8

Así pues, Polly se acomodó en la casa de su tía, en Silkin. Siempre había sido más la casa de lady Patricia que la de Boy, pues fue ella quien vivió allí en todo momento, mientras Boy iba y venía y visitaba Hampton y Londres, cuando no hacía un viaje de vez en cuando al continente. La casa estaba decorada con una falta de gusto muy femenina, es decir, sin el menor gusto, sin comodidad tampoco. Era un poco más acogedora que la casa de Norma, pero no mucho. Además, era un edificio antiguo, no viejo al estilo de los de Banbury Road, y se hallaba de veras en el campo, no en un barrio de Oxford. Contenía uno o dos muebles de verdadero valor; donde Norma habría puesto unas cretonas, los Dougdale tenían las labores de punto de Boy. Sin embargo, eran muchas las similitudes, sobre todo arriba, donde los suelos eran de linóleo y todos los cuartos de baño, a pesar de que los Dougdale no habían tenido hijos, eran a la vez un cuarto infantil que olía intensamente a un jabón no del todo agradable.

Polly no quiso transformar nada. Se instaló como si tal cosa en la cama de lady Patricia, en el dormitorio de lady Patricia, cuyas ventanas daban a la tumba de lady Patricia. «Amada esposa de Harvey Dougdale —decía la inscripción de la lápida, erigida pocas semanas después de que el pobre Harvey Dougdale tuviera una nueva, flamante y amada esposa—. No envejecerá como hemos de envejecer quienes aún quedamos.»

Creo que a Polly nunca le importaron ni mucho ni poco las casas, conjunto de edificios que, para ella, constaba de Hampton por un lado y, por otro, de todas las demás. Al margen de lo que a Polly le importara en la vida, y ése era un misterio que el tiempo aún tendría que desvelar, no era su hogar, ni mucho menos. De ninguna manera era eso que los franceses llaman una femme d'intérieur, y todas sus disposiciones domésticas eran tan casuales que se hallaban a un paso del caos. Tampoco, por desgracia, lo era Boy. En cuanto a él, una desilusión total se había apoderado de su ánimo. Y ella se comportaba con él exactamente con aquella misma frialdad, con la misma brusquedad que antiguamente caracterizara su actitud hacia su madre, siendo la única diferencia patente que así como lady Montdore siempre le inspiró un poco de miedo, era Boy, en este caso, quien estaba algo acoquinado ante ella.

Boy estaba muy ocupado con su nuevo libro. Iba a titularse Tres duques, y los caballeros cuyos retratos trazaba eran considerados por Boy perfectos ejemplos de la aristocracia decimonónica en sus respectivos países. Los duques en cuestión eran Paddington, Souppes y Monte Pincio, los tres maestros, al parecer, en las artes de la anécdota, el adulterio y la buena mesa, miembros del Jockey Club, jugadores y cazadores de renombre. Tenía una fotografía que utilizaría en el frontispicio de su libro, en la que aparecían los tres juntos, tomada en una cacería que se celebró en Landçut: los tres aparecían ante media hectárea de terreno repleta de animales muertos, cada uno con su panza prominente, sus barbas, su sombrerito de cazador de ciervos, sus polainas blancas. Parecían nada menos que tres reyes Eduardo puestos en fila. Polly me contó que había terminado el apartado de Pincio mientras se hallaban en Sicilia, pues el titular del ducado había puesto a su disposición todos los documentos necesarios. Ahora estaba trabajando en Paddington con la ayuda del bibliotecario del duque, así que iba en automóvil a Paddington Park todos los días, siempre con el cuaderno en la mano. La idea consistía en que, cuando terminase, viajaría a Francia para indagar sobre la figura de Souppes. Nadie había puesto la menor objeción a que Boy escribiera acerca de sus antepasados: siempre les dotaba de un encanto adicional, les atribuía de manera verosímil vicios deliciosos, al lado de todo lo cual su firma era una garantía, un sello de un linaje de alcurnia, pues nunca se habría ocupado de nadie cuya familia no se remontase a los tiempos anteriores a la Conquista, en el caso de Inglaterra, o bien, tratándose de extranjeros, cuyo árbol genealógico no comprendiera al menos un emperador de Bizancio, un papa o un Borbón anterior a Luis XV.

* * *

Llegó el día del baile en Montdore House y pasó como si tal cosa sin que hubiera señal de que Polly hubiese dado a luz. Tía Sadie acostumbraba de siempre a decir que todas las mujeres inconscientemente hacen trampas acerca de la fecha prevista para dar a luz, con el objeto de que el tiempo de espera parezca acortarse, aunque de proceder así las últimas semanas se les hacen interminables. Polly dependía mucho de mi compañía y enviaba su automóvil la mayoría de los días para que fuese a pasar una o dos horas con ella en Silkin. El clima por fin volvió a ser un lujo y pudimos dar cortos paseos e incluso sentarnos en un rincón abrigado del jardín, envueltas en sendas mantas.

—¿No te encanta —dijo Polly— cuando el tiempo de pronto se pone así después del invierno, cuando las cabras y las gallinas parecen felices de estar vivas?

No me pareció que le interesara gran cosa la idea de tener un hijo, aunque una vez me dijo: «¿No tiene gracia poner el polvo de talco y todas las cosas del bebé y estar pendiente de alguien que ni siquiera existe?».

—Ah, eso es algo que siempre pienso yo también —dije—. Y en el preciso instante en que llega, se convierte en parte tan esencial de tu vida que ni siquiera aciertas a imaginar cómo fue todo antes de que llegara el bebé.

—Supongo. Ojalá se diera prisa. En fin, ¿qué hay del baile? ¿Has sabido algo? Yo sigo pensando que tendrías que haber ido, Fanny.

—No me habría sido posible. El rector de Wadham y Norma sí que fueron. No, juntos no, claro está. Pero son los únicos asistentes a los que he visto por el momento. Parece que fue de un esplendor increíble, Cedric se cambió cinco veces de atuendo. Comenzó con unas medias hechas de pétalos de rosa y una peluca rosada, y terminó como Doris Keane en Romance, con una peluca negra. Llevaba diamantes de verdad en la máscara. Tu madre se vistió de joven veneciana, para mostrar las piernas que tiene ahora, y ambos se subieron a una góndola para hacer extraordinarios obsequios a todo el mundo, a Norma le tocó una cajita para el rapé hecha de plata. Y se prolongó hasta las siete de la mañana. Qué pena, qué mal describe todo el mundo un baile al que ha asistido.

—No te apures, ya saldrá en el Tatler.

—Sí, dicen que estallaron los flashes durante toda la noche. Cedric se habrá asegurado de tener fotografías que mostrarnos.

Llegó entonces Boy.

—Bueno, Fanny, ¿y qué has oído del baile?

—Oh, acabamos de hablar del baile —dijo Polly—. No vamos a empezar otra vez. ¿Qué hay de tu trabajo?

—Podría traérmelo aquí si te apetece.

—¿Sabes? No creo que tus labores de punto sean trabajo de verdad.

Boy adoptó un gesto de dolor y se fue como había venido.

—Polly, eres espantosa.

—Sí, pero lo hago por su propio bien. Está convencido, o eso dice, de que no se puede concentrar hasta después de que nazca el bebé y por eso anda vagando a todas horas, poniendo a todo el mundo de los nervios, cuando tendría que estar trabajando a fondo en Paddington. Tiene que darse prisa, ¿sabes?, si quiere que el libro esté publicado en Navidad. ¿Tú nunca has conocido a Geoffrey Paddington, Fanny?

—Pues sí —dije—, porque tío Matthew una vez lo trajo a un festejo en Alconleigh. Un vejestorio.

—Ni muchísimo menos —dijo Polly—. Es sencillamente celestial. No te puedes hacer ni idea de lo agradable de trato que es. Vino a ver a Boy por lo del libro y ahora viene bastante a menudo, a charlar un rato. Es terriblemente amable de su parte, ¿no te parece? A quien más detesta es a mi madre, de modo que no lo conocí hasta que me casé. Recuerdo que ella siempre trataba de hacerle venir a Hampton en alguna ocasión señalada, pero él siempre se negó a aceptar sus invitaciones. A lo mejor te lo encuentras algún día en que vengas. Me encantaría que lo conocieras.

Efectivamente, lo encontré después en varias ocasiones; a mi llegada, veía su destartalado Morris Cowley aparcado a la entrada de Silkin. Era un hombre empobrecido, ya que su antepasado, el gran duque, dejó gloria en abundancia, pero escasa liquidez, y su padre, el viejo caballero de las polainas, despilfarró casi todo el remanente en La Païva y en damas de la misma ralea. Me pareció desde luego agradable, aunque muy apagado. Y me di perfecta cuenta de que estaba enamorándose de Polly.

—¿No te parece que es la simpatía en persona? —dijo Polly—. Y qué amable de su parte venir a verme estando como estoy.

—Tu cara está igual que siempre —dije.

—La verdad es que anhelo que me vea como soy de verdad, si es que alguna vez vuelvo a estar como era. Empiezo a desesperar de que este bebé nazca algún día.

Sin embargo, como es natural, nació. Y nació esa misma noche. Según las Radlett, lanzó una mirada a su padre, y enseguida se murió.

Polly estuvo bastante enferma. La hermana que la atendió no permitió que nadie la visitara hasta pasados diez días del parto. En cuanto hubo permiso, fui a verla. Vi a Boy un instante en el vestíbulo. Me pareció más lúgubre que de costumbre. Pobre Boy, me dije, quedarse con una esposa que claramente no le tiene aprecio y sin un bebé siquiera que le compense por tantos sinsabores.

Polly estaba envuelta en una nube de flores. La hermana se hacía notar todo lo posible. Para completar el cuadro, tendría que haber encontrado a un monstruo de cara amoratada, llorando a pleno pulmón, en el moisés que estaba allí cerca. Acusé en verdad su ausencia como si fuera la de una persona que conociera de toda la vida.

—Ay, pobre... —empecé a decir, pero Polly había heredado prácticamente en su totalidad el talento de su madre para excluir de la realidad todo lo que fuera desagradable; por eso, de inmediato comprendí que cualquier muestra de simpatía habría estado fuera de lugar y le habría molestado, de modo que, al estilo de las Radlett, exclamé al ver dos camelias en flor, en sendos tiestos, a uno y otro lado de la cama.

—Las ha enviado Geoffrey Paddington —dijo—. Reconoce que es un amorcito, Fanny. La hermana ayudó a la hermana de Geoffrey cuando dio a luz a sus hijos.

¿Y a quién no había ayudado la hermana? Seguramente, Boy y ella habrían sostenido conversaciones deliciosas, pensé, durante la primera noche que Polly pasó con fiebre. Seguramente los dos la velaron sentados en el vestidor. No dejó de entrar en el dormitorio durante todo el tiempo en que yo estuve, ya fuera para traer una bandeja, para llevarse una jarra vacía, para traer más flores, para cualquier cosa, con tal de interrumpir nuestra charla y soltar algún cotilleo. Había visto enseguida en qué estado me encontraba yo y también había comprendido que yo era un pez demasiado chico para sus redes, aunque era la afabilidad en persona y dijo que tenía la esperanza de que ahora acudiese yo a diario a hacerle compañía a lady Polly.

—¿Ve usted alguna vez a Jeremy Chaddesley Corbett en Oxford? —me preguntó—. Es uno de mis bebés preferidos.

Al cabo, entró con las manos vacías y bastante sonrojada, casi, como si tal cosa fuera posible en ella, alterada, y anunció que lady Montdore estaba en la planta baja. Me pareció que así como habría sido capaz de amortajarnos a cualquiera para introducirnos en el féretro sin perder la calma, la aparición de lady Montdore había afectado gravemente sus nervios de sólito tan templados. También Polly tuvo una repentina alteración.

—¡Ah! —dijo débilmente—. ¿Está el señor... quiero decir mi... o sea, está Boy ahí?

—Sí, ahora mismo se encuentra con ella. Me ha pedido que le pregunte si da permiso para verla. Si no lo desea, lady Polly, puedo decirle que hoy no le conviene recibir otra visita. Y la verdad es que no debería, es el primer día de su convalecencia.

—Me marcho —dije poniéndome en pie.

—No, no, no, Fanny, de ninguna manera, querida. No estoy segura de que quiera verla, pero de ninguna manera querría quedarme con ella a solas. Siéntate, por favor te lo pido.

Se oían voces en el jardín.

—Acércate a la ventana —dijo Polly—. ¿Son ellos?

—Sí, y también está Cedric —le dije—. Los tres están paseando por el jardín.

—¡No es posible! ¡He de ver a Cedric! Hermana, tenga la amabilidad de bajar a decirles que suban de inmediato.

—No, lady Polly, ahora no. Y le ruego que no se excite. Tiene que evitar toda alteración. Queda absolutamente fuera de lugar que reciba usted hoy a un desconocido. El doctor Simpson dijo que solamente parientes cercanos y sólo de uno en uno. Supongo que a su madre debe usted recibirla al menos durante unos minutos, si así lo desea. Pero no vendrá nadie más. Y mucho menos un joven desconocido.

—Mejor será que reciba a mi madre —dijo Polly—. De lo contrario, esta ridícula disputa se eternizará. Además, la verdad es que me muero de ganas de verla, de saber qué aspecto tiene. Ay, de todos modos, lo que en realidad ansío es conocer a Cedric.

—Parece que tu madre está de talante muy amistoso —dije sin dejar de mirar por la ventana—. Se le ve reír y charlar por los codos. Viene muy elegante, con un traje azul marino y gorro de marinero. Boy se está portando de maravilla. Pensé que se quedaría patitieso al verla en carne y hueso, pero está fingiendo que no se ha dado cuenta de nada. Mira a Cedric sin quitarle ojo de encima. Y se ve que se llevan estupendamente.

Muy astuto por su parte, me dije para mis adentros: si era capaz de entenderse con Cedric, muy pronto volvería a gozar del favor de lady Montdore. Y quizá llegara entonces el momento de realizar una pequeña modificación en el testamento de lord Montdore.

—Qué ganas de ver el gorro de marinero. Bueno, acabemos. De acuerdo, hermana, dígale que suba. Espere. Déme antes un peine y un espejo, ¿quiere? Adelante, Fanny: sigue con la narración.

—Bueno, pues Cedric y Boy están charlando sin cesar. Me parece que Boy admira el traje de Cedric, una especie de tweed azul, algo crudo, muy bonito, ribeteado de escarlata. Lady Montdore es una constante sonrisa y no deja de mirar en derredor. Ya la conoces.

—La imagino perfectamente —dijo Polly a la vez que se peinaba.

No me hizo ninguna gracia decir que en ese preciso instante lady Montdore se había asomado por encima de la tapia del cementerio para mirar hacia la tumba de su cuñada. Boy y Cedric la habían dejado allí y se alejaban despacio hacia la verja de hierro forjado que daba paso al huerto, charlando, riendo y gesticulando sin cesar.

—Adelante —dijo Polly—, no te pares, Fanny.

—Ahora llega la hermana, se ha acercado a tu madre, que está resplandeciente. Las dos lo están, nunca he visto sonrisas semejantes. ¡Dios Santo, cómo lo está disfrutando la hermana! Ahora vienen hacia aquí. A tu madre se le ve muy feliz. Está radiante. Me voy a poner sentimental, se le nota a la legua que ha tenido que extrañarte mucho, en lo más profundo, durante todo este tiempo.

—Bah, tonterías —dijo Polly, aunque se le veía complacida.

—Querida, tengo la sensación de que es mejor dejaros a solas. Permíteme que escape por el dormitorio de Boy.

—Oh, no. Eso sí que no, de ninguna manera, Fanny. Si lo haces, Fanny, me enojaré mucho. Insisto tajantemente en que te quedes. No puedo verla a solas, tanto si está radiante como si no.

Tal vez se le había pasado por la cabeza, como de hecho se me ocurrió a mí en ese momento, que la radiante felicidad de lady Montdore podría disiparse por completo con sólo ver a Polly en el dormitorio de lady Patricia, que estaba hasta en los menores detalles igual que siempre, y en el mismo lecho en que lady Patricia había expirado, con lo cual su repugnancia ante lo que había hecho Polly quizá adquiriese una nueva realidad. Incluso a mí me pareció un tanto desagradable, al menos hasta que no me hice a la idea. Sin embargo, el exceso de sensibilidad nunca fue uno de los defectos de lady Montdore. Por otra parte, la gran llama de la felicidad que Cedric había prendido en su corazón había quemado del todo aquellas emociones que no tuvieran relación directa con él. Él era la única persona del mundo que ahora poseía, a ojos de ella, una sustancia cierta.

Así pues, su brillantez ni siquiera titiló un instante. Irradiaba buen humor en el momento en que besó primero a Polly y después a mí. Miró en derredor.

—Veo que has cambiado de sitio la cómoda —comentó—. Está mucho mejor así, hay más luz. Unas flores adorables, querida, estas camelias. ¿Me regalas una para prendérsela a Cedric en el ojal? Ah, regalo de Paddington, ¿verdad que sí? Pobre Geoffrey, me temo que es un poco megalómano. No he ido a visitarlo desde que accedió al título. Su padre, claro está, era muy distinto, era un hombre encantador, un gran amigo nuestro. El rey Eduardo lo tenía también en gran estima y Loelia Paddington era sencillamente un amor. La gente se subía a la silla para verla pasar. En fin, así que murió el pequeñito. Supongo que es lo mejor. Hoy en día, los niños comportan unos gastos terribles.

La hermana, que entró en la habitación justo a tiempo de oír ese comentario, se llevó una mano al corazón y a punto estuvo de desmayarse. Iba a tener algo que contar encantada de la vida a sus próximas pacientes, pues jamás, en todos sus años de comadrona, había oído nada ni remotamente parecido en labios de una madre, menos aún diciéndoselo a su única hija. Polly, que miraba a su madre boquiabierta, procurando asimilar todos los detalles de su nueva apariencia, no se dejó conmover. Era demasiado característico del modo en que lady Montdore contemplaba la vida: a una persona que se había criado con ella no podía resultarle ni raro ni chocante. En cualquier caso, dudo mucho de que a ella le importara demasiado la pérdida del bebé. Se me antojaba como una vaca a la que le arrancan el ternero nada más nacer, sin ser consciente de la pérdida.

—Qué lástima que no pudieras acudir al baile, Fanny —siguió diciendo lady Montdore—. Tendrías que haber venido al menos media hora, aunque sólo fuera para echar un vistazo. Fue sencillamente bellísimo. Vinieron de París muchos amigos de Cedric, todos ellos con unos disfraces asombrosos y debo decir que, si bien nunca me han caído en gracia los franceses, todos muy corteses y muy cordiales, y disfrutaron de todo lo que habíamos hecho por ellos. Todos comentaron que nunca hubo una fiesta así, al menos desde los tiempos de Robert de Montesquiou, y la verdad es que me lo creo. Costó cuatro mil libras nada menos, el agua para las góndolas era prohibitiva, eso para empezar. Bueno, así se enteran esos extranjeros de que Inglaterra aún no está desahuciada, ni mucho menos. Fue una excelente propaganda. Me adorné con todos mis diamantes. A Cedric le he regalado una estrella giratoria, con un mecanismo de relojería, que lució en el hombro. Eficacísima, os lo aseguro. Disfrutamos una barbaridad cada instante. Ojalá leyerais las cartas que he recibido a propósito del festejo, son conmovedoras de verdad, la gente no ha disfrutado apenas de placeres durante el último año más o menos, por eso están todos tan agradecidos, naturalmente. La siguiente vez que venga a verte traeré fotografías. Así podrás hacerte una idea excelente de cómo fue todo.

—¿Qué vestido te pusiste, mamá?

—De Longhi —dijo lady Montdore en tono evasivo—. Veronica Chaddesley Corbett estuvo muy bien, disfrazada de prostituta, en aquellos tiempos las llamaban de otro modo, y también vino Davey, Fanny, ¿no te ha contado nada? Iba disfrazado de la Peste Negra. Todo el mundo hizo un gran esfuerzo por estar a la altura. Es una verdadera lástima, chicas, que no pudierais venir.

Se hizo un silencio. Miró en derredor.

—Pobre Patricia —dijo tras un suspiro—. Bueno, ya no importa, todo eso es agua pasada. Boy nos ha hablado de su libro, es una idea excelente, Tres duques. Y Cedric está muy interesado, porque el joven Souppes, el hijo del príncipe des Ressources, a quien frecuentábamos en Trouville, es amigo suyo. Chèvres-Fontaine, el palacete que Cedric alquilaba todos los veranos, es propiedad de su primo carnal. ¿No es una curiosa coincidencia? Por eso, Cedric podrá contarle a Boy muchísimas cosas de las que nunca ha tenido ni noticia, y los dos han pensado en viajar más adelante a París, juntos, a hacer más indagaciones. De hecho, es posible que vayamos todos. ¿No os parece que será divertido?

—Yo no —dijo Polly—. Yo no pienso pisar el extranjero nunca más.

En ese instante, Boy entró en el dormitorio y yo discretamente me marché, a pesar de la mirada enfurecida que me llegó desde la cama de la convaleciente. Fui al jardín a encontrarme con Cedric. Estaba sentado en el murete del cementerio, el pálido brillo del sol sobre sus cabellos dorados, que me parecieron cuidadosamente rizados, sin duda a resultas del baile. Le vi arrancar con intensa concentración, uno por uno, los pétalos de una margarita.

—Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere, no me interrumpas, ángel mío. Me quiere, no me quiere, ¡ay, ay, ay!, ¡cielo santo! ¡Él me quiere! Ahora bien puedo decirte, queridísima, que acaba de comenzar la segunda etapa más importante de mi vida.

Un siniestro rayo de luz cayó de repente sobre el futuro.

—¡Oh, Cedric! —dije—. ¡Te pido por favor que tengas mucho cuidado!

* * *

No tendría por qué haber sentido la menor alarma, desde luego. Cedric se las ingenió para maniobrar a las mil maravillas. Tan pronto se hubo recuperado Polly por completo, esto es, en cuanto recobró la salud y la belleza, introdujo a lady Montdore y a Boy en el gran Daimler y se los llevó a Francia. Así quedó el campo despejado para un Morris Cowley que, con absoluta puntualidad, se veía aparcado a la entrada de Silkin todos los días. Antes de que pasara mucho tiempo, Polly ocupó su sitio en el automóvil que la trasladó a Paddington Park, donde se quedó a vivir.

El Daimler regresó entonces a Hampton.

—Y aquí estamos, querida, haciendo exactamente lo que nos viene en gana, que es por cierto el gran objetivo que Uno tenía en esta vida.

—Lo sé —dije—, y a los Boreley les parece sencillamente terrible.

Fin