16
LA LUZ del ocaso escapaba rauda, perdiendo las sandalias de sus pies ante el galope desbocado de los corceles negros de la noche.
Los pasos apresurados de Jalid alertaron al prisionero.
—¡Señor! —en el tono de voz del carcelero había un atisbo de nerviosismo—. Entre los sirvientes del palacio del sultán se comenta la llegada inminente de una embajada de Al-Ándalus. Se están acondicionando algunas habitaciones del palacio para albergar a los embajadores de Granada.
Lisan al-Din acogió la noticia con cierta sorpresa. Tras unos instantes de silencio, murmuró:
—Sólo le pido a Dios que al frente de esa embajada esté mi amigo Ibn Jaldún.
»Verás, Jalid, la primera vez que Ibn Jaldún visitó Granada, el sultán Muhammad ibn Yusuf le confió una misión diplomática ante la Corte del rey de los cristianos, que mi amigo resolvió de forma brillante. Quizá esta vez, el sultán de Granada le haya encargado la misión de conseguir mi libertad.
Mi amistad con Abd-l-Rahman ibn Jaldún se remonta a los años de mi exilio, cuando él era secretario de Estado en la Corte de Fez. Pero al perder su puesto, tras la muerte del sultán Abu Salim, Ibn Jaldún se trasladó a Al-Ándalus, tierra de sus antepasados. Los ancestros de Ibn Jaldún procedían del sur de Arabia, los Jaldún llegaron a la Península Ibérica con los conquistadores árabes y se asentaron en la ciudad de Carmona y, algún tiempo después, se instalaron en Sevilla, donde ocuparon puestos relevantes en la política de la taifa sevillana. Años después cuando los cristianos conquistaron Sevilla, los Banu Jaldún abandonaron la gran metrópoli andalusí, cruzaron el mar por Ceuta y llegaron a Túnez, capital del emirato Hafsí, donde todos los emigrados andalusíes fueron bien acogidos. En esta ciudad nació Abd-l-Rahman ibn Jaldún. Los miembros de su familia ocuparon altos cargos en la Corte tunecina. Su abuelo fue nombrado canciller del Estado y su padre, dedicado al estudio, fue reconocido como un gran científico; pero cuando Abd-l-Rahman cuenta 17 años, pierde a su padre y a su madre víctimas de la Peste Negra. Huérfano por la terrible epidemia, se entrega al estudio de la lengua y literatura árabe y frecuenta la Madrasa, donde imparten clases sabios maestros, como Ibrahim al-Abbdi, de origen andalusí, que se convirtió en su principal valedor y le instruyó en todas la ramas de humanidades. El prestigio del que goza la familia Ibn Jaldún en la Corte Hafsí, favorece los intereses de mi amigo y con sólo 20 años, el sultán le nombra Canciller.
Pero mi amigo Ibn Jaldún posee un espíritu inquieto y decide viajar al Magreb Occidental, donde el sultán meriní Abu Inan lo acoge con todos los honores y le nombra Secretario de Estado. Abu Inan, de infausto recuerdo, es un hombre receloso y sospecha que mi amigo es un espía de los hafsíes y, sin tener prueba alguna de ello, lo encarcela durante dos años. Cuando Abu Inan fallece repentinamente, una muerte en la que como ya te conté, algo tuvo que ver el sultán de Granada, subió al trono Abu Salim, que lo libera y le designa su secretario personal. Fue entonces, cuando el sultán de Granada es destronado y se exilia, con toda su Corte, en Fez. Durante aquel tiempo de expatriación se forjó nuestra amistad, que se prolongaría por muchos años.
Pero, estimado Jalid, los escorpiones de la envidia y la ambición habitan en los palacios, y los días de tranquilidad son efímeros en la Corte de los reyes.
Se habían cumplido tan sólo dos años de su reinado, cuando Abu Salim es asesinado y Fez se agita en luchas internas. Ibn Jaldún teme por su vida y decide trasladarse a Al-Ándalus.
Tres o cuatro días antes de la fiesta del Mawlid, Ibn Jaldún llegó a Granada, donde fue recibido como si de un miembro de la realeza se tratara. El sultán hizo tapizar y adornar con lujosos muebles y alfombras un pabellón de la Alhambra, para su alojamiento, y ordenó que fuese atendido por un buen número de sirvientes.
Desde el primer momento, el monarca granadino se sintió seducido por la relevante personalidad de Ibn Jaldún, que fue distinguido con toda clase de privilegios. Compartía mesa con el sultán y se convirtió en su confidente.
A la fiesta del Mawlid asistió como huésped de honor y fue invitado a componer una casida, para que fuese leída por el recitador. Debo decirte, estimado Jalid, que el poema de Ibn Jaldún se puede tachar de correcto, pero su valor poético era mediocre, porque siendo un buen prosista, le había sido negado el don de la poesía. Sin embargo, también debo decir que, no teniendo mucho talento para el verso, seduce con su brillante oratoria y la calidez de su carácter.
Cierto día, Ibn Jaldún me dio a conocer su deseo de pasar a territorio cristiano y visitar Sevilla, la tierra de sus antepasados. Yo le animé a solicitar autorización al sultán, pues el momento era propicio, ya que las relaciones personales entre el rey de Castilla y el sultán de Granada eran óptimas.
Una tarde, Ibn Jaldún se reunió conmigo en el hammám. Estaba eufórico. El sultán no sólo le había otorgado autorización para cruzar la frontera, sino que le nombró embajador real y le encargó una importante misión diplomática, consistente en ratificar el tratado de paz vigente, a punto de finalizar, entre Castilla y Granada.
El día de su partida, Muhammad ibn Yusuf le despidió con palabras de afecto. Por mi parte, le acompañé hasta las puertas de la medina y le deseé éxito en su cometido.
La embajada la componían, además de Ibn Jaldún, dos secretarios, un intérprete y una veintena de soldados y sirvientes, que custodiaban los magníficos regalos, que el sultán enviaba a su amigo Pedro ibn Alfonso: ricas telas de seda, una espada con empuñadura de oro y marfil y media docena de sementales de pura raza árabe enjaezados con sillas y bridas revestidas de terciopelo y bordadas de plata.
Antes de despedirse, Ibn Jaldún me contó ilusionado, que había soñado muchas veces con visitar la ciudad de la que tanto le habían hablado sus abuelos. Uno de sus antepasados, Jaldún ibn Uzman, se estableció en Qarmuna [Carmona] donde ordenó edificar varias casas; según este familiar, Carmona era una plaza muy importante de Al-Ándalus, levantada sobre una montaña y fortificada con una muralla inexpugnable. También poseía una bella mezquita de mármol con pilastras de piedra y un mercado semanal que tenía lugar los jueves, al que acudían mercaderes granadinos y extranjeros; contaba con baños públicos y un buen arsenal de armas para su defensa. Algún tiempo después, los Banujaldún se enrolaron en el ejército y se trasladaron a Sevilla, donde compraron tierras, alquerías y varias casas. Su abuelo le hablaba de una finca con una extensión de ciento cincuenta mil pies, toda ella poblada de higueras.
Ibn Jaldún al frente de la embajada partió de Granada, pasado el invierno.
Cuando, tras doblar un recodo de un camino, mi amigo contempló Sevilla, sintió una extraña sensación de irrealidad. Ibn Jaldún se detuvo, unos instantes sobre una ladera, para observar detenidamente a aquella enigmática ciudad. La luz del sol destellaba sobre el Guadalquivir. Sus edificios blancos, aglutinados en el valle, le parecieron palomas posadas en las márgenes del río.
Avanzaron lentamente. Ibn Jaldún iba preparado para enfrentarse a cualquier cosa, pero a medida que se aproximaban a la ciudad, mi amigo se percató de que aquellos recuerdos de sus abuelos, oídos en su infancia, no se correspondían con la ciudad que tenía delante.
Los ruidos de la gran urbe cristiana sonaban diferentes, el tono y el sonido de las voces eran dispares, se oían risas y canturreos extraños. Bajo el umbral de las puertas de la ciudad, aparecían unos guardias con capas grises apoyados en sus lanzas. Antes de cruzar la puerta, Ibn Jaldún mostró a la guardia el salvoconducto que le acreditaba como embajador.
Amarradas a las argollas de la muralla, sesteaban unas caballerías cargadas con cántaros. A los pies de un muro derruido, un grupo de niños, medio desnudos, sucios y mugrientos, se divertían burlándose de un anciano que tenía perturbadas sus facultades mentales. A la derecha de las enormes puertas, dejaron el ruido de las fraguas donde los herreros, con sus torsos desnudos, forjaban los hierros candentes que soportaban los yunques.
La comitiva granadina con sus caballos enjaezados y sus vistosas vestimentas, despertaba la curiosidad de los sevillanos, que los recibieron de forma cálida y hospitalaria. Unos jóvenes, que deambulaban ociosos, se ofrecieron para guiarlos por la ciudad.
Ibn Jaldún se puso a la cabeza de la embajada, le seguían los jinetes de su guardia y los sirvientes tirando de las bridas de los caballos árabes.
Con asombro, los granadinos fijaban sus ojos en el espectáculo callejero de aquella ciudad desconcertante. Enseguida, se vieron rodeados de una multitud de niños. A los componentes de la comitiva les sorprendía el parloteo de las mujeres a las puertas de sus casas, el olor de grasa de cerdo que escapaba por las ventanas, completamente abiertas, y el descaro que mostraban las muchachas cristianas. Algunas mujeres descubrían su busto amamantando a sus hijos, sin ningún pudor. Y desde las ventanas de un edificio en ruinas, unas prostitutas les gritaban mostrando sus enormes pechos blancos.
Precedidos de los improvisados guías, se internaron en el laberinto de calles que tenían que transitar, camino del Alcázar. Junto a mansiones señoriales, convivían cobertizos en ruinas y palacetes fastuosos. En los corrales, pastaban unos caballos y algunos hombres dormían sobre montones de forraje. Por todas partes se oían ladridos de perros. En una plazuela, bajo unos naranjos, media docena de alanos famélicos se peleaban por los restos de comida de unos soldados, que compartían trozos de carne embutidos en tripas de cerdo; la presencia de la comitiva no era del agrado de los canes, que se lanzaron ladrando sobre los extranjeros y, mostrando sus temibles colmillos, rodearon a los embajadores. Los caballos corcoveaban y los sementales árabes coceaban asustados. Ante la amenaza de las lanzas, los alanos retrocedieron.
Con infinita tristeza, mi amigo observó cómo todas las mezquitas habían sido transformadas en iglesias, y los alminares en ruidosos campanarios. Ibn Jaldún suspiró profundamente. La visión de la ciudad de sus antepasados, le empezaba a resultar dolorosa; comprobó el poderío cristiano. Si alguien albergaba alguna esperanza de recuperar Sevilla para el Islam, tendría que desecharla. La bella ciudad del Guadalquivir se había perdido para siempre.
A medida que se adentraban en la gran urbe, las calles aparecían más llenas de gente. Abundaban los frailes y los soldados, también algún caballero armado de brillante espada, que con el resonar de sus botas y espuelas sobre el empedrado atraía a los mendigos.
Sentados sobre las escalinatas de las iglesias, los indigentes y lisiados imploraban una limosna. En las paredes de umbríos callejones, aparecían hornacinas con imágenes de vírgenes y crucifijos, a cuyos pies lucía la llama oscilante de una lamparilla. Por algunas callejas corrían arroyos de agua maloliente y desperdicios. Piaras de cerdos deambulaban libremente, hozando en la basura acumulada.
En un callejón, varios hombres borrachos cantaban y gritaban, hasta que una mujer se asomó a una ventana y les hizo callar arrojando sobre los alborotadores una jofaina llena de orín. Los muchachos que acompañaban a los embajadores irrumpieron en sonoras carcajadas.
Al llegar a una plaza, los niños les alertaron con sus gritos: ¡Alcázar! ¡Alcázar! Y con sus dedos señalaban al imponente palacio del rey Pedro. A la derecha, sobresalía la gran mezquita, convertida en catedral, el alminar descollaba sobre los tejados. La torre conservaba la huella almohade, idéntica a la Kutubiyya de Marrakús. El sol estaba en lo más alto, y todas las campanas comenzaron a sonar al unísono. Al oír el ensordecedor ruido de los campanarios, las mujeres hicieron la señal de la cruz con sus dedos sobre la frente y el pecho.
El centro de la plaza lo ocupaba un mercado, donde bullía gente de toda condición; entre los tenderetes, transitaba una multitud en la que destacaban los ricos vestidos de elegantes damas acompañadas de sus sirvientas. Los puestos estaban bien surtidos de frutas, gallinas, corderos, cerdos y pescados. Pero al contrario de los zocos, en los mercados cristianos no se aspiraba el aroma de las especias, ni la fragancia que destilan las plantas aromáticas; en torno a éstos, flotaba un olor rancio que se desprendía de los cuerpos sudorosos de los criados y de los ropajes de los nobles, mezclados con sabrosos olores de harina tostada.
Las puertas del palacio, taraceadas con fragmentos de bronce y clavos dorados, se abrían en la muralla almohade, que circunda el Alcázar. Por ellas accedió la comitiva granadina a un patio rectangular, donde se izaban las banderas de Castilla, que atestiguaban la presencia del rey en palacio. Bajaron de los caballos y unos lacayos se hicieron cargo de las cabalgaduras. El patio exhalaba un intenso aroma de azahar. Una escolta de lanceros les acompañó por una galería coronada por bóvedas entrecruzadas por arcos con incrustaciones de teselas de mármol rojo.
Al final del corredor tuvieron una grata sorpresa cuando, en nombre del rey, les salió a recibir el médico judío Ibrahim ibn Zarzar.
Ibn Zarzar había sido el médico personal del sultán de Granada, pero tras el golpe de estado del Bermejo, Ibn Zarzar se refugió en la Corte de don Pedro. Allí contó con el valimiento del tesorero real, otro judío llamado Samuel ha-Leví.
El rey de Castilla vivía rodeado de astrólogos judíos que le asesoraban y le predecían los triunfos bélicos; todos ellos acaudillados por el poderoso hombre de confianza del rey: Samuel ha-Leví.
La suerte de los hebreos cambió cuando los astrólogos judíos predijeron victorias que no se cumplieron. El rey cristiano, que vivía atormentado por las sospechas de traiciones de sus consejeros, comenzó a recelar de su almojarife judío. Samuel ha-Leví había amasado una cuantiosa fortuna, mientras las arcas reales estaban vacías, a consecuencia de la larga guerra que don Pedro sostenía con su hermano bastardo. Entonces el tesorero del rey cometió un terrible error. En contra de la prohibición de levantar nuevos templos judíos, Leví se permitió financiar la construcción de una sinagoga [tránsito] en Toledo. La infracción de la ley y la exhibición de tanta riqueza despertaron las sospechas de la alta nobleza y la codicia del rey, que ordenó prender a su tesorero. Samuel ha-Leví fue sometido a tortura hasta morir. Todos sus cuantiosos bienes en casas, doblas de oro y objetos de orfebrería fueron confiscados y pasaron a formar parte del tesoro real.
El médico judío, Ibrahim ibn Zarzar, que contaba con el aprecio de don Pedro y se había ganado su confianza, fue encumbrado al puesto de consejero en sustitución del desdichado Samuel ha-Leví.
Mi amigo Ibn Jaldún y el médico judío se saludaron efusivamente. Ibn Zarzar le adelantó, que el rey cristiano había sido informado de la historia de los Jaldún, del alto rango que adquirieron en Sevilla y de las numerosas posesiones que acreditaban su fama y poderío.
Ibn Jaldún, sorprendido, le preguntó quién había informado al rey. Y el judío, con una media sonrisa, le respondió que en la Corte de Castilla sólo él conocía la historia de los antepasados del embajador.
A Ibn Jaldún le preocupaba el carácter de don Pedro e inquirió si el rey de Castilla era tan cruel como se decía.
Ibn Zarzar le contestó que más que cruel era justiciero y que jamás perdonaba una traición.
—Don Pedro no olvida ni perdona —afirmó.
—¿Y cómo te ganaste su confianza? —quiso saber mi amigo.
—Mi primer encuentro con el rey resultó un tanto extraño —manifestó el judío con cierto misterio—. Yo había visitado la Corte, pero a don Pedro nunca lo había visto. Y, ¿sabes lo primero que vi del rey?
Ibn Jaldún negó con la cabeza.
—Su real culo —declaró Ibn Zarzar sin poder contener la risa.
—¿De veras, el culo? —preguntó Ibn Jaldún con una sonrisa.
—Una noche fui requerido para presentarme ante el monarca. Me llevaron a los aposentos privados del rey y encontré a don Pedro desnudo y tumbado bocabajo en su lecho. El rey con el rostro aplastado sobre una almohada masculló:
—Estoy rodeado de inútiles que no saben curarme. Tu reputación como hábil médico ha llegado hasta mí. Espero que puedas aliviarme del dolor que me aqueja y me impide montar a caballo —murmuró el rey señalando con el dedo índice un voluminoso furúnculo sobre una nalga.
—Haré todo lo posible, majestad —dije mientras palpaba la fluxión amoratada.
Comprobé que el abultamiento ya estaba maduro y blando, y decidí sajar el tumor. Pero temía la reacción del rey. Sé por experiencia que los poderosos se muestran irascibles ante el dolor. Si mi mano no era firme y la lanceta ocasionaba algún desgarro, aquel rey al que denominaban «el Cruel», podía ordenar que me cortaran el brazo. Respiré profundamente para serenarme. Pellizqué con fuerza la nalga afectada, al mismo tiempo que penetraba la lanceta. Con el dolor del pellizco disimulé el daño que le produciría el corte en la carne. Un líquido viscoso fluyó del tumor y, tras dos días de vendaje y reposo, don Pedro pudo cabalgar sin dolor en su trasero.
Charlando amigablemente, ibn Jaldún y el judío pasaron a un jardín de exuberante vegetación, donde naranjos y palmeras crecían en torno a una alberca de agua transparente donde se reflejaban los arcos porticados de la entrada al palacio.
En una explanada, cientos de artesanos, granadinos, toledanos y sevillanos trabajaban en la construcción de un nuevo palacio. Varios pilares de azulejos, traídos de Granada, posaban sobre el suelo, para decorar las galerías y salas del nuevo alcázar.
A la entrada, los embajadores observaron un gran alero sustentado por mocárabes dorados, donde habían esculpido una inscripción haciendo mención a Pedro I de Castilla, como constructor del palacio, pero al lado, en un friso de cerámica aparecía otra inscripción en árabe con el lema de los Nazaríes. «Sólo Dios es Vencedor». Lo que les sorprendió gratamente.
En el arco central de la entrada, los obreros se afanaban en colocar unas puertas talladas en madera de pino con atauriques dorados y ornamentaciones policromadas, en las que figuraban inscripciones en árabe en la cara externa y en castellano en la interna, realizadas por artesanos mudéjares toledanos.
Mi amigo Ibn Jaldún me confesó que se sintió cautivado por la majestuosa arquitectura y la rica ornamentación del palacio. Al contemplar la policromía de las yeserías, la simetría de la decoración islámica, la cerámica vidriada y los epígrafes en lengua árabe que adornaban las estancias, bien se las podría tildar de impropias de un rey cristiano. Aquella simbiosis de arte islámico y cristiano ponía de manifiesto la pasión de don Pedro por el arte andalusí.
El rey recibió a la embajada granadina en un espléndido salón, sentado en un trono elevado sobre una tarima de tres escalones. Vestía una larga túnica roja y blanca con un castillo dorado y un león rojo, ambos bordados a la altura del pecho; de sus hombros colgaba un manto de brocado forrado de armiño. Detrás del trono, cubría la pared un gran lienzo con las armas de Castilla. Pedro ibn Alfonso era un hombre de rasgos severos, pero no exentos de un cierto atractivo; era alto, de cabello rubio y bien proporcionado de cuerpo. Se encontraba en el esplendor de su vida, contaba 28 años.
Sentado sobre el segundo escalón de la tarima donde descansaba el trono, aparecía un ser extraño, una criatura deforme, intermedia entre hombre y animal; aquella figura grotesca vestía un jubón de terciopelo verde y cubría su enorme cráneo abombado con un bonete rojo; las diminutas piernas estaban ceñidas por unas calzas amarillas; en el cuello lucía un collar de cascabeles, como un perro amaestrado. La doble joroba lo mantenía encorvado, casi a cuatro patas, obligándole a mirar de soslayo, como un animal resabiado. La mandíbula inferior le colgaba flácida, mostrando unos dientes pequeños y afilados; y al final de sus dedos anillados, le crecían unas largas uñas.
Un intérprete le contó a Ibn Jaldún que aquel engendro gozaba de prerrogativas de las que no disponían muchos nobles. Debido a que su deformidad le hacía parecer tan inferior a los demás, se le toleraba dirigirse a la nobleza como a un igual, incluso proferir insultos que el rey le reía. Era un gran fornicador y por su lecho pasaban muchas damas de la Corte.
Esto último, estimado Jalid, no te debe extrañar. Hay mujeres, sobre todo de alta alcurnia que, dominadas por la lascivia, se sienten atraídas por lo monstruoso o diabólico, y buscan el placer perverso de la Bestia, cuyo aliento les abrasa y sus largas uñas laceran su carne.
El rey de Castilla recibió a Ibn Jaldún con los máximos honores; su trato, desde el primer momento, fue afable, mostrando una exquisita cortesía. Sus primeras palabras fueron para declarar su satisfacción por su presencia. Don Pedro ceceaba al hablar, pero su voz era agradable.
El rey cristiano, al que llamaban el Cruel, se mostró con mi amigo magnánimo y afectuoso, le colmó de regalos y le propuso quedarse en su Corte y entrar a formar parte de su círculo más íntimo de consejeros. Le ofreció restituirle los bienes de sus antepasados, aunque éstos se encontraran en poder de algunos Grandes del reino. Pero Ibn Jaldún se excusó por no poder aceptar tal proposición y, expresándole el agradecimiento que merecía su generoso gesto, le recordó su compromiso de regresar con la embajada a Granada.
En el gran salón del trono, bajo la cúpula dorada que sustentaba una estrella dorada de doce puntas, sobre pechinas de mocárabes, el rey de Castilla renovó el tratado de paz y alianza en las condiciones que le proponía su aliado y amigo, el sultán de Granada. Tras lo cual, los granadinos fueron agasajados en la Corte sevillana.
Al día siguiente, al amanecer, Ibn Jaldún se despertó sobresaltado por el sonido de las campanas. Su ánimo se serenó al contemplar desde una ventana una torre que relumbraba como el oro. Se acordó de cómo su padre le habló del «al-Borg al-Azajal», el castillo dorado, que mandó construir el gobernador almohade Abu-l-Ulá.
Después de tantos años, algunas huellas del Islam se mantenían casi indemnes.
La comitiva fue invitada a visitar la ciudad. El dédalo de calles se abría mostrando hermosas residencias con patios que destilaban aromas de azahar y rosas. La actividad era frenética en torno al gran río. En ambas orillas, se comerciaba todo género de mercancías y se mezclaba toda clase de gentes. Los barrios próximos al Guadalquivir eran un hervidero multicultural, donde transitaban cristianos, judíos, mudéjares, comerciantes genoveses y marinos portugueses, que proporcionaban a Sevilla un ambiente cosmopolita como no habían visto antes en ninguna otra ciudad. Abundaban los mesones y los tugurios donde se jugaba a las cartas y a un juego de azar en el que se emplea un hueso de carnero que llaman taba.
Ibn Jaldún tuvo la oportunidad de visitar las posesiones de sus antepasados en Sevilla. Pudo admirar las alquerías y el castillo, que los sevillanos llaman «de los Jaldunes». Y al penetrar en la mezquita construida por su tatarabuelo, convertida en iglesia, se sintió perdido en la oscuridad como un niño indefenso en una noche en el bosque. Cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra, vislumbró ornamentos recargados de oro e imágenes terribles que llenan el corazón de angustia. En un lugar destacado del templo atisbó una efigie de la Virgen, madre del profeta Isa ¡con él sea la paz! cubierta de alhajas que resplandecían incrustadas en sus ropajes y en la corona. En las paredes brillaban mosaicos de alabastro. En una hornacina recubierta de plata, se veneraba a un santo que empuñaba una espada y aplastaba con sus pies los cráneos de hombres tocados con turbantes. Era evidente lo que aquello representaba.
El regreso de Ibn Jaldún a la Alhambra fue triunfal. El sultán lo encumbró a lo más alto, le convirtió en su consejero y en su compañero inseparable; le regaló una hermosa esclava, le concedió propiedades y tierras de regadío; y para que la dicha de su huésped fuese completa, el sultán ordenó al almirante de la armada ir a Ifrigiya y traer a Granada a la familia de Ibn Jaldún.
En la Corte se comentaba la exagerada familiaridad del sultán con su huésped. De la noche a la mañana, Ibn Jaldún pasó a ser miembro destacado del Consejo privado del emir, y entre los altos funcionarios cundía el recelo. Temían la enorme influencia que aquel advenedizo ejercía sobre el monarca.
Por aquellos días, todos me veían a mí como el hombre fuerte del reino, el árbitro de la situación política, el gran visir a quien dirigir sus quejas y en el que tenían puestas sus esperanzas. Y me instaban a poner fin a aquella relación, que ellos consideraban perniciosa para el sultán.
No había duda de que, a raíz de la llegada de Ibn Jaldún a Granada, el sultán no parecía el mismo. Sólo tenía oídos para su nuevo consejero, que le hablaba de la magnificencia del palacio del rey cristiano, y Muhammad se obsesionó gastando inmensas cantidades de dinero en las reformas de la Alhambra para superar en riqueza y esplendor al palacio del cristiano. Parecía querer rivalizar con el poderoso rey de Castilla embelleciendo los pabellones de la Medina Roja, y causar asombro y envidia a los visitantes extranjeros. Todos los pabellones de la Alhambra se poblaron de artesanos y alarifes que ensanchaban patios, cubrían fosos, levantaban andamios.
Le insinué al sultán que no debía rodearse de consejeros que desconocían las auténticas necesidades del reino. Le alerté sobre el abandono en que se encontraban algunas plazas fronterizas y la falta de preparación de un ejército inactivo. Una tropa ociosa, le advertí, es propensa a la indisciplina y a la rebelión. Se había licenciado a muchos hombres y el ejército no estaba bien pertrechado para hacer frente a un ataque enemigo. Si bien era cierto que teníamos en vigor un tratado de paz con Castilla, no podíamos ignorar que el rey de Aragón, aliado del hermano bastardo de don Pedro, ansiaba atacar Granada.
Pero Muhammad no atendía a mis advertencias. Se olvidó de los asuntos de la guerra contra los infieles, y pasaba los días rodeado de arquitectos y albañiles, entre sacos de yeso y estuco, caminando bajo los andamios con las babuchas de terciopelo manchadas de polvo calizo; en medio del ruido y el caos, discutía con los alarifes el modo de emplear los materiales. Le vi arremangarse y agarrar una alcarraza escanciando vinagre sobre la masa del yeso para que éste fraguara mejor. Pasaba demasiado tiempo observando a los pintores recubrir los capiteles de una capa dorada, o a los artesanos adornar las bóvedas con panes de oro. En las obras se gastaron ingentes sumas de dinero, que debieron emplearse en armas con las que defenderse de un enemigo ávido y cruel.
Obstinado en las reformas de su palacio, no respetaba las obras levantadas por sus antepasados. Para ampliar o modificar edificios, derribó algunas construcciones erigidas por su padre, el noble Abu-l-Hayyay Yusuf, ¡que Allah lo tenga cerca!
Muhammad amaba la ostentación y el lujo. Mostraba una especial inclinación por la suntuosidad y poseer todo aquello que no estaba al alcance de los demás: las cosas más bellas y caras, joyas únicas, animales salvajes, salas revestidas de oro, alfombras de seda o telas doradas de la India. Empleó oro y lapislázuli en la ornamentación de los salones; cobre dorado y maderas nobles en puertas y ventanas; mármol en columnas y pavimentos. Muhammad y Pedro estaban embarcados en la misma aventura y el signo de ambos parecía correr la misma suerte: discordias familiares y guerras civiles. Se ayudaban mutuamente y coincidían en los mismos gustos. En Granada se llegó a decir que entre Castilla y Al-Ándalus no se conocían fronteras.
Muhammad envió al Alcázar de Sevilla alarifes granadinos y artistas del yeso. Y don Pedro correspondía enviando a la Alhambra artesanos y pintores mudéjares toledanos, que revestían los arcos con molduras festonadas y relieves de fastuosas celosías perforadas hasta la transparencia. Los pintores decoraban paredes y bóvedas de púrpura, azul y carmín. Sobre los muros de las salas aparecían inscripciones con suras del Corán y la divisa Nasrí: «Sólo Dios es Vencedor». Pero cierto día, un alfaquí descubrió que, en los frisos del pórtico norte, en el Patio de los Arrayanes, figuraba esculpido un escudo rojo cruzado por una banda dorada. El alfaquí consultó con un alarif y, para asombro de aquél, el arquitecto le desveló que se trataba del escudo de la Orden de la Banda, un distintivo de prestigio en los ejércitos cristianos con el que el rey de Castilla había investido al sultán de Granada.
Aquel descubrimiento horrorizó al alfaquí y la noticia corrió por el palacio, produciendo un gran escándalo que me obligó a trasmitírselo al mismísimo sultán.
Muhammad no se inmutó. Conocía aquel detalle del pórtico del Patio de los Arrayanes y, además, me comunicó que pensaba intercalar el escudo de la Banda con la divisa de los Alhamar en la sala de la Justicia y en otras contiguas al Salón del Trono. Ante la sorpresa que emanaba de mis ojos, el sultán, que desde hacía un tiempo me trataba con cierta frialdad, me despidió diciendo: «Di a los alfaquíes que los ejércitos de la Orden de la Banda me ayudaron a recuperar el trono que había usurpado mi hermano. Y es de justicia este reconocimiento por los servicios prestados al reino».
A medida que Muhammad fue tomando conciencia de su poder, se tornó orgulloso y terco; no admitía consejos de nadie, y menos si éstos se oponían a sus caprichos. Ahí radicaba la frialdad que el sultán mostraba hacia mí.
Cuando todavía no se habían apagado las llamas del escándalo anterior, surgió otro aún mayor.
Resulta que para embellecer el patio de acceso a la residencia privada del sultán, un arquitecto había diseñado una fuente de singular belleza, que se instalaría en el centro del patio. La taza del surtidor estaría sustentada por las figuras de doce leones, de cuyas fauces brotarían sendos chorros de agua. Los doce leones, que representaban los doce meses del año, eran de tal perfección y volumen que parecían estar vivos.
Cuando el cadí de la Alhambra vio el boceto, se escandalizó. Pidió audiencia urgente, y cuando tuvo delante al sultán, con voz enérgica y ojos llameantes le espetó:
—¡Majestad! Lo que se pretende levantar en el patio del harén, trasgrede claramente la ley islámica, incurriendo en herejía. Todo musulmán sabe que la representación de hombres y animales es una emulación sacrílega de la obra creadora de Allah, ¡ensalzado sea! La exhibición de esos leones rompe el principio universal del Islam, que prohíbe componer representaciones de toda aquella criatura que goza de vida creada por Dios.
La sala quedó muda, todos miramos al sultán que se mostraba perplejo ante la inesperada reacción del juez. La fuente de los leones había sido elegida por el propio sultán, entre varios proyectos presentados. Desde el primer momento, Muhammad no tuvo dudas, se había encaprichado de esa fuente y no estaba dispuesto a renunciar a ella.
Pero en los ojos del cadí no se apagaba el fuego de la ira. Nadie se atrevía a hablar. Tras un tenso silencio, el sultán convocó al juez para el día siguiente en el Mexuar, donde se reuniría el Consejo de Estado. Allí se discutiría el problema y el arquitecto, responsable del proyecto, explicaría las razones y el significado de la fuente.
El Consejo lo presidía el sultán y lo componíamos tres visires, dos ulemas, el cadí y el omnipresente consejero Ibn Jaldún. El sultán dio orden para que compareciese el arquitecto. Todos quedamos sorprendidos al ver entrar a un joven que no sobrepasaba los 30 años. Con paso decidido, portando un pliego enrollado, se inclinó ceremoniosamente ante el sultán y se colocó ante la mesa que ocupaba el centro de la sala.
Muhammad, dirigiéndose al alarif, le pidió que nos explicase en qué se había inspirado para diseñar esa fuente.
El arquitecto desenrolló el papel, lo alisó sobre la mesa y, mostrando el diseño, dijo:
—Majestad, el patio en el que se pretende colocar la fuente estará circundado por airosos pórticos con arcos de yeserías caladas, sobre esbeltas columnas de mármol. Y en armonía con el conjunto de formas depuradas y de elementos constructivos de exquisita y delicada decoración, hemos creído conveniente que el centro, hoy desprovisto de vida, sea ocupado por una fuente que contribuya con los efectos acústicos del agua a acentuar el sosiego de las salas privadas y que, además, contenga un simbolismo político-religioso.
—¿Cuál es el contenido religioso de esas figuras? —exclamó el juez sin poder contenerse.
—Sosegaos, dejad que el arquitecto termine su argumento —intercedí.
—Como podéis ver en el dibujo —prosiguió el alarif, mostrando el boceto—, la fuente se compone de una gran pila de alabastro que descansa sobre los cuartos traseros de los leones, que echarán chorros de agua, a un tiempo, por sus bocas. En el centro de la pila, un surtidor de agua verterá el contenido, bañando los cuerpos de los leones. La gran taza simboliza al Emir de los Creyentes, su grandeza y magnanimidad, derramando sus dones, durante todo el año, sobre sus valientes guerreros: los leones que le rodean y le protegen.
—¿De dónde eres? —preguntó el juez al joven arquitecto, sin ocultar un cierto desdén.
—De Toledo, señor.
El juez con un gesto de desprecio borbotó:
—¡Mudéjar! Todos los mudéjares estáis contaminados por la fiebre iconográfica de los idólatras.
El joven arquitecto no se inmutó y prosiguió:
—Como ya me habían prevenido sobre los posibles prejuicios que suscitaría mi obra, he diseñado otro boceto, corrigiendo aquello que pudiera ser tachado de ofensivo por quienes practican la ortodoxia islámica —dijo desplegando sobre la mesa un segundo folio.
El juez se aproximó al tablero con el ceño fruncido y clavando su mirada en el dibujo, exclamó:
—¡No veo ninguna diferencia, los leones siguen ahí!
—Señor —señaló el toledano—, si os fijáis bien, estos leones carecen de la perfección relevante de los primeros. Los ojos de éstos son simples hendiduras desprovistas de vida. De las cabezas han desaparecido las abundantes melenas, y éstas se insinúan quedando reducidas a meras incisiones de cincel. Las figuras son arcaicas y toscas y no son comparables a la obra del Creador y, por tanto, no constituyen una ofensa a Allah, ni escándalo para los creyentes.
Todos los miembros del Consejo permanecíamos inclinados en torno a la mesa, observando, en silencio, el dibujo. El sultán levantó discretamente una ceja y me miró de soslayo, insinuando que tomara la palabra.
Carraspeé y, señalando el boceto, añadí:
—A mí me parece que estas figuras de piedra, tan rudimentarias, ponen de manifiesto la incapacidad del hombre frente a la pureza de las criaturas concebidas por Allah ¡ensalzado sea!
—No estoy de acuerdo —respondió el juez—, el mero hecho de representar a las criaturas de Dios, sea en pintura o escultura, es un pecado de soberbia del hombre, que pretende convertirse en el Creador. Cuando Creador sólo hay Uno. ¡Único e Incomparable!
Las palabras del cadí resonaron en la bóveda de la sala, sumida en un silencio tenso. El sultán, con rostro serio, recorrió con la mirada a los miembros del Consejo.
—Bien —dijo el sultán tomando la palabra—, como veo que hay discrepancias entre mis consejeros, propongo que sometamos a votación si la Fuente de los Leones debe ser erigida en el patio del harén o debemos renunciar a su construcción. Yo me abstendré de emitir el voto y se respetará lo que decida la mayoría del Consejo.
El juez lanzó una mirada desafiante a los consejeros, y el sultán cruzó su mirada con los visires.
—Entonces, procedamos —ordenó el sultán—. Que levanten la mano quienes estén a favor de erigir la fuente.
Los tres visires levantamos la mano. El juez y los dos ulemas permanecieron con los brazos caídos. Todos dirigimos la mirada hacia Ibn Jaldún. Éste parecía dudar sobre su derecho a votar. Miró al sultán, y al comprobar que todo el Consejo permanecía pendiente de su decisión, Ibn Jaldún levantó su mano derecha. El emir no pudo reprimir una sonrisa de satisfacción, y dirigiéndose al juez sentenció: «Cuatro a favor y tres en contra».
El juez, con el ceño adusto y el rostro crispado, salió de la sala, seguido de los ulemas.
Desde aquel día, Ibn Jaldún se convirtió en el blanco de los dardos envenenados de los ulemas. No le perdonaban que un intruso en la Corte, como él, inclinara la balanza a favor de la construcción de la Fuente de los Leones. A partir de entonces, sufrió los exabruptos y el desprecio de los funcionarios más fundamentalistas.
Pronto se percató de que era la comidilla de unos cortesanos que le odiaban. Temía que los calumniadores hicieran dudar al sultán sobre la confianza que había depositado en él. En la Corte reinaba un ambiente inquietante de intrigas y sospechas. Por aquellos días, se descubrió una conjura del jefe militar de las milicias magrebíes, Utman ibn Yahya ibn Rahhú. Este general contaba con mi confianza, pero me vi obligado a encarcelarle y, más tarde, fue expulsado de Granada junto a toda su familia.
Ibn Jaldún se sentía cada vez más incómodo y llegó un momento en que no soportó más la agobiante hostilidad que le asediaba. Vino a verme, y me comunicó su decisión de abandonar Granada. Me dijo que se veía obligado a viajar a Bujía, reclamado por el sultán de Tremecén, quien le había nombrado primer ministro.
En los momentos difíciles se manifiesta la grandeza del hombre. Ibn Jaldún era un hombre discreto, equilibrado y digno. Jamás se quejó ante mí o ante su amigo el sultán del malestar que sentía en la Corte. No quería que nadie se viera perjudicado por su causa. Mi amigo Ibn Jaldún dio muestras de su carácter noble y abandonó Granada llevándose mi admiración y el aprecio del sultán, que le colmó de regalos y le despidió con lágrimas en los ojos.
Antes de su partida, para garantizar su viaje al Magreb, redacté un salvoconducto en el que no ahorré elogios, proclamando las virtudes y méritos que le adornaban.
Cuando Lisan al-Din dio por terminado este relato, la noche, agotada, dejaba caer las estrellas cual monedas de plata de la mano de un esclavo nubio.