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Me casé al inicio de las vacaciones de Navidad y, cuando Alfred y yo volvimos de nuestra luna de miel, nos alojamos una temporada en Alconleigh pues nuestra casita de Oxford estaba pendiente de pequeñas remodelaciones. Fue un arreglo tan evidente como oportuno, ya que Alfred podía ir a diario a trabajar a Oxford y yo estaba a mano para supervisar la decoración de la casa. No obstante, aunque Alconleigh había sido para mí como un segundo hogar desde niña, no sin ciertas aprensiones y recelos acepté el ofrecimiento de tía Sadie para instalarme allí con mi marido durante un tiempo prolongado nada más comenzar mi vida conyugal. Las fobias y las filias de mi tío Matthew tenían justa fama por su virulencia, por el predominio de las primeras sobre las segundas, por el hecho de que nunca hacía el más mínimo esfuerzo por ocultarlas del objeto que las suscitara. Y me di cuenta de que tenía ciertos prejuicios contra el pobre Alfred. Era moneda corriente en la familia que a mí me detestaba; era de sobra sabido que aborrecía a todo nuevo conocido, a los hombres que se hubieran casado con sus familiares, y que despreciaba a quienes no practicasen deportes de sangre. Me pareció que pocas esperanzas podía tener Alfred, sobre todo porque, para colmo de los colmos, «el petimetre lee libros».

Todo esto también podría haberse dicho de Davey cuando hizo su aparición y se prometió con tía Emily, pero desde el primer momento tío Matthew le había tomado un cariño irracional, pero no era de esperar que se repitiese ese milagro. Mis temores no llegaron a hacerse del todo realidad. Seguramente tía Sadie supo ver indicios de la gresca antes de que llegáramos. Entretanto, yo había hecho todo lo posible para preparar a Alfred. Le hice cortarse el pelo como un guardia real, le expliqué que si tenía que abrir un libro debía hacerlo solamente en la intimidad de su habitación y sobre todo le apremié para que fuese muy puntual a las horas de comer. Tío Matthew, le dije, tenía una especial predilección por vernos a todos en el comedor al menos con cinco minutos de antelación sobre la hora de la comida. «Vamos —decía—, vayamos a sentarnos a la mesa.» Y la familia tomaba asiento estrechando los platos calientes contra el pecho (tía Sadie lo hizo una vez, distraída, con un plato de sopa de alcachofas), con los ojos fijos en la puerta de la cocina.

Procuré explicárselo todo a Alfred, quien me escuchó con paciencia, pero no entendió nada. También procuré prepararlo para el tremendo impacto que le habrían de suponer los arranques de mal humor que tenía mi tío, de modo que el pobre hombre, sin ninguna necesidad, tuvo un acceso de pánico.

—Creo, de veras, que lo mejor será alojarnos en la posada del Mitre —decía una y otra vez.

—A lo mejor las cosas no se ponen tan mal —respondía yo no muy convencida.

Y al final no salió del todo mal. Lo cierto es que el clásico odio que sentía tío Matthew por mí, que tenía sus orígenes en la época en que yo era muy niña y que había proyectado una sombra de temor a lo largo de toda mi infancia, ya era más leyenda que realidad. Yo era ya un miembro tan habitual de su hogar y era él tan conservador, que ese odio, en común con el que antaño nutría hacia Josh, el mozo de cuadra, y a otras personas con las que tenía trato estrecho, no sólo había perdido su fuerza, sino que también, con el paso de los años, se había tornado cariño, si bien un sentimiento tan tibio como sería el normal afecto de un tío por su sobrina era, cómo no, ajeno a su experiencia. Sea como fuere, evidentemente no tenía el menor deseo de envenenar el comienzo de mi vida de casada e hizo esfuerzos conmovedores por no dar rienda suelta a toda la irritación que pudieran producirle las deficiencias de Alfred, su nada viril incompetencia con el automóvil, su tendencia a la impuntualidad, su fatal disposición a derramar la mermelada en el desayuno. El hecho de que Alfred se marchara a Oxford a las nueve en punto y de que regresara a la hora de la cena, sumado a que pasábamos de sábado a lunes en Kent, con tía Emily, hizo más llevadera nuestra estancia para el tío Matthew y, a la sazón, para el propio Alfred, quien no compartía ni mucho menos mi incuestionable adoración por todos los integrantes de la familia Radlett.

Los chicos Radlett habían vuelto a sus internados y mi prima Linda, la persona a la que yo más quería del mundo después de Alfred, vivía en Londres y estaba esperando un bebé, pero si bien Alconleigh nunca volvió a ser sin ella la casa de siempre, Jassy y Victoria aún estaban en la casa (ninguna de las chicas Radlett iba al colegio), de modo que en la casa resonaban las cantinelas de costumbre, los griteríos y los chillidos que le eran connaturales. Siempre se gastaba en Alconleigh alguna broma. En esa época eran algunos titulares del Daily Express, que las niñas entonaban como si fueran cánticos, repitiéndoselos durante todo el día.

Jassy: «Larga agonía de un hombre en el hueco de un ascensor».

Victoria: «Muere aplastado despacio debajo de un ascensor».

Tía Sadie se enojaba mucho con estas cosas, les decía que ya eran mayorcitas para ser tan despiadadas, que no tenían ninguna gracia, que era aburrido, de mal gusto, y que les prohibía terminantemente seguir cantando esas tonterías. Luego les dio por transmitirse una a otra el ritmo de las cantinelas, marcándolo con los dedos en las puertas, debajo de la mesa del comedor, chasqueando la lengua o guiñando los ojos, todo con ataques de risa traviesa, incontenible. Me di cuenta de que a Alfred le parecían dos tontuelas sin remedio y de que a duras penas contenía su indignación cuando descubrió que no estudiaban absolutamente nada.

—Menos mal que tenemos a tu tía Emily —dijo—. Yo no habría podido casarme con alguien tan analfabeto.

Así pues, también yo di gracias al Cielo, más que nunca, por mi querida tía Emily, aunque Jassy y Victoria me hacían reír tanto, y tanto las quería, que se me hacía imposible desear que fueran de otra manera. Nada más llegar a la casa me arrastraron al sitio en que se reunían en secreto, el cuarto de los Ísimos, para preguntarme por aquello.

—Dice Linda que no es tan la repanocha como se dice —dijo Jassy— y, si te paras a pensar en Tony, no es de extrañar.

—Pero Louisa dice que cuando te acostumbras es una maravilla maravillosísima —dijo Victoria— y, si te paras a pensar en John, es de extrañar.

—¿Qué les pasa a los pobres Tony y John?

—Que son viejos y aburridos. Oh, Fanny, vamos. Cuéntanos, anda.

Dije que estaba de acuerdo con Louisa, pero me negué a entrar en detalles.

—Es injusto, nadie nos dice nada. Sadie ni siquiera lo sabe, eso salta a la vista, y Louisa es una vieja mojigata. Por eso nos parecía que podíamos contar con Linda y contigo. En fin, muy bien: llegaremos a nuestro lecho matrimonial con absoluta ignorancia, como dos damas victorianas, y por la mañana nos quedaremos lisa y llanamente mudas y locas del espanto, y viviremos aún otros sesenta años en un sitio carísimo y sin encanto, y a lo mejor entonces te arrepientes por no haber sido más atenta con nosotras.

—Lastradas por el peso de las joyas y las telas de Valenciennes, que costarán miles y miles... —añadió Victoria—. El Listillo estuvo aquí la semana pasada y le contó a Sadie algunas historias muy picantes sobre esas cosas. Nosotras, claro está, no teníamos que habernos enterado de nada, pero ya te supondrás que pasó. Sadie no le hizo ni caso. Nosotras sí.

—Yo de vosotras pediría al Listillo esa información —dije—. Seguro que os la da.

—¿Dárnosla? Qué va. Nos la enseñaría. Así que no, muchas gracias.

Polly vino a verme. Estaba pálida y más delgada; tenía ojeras, parecía muy encerrada en sí misma, aunque tal vez todo fuera por el contraste con la exuberancia de las Radlett. Cuando estaba con Jassy y con Victoria parecía un cisne nadando en compañía de dos patitos graciosos. Les tenía mucho cariño a las dos. Por la razón que fuera, nunca se había llevado del todo bien con Linda, pero amaba a todos los demás de Alconleigh, en especial a tía Sadie, y se encontraba más a gusto cuando estaba con tío Matthew que con cualquier otra persona que yo conociera fuera del círculo familiar. Él, por su parte, la trataba con la misma deferencia que sentía por lord Montdore, la llamaba lady Polly, sonreía cada vez que posaba la mirada en su hermoso rostro.

—A ver, niñas —dijo tía Sadie—, dejad en paz a Fanny y a Polly, que querrán charlar un rato. No podéis estar a todas horas encima de ellas dos.

—Qué injusticia. Supongo que Fanny ahora sí se lo dirá a Polly. En fin, pues habrá que volver al diccionario de medicina y a la Biblia. Ojalá que estas cosas no resultasen tan sórdidas al verlas en letra impresa. Lo que necesitamos es una mujer casada y clara que nos lo explique, aunque, a este paso, ¿dónde la vamos a encontrar?

Polly y yo tuvimos sin embargo una charla más bien desganada. Le mostré las fotografías de Alfred y de mí en el sur de Francia, donde fuimos de viaje, para que él conociera a mi pobre madre, la Desbocada, que vivía allí con un marido nuevo y bastante antipático. Polly comentó que los Dougdale se marchaban a la semana entrante, pues a lady Patricia le afectaba terriblemente el frío del invierno. También me dijo que se había celebrado una inmensa fiesta de Navidad en Hampton y que Joyce Fleetwood había caído en desgracia con su madre por no pagar sus deudas en el bridge.

—Pues es un consuelo. Todavía tenemos a la gran duquesa, pobre vejestorio. Dios del Cielo, no sabes qué aburrida es. Aunque mi madre no parece creerlo así. Veronica Chaddesley Corbett las llama, a ella y a mamá, «la señora» y «la súper señora».

No pregunté a Polly si se llevaba algo mejor con su madre y Polly tampoco dijo nada al respecto, aunque me pareció, o eso pensé, muy desdichada. Al poco, dijo que tenía que marcharse.

—Ven a verme pronto. Y ven con Alfred.

Sin embargo, me daba verdadero miedo el impacto que pudiera tener lady Montdore sobre Alfred, más aún que el impacto de tío Matthew, y dije que él estaba demasiado ocupado, que iría yo a verla en algún momento.

—Tengo entendido que Sonia y ella vuelven a llevarse fatal —dijo tía Sadie cuando Polly ya se había marchado.

—Vieja arpía... —dijo tío Matthew—. Yo que Montdore la ahogaba.

—También podría cortarla en pedacitos con una tijera de uñas, como aquel duque francés del que te habló el otro día el Listillo Libidinoso, Sadie, cuando tú no le escuchabas y nosotras sí.

—Niñas, a mí no me llaméis Sadie. Y al señor Dougdale no le llaméis el Listillo Libidinoso.

—Vaya. Bueno. Siempre lo hacemos a tus espaldas, así que alguna vez se nos tenía que escapar.

Llegó Davey, vino a pasar una semana, poco más o menos, para someterse a tratamiento en el sanatorio de Radcliffe. Tía Emily tenía cada vez mayor apego a todos sus animales domésticos y rara vez se dejaba convencer de abandonarlos durante unos días, de lo cual en esta ocasión me alegré, porque los domingos que pasábamos en Kent eran realmente un refugio indispensable para Alfred y para mí.

—Me encontré con Polly a la entrada —dijo Davey—. Nos paramos a conversar un momento. Me ha parecido que está francamente mal.

—Tonterías —dijo tía Sadie, quien no creía que existiera más enfermedad que la apendicitis—. A Polly no le pasa nada. Lo único que necesita es un marido, y punto.

—Ah, qué opinión tan propia de una mujer —dijo Davey—. El sexo, mi querida Sadie, no es el remedio que todo lo cura, date cuenta. Ay, si lo fuera, otro gallo nos cantaría.

—No me he referido al sexo ni mucho menos —dijo mi tía, muy contrariada ante esta interpretación de sus palabras. Desde luego, estaba totalmente «en contra» del sexo, como decían las niñas; mejor dicho, era algo que nunca había entrado en sus cálculos—. Lo que he dicho, y lo que quiero decir, es que necesita un marido. Las chicas de su edad, cuando viven en casa, rara vez son felices. Y el caso de Polly es especialmente delicado, porque no tiene nada que hacer para entretenerse. No le gusta la caza, ni las fiestas, ni nada, al menos que yo sepa, y para colmo, no se lleva bien con su madre. Es cierto que Sonia le toma el pelo, la regaña y la quiere encarrilar de un modo equivocado. Es una persona que no tiene ningún tacto, pero en esto tiene toda la razón. Polly necesita una vida propia, con hijos, ocupaciones, cosas que le interesen. Necesita establecerse por su cuenta y para eso necesita un marido.

—O una dama de Llangollen —dijo Victoria.2

—Es hora de que te vayas a la cama, señorita. Las dos, id las dos a dormir.

—Yo no, todavía no es la hora.

—He dicho las dos, así que marchando.

Se fueron de la sala con toda la lentitud que les fue posible y subieron, marcando el ritmo de Larga agonía de un hombre en los tablones de la tarima del pasillo, a fin de que todos los que se hallaran en la casa lo oyeran con toda claridad.

—Esas niñas leen demasiado —dijo tía Sadie—, aunque no seré yo quien se lo impida. No puedo. Les gusta tanto la lectura que hasta leerían las etiquetas de los medicamentos antes que verse sin nada que leer.

—Ah, pues a mí me encanta leer las etiquetas de los medicamentos —dijo Davey—. Disfruto una barbaridad.