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COMO cada noche, cuando Jalid se detuvo ante la celda del prisionero, éste languidecía tras un lienzo de sombras, con la mirada perdida en los recuerdos.
Al advertir la presencia del carcelero, Lisan al-Din se acercó hasta él y el resplandor cobrizo de la antorcha desveló la piel cenicienta de su rostro. Jalid le observó en silencio. El hombre que tenía delante era un ser desvalido y frágil. Las bolsas bajo sus ojos y el cabello canoso y sucio apenas le recordaban al personaje atractivo, de aspecto cuidado y mirada altiva, que vio el día que lo encerraron. Sus labios habían perdido la firmeza que transmitía un carácter enérgico y fuerte, y la mirada audaz se había tornado temerosa.
Lisan al-Din se sintió aliviado ante la aparición del carcelero.
—Amigo Jalid, esta noche te voy a contar la hazaña de un rey que, habiendo perdido su reino, su buena estrella se elevó a lo más alto y el manto de la protección divina cayó sobre su figura. Allah ¡loado sea!, siempre obra con justicia en este mundo y todo vuelve hacia Él en el otro. ¡No hay Dios sino Él!
—¡Allah es el más Grande! —musitó el carcelero.
—Sigamos con la narración.
Muhammad ibn Yusuf, que había instalado su Corte en Ronda, consiguió reunir a un contingente de caballeros y hombres de a pie; un buen número de granadinos que se adhirieron a su causa, y un escuadrón de jinetes bereberes reclutados en Fez. Al frente de todos ellos, Muhammad partió hacia Antequera y cuando pusieron sitio a esta importante plaza, llegó la funesta noticia del asesinato del sultán de Fez, Abu Salim. Muhammad lloró la muerte de su amigo.
Los nuevos gobernantes magrebíes dieron la orden de regresar a Fez a todas las fuerzas expedicionarias en Al-Ándalus. Muhammad, apesadumbrado, levantó el cerco de Antequera y regresó a Ronda. Sin embargo, no renunciaría a la lucha para recuperar lo que era suyo por derecho, y decidió enviar emisarios a Sevilla, a fin de conseguir el apoyo bélico de Castilla.
El rey cristiano se mostró dispuesto a convertirse en su aliado y exhortó al granadino a reunirse con él en la ciudad de Casares, al frente de sus respectivos ejércitos. Desde allí, las fuerzas coaligadas de don Pedro y Muhammad atacaron la fortaleza de Iznájar, que domina el territorio como un ave de presa, y que conquistaron al asalto.
Nada parecía detenerles, entraron en la Vega devastando cuanto encontraban a su paso, llegando hasta el Puente de Pinos y Atarle, a tan sólo dos leguas de Granada. Pero aquellas victorias en territorio granadino, a Muhammad no le satisfacían. Le producían un sabor amargo que no le dejaba descansar. Su mente estaba gobernada por sentimientos encontrados, por una parte, un deseo irrefrenable de aniquilar al Bermejo y por otra, no soportaba el sufrimiento de ver a sus hermanos musulmanes morir a manos de los cruzados. Contemplar las banderas de Castilla flameando victoriosas y las cruces alzadas sobre los campos destruidos, le producían una tristeza infinita. Pasaba los días con la garganta atenazada por la aflicción. Se encontraban a las puertas de Granada, tenían la victoria al alcance de la mano. Pero ¿qué pensarían los granadinos, si entraba victorioso en la capital rodeado de tropas infieles?
Sin poder soportar por más tiempo aquella tortura, Muhammad decidió poner fin a los estragos, vejaciones y daños de las que eran objeto los habitantes y las tierras de Al-Ándalus, y rogó al rey cristiano abandonar la lucha y volver a sus cuarteles.
Esta decisión disgustó al rey de Castilla, que lamentó tener que abandonar aquella empresa que se prometía victoriosa; mas don Pedro comprendió los motivos que impulsaban a su aliado a suspender el ataque y se resignó a los impulsos de religiosidad y honradez de Muhammad, que se sentía incapaz de soportar los sufrimientos de los que habían sido sus súbditos, y accedió a los deseos de su amigo y aliado, no sin antes reiterar la promesa de ayudarle a recuperar el trono.
Muhammad nunca olvidaría aquella muestra de comprensión del castellano y, decidido a no ser motivo de escándalo para los musulmanes, dio orden de retirada a su tropa y retornó a Ronda.
El rey cristiano ordenó a sus generales salir del territorio granadino, pero los maestres de Alcántara y Calatrava hicieron oídos sordos y siguieron hostilizando la frontera y haciendo incursiones en la Vega.
Pasado lo más crudo del invierno, el sultán destronado, con un ejército de doscientos jinetes, salió de Ronda y atacó Málaga. Esta ciudad se consideraba la más importante después de Granada y un lugar estratégico para lograr la conquista de todo el reino.
Lo que parecía ser tarea difícil, para un ejército tan reducido, resultó que Allah, ¡loado sea!, hizo fácil su conquista y próspera su entrega.
Los habitantes de Málaga mostraron la alegría, hasta entonces reprimida, de tener de nuevo al sultán que les hizo prósperos y renegaron del sultán falsario que les causó la perdición de sus almas y sus bienes; que debilitó las defensas dispersando las tropas; que utilizó la mentira para asentar la traición. Los ojos de los malagueños mostraban agradecimiento y proclamaban cómo durante el tiempo que Muhammad había estado ausente, no habían conocido la misericordia; y las nubes benéficas de un buen gobierno no habían derramado la lluvia que hace fructificar las buenas obras, sintiéndose víctimas de un tirano.
De la misma manera que se entregó Málaga, lo hizo toda la zona oriental, declarándose a favor de Muhammad ibn Yusuf. Los castillos que, en un principio, parecían resistirse con fiereza, se sometieron sin oponer resistencia.
Cuando el Bermejo oyó que los almuédanos gritaban desde los alminares de las mezquitas de Antequera, Loja, Vélez, Comares o Alhama, proclamas a favor de su oponente, el castigo del cielo cayó sobre el traidor y éste enloqueció. El Bermejo se sentía como una fiera enjaulada. Solo y desesperado, caminaba arriba y abajo por las salas de la Alhambra. Los nobles que le adulaban le dieron la espalda, el pueblo le odiaba. Viendo cómo se desmoronaba todo lo que había conseguido con argucias y traiciones, reunió a una horda de mercenarios, y a todos aquellos que había seducido con las artes de las serpientes, y se dirigió donde se guardaba el tesoro real; saqueó las arcas llenas de oro, arrasó el palacio, se apoderó de objetos preciosos, armas de lujo, espadas de la India guarnecidas de piedras preciosas, cofres con diamantes y collares de esmeraldas, paños bordados de oro y plata; y sin previo pacto ni salvoconducto, sin guardar el ritual acostumbrado entre soberanos; en compañía de 37 aventureros, se dirigió a Sevilla, buscando el amparo del rey de Castilla.
Una vez que el usurpador salió del territorio granadino, Muhammad apresuró la marcha hacia la capital del reino.
El sábado 20 de Yumada del año 763 [16 de marzo de 1362], el Emir de los Creyentes Muhammad ibn Yusuf tomó, por segunda vez, posesión del trono de la Alhambra, donde fue aclamado por su pueblo.
Muhammad, el quinto con este nombre, iniciaba así su segundo reinado y comenzó impartiendo justicia. Algunos de aquellos indignos, que habían ocupado puestos de responsabilidad durante el reinado del tirano, huyeron de Granada. Otros, que se habían mostrado obsequiosos con el Bermejo y ahora adulaban al legítimo sultán, éste los puso en manos del verdugo.
Durante una audiencia pública, el emir reparó en un individuo que vestía una capa negra tachonada de estrellas y tocado con un alto gorro rojo. Cuando el sultán le ordenó acercarse, el extravagante personaje se arrojó al suelo y pidió clemencia. Muhammad, un tanto desconcertado, preguntó a un ayudante, quién era aquel desdichado que pedía clemencia sin haber sido condenado.
El ayudante le dijo:
—Mi señor, se trata de un adivino.
—¿Y…? —dijo el sultán girándose hacia su sirviente—. Dile que cuando necesite sus servicios le llamaré.
—Señor, es el mismo individuo que su Majestad encontró en Marbella, cuando estábamos a punto de embarcar hacia el exilio y os vaticinó que recuperaríais el trono, aunque dijo haber leído en las estrellas que, cuando esto ocurriese, él sufriría una desgracia.
Muhammad no salía de su asombro y pensó que se trataba de un chiflado, ordenando al extraño personaje levantarse, ya que no había motivo para que fuera castigado ni sufriera mal alguno. Pero el hombre del gorro rojo permanecía de rodillas, asegurando que las estrellas nunca se equivocan. Entonces se acercó al sultán el juez al-Nubahí y susurró al monarca que el tal adivino era el astrólogo Abu Yafar al-Ansarí, al que el Bermejo consultaba todas sus decisiones y el que señaló al tirano el día más propicio para dar el golpe de estado.
Muhammad reflexionó unos instantes y dirigiéndose al astrólogo decretó:
—Ciertamente mi sentencia, al igual que tu predicción, tiene dos partes, una buena y otra mala. La buena es que te perdono la vida y la mala es que serás azotado y desterrado de mi reino. Aunque he de reconocer que eres un buen adivino, pues todas tus predicciones se han cumplido.
Los guardias tomaron al astrólogo por los brazos y, cuando se lo llevaban para cumplir la sentencia, éste dio un traspié y perdió el gorro, que fue pisoteado por los guardias mientras el adivino intentaba recuperar la prenda poniéndose a cuatro patas, lo que provocó las risas de los presentes. En la puerta, se cruzaron con un secretario que anunció la llegada de una embajada del rey de Castilla.
Muhammad, gran amigo de don Pedro, no quiso hacer esperar a los embajadores y ordenó que fuesen conducidos a su presencia.
Los cristianos hicieron su entrada con los ojos deslumbrados por la belleza cegadora de la Alhambra. La comitiva estaba formada por el embajador, acompañado de un paje y treinta y siete caballeros, todos ellos ataviados con brillantes armaduras, espada al cinto y portando sobre el hombro una bolsa de terciopelo rojo. Tras las reverencias pertinentes, el embajador fue autorizado a hablar.
El emisario de don Pedro pidió al paje, situado a su lado, que le entregara una caja de plata, que éste cubría con un paño. Una vez la tuvo en sus manos, la abrió y arrojó al pavimento su contenido. Ante los asombrados ojos del sultán, un cráneo cubierto con mechones de pelo rojo como la alheña, rodó sobre las baldosas del salón; uno de los ojos del decapitado permanecía cerrado en un guiño siniestro; el otro abierto, con la pupila empañada por el velo de la muerte, contenía el horror de la tragedia.
En los rostros de los asistentes se dibujó un gesto de espanto; y murmullos de asombro y asco invadieron la sala. Repuesto de la sorpresa, el sultán levantó la mano ordenando silencio y esperó a que el embajador le diera alguna explicación.
El emisario cristiano tomó la palabra y, dirigiéndose al emir, dijo:
«En el nombre de mi señor don Pedro, rey de Castilla, con el deseo de que perdure la afectuosa amistad y se robustezca la alianza entre los dos reinos, ahí veis al que os fue desleal y traidor, y todas las cabezas de vuestros enemigos». En ese momento, los treinta y siete caballeros que acompañaban al embajador, abrieron las bolsas de terciopelo rojo y arrojaron a los pies del sultán las cabezas de los adictos al abominable arráez. Los cráneos rebotaron sobre el pavimento, algunos con largas melenas y cabellos encrespados; de las bocas y fosas nasales de los cráneos rezumaban repugnantes líquidos, y un hedor espantoso se esparció por la sala.
El sultán se tapó la nariz y, con un gesto de repugnancia, ordenó sacar de allí aquellas cabezas lívidas y asquerosas y fijarlas en lo más alto de las murallas de la Alhambra. Y allí permanecieron varios días, sirviendo de comida a los buitres y de lección a las multitudes, que concurrían a presenciar el espectáculo que ofrecían las torres del Alcázar adornadas con un collar de cráneos putrefactos.
Muhammad obsequió a los integrantes de la embajada con un espléndido banquete, durante el cual el emisario del rey cristiano informó al sultán de los sucesos que llevaron a la muerte del felón, en Sevilla.
El Bermejo, cargado de riquezas, se había presentado en la Corte del rey de Castilla, ofreciendo un inmenso tesoro a cambio del favor real. Pensó que así podría atraerse la amistad de don Pedro. Pero Dios, que es poderoso y sabio, castigaría la perfidia del falsario.
El rey de Castilla, en asamblea secreta, consultó a sus consejeros y todos sentenciaron que aquel felón era reo de muerte por crimen de alta traición.
La suerte del Bermejo estaba echada. Don Pedro, al que llamaban el Cruel, decidió dar al usurpador una lección ejemplar de oprobio; y urdió, con refinada crueldad, el castigo. Simulando sentirse deslumbrado por las cuantiosas riquezas de su huésped, ordenó al Maestre de la Orden de Calatrava que homenajease al granadino y a los treinta y siete compinches, que le acompañaban, con una opípara cena en el Alcázar. Antes de comenzar el banquete, el calatravo, un hombre corpulento, de espesa barba negra y mirada fiera, le hizo al Bermejo una sugerencia: debía ser parco a la hora de ingerir los primeros platos, guardando el apetito para hacer los honores a un abundante y delicioso postre de dulce, que sería servido al final de la cena, ya que éste había sido seleccionado, personalmente, por el rey. El Maestre le hizo creer que ésa era la costumbre en las comidas de la Corte, cuando asistía el soberano.
La sala principal del Alcázar sevillano aparecía engalanada como en las grandes celebraciones. Los estandartes de Castilla y de las Ordenes Militares cubrían las paredes. Detrás del sillón real, colgaba un gran lienzo donde figuraban los castillos dorados y los leones rampantes del reino de Castilla. Repartidos por los muros de la sala, sobre telas de tafetán blanco, lucían los símbolos de las Ordenes Militares: la cruz gules con forma de espada de la Orden de Santiago; el peral silvestre sobre campo de oro del blasón de los de Alcántara, junto a la cruz verde de la misma Orden y, por supuesto, la gran cruz griega con las puntas flordelisadas carmesí de los calatravos.
Comenzó la cena y con indisimulada aflicción, el Bermejo se limitó a sorber, un par de veces, del tazón que contenía una humeante sopa de trucha del Guadalquivir. Los jugos gástricos del arráez se despertaron violentamente al inhalar los aromas de las perdices escabechadas que los sirvientes pusieron sobre la mesa. Incapaz de resistir, alargó la mano y agarró media ave, pero la reprobadora mirada del calatravo le obligó a soltar la presa y a conformarse con un alita que chupó con avaricia comiéndose hasta los huesos; luego, de forma solapada, mirando a un lado y otro, movió el brazo disimuladamente con la intención de apropiarse de un muslo de la apetitosa perdiz, pero, en ese momento, los sirvientes retiraron las fuentes y su mano quedó inerte en el aire. A continuación, le pusieron delante una cazuela con los cuartos traseros de un cordero asado en salsa de hierbas aromáticas. Los intestinos del Bermejo comenzaron a emitir unos ruidos extraños y por la comisura de los labios empezaron a fluir las secreciones que producían sus glándulas salivares. Tomó un trozo de pan y lo mojó, tímidamente, en la salsa; lo masticó lentamente y el sabor del tomillo le hizo suspirar de placer. Intentó calmar a su estómago, que le exigía engullir una de aquellas patas de cordero cubiertas de crujiente y dorada piel, recordando la advertencia del mal encarado Maestre; y se propuso guardar las formas para no desairar a un rey al que llamaban «El Cruel», y que charlaba animadamente con un noble, sin apenas mirar la comida. Pronto llegaría el postre, pensó, para saciar su hambre canina. Pero éste se hizo esperar. Una tropa de saltimbanquis apareció en tropel y comenzó a realizar ejercicios acrobáticos.
El Bermejo, con el busto ligeramente inclinado, miraba el espectáculo con la falsa atención de quien está obsesionado con otra cosa. Los ojos del traidor miraban a hurtadillas la puerta por la que habían aparecido los manjares y ahora permanecía cerrada. El hambre y los giros vertiginosos de los acróbatas le producían mareos. Cuando los equilibristas dieron por terminada su actuación, entre las aclamaciones de los comensales, el Bermejo observó aliviado, cómo la puerta de la cocina se abría y hacía su aparición en la sala el repostero mayor del rey, seguido de una hueste de criados que portaban, sobre una enorme bandeja, un gigantesco pastel de hojaldre adornado con frutas confitadas. Los invitados prorrumpieron en gritos de asombro ante aquel obsequio del rey. Los criados blandieron unas espadas, ocultas bajo sus ropas, y se dispusieron a partir la colosal tarta, pero en vez de hundirlas en el pastel, rodearon al Bermejo y a sus secuaces y los prendieron. Arrastrándolos como a perros, les sacaron de la sala y los arrojaron a las mazmorras. Entonces se oyó la voz poderosa del Maestre de la Orden de Calatrava que gritó: ¡Mozos, ahora, traed la cena! Y una sonora carcajada resonó en la sala.
Dos días, sin comer, permanecieron aquellos falsarios tras los barrotes de las mazmorras; al tercer día, el rey ordenó sacarlos.
El rey de Castilla veía en aquel traidor a su propio hermano bastardo, que le había declarado la guerra para usurparle el trono. Don Pedro decidió dar un escarmiento público para que todos vieran cómo se hacía justicia con los usurpadores y traidores que ambicionaban el trono que no les pertenecía.
A las puertas del Alcázar, el Bermejo fue vestido con una saya de color escarlata, lo montaron con las manos atadas a la espalda en un burro enano, y lo pasearon por las calles de Sevilla, seguido, a pie, por sus treinta y siete secuaces, todos ellos maniatados y escoltados por lanceros. Durante el camino, el Bermejo, montado sobre el diminuto pollino, tenía que encoger las piernas para evitar arrastrar los pies. De esta guisa, sufrió las burlas y el escarnio del pueblo. Dos hombres a caballo abrían el paso a la comitiva, que salió de la ciudad y se dirigió al campo de Tablada. Allí esperaba, montado sobre un brioso corcel, el rey Cruel y Justiciero. Y, por Dios, que hacía honor a ambos nombres.
El infame reo, al ver al rey, pensó que ya había pagado con creces su error y que el cristiano, en un acto de compasión, se conformaría con apropiarse de las riquezas que había traído y le dejaría libre.
El triste cortejo avanzaba lentamente por el campo de Tablada y se detuvo en medio de una inmensa llanura; el Bermejo y el rey cristiano quedaron, frente a frente. Don Pedro, desde lo alto de su caballo, observaba a aquel fantoche vestido con aquella ridícula saya, con una mezcla de desprecio y odio. Los ojos del Bermejo imploraban clemencia. En medio de un silencio sobrecogedor, el rey cristiano ordenó: «Desatadle las manos». El Bermejo aflojó los tensos músculos de su rostro, creyéndose ya libre. Pero el rey Cruel, en un arranque de violencia extrema, arrebató la lanza a un soldado de su guardia y atravesó el pecho del prisionero. Al instante, se desató la furia en el campo de Tablada. Los soldados emulando a su rey, entre aullidos de rabia, se abalanzaron sobre los secuaces del falsario y los alancearon y decapitaron. Los cráneos de todos ellos fueron amontonados en una plaza de Sevilla, para que el pueblo viera cómo se hacía justicia con quienes se dejaban dominar por la perfidia y la ambición.
Así fue el final de este sultán traidor, tirano impopular, detestado por sus propios vasallos, en cuyo reinado fueron destruidas las fronteras del Islam y pisoteadas la tradición y la jurisprudencia.
Esto, estimado Jalid, sucedió el segundo día del mes de Rayab del año 763 [25 de abril de 1362]. Yo me encontraba en Salé, y me lo contó el sultán en una carta, en la que me pedía encarecidamente mi inmediato regreso a Granada. En la misiva me recordaba el compromiso que había contraído de volver a Al-Ándalus, una vez que mi señor hubiera recuperado el trono. También me informaba de que todos mis bienes confiscados habían sido recuperados, y puestos bajo la salvaguarda de un pariente de la casa real.
El sultán me necesitaba para trabar las fracturas que había sufrido el Estado, cerrar las grietas abiertas por el emir indigno, y afilar y poner a punto las armas contra el enemigo. En aquella nueva situación, el sultán me urgía a reunirme con él; precisaba de alguien con experiencia, y habilidad política y diplomática para llevar con mano firme el timón del gobierno.
Así pues, una vez que el legítimo Emir de los Creyentes tornó a su sede, como regresa la luna a su casilla después de pasar por las diferentes fases, decidí tomar al príncipe Yusuf, que había quedado a mi cuidado, y regresar a mi patria.
Cruzamos el mar acompañados por el chillido estridente de las gaviotas que volaban sobre el mástil de nuestra nave. Las cúspides de las olas se movieron compasivas, mientras el viento se agitaba clemente a nuestro favor.
Al llegar a la Alhambra, el sultán me recibió con los brazos abiertos y las siguientes palabras:
«La paz sea contigo Abu Abd Allah, la dicha de volver a verte colma con creces la amargura de tu ausencia. Quiero que permanezcas a mi lado para ayudarme a coser los jirones de mi reino».
Le besé las manos y agradecí sus elogios, pero le pedí permanecer, como máximo, dos años al frente del gobierno. Pronto cumpliría cincuenta, y mi deseo era retirarme de la política y dedicarme a la literatura el resto del tiempo que me quedase de vida. Muhammad sonrió maliciosamente y no respondió a mi petición.
El sultán se encontraba desorientado. No sabía qué política seguir en el plano internacional. Me comunicó que su idea era esperar y actuar según fueran sucediendo los acontecimientos en los reinos fronterizos. Sólo había una cosa sobre la que no tenía duda: conservar la amistad con el rey de Castilla. Muhammad se sentía profundamente agradecido a don Pedro y consideraba al rey castellano un aliado fiel.
Después de escucharle atentamente, le expuse mi punto de vista. Según mi criterio, no debíamos esperar a que los acontecimientos nos arrollaran; por el contrario, teníamos que actuar de inmediato y atajar los problemas que se avecinaban en un panorama político tan agitado: Castilla se desangraba en una guerra fratricida entre don Pedro y su hermano bastardo. Si las cosas se ponían mal para aquél, probablemente don Pedro pediría ayuda a Granada en compensación del apoyo que él nos había prestado para recuperar el trono. Con el otro reino cristiano, Aragón, las relaciones serían difíciles; su rey había sido aliado del Bermejo, ¡que Allah confunda!, y tendríamos que actuar con cautela. Y en cuanto al Magreb, la situación en Fez se volvió caótica tras el asesinato de Abu Salim.
Ante este panorama, sugerí al sultán seguir las siguientes directrices: mantener la alianza con Castilla, cosa nada difícil, teniendo en cuenta la apurada situación por la que atravesaba. Esta alianza de mutua defensa entre Castilla y Granada, nos preservaría de cualquier tentación de ataque del rey de Aragón, que tenía un pacto de no agresión con Castilla, impuesto por el Papa, que no toleraba la guerra entre los reyes cristianos.
Respecto a los países africanos: considerando que Fez se agitaba con revueltas y luchas de facciones por conseguir el poder y, en previsión, de que llegara al trono un emir hostil a Granada, sería recomendable estrechar lazos de amistad con los ziyyaníes de Tremecén; ampliar relaciones con los hafsíes de Ifrigiya [Túnez] y establecer alianzas con los mamelucos de Egipto, a fin de mantener el equilibrio con todos los reinos del Norte de África y prevenir una posible injerencia o pretensión expansionista de los meriníes. Muhammad se mostró dispuesto a seguir mis consejos y me autorizó a dirigir la diplomacia.
En el otoño de ese mismo año, tuvimos noticias de que Castilla y Aragón habían roto la débil tregua que mantenían y se habían declarado la guerra. El motivo era que Aragón apoyaba a Enrique de Trastamara, hermano bastardo de don Pedro, en su lucha por apoderarse del trono de Castilla.
Poco después, llegó a Granada un emisario con una carta del rey de Aragón, en la que nos comunicaba la visita inminente del embajador aragonés, Bernardo de Sanflin. Aquella noticia nos llenó de recelo, nos preguntábamos qué tramaría el monarca aragonés. Sabíamos que el rey de Aragón, Pedro IV, al que llamaban el Ceremonioso, era un hombre de carácter solapado y tenaz, no exento de una refinada crueldad.
El sultán recibió en la Alhambra al embajador aragonés, que traía instrucciones precisas de su rey para negociar una alianza entre Granada y Aragón. Bernardo de Sanflin proponía prorrogar el tratado de paz, firmado durante el reinado del Bermejo, pero ponía una condición: que el sultán formalizase un compromiso para declarar la guerra a Castilla, de lo contrario, amenazaba, Granada se consideraría un reino hostil y se tendría que enfrentar a Aragón y a sus aliados, Francia y Alemania.
Muhammad entrecruzó los dedos y me miró con gesto de preocupación. Extendí mi mano en un ademán de calma y el sultán pidió al embajador un tiempo para estudiar su proposición.
El emir me llamó a su camarilla privada. Muhammad no quería, de ninguna manera, romper las relaciones amistosas con su amigo el rey de Castilla, pero a Granada le convenía la paz con Aragón. ¿Qué hacer? Una contestación negativa, Aragón la tomaría como una declaración de guerra. Le propuse al sultán dar al embajador una respuesta sutil. Le explicaríamos que Granada, como reino vasallo de Castilla, estaba obligada a ayudar a ésta en caso de guerra, pero no se opondría a la iniciativa personal de algunos jeques y nobles granadinos que se mostraban dispuestos a luchar, al frente de sus mesnadas, como aliados del rey de Aragón.
Al día siguiente, Bernardo de Sanflin partió de Granada portando el siguiente mensaje: «Granada, por vínculo de vasallaje, ayudaría oficialmente a Castilla, pero oficiosamente lo haría con Aragón».
El sultán, complacido por mi actuación con el embajador aragonés, depositó en mí su confianza, me confió las riendas del poder militar y la gestión de los asuntos del Estado. Mediante un decreto real, fui repuesto en mi antiguo cargo de primer ministro y asumí los dos visiratos, el militar y el político, adoptando el título por tanto de «Du-l-Wizaratyn». Lo que no dejó de molestar a algunos, que creían haber hecho más méritos que yo para ser nombrados para tan privilegiado puesto. Llegaron a tacharme de oportunista, por volver a mi patria cuando el triunfo se había consolidado. Sólo Allah sabe que no es cierto. Mis ambiciones como gobernante ya habían sido colmadas, y en mi mente ganaba terreno la idea de retirarme de la política y dedicarme a la literatura.
Unas de mis primeras medidas, en las tareas del gobierno, fue redactar los Zahires o decretos reales por los que se nombraba comandante en jefe de las algaras o Voluntarios de la Fe, a Utman hijo de Yahya ibn Rahhú, el prestigioso general que se cubría el ojo perdido en el campo de batalla con un trozo de cuero. Como Juez Supremo de Granada, al cadí Abu-l-Hasan al-Nubahí. Y como jefe de la Secretaría real y Secretario privado del emir, a mi antiguo discípulo Ibn Zamrak. Éste último acogió con frialdad el nombramiento; consideraba esta función de poco valor. En el diploma de su nombramiento me esmeré en resaltar su lealtad al Emir de los Creyentes, y le dediqué cuantiosos elogios:
«Alfaquí de aguda inteligencia, alférez de la poesía y la prosa, manantial de dulzura. Por este noble decreto —escribí— es nombrado jefe de la Secretaría y lo traslada de los bancos del aprendizaje al puesto de honor y de elevado rango, que sólo perciben personalidades muy relevantes, que hacen que sus cálamos galopen como corceles transportando las altas órdenes y las preciosas cartas reales por todo el país…».
Evidentemente, Ibn Zamrak no se consideraba un aprendiz, el hijo del herrero del Albaycín aspiraba a más que a secretario, ansiaba el puesto de visir. Durante su estancia en el exilio, se había dedicado a adular al sultán y, apoyándose en su amistad con el Secretario de Estado, Ibn Marzuq, fue medrando hasta convertirse en un personaje popular, que concurría a todas las fiestas cortesanas. Desde que regresó a Granada, vestía lujosos atuendos y se paseaba por la Alhambra luciendo un vistoso turbante que le había regalado Ibn Marzuq.
Mi labor como visir era ardua, redactando cartas oficiales, emitiendo decretos, organizando embajadas a los diferentes países del entorno. Sumido en esta tarea, nos sorprendió una rebelión. Un jeque llamado Dalil al-Burki acaudilló a una tropa de descontentos y antiguos seguidores del Bermejo, perpetrando una revuelta con el fin de proclamar sultán de Granada a un pariente del monarca llamado Alí ibn Alí.
La conjura, que no contaba con apoyos internos ni externos, fue fácil de aplastar. Allah, ¡honrado sea!, concedió la victoria a nuestro señor Muhammad ibn Yusuf, que vio su poder esclarecido; su buena estrella se elevó refulgente sobre el cielo de Granada, y el gobierno del sultán legítimo se puso en marcha de manera afortunada.
Lisan al-Din dio por terminado el relato cuando las densas sombras de la noche comenzaron a retirarse y una claridad translúcida se deslizó por los salitrosos muros de la mazmorra.