13
Creo que fue más o menos dos semanas después del funeral de lady Patricia cuando, después del almuerzo, tío Matthew se plantó en la puerta de entrada, con el reloj en la mano y el ceño fieramente fruncido, apretando los dientes tanto que le rechinaban, a la espera de la actividad que más le divertía y solazaba en todo el año, una tarde dedicada a atontar percas. El atontador de percas tenía que llegar en principio a las dos y media.
—Son las dos y veintitrés minutos y quince segundos —decía tío Matthew con verdadera rabia—. Así que pasen exactamente seis minutos y cuarenta segundos, el dichoso individuo llegará tarde.
Si no se mantenían a rajatabla las citas con él, si no se llegaba con cierto margen sobre la hora convenida, él lo consideraba una falta grave de impuntualidad. Comenzaba a ponerse de los nervios con media hora de antelación, malgastando así tanto tiempo como las personas que no tienen el menor respeto por la puntualidad, además de agarrarse unos cabreos sordos.
El famoso río truchero que corría por el valle, algo más abajo de donde estaba Alconleigh, era una de las posesiones de las que tío Matthew estaba más orgulloso. Era un excelente pescador de mosca; nunca se le veía más feliz, tanto en temporada truchera como fuera de ella, que cuando vadeaba el río con sus altas botas de pescador, inventando magníficas mejoras a lo largo de todo el tramo. Construía represas, abría azudes, arrancaba las cañas, cuidaba las orillas, mataba a tiros a las garzas, cazaba las nutrias y repoblaba las aguas con crías de trucha todos los años. En cambio, tenía problemas con los peces más ásperos, la carpa y sobre todo la perca, pues no sólo engullían a las crías de trucha, sino que también se zampaban su comida, causándole grandes quebraderos de cabeza. Un buen día, encontró un anuncio en el Exchange and Mart: «Llame al atontador de percas».
Las Radlett siempre decían que su padre no había aprendido a leer, pero lo cierto es que leía con voracidad siempre y cuando le fascinara lo que estaba leyendo, buena prueba de ello es que de ese modo localizó él solito al atontador de percas. Tomó asiento en el acto y mandó llamarlo. Le llevó un rato, durante el cual respiró agitadamente sobre el papel de escribir, haciendo, como siempre, varias copias de la carta antes de cerrar el sobre y ponerle un sello.
—Dice el individuo que se le adjunte un sobre con su sello y la dirección de respuesta escrita, pero no le voy a conceder ese capricho. Él verá si lo toma o lo deja.
Lo tomó. Vino, echó a caminar por la orilla del río y diseminó sobre las aguas una suerte de semilla mágica, que pronto dio mágicos frutos, pues a la superficie emergieron, aleteando, atontadas, medio asfixiadas, total y completamente aturdidas, percas a centenares. Advertidos de antemano todos los hombres del pueblo cercano, armados con rastrillos y redes, se procedió a la recogida de los peces, con los cuales se llenaron varias carretillas, cuyo contenido se utilizó como abono en los huertos o para hacer pastel de perca, según el gusto de cada cual.
En lo sucesivo, el atontamiento de las percas pasó a ser un acontecimiento anual en Alconleigh; el atontador llegaba puntual, a la vez que las primeras nevadas del año, y verlo faenar constituía un placer que nunca menguaba. Así pues, allí estábamos todos, a la espera de que hiciera acto de presencia, mientras tío Matthew caminaba de un lado a otro por delante de la puerta; los demás esperábamos dentro debido al frío helador, aunque asomados a la ventana, mientras todos los hombres de la finca se habían reunido ya a la orilla del río. Nadie, ni siquiera tía Sadie, quería perderse un momento de la operación; tal vez a Davey le interesaba menos, pues se había retirado a su habitación diciendo: «Aún no me he vuelto loco del todo y no pienso salir con este tiempo del demonio».
Se oyó a lo lejos el ruido de un automóvil, las ruedas al triturar la gravilla y un bocinazo grave. Tras un último vistazo al reloj, tío Matthew se lo guardó en el bolsillo cuando por la avenida apareció el vehículo, que no era ni mucho menos el pequeño Standard que conducía el atontador de percas, sino el enorme Daimler negro de Hampton Park, a bordo del cual llegaban tanto lord como lady Montdore. ¡Gran sensación! Eran rarísimas las visitas a Alconleigh, y más las inesperadas. Todo quien cometiera la impertinencia de probar el experimento no encontraría a tía Sadie y a las niñas, que se habrían echado cuerpo a tierra para no dejarse ver, si bien tío Matthew, desafiante e impermeable a todo azoramiento, se plantaría delante de una ventana, a la vista del osado, al cual le diría el mayordomo que «no estaban en casa». Los vecinos habían renunciado a esas visitas tiempo atrás, por ser una experiencia incómoda. Para colmo, los Montdore se tenían por el rey y la reina de la vecindad, de modo que jamás hacían visitas y daban por hecho que los demás acudirían a su casa, de modo que aquella aparición, se mirase como se quisiera mirar, fue extremadamente peculiar. Estoy segura de que si alguien distinto hubiera irrumpido en los felices instantes en que ya se anticipaba una tarde con el atontador de percas, tío Matthew lo habría despachado con cajas destempladas y quién sabe si no le hubiera lanzado además una piedra. No obstante, cuando vio de quién se trataba, pasó por unos instantes de sorpresa, de aturdimiento, a los cuales se sobrepuso antes de lanzarse a abrir la portezuela del automóvil como un hacendado de antaño, que saltase a sujetar el estribo de su señor feudal.
La vieja arpía, bien lo vimos todos al punto, incluso por la ventanilla del auto, se encontraba en un estado terrible. Tenía la cara enrojecida e hinchada como si llevara muchas horas llorando sin parar. Pareció no reparar siquiera en el tío Matthew, pues ni le dijo palabra ni lo miró siquiera al bajar del coche, quitándose con gesto de malhumor la manta que le cubría los pies. Acto seguido echó a caminar con el paso de una mujer muy envejecida, frágil y cojitranca, hacia la casa. Tía Sadie, que se había apresurado a salir, la rodeó con un brazo por la cintura y la acompaño al salón, cerrando de un portazo tal que a las claras indicó su deseo expreso de que las niñas no asomaran la nariz por allí en un buen rato. Al mismo tiempo, lord Montdore y tío Matthew desaparecieron en el despacho de mi tío. Jassy, Victoria y yo nos quedamos mirándonos con los ojos como platos, alucinadas por tan extraordinario incidente. Sin darnos siquiera tiempo de especular a qué podía deberse todo aquello, apareció el atontador de percas con exquisita puntualidad.
—Condenado individuo —dijo después tío Matthew—. Si no hubiera llegado tan tarde, habríamos empezado la función antes de que llegaran los Montdore.
Aparcó su chatarra de coche en fila con el Daimler y acudió muy sonriente y campanudo a la puerta de entrada. En su primera visita se encaminó con modestia a la puerta de atrás, pero el éxito de sus polvos mágicos había puesto a tío Matthew tan de su parte que le dijo expresamente que, en el futuro, acudiera a la puerta principal, y siempre le invitaba a una copa de oporto antes de empezar la faena. Si lo hubiera tenido, le habría ofrecido una copa de Tokay Imperial.
Jassy abrió la puerta antes de que el atontador de percas tuviera tiempo de llamar. Nos congregamos a su alrededor mientras se tomaba su oporto y decía:
—Vaya ventarrón que se ha levantado, ¿eh? —y seguía bebiendo a sorbos sin saber muy bien qué hacer—. Su Señoría no estará indispuesto, ¿verdad? —añadió al poco, sin duda sorprendido de no haberse encontrado con la impaciencia habitual de mi tío, con su aspecto colérico, con su repentino apaciguarse en una calurosa bienvenida, con sus prisas para darle al atontador una palmada en la espalda y servirle el vino.
—No, no. Suponemos que estará aquí enseguida. Es que está ocupado.
—Qué raro que a Su Señoría se le haya hecho tarde, ¿verdad?
Llegó entonces aviso de tío Matthew, indicándonos que bajásemos al río y que empezara la función. Nos pareció cruel disfrutar de tan magno acontecimiento sin esperarlo, pero el atontamiento de las percas tenía que estar resuelto con luz diurna. Temblando de frío, salimos de la casa, nos acomodamos en el cobijo provisional que nos brindó el Standard del atontador y salimos de nuevo a exponernos al recrudecido viento del norte que soplaba por todo el valle. Mientras el atontador esparcía sus polvos por el agua, nos refugiamos de nuevo en su coche para entrar en calor y comenzamos a especular con cuál era la razón de aquella extraordinaria visita. Estábamos sencillamente muertas de la curiosidad.
—Yo creo que habrá caído el gobierno —dijo Jassy.
—Si así fuera, ¿por qué iba a llorar tanto lady Montdore?
—Bueno, ¿quién iba a resolverle tantas cosillas?
—No lo creo, porque en tal caso pronto habría nuevo gabinete al cual podría adular. Tal vez incluso conservador. Es lo que prefiere.
—¿No se habrá muerto Polly?
—No, en tal caso estarían llorando y velando su bello cadáver, no yendo por ahí en automóvil de visita.
—A lo mejor han perdido todo su dinero y se vienen a vivir con nosotros —dijo Victoria, provocando un cierto desánimo, no en vano parecía una explicación plausible. En aquellos tiempos en que había gente tan rica, dueña de fortunas completamente aseguradas, más de uno podía creer que estaba a punto de perder todo su dinero, y las Radlett siempre habían vivido a la sombra de la amenaza de terminar en el asilo para pobres, donde tendrían que trabajar a cambio de comida y alojamiento, porque si bien tío Matthew vivía a sus anchas, con unos ingresos de unas diez mil libras al año, pasaba cada dos o tres años por graves crisis financieras y, en su fuero interno, estaba casi del todo seguro de que terminaría por depender el día menos pensado de la ayuda de la parroquia.
El atontador terminó su trabajo, y con sus polvos diseminados por el río, salimos del coche con las redes. Ése era un momento que siempre nos apasionaba. Las orillas del río estaban llenas de personas que escrutaban el agua con gran interés. Muy pronto los pobres pececillos comenzaron a retorcerse en la superficie. Había cazado yo un par de ballenas y otra algo más pequeña, que estaba sacudiendo para que saliera de la red, cuando oí a mis espaldas una voz de sobra conocida, traspasada por la pasión:
—¡Devuélvela al agua, pedazo de idiota! ¿Serás merluza, Fanny? ¿No ves que es una trucha irisada? ¡Ay, Dios mío...! ¡Mujeres...! ¡Cuánta incompetencia! Además, ¿no es ésa mi red? Llevo un buen rato buscándola por todas partes.
Se la di enseguida con bastante alivio, pues bastante penoso era estar junto al río con el vendaval que soplaba.
—Mira, mira, ya se han ido —decía Jassy en ese momento. Vimos el Daimler cruzar el puente, lord Montdore sentado muy erguido en el asiento de atrás, saludando a diestra y siniestra, como si perteneciera a la realeza. Adelantaron a la furgoneta del carnicero y casi lo vi inclinarse un poco y saludar con elegancia al conductor por haber tenido la amabilidad de dejarles paso libre. A lady Montdore apenas la vimos, arrebujada en un rincón. En efecto, se habían ido.
—Vamos, Fanny —dijeron mis primas abandonando en la orilla los utensilios—. Vámonos a casa. Hace demasiado frío, ¿no te parece? —gritaron a su padre, que seguía muy ajetreado, metiéndose una perca gigante en el zurrón de cazar liebres, haciéndoles caso omiso.
—Ahora —dijo Jassy cuando subíamos casi al trote desde el río—, a sonsacárselo todo a Sadie.
* * *
No fue necesario sonsacarle nada. Tía Sadie parecía a punto de reventar con la noticia. Se mostraba más humana y más natural con sus hijas pequeñas que con las mayores. Su actitud de vaguedad, alternada con sus tan temidos arranques de severidad imprevisible y combinada con los accesos de cólera de tío Matthew, había tenido bien sujetos a Louisa y a Linda y a los chicos, de modo que la verdadera vida de todos ellos se había desarrollado más bien en el cuarto de los Ísimos, pero se había morigerado notablemente en relación con Jassy y Victoria. Seguía siendo la vaguedad en persona, pero ya nunca se mostraba demasiado severa, y sí, en cambio, mucho más tratable. Siempre había mostrado una clara inclinación a tratar a sus hijos como si fueran todos de la misma edad, de manera que las menores empezaban a beneficiarse de que Louisa y Linda fueran ya mujeres casadas, a las que se podía hablar sin ninguna reserva.
La encontramos con Davey en el vestíbulo. Estaba sonrojada. En cuanto a Davey, estaba tan excitado que parecía haber desarrollado un síntoma nuevo y fascinante.
—Vamos —dijeron las niñas, con signos de interrogación pintados en la cara—. Cuéntanos.
—No os lo vais a creer —dijo tía Sadie, aunque dirigiéndose a mí—. Polly Hampton ha informado a su pobre madre de que se va a casar con Boy Dougdale. ¡Su tío, nada menos que su tío! ¿Quién ha oído jamás un dislate semejante? La desdichada Patricia, que todavía no estará fría en su tumba...
—Bueno —dijo Jassy en un aparte—, con este tiempecito, fría tiene que estar.
—¡Qué viejo miserable! —tía Sadie hablaba en un tono de profunda indignación, totalmente de parte de lady Montdore—. Ya lo ves, Davey: cuánta razón tenía Matthew a propósito de él, desde hace ya ni sé cuántos años.
—Oh, pobre Boy —dijo Davey con evidente intranquilidad—. No es tan malo.
—Davey, no entiendo cómo puedes, después de esto, seguir estando de su parte.
—Pero... Sadie —dijo Victoria—. ¿Cómo va a poder casarse con él, si es su tío?
—Eso fue exactamente lo que dije yo. Parece ser que es posible casarse con un tío político, no carnal. ¿Quién diría que esté permitido algo tan repugnante y tan terrible?
—Oye, Dave —dijo Jassy—. Ven un momento.
—Oh, no, querida, muchas gracias. ¿Casarme yo con una de vosotras, diablillos? ¡Ni por todo el oro del mundo!
—¡Qué desastre de ley! —exclamó tía Sadie—. ¿Cuándo ha podido aprobarse? ¡Si supone el fin de la vida en familia! ¿Cómo es posible?
—Sólo que para Polly será el principio.
—¿Quién se lo dijo a lady Montdore? —Yo, por supuesto, estaba obnubilada. Esa pieza clave del rompecabezas daba a todo una nueva claridad. En ese momento no pude imaginar cómo había sido yo tan boba de no percatarme.
—Se lo dijo Polly —dijo tía Sadie—. Fue así: no habían visto a Boy desde el funeral, pues parece que pescó un buen resfriado y no había salido de su casa. Sonia también tenía un resfriado terrible, todavía lo arrastra, pero él habló con Sonia todos los días, como es su costumbre. Bueno, pues parece que ayer se encontraban los dos algo mejor y él fue de visita a Hampton con las cartas que había recibido a propósito de la pobre Patricia, de la infanta y gente de alcurnia, y los dos las repasaron largo y tendido, para comenzar una discusión sobre lo que se debía poner en la lápida. Había acordado que sería más o menos esto: «No envejecerá como hemos de envejecer quienes aún quedamos».
—¡Qué bobada! —dijo Jassy—. Si ya había envejecido.
—¿Envejecer? Sólo tenía algunos años más que yo —dijo Davey.
—Entonces... —dijo Jassy.
—Señorita, ya basta. Sonia dice que él parecía estar con el ánimo muy decaído, que parecía muy desdichado, que hablaba de Patricia por los codos, de lo que siempre había supuesto para él, de lo vacía que parecía la casa sin ella, en fin, así era de esperar tras veintitrés años de vida conyugal. ¡Qué miserable, qué viejo hipócrita! En fin: parece que se iba a quedar a cenar, sin siquiera vestirse para la cena debido a su resfriado. Sonia y lord Montdore subieron a cambiarse de ropa y, cuando bajó Sonia, se encontró a Polly, todavía vestida de día, sentada en esa alfombra blanca que tiene, frente a la chimenea. Le dijo: «¿Qué estás haciendo, Polly? Es muy tarde. Sube a cambiarte. ¿Y dónde está Boy?». A lo cual, Polly se estiró tranquilamente y le dijo: «Se ha marchado a su casa y yo tengo algo que decirte. ¡Boy y yo vamos a casarnos!». Al principio, como es natural, Sonia no se lo creyó, pero Polly nunca dice nada en broma, ya lo sabemos todos, así que de inmediato se dio cuenta de que estaba hablando completamente en serio y montó en cólera, tanto que se volvió medio loca. ¡Cómo la entiendo! Y se abalanzó sobre Polly y le sacudió un tortazo, y Polly respondió con un violento empellón, que dio con ella en un sillón, antes de subir al piso de arriba. Me imagino que Sonia debía de estar para entonces totalmente histérica. Sea como fuere, mandó llamar a la criada, que la acompañó arriba y la ayudó a acostarse. Mientras, Polly se vistió, bajó y pasó tranquilamente la velada con su padre sin decirle una sola palabra, tan sólo le comentó que Sonia tenía dolor de cabeza y que no bajaría a cenar. Así, esta mañana la pobre Sonia tuvo que contárselo todo. Dijo que fue terrible, porque él adora a Polly. Intentó llamar entonces a Boy, pero el muy cobarde, el muy miserable, se ha marchado, o ha fingido marcharse, sin dejar una dirección de contacto. ¿Habéis oído alguna vez una historia semejante?
Me había quedado sin habla de tanto interés.
—Personalmente —dijo Davey—, hablando en calidad de tío, el único que me inspira lástima en todo esto es el desdichado de Boy.
—Oh, no, Davey. Eso es una estupidez. Imagínate los sentimientos de los Montdore... Mientras esta misma mañana trataban de convencerla de que se deje de bobadas, ella les contó que estaba perdidamente enamorada de él desde antes de que se fuesen a la India, cuando aún era una muchachita de catorce años.
—Es muy probable, desde luego, pero ¿cómo sabemos si él quiso alguna vez que ella se enamorase de él? Si queréis que os diga mi opinión, yo dudo mucho de que nunca tuviera ni la más remota intención.
—Vamos, Davey: las muchachitas de catorce años no se enamoran de nadie si no se les anima a ello.
—Por desgracia, sí se enamoran de otros —dijo Jassy—. Ved mi caso con el señor Fosdyke. Ni una palabra, ni una mirada afectuosa me ha dirigido nunca, a pesar de lo cual es la luz de mi vida.
El señor Fosdyke era el montero mayor en las cacerías del zorro.
Pregunté si lady Montdore había tenido alguna sospecha de todo esto con anterioridad, si bien sabía a ciencia cierta que no, ya que ella siempre lo había dicho todo a las claras, y ni Polly ni Boy habrían gozado de un instante de paz caso de que algo recelara.
—Ni la más remota idea. Fue algo que le cayó del cielo de improviso. La pobre Sonia, ya sabemos que tiene sus defectos, pero no puedo decir que se merezca esto. Dijo que Boy siempre había sido amabilísimo, dispuesto siempre a ocuparse de Polly para dejarla a ella, a Sonia, a sus anchas, cuando estaban en Londres de visita. La llevaba a la Royal Academy y a donde fuera, y Sonia estaba encantada, porque la niña nunca parecía tener con quién entretenerse. Polly nunca fue una niña muy amiga de salir a divertirse, eso ya lo sabemos. Yo le tengo mucho cariño, siempre se lo he tenido, aunque ya entonces saltaba a la vista que Sonia lo estaba pasando mal en muchos sentidos. Pobre Sonia, cómo lo siento... A ver, niñas: ¿queréis hacer el favor de subir a lavaros esas manos que apestan a pescado antes de tomar el té?
—Esto es intolerable. De ninguna manera. Es evidente que dirás un montón de cosas mientras no estemos. ¿Qué pasa con las manos de Fanny? ¿No le huelen a pescado?
—Fanny es una mujer adulta, se lavará las manos cuando le apetezca. Venga, id a lavároslas.
Cuando salieron de la sala, nos habló con espanto a Davey y a mí.
—Imaginaos: Sonia, que había perdido por completo el control de sí misma, y no seré yo quien le culpe por ello, llegó a insinuarme más o menos que Boy había sido su propio amante.
—Querida Sadie, qué inocente eres —dijo Davey riéndose—. Ésa es una aventura amorosa que todo el mundo, excepto tú, conoce desde hace años. A veces pienso que tus hijas tienen razón, que no sabes cómo son las cosas de la vida.
—En tal caso, sólo puedo decir que doy gracias por no saberlo. ¡Qué cosa tan aborrecible! ¿Tú crees que Patricia lo sabía?
—Pues claro que lo sabía. Y se alegraba de que así fuera. Antes de que él tuviera esa aventura con Sonia, Boy tenía por costumbre hacer que Patricia fuese la carabina de todas las debutantes que a él le hacían cierta gracia, de modo que todas ellas terminaban por contarle sus penas a Patricia, sollozando y moqueándole en el hombro, y todas le pedían que se divorciase de él. Y eso era lo último que ella deseaba, como es natural. Él le dio abundantes disgustos.
—Me acuerdo de una cocinera —dijo tía Sadie.
—Desde luego, fue una historia tras otra, todas del mismo jaez, hasta que Sonia lo tomó por amante. Sonia llegó a tener cierto control sobre él, con lo que la vida de Patricia pasó a ser más llevadera, más agradable, hasta que comenzó a tener problemas con el hígado.
—De todos modos —dije—, sabemos que aún se interesaba por las muchachitas. Mirad a Linda.
—¿En serio? —dijo tía Sadie—. Ya me lo había parecido, fíjate tú. ¡Ajj! ¡Qué asco de hombre! ¿Cómo es posible que sigas creyendo que se puede decir algo en su defensa, Davey? ¿Cómo puedes suponer que no tenía ni la más remota idea de que Polly estaba enamorada de él? Si se insinuó a Linda, es evidente que hizo lo mismo con Polly.
—Bueno, Linda no está enamorada de él, eso está claro. No se puede dar por hecho que él deduzca que, sólo por acariciar el cabello de una muchachita de catorce años, ella va a insistir en casarse con él cuando sea mayor. Yo a eso le llamo tener mala suerte.
—¡Davey, no tienes remedio! Y si no fuera consciente de que sólo me estás tomando el pelo, te aseguro que estaría muy enojada contigo.
—Pobre Sonia —dijo Davey—. La verdad es que lo siento por ella, mira que presenciar cómo su hija y su amante... Bueno, es algo que sucede a menudo, aunque nunca sea plato de gusto para nadie.
—Seguro que es la hija la que le importa —dijo tía Sadie—. Apenas dijo nada sobre Boy. Sólo se quejaba de que Polly, con su belleza, con su perfección, se desperdicie de esa forma. A mí me pasaría lo mismo. No podría yo soportar una cosa así en ninguna de mis hijas... A ese vejestorio lo han conocido de siempre, y en su caso es mucho peor, pues Polly es la única hija que tiene.
—Y es su tesoro, es la niña de sus ojos. En fin. Cuanto más veo cómo es la vida, mayor es mi agradecimiento por no haber tenido hijos.
—Entre los dos y los seis años son perfectos —dijo mi tía con aire de tristeza—. Después, debo decir que no dan más que preocupaciones, aun siendo tan pequeños y tan graciosos. Otro horror para Sonia es preguntarse qué habrá pasado durante todos estos años entre Polly y Boy. Dice que ayer por la noche no pudo ni pegar ojo pensando en la cantidad de veces en que Polly fingía haber ido a la peluquera, cuando era evidente que no. Ésas son las cosas que la tienen medio loca.
—No tendría por qué —dije con firmeza—. Estoy segura, o casi, de que nunca pasó nada. Por distintas cosas que recuerdo, cosas que Polly me dijo, estoy muy segura de que su amor por el Listillo siempre debió de parecerle condenado a ser algo imposible. Polly es muy buena. Y tenía mucho cariño por su tía.
—Yo diría que tienes toda la razón, Fanny. Sonia también dijo que cuando bajó y se la encontró sentada en el suelo, lo primero que le vino a la cabeza fue que la chica parecía que hubiera estado flirteando con alguien, y dijo además que nunca la había visto así, nunca, con los ojos enormes y un mechón de cabello revuelto sobre la frente. Le dejó patitiesa su aspecto, y sólo entonces le dijo Polly...
Me imaginé la escena a la perfección, Polly sentada en la alfombra: era una actitud muy característica de ella. La vi levantarse despacio, estirarse y, con olímpico desprecio, con elegancia, clavar las crueles banderillas, en el primer movimiento de una pelea que sólo podría terminar con la muerte de una de las contrincantes.
—Yo lo que supongo —dije— es que él la tuvo que dejar pasmada cuando ella tenía catorce años y que ella se enamoró sin que él lo sospechara ni de lejos. Polly siempre se guarda las cosas en lo más profundo de su corazón. No creo que pasara nada entre los dos hasta la otra noche.
—Es sencillamente espantoso —dijo tía Sadie.
—Sea como fuere, Boy no podía contar con que se anunciara el compromiso allí mismo y sin esperar a más. De lo contrario, no se habría sentado a hablar con Sonia de la carta de la infanta, de la inscripción en la lápida y de todo eso —dijo Davey—. Mucho me temo que lo que dice Fanny es verdad.
—Habéis estado hablando... Qué injusticia... Y Fanny aún tiene en las manos un repugnante olor a pescado... —Las niñas habían vuelto sin aliento.
—Me pregunto de qué hablaron tío Matthew y lord Montdore en el despacho —dije. No sé cómo, pero no alcanzaba a imaginar cómo se pudo desplegar semejante historia entre esos dos personajes.
—Hablaron de lugares comunes —repuso tía Sadie—. A Matthew se lo dije yo más tarde. Nunca he visto a nadie tan enojado. Pero aún no os he contado a qué vino Sonia en realidad. Va a mandar a Polly a pasar una semana o tal vez dos con nosotros.
—¡No! —gritamos todas a coro.
—¡Fascinante! —dijo Jassy—. Pero... me pregunto por qué.
—Es Polly la que quiere venir. Fue idea suya. Y Sonia, al menos por el momento, no soporta siquiera el verla, cosa que yo entiendo muy bien. Debo decir que al principio tuve mis dudas, pero ya sabéis todos que le tengo un gran cariño a esa chica. La verdad es que la quiero, y si se queda en casa, su madre terminará por obligarla a fugarse en menos de una semana. Si viene a pasar aquí una temporada tal vez podamos influir en ella y convencerla de que se abstenga de ese horrible matrimonio. No me refiero a vosotras, niñas. Os pediré que al menos por una vez en la vida procuréis obrar con tacto.
—Cuenta conmigo —dijo Jassy muy seria—. Es a mi querida Vict a quien tienes que hablar en serio. No tiene ningún tacto. Y yo personalmente creo que fue un gran error decírselo siquiera... Ay... ¡Auxilio, auxilio! ¡Sadie, que me está matando!
—Me refiero a las dos —dijo tía Sadie con toda la calma del mundo, sin prestar atención a la pelea que se acababa de iniciar—. Podéis hablar de las percas durante la cena. Ése será un tema de conversación sin demasiados riesgos.
—¿Cómo? —dijeron las dos, y dejaron de pelearse—. ¿Quieres decir que viene hoy?
—Sí, así es. Después del té.
—Qué emocionante. ¿Crees que el Listillo será capaz de venir también, disfrazado de saco de leña?
—Bajo mi techo no se han de encontrar —dijo tía Sadie con firmeza—. Se lo prometí a Sonia, aunque también le hice ver que no puedo yo controlar lo que haga Polly en donde esté. Sólo puedo fiarme de su sensatez y de su buen gusto, al menos mientras esté conmigo.