Capítulo 31

No hay nada como la sala de espera de un hospital de madrugada para ser consciente de la frágil línea que separa la felicidad de la amargura, la vida de la muerte. Las luces blancas, despiadadas, no se molestan en disimular la realidad. Aquí todo es extremo: las personas sufren o se alegran hasta las lágrimas, sobreviven o mueren. No hay espacio para los grises, aunque sí, de momento, para una esperanza pálida.

He llegado hace media hora y los padres de Miguel me han comunicado que lo estaban operando. No sabían demasiado, los médicos se habían limitado a decirles que había lesiones graves en la espalda y que debía ser intervenido de urgencia. Un todoterreno se saltó un stop y se lo llevó por delante; el casco le había salvado la vida… Era lo único a lo que podían dar gracias.

Me he sentado frente a ellos, en unas incómodas sillas de plástico gris. Esperamos. No hay mucha gente y todos los que allí estamos, a pesar de ser simples visitas, tenemos cara de enfermos. En silencio, cierro los ojos y pienso que este día no va a acabar nunca, y me invade la extraña certeza de que, cuando lo haga, ya nada será lo mismo. Pienso en Miguel, tumbado en un quirófano, inconsciente mientras los médicos tratan de salvar su cuerpo, ajeno a los esfuerzos que se están haciendo por él… Miguel, que la noche anterior, entre risas, me había asegurado que iría a buscar mi moto y, tras una larga charla, finalmente había aceptado ser mi padrino de boda otra vez. La boda: esa fecha difusa que de repente parece un ultimátum, esa ceremonia organizada que debe celebrarse dentro de solo cuatro días.

No entiendo cómo, pero siento frío. A medida que el reloj de la pared avanza, la temperatura desciende. Me doy cuenta de que Blanca se ha puesto una chaqueta oscura. La observo, puedo hacerlo porque ella está absorta en sus pensamientos, en su único hijo que, nadie lo ha dicho en voz alta pero el temor flota en el aire, podría acabar confinado en una silla de ruedas. En ese momento su marido le murmura algo al oído y se levanta. No soporta estarse quieto, lo noto, y necesita un cigarrillo, me dice al pasar junto a mí.

Cuando él se va, Blanca me mira fijamente, como hacía siempre. Sus ojos no dejan traslucir la menor emoción, se limitan a posarse en los míos. Permanecemos así, en absoluto silencio, hablándonos sin palabras. No tenemos nada que decirnos, menos aún en estas circunstancias, pero dentro de mí surge una tristeza abrumadora. No sé si la quise alguna vez, no sé si ella sintió por mí algo más que atracción física, pero durante años compartimos algo: un lugar secreto al que solo nosotros teníamos acceso. Y ahora de eso no queda nada, solo silencio: una mujer envejecida y un amante más joven, un montón de recuerdos, una sala fría y una luz blanca que muestra al mundo nuestra peor cara.

Ni siquiera hago el intento de entablar conversación, ni ella tampoco. Seguimos así, a distancia, frente a frente, hasta que su marido regresa y, con él, llega el médico. La presencia más esperada y la más temida, el mensajero que, sin rodeos, nos dirá la verdad.

Unos minutos después Blanca se abraza a su marido entre lágrimas, que son de alegría, y yo me doy cuenta de que me tiemblan las rodillas. Permanezco a unos pasos de distancia, feliz por ellos, por Miguel, por mí. Todo ha ido muy bien, ha dicho el doctor. Ha tenido mucha suerte, un centímetro más abajo y la lesión habría sido irreversible. Tendrá que hacer recuperación, pero andará. Será el Miguel de siempre.

Me marcho sin despedirme. A las puertas del hospital veo gente fumando en silencio, parejas que murmuran, preocupadas; ambulancias detenidas. Delante, una carretera vacía. Son las tres de la madrugada cuando cojo un taxi en la puerta y le doy la dirección de casa. «Miguel está bien», me repito. Miguel está bien.

Todos tenemos una segunda oportunidad para hacer las cosas un poco mejor.

Olga aparece en casa por la mañana, después de dejar a Àlex en el colegio. La llamé anoche, al llegar a casa, para darle la buena noticia. Me respondió enseguida: estuvimos un rato hablando de Miguel, de la operación, de la suerte que había tenido. Luego yo me sentí repentinamente agotado después de un día tan lleno de emociones: deseo, rabia, arrepentimiento, vergüenza, miedo, alegría. Mi mente evocó el mar donostiarra; sí, así es mi vida ahora, una tormenta en la que tengo que poner orden. Y para ello no valen falsas tablas de salvación, ni islas donde refugiarse temporalmente. Si algo tengo claro, a pesar del cansancio, es que el único salvavidas posible es la verdad. Por dura que resulte.

—¿Sabes algo más de Miguel? —pregunta Olga—. Àlex estaba muy nervioso esta mañana, le dije que iríamos a verlo a la hora del recreo y le daríamos las últimas noticias.

—Gracias —la cojo de la mano y noto la suya temblorosa, pequeña, mientras la llevo hacia el sofá.

—David… ¿qué te pasa?

Llevo toda la noche pensando en cómo decírselo, en qué palabras usar para amortiguar el daño sin faltar a una verdad que, le guste o no, merece saber.

—Algo te sucede, desde hace días, ya… —insiste, temerosa y valiente a la vez—. Si es por Miguel, podemos aplazar la boda. No me importa…

Podría aprovechar esta excusa, pienso. Posponer el enlace y ganar tiempo para pensar, mas no sería justo. Porque si hay algo que sé, o que al menos creo saber, es que no quiero casarme con Olga. Es decir, me gustaría hacerlo: la verdad, la pura verdad, es que honestamente no puedo.

—No es eso, Olga —sigo con su mano cogida a la mía, la llevo a mis labios y le doy un beso—. Han… Me han sucedido cosas últimamente. Cosas que no tienen nada que ver con Miguel. Ni contigo.

Me mira sin querer comprender, menea la cabeza como si se negara a oír lo que voy a decirle.

—Ahora estás nervioso, David… Es normal. Tu mejor amigo acaba de tener un accidente grave a cuatro días de la boda y…

—¡No! —intento no levantar la voz, pero necesito decírselo: es la única forma de calmar la tormenta, de salir a flote—. No sé lo que haría ahora si quisiera casarme, si buscaría otro padrino o aplazaría la ceremonia hasta que Miguel estuviera recuperado. Eso no sería un problema.

—¿Si quisieras casarte? —aparta su mano de la mía, desvía su mirada hacia un punto indefinido del suelo.

Tomo aire y digo por fin lo que quiero que sepa, lo que necesito sacar de dentro:

—Olga, te quiero mucho. Te quiero mucho, de verdad. Pero… algo no funciona, y no es por ti. Sobre todo no creas que es por ti. Soy yo el que ha cambiado, o el que ha descubierto algo de sí mismo que no sabía. Algo que aún debo explorar, algo a lo que, sin embargo, no puedo renunciar porque estaría engañándote a ti y mintiéndome a mí mismo.

Me callo, no deseo hablar de falsedades ni dobles vidas. Es un tema resbaladizo que puede hacerle aún más daño y, sobre todo, es un secreto que no me pertenece. Si algo he aprendido estos días es a comprender los lugares secretos, aunque quizá no a respetar la forma en que cada uno vive en ellos. Cuando me crucé con el padre de Olga en su casa la otra noche, tuve la sensación de que reconocía mi mentira como solo otro mentiroso puede hacerlo. En eso me estaba convirtiendo, y ese sería mi final: una vida a medias, escondida, sexo agazapado y fortuito… No, tanto Olga como yo merecemos algo mejor.

—No entiendo nada, David —por su cara veo que es cierto, y que la ambigüedad es menos dolorosa pero también humillante. Olga merece saber toda la verdad que pueda comprender—. ¿Qué… qué me estás diciendo? ¿Hay otra mujer?

—Ya no. Pero ha existido.

Noto el dolor en sus ojos y me odio por ser yo quien le quite la venda y le muestre un mundo que no es el que ella desea ver ni merece contemplar.

—Hay algunas cosas de mí que no sabes… —empiezo.

Y aunque sé que va a dolerle se lo cuento todo, excluyendo algunos detalles, por supuesto. Le hablo con toda franqueza de la mujer mayor que me sedujo, sin decirle su nombre; le hablo de la mujer que me ha vuelto loco en estos últimos días, la mujer a la que odio y deseo con una intensidad de sentimientos que ni siquiera creía poseer. Hablo de un erotismo distinto, sin ponerle nombre o etiquetarlo, hablo de emociones que han alterado mi presente y mi futuro. Le hablo de mí y, aunque no creo que pueda perdonarme, sí espero que con el tiempo llegue a entenderme.