2

Más rigurosa, exigente y difícil fue la clase de relación que comenzó a desarrollarse entre lady Montdore y yo. Venía de continuo a mi casa; se presentaba a horas más extravagantes e inconvenientes que Norma, que en ese sentido era sumamente convencional, y poco a poco procedió a convertirme en una dama de compañía que debía estar disponible en todo momento. No fue difícil. Nadie me ha sorbido la fuerza de voluntad del modo en que lo hizo ella; al igual que lord Montdore, pero al contrarío que Polly, me vi completamente dominada por ella. Hasta el propio Alfred tuvo que levantar un instante la mirada de su Teología Pastoral para hacerse a la idea de lo que estaba ocurriendo. Dijo que no lograba entender mi actitud y que eso le inquietaba.

—En realidad no te cae nada bien, siempre te estás quejando de ella. ¿Por qué no decirle que estás fuera cada vez que viene a verte?

En efecto, ¿por qué no? Lo cierto es que yo nunca había llegado a superar la sensación puramente física de terror que lady Montdore me inspiraba desde mi más tierna infancia y, aunque en mi fuero interno y racionalmente sabía cómo era ella y no me gustaba lo que sabía, esto es, aunque el ídolo había caído de su pedestal, aunque el torero de nuevo vestía el traje de luces, se había revelado nada más y nada menos que como una vieja egoísta de los pies a la cabeza, si bien yo seguía teniéndole todo el respeto del mundo. Cuando Alfred me dijo que hiciera como que había salido cada vez que ella viniera, supe que me sería imposible.

—Oh, no, querido. No creo que pudiera.

Se encogió de hombros y no dijo nada más. Nunca trató de influir en mí y rara vez comentaba siquiera mi comportamiento, mi manera de hacer las cosas.

El plan de lady Montdore consistía en caer sobre mí sin previo aviso, tanto a la ida como a la vuelta de sus incursiones en Londres, o bien cuando iba de compras a Oxford, ocasiones en las que me llevaba consigo para localizar y transportar todos los artículos incluidos en su lista. Me obligaba a prestarle toda mi atención durante una o dos horas y me dejaba exhausta, como sólo saben hacer los niños pequeños, exigiéndome que me concentrase en ella por completo antes de desaparecer como si tal cosa, dejándome insatisfecha con la vida misma. Como la suerte le había vuelto la espalda, si bien consideraba una debilidad grave el confesarlo incluso ante sí misma, se sentía en la necesidad de reforzar «todo esto», de darle el aspecto de una perfecta compensación a cambio de lo que había perdido, para lo cual despotricaba de las circunstancias en que vivían los demás. Esa actitud le era de gran ayuda, digo yo, pues de lo contrario no podría explicarme su brusquedad al entrar como si tal cosa en mi casita, tan ajena a toda pretensión, y en mi vida tediosa, algo que hacía con tanta convicción que, como yo me dejo desanimar fácilmente, solía costarme días enteros que todo volviera a parecerme estupendo.

Me costaba días enteros o sólo una visita de alguno de los miembros de la familia Radlett. Tenían en mí el efecto exactamente contrario y siempre me hacían sentir de maravilla, debido a un hábito que en la familia llamaban «exclamar».

—¡Fanny, qué zapatos! ¿Dónde los has comprado? ¿En Lilley and Skinner? Tengo que darme prisa, a ver si los encuentro iguales. ¡Y qué preciosidad de falda! No será de un traje, a ver. No, no lleva forro de seda. ¡Fanny, qué suerte tienes! ¡Es injusto!

O bien:

—Ay de mí... ¿Por qué no se me rizará el pelo igual que a ti? ¡Qué dichosa tienes que ser, Fanny! ¡Qué maravilla de pestañas! ¡Fanny, qué suerte tienes! ¡Es injusto!

Estas exclamaciones, que recuerdo desde siempre, se hicieron entonces extensivas a mi casa y a mis decoraciones domésticas.

—¡Qué papel pintado, Fanny! ¡Es sensacional! ¡Y la cama! No puede ser cierto... ¡Ay, mira qué pocholada de adorno, es de Belleek! ¿De dónde lo has sacado? ¡No me digas! Tenemos que ir enseguida. ¡Y ese cojín nuevo! ¡Oh, es injusto! ¡Qué suerte tienes de ser como eres, Fanny!

—¡Cómo cocina Fanny! ¡Hay pan tierno con todas las comidas! ¡Nada de pudin de Yorkshire! ¿Por qué no podremos vivir siempre con Fanny...? ¡Esto es el paraíso! ¿Por qué no seré yo igualita que tú?

Por fortuna para mi paz de ánimo, Jassy y Victoria venían a verme cuando disponían de un automóvil que las llevara a Oxford, esto es, bastante a menudo. Y las mayores daban la impresión de que estaban perpetuamente de viaje a Alconleigh.

A medida que fui conociendo de un modo más íntimo a lady Montdore, comencé a percatarme de que su egoísmo era monumental. No tenía ningún pensamiento que no fuera relativo a sí misma; no era capaz de conversar acerca de nada con un mínimo de inteligencia si el asunto no era directamente de su incumbencia o, mejor dicho, de su pertenencia. Lo único que deseaba saber acerca de los demás era qué impresión les causaba y era capaz de hacer lo que fuera con tal de averiguarlo, a veces tendiendo celadas a los incautos, trampas en las cuales, habida cuenta de mi inocencia, yo era muy propensa a caer.

—Supongo que tu marido es un hombre inteligente, al menos eso me dice Montdore. Claro está que da muchísima lástima que sea tan pobre. Detesto verte vivir en esta horripilante cabañita, tan poco apropiada. No es lo más importante, claro está, pero Montdore dice que tiene fama de ser inteligente.

Acababa de aparecer tal cual, mientras yo tomaba el té, consistente en unas cuantas galletas integrales bastante rotas, con una tetera de cocina sobre la bandeja, sin platillo siquiera. Esa tarde estaba yo muy ocupada y la señora Heathery, mi doméstica para todo, estaba también ajetreadísima, con lo cual fui yo sin más a la cocina y volví con la bandeja, tal cual. Por desgracia, nunca parecía estar lista la tetera de plata, nunca había tarta de chocolate cuando lady Montdore venía de visita. Por inexplicable que pueda parecer, eran tales mis lagunas como ama de casa todavía primeriza que estas ocasiones eran muy frecuentes.

—¿Ése es tu té? De acuerdo, querida, pues tomaré sólo una taza, de acuerdo. ¡Qué flojito lo tomas! No, no, me sirve perfectamente. Pues sí, como te iba diciendo, hoy Montdore se refirió a tu marido durante el almuerzo, al cual vino el obispo. Habían leído alguna cosa suya y parece que los dos estaban impresionados, de modo que supongo que sí, que al fin y al cabo es muy inteligente.

—¡Ah, es el hombre más inteligente que yo he conocido jamás! —dije muy contenta. Me entusiasmaba hablar de Alfred. Aparte de estar con él, era lo que más me gustaba.

—Supongo, cómo no, que me tendrá por una perfecta estúpida —contempló con desagrado los restos de las galletas integrales y tomó uno.

—No, no, ni mucho menos —dije inventándomelo, pues Alfred nunca me había manifestado una sola opinión a ese respecto.

—Estoy segura de que sí, de veras. No irás a decirme que me considera una persona inteligente, ¿eh?

—Pues sí, muy inteligente. Es posible que no te considere una intelectual...

¡Zas! Había caído en la trampa.

—Oh, claro que no. ¡Yo no soy una intelectual!

Me di cuenta enseguida de que se había sentido ofendidísima. Me debatí por todos los medios, desdichada de mí, para librarme de la trampa, pero no lo logré. Había metido la pata hasta el cuello.

—Ten en cuenta que él no cree que ninguna mujer sea una intelectual. Apenas habrá una, una sola en diez millones, que... No sé, tal vez Virginia Woolf.

—Supongo que se pensará que nunca leo nada. Es algo que piensan muchas personas de mí, pero sólo porque me ven llevar una vida muy activa, fatigándome a todas horas por el bien de otros. Tal vez, posiblemente, preferiría pasarme el día sentada y leyendo un libro, pero no creo que sea lo más apropiado, al menos en mi posición social. No puedo pararme a pensar sólo en mí misma, eso está claro. Nunca leo de día, esto es muy cierto, es que no tengo ni un instante libre, pero tu marido no sabe, no puede saberlo, y tú tampoco, qué hago de noche. No duermo nada bien. No, nada bien. De noche, leo volúmenes enteros.

Volúmenes atrasados del Tatler, me dije. Los guardaba encuadernados desde la aparición de la revista. Y eran fascinantes, a qué negarlo.

—¿Sabes una cosa, Fanny? —siguió diciendo—. Está muy bien que las personitas graciosas, como tú, leáis libros a todas horas. Sólo tenéis que pensar en vosotras mismas, mientras que Montdore y yo somos funcionarios con una repercusión pública y es evidente que hemos de vivir a la altura de la tradición y todo eso. Tenemos obligaciones que cumplir, lo sabes bien. Es muy distinto. Es mucho lo que de nosotros se espera y espero y deseo que no sea en vano. Es una vida muy ardua, no vayas a pensar lo contrario: ardua y agotadora, aunque en algunas ocasiones encontramos nuestra recompensa: por ejemplo, cuando otras personas tienen la oportunidad de mostrarnos cómo nos adoran. Por ejemplo, cuando volvimos de la India y los aldeanos y lugareños pararon nuestro automóvil en la avenida de entrada a Hampton para rendirnos pleitesía. ¡Conmovedor, de veras! Vosotros los intelectuales, en cambio, no disfrutáis jamás de momentos como ése. Bueno —se puso en pie, preparada para marcharse—, siempre se aprende en la vida. Yo ahora ya sé que me encuentro marginada por los intelectuales. Claro está, mi querida muchachita, que debemos recordar siempre que todas las alumnas que tu marido tiene le deben de proporcionar una idea muy curiosa acerca de cómo es en realidad el sexo femenino. Me pregunto si se ha dado cuenta de que aquí sólo vienen a estudiar las que no tienen esperanzas de encontrar nada mejor en la vida. Tal vez él las considere fascinantes, me he percatado de que nunca se encuentra en su casa. —Empezaba a ponerse por momentos de un terrible malhumor—. Y si me permites que te dé un consejito, Fanny, te lo diré a las claras: procura no leer tanto, querida, y lograr que tu casita sea un poco más confortable. A la larga, eso es lo que un hombre de veras aprecia.

Lanzó una mirada cargada de intención a las galletas que esperaban sobre la bandeja, sin plato, y se marchó sin decir adiós.

Me quedé francamente indignada por haberla ofendido de manera tan estúpida, tan falta de tacto, y tuve la certeza de que ya nunca más volvería a visitarme. Tiene gracia, porque en vez de sentirme aliviada por ese pensamiento, me importó, y mucho.

No tenía tiempo para ponerme a meditar sobre todo lo ocurrido. En cuanto salió de la casa, entraron Jassy y Victoria muy pizpiretas.

—¡Galletas integrales! ¡Mira, Vict! ¡Galletas integrales! ¿A que Fanny es maravillosa? Siempre se puede contar con que te invite a una delicia. Semanas han pasado desde que probé las integrales, que son mis preferidas.

La señora Heathery, que adoraba a las niñas y había oído sus alaridos nada más llegar, trajo té recién hecho y una tarta de Fuller que suscitó nuevas exclamaciones de entusiasmo.

—¡Señora Heathery, es usted un ángel, se lo digo yo! ¿Tarta de nueces de Fuller? ¿Cómo te lo puedes permitir, Fanny? En casa no hemos visto una tarta de Fuller desde la última crisis financiera de papá. Claro que las cosas van mejorando. Ahora hemos vuelto a tener bromo y papel de cartas del bueno. Cuando el papel higiénico se hace más grueso y el papel de cartas más fino, es que las cosas van a peor. Al menos en nuestra casa, claro.

—Papá tenía que venir a ver no sé qué de unos arneses, por eso nos ha traído de visita, aunque sólo sean diez minutos. Oye, tenemos que contarte una historia muy graciosa, una historia de Sadie. ¿Estás atenta? Bueno, pues verás. Sadie estaba contando que hay personas que antes de que nazcan sus bebés miran cuadros de Greuze para que el bebé se parezca a su típico Niño Jesús, y va y dice: «Son cosas que nunca se saben. Cuando yo era pequeña, en Suffolk, nació en la aldea vecina un bebé con cabeza de oso. ¿Qué te parece? Exactamente nueve meses antes, por la aldea había pasado un oso bailarín». Y dijo Vict: «Pero es que es muy comprensible. Yo siempre he pensado que los osos son muy atractivos». A lo cual Sadie dio el respingo más tremendo que le he visto dar nunca y dijo: «Eres una niña espantosa. No es eso lo que yo quería decir». ¿A que es para troncharse, Fanny?

—Acabamos de ver a tu amiga, la señora Cozens, con sus magníficos terriers. Qué suerte tienes de disfrutar de nuevas amistades. No es justo, a nosotras no nos pasa nunca. La verdad, ¿sabes?, es que somos como la Dama de Shalott, la del poema de Tennyson, siempre sola en su isla mágica. Qué patética es nuestra vida. Ya ni siquiera viene a vernos Davey ahora que ha terminado todo lo de la boda de la horrible Polly. Ah, por cierto: recibimos una postal de la odiosa Polly, aunque de nada le va a servir bombardearnos con postales. Nunca se lo perdonaremos.

—¿Y desde dónde?

—Desde Sevilla. Eso está en España.

—¿Se le notaba contenta?

—¿Se nota en las postales si la gente está contenta, Fanny? En las postales siempre es igual: un tiempo excelente y todo de maravilla. Era una fotografía de una chica bellísima llamada la Macarena. Lo más gracioso de todo es que la tal Macarena es la viva imagen de la odiosa Polly en persona. ¿No crees que lady Montdore quizá miró esa imagen antes de que naciera la horrible Polly?

—No debes llamarla «la odiosa Polly», y menos delante de mí, cuando sabes que la quiero muchísimo.

—Bueno, habrá que verlo. A pesar de todo, nosotras también la queremos. Es posible que de aquí a unos cuantos años la perdonemos, aunque dudo mucho de que lleguemos a olvidar tan vil traición. ¿A ti no te ha escrito?

—Sólo postales —respondí—. Una desde París, otra desde San Juan de Luz.

Polly nunca había sido muy amiga de escribir.

—Me pregunto si es tan maravilloso como ella pensaba. Acostarse con el viejo Listillo, quiero decir.

—El matrimonio no es sólo cuestión de cama —dije con remilgos—. Hay muchas otras cosas.

—Pues ve a decírselo a Sadie. Ahí va, ésa es la bocina de papá: nos damos prisa o no volverá a traernos nunca más si le hacemos esperar, pues le prometimos que saldríamos en cuanto tocase la bocina. Ay, ay, ay: vuelta a los campos de centeno y cebada. Qué suerte tienes de vivir en esta casita, en una población con tanto brillo. Adiós, señora Heathery. ¡Estupenda la tarta!

Todavía se la comían a bocados al bajar por la escalera.

—Ven a tomar el té —dije a tío Matthew, que estaba al volante de su enorme Wolseley, recién estrenado. Cada vez que mi tío superaba una crisis financiera, se compraba un automóvil nuevo.

—No, muchas gracias, Fanny. Es muy amable por tu parte, pero en casa me espera una taza de té buenísima y ya sabes que nunca entro en casa de nadie, al menos mientras pueda evitarlo. Adiós.

Se encasquetó el sombrero verde, que siempre llevaba al conducir, y arrancó.

Mi siguiente visita fue la de Norma Cozens, que vino a tomarse una copa de jerez, aunque su conversación fue tan tediosa que no tengo ánimo de ponerla por escrito. Fue una mezcla entre un absceso que le había salido entre los dedos de los pies a la madre de la carnada de los terrier, lo mal que salen las sábanas de la lavadora, el recelo que tenía de que su fregona hubiese hurgado en la despensa, de modo que tenía pensado cambiarla por una austríaca que sólo le cobraría dos chelines por semana y la suerte que tenía yo con la señora Heathery, aunque debía andarme con mucho ojo, porque escoba nueva, desde luego, bien que limpia, y la señora Heathery seguramente no era tan agradable como parecía.

* * *

Muy confundida me hallaba si pensé que lady Montdore había desaparecido de mi vida para siempre. En menos de una semana había vuelto a la carga. Como en las casas de campo, la puerta de mi casa nunca estaba cerrada con llave y ella nunca se tomaba la molestia de llamar al timbre, entrando como si tal cosa. En esta ocasión fue a la una menos cinco. Me di cuenta de que no me iba a quedar más remedio que compartir con ella el salmón que había encargado para mí, por darme el gusto.

—¿Y dónde está hoy tu marido?

Manifestaba su desaprobación de mi matrimonio al referirse siempre así a Alfred, a quien nunca llamaba por su nombre. Para ella, seguía siendo un fulano.

—Almuerza en el college.

—¿Ah, sí? Pues mejor que mejor, así no se verá obligado a soportar mi conversación, tan poco intelectual para su gusto.

Me temí que volviera a empezar de nuevo, que le entrase un nuevo arranque de malhumor, pero al parecer había decidido tratar mi desafortunado comentario como si fuera poco más que una broma.

—Le dije a Merlin —dijo— que en los círculos de Oxford no se me considera intelectual. ¡Ojalá hubieras visto qué cara puso!

Cuando la señora Heathery ofreció el pescado a lady Montdore, se lo sirvió enterito. No tuvo miramiento ni empacho algunos; no preguntó, inhibida, qué iba a comer yo, así que terminé comiendo unas patatas con ensalada. Tuvo la deferencia de comentar que la calidad de la comida en mi casa parecía mejorar poco a poco.

—Ah, sí, ya me acuerdo de lo que quería preguntarte —dijo—. ¿Quién es la tal Virginia Woolf que mencionaste el otro día? Resulta que Merlin también habló de ella en una reunión en casa de Maggie Greville.

—Es una escritora —dije—. En realidad, una novelista.

—Ya, entiendo. Y es tan intelectual que, sin duda, escribe solamente sobre los jefes de estación de ferrocarril.

—Pues no —dije—, no es eso.

—Yo he de confesar que prefiero los libros que tratan acerca de la alta sociedad. No soy muy intelectual, ya lo sabes.

—Pues escribió un libro fascinante sobre una persona muy dada al trato en sociedad —dije—. Se titula La señora Dalloway.

—En tal caso, quizá lo lea. Ah, se me olvidaba: yo nunca leo nada, según tú. No sé leer. Da lo mismo. Por si acaso me quedara algo de tiempo libre esta semana, Fanny, ¿me lo podrías prestar? Este queso está excelente. ¡No me digas que lo compras en Oxford!

Estaba de un humor excelente, cosa insólita en ella. Creo que la caída de la monarquía en España le había levantado el ánimo. Ya estaría imaginándose la llegada de un enjambre de infantas a Montdore House, además de que disfrutaba muchísimo al ir conociendo las noticias de Madrid. Dijo que el duque de Barbarossa (puede que no sea el nombre exacto, pero así me sonó a mí) le había relatado los pormenores de la historia, que conocía gracias a una información privilegiada, en cuyo caso seguramente también los había relatado varios días antes al Daily Express, donde había leído yo palabra por palabra todo lo que ella tuvo la amabilidad de referirme. Antes de marcharse no se le olvidó pedirme otra vez el ejemplar de La señora Dalloway y se fue con una primera edición del libro en la mano. Tuve la certeza de que no volvería a verlo, pero lo cierto es que me lo devolvió a la semana siguiente, diciendo que de hecho era ella quien debía escribir un libro, pues sabía que podría hacerlo mucho mejor.

—No he sido capaz de leerlo —dijo—. Lo intenté, pero es demasiado aburrido. Además, ni siquiera llegué a ver que apareciera esa persona tan dada al trato en sociedad de la que tú me hablaste. ¿Has leído las Memorias de la gran duquesa? No te prestaré mi ejemplar, es preciso que te compres uno, Fanny, porque le servirá de gran ayuda a la pobre duquesa, le supondrá otra guinea en ganancias. Son magníficas. Hay un buen trozo, casi un capítulo entero, que trata sobre Montdore y sobre mí en los años de la India. Ella se alojó con nosotros en la Casa del Virrey, no sé si sabías. Ha sabido captar el espíritu del lugar de una manera asombrosa. Solamente estuvo una semana, pero es difícil hacerlo mejor. Describe una fiesta que celebré en el jardín y las visitas a las ranis en sus harenes. Y dice cuántas cosas fui yo capaz de hacer por esas pobres mujeres de la India y hasta qué extremo me adoraban. Personalmente, considero que las memorias son mucho más interesantes que cualquier novela, por la sencilla razón de que son verdaderas. Es posible que yo no sea una intelectual, pero me encanta leer la verdad de las cosas. En un libro como el de la gran duquesa se ve cómo es la historia a la vez que se va haciendo y, si te gusta la historia tanto como a mí (pero no le digas a tu marido que lo he dicho, querida, porque no se lo querrá creer), si te gusta la historia, sin duda te interesará, y mucho, conocerla por dentro, y sólo las personas como la gran duquesa están en condiciones de contárnosla. Y esto me recuerda, querida Fanny, ¿tendrás la bondad de pedir una conferencia con Downing Street de mi parte, querida, y tratar de que te pasen la comunicación con el primer ministro o con su secretaria? Yo me pondré cuando lo tengas en la línea. Estoy preparando una cena en honor de la gran duquesa, para dar a su libro el lanzamiento que merece. No te preocupes, querida, que no te invitaré; no sería lo bastante intelectual para ti, sólo vendrán unos cuantos políticos y escritores. Ten, Fanny, éste es el número.

Por entonces yo procuraba ahorrar en todos los frentes, pues me había excedido en mi presupuesto al arreglar la casa y había tomado por norma no llamar nunca por teléfono, ni siquiera a tía Emily, ni tampoco a Alconleigh, mientras una carta me sirviera para comunicarme. Por eso, hice lo que me pedía muy a regañadientes. Hubo una larga espera hasta que por fin se puso el primer ministro, tras lo cual lady Montdore se pasó una eternidad hablando con él. El pip-pip-pip estuvo sonando al menos durante cinco minutos. Los oí todos y cada uno, y cada pip me dolió como si agonizara. En primer lugar, fijó una fecha para la cena. Tardó un buen rato, marcado por abundantes pausas, mientras él consultaba con su secretaria. Y más pip-pip-pip. Después le preguntó si había novedades de Madrid.

—Sí —respondió ella—. Mal aconsejado el pobre (pip-pip-pip), mucho me temo. Vi a Freddy Barbarossa anoche. Se muestran muy valientes en todo esto, por cierto, muy estoicos. Sí, fue en el Claridge. Y me dijo... —aquí siguió una retahíla de noticias y opiniones tomadas del Daily Express—. Pero Montdore y yo estamos particularmente preocupados por nuestra infanta, sí, es una íntima amiga nuestra. Ah, ministro, si pudiera enterarse de algo, le estaría sumamente agradecida. ¿De veras? Qué honor. Ya lo sabe, hay todo un capítulo acerca de Madrid en el libro de la gran duquesa. Espléndido sí. En efecto, pariente próxima. Describe el panorama (pip-pip-pip: el contador iba a todo meter) desde el Palacio Real. Desde luego, desolador. Yo he estado allí, desde luego. Magníficas puestas de sol, todo hay que decirlo. Ah, ella al principio no le tomó ningún aprecio, tenía unos prismáticos de ópera con cristales opacos, los usaba en los momentos más crueles. ¿Tiene noticia de sus planes? Sí, Bárbara Barbarossa también me lo dijo, pero me pregunto por qué no vienen aquí. Tendría usted que tratar de persuadirles. Sí, claro, entiendo. Bueno, ya hablaremos de eso. Mientras tanto, mi querido ministro, no quisiera entretenerle más (pip-pip-pip). Nos veremos el próximo día 10. Yo también. Enviaré a su secretaria un recordatorio, por supuesto. Adiós.

Se volvió resplandeciente hacia mí.

—Ejerzo un efecto maravilloso sobre ese hombre, date cuenta. Es conmovedora la debilidad que tiene por mí. La verdad, creo que podría hacer con él lo que quisiera. Cualquier cosa, en serio te lo digo.

Jamás hablaba de Polly. Al principio supuse que la razón por la cual apreciaba tanto el verme era que mentalmente me relacionaba con Polly y que tarde o temprano se sinceraría conmigo para quitarse la pesada carga que sin duda le oprimía o que incluso trataría de utilizarme como intermediaria en una reconciliación. Pronto comprendí, sin embargo, que Polly y Boy habían muerto para ella. Ya no tenía el menor pensamiento para ellos, pues Boy no podía volver a ser su amante y Polly ya nunca, por lo visto, podría ganarse su aprecio ni menos aún darle a ella credibilidad a ojos del mundo entero. Lisa y llanamente los había suprimido de sus pensamientos. Las visitas que me hacía eran debidas en parte a la soledad y en parte a que yo le venía de maravilla para hacer un alto entre Londres y Hampton: podía utilizarme como restaurante, guardarropía y cabina de teléfonos mientras estuviera en Oxford.

Se notaba de lejos que estaba muy sola. Todas las semanas procuraba llenar Hampton de personas importantes, elegantes, o de personas sin más. Por ser tan grande la predilección que se tiene en Inglaterra por la vida en la campiña, lograba que las visitas se alojaran en su casa de viernes a martes, si bien le seguían quedando dos días sin nada que hacer a mitad de la semana. Cada vez viajaba menos a Londres. Prefería quedarse en Hampton, donde reinaba en solitario, en vez de frecuentar Londres, donde siempre le aguardaba cierta competencia. Allí, la vida sin que Polly entretuviera a sus invitados y sin que Boy le ayudara a urdir sus intrigas sociales evidentemente carecía de sentido y se le hacía tediosa.