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LOS pasos del carcelero rompieron la profunda quietud de la mazmorra. La luz de la antorcha alargaba su sombra convirtiéndola en un gigante. Sin poder contener su curiosidad, Jalid pidió al prisionero que continuara con la narración de la noche anterior.
Lisan al-Din cerró los ojos y, tras un instante, dijo:
Todo transcurría según lo previsto. Las obras de la Alhambra avanzaban a buen ritmo. Por todas partes se levantaban andamios que cubrían las fachadas de los nuevos edificios. Los muros de los torreones aparecían coronados por complicados polipastos de los que colgaban maromas manejadas por los alarifes que, sobre estructuras de enorme altura, se movían con gran agilidad y destreza.
El sultán, siguiendo el sabio consejo del visir, aprovechó el tiempo de armisticio con los cristianos para reforzar las defensas de Granada, que comprendían el cierre definitivo del muro de circunvalación de la Alcazaba. El complejo urbano de la Alhambra quedó cerrado por una grandiosa muralla jalonada de veintidós torres, que conferían al palacio un aspecto defensivo inexpugnable. Apoyado sobre los cimientos de la antigua torre del sultán Abu-l-Walid, sobresalía el inmenso torreón cuadrado, que albergaba el Salón del Trono, personificación del corazón del reino y símbolo del poder de sus emires. Las torres, carentes de ornamentación exterior, austeras e imponentes cual fortalezas militares, escondían en su interior mansiones decoradas con un lujo y una belleza de ensueño. El lienzo del muro sur, reforzado con macizos torreones, culminaba en una explanada donde se levantó la puerta más rica y monumental de cuantas, hasta entonces, daban acceso a la Alhambra. De todas las construcciones iniciadas por Yusuf, la puerta de la Sharia, también llamada de la Explanada, fue la primera en concluirse.
Un precioso día de primavera, el sultán, con el rostro ilusionado y rodeado de un séquito entusiasta, se dispuso a inaugurar la monumental puerta que, como punto de partida de una vía exterior, por deseo expreso de Yusuf, debía dar testimonio público de la grandiosidad y el poder de la monarquía.
Cuando retiraron de la fachada los andamios y pudimos contemplar la obra en toda su dimensión, no nos defraudó. Sin duda, colmaba plenamente los deseos del sultán. El torreón que daba cobijo a la puerta era impresionante. Reunía la solidez de una fortaleza castrense y la ornamentación de un palacio oriental. La entrada está formada por un gran arco de herradura de piedra franca, y un dintel adovelado. Tras el gran arco aparecía otro más pequeño, que contiene la robusta puerta de madera de roble, quedando entre ambos un espacio de paso donde se sitúa el cuerpo de guardia que controla el acceso al palacio. Este espacio está guarnecido de azulejos de colores azul, verde y blanco, que forman figuras florales y geométricas. Sobre el gran arco de la entrada están esculpidas la mano talismánica y una inscripción haciendo referencia al sultán Abu-l-Hayyay Yusuf, constructor de la monumental puerta.
El sultán se mostró complacido, el visir entusiasmado, el arquitecto orgulloso y todos los demás alegres y contentos nos dispusimos a celebrar la inauguración de aquella magnífica obra, disfrutando del banquete con el que el sultán nos obsequió en su palacio.
Mientras nos solazábamos saboreando las exquisitas viandas, corrió entre los comensales una noticia propagada, días atrás, por unos mercaderes. Según éstos, la Peste Negra estaba asolando Oriente. Mas nadie estaba dispuesto a dejarse amargar aquellos momentos de felicidad por un rumor. Oriente quedaba lejos y no se tomó en consideración la noticia. Ya se sabe que los comerciantes suelen exagerar cuando cuentan los avatares de sus viajes, por lo que no se promulgó ley alguna en prevención de un mal que se extendía imparable sobre la faz de la tierra.
Los habitantes de Granada vivían alegres y confiados, ocupados en sus quehaceres cotidianos, disfrutando de un largo periodo de paz y sosiego como hacía tiempo no se conocía, cuando una mañana, llegó un jinete a la Alhambra procedente del sur con un mensaje aterrador: «¡La peste había llegado a Almería!».
El jinete, enviado por el gobernador de dicha ciudad, fue llevado ante el sultán. El mensajero informó de que en Almería ya se contaban por cientos los muertos. Un escalofrío sacudió a cuantos nos encontrábamos en la sala. Al parecer, un mozo de cuerda, que había descargado las mercancías de un barco procedente de Génova, fue el primero. Su piel se volvió oscura, unas horribles bubas aparecieron en su cuerpo y en apenas tres días murió. Tras él, enfermaron más y más hombres y mujeres. Cada día decenas de cadáveres eran sacados de sus casas entre los lamentos de sus familiares. La ciudad vivía estremecida por los desgarradores gritos de dolor que exhalaban los apestados.
El sultán, conmocionado, ordenó cerrar las 27 puertas de Granada. Los mulos y burros de los campesinos quedaron detenidos fuera de las murallas y los mercados estaban vacíos de frutas y verduras. Todas las vías de circulación permanecían cerradas impidiendo la entrada o la salida de viajeros, mercaderes o artesanos. La población se aglomeró ante las puertas, fuertemente vigiladas por soldados bereberes armados de largas lanzas. Eran muchos los que pedían explicaciones:
—¡Tengo que ir a una boda!
—Necesito ver a mi padre enfermo…
—¡Ordenes del sultán! —respondían los jefes de la guardia, con el aire distante y trascendental que adoptan los agentes de la autoridad cuando tienen que aplicar una orden cuya razón ellos mismos ignoran.
Pronto, comenzaron a circular rumores por la ciudad. Se temía un ataque de los cristianos o una revuelta en la Alhambra, algunos aventuraban que el sultán había sido asesinado. Sin embargo, tanto en el palacio como en los arrabales de Granada reinaba la calma. Y pronto corrió de boca en boca el verdadero peligro que se cernía sobre la ciudad: un enemigo invisible y letal, cuyo nombre hacía temblar a quien lo mencionaba: la Peste Negra.
La muerte cabalgando sobre el viento, silenciosa y veloz, se había adelantado al mensajero y, cuando los granadinos quisieron impedir su entrada, cerrando las puertas de la ciudad, la pandemia ya se encontraba en su interior, expandiéndose por todos los barrios de la medina. El aliento venenoso de la peste se dispersó por todo el reino en forma de nube asesina, matando a jóvenes, ancianos y niños; diezmando ciudades y pueblos. Los cultivos se perdieron por falta de campesinos. Los caminos estaban desiertos. Las obras de la Alhambra quedaron interrumpidas; montones de ladrillos, yeso y arena posaban sobre el suelo a la espera de que los albañiles los aplicaran en las construcciones.
Los médicos no nos poníamos de acuerdo en el tratamiento de aquella enfermedad terrible.
La fiebre había que tratarla aplicando compresas frías, decían unos. Otros eran partidarios de ablandar, primero, las bubas con paños calientes. Muchos de mis colegas sostenían que la terapia más eficaz era sajar los tumores. Pero algunos se inclinaban por remedios tradicionales y eran partidarios de sangrar al enfermo para evitar que la buba reventase y propagase la enfermedad.
Me reuní con el médico de la Corte, Muhammad al-Sakurí. Al preguntarle cuáles serían, según su criterio, las causas específicas de la terrible enfermedad, me contestó que él estaba de acuerdo con el «Tratado de la Peste» de nuestro amigo común y médico almeriense Ibn Jatima, según el cual la alteración del aire y el clima influyen de manera efectiva en los cuatro humores. El aire, afirmaba Ibn Jatima, se altera al aumentar el calor y la humedad, provocando que se adquieran las altas temperaturas del verano en primavera, y tanto el otoño como el invierno resulten demasiado cálidos. Estos fenómenos dan lugar a plagas y la sangre de los animales y de los hombres se coagula hasta alcanzar la putrefacción. Sería como si un candil tuviese demasiado aceite y se apagara por asfixia. Por lo que en estos casos se recomendaba la sangría, a fin de evitar que la materia putrefacta forme bubones. Las incisiones se debían practicar en el sitio donde el enfermo sienta el dolor más agudo. Si es en la cabeza, debe sangrarse la vena cefálica; si fuera en el cuello, la vena basílica y si el dolor se produjera en el tronco, se sangraría la vena nigra. La sangre debe brotar hasta que fluya clara. Si en la extracción se observa un líquido verde o gris, hay pocas posibilidades de cura.
Al-Sakurí me aseguró que, siguiendo estas instrucciones, había conseguido que a algunos apestados les bajase la fiebre y dieran síntomas de mejoría. Yo, sin embargo, sostenía que la causa principal de esta enfermedad era la falta de higiene, puesto que la enfermedad se desarrollaba con más virulencia en los barrios más humildes, allí donde las clases sociales más pobres vivían rodeadas de estiércoles y aguas fecales.
Había muchas dudas sobre transmisión de la epidemia. La creencia general era que se contagiaba a través del aire. La gente se cubría rostro, boca, nariz y oídos para evitar que, por esos orificios, penetrase el mal. Los granadinos se encerraron en sus casas y quemaban plantas olorosas a fin de combatir la atmósfera contaminada de sus hogares. El terror y el abatimiento dominaban a la población; nadie se sentía seguro; los que se mantenían sanos se preguntaban cuándo llegaría su turno. Sólo en una cosa estábamos todos los médicos de acuerdo: había que evitar el contacto con los apestados, y era necesario practicar la máxima higiene. Los pregoneros difundieron estas medidas entre el pueblo. Se recomendaba aislar a los enfermos y quemar las ropas y enseres de los fallecidos. Y se recalcaba la importancia de la higiene diaria. Pero esto último provocó, que los baños públicos se saturasen de gente que se miraba desconfiada, examinando con recelo los cuerpos de sus vecinos y bastaba con descubrir un lunar o alguna mancha sobre la piel del que se bañaba al lado, para declararle apestado, y al grito de «¡La Peste!», todos los bañistas huían despavoridos. Era tal la confusión y el tumulto que se aconsejó no acudir a los baños públicos ni a las mezquitas. A pesar de todas estas medidas, la epidemia seguía transmitiéndose entre familiares, vecinos y amigos; sin respetar edad ni clase social; hombres, mujeres, ancianos y niños; nobles y plebeyos.
Todos sucumbían víctimas de la Peste Negra. El hijo no se atrevía a visitar a su padre.
Nos acostábamos con la angustia de no saber si, esa noche, la muerte llamaría a nuestra puerta. Al despertar, nos palpábamos el cuello y las axilas con las manos temblorosas.
Los médicos nos veíamos desbordados por el número enorme de afectados y asistíamos impotentes al horrible final de los enfermos. Los cadáveres se enterraban en fosas comunes, pero cada día había más muertos que se amontonaban en los cementerios, y el viento se impregnó del olor atroz de los cadáveres en descomposición. El hedor era espantoso. Granada fue invadida por una plaga de moscas y gusanos. Bandas de grajos carroñeros nublaron el cielo. Por las solitarias calles de la medina, pululaban los santones cubiertos de andrajos. Cuando la desgracia recorre el mundo, surge un ejército de iluminados que siguen sus huellas, proclamando el fin de los tiempos. La visión de tantos cuerpos insepultos semejaba el día del Juicio Final. Hubo que quemarlos en grandes piras, para evitar que fuesen devorados por los buitres.
El sultán me llamó a su presencia. Yusuf me recibió en su camarilla privada. El monarca estaba aterrorizado. Ese día le informaron de que el visir había enfermado. Me pedía consejo para evitar el contagio.
Después de mostrarle mi pesar por la triste noticia de la enfermedad de mi maestro y gran amigo Ibn al-Yayyab le dije:
—Majestad, por la experiencia en el trato con esta epidemia, he podido constatar que aquellos individuos o comunidades que se encuentran aislados de los grandes núcleos de población, permanecen libres de contagio. Mientras que la peste se extiende de forma rápida entre las gentes que viven hacinadas en los barrios más humildes, donde el contacto entre unos y otros es muy estrecho. Por tanto, es aconsejable mantener el recinto de la Alhambra aislado; para ello, se deben vigilar todos los accesos al palacio, impidiendo la llegada de viajeros o la entrada a extraños que hayan podido tener contacto, por mínimo que sea, con desconocidos o con personas ajenas al servicio de su Majestad.
Todos los funcionarios del palacio, sirvientes o esclavos y, especialmente, aquellos que se ocupan en la elaboración y preparación de los alimentos deberán ser examinados por los médicos. Y solamente aquellos que estén fuera de cualquier duda o sospecha de enfermedad podrán permanecer en palacio.
El sultán llamó a un secretario para que hiciera cumplir las medidas que yo le había recomendado, y después me preguntó cuáles eran los primeros indicios o síntomas de la peste.
—Veréis Majestad, esta enfermedad, además de terrible, es traicionera. Su incubación es silenciosa, durante un cierto periodo se manifiesta con decaimiento general, escalofríos, fiebre y sed. Escondida en estos síntomas propios de cualquier enfermedad, no siempre se presenta bajo un cuadro clínico idéntico. He podido identificar hasta tres formas diferentes, aunque la más frecuente es la conocida como bubónica. Llamada así por la aparición del bubón en las ingles, las axilas o el cuello. Estos abultamientos producen, fuertes dolores y llegan a alcanzar el tamaño de un huevo de gallina. Otras veces, la infección ataca a los pulmones, en esta variante, el enfermo inhala el virus y todo el aparato respiratorio se ve afectado, produciendo ahogos, angustia y esputos sanguinolentos. Y la tercera y más mortal es cuando la infección contamina la sangre y la piel se cubre de manchas oscuras y de úlceras acompañadas de hemorragias que llevan al enfermo a una muerte segura. Los desdichados que se ven afectados por este mal horrendo, lo comparan a las penas del infierno.
Al ver la mueca de terror que mis palabras producían en el rostro del sultán, pensé que no debía continuar con la descripción de las terribles secuelas de la peste y le pedí permiso para retirarme, ya que tenía la intención de visitar cuanto antes al visir, Ibn al-Yayyab.
El sultán me despidió, requiriéndome que le mantuviese informado del estado de su primer ministro.
En la casa del visir reinaba la tristeza y el pavor que infundía la epidemia. La familia me informó de que el enfermo se negaba a comer, se quejaba de fuertes dolores en la parte superior del abdomen y que, a pesar de no ingerir alimentos, sufría vómitos y diarrea. Les pregunté por el color de las heces y me afirmaron que éstas tenían un tono claro, al contrario de la orina, cuya coloración era terrosa.
Ibn al-Yayyab se encontraba en un estado severo de fragilidad; emitía débiles gemidos, el rostro demacrado y hundido, los ojos cerrados y las manos apretadas sobre el vientre. Pero pronto me percaté de que el visir no estaba contagiado por la peste. En su cuerpo no aparecía mancha ni bubón alguno, sin embargo la hidropesía y el abultamiento del vientre, así como el color amarillento de la piel, me hicieron sospechar que el mal podía provenir del hígado. Para asegurarme, le abrí los párpados y la coloración amarilla de la conjuntiva ocular despejó todas mis dudas.
Tranquilicé a los familiares asegurándoles que la enfermedad del visir no era contagiosa, aunque dada su avanzada edad y el grado de máxima gravedad de la dolencia, no había muchas esperanzas de curación. Les aconsejé que hicieran beber al enfermo agua con miel en pequeños tragos y que le administrasen cataplasmas húmedas y muy calientes sobre el abdomen, con el fin aliviar el dolor del lado derecho del vientre. Para expulsar la bilis y limpiar el hígado, compuse un preparado con granos de bálsamo de Judea, hinojo y apio, y lo mezclé con semillas de anís y cardamomo. Esperando fuese beneficioso para el paciente, si Allah ¡loado sea! así lo quisiere.
Al llegar el invierno, Ibn al-Yayyab empeoró y poco después le sobrevino la muerte. ¡Allah haya tenido misericordia de él!
Me encargué personalmente de que recibiera los honores que merecía y, aunque con esfuerzo, por el terror que reinaba entre la población, conseguí que su funeral resultara una gran manifestación de duelo, al que asistió la nobleza en pleno. Ante su tumba, leí un extenso poema fúnebre cargado de sentimiento y dolor.
Tras el entierro de mi maestro, el sultán me convocó a su presencia y me ciñó con el cargo de visir, adjuntándome el desempeño de la jefatura del Gobierno. Además, sabedor de mis conocimientos en economía, el monarca me encomendó la supervisión de la Casa de la Moneda y la autorización para designar a los agentes fiscales y recaudadores de impuestos.
Yusuf aligeró la carga de todas estas responsabilidades doblándome el sueldo y concediéndome propiedades en el campo, así como una lujosa mansión en la calle de los Altos Funcionarios en el corazón de la medina.
Después de dos años de sufrimiento y horror, la pandemia comenzó a remitir. Cada vez eran menos los casos de nuevos infectados y aumentaba el número de enfermos que lograban sanar, aunque la mortandad ya había alcanzado a una tercera parte de la población de Granada. La gente se fue incorporando a sus tareas y obligaciones. Se reanudaron las labores de reconstrucción de la Alhambra y en primavera se finalizó la edificación de la Madrasa. La gran obra inspirada por Ibn al-Yayyab. El centro de estudios donde mi maestro soñaba con impartir sus enseñanzas y que, desdichadamente, no logró ver su sueño hecho realidad. Allah así lo quiso.
Poco a poco el país recuperó el ánimo y sus habitantes comenzaron a recobrar la confianza y la ilusión perdidas.
Pero entonces ocurrió que el temible tirano Alfonso XI, rey de Castilla, después de su victoria en la batalla del río Salado, puso cerco a Gibraltar, plaza estratégica del Estrecho.
Yusuf, al frente de una tropa desmoralizada y muy mermada, acudió en socorro de esta importante plaza. Y cuando todo parecía dispuesto para librar una batalla que se antojaba poco propicia para los granadinos, un acontecimiento inesperado evitó el enfrentamiento.
Allah ¡ensalzado sea! asistió con su poderoso auxilio a los musulmanes y la peste atacó a los cristianos y su rey enfermó, pereciendo ante las murallas de la ciudad asediada, lo que provocó que los castellanos levantaran el cerco y se retiraran de nuestras tierras.
Yusuf ordenó a su tropa no atacar al ejército cristiano cuando se batía en retirada, llevando en cortejo fúnebre a su rey. Cortesía que supo apreciar en todo su valor el hijo del monarca cristiano, Pedro, que, al subir al trono de Castilla, firmó la paz con Granada.
El pueblo respiró aliviado bajo el ala protectora de Yusuf y su buena estrella.
Por aquel entonces, nada hacía sospechar el trágico episodio que el destino le tenía reservado.
Lisan al-Din se dio cuenta de que amanecía. El alba llegaba vestida de oro con su cortejo de frío e insomnio y el prisionero andalusí interrumpió su relato.