9

Como ya predijo su madre, llegó el verano y pasó sin que cambiasen en modo alguno las circunstancias de Polly. La temporada londinense se inauguró con un baile en Montdore House que costó dos mil libras, o eso dijo lady Montdore a todo el mundo, y que fue sin duda muy brillante. Polly lució un vestido de satén blanco con rosas rosas en el escote y una cinta rosa a la cintura (toques rosas, como dijo el Tatler), que le había elegido ex profeso en París la señora de Chaddesley Corbett y que le fue llevado por valija gracias a un diplomático sudamericano, amigo de lady Montdore, para no tener que pagar la aduana, procedimiento del que lord Montdore no llegó a saber nada, pues de seguro le habría espeluznado. Con el realce de este vestido y con un poco de maquillaje, la belleza de Polly para la ocasión dio muchísimo que hablar, sobre todo entre los pertenecientes a la generación anterior, todos los cuales dijeron casi al unísono que desde lady Helen Vincent, desde Lily Langtry, desde las hermanas Wyndham (según fueran los gustos), no se había visto en Londres una figura de tantísima perfección. En cambio, los jóvenes de su propia generación no mostraron tanto entusiasmo por ella. Ninguno dejó de reconocer su belleza, pero quien más, quien menos, casi todos dijeron que parecía apagada y que era demasiado grande de talla. Lo que realmente admiraron y desataron las lenguas fueron las pequeñas, delgaduchas copias de la señora de Chaddesley Corbett que tanto abundaron en aquella temporada. Los poco o nada amigos de lady Montdore comentaron que había dejado a Polly demasiado en segundo plano, aunque si bien es verdad que lady Montdore se cuidaba mucho de ocupar automáticamente el primer plano de cualquier imagen en la que ella misma figurase, se afanó en todo momento por colocar a Polly delante de ella, como si fuera un rehén, de modo que no cabe decir que fuera culpa suya que Polly procurara quedarse detrás.

Con ocasión de este baile, muchas de las figuras de la realeza que reposaban en el dormitorio de lady Montdore salieron de sus marcos de plata y recobraron vida, algo más polvorientas, tal vez con menos relumbrón, pobrecillas, al dejarse ver en todas sus dimensiones. El gran salón de recepciones de Montdore House, repartido en varias estancias, estaba repleto de figuras de esta especie, y los saludos y los reverenciales «señor», «señora», se oían por doquier. Las señoras eran realmente patéticas —casi cabría decir que daban pena de lo famélicas que estaban—, ancianas, con ropajes envejecidos, arrugados, penosos, y también abundaban los señores de barba incipiente, de pavoroso aspecto extranjero. Recuerdo en particular a uno de éstos porque alguien me dijo que estaba buscado por la policía francesa, aunque no lo quería nadie en ninguna otra parte, y menos aún, al parecer, en su tierra natal, donde su primo, el rey, a diario esperaba que le levantase la corona de las sienes una racha de viento del este. El príncipe en cuestión despedía un fuerte olor, nada agradable, a camelias, y tenía un fond de teint debido a una intensa exposición al sol.

—Si le invito es solamente por dar gusto a la querida y vieja princesa Irene —explicaba lady Montdore caso de que más de uno enarcase la ceja al verlo en una casa tan respetable—. Nunca olvidaré que se portó como un ángel con Montdore y conmigo cuando hicimos una gira por los Balcanes, porque una no se olvida de estas cosas. Sé que hay gente que dice que él es una margarita de los prados, aunque no sé qué quiere decir eso, pero si una presta oídos a todo lo que todos dicen de todos, terminaría por no invitar a nadie; además, la mitad de esos rumores son difundidos por los anarquistas, tengo total certeza.

A lady Montdore le pirraba todo lo que fuera de la realeza. Era en ella una emoción genuina y desinteresada, ya que amaba a las familias reales tanto en el exilio como en el poder y su acto de reverencia más sentido era la consumación de ese afecto desbordante. Sus reverencias, dada la solidez de su corpulencia, no recordaban ni de lejos la flexibilidad del trigo ante el viento. Se descuajeringaba como un camello, primero levantaba la grupa, como una vaca, y resultaba ser una extraña maniobra, dolorosa, cabe suponer, para quien la llevaba a efecto, si bien la expresión de su rostro desmentía esta apreciación. Le crujían las rodillas como disparos de revólver, pero su sonrisa era celestial.

Fui la única soltera a la que se invitó a cenar en Montdore House antes del baile. La cena estaba prevista para cuarenta comensales, un gran señor y una gran dama entre ellos, en razón de los cuales fueron todos los invitados de una puntualidad exquisita, de modo que llegaron todos a la vez, y el gentío congregado en Park Lane les dedicó miradas inquisitivas y curiosas a medida que llegaban los automóviles particulares. El único taxi fue el mío.

En la primera planta hubo que esperar mucho rato sin cócteles, e incluso los más descarados, caso de la señora de Chaddesley Corbett, se pusieron de los nervios, como si estuvieran sujetos a una tensión insoportable. Todos estaban a la que saltaba, diciendo estupideces con sus acentos impostados, cada cual más a la moda que el de al lado. Por fin se acercó el mayordomo a lord Montdore y le susurró algo al oído, con lo que lady Montdore y él bajaron al vestíbulo a recibir a sus invitados, mientras todos los demás, a las indicaciones de Boy, formamos en semicírculo. Con una lentitud exasperante, lady Montdore guió los pasos de sus tremendos señores y señoras de alto copete e hizo las presentaciones de rigor con voz baja, casi ronca, reverencial, pero clara a fin de cuentas, la misma voz que mis tías empleaban en los responsos, en la iglesia. Acto seguido, los cuatro, tomados del brazo en gesto de exaltación, aún a cámara lenta, traspasaron las puertas de entrada al comedor, dejándonos a los demás para que primero nos repusiéramos y después los siguiéramos. Todo fue tan preciso como las manecillas de un reloj.

Poco después de la cena, que se dilató tanto como las que servían en Hampton en sus momentos más brillantes, con lo mejor de lo mejor, fueron llegando los invitados para el baile. Lady Montdore, con un vestido de lamé dorado y abundantes diamantes, incluida su famosa diadema de diamantes rosáceos; lord Montdore afable, noble, con sus piernas largas y delgadas envueltas en medias de seda y pantalones a media pierna, la jarretera en torno a una de ellas, la banda correspondiente sobre el pecho y una docena de miniaturas colgadas también de la pechera, y Polly, con su vestido blanco y su belleza resplandeciente, estuvieron en lo alto de la escalinata para saludar con un apretón de manos a los recién llegados al menos durante una hora, y daba gusto ver a la gente pasar continuamente ante ellos. Fiel a su palabra, lady Montdore había invitado a muy pocas chicas y aún a menos madres. Los invitados, por consiguiente, no eran ni demasiado jóvenes ni como decoración demasiado viejos, pues se hallaban todos en la flor de la edad.

Nadie me invitó a bailar. Así como apenas había chicas invitadas al baile, eran muy pocos los hombres jóvenes, con la salvedad de los más firmemente adheridos al grupo de los jóvenes casados, pero me contenté con mirar cuanto acontecía y, como no había un alma que me conociera, no sentí ni asomo de vergüenza en mi situación. Aun así, me encantó ver la aparición de los Alconleigh, junto con Louisa, Linda y sus maridos, y tía Emily y Davey, que habían cenado juntos, pues llegaron como siempre que acudían a una fiesta, temprano y muy agradables. Me integré a su animadísimo grupo y ocupamos un lugar desde el cual disfrutamos de una excelente panorámica del festejo, en la galería de los cuadros. Se abría al salón de baile por un lado y al comedor por el otro. Hubo muchas idas y venidas, al tiempo que no se llegó a apelotonar la gente en ninguna parte, de modo que pudimos ver vestidos y joyas en su máximo esplendor. Tras nosotros estaba colgado un San Sebastián de Correggio, con su habitual expresión buchmaniana.

—Qué gran chorrada —dijo tío Matthew—. Ese menda no estaría tan sonriente, estaría literalmente muerto con todos esos flechazos.

En la pared frontera estaba colgado el Botticelli de Montdore, por el cual el tío Matthew dijo que no daría ni ocho chelines y, cuando Davey le mostró un dibujo de Leonardo, dijo que le picaban los dedos de ganas de tener una goma de borrar.

—Una vez vi un cuadro de unos percherones en la nieve —dijo—. No había nada más, sólo una valla medio rota y los tres caballos. Era tan bueno que daba miedo. Lo vi en una tienda de equipamiento para el ejército y la armada. De haber sido rico, lo habría comprado sin dudarlo. Quiero decir que se veía con toda claridad el frío que debían de estar pasando los pobres animales. Si esta basura es por lo visto tan valiosa, aquello debería costar una fortuna.

Tío Matthew, que nunca salía por la tarde, menos aún a un baile, no quiso ni siquiera plantearse la posibilidad de rechazar una invitación a Montdore House, aunque tía Sadie, que bien sabía el tormento que le representaba tener que permanecer despierto después de la cena y que era consciente de que los ojos se le iban a cerrar solos por el sueño, le había dicho: «De veras, cariño, como estamos entre nuestras hijas, dos casadas, dos todavía sin casar, no es ni mucho menos necesario que acudamos si tú no quieres ir. Sonia lo entenderá perfectamente y seguro que tampoco le viene nada mal disponer de nuestro sitio». A lo cual tío Matthew respondió malhumorado: «Si Montdore nos invita al baile, es porque allí nos quiere ver. Creo que debemos asistir».

Por lo tanto, con bastantes quejidos y gruñidos, se embutió como buenamente pudo en los pantalones a media pierna que gastó en su juventud, tan peligrosamente ceñidos que apenas osaba sentarse, y aguantó como una cigüeña junto a la silla de tía Sadie, la cual tuvo que sacar todos sus diamantes del banco, prestar algunos a Linda, otros a tía Emily, si bien aún dispuso de bastantes para ella, y allí estaban charlando como si tal cosa, felices y contentos, con sus parientes y con diversas figuras del condado que iban y venían a su antojo, e incluso tío Matthew parecía entretenido con todo el jaleo, al menos hasta que se encontró con un temible destino: a la hora del resopón tuvo que hacer compañía a la embajadora de Alemania. Fue así: lord Montdore, pegado a tío Matthew, exclamó de pronto, espantado, que la embajadora de Alemania estaba allí sentada, completamente sola.

—Lo tiene bien merecido —dijo tío Matthew. Habría sido más prudente morderse la lengua. Lord Montdore lo oyó sin tomar nota de lo que estaba diciendo, se volvió de golpe, vio de quién se trataba y lo agarró por el codo.

—Mi querido Matthew —le dijo—, justo lo que necesito. Baronesa von Rumplemayer, ¿me permite que le presente a mi vecino, lord Alconleigh? La cena ya está lista en la sala de música. Matthew, tú conoces el camino.

Que éste no se diera la vuelta en redondo y saliera pitando hacia su casa da la medida exacta de la influencia que tenía lord Montdore sobre tío Matthew. Ninguna otra persona en el mundo podría haberle convencido de que se quedara y estrechara además la mano de una teutona de la tribu de los hunos y mucho menos de que la llevara del brazo a la mesa del comedor. Allá que se fue, lanzando una mirada lastimera a su esposa.

Lady Patricia vino a tomar asiento junto a tía Sadie. Las dos charlaron con cierta desgana sobre cuestiones locales. Al contrario que su marido, tía Sadie realmente disfrutaba cuando salía de casa, siempre que no fuera muy a menudo, siempre que no se le hiciera muy tarde y, sobre todo, siempre que se le permitiera mirar las cosas con calma, sin verse obligada a realizar ningún esfuerzo por pegar la hebra con otros. Los desconocidos la aburrían y la fatigaban. Sólo le gustaba la compañía de aquellas personas con las que tenía intereses comunes, ya fueran los vecinos del campo o los miembros de su propia familia, e incluso con ellos se mostraba más bien distraída. Sin embargo, en esta ocasión fue lady Patricia la que parecía estar en las nubes; decía sí y no a tía Sadie, poco más, y qué monstruosidad había sido dejar otra vez suelto al idiota de la aldea de Skilton, sobre todo ahora que ya se sabía qué deprisa era capaz de correr, no en vano había ganado los cien metros lisos en el manicomio.

—Y a todas horas anda persiguiendo a la gente —dijo indignada tía Sadie.

No obstante, no estaba pensando lady Patricia en el idiota. Estaba pensando, estoy segura, en las fiestas celebradas en aquellos mismos salones cuando era joven, en lo mucho que había adorado al Listillo, en la agonía que vivió al verlo bailar y flirtear con otras y en lo mucho más triste que era para ella el no tener ya otra cosa de qué preocuparse, además del estado de su hígado maltrecho.

Sabía yo gracias a Davey («Qué suerte —como decía Linda a menudo— que Davey sea tan cotilla, qué simplonas seríamos de no ser por él.») que lady Patricia había estado enamorada de Boy bastantes años, antes de que él por fin le propusiera matrimonio. De hecho, había llegado a perder toda esperanza. ¡Y qué poco le duró la felicidad, pues apenas pasaron seis meses hasta que se lo encontró en la cama con una de las cocineras!

—Boy nunca se ha dedicado a la caza mayor —le oí decir una vez a la señora de Chaddesley Corbett—. Sólo le divertía cazar conejitos. Ahora, cómo no, es la ridiculez en persona.

Debía de ser horrible estar casada con la ridiculez en persona.

—¿Cuándo fue el primer baile al que viniste en esta casa? —preguntó en ese momento a tía Sadie.

—Pues seguramente el mismo año de mi puesta de largo, en 1906. Recuerdo muy bien lo emocionante que fue ver al rey Eduardo en carne y hueso, y oírle reír estruendosamente, con sus carcajadas de acento extranjero.

—Hace veinticuatro años, imagínate —dijo lady Patricia—. Antes de que nos casáramos Boy y yo. ¿Te acuerdas de que durante la guerra la gente decía que ya nunca más volveríamos a ver estos espectáculos? En cambio, fíjate hoy sólo en las joyas...

Apareció a la vista lady Montdore.

—Sonia, la verdad, es que es única, es fenomenal. Da la impresión de estar más bella y mejor vestida que en toda su vida.

Era uno de esos comentarios propios de la edad madura que antes me resultaban incomprensibles. No me pareció que a lady Montdore se le pudiera describir haciendo hincapié ni en su belleza ni en su elegancia. Era vieja y punto redondo. Por otra parte, era innegable que en esa clase de ocasiones resultaba impresionante, casi literalmente cubierta de diamantes enormes, en la diadema, el collar, los pendientes y en la inmensa cruz de Malta que le colgaba sobre el escote, en las pulseras que llevaba de la muñeca al codo, por encima de los guantes de ante, y en los broches, colocados allí donde hubiera espacio para ponerse uno. Engalanada con tal profusión de joyas, rodeada por las señas externas del «todo esto», su semblante irradiaba una superioridad sentida de manera tan profunda en su ser que más bien parecía, en su propia casa, un torero en el ruedo, un ídolo en su arca, la razón misma del espectáculo y su centro de gravitación.

En cuanto huyó de la embajadora con una pronunciada reverencia, de muy manifiesta repugnancia, tío Matthew se incorporó al grupo familiar.

—Vaya caníbal —dijo—. No dejaba de pedir más y más Fleisch. Es imposible que haya cenado no hace más de una hora, hice como que no le oía, no iba yo a consentirle tales caprichos a esa vieja ogresa. A fin de cuentas, ¿quién ganó la guerra? ¿Y para qué, digo yo? Es una magnífica muestra de generosidad por parte de Montdore soportar a toda esa morralla extranjera en su propia casa, como si fuera un lugar público. Que me aspen si me veo yo en una parecida. ¡Mira qué escoria! —exclamó, refiriéndose a un caballero de barba nacida que se dirigía al comedor con Polly cogida del brazo.

—Vamos, Matthew —dijo Davey—. Los serbios fueron aliados nuestros.

—¡Aliados! —dijo tío Matthew haciendo rechinar los dientes. La palabra fue como un trapo colorado ante un toro, el muy travieso de Davey lo sabía. Agitaba el trapo por entretenerse.

—Así que es serbio, no me digas. En fin, justo lo que cabría esperar. No le iría mal un afeitado. Unos cerdos es lo que son todos ellos. Claro está que Montdore los invita sólo en aras de la nación. Reconozco que lo admiro, no piensa más que en su deber, ¡qué gran ejemplo para todos!

Una mirada divertida asomó en los tristes ojos de lady Patricia. No carecía de sentido del humor y era una de las pocas personas que le caían bien a tío Matthew, si bien no lograba mostrarse cortés con Boy y miraba enfurecido a la lejanía cada vez que pasaba por delante de nuestra pequeña colonia, cosa que hizo a menudo, cortejando a las damas de edad de la realeza, camino del comedor. De las muchas ofensas cometidas a ojos del tío Matthew, la principal era que, habiendo sido ayuda de campo de un general durante la guerra, una vez mi tío lo descubrió pintando esbozos de un château tras la línea del frente. Algo sumamente avieso tenía que haber en un hombre capaz de perder el tiempo pintando o de asumir las labores de un ayuda de campo cuando podría pasarse el día entero destripando extranjeros.

—No es más que una remilgada doncella para damas envejecidas —decía tío Matthew cada vez que se mencionaba el nombre de Boy—. No lo aguanto. ¡Boy, ya digo! ¡Dougdale, nada menos! ¿Qué significa todo eso? En tiempos del anciano señor vivían en Silkin personas totalmente respetables, apellidadas Blood. El coronel y la señora Blood.

El anciano señor era el padre de lord Montdore. Una vez, abriendo unos ojos enormes, Jassy dijo que «tenía que ser viejísimo», a lo que tía Sadie comentó que nadie conserva la misma edad durante toda la vida y que sin duda fue joven en sus buenos tiempos, como un día, por más que no se lo esperase, la propia Jassy sería vieja.

No era muy lógico por parte de tío Matthew despreciar de manera tan exagerada el historial militar de Boy, sino un nuevo ejemplo de que quienes él apreciaba eran incapaces de obrar mal, mientras que quienes él despreciaba eran incapaces de hacer ningún bien, porque lord Montdore, su gran héroe, nunca había oído, en toda su vida, el estrépito vibrante de los mosquetes, ni había estado cerca de un campo de batalla; tenía ya una edad excesiva para participar en la Gran Guerra, es cierto, pero en sus años de juventud gozó de muchas ocasiones de entrar en combate, oportunidades de despedazar la carne de los nativos, por no hablar de la carne de los holandeses en la guerra de los bóers, que en cambio a tío Matthew le proporcionó recuerdos radiantes, no en vano vivió en ella su primera experiencia del campamento y la batalla.

«Cuatro días en un vagón de ganado —nos contaba a veces—, con un agujero tan grande como un puño en el estómago, y además lleno de gusanos. La época más feliz de mi vida. Lo único malo es que uno se cansaba del sabor del cordero tras el primer bocado. No hubo carne de ternera en toda la campaña.»

Pero lord Montdore era la ley en persona, e incluso se salió con la suya en la famosa carta de Montdore al Morning Post, dando a entender en ella que la guerra se había prolongado en demasía, que ya era hora de ponerle fin, meses antes de que la cobarde capitulación de los hunos hiciera necesaria esa aburrida suspensión de las hostilidades. A tío Matthew le costó gran esfuerzo condonar la actitud de semejante aguafiestas, si bien lo hizo diciendo que lord Montdore a buen seguro tenía sobradas razones, sin duda de gran peso, para escribir esa carta, razones de las que nadie más tenía ni idea.

Mis pensamientos se habían concentrado en la entrada al salón de baile, donde de repente vislumbré la parte posterior de una cabeza. Al fin y al cabo, había venido. El hecho de que nunca pensara yo que pudiera acudir (era un personaje muy serio) no había mitigado en modo alguno mi decepción al ver que no estaba. Ahora, lo tenía allí delante. Debo explicar que la imagen de Sauveterre, tras haber sido dueña y señora de mi corazón sin esperanza durante varios meses, había sido recientemente derrocada y sustituida por otra más seria, dotada de más realidad, más prometedora.

La nuca de una persona, cuando se ve en medio de un baile, puede agitar enormemente a una jovencita, por ser distinta de las demás nucas, tanto que bien podría rodearla un halo. Enseguida surge la pregunta: ¿se dará la vuelta, la verá? De ser así, ¿se limitará a saludarla con cortesía o la invitará a bailar? ¡Cuánto llegué a desear el hallarme dando vueltas y más vueltas, alegremente, en brazos de un caballero fascinante, en vez de estar sentada con mis tías y mis tíos, tan ajena a la diversión! Tampoco es que me importase. Hubo unos instantes de horrible suspense hasta que se dio la vuelta, pero cuando lo hizo me vio y vino derecho hacia mí, me dio las buenas noches con algo más que mera cortesía y me sacó a bailar. Había pensado que no llegaría al baile por culpa de unos pantalones a media pierna que le habían prestado, pero que no encontraba. Luego bailó con tía Emily, otra vez conmigo y con Louisa, no sin antes citarme para tomar algo con él poco más tarde.

—¿Quién es ese animal? —preguntó tío Matthew haciendo rechinar los dientes cuando el joven se fue con Louisa—. ¿Por qué insiste en venir a donde estamos nosotros?

—Se llama Alfred Wincham —dije—. ¿Quieres que te lo presente?

—¡Fanny, ten compasión!

—Estás hecho un vejestorio y un pachá —le dijo Davey. Desde luego, tío Matthew habría preferido a las claras mantener a toda su parentela femenina en un estado si no de virginidad sí de castidad exagerada. Nunca soportó que un desconocido abordase a sus parientas.

Cuando dejé de bailar, volví a sentarme con mis familiares. Me sentía más tranquila después de bailar dos números y con la promesa de comer algo con él, de modo que me contenté con escuchar a mis mayores mientras seguían conversando.

Tía Sadie y tía Emily se fueron juntas a tomar algo. Les encantaba hacerlo en las fiestas. Davey se desplazó para sentarse cerca de lady Patricia y tío Matthew se plantó junto a la silla de Davey, dormido como los caballos, que duermen de pie, armado de paciencia hasta que llegara la hora de que lo devolvieran a su establo.

—Es cosa de ese tal Meyerstein —decía Davey en ese momento—. Tienes que ir a verlo, Patricia, te lo aconsejo vivamente. Lo hace todo mediante la eliminación de sales. Te pones a dar brincos para sudar y eliminar así toda la sal del organismo, y comes también sin sal. Repugnante, desde luego, pero al final se diluyen y eliminan los cristales.

—¿Quieres decir que saltas a la comba?

—Sí, cientos de veces. Hay que contar cada salto. Yo ahora llego a trescientos, incluso hago pasos y figuras.

—¿No te resulta sumamente agotador?

—A Davey no hay nada que lo canse. Es fuerte como un toro —dijo tío Matthew abriendo un ojo.

Davey miró con un punto de tristeza a su cuñado y afirmó que sí, que era agotador, pero que valía la pena a la vista de los resultados.

Polly estaba bailando con su tío, con Boy. No parecía ni radiante ni feliz, al contrario de lo que sería de esperar para un auténtico cielito, una niña tan mimada como ella en su baile de presentación en sociedad; más bien parecía fatigada, con la boca fruncida. Y no charlaba como las demás mujeres.

—No me gustaría nada que una de mis chicas tuviera esa pinta —dijo tía Sadie—. Cualquiera diría que tiene algo en mente.

—Por descontado, es bellísima —dijo mi amigo, el señor Wincham, cuando bailábamos antes de tomar algo—. Bien se ve que lo es, pero a mí no me atrae con esa expresión malhumorada. Estoy seguro de que es muy aburrida.

Iba yo a desmentir que fuera ni malhumorada ni aburrida cuando él me llamó Fanny, la primera vez que lo hacía. A esto siguieron un montón de cosas que quise escuchar con toda atención para poder repasarlas después, cuando estuviera sola.

—¡Hola, cariño! —me gritó la señora de Chaddesley Corbett, que estaba en brazos del príncipe de Gales—. ¿Qué noticias tenemos de la Desbocada? Por cierto, ¿sigues enamorada aún?

—¿Qué es todo esto? —preguntó mi pareja de baile—. ¿Quién es esa mujer? ¿Quién es la Desbocada? ¿Es cierto que estás enamorada?

—Es la señora de Chaddesley Corbett —dije. Me pareció que aún no era el momento de explicar nada acerca de la Desbocada.

—¿Y ese amor?

—No es nada —dije sonrojándome un poco—, no es más que una broma.

—Me alegro. A mí me gustaría que estuvieras al borde del amor, pero todavía no del todo enamorada. Mientras dura, ése es un estado de ánimo muy placentero.

Claro está que yo ya me había arrojado desde ese borde y que ya nadaba en un mar azul de ilusiones, rumbo, supongo, a las islas de la dicha, aunque en realidad fuese rumbo a la domesticidad, la maternidad y la suerte habitual de las mujeres.

Un silencio de tintes sacros se apoderó de la multitud cuando la realeza se dispuso a marcharse a sus residencias, la realeza con toda su grandiosidad, con su serenidad absoluta, debidas a la certeza de que hallarían el tradicional pollo asado, frío, junto a la cama, en vez del patetismo de las señoras mías y los señores míos que estaban atiborrándose en el comedor, como si distaran mucho de tener la certeza de volver a encontrarse alguna vez con tantísima comida, también lejos de la alegría de los jóvenes miembros de la realeza, que iban a seguir de baile hasta el amanecer, con las apetecibles mujeres del estilo de la señora de Chaddesley Corbett.

—¡Qué tarde se nos ha hecho! ¡Qué triunfo para Sonia! —oí que Boy decía a su esposa.

Quienes estaban bailando se separaron como las dos orillas del mar Rojo, formando una avenida de súbditos reverentes, por la cual lord y lady Montdore acompañaron a sus invitados.

—Muy amable de su parte, señora. Sí, en la siguiente reunión de la corte. ¡Cuánta amabilidad!

Los Montdore volvieron a la galería de los cuadros. Resplandecían de felicidad. Y hablaban así con nadie en concreto:

—Qué sencillos, qué fáciles de tratar, qué contentos quedan con cualquier detallito que se pueda tener con ellos, qué modales tan exquisitos, qué memoria privilegiada. Es pasmoso lo mucho que saben de la India, el maharajá se quedó asombrado.

Hablaban como si esos príncipes fueran tan ajenos a la vida, tal como la conocemos, que hasta las menores muestras de humanidad, el mero hecho de que se comunicasen por medio del habla, eran dignas de mención e incluso de proclama.

Pasé el resto de la velada sumergida en un feliz trance, no recuerdo nada más de la fiesta. Sé que a las cinco de la mañana me llevó al Hotel Goring, donde estábamos todos alojados, el mismísimo señor Wincham, quien para entonces me había demostrado a las claras que no era ni mucho menos contrario a gozar de mi compañía.