tenían esas expresiones, que parecían acusar al abate Melani de ignorancia e inmadurez de juicio?
La epístola concluía con una apostilla no menos críptica:
Decid a Lidio que todavía no puedo responderle. Él sabe por qué.
Proseguí la lectura. La misiva incluía en apéndice un informe sintético y pormenorizado:
Resumen del estado presente de las cosas
Recogía una mezcla de datos y compendiaba el difícil camino de la sucesión española en los últimos tiempos.
España está en su ocaso y hoy ya nadie teme al Rey Católico con el justo terror que suscita en todos el Rey Cristianísimo de Francia, Luis XIV, hijo primogénito de la Iglesia. Mas, por gracia de Dios, el soberano de España es rey de Castilla, Aragón, Toledo, Galicia, Sevilla, Granada, Córdoba, Murcia, Jaén, los Algarves, Algeciras, Gibraltar, las islas Canarias, de las Indias, así como de las islas y de la tierra firme del mar Océano, del Norte, del Sur y de las Filipinas, y de otras islas o tierras descubiertas o por descubrir. A través de la corona de Aragón, el heredero recibirá los tronos de Valencia, Cataluña, Nápoles, Sicilia, Mallorca, Menorca y Cerdeña. Sin contar el estado de Milán, el ducado de Brabante, de Limburgo, Luxemburgo, Güeldres, Flandes y todas las otras tierras que en los Países Bajos pertenecen o puedan pertenecer al rey. Quien se siente en el trono de España será el auténtico dueño del mundo.
De modo que el rey de España se estaba muriendo sin descendencia directa. Por eso resultaba difícil la tarea del futuro heredero de las enormes posesiones, repartidas por todo el mundo, que convertían a la corona española en el mayor reino de todo el orbe. Hasta hacía poco tiempo, como averigüé leyendo la continuación de la carta, había habido un heredero designado para la sucesión del trono español: el joven príncipe elector de Baviera, José Fernando, que, por razones de parentesco, era quien sin duda más derecho tenía a él. Hacía apenas un año, sin embargo, José Fernando falleció repentinamente. Fue una desaparición tan inesperada y de consecuencias tan graves que enseguida, en las cortes de media Europa, cundió la sospecha de un envenenamiento.
Así las cosas, se planteaban dos hipótesis: el soberano moribundo de España, Carlos II, podía nombrar heredero a un nieto del soberano de Francia, Luis XIV, o a un súbdito del emperador de Austria, Leopoldo I.
Empero, ambas soluciones entrañaban riesgos e incertidumbres. Si se optaba por la primera, Francia, que era la más temible potencia europea, se convertiría además en la mayor monarquía de Europa y del mundo, al unir a sus propias posesiones de ultramar las de la corona española. En cambio, si se elegía la segunda, esto es, si Carlos nombraba heredero a un súbdito de Viena, renacería el Imperio que únicamente el glorioso Carlos V había sido capaz de reunir bajo su mando: de Viena a Madrid, de Milán a Sicilia, de Nápoles a las lejanas Américas.
La segunda hipótesis era la más probable, porque Carlos II de España era un Habsburgo, como Leopoldo de Austria.
Hasta ese momento, explicaba la carta, Francia había logrado mantener el equilibrio con sus enemigos (es decir, casi todos los otros Estados europeos). La paz con España duraba desde hacía tiempo, y con Inglaterra y Holanda había entablado un pacto para el futuro reparto de las enormes posesiones españolas, dado que hacía mucho se había constatado que Carlos II no podía tener hijos.
Ahora bien, la divulgación de dicho pacto, un mes antes, había hecho que los españoles montasen en cólera: el rey de España no podía aceptar que los otros Estados aprestasen la división de su reino, como hicieran los centuriones con la túnica de Nuestro Señor en la cruz.
El informe concluía así:
Si el rey fallece ahora, la situación puede volverse explosiva. La aplicación del acuerdo de reparto se ha complicado en grado sumo. Por otra parte, Francia jamás aceptará acabar cercada por el Imperio de Viena, y los otros, tanto el emperador Leopoldo I como el rey de Inglaterra, el hereje holandés Guillermo de Orange, no pueden consentirle que devore España de un bocado.
Leí una última anotación:
Sé que me esperabais para hoy, pero unos imprevistos me fuerzan a retrasar, aunque por poco tiempo, el momento en que podremos por fin abrazarnos. Esperadme mañana, poco después de las vísperas. No me guardéis rencor.
La carta siguiente, escrita por otra mano, era la respuesta de Atto que yo tanto había buscado. Como había supuesto, no estaba sellada, pues Buvat aún debía hacer una copia para el archivo del abate.
Mi muy clemente señora:
Como bien sabéis, en estos últimos meses los embajadores de todas las potencias y sus señores, los soberanos, están desesperados por la sucesión de España. Los oídos y los ojos de todos están en perenne acecho, sedientos de cualquier novedad o secreto que puedan arrancar a las otras potencias. Todo gravita alrededor de los embajadores de España, de Francia y del Imperio; o lo que es lo mismo, de Penélope y de sus dos Pretendientes. Los tres reinos esperan el parecer del Papa sobre la sucesión: ¿Francia o Imperio? ¿Qué consejo dará Su Beatitud al Rey Católico? ¿Elegirá al duque de Anjou o al archiduque Carlos?
Ahora lo veía con claridad: en Roma iba a decidirse el destino del Imperio español. A todas luces, las tres potencias estaban dispuestas a acatar el juicio del Santo Padre.
Lo cierto era que la carta de la dama hablaba de la mediación del Pontífice, no de su parecer.
Aquí, en Roma, el aire está preñado de mil turbulencias. Como sabéis, todo lo complica más la presencia en estos pagos de los embajadores de las mayores potencias, esto es, Francia, España e Imperio. Hace seis meses llegó el conde Leopold Joseph von Lamberg, embajador de Su Majestad Leopoldo I de Habsburgo, emperador del Sacro Imperio Romano.
El duque de Uzeda, español de aguda inteligencia, está aquí desde hace un año.
El mismo tiempo lleva el representante diplomático francés, Luis Grimaldi, duque de Valentinois y príncipe de Mónaco, un gran pendenciero, que sobre todo causa problemas y ya se ha peleado con media Roma por ridículos asuntos de etiqueta. Tanto es así que Su Majestad ha tenido que darle un tirón de orejas y recordarle su obligación de tratar de mantener relaciones fructíferas con el país que lo hospeda.
Es muy poco lo que este hombre puede hacer por Francia. Por fortuna, el Rey Cristianísimo no cuenta sólo con él.
Pero pasemos a nosotros. Confío en que gocéis de perfecta salud, ahora y siempre. Lamentablemente no puedo decir lo mismo de mí. Hoy, nada más llegar a la villa Spada, he sufrido un extraño accidente: un desconocido me hundió un puñal en el brazo derecho.
A continuación el abate, cargando las tintas, se explayaba sobre la sangre derramada en su blanca camisa y las operaciones del cirujano, soportadas por él heroicamente. Y con arrebato escribía:
Yerto yazgo por la herida, de esa cruel hoja que me atravesó. Y el dolor, ay, punzante permanece.
¿Quería Atto impresionar a la tal Maria? Por el tono de la carta no podía descartarse un intento de seducción.
Más adelante, el abate decía que, aunque el esbirro de la villa estaba convencido de que el autor había sido un mendigo, él temía no haber sido una víctima casual, sino el objetivo de un atentado organizado por la facción adversaria. Por eso pensaba pedir una audiencia privada al embajador Von Lamberg, no bien éste —invitado asimismo a la boda del sobrino del cardenal Fabrizio— llegase a la villa Spada.
Mas, amiga mía, curemos la herida, no la ofensa, que la venganza jamás ha cerrado llagas.
Aquellas revelaciones me sorprendieron. Ya había notado la actitud escéptica de Atto cuando le conté mi conversación con Sfasciamonti; pero ahora descubría que Melani tenía sospechas muy precisas. ¿Por qué no me había dicho nada? Sin duda, de Buvat se fiaba, pues le copiaba todas sus cartas. ¿Acaso no se fiaba de mí? Esta posibilidad, sin embargo, resultaba del todo inverosímil: me había pagado para que fuese su cronista. De todos modos, con el abate nunca se podía estar seguro de nada…
La carta terminaba con un lenguaje remilgado, hasta ahora inconcebible para mí en los labios o en la pluma de Atto Melani:
¡Si supieseis cuánto sufrimiento me ha causado saber que vais a demoraros un tiempo más en las puertas de Roma!
¡Ay, cruel! Aunque quiero ser el blanco de vuestras flechas, esta vez una de ellas me ha herido. Vuestra carta, hiriendo, ha apuntado con el puñal de vuestros bellos ojos.
Mi brazo está sangrando de nuevo y no dejará de hacerlo hasta tener la dicha de sostener el vuestro. Daos prisa, pues, en llegar a la villa Spada y a mi lado, queridísima amiga, si por mi causa no queréis tener un cargo de conciencia.
Debajo de la insoportable melosidad de esas líneas, leí:
¿Sigue, pues, sin importaros nada la felicidad de Lidio?
Otra vez el tal Lidio. Para mí, un nombre asaz curioso, y punto. En efecto, tenía muy escasas posibilidades de saber algo de él si antes no averiguaba quién era la misteriosa corresponsal del abate Melani.
En resumen, la tal Maria estaba también invitada a la villa Spada, pero iba a llegar con retraso. Eso explicaba el gesto de desazón del abate Melani cuando leyó su carta.
Conjeturé que debía de ser una noble de cierta edad, dado que Atto se dirigía a ella como a una antigua amiga. En las dos cartas, además, no hacía ninguna mención a su familia; todo indicaba que viajaba sola. El hecho de que pese a eso la hubiesen invitado a la boda sólo podía ser prueba de que era un personaje muy importante y de alta alcurnia, ya que, viudas o no, las nobles de edad avanzada y solas suelen vivir encerradas en la oración o recluidas en un convento. Se retiran de la sociedad y ya nadie se atreve a incomodarlas, salvo para las obras pías. Y la tal Maria debía de ser también una dama de temperamento singular para aceptar la invitación.
Tenía curiosidad por conocerla, o al menos por saber quién era, Eché una rápida ojeada a las otras cartas del legajo: eran de ella, y hablaban de hechos de España. Tal vez era española. O quizá una italiana (por lo bien que escribía en mi idioma) que vivía en aquel país o poseía importantes intereses en él. Por desgracia, en todas las misivas quedaba bien guardado el secreto de su identidad. Así, no me quedaba más remedio que esperar a que llegase a la villa. O interrogar discretamente a Buvat.
Postergué la lectura de las restantes cartas para otro día; ya había aprovechado en demasía la ausencia del abate y de su secretario. No podía seguir arriesgándome a que me descubrieran.
Tal como había proyectado antes de entrar en los aposentos de Atto, me dirigí a la planta baja para cenar algo y luego ponerme a disposición del gentilhombre de la casa.
Había devuelto a su sitio las llaves de la habitación del abate y estaba cerca de la puerta de las cocinas cuando vi salir, rojo y jadeante, al cochero que servía al cardenal Fabrizio en el palacio apostólico. Pregunté a una lechera veneciana, que frecuentaba la villa y también se aprestaba a marcharse, si por casualidad había ocurrido algo.
—Ay, no, nada. Sólo que el cardenal Spada tiene una prisa de mil demonios estos días y parece que en el palacio apostólico no paran ni un ratito. Algo muy importante tiene que ser eso que tantos apuros le da, digo yo. Su Eminencia está siempre de muy mal humor, y el cochero se está volviendo majareta de tanto llevar al patrón de un embajador a un cardenal y viceversa, por algo que tiene que ver con un breve papal o algo así.
Me quedé de piedra. ¡Qué capacidad tienen las mujeres! A la modesta lechera le habían bastado los pocos minutos que por norma estaba en las cocinas de la villa para ponerse al corriente de noticias que yo habría tardado un día entero, si la suerte me asistía, en conocer. Mi Cloridia también era así: desde que era una de las más apreciadas y solicitadas parteras de las nobles romanas (y de sus criadas), traía a diario tantas noticias a casa que yo hubiera podido preparar regularmente una gaceta.
—Ah, muchos saludos a vuestra señora esposa y un beso a las niñitas —añadió la lechera como si me hubiese leído el pensamiento—. Veréis a mi hermana el embarazo le va que ni pintado desde que Cloridia le cantó las cuarenta al muy cabrón de mi cuñado. Es una muy gran mujer su esposa, señor mío.
Yo sabía perfectamente que Cloridia era no sólo una partera, sino una auténtica amiga, buena consejera y disponible, a quien las mujeres, del pueblo y de otras clases sociales, recurrían en busca de esclarecimiento y ayuda en los casos más íntimos y delicados.
Desde la instrucción del marido durante el embarazo de la mujer hasta el destete del niño; mi esposa hacía todo esto siempre con una sonrisa conquistando con sus palabras. Era tan buena que el famoso medicus y cirujano Baiocco la llamaba a veces para que lo ayudase en los partos que tenían lugar entre los seculares muros del hospital Fatebenefratelli, en la isla tiberina de San Bartolomé.
Afable, alegre, graciosa, bromista, valiente, Cloridia siempre infundía ánimos a las parturientas prometiéndoles que darían a luz sin mucho dolor; lo sabía, les decía, por muchos signos que ya había visto en otras. Eso mismo, aunque sea falso, lo recomienda, para consolar a los enfermos, el propio Platón en la República.
En suma, después de quince años ejerciendo de comadrona, las mujeres —y no sólo ellas— consideraban a Cloridia una juez de familia.
Dejé a la lechera y me hice un sitio en un rincón de la mesa donde la servidumbre devoraba la cena. Al tiempo que comía en silencio, meditaba sobre las palabras de Atto: para conocer el mundo, basta mantener los ojos, los oídos y el cerebro alertas. ¿No era precisamente eso lo que hacía mi Cloridia? Yo, en cambio, no era capaz, y lo, sabía muy bien; en este sentido, no había progresado nada desde que, inocente y joven, trabajaba como mozo en la Posada del Donzello. Pero si entonces mi defecto era la inexperiencia, lo que ahora me frenaba era el exceso de experiencia acumulada; asqueado, lo que yo hacía era apartarme de la mezquina lucha humana de todos los días.
Mi mujer me reprochaba, sin duda con razón, que fuese un nuevo Cincinato. Todos los días inclinado sobre la azada, y los domingos sobre mis libros, no veía, no oía, no preguntaba nada. Evitaba el contacto con mis vecinos y, por supuesto, las relaciones de amistad. Tanto es así que, las veces que me enteraba de algo y por la noche se lo contaba a Cloridia, ella siempre me decía: «¿No me digas? Eso no es ninguna novedad, lo sabe todo el mundo».
Yo despreciaba el mundo, pero he de confesar que el mundo, por el mal que había visto en él, también me daba miedo.
Ahora, sin embargo, algo había cambiado. La reaparición inesperada del abate Melani volvía a remecer mi vida. Sabía que Cloridia me echaría un sermón cuando le dijese que había vuelto a caer en las redes de Melani, pero no me importaba, porque la quería incluso cuando, risueña y marisabidilla, me regañaba como si fuese un escolar. Además, se lo tomaría de otra manera cuando supiese lo de los mil doscientos escudos que me había ofrecido por mis memorias…
Sí, algo había cambiado. Por mucho que aún me sintiese —y siguiese siendo— física y espiritualmente un enano, tal vez ya había llegado el momento de que desenterrase y sacase provecho de los pocos talentos que la divina misericordia me había concedido. Bien es cierto que con Atto uno sabía dónde empezaban las cosas, pero nunca dónde acababan. Por otra parte, su escapulario me había revelado que con la vejez había aumentado sensiblemente su temor a Dios.
¿Qué le debía yo realmente a Atto Melani? No sólo el desengaño, fruto de su desconfianza, sino también lo bueno que había pasado en mi pobre vida: ante todo, Cloridia. En efecto, si diecisiete años atrás el abate no hubiese aparecido para convulsionar mis días y los de los huéspedes de la Posada del Donzello, mi adorada Cloridia y yo nunca habríamos sido marido y mujer, y ella habría permanecido para siempre en el abismo del infame comercio en que la había conocido.
Tampoco habría podido adquirir la ciencia del pensamiento de los hombres, ni el conocimiento de las cosas del mundo, por cuyo medio ese mismo mundo yo ahora calibraba. Una ciencia muy amarga, sin la menor duda, pero que había convertido al trémulo mozo en un hombre.
Cuando terminé de cenar, dejé esas reflexiones para intentar extraer conclusiones de la última novedad. Ateniéndome a lo que me había dicho la lechera, era evidente que el abate Melani tenía razón. En las plantas superiores del palacio apostólico de Monte Cavallo se estaba maquinando algo de suma importancia.
Me había despedido amistosamente del maestro de cocina y ya salía por la puerta, cuando una voz me llamó al orden.
—¡Señor maestro pajarero!
Quien me interpelaba con un título que en realidad no merecía era precisamente la persona a la que estaba buscando, don Paschatio Melchiorri, el gentilhombre de la casa.
Por encima de todo, don Paschatio respetaba las prerrogativas de quienes estaban a su cargo, a todos los cuales trataba con no menos afecto que solemnidad. El caso es que, juzgando don Paschatio que el título era el primer atributo que debía respetarse, había dado liberalmente a cada uno de sus subordinados un apelativo adecuado a la magnificencia de la casa Spada, a la que todos servíamos humilde y fielmente. Así yo, como me ocupaba con creciente frecuencia del agua y la comida de las pajareras, me había convertido en «maestro pajarero». Un campesino de la zona que de vez en cuando se encargaba de podar, roturar y abonar los arriates de los jardines ya no se llamaba Giuseppe (su verdadero nombre) para don Paschatio, sino «maestro podador». El viñador Lorenzo, que vendía a la villa Spada racimos dorados y vino pajizo, recibía el título de «maestro viticultor». Con el tiempo, don Paschatio había repartido apelativos análogos a todos los criados de la villa Spada, sin excluir a los más humildes, como era mi caso. Así, cuando don Paschatio pasaba revista se oían aquí y allá títulos altisonantes como «Maestro caballerizo mayor, buenos días», «Maestro vicedespensero, buenas tardes», «Maestro ayudante de trinchante, mostradme la mesa del comedor», cuando en realidad no eran más que un mozo de cuadra, un mozo que trabajaba en la despensa y un ayudante del cocinero. No procedía de esa manera por mor de retórica, sino por el enorme respeto que profesaba a su señor. Si alguien le hubiera pedido que se cortase un dedo, antes de negarse habría reflexionado un rato. Pero nadie podría pedirle jamás que se privase del placer y el honor de servir con devoción y fidelidad a la noble e ilustre familia Spada.
El hecho es que don Paschatio había oído mi frase de despedida al cocinero mayor, «Hasta mañana, jefe», y le había parecido demasiado familiar y desenfadada.
—Veréis, señor maestro pajarero —me instruyó con cortés seriedad, como para ponerme en guardia de un peligro—, el cocinero mayor está al mando del cocinero, del trinchante, de los marmitones, de los veedores y, por supuesto, de los despenseros.
—Lo sé, don Paschatio, yo…
—Dejadme hablar, dejadme hablar, señor maestro pajarero. El buen cocinero mayor debe preparar la lista de la compra para el veedor, cerciorarse de que se ha comprado todo cuanto ha anotado en su lista y de que pasa directamente de la despensa a las manos del cocinero. La disposición de los víveres, que deben…
—Creedme, yo sólo pretendía… —traté en vano de interrumpir
—… de los víveres, decía, que deben presentarse magníficamente así en la mesa ordinaria como en los banquetes, depende del tino y la valía del cocinero mayor, que, si es excelente en su profesión, consigue que lo poco parezca mucho y sabe hacer un buen papel con gasto exiguo, al revés que los menos expertos, aunque gasten el doble. En cambio, los cocineros mayores que no saben mandar y administrar a la perfección acaban mancillando su honor y el de sus señores. ¿Me seguís, señor maestro pajarero?
—Sí, don Paschatio —asentí resignado.
—El cocinero mayor debe asimismo ocuparse de que los víveres se conserven bien, se mantengan frescos, lleguen a la mesa en cantidad moderada y en el momento debido para que no se enfríen, y de que en la despensa y en la cocina secreta, que son sus dominios, no entre ningún extraño, y a veces ni siquiera los de la casa. Debe poner todos los medios para que la comida que llega a la boca de su señor sea siempre de la mejor calidad y pase por el menor número de manos posible, con el fin de evitar que las pitanzas se adulteren o puedan contener veneno. En suma, el cocinero mayor, señor maestro pajarero, tiene la vida de su señor en sus manos.
—Comprendo lo que queréis decir, pero yo sólo me he permitido despedirme…
—Señor maestro pajarero, en virtud de lo que acabo de recordaros, os ruego que os despidáis como manda la norma de la casa Spada y os dirijáis con deferencia al señor cocinero mayor —agregó con voz dolida, como si yo hubiese ofendido gravemente al interesado, quien en ese instante estaba pensando en otra cosa.
—Os doy mi palabra de que así lo haré, señor gentilhombre de la casa —repuse, contagiado por el abuso de esos apelativos, olvidándome de que siempre llamaba a don Paschatio por su nombre.
Era evidente que la natural tendencia de don Paschatio se había acentuado por los preparativos de la boda.
—Señor maestro pajarero —dijo para terminar—, ha llegado a mi conocimiento que un caballero extranjero que nos honra con su presencia, invitado por Su Eminencia el cardenal Spada, ha requerido en estos días vuestros servicios. Sé que es un personaje importante y no pretendo inmiscuirme, pero espero que sigáis cumpliendo con vuestras obligaciones tan bien como siempre, sin desatender por ello las necesidades de dicho caballero.
—Perdonadme, pero ¿cómo lo habéis sabido? —pregunté sorprendido.
—Simplemente me han informado de ello y… bueno, sólo eso. Espero contar con vuestra cortés y responsable comprensión —respondió don Paschatio.
Era indudable que Atto, con el fin de disponer de mis servicios siempre que quisiese en la villa Spada, había desembolsado una buena suma, quizá al propio gentilhombre de la casa. Merced a ello, ahora se reputaría de hombre que podía ser muy generoso.
Comuniqué a don Paschatio que en ese mismo instante podía ordenarme lo que desease.
—Os lo agradezco, maestro pajarero —afirmó con satisfacción mal disimulada—. Podríais, en efecto, encargaros de ciertas tareas, ya que algunos, como diría yo… nos han traicionado.
Me explicó que esa tarde varios criados habían desaparecido inexplicablemente dejando sin clavar las tablas de las gradas del teatro, lo que impediría que la obra se terminase a tiempo, como el cardenal Spada había mandado perentoriamente semanas atrás. Yo conocía el motivo (asaz fútil, a decir verdad) de su deserción: habían abordado a un grupo de jóvenes campesinas y se las habían llevado a los viñedos que se extienden al otro lado de la puerta San Pancrazio, detrás del casino Corsini en Quattro Centi, para cortejarlas. Pero callé esta circunstancia; aunque tampoco quería ser un delator, lo hice sobre todo por no mortificar más a don Paschatio. El gentilhombre de la casa ya estaba bastante afligido, pues no era la primera vez que sus subordinados lo abandonaban y el rapapolvo del cardenal Spada le había hecho mella.
—He entregado a Su Eminencia una lista de los individuos a los que hay que castigar —mintió, ignorante de que yo había escuchado su conversación con el amo—, pero entretanto nos urge ayuda. Maestro pajarero, conociendo la naturaleza versátil de las prestaciones que dais a esta ilustre casa Spada, os pido que os pongáis un atuendo adecuado, una librea para ser más exacto, y colaboréis sirviendo platos y bebidas en las mesas, según las necesidades de los invitados de Su Excelencia. Ahora todos están en el prado, junto a la fuente, donde empiezan a cenar. Id, os lo ruego.
No pude evitar un estremecimiento al ver la librea: se componía de un turbante blanco, una cimitarra, un par de babuchas, unos pantalones bombachos y un cinturón con arabescos para llevar cruzado al pecho. Huelga decir que todo me quedaba inmenso.
Claro, no me acordaba de que las cenas iban a tener un exótico toque oriental y, en consonancia con ellas, también las libreas. El penacho largo y altivo del turbante indicaba a todas luces que llevaba un uniforme de jenízaro, el poderoso y terrible cuerpo del Gran Turco. Y esto no era nada en comparación con lo que iba a ver.
Una vez que me puse el uniforme turco, me entregaron dos grandes bandejas de plata para que llevase los primeros platos fríos: en la primera, higos frescos, servidos sobre sus hojas y adornados con sus flores, con nieve encima; en la segunda, un embutido partido en suculentas rodajas. Otros llevaban timbales de mojama, pasteles a la genovesa, barras azucaradas de pistachos con trozos de cidra, capón de galera, platijas en adobo de tres colores, ensaladas reales y gelatinas blancas heladas.
Después de pasar por el gran cenador llegué a la alameda que del casino conducía a la fuente y de ésta a las mesas. De camino me sedujo el perfume de los narcisos indios, las belladonas y los cólquicos recién brotados que llegaba de los bancales situados en la alameda de entrada a la villa, así como el aire fresco que emanaba de la tierra blanda y húmeda de la viña. Por fortuna, ya el dulce abrazo de la penumbra vespertina atenuaba el bochorno del día.
Cuando llegué a mi destino, no pude menos que asombrarme por la amena y generosa opulencia de la decoración. Bajo la bóveda del cielo estrellado, en la mullida alfombra de hierba, los pabellones a la turca, hechos de impalpables y deslumbrantes velos armenios montados en ágiles estructuras de madera terminadas en punta, y coronados con una media luna dorada, creaban la ilusión de un auténtico palacio de Oriente. En todo el perímetro había sahumerios encendidos, de los que ascendían, en anchas volutas, aromas que endulzaban el pensamiento y halagaban el sentimiento. A poca distancia, aunque separada por un seto artificial, estaba la mesa más modesta de los secretarios (Buvat, ya instalado, se servía copiosos vasos de vino), ayudantes y acompañantes de las eminencias y los príncipes. Muchos de aquellos personajes, en efecto, eran bastante mayores o sufrían de gota, por lo que siempre debían contar con alguien cerca para que los ayudase.
Mientras los camareros servíamos la mesa principal, colocada sobre grandes alfombras orientales gamuzadas, otros jenízaros sostenían, empapados en sudor pero impasibles, grandes antorchas que iluminaban generosamente la mesa.
Así, entre tamaño esplendor, empezaba la cena, y precisamente con los platos que yo mismo ayudaba a servir. Casi aturdido por el lujo y la pompa de aquel gran teatro del placer, me acerqué para atender a los comensales siguiendo las indicaciones del cocinero mayor, que oportunamente se había apostado detrás de una antorcha para dirigir, como el músico la orquesta, la pacífica milicia de los camareros. Cuando se acababa de verter vino al último huésped, me arrimé a la mesa. Como los ojos de don Paschatio y los del cocinero mayor me observaban con ansia infinita, enseguida comprendí que me disponía a servir a algún personaje importante.
—… Así que de nuevo le pregunté: «Santidad, ¿cómo pensáis resolver el problema?». El Santo Padre, que acababa de terminar de comer y en ese instante se estaba lavando las manos, me respondió: «¿Es que no lo veis, monseñor? ¡Como Poncio Pilatos!».
Toda la mesa estalló en sonoras carcajadas. Estaba tan emocionado por mi delicada e inesperada tarea que aquella repentina descarga de hilaridad, que nunca me habría esperado de esa reunión de prelados y personas de alto linaje, casi me paralizó. El cardenal Durazzo era quien había desencadenado el buen humor del grupo contando con sutil malicia las palabras de uno de los muchos Pontífices que había conocido en su larga carrera. Sólo un rostro, en el extremo opuesto de la mesa, había permanecido imperturbable y casi glacial; luego conocería el motivo.
—En cualquier caso, fue un santo Pontífice, uno de los más virtuosos de todos los tiempos —añadió Durazzo, mientras los invitados, calmándose poco a poco, se enjugaban alguna lagrimita causada por el exceso de risa.
—Santo, francamente santo —dijo otra eminencia limpiándose rápidamente con la servilleta el vino que le había goteado en la barbilla.
—En toda Europa quieren hacerlo beato —agregaron desde el lado opuesto de la mesa.
Cuando levanté la vista, advertí que el cocinero mayor y don Paschatio trataban desesperadamente de llamar mi atención agitando los brazos y señalando hacia algo que tenía delante de mis narices. Miré: el cardenal Durazzo no apartaba la vista de mí y esperaba. Medio atontado por la carcajada general de hacía unos instantes, me había olvidado de servirle.
—Vaya, chico. ¿Qué quieres, que no actúe como Poncio Pilatos, sino como Nuestro Señor en el desierto? —me dijo, y sus palabras provocaron otra risotada general.
Serví a toda prisa los higos al cardenal y a sus vecinos, abrumado por un deplorable estado de confusión mental. Sabía que había cometido un descuido imperdonable y que había dejado en ridículo a la casa Spada; además, aunque sólo por un breve momento, había sido el hazmerreír de los invitados. Mis mejillas echaban fuego, y maldije la hora en que había ofrecido mi ayuda a don Paschatio. No tenía arrestos ni para levantar la vista; sabía que habría encontrado clavada en mis ojos la mirada del gentilhombre de la casa, llena de inquietud, y la del cocinero mayor, preñada de iracundia. Por suerte, aquélla no era la fiesta propiamente dicha. El cardenal Spada estaba ausente, su llegada se esperaba para dos días después, cuando comenzaban oficialmente los festejos.
—… Pero hay motivos para creer que pronto se repondrá. Por lo menos, es lo que se espera —dijo alguien con voz apesadumbrada, mientras yo seguía sirviendo.
—Es lo que se espera, por supuesto —convino monseñor Aldrovandi, cuyo nombre aún no conocía—. En Bolonia, de donde he llegado hoy, me piden con insistencia noticias sobre su salud, cada día, cada hora. Todo el mundo está muy preocupado.
No hace falta decir que estaban hablando de la salud del Papa, y todos opinaban.
—Esperemos, esperemos, y oremos; la oración puede resolverlo todo —dijo otro prelado con tono triste aunque poco convencido, haciéndose la señal de la cruz.
—¡Cuánto bien le ha hecho a Roma!
—El asilo de San Miguel en Ripa Grande y, además, ciento cuarenta mil escudos al año para los pobres…
—Es una pena que no haya podido secar los pantanos Pontinos… —apuntó la princesa Farnesio.
—Vuestra Señoría me permitirá que le recuerde que el miserable estado presente de la campiña romana y los efluvios malsanos que oprimen a Roma no son fruto de la naturaleza, sino de la insensata tala de árboles que realizaron los Papas del pasado, empezando por Julio II y León X —rebatió monseñor Aldrovandi tratando de zanjar de plano cualquier alusión que pudiese hacerse a los fracasos de Inocencio XII—. Pablo III, si no me equivoco, también ordenó talas.
La coletilla era una diestra manera de recordar que la princesa era descendiente del papa Pablo III, Alejandro Farnesio.
—El bosque de Baccano —repuso ella— fue talado porque era guarida de asesinos y ladrones.
—¡Lo que son ahora los bosques de Sermoneta y Cisterna! —replicó acalorado un comensal desconocido para mí; después sabría que era el príncipe Caetani—. Habría que arrasarlos sin contemplaciones. Lo digo por el orden público —añadió empachado por la frialdad con que los demás acogían sus palabras.
En efecto, como yo mismo sabía desde hacía tiempo, los príncipes Caetani pedían a cada Papa permiso para talar esos bosques, que les pertenecían, por afán de lucro.
—Más vale que pidamos a Dios que conserve largo tiempo estos bosques, y también los de la zona de Albano Laziale —afirmó monseñor Aldrovandi con una sonrisa en los labios—. El día que los talen, quedaremos a merced de los vientos insalubres, del austro, del siroco, del ábrego. Roma y su salud pública se quedarían sin la menor protección.
Caetani no pestañeó.
—En los tiempos de la antigua Roma no existía una sola ciénaga en los alrededores —continuó impertérrito Aldrovandi—. Gregorio XIII mandó talar el bosque del Mar, que guarecía de los vientos meridionales, para aumentar las ganancias de la Anona, pero en contrapartida consiguió que la nocividad del aire de la campiña romana aumentase bastante.
—Sin embargo, yo puedo afirmar que Pablo V —terció la princesa de Rossano, casada con un Borghese y, por consiguiente, del linaje de aquel gran Papa— hizo de todo por impedir que los Orsini acabasen con los oquedales de Palo y Cerveteri.
—Desde hace años Su Santidad Inocencio XII promulga bandos para la defensa de los oquedales, especialmente los de Nettuno, Terracina y Conca —repuso imperturbable monseñor Aldrovandi—. También en Romaña habría conseguido regular las aguas si los boloñeses y los ferrareses no se hubiesen peleado. En cuanto al nuevo puerto de Anzio, no ha podido terminarlo por falta de recursos económicos y porque nunca ha querido imponer al pueblo excesivos gravámenes. Con todo, a pesar de las dificultades, siempre ha tenido olfato para los asuntos más importantes. ¿No fue él quien decidió que el año empezase el uno de enero y no el veinticinco de marzo?
Un murmullo de aprobación recorrió la mesa, o al menos entre aquellos que en ese instante no chismorreaban secretamente con su vecino.
—Es una lástima que haya hecho derribar el teatro Tor di Nona —dijo el mismo caballero que no le había reído la gracia al cardenal Durazzo.
Monseñor Aldrovandi, quizá sin darse cuenta, había hecho hasta ese momento un panegírico del Papa que recordaba más una necrológica, pero también había acallado la primera crítica velada contra el Pontífice. Ahora, en cambio, fingió que no había oído la segunda (la impopular decisión de destruir uno de los más espléndidos teatros de Roma) y se volvió hacia la persona que tenía al lado dando la espalda a su interlocutor.
Mientras les servía, oí perfectamente a dos damas susurrar:
—¿Habéis visto al cardenal Spinola di Santa Cecilia?
—¡Ay, sí! —respondió con una risita la otra—. A medida que se acerca el cónclave, quiere hacer creer que ya no sufre de podagra. Quiere aparentar que es un mozalbete, todo para que no lo excluyan del círculo. Ahí lo tenéis; mirad cómo come, bebe y ríe, a su edad…
—Es íntimo de Spada, aunque los dos intentan ocultarlo.
—Lo sé, lo sé…
—¿El cardenal Albani no piensa venir?
—Vendrá dentro de dos días, para la boda. Dicen que tiene que ocuparse de un breve papal muy urgente.
La mesa de la cena tenía forma de herradura. Llegado al extremo de la segunda ala, me disponía a servir a un huésped cuya cara me sonaba y que no tardaría en reconocer, cuando de pronto sentí un golpe seco pero fuerte en el brazo con el que sostenía la bandeja. Fue la catástrofe. Los higos, las hojas, las flores y la nieve salieron disparados hacia la izquierda y se estamparon en la cara y el traje del anciano caballero al que había servido previamente. La bandeja cayó al suelo, con un estruendo de campana rota. Un murmullo, entre divertido y reprobador recorrió toda esa parte de la mesa. Mientras el desventurado caballero se desembarazaba dignamente de los higos, miré espantado alrededor ¿Cómo explicar a don Paschatio, al cocinero mayor y a todos los invitados que no había sido culpa mía, sino del huésped al que me disponía servir? Lo miré, lleno de mudo rencor, aunque sabedor de que nada podría contra él, pues el criado nunca tiene razón. Y lo reconocí. Era Atto.
El castigo fue rápido y discreto. Quince minutos después, ya no llevaba una bandeja, sino que sostenía una de las enormes y pesadas antorchas que iluminaban magníficamente la mesa. Inmovilizado durante toda la cena, fui candelabro humano. Ardía de rabia contra el abate Melani y me devanaba los sesos intentando comprender por qué me había hecho esa trastada tan cruel, de resultas de la cual, además del castigo, había comprometido mi trabajo presente y futuro en la villa Spada. Mientras la cena proseguía, estuve buscando en vano su mirada: parado y detrás de él, sólo podía observar su nuca.
Convertido en un nuevo Pier delle Vigne, hube de resignarme. La cena estaba empezando, de modo que más valía armarse de paciencia. Acababan de servir la primera mitad del primer servicio: huevos cuajados en leche, mantequilla, cidra, almíbar y canela; cabeza de esturión hervido, hecho con flores, hierbas aromáticas, zumo de limón, pimienta, gelatina de carnes blancas y almendras (un trozo por comensal).
El calor que despedía la antorcha era insoportable, y yo sudaba a chorros con el turbante turco. Me dije que los fámulos desertores habían hecho bien en huir de la villa Spada para cortejar a las campesinas. No obstante, sabía que nunca habría tenido corazón para traicionar a don Paschatio y abandonarlo en esos días tan complicados.
En tan atormentadora inmovilidad no tenía más alivio que el de compartir el esfuerzo con otros siete compañeros (cada uno con su antorcha) y, massime, el de ser espectador de todas aquellas eminencias y nobles. Además, el sitio que me había tocado, cerca de la mesa, era sumamente singular, como más adelante tendré ocasión de explicar.
Ya había aceptado el castigo cuando, de sopetón, Atto se volvió hacia mí.
—Chico, aquí está tan oscuro que tengo la impresión de estar una caverna. ¿Quieres acercar la antorcha? —me dijo en voz alta, con cara de pocos amigos, como si yo fuese un criadito del montón al que no conocía de nada.
No pude hacer otra cosa que obedecer. Me coloqué justo detrás de él para iluminar lo mejor que podía su parte de la mesa, a la que, dicho sea de paso, no le faltaba nada de luz.
¿Qué tramaba Atto? ¿Por qué antes me había hecho aquello y ahora me torturaba?
Entretanto, la conversación entre los comensales, hasta entonces muy libre, se centró en temas frívolos. Lamentablemente no siempre podía saber quién intervenía, ya que desde mi ángulo visual, y forzado a permanecer inmóvil, podía ver a buena parte de los invitados, pero no a todos. Por otro lado, seguían siendo desconocidos para mí la mayoría de los rostros y de las voces (llegaría a conocer bien a casi todos en los días siguientes).
—… Perdonad, monseñor, pero sólo el montero de lebrel está autorizado a llevar arcabuz.
—Sí, Excelencia, pero dejad que os diga, con vuestra venia, que el montero puede dárselo a su palafrenero.
—De acuerdo. ¿Y bien?
—Como decía, cuando el jabalí es cobarde y no se atreve a luchar en campo abierto, se le mata con arcabuz. Así se hacía antes en las tierras de los Caetani, las más propicias a las partidas de caza.
—¡De eso nada! ¿Y las tierras del príncipe Peretti?
—Perdonadme todos, y no os ofendáis, pero no son nada al lado de las del duque de Bracciano —corrigió la princesa Orsini, viuda del mencionado duque.
—Vuestra Señoría se refiere a las del príncipe Odescalchi —dijo una voz fina y gélida. Miré a quien había hablado; era el mismo caballero que no se había reído del chiste del cardenal Durazzo sobre el Papa que se comparaba con Poncio Pilatos.
Por un instante la mesa se sumió en un silencio sepulcral. La princesa Orsini, en su afán de defender la buena memoria de las posesiones familiares, había olvidado con demasiada facilidad que, para evitar la bancarrota, los Orsini habían vendido poco a poco sus tierras al príncipe Livio Odescalchi, y que esas tierras y sus correspondientes feudos habían cambiado de nombre al cambiar de propietario.
—Tenéis razón, primo —admitió con condescendencia la princesa, que había empleado el tratamiento convencional entre nobles a los que unen relaciones de parentesco o amistad—. Y es una dicha que ahora tengan el nombre de vuestra casa.
De modo que quien había contradicho a la princesa era don Livio Odescalchi, el sobrino del difunto papa Inocencio XI. La sabrosa anécdota que el cardenal Durazzo había contado un rato antes debía de referirse, pues, a este Pontífice, motivo por el cual al príncipe Odescalchi, que a su difunto tío debía toda su inmensa fortuna, no le había hecho ni pizca de gracia. Por fin veía en persona al sobrino de aquel Papa sobre el cual, diecisiete años antes, en la Posada del Donzello, había sabido cosas capaces de encanecer al más pintado. Ahuyenté esos recuerdos, que tanto dolor habían causado a mi esposa y a mi llorado suegro.
Esa noche supe que don Livio también había tenido un palco en el teatro Tor di Nona, al que ya no podía ir más porque el Papa lo había mandado demoler. Eso explicaba la reacción de monseñor Aldrovandi cuando Livio tocó el tema.
—Por la fragua de Hefesto, chico, me estás asando el cuello. ¿Quieres apartarte un poco?
Atto se había vuelto otra vez hacia mí para increparme y casi darme un empujón con la mano. Ahora, después de sus dos reprimendas, yo estaba a más de tres varas de mi posición original, casi en el otro extremo de aquel brazo de la mesa.
La cena se desarrollaba con una singular libertad de maneras y de palabra, lo cual podía notar fácilmente cualquiera, incluso las personas ajenas por completo a esos círculos de tan alto rango, como era mi caso. Eso sí, de cuando en cuando se manifestaban el orgullo batallador de las grandes familias y el sutil pero venenoso de las altas jerarquías eclesiásticas. Pero el rígido protocolo, que cualquier eminencia o príncipe habría respetado si se hubiese encontrado con otro a solas, se había roto como por arte de magia, tal vez como consecuencia de la amenidad y la placidez del sitio elegido y dispuesto para la cena.
—¡Perdonadme, os ruego un momento de silencio! Quisiera brindar a la salud del cardenal Spada, que no ha podido estar esta noche nosotros, como saben Vuestras Señorías y Vuestras Excelencias, por los presentes imperativos de gobierno —dijo de pronto monseñor Pallavicini, gobernador de Roma—. Me ha pedido que esta noche haga con sus huéspedes, si no de padre, al menos de tío.
Una leve risa de aprobación recorrió la mesa.
—En cuanto lo vea —continuó monseñor Pallavicini—, le expresaré mi gratitud por sus dotes políticas, y en especial por esta mesa, que no hemos encontrado servida a la española ni a la francesa, sino rodeada otomanos.
Se elevó otro murmullo divertido.
—Esto último nos recuerda nuestro común destino de cristianos —añadió Pallavicini amablemente, pero mirando con el rabillo del ojo al cardenal D’Estrées, embajador extraordinario a latere del Rey Cristianísimo, que mantenía relaciones muy estrechas con la Sublime Puerta Otomana.
—Y de enemigos de la herejía —repuso al punto D’Estrées, que aludía a su vez al hecho de que los herejes holandeses e ingleses habían sido aliados del católico emperador de Viena.
—Más vale no mentarle mucho la Puerta, porque D’Estrées es capaz de ahuecar el ala —comentó uno en un tono de voz lo bastante audible para los demás.
—Calma, dejemos de hablar de estas cosas —intervino el cardenal Durazzo, que había estado pendiente de todo—. Si antes un jenízaro no quiso servirme los higos, ahora, oyendo hablar de herejes, puede que le dé por dejar caer la antorcha encima de mí y quemarme.
Cuando se captó la alusión de Durazzo al percance que había sufrido por mi causa, la mesa prorrumpió nuevamente en grandes carcajadas. Yo, cuitado de mí, hube de permanecer impasible, con la antorcha erguida.
Precisamente para que no hubiese escaramuzas políticas de esa clase, el cardenal Spada, hombre asaz prudente, como me había dicho Don Paschatio, había tomado una serie de medidas. Así, para evitar que los invitados pelasen la fruta a la moda francesa o a la española, se servía ya mondada.
Ciertamente, desde hacía años no se veía a unos señores ataviados a la española y a otros a la francesa, porque merced a los esplendores de Versalles se había impuesto que todos se vistiesen como el Rey Cristianísimo. No obstante, por el mismo motivo, hacía furor la costumbre de mostrar de qué lado se estaba con un sinfín de minucias: del pañuelo de bolsillo (a la moda española cuando se llevaba a la derecha, a la francesa cuando se llevaba a la izquierda), a las medias (blancas para los que estaban del lado francés, rojas para los que estaban del lado español). No era casual, pues, que esa noche el abate Melani, en vez de las rojas que usaba siempre, se hubiese puesto unas de color blanco.
Tampoco se podía impedir que las damas luciesen un ramillete de flores en el seno derecho si eran güelfas (de la facción de los españoles) o en el izquierdo si eran gibelinas (si apoyaban a Francia). Ahora bien, para evitar el incidente más grave, es decir, que la mesa estuviese puesta según la tradición de un país u otro, sobre todo en lo referente a la colocación de los cubiertos —factor decisivo, donde los haya, de la significación política de los banquetes—, se había optado por renunciar a los cánones y hacer algo inédito: cuchillos, tenedores y cucharas se habían colocado verticalmente dentro de las copas, lo cual, si asombró mucho a los invitados, también evitó inútiles polémicas.
—… Pero con los bracos es muy diferente —aseguraba entretanto otro cardenal, que llevaba una vistosa peluca a la francesa.
—¿Por qué lo decís?
—El príncipe Peretti tenía antes sesenta bracos. Cuando terminaba la caza, los mandaba a pasar el verano a otro sitio, porque los bracos no aguantan el calor; además, así ahorraba.
Quien encomiaba la caza con bracos, protegido por su voluminosa peluca, era el cardenal Santa Croce.
—No hacía falta recordar a todos que pasa por apuros económicos —oí que un joven canónico comentaba a su vecino, muy cerca de mí, aprovechando que la conversación se había dividido en una serie de grupos pequeños.
—Ja, Santa Croce se ha crucificado —repuso el otro con sorna—. El hambre que pasa le hace soltar demasiado la lengua y dice cosas que debería guardarse para sí.
Estas palabras las había pronunciado otro cardenal, cuyo nombre aún desconocía; parecía enfermo, pero comía y bebía con ansia, afectando un humor sanguíneo.
Quiso entonces asistirme la suerte (o quizá otro factor, del que hablaré más tarde), pues en ese momento se acercó un criado al para mí desconocido cardenal con una nota.
—Eminencia, traigo una nota para Su Eminencia Spinola…
—¿Para Spinola di Santa Cecilia o para mi sobrino Spinola di San Cesareo? ¿O para Spinola presidente de Ripetta? Esta noche estamos los tres.
El criado calló, sin saber qué responder.
—El gentilhombre de la casa sólo me ha dicho que es para Su Excelencia el cardenal Spinola —dijo por fin tímidamente, con una voz difícil de oír en la algarabía del banquete.
—Entonces podría ser yo. Dámela.
Abrió la nota y enseguida volvió a cerrarla.
—Entrégasela inmediatamente al cardenal Spinola di San Cesareo, que está sentado al otro lado. ¿Lo ves? Allí, al fondo.
En el ínterin, por elemental discreción, su vecino de mesa se había vuelto hacia su plato para seguir comiendo. Cuando el criado se hubo marchado, Spinola di Santa Cecilia (ya que era evidente ahora que se trataba de él) se le acercó y dijo:
—¿Sabes una cosa? El gentilhombre de la casa, mentecato como siempre, me ha hecho llegar una nota de Spada para mi sobrino, Spinola di San Cesareo.
—No me digas —repuso el otro, con la mirada encendida de golosa curiosidad.
—Rezaba: «Los tres a bordo mañana al amanecer. Yo aviso a A».
—¿«A».? ¿Quién es?
—¿Qué sé yo? Pero, si le gusta pasear en barca, confiemos en que no se hunda —concluyó Spinola entre risas.
Los huéspedes se despidieron muy avanzada la noche. Yo estaba exhausto. La llama de la antorcha que había sostenido con gran esfuerzo durante horas me había inflamado la cara y empapado todo el cuerpo de sudor. Los encargados de las antorchas tuvimos que esperar humildemente hasta que el último comensal hubo dejado la mesa. Por ello, pese a que ardía de ganas de pedirle explicaciones, no pude acercarme Atto. Tuve que resignarme a ver cómo se alejaba, con Buvat, mientras los criados apagaban las velas de la mesa con el matacandelas. No se había dignado dirigirme ni una mirada.
Cuando subí al sotabanco, al cuarto de la servidumbre, estaba tan agotado que no podía ni pensar. Al oscuro compás de los ronquidos de mis compañeros, la angustia me atenazaba: el abate nunca me había tratado tan mal. Yo ya no entendía nada. Estaba confundido, desesperado. Se apoderó de mí el temor de que hubiese cometido un imperdonable error al haberme dejado enredar de nuevo por Melani. Me estaba dejando arrastrar por los acontecimientos, cuando lo suyo hubiese sido que me tomase tiempo para reflexionar y también, ¿por qué no?, para poner a prueba al abate. En cambio, en un solo día Atto se había metido en mi vida como si tal cosa. Pero, claro, la tentación del dinero había sido irresistible…
Me desvestí y, tras acostarme en una de las yacijas libres, me quedé enseguida profundamente dormido.
—… Se han cebado con él.
—¿Dónde ha sido?
—En la via dei Coronari. Lo han asaltado cuatro o cinco y le han robado todo.
Acababa de despertarme un murmullo que oía no lejos de mí. Dos fámulos hablaban evidentemente de una espantosa agresión.
—¿Qué oficio tenía?
—Encuadernador.
Salí disparado en cuanto oí aquello, aunque no tardaría en saber que mi prisa no estaba justificada.
En efecto, cuando llamé a la puerta de los aposentos del abate Melani, lo encontré ya en pie de guerra. No estaba acostado, como esperaba, sino inclinado sobre un montón de papeles, con las manos manchadas de tinta. Seguramente acababa de terminar de escribir una carta. Me saludó con el rostro ofuscado, la mirada siniestra.
—Vengo para informaros de un hecho muy grave.
—Estoy al corriente. Ha muerto Haver, el encuadernador.
—¿Cómo lo habéis sabido? —pregunté asombrado.
—Yo te hago la misma pregunta.
—Acabo de enterarme arriba, por dos lacayos.
—Pues mis fuentes de información son mejores que las tuyas. Sfasciamonti, el esbirro, acaba de estar aquí. Me lo ha contado él.
—¿A estas horas?
—Estaba a punto de enviar a Buvat a buscarte —dijo el abate sin responder a mi pregunta—. Estamos citados con el esbirro en la cochera.
—¿Teméis que esto tenga algo que ver con la agresión que habéis sufrido hoy?
—Tú también lo crees; si no, no hubieras venido aquí en plena noche.
Sin decir nada más, bajamos los tres a la cochera, donde nos esperaba Sfasciamonti en un viejo coche de servicio, con un cochero y un tiro de dos caballos, listo para partir.
—¡Por mil bombas! —exclamó el esbirro visiblemente agitado, mientras el cochero sacaba los caballos de la cochera y cerraba la verja detrás de nosotros—. Parece que todo ha ocurrido así: el pobre Haver dormía en la parte alta del taller. Tres o cuatro sujetos (hay quien dice que eran más) entraron de noche. Lo que no sabemos es cómo, porque la puerta no estaba forzada. Al pobre lo ataron y le taparon la boca con un trapo, y luego lo pusieron todo patas arriba. Cogieron todo su dinero y se largaron. Pasado no sé cuánto tiempo, el encuadernador consiguió sacarse el trapo y empezó a gritar. Lo encontraron fuera de sí. Estaba muy asustado. Mientras contaba lo ocurrido a los vecinos, se sintió mal. El médico lo encontró muerto.
—¿Estaba herido? —pregunté.
—No he visto el cadáver. Antes que yo llegaron al lugar del crimen otros esbirros. Ahora mis hombres se están informando.
—¿Nos dirigimos hacia allí?
—Más o menos —me contestó el abate—. Nos aproximaremos bastante.
Nos detuvimos en la piazza Fiammetta, cerca del principio de la via dei Coronari. Un cuarto de luna aclaraba levemente la noche. Soplaba un aire fresco y agradable. Sfasciamonti se apeó y nos pidió que lo esperásemos allí. Miramos alrededor: no había nadie, salvo un hortelano con su carretilla. Al cabo de unos minutos, un silbido nos sobresaltó.
Era Sfasciamonti, oculto a medias en un portal, del que asomaba su abultada barriga. Hacía gestos con el brazo para que nos acercásemos. Fuimos.
—Despacio —protestamos cuando nos introdujo violentamente en la entrada oscura y húmeda.
—¡Chist! —replicó el esbirro arrimándose también a la pared y ocultándose detrás de la puerta cerrada—. Dos cerretanos. Seguían vuestros pasos. Al verme se han escondido. A lo mejor ya se han marchado. Debo cerciorarme.
—¿Nos vigilaban? —inquirió Atto con inquietud.
—¡Silencio! Ahí están —susurró Sfasciamonti, y nos invitó a mirar por la rendija que había entre los batientes de la puerta. Contuvimos la respiración. Estirando prudentemente el cuello, vimos a dos viejos vagabundos, macilentos y harapientos, que cruzaban la calle.
—Eres un zote, Sfasciamonti —rezongó Atto lanzando un suspiro de alivio—. ¿De verdad crees que esos dos moribundos pueden seguir a alguien?
—Los cerretanos saben vigilar sin hacerse notar. Son secretos —afirmó el esbirro sin pestañear.
—De acuerdo —zanjó el abate Melani—. ¿Has hablado con la persona que te dije?
—¡Ya está hecho, por el culatazo de cien espingardas! —lo tranquilizó enseguida el esbirro, jurando a su peculiar manera.
Estábamos en una bocacalle de la via dei Coronari, a solo una manzana del taller del encuadernador. Llegamos a éste por un camino muy tortuoso, ya que tanto Atto como Sfasciamonti querían evitar por todos los medios pasar por el lugar del crimen, donde podían encontrarse con los esbirros encargados del caso. La oscuridad, por suerte, nos ayudaba.
—¿Por qué nos escondemos, don Atto? Nosotros no tenemos nada que ver con la muerte del encuadernador —dije.
Melani no respondió.
—El juez de lo criminal ha puesto el caso en manos de dos esbirros nuevos a los que yo no conozco —nos informó Sfasciamonti mientras dejábamos atrás la piazza Fiammetta y nos encaminábamos hacia la piazza San Salvatore in Lauro.
Nos adentramos por las callejuelas del barrio Ponte, donde Buvat tropezó primero con un grupo de frailes mendicantes dormidos, luego esquivó a duras penas un montículo de cajas y cestas de vendedores ambulantes que, también dormidos, esperaban el alba y a los primeros clientes. Por el olor que despedía todo aquel revoltijo se adivinaba que debajo debía de haber escarolas, altramuces dulces, cañutillos de suplicación y quesos.
El lugar de la cita se hallaba al abrigo de ojos indiscretos, en el taller de un rosariero, vale decir, un fabricante de rosarios.
Nos recibió el artesano, un anciano con la cara surcada de arrugas, que saludó a Atto con gran deferencia, como si lo conociese desde hacía tiempo. Sin demora nos condujo a un lugar fresco y minúsculo, repleto de grandes rosarios de madera y de hueso, de todas las formas y de todos los colores, hábilmente entrelazados y colgados de las paredes o puestos en pequeñas mesas. El rosariero abrió un cajón.
—Aquí lo tenéis, señor —dijo respetuosamente, al tiempo que entregaba al abate un paquete de terciopelo azul, por cuya forma me pareció un cuadrito.
Dicho esto, el rosariero entró con Sfasciamonti en la trastienda. Con un gesto, Atto indicó a Buvat que se marchase con ellos.
Yo no entendía nada. ¿Por qué a causa de la muerte del encuadernador habíamos ido a toda prisa a ese taller de objetos sagrados para recoger aquello que tenía todos los visos de ser la imagen de un santo, tal vez de pared? No conseguía relacionar los dos hechos.
Atto adivinó mis pensamientos. Me cogió de un brazo y sin más pasó a explicarse:
—Esta mañana, acordé con el encuadernador que me dejase el libro aquí, en el taller de este buen hombre.
De modo que lo que el rosariero había entregado a Melani no era un cuadro, sino el misterioso librito del que al abate le costaba tanto hablar.
—Conozco bien al rosariero, me ayuda siempre que lo necesito y sé que puedo fiarme de él —añadió, aunque sin aclararme qué ayuda podía obtener de un rosariero ni cuál era la naturaleza de aquel librito—. Como el encuadernador se ausentaba con frecuencia de su taller, estimé que era mejor recoger mi obrita aquí —prosiguió el abate—. Al fin y al cabo, ya había pagado por adelantado la nueva encuadernación. ¡Y vaya si estuve acertado! De no ser por ello, ahora mismo un esbirro estaría acosándome con toda suerte de preguntas: que si conocía al encuadernador, desde cuándo, qué relaciones tenía con él… Como si fuese fácil explicar que, justo cuando hablaba con el pobre Haver, un desconocido me dio una puñalada en el brazo. Nadie me creería. Ya imagino el interrogatorio consiguiente: ¿cómo explicáis que os atacaran precisamente en ese momento? Tiene que haber una conexión. ¿Qué hacéis vos en Roma? En fin, que no me habrían dejado en paz, chico.
Acto seguido me indicó con un gesto que lo siguiese, pero no hacia la salida, sino hacia la trastienda, donde desde hacía unos minutos estaban Sfasciamonti, el rosariero y Buvat.
Allí, sentada en un viejo catre, nos esperaba una mujer de unos cincuenta años, pequeña, humilde y tímida. Estaba hablando con Sfasciamonti y con el rosariero, en presencia de Buvat, que escuchaba amodorrado. Cuando vio a Atto, la mujer se levantó al punto en señal de respeto, pues se había dado cuenta de que se trataba de un caballero.
—¿Habéis terminado? —preguntó Melani.
El esbirro y Buvat asintieron.
—Esa mujer es vecina de la casa del pobre Haver —comenzó a explicar Sfasciamonti, mientras nos alejábamos del taller y dejábamos atrás la piazza San Salvatore in Lauro—. Lo vio todo desde una ventana. Oyó que alguien se quejaba y llamaba a la puerta del encuadernador. Haver, un hombre muy misericordioso por lo que cuentan, abrió y, antes de que tuviese tiempo de cerrar, irrumpieron otros dos sujetos… Se marcharon media hora después, llevándose un montón de papeles y algunos libros encuadernados.
—Pobre Haver. Y pobre idiota, también —comentó Atto.
—Lo que no sabemos es por qué se han llevado papeles —dije mirando a Atto.
—Cuando hay cerretanos involucrados, es imposible saber nada —intervino Sfasciamonti, con expresión ceñuda.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de que han sido tus mendigos? —preguntó Atto algo nervioso.
—Por experiencia. Cuando aparece uno, en este caso, el que corría y os hirió, siempre llegan más —respondió el esbirro con rostro serio.
Atto se paró en seco. Los demás tuvimos que imitarle.
—A ver, ¿de qué estás hablando? Sfasciamonti, tus medias explicaciones no nos llevan a ningún lado. Dime de una vez por todas qué hacen estos mendigos, estos… cerrisanos, como tú los llamas.
—Cerretanos —corrigió humildemente Sfasciamonti.
Era evidente: Atto Melani nunca lo reconocería, pero la serpiente del miedo ya le reptaba desde los tobillos hasta el interior del vientre. Sabía perfectamente que había tenido que vérselas con uno de los extraños individuos de los que Sfasciamonti hablaba, que había recibido una cuchillada que aún le causaba dolor y entorpecía sus movimientos, y que el encuadernador ante el cual había ocurrido todo aquello había sido agredido esa misma noche en su taller y había muerto. Precisamente a ese desdichado le había mandado encuadernar su librito. Eran coincidencias que no podían agradar a nadie.
—Ante todo quiero saber —conminó con brusquedad el abate, cuyo espíritu impaciente lidiaba con sus viejos miembros cansados— si actúan solos o si los manda alguien. Y si los manda alguien, ¿quién es?
—¿Creéis que es tan fácil descubrirlo? Con los cerretanos siempre ocurren cosas extrañas. Mejor dicho, únicamente ocurren cosas extrañas.
El esbirro empezó entonces a contar lo que sabía del origen de los cerretanos y de la verdadera naturaleza de esa misteriosa agrupación.
—Los cerretanos. Gentuza. Proceden de Cerreto, en Umbría, donde se refugiaron después de huir de Roma. Eran sacerdotes, expulsados por los sacerdotes superiores.
En Cerreto, continuó, los cerretanos eligieron un nuevo sacerdote jefe, que los dividió en grupos, clases y sectas conforme a sus talentos: biantos, felsos, affriatos, falsos bordones, accattosos, affarfantos, accapponos, alacrimantos, ascionos, accadentos, cagnabaldos, mutuatores, attremantos, admiractos, acconios, attarantatios, apezzentios, cocchinos, spectinos, iucchos, falpatorios, affarinatios, alampadatios, relicarios, paulianos, alacerbantios, calicidarios, lotorios, crociarios, compatrizantios, affamigliolios, vergognosios, morghigenios, testatorios y así sucesivamente.
—¿Cómo os acordáis de todos esos nombres?
—Es mi oficio…
A continuación explicó que los biantos, que también se llaman galloferos, falsifican las bulas de los Pontífices, o de los prelados, y las exhiben por ahí alardeando de que han obtenido permiso para conceder indulgencias y salvar del purgatorio y del infierno y absolver de todos los pecados, todo lo cual la gente ingenua paga a precio de oro.
—Los felsos se llaman así porque son falsos, se hacen pasar por adivinos y engañan a la gente simple de las aldeas; por dinero fingen que adivinan el futuro y que están llenos de espíritu divino. Los affratos son los falsos frailes, o falsos curas, que nunca han obtenido las órdenes menores ni mayores; recorren los pueblos oficiando la santa misa y se quedan con las limosnas, y ponen como penitencia más limosnas, que acaban también en sus bolsillos. Los falsos bordones fingen ser peregrinos y se dedican a pedir limosna para ir a Tierra Santa, a Roma, a Santiago de Compostela o a Loreto. Los accatosos afirman que tienen parientes o hermanos en poder de los turcos y mendigan para poder rescatarlos, pero no es verdad. Los affarfantos, en cambio…
—¡Espera! Si los cerretanos son todo eso que dices, ¿por qué nadie los detiene? —objetó Atto.
—Porque son secretos. Están divididos en sectas, nadie sabe cuántos son ni dónde están.
—¿Son sectas, como dices, o simples grupos de hampones?
—Las dos cosas. Son sobre todo hampones, pero tienen ritos secretos que los hermanan y les sirven para jurarse fidelidad. Así, si uno cae preso, los otros pueden estar seguros de que mantendrá la boca cerrada. De lo contrario, podría ser víctima de una maldición. Por lo menos, eso creen ellos.
—¿Cuáles son sus ritos?
—Ojalá lo supiese. Misas negras, sacrificios, pactos de sangre y cosas de ese estilo, probablemente. Pero nadie los ha visto nunca. Los celebran en el campo, en sitios aislados: iglesias y casas abandonadas…
—¿Hay muchos en Roma?
—Donde más hay es en Roma. ¿Y por qué?
—Porque aquí está el Papa. Y donde está el Papa, hay dinero. También hay peregrinos, víctimas predilectas de sus rapiñas. Y ahora hay jubileo: más dinero, y más peregrinos.
—¿Ningún Pontífice ha promulgado jamás un bando eclesiástico contra esas sectas? —inquirió Atto.
—Para prohibir una secta o una banda de criminales es imprescindible conocerla bien —respondió Sfasciamonti—. Hay que atribuirle hechos precisos, y sus integrantes han de tener nombre e identidad. Es imposible prohibir a un simple grupo, formado por andrajosos miserables sin techo ni nombre.
Atto asintió mudo, rascándose pensativo el hoyuelo del mentón.
Regresamos al coche casi al amanecer. Sfasciamonti se despidió de nosotros.
—Más tarde iré a la villa Spada. Tengo que pasar por mi casa. Mi madre me está esperando. Hoy es el día que le llevo provisiones. Si no llego a la hora de siempre, se preocupa.
—Ahora los dos tenéis que hacer algo por mí.
—¿Los dos? —pregunté asombrado, mientras intercambiaba una mirada con Buvat.
Acabábamos de despedirnos de Sfasciamonti. El abate Melani ya había subido al coche para regresar a la villa Spada. Entonces, en lugar de dejarnos hacer lo propio, cerró la portezuela.
—Por ahora os quedáis aquí —dijo lacónicamente.
Luego me tendió una carta, ya cerrada y sellada. La reconocí enseguida: era la carta, su respuesta a la misteriosa Maria.
—Pero, don Atto… —intentamos protestar débilmente Buvat y yo, que en verdad ansiábamos poder descansar un rato antes de emprender la nueva jornada de trabajo.
—Después. Ahora marchaos. Buvat entregará la carta. Solo. Porque tú —añadió dirigiéndose a mí— no estás vestido de manera adecuada. Tendré que regalarte un traje nuevo. Pero te explicaré a ti adónde tenéis que ir; con Buvat gastaría saliva en balde.
—Permitid que insista —repuse.
En ese instante leí el nombre del destinatario:
Señora condestablesa Colonna
Me sentí incapaz de detenerme en uno solo de los pensamientos que al momento me cruzaron por la cabeza. No veía la hora de regresar a casa para descansar (y meditar sobre los últimos e inquietantes sucesos), pero hete aquí que se me desvelaba la identidad de la misteriosa Maria, que secretamente se carteaba con Atto y cuya llegada se esperaba la villa Spada.
La condestablesa Colonna… conocía ese nombre. ¿Quién no había oído hablar en Roma del gran condestable y príncipe romano Lorenzo Onofrio Colonna, descendiente de una de las familias más antiguas y nobles de Europa? Muerto unos diez años atrás, ella debía de ser su viuda…
—Vale, habla —resopló Atto interrumpiendo el hilo de mis razonamientos—. ¿Qué quieres?
Vi entonces que la expresión del abate cambiaba: de la impaciencia pasaba al estupor, como si le hubiesen sobrevenido una idea o un recuerdo.
—¡Mira que soy tonto! Anda, sube, chico —exclamó y, abriendo la portezuela, me invitó a sentarme—. Desde luego que tenemos que hablar. Cuéntamelo todo. Supongo que durante la noche habrás tenido el buen gusto de robar algún minuto a tu merecido descanso para hacer un detallado informe de cuanto has oído —agregó con el aire más natural del mundo, como si toda esa noche no hubiésemos estado juntos deambulando por Roma.
—¿Oído? ¿Dónde?
—¿Dónde va a ser? Durante la cena de ayer, cuando te hice bailar ese minué alrededor de la mesa empleando tu antorcha como pretexto para que te pusieras detrás del cardenal Spinola. Anda, cuéntame qué dijeron.
No salía de mi asombro. Atto confesaba que en la cena me había ultrajado adrede cuando me mandó acercarme porque según él no lo alumbraba bastante, y luego cuando me envió bruscamente al extremo opuesto de la mesa con la excusa de que el fuego le quemaba la nuca. Y no sólo eso: el abate lo había preparado todo para que escuchase las conversaciones de los comensales.
—En verdad, don Atto, no acierto a entender qué interés pueden tener esas conversaciones. Veréis, sólo trataban de cosas frívolas y sin importancia…
—¿Sin importancia? Chico, en lo que dice un cardenal de la Santa Iglesia Romana no hay una sola sílaba que carezca de significado. Puedes afirmar que son todos unos cabrones, cosa que yo no discutiré, pero lo que sale de sus bocas siempre tiene interés.
—Seguramente tenéis razón, pero yo… Bueno, quizá un hecho sí me pareció curioso.
Le conté el equívoco que había tenido lugar ente los dos cardenales Spinola: la nota del cardenal Spada dirigida a uno de ellos y entregada al otro, y su contenido.
—Decía: «Los tres a bordo mañana al amanecer. Yo aviso a A».
Atto calló, pensativo.
—Eso puede ser interesante, francamente interesante —susurró luego mirando a Buvat, que esperaba acuclillado en el borde de la calle.
—¿Qué queréis decir?
Guardó un momento de silencio, con la mirada clavada en mis ojos, pero con la mente ya tras el carro alígero de los sucesos futuros.
—¡Que soy un genio! —proclamó por fin dándome un manotazo en el hombro—. Este abate Melani, que con el pretexto de la antorcha te mandó cerca de las personas adecuadas, que ríen sin venir a cuento y hablan más de la cuenta, es un verdadero genio.
Me quedé pasmado. Atto había relacionado hechos pasados de los que yo no tenía noción y acontecimientos futuros que él ya veía plasmados ante sí, cuando para mí no eran sino niebla.
—Bien, pronto también nosotros subiremos a bordo —añadió frotándose las manos, como si se preparase para el momento decisivo.
—¿A bordo de una barca? —pregunté.
—Por ahora id a entregar la carta —ordenó Melani abriendo la portezuela y haciéndome bajar sin muchas contemplaciones—. Cada cosa a su tiempo.