12. Giro decisivo de la guerra: Escipión en Hispania

Aníbal necesita compensar urgentemente la pérdida de Capua. Conduce a su ejército a marchas forzadas hasta los confines meridionales de Italia. Ordena atacar a la estratégicamente importante ciudad de Regio, situada enfrente de Mesina, desde donde se controla el tráfico a través del estrecho que separa Sicilia de Italia. Sin embargo, la operación fracasa. También falla el intento de tomar la ciudadela de Tarento en manos de tropas romanas que la defendían desesperadamente. Después de estos reveses, y ya bien avanzado el año, Aníbal opta por regresar a su campamento de invierno en Lucania sin haber logrado sus propósitos (211 a.C.).

Al año siguiente, le toca a Aníbal enfrentarse en Italia a un renombrado adversario, Marco Claudio Marcelo, revestido del prestigio de conquistador de Siracusa y cónsul del año 210 a.C. El experimentado general inicia sus operaciones con bastante fortuna, pues entra triunfante en las ciudades samnitas de Maronea y Meles. Poco después, toma la plaza de Salapia en Apulia, donde cae en sus manos una tropa de ocupación de 500 jinetes númidas, allí estacionados.

Pero la victoriosa trayectoria del ejército romano será bruscamente frenada ante las murallas de Herdonea. Aníbal despliega una vez más su habilidad militar al derrotar a las dos legiones del procónsul Gneo Fulvio Centumalo (210 a.C.), con lo que quedaba subrayado que, a pesar de algunos contratiempos sufridos, la eficiencia del ejército cartaginés y la capacidad estratégica de su líder continúan mostrándose fuera de toda duda. Marco Claudio Marcelo persigue a Aníbal hasta que éste, finalmente, se retira otra vez a su campamento de invierno en Lucania.

La pérdida de un importante contingente de tropas en Herdonea, formadas mayoritariamente por soldados latinos, provoca en el año 209 a.C. una insurrección de los socios itálicos, la cual se ve acrecentada por las nuevas levas que los romanos acaban de decretar. El punto final de esta controversia lo constituye la negativa de doce ciudades latinas a seguir suministrando tropas para apoyar la guerra contra Aníbal. La confederación itálica mostraba unas preocupantes grietas y había de pasar todavía por una dura prueba de fuego.

En el año 209 a.C. Quinto Fabio Máximo toma posesión de su quinto consulado y enseguida asume el mando de las legiones que operan en el sur de Italia. Su plan consiste en enfrentar a Marco Claudio Marcelo con Aníbal mientras que él, aprovechando la distracción del principal ejército cartaginés de la zona, se dispone a recuperar Tarento. Sin duda alguna, la liberación de la ciudad, cuya fortaleza continuaba ocupada por tropas romanas, constituiría un duro golpe psicológico para Aníbal, quien vería disminuir su prestigio si esto sucediera.

Cerca de Canisium (Canosa) tienen lugar una serie de violentas refriegas entre Aníbal y Marco Claudio Marcelo en las cuales los romanos resultan, una vez más, vencidos. Mientras tanto, Quinto Fabio Máximo gana un tiempo precioso que le permite dedicarse exclusivamente a la conquista de Tarento. La ciudad es asaltada desde diversos puntos de su recinto amurallado, rompiéndose así, en una semana, la resistencia de los tarentinos. Al igual que sucedió con Siracusa, Tarento también será saqueada. Unas 30.000 personas son sometidas a la esclavitud. El botín, compuesto por grandes cantidades de metales preciosos y tesoros artísticos de incalculable valor, fue enorme. Al enterarse Aníbal de los planes de Quinto Fabio Máximo, dirige su ejército a marchas forzadas hacia Tarento para deshacer el férreo bloqueo con que los romanos someten a la ciudad, pero, pese a su diligencia, llega demasiado tarde para poder prestar auxilio a sus aliados tarentinos y evitar este dolorosísimo descalabro.

Dado que desde hace años las operaciones militares en suelo itálico terminan en igualdad, ya que ningún bando es capaz de imponerse rotundamente sobre el otro, el destino de la guerra depende de lo que sucede en los otros frentes fuera de Italia. La Península Ibérica continúa siendo la reserva económica, humana y logística de Aníbal. Para inclinar la balanza a su favor, los romanos se proponen aglutinar sus esfuerzos en este tan crucial escenario bélico. Mandan allí al recién nombrado procónsul Publio Cornelio Escipión a la cabeza de un nuevo ejército compuesto en su mayor parte por las legiones que acaban de tomar Capua. De él se espera que vengue la muerte de su padre y de su tío y expulse a los cartagineses del país. En este sentido, la campaña militar de Aníbal en Italia se decidirá en Hispania.

Cuando Publio Cornelio Escipión desembarca a fines del año 211 a.C. en la costa catalana, se ve enfrentado a la necesidad prioritaria de rehacer la presencia militar romana en la zona. Para culminar sus planes de conquista deberá enfrentarse a tres ejércitos cartagineses. Por esta razón, al comenzar su gestión no quiere arriesgarse a sucumbir contra un enemigo dotado de fuerzas muy superiores, como les sucedió a sus parientes, antecesores en el mando del ejército hispano. Mediante la realización de una acción sorpresa, enérgica y audaz, que bien podría haber sido ideada por Aníbal, Publio Cornelio Escipión decide apoderarse del cuartel general púnico en Cartagena (primavera 210 a.C.) y propinar de esta manera al alto mando cartaginés un mortífero golpe.

Aprovecha la circunstancia de que el ejército cartaginés en estos momentos se encuentra dispersado a lo largo del territorio peninsular. El hecho de que las tropas cartaginesas se hallen acuarteladas lejos de la ciudad no se debe, como se ha llegado a suponer, pues no existen argumentos suficientes que lo prueben a un desacuerdo entre los dirigentes cartagineses ni mucho menos a su incapacidad de conducir la guerra de modo coordinado. Las unidades del hermano de Aníbal, Magón, estaban acuarteladas cerca de Cádiz, con la misión de vigilar la cuenca minera de Huelva. Las tropas de Asdrúbal, hijo de Giscón, operaban en la desembocadura del Tajo, lo que también guarda relación con el afán de proteger la economía militar cartaginesa. El grueso del ejército cartaginés bajo el mando del otro hermano de Aníbal, Asdrúbal, cubría en Carpetania los flancos de los demás cuerpos de ejército y formaba una especie de barrera contra cualquier intento de invasión de Andalucía. El fallo de la estrategia cartaginesa fue no haber previsto la posibilidad de un ataque romano a Cartagena y de no haber dispuesto adecuadamente un sistema defensivo para la ciudad más eficaz del que se encontró Publio Cornelio Escipión al presentarse repentinamente con más de 25.000 soldados ante sus murallas.

La toma de Cartagena es una gesta militar singularmente atrevida. Merced al relato del historiador griego Polibio (X 8-20) podemos hacernos una idea de los pormenores de esta acción, que puede ser resumida de la siguiente manera: Escipión aparece inesperadamente ante las murallas de la ciudad y se lanza al ataque. La exigua guarnición, de unos mil hombres, que velaba por la seguridad del recinto urbano se ve impotente para detener el ímpetu del muy superior ejército romano. Se arma apresuradamente a la población civil, marineros y artesanos con poca experiencia militar, que no consiguen impedir que las legiones romanas desborden el recinto amurallado de la ciudad. Por la noche, Magón, el comandante del puesto, tiene que ofrecer la rendición incondicional de la plaza.

Cartagena, el símbolo del dominio cartaginés en Hispania, sufre un despiadado saqueo. El efecto psicológico de semejante golpe de audacia es enorme. De repente, Escipión se apodera del centro político y económico cartaginés más importante después de la misma Cartago. Además, recauda un botín gigantesco compuesto de grandes reservas de plata procedentes de las minas del contorno, innumerables depósitos de mercancías y almacenes llenos de armas y provisiones y, ante todo, caen en sus manos los rehenes de múltiples pueblos ibéricos retenidos allí por los cartagineses para asegurarse el cumplimiento de los tratados dictados por Aníbal. La posibilidad de disponer de estos rehenes será muy provechosa para Escipión, pues de su futuro trato dependerá la benevolencia de los pueblos hispanos hacia Roma.

Los sensacionales progresos de las armas romanas en Hispania incrementan considerablemente la dinámica de la guerra e inclinan de manera perceptible la balanza en contra de Cartago. También se multiplican los problemas de Aníbal en Italia, donde progresivamente se encuentra con deberes de difícil resolución. Las ciudades itálicas que se le adhieren comportan ventajas, pero también causan múltiples contratiempos. Como raras veces son regiones enteras las que se deciden a emprender este paso sino que se trata más bien de plazas aisladas situadas en entornos hostiles a la causa púnica, Aníbal tiene que fragmentar sus fuerzas para atender a sus múltiples objetivos. Al generalizarse este hecho, se producen graves problemas de abastecimiento que dificultan adicionalmente las operaciones militares. Especialmente el peligro de una dispersión excesiva de sus efectivos amenaza el limitado potencial bélico del que Aníbal dispone. Para poder contar con la fidelidad de los nuevos aliados, hay que dispensarles protección, lo que en cierta manera limita la libertad de acción de Aníbal condicionando la disponibilidad de su ejército. Por otra parte, la necesidad de incrementar el número de aliados itálicos le obliga a tomar la ofensiva y, después de incorporarlos a su causa, a defenderlos de los ataques romanos. El ejército púnico carece de los efectivos necesarios para cumplir esta doble tarea. Aníbal se encuentra ante un dilema de difícil solución. Mientras tanto, los romanos, muy conscientes de la situación, aumentan la presión sobre Aníbal sin llegar a desafiarlo directamente. Debido a estas circunstancias políticas y militares, Aníbal corre peligro de perder la iniciativa táctica que hasta el momento ha desempeñado de modo tan brillante. Se perfila el peligro de una guerra de guerrillas y de desgaste que en las actuales circunstancias sólo puede favorecer a los romanos.

Para ilustrar la situación contemplemos los eventos del año 208 a.C., cuyo escenario es la Italia meridional. Aníbal es envuelto por Marco Claudio Marcelo en operaciones bélicas para que, mientras tanto, Locris pueda ser tomada por otro ejército romano que se mantiene expectante. Sin embargo, la ineptitud del mando romano hace fracasar el plan. Los cartagineses sorprenden a las desprevenidas legiones y, al cabo de una encarnizada pelea, las consiguen dispersar. Marco Claudio Marcelo muere en el transcurso de estas luchas. Aníbal asiste a su entierro deparándole unas dignas pompas fúnebres. A pesar de todo, esta victoria no logra mejorar sustancialmente su situación. Para que el rumbo de la guerra cambie en Italia, Aníbal necesita urgentemente refuerzos y, según estaban las cosas, éstos sólo podían llegarle de Hispania.

Las campañas que Publio Cornelio Escipión proyecta realizar en los años 209-208 a.C. en el escenario bélico hispano se ven claramente influidas por los acontecimientos itálicos. Su táctica es la respuesta romana a la revitalización de la guerra en Hispania. Después de haber prestado una eficaz resistencia a las impugnaciones romanas, los cartagineses ven ahora llegado el momento de movilizar los recursos de su dominio hispánico, todavía intacto, y lanzarlos sobre Italia para derrotar definitivamente a Roma. En este contexto, el fulminante avance de Escipión hacia Cartagena y la ofensiva que dirige inmediatamente después hacia el sur de Hispania, donde conquista la zona minera de Villaricos (Almería), constituyen un sensible contratiempo para la estrategia cartaginesa.

Mediante una concentración global de todas las fuerzas disponibles, el alto mando cartaginés pretende cambiar el destino de la guerra, que en su opinión tiene que decidirse en suelo itálico. Confía en el cansancio y agotamiento de los socios romanos, al igual que cuenta con la cooperación de las tribus ligures y celtas del norte de Italia. Evidentemente, el objetivo de los cartagineses es abrir un nuevo frente en Italia que, una vez pueda ser sintonizado con las operaciones del ejército de Aníbal, provoque el colapso definitivo de Roma.

Ateniéndose a estos planes se reparten las tareas. Asdrúbal Barca será quien conducirá las tropas hispanas a Italia. A su hermano Magón Barca se le encarga la misión de reclutar mercenarios y conseguir nuevos aliados. Las fuerzas que permanecen en Hispania bajo el mando de Asdrúbal, hijo de Giscón, deben impedir nuevos avances de Publio Cornelio Escipión.

Sin embargo, una buena parte de la estrategia púnica se ve extremadamente dificultada por la táctica de Escipión, que no opta por consolidar las recién adquiridas posesiones romanas, sino que retoma la ofensiva dirigiéndose hacia el sur. En el año 209 a.C. Publio Cornelio Escipión, consciente de sus posibilidades operativas, ordena marchar a sus tropas esta vez hacia la cuenca minera del valle del Guadalquivir, donde se enfrenta a Asdrúbal Barca, quien ya estaba de camino hacia Italia para reforzar a su hermano Aníbal. La batalla tiene lugar en las proximidades de Baécula (Bailén). Publio Cornelio Escipión consigue dominar la situación e imponerse al enemigo. Cuando Asdrúbal se percata de que no tiene ninguna probabilidad de éxito, interrumpe la lucha para evitar pérdidas mayores y prosigue su marcha hacia el norte con el resto de sus tropas, ya que Aníbal cuenta firmemente con el concurso de su ejército. Se consuela confiando en que las unidades que permanecen en el valle del Guadalquivir basten para tener en jaque al ejército de Escipión, quien, después de deambular por el sur peninsular, se retira a invernar junto con sus legiones a Tarragona.

Después de la batalla de Baécula, Asdrúbal reestructura su ejército y acelera la marcha. Atraviesa los Alpes y colma con ello una epopeya militar por lo menos tan meritoria como la que su hermano Aníbal realizó algunos años antes. En la primavera del año 207 a.C. se acerca a Italia.

La perspectiva de que los hermanos Barca logren reunificar sus respectivos ejércitos en el centro de Italia aterra a la opinión pública de Roma. Es comprensible que los romanos se apresuren a hacer todo lo posible para evitar tal amenaza. Ante la inminente invasión de Italia por Asdrúbal, son elegidos para el año 207 a.C. dos cónsules de notables calidades militares: Cayo Claudio Nerón y Marco Livio Salinátor. La mayoría de los jefes de ejército con probada experiencia castrense habían muerto en el combate (Lucio Emilio Paulo, Tiberio Sempronio Graco, Marco Claudio Marcelo), y de la vieja guardia sólo queda el ya anciano Quinto Fabio Máximo. El más capacitado de todos, Publio Cornelio Escipión, imprescindible en Hispania, no estaba disponible para operar en Italia contra Asdrúbal.

Mediante un esfuerzo descomunal, se logran movilizar nuevamente todas las reservas disponibles. Los romanos consiguen equipar unas 20 legiones que, aunque no todas reúnan la experiencia y combatividad necesarias, sí forman una imponente barrera que resulte inexpugnable al ejército púnico.

Después de traspasar los Alpes, Asdrúbal cruza el valle del Po, pone sitio a Placencia, aunque pronto desiste en su empeño, al no poder tomarla al asalto, y se dirige luego a Ariminum (Rímini). Durante la marcha, Asdrúbal consigue reclutar tropas celtas y ligures. Su ejército reúne algo más de 30.000 soldados. El problema del alto mando cartaginés es coordinar las operaciones de los dos ejércitos púnicos en suelo itálico y posibilitar su encuentro en el terreno más apropiado. Pero, merced al tupido sistema de prevención que los romanos han establecido en Italia, la proyectada reunificación de ambos ejércitos púnicos encuentra grandes dificultades. Llegará a fracasar rotundamente, ya que los mensajeros que Asdrúbal envía a su hermano son siempre interceptados por los romanos.

Aníbal emprende la marcha del sur al centro de Italia y traslada su ejército a Apulia, con la esperanza de recibir allí noticias de su hermano. Mientras tanto, Asdrúbal se dirige hacia el sur atravesando la cordillera apenina. Llega a la orilla del río Metauro. Marco Livio Salinátor controla todos sus movimientos.

El otro cónsul, Cayo Claudio Nerón, que observa de cerca las actividades de Aníbal desde su puesto de guardia en los alrededores de Canusium, concibe el siguiente plan: con objeto de despistar a Aníbal, finge emprender una expedición militar en tierras lucanas. Pero, en realidad, se dirige a marchas forzadas y con tropas previamente seleccionadas hacia el norte, donde al cabo de una semana se unirá a las tropas de Marco Livio Salinátor en Sena Gallica (Senigallia). La treta de Cayo Claudio Nerón produce los efectos deseados. Aníbal no sospecha nada. Las columnas romanas reagrupadas cerca del Metauro logran sorprender al ejército de Asdrúbal. Sus tropas, que estaban operando en un terreno extremamente desfavorable, no pueden mantener sus líneas ante el asalto de las legiones. La batalla del Metauro, librada en junio del año 207 a.C., finaliza con la completa aniquilación del ejército cartaginés. Entre los muertos se encuentra también Asdrúbal, quien al ver la batalla perdida se precipita con las armas en la mano contra un destacamento romano y cae luchando. Asistimos aquí, diez años después de haber empezado la guerra, a la primera gran victoria romana obtenida en el campo de batalla sobre un ejército cartaginés en tierras itálicas.

Cayo Claudio Nerón se encamina inmediatamente hacia Apulia para volver a estrechar la vigilancia sobre Aníbal. Arroja la cabeza de Asdrúbal al campamento cartaginés, gesto que aparte de una extrema rudeza transmite un claro mensaje: en este momento, Aníbal, confrontado brutalmente con la muerte de su hermano, se da cuenta de la imposibilidad de vencer a Roma.

El curso de las operaciones bélicas en Italia no es sólo desfavorable a las armas púnicas. También en Hispania está a punto de producirse un giro decisivo. Al conocerse el descalabro sufrido por Asdrúbal Barca frente a las tropas de Publio Cornelio Escipión en Baécula, las unidades cartaginesas que estaban bajo las órdenes de Asdrúbal, hijo de Giscón, no osan trasladarse a la cuenca minera del Guadalquivir para intentar desalojar a los romanos que estaban afianzando su presencia en la región. A partir de ese momento será sólo la zona situada entre Cádiz y Huelva la que permanece bajo el control de Cartago.

Una vez más, volverá a ser Publio Cornelio Escipión el que tome sin vacilar la iniciativa de la guerra, que a partir de ahora no va a abandonar jamás. Escipión aumenta los efectivos de su ejército y reclama el apoyo de aquellos pueblos hispanos descontentos con Cartago, que deciden asociarse a Roma. La noticia de la derrota de Asdrúbal a orillas del Metauro (207 a.C.) obliga a los cartagineses a detener la marcha de Escipión para evitar la pérdida de sus últimas posesiones hispanas. La batalla decisiva para la suerte del dominio bárquida tiene lugar en Ilipa, lugar situado cerca de Alcalá del Río, al norte de Sevilla (206 a.C.). Mediante una combinación de elementos tácticos (maniobras envolventes, mayor flexibilidad del ejército romano dividido en manípulos, etcétera), gracias también a un mejor entrenamiento de sus tropas, Publio Cornelio Escipión se asegura la victoria. Cerca del lugar donde tuvo lugar la batalla decisiva, Escipión funda una ciudad llamada Itálica (Santiponce) con la intención de asentar allí a los veteranos de su ejército que querían permanecer en Hispania. Será la primera de las muchas ciudades romanas que en el futuro proliferarán por todo el territorio peninsular.

Una vez dispersado el ejército púnico, quedaban todavía algunos núcleos de resistencia cartaginesa, pero era de prever que no resistiesen mucho tiempo el empuje de las armas romanas. Por su situación geográfica, Cádiz se convierte en el último baluarte hispano de Cartago. Allí acuden los restos del ejército púnico al mando de Magón Barca. En estos días de tensión y agobio para la población gaditana, vemos cómo el príncipe númida Masinisa, hasta ahora aliado de Cartago, estrecha por primera vez lazos de amistad con el nuevo hombre fuerte del momento: Publio Cornelio Escipión.

Magón, que aún no ha abandonado la idea de ir a auxiliar a su hermano Aníbal, saquea las riquezas públicas y privadas de la ciudad sin detenerse ante el tesoro del templo de Melqart, cometiendo con ello un sacrilegio. Intenta cambiar la suerte de la guerra en Hispania reconquistando Cartagena, pero la columna a su mando fracasa en este empeño. Al regresar a Cádiz, sus habitantes, enojados por los expolios sufridos, le cierran las puertas vetándole el acceso a la ciudad. Los gaditanos esperan que Magón se aleje de sus murallas para poder distanciarse definitivamente de Cartago. Este agitado episodio, que cierra el telón del dominio bárquida en Hispania, viene a desarrollarse en el mismo lugar donde éste había sido levantado por primera vez al atracar la flota de Amílcar en el año 237 a.C. en el puerto de Cádiz. Allí desembarcó junto a Aníbal también Magón, quien huye ahora rumbo a Italia para prestar un último y desesperado servicio a la empresa de su hermano. Al igual que anteriormente hicieran múltiples ciudades hispanas, también Cádiz, emblemático bastión de la presencia púnica en Hispania, se asocia a Roma. A partir de ese momento, Cádiz se integrará plenamente en el sistema político-económico del mundo romano. Con el tiempo llegará a acumular una notable prosperidad, como testimonian las siguientes notas, datables del siglo I a.C. y procedentes de Estrabón (III 5, 3): «Los gaditanos son los que navegan más o en mayores navíos, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico, y puesto que no habitan una isla grande, ni dominan extensas tierras en la parte opuesta de la tierra firme, ni poseen otras islas, la mayoría de sus habitantes viven al lado del mar, siendo pocos los que residen en Roma. No obstante, exceptuando Roma, podía pasar por la ciudad más poblada del orbe, pues he oído decir que en un censo hecho en nuestro tiempo fueron contados hasta 500 caballeros, gaditanos, cifra que no iguala ninguna ciudad de Italia, excepto Pavía».

En el transcurso de los años 206-205 a.C., cuando el resto del derrotado ejército cartaginés se ve obligado a abandonar la Península Ibérica, la época gloriosa de la expansión cartaginesa, íntimamente ligada al resurgir de la familia bárquida, ha llegado a su fin. Especialmente al percatarse del desglose de su última plataforma ultramarina, los cartagineses son conscientes de la dramática disminución de su territorio, mientras que el ámbito de dominio romano logra ampliar considerablemente su campo de acción. En lo referente al futuro de la Hispania, asistimos al inicio de la dominación romana, que se prolongará durante siglos y que tanto influirá en los destinos de este país.

¿Cómo reaccionaron los pueblos hispanos implicados más o menos forzosamente en el antagonismo romano-cartaginés? La actitud de los ilergetes es paradigmática en este contexto.

En pleno apogeo de la expansión púnica, Aníbal concertó una alianza con sus reyes, Indíbil y Mandonio, quienes le cedieron tropas. Al desencadenarse la guerra en Hispania, observamos cómo los ilergetes abandonan la causa de Cartago y se asocian a Roma. El motivo de la defección fue, sin duda, el deseo de preservar su independencia, amenazada por los imperiosos requerimientos de los cartagineses. Al igual que otras comunidades ibéricas -lo mismo le sucederá por ejemplo a Edecón, rey de los edetanos (Polibio X 34)-, Indíbil y Mandonio se encuentran en medio de una guerra ajena, entre la espada y la pared. Al recrudecer Asdrúbal Barca las exigencias y pedir, entre otras cosas, rehenes, los ilergetes no ven otra salida a esta sensible pérdida de autonomía que procurarse nuevos aliados. Su acercamiento a Roma se debe a la insoportable presión de Cartago. Mientras los romanos precisan de la colaboración de los ilergetes, los tratan con gran deferencia. Poco tiempo después, al afianzarse la posición de Roma en Hispania, las exigencias de los nuevos aliados son tan abrumadoras o más que las de los cartagineses, lo que llevará a Indíbil y a Mandonio a rebelarse contra la férrea tutela romana. Este afán de autonomía de los pueblos hispanos será la causa principal de la tensión que a partir de ahora dominará una buena parte de las relaciones hispano-romanas. A Indíbil y Mandonio les sucederán Viriato, Numancia, los astures y los cántabros. Casi dos siglos tendrá que esperar Roma para conseguir dominar, ya en época del emperador Augusto, el último conato de independencia de los pueblos hispanos.

Los romanos vencen a los cartagineses y los expulsan de Hispania; sin embargo, conservan un amplio legado púnico que podemos percibir si contemplamos la futura actividad económica del país. Al influjo cartaginés se debe con toda seguridad la introducción de métodos helenísticos de producción en las minas hispanas (Diodoro V 35-38; Estrabón III 2, 8-9). Por carecer de experiencia en esta clase de menesteres, los romanos seguirán explotando el subsuelo peninsular copiando los sistemas púnicos. Como ya hicieran en Sicilia, donde adoptaron el mecanismo tributario que los cartagineses habían implantado en la isla, también en Hispania los romanos se aprovecharán de las técnicas púnicas en lo referente a la agricultura intensiva y a la captura y comercialización del pescado.

Retomemos ahora el hilo de los acontecimientos de Italia. Para atenuar las consecuencias de la derrota de Asdrúbal en el Metauro, Aníbal se retira a Brutio, pues para mantener un frente en Apulia habría precisado la cooperación de su hermano. En el transcurso del año 206 a.C. no tiene lugar en Italia ninguna acción militar importante. Después de la pérdida de su principal base logística hispana, Aníbal se ve sumido en una enervada inactividad.

Sin embargo, tan pronto regresa Publio Cornelio Escipión a Italia, vuelve a reavivarse la guerra. En reconocimiento de su brillante actuación en Hispania, Escipión es nombrado, junto con Marco Licinio Craso, cónsul para el año 205 a.C. La principal cuestión que se planteaba a los dirigentes romanos era cómo enfocar el futuro de la guerra. Para resolverla, se perfilan dos posturas antagónicas: intentar expulsar primero a Aníbal de Italia o dejarlo allí estrechamente vigilado y trasladar la guerra al norte de África, esperando que Aníbal se dirigiese entonces a Cartago. El tema se discute acaloradamente en el senado, donde no se llega a un acuerdo. El grupo de Quinto Fabio Máximo alienta la primera posibilidad, mientras que los seguidores de Publio Cornelio Escipión se inclinan por atacar directamente a Cartago.

Desde Sicilia, territorio que le ha sido asignado como punto de concentración y de escala, Escipión prepara el desembarco de las tropas romanas en el norte de África. Hasta entonces, a ningún general romano se le habían otorgado unas competencias tan amplias: se le induce a actuar -lo que en este caso concreto significa abrir la guerra en el norte de África- según su propio criterio y responsabilidad, siempre y cuando las medidas adoptadas estén en concordancia con los intereses del estado. La misión que el senado encomienda a Publio Cornelio Escipión es, dada su ambigüedad e imprecisión, una invitación a acogerla como una especie de carta blanca para finalizar la guerra contra Cartago.

La situación del ejército púnico es dramática. Después de las victorias obtenidas en Locris, los romanos le van cortando el terreno en el sur de Italia. Aníbal reconoce que permanecer más tiempo allí carece de sentido. En el templo de Juno Lacinia, cerca de Crotona, hace erigir una inscripción bilingüe (en púnico y en griego) en la que se registran solemnemente todas sus hazañas realizadas hasta el presente (Polibio III 33, 56). Esta única fuente documental directa que poseemos sobre la composición del ejército púnico tiene un interés histórico singular, ya que nos permite deducir el potencial militar que Aníbal poseía desde el inicio de la guerra, el cual nunca parece haber sobrepasado la cifra de 50.000 hombres armados. En este punto resulta muy instructivo establecer comparaciones entre los dispositivos bélicos de ambos bandos. Según la documentación que nos suministra la formula togatorum (registro de todos los ciudadanos romanos) del año 225 a.C., el ejército romano contaba con un potencial de reclutamiento de casi 700.000 hombres, incluidos los aliados. En el sector marítimo también existía un notable desnivel a favor de Roma. Frente a las aproximadamente 100 embarcaciones de guerra púnicas disponibles en Hispania y Cartago, en el año 218 a.C., se contabilizan más del doble de embarcaciones romanas.

Es precisamente al constatar el infinitamente menor potencial castrense púnico, respecto al de su enemigo, cuando más resalta la calidad de su máximo dirigente. Sus extraordinarias facultades militares, así como su excepcional carisma, quedan ampliamente demostradas a través de la obediencia que su heterogéneo ejército le profesa hasta el final de la guerra. Si consideramos además las increíbles penalidades que sus soldados aguantan durante más de una década, peleando siempre lejos de sus lugares de origen, los méritos de Aníbal son aún mayores. A pesar de que la guerra en Italia no podía ganarse y la retirada de las tropas hacia el norte de África era un hecho inevitable, no se produce ningún motín. Aníbal conserva siempre el control sobre sus tropas.

En el año 205 a.C. se concluye un tratado de paz entre Roma y Filipo V de Macedonia, lo cual permite a los romanos concentrar todos sus esfuerzos en preparar el golpe decisivo contra Cartago.

Como suele suceder en casos análogos, antes de tomar decisiones de gran transcendencia, como era la de destacar un ejército en el continente africano, la tradición romana exigía un rígido cumplimiento de un sinfín de preceptos religiosos que debían garantizar la victoria. Por aquel entonces, los libros sibilinos proclamaba que el enemigo que se encontraba en Italia sólo podría ser expulsado del país, y ulteriormente vencido, si se introducía en Roma el culto de la Gran Madre (Mater Magna) de Pesinunte, famoso santuario ubicado en Galatia, en el centro del Asia Menor. Para la acogida de la diosa en Roma la ciudadanía designa al «mejor ciudadano» (optimus vir). La elección recae en Publio Cornelio Escipión Násica, hijo del ex cónsul Gneo Cornelio Escipión, fallecido en Hispania (211 a.C.), y primo carnal del cónsul en funciones Publio Cornelio Escipión, quien se halla en plenos preparativos para invadir el norte de África. Observamos aquí una interesante toma de postura contra la propaganda bárquida, la cual había activado la devoción a Melqart/Hércules como deidad garantizadora del éxito de sus armas. Los Escipiones la contrarrestan mediante la escenificación de un no menos sugestivo culto a la victoria.

A pesar de todas las adversidades sufridas últimamente, Aníbal continúa siendo irreductible, haciendo la guerra sin desperdiciar ninguna ocasión de frustrar el ataque romano a Cartago. No desiste de protagonizar acciones bélicas en Italia para entorpecer el inminente desembarco de Escipión en las costas del norte de África. El ejército de Aníbal, mermado adicionalmente a consecuencia de una peste, dispone por esas fechas de efectivos inferiores a los de los romanos, por lo que queda condenado a la inactividad. La situación empeora aún más al quedar colapsado un intento de ayuda proveniente de Cartago. Más de 100 embarcaciones provistas de dinero, avituallamiento y refuerzos sucumben a las inclemencias de un temporal. Los restos de la flota consiguen llegar a Cerdeña, pero allí serán confiscadas por las autoridades romanas. Ninguna de estas naves llegará a alcanzar a Aníbal.

Su última esperanza de resistir en Italia la constituye su hermano Magón, el cual, después de no haber podido impedir que Cádiz abandonara la causa de Cartago, navega hacia las Baleares, donde consigue, gracias al apoyo de los cartagineses afincados allí y a sus propios esfuerzos, reclutar un nuevo ejército. Todavía la ciudad de Mahón, en Menorca, lleva su nombre en recuerdo de su estancia en la zona. Magón desembarca con 30 naves en las costas de Liguria, conquista Génova y se desplaza a la Galia cisalpina. Después de permanecer casi dos años en el norte de Italia alistando nuevos mercenarios en su camino hacia el sur, es cercado y atacado por dos ejércitos romanos en las inmediaciones de Milán. No tarda en producirse su definitiva derrota. Con ella se frustra la última esperanza de Aníbal de poder seguir hostigando a los romanos en Italia y evitar el inminente ataque a Cartago.

Recogiendo una especie de instantánea de la situación, Polibio glorifica al invicto Aníbal, que, aunque se vea momentáneamente abatido por los múltiples golpes del aparato militar romano, aún no se da por vencido: «quién puede resistirse a admirar la valentía, la capacidad táctica y la genialidad de este jefe de ejército […] si cuando uno observa toda la dimensión de su campaña militar, de una guerra, que Aníbal lleva contra los romanos durante dieciséis años ininterrumpidamente […] sin que ningún motín se formara en su contra, a pesar de que las tropas bajo su mando no provenían de su propio pueblo, sino que estaban formadas por las más diferentes etnias: libios, íberos, ligures, celtas, fenicios, itálicos, griegos, los cuales no estaban unidos ni por una ley, ni por una tradición, ni una lengua común, ni por nada» (Polibio XI 19).