12
HACÍA ya un tiempo que la mísera luz del respiradero se había desvanecido. El vacilante parpadeo amarillo de la antorcha se reflejaba en los ojos saltones de una enorme rata, que observaba de forma inquietante al prisionero. El repelente roedor, apoyado en sus patas traseras, levantaba su puntiagudo hocico olfateando el vapor húmedo de la mazmorra. Lisan al-Din intentó ahuyentarlo con un puntapié, pero la bestezuela saltó hacia él mostrando sus afilados incisivos. La llegada de Jalid, golpeando los barrotes de la celda, asustó al roedor, que se alejó arrastrando su delgado rabo oscuro, hasta desaparecer por el hediondo albañal que recogía las aguas fecales y los excrementos que permanecían atascados por falta de drenaje, despidiendo un hedor nauseabundo.
—Estos bichos se muestran cada vez más agresivos —comentó el prisionero.
—Cuando tienen hambre se vuelven rabiosos y atacan a los hombres —arguyó el carcelero.
—Esa rata me acecha día y noche, es como una presencia aciaga que no me deja descansar.
—Son una plaga, están por todas partes.
El carcelero, que había quedado intrigado por el final del relato de la noche anterior, quiso saber:
—Ayer afirmaste conocer un secreto…
—En efecto, un secreto de Estado que tuvo una gran trascendencia para los reinos de Granada y Fez.
—Y… ¿no puedes desvelarlo? —preguntó Jalid, que en su condición subalterna sentía un cierto orgullo por el hecho de participar en los secretos de los grandes señores.
—Ya han transcurrido más de quince años de aquello. Yo era consejero del sultán, contaba entonces 45 años, y en la Corte de Granada muy pocos sabíamos que la muerte repentina del sultán meriní, Abu Inan, que hizo posible que su hermano Abu Salim subiera al trono de Fez, no fue casual.
Los hechos ocurrieron de la siguiente manera: Abu Inan, megalómano y dominado por una codicia desmesurada, soñaba con extender sus dominios y fundar un gran imperio. Siguiendo la política expansionista de su padre, Abu-l-Hasan Ali, aspiraba, no sólo a la unión de todo el Magreb, sino que también albergaba la ambición de dominar Al-Ándalus.
El sultán granadino, que sospechaba de los planes del meriní, puso en alerta a sus generales y decidió esperar; pero la sospecha se vio confirmada cuando un mes más tarde, llegó a Granada un embajador del rey Pedro de Castilla, informando de una alianza secreta entre el sultán de Fez y el rey de Aragón, para invadir Al-Ándalus.
El embajador desveló que habían capturado una embarcación magrebí, cargada de regalos con destino al rey aragonés. El jefe de la misión fue sometido a tortura y confesó que los regalos eran en agradecimiento de Abu Inan, por la ayuda naval del rey de Aragón. Entre lamentos y gritos de dolor producidos por los hierros candentes, el emisario reveló que la armada aragonesa se uniría a la magrebí para llevar a efecto los planes de Abu Inan contra Granada y que sólo faltaba fijar el día exacto para la invasión de Al-Ándalus. A cambio se firmó un pacto, por el que Fez y Aragón lucharían juntos contra Castilla.
En la Alhambra cundió la alarma. El príncipe exiliado Abu Salim temía, y con razón, que si su hermano lograba apoderarse de Granada, él sería encarcelado y posiblemente ejecutado.
No había tiempo que perder. Muhammad ibn Yusuf nos reunió a los consejeros para diseñar un plan que disuadiese a Abu Inan de invadir Granada.
El asunto era grave y difícil. El primero en hablar fue Ibn Marzuq, que se lamentó de haber llegado a tal situación, algo que no se daría si en Fez reinase otro sultán. El comentario, aparentemente obvio, no pasó inadvertido por su perversa intencionalidad. Un silencio denso se extendió por la sala.
Por mi parte, sugerí congraciarnos con el sultán magrebí, enviando una embajada a Fez con suntuosos regalos y una misiva apelando a los lazos de fraternidad que siempre existieron entre los musulmanes en defensa de las tierras del Islam.
El sultán quedó pensativo y recordó que, en cierta ocasión, Abu Inan, aquejado de una dolencia, le había pedido que le enviase a su eminente médico judío, Ibrahim ibn Zarzar. Pero, en aquel entonces, las relaciones entre Granada y Fez eran muy frías y la petición del meriní no fue atendida.
Muhammad ibn Yusuf decidió que enviaría una embajada y al frente de la misma iría el médico judío, tan apreciado por Abu Inan.
El monarca granadino se reunió con el embajador de Fez, Abu Abd Allah al-Maqqari, y le preguntó qué regalo le complacería más a su soberano. El embajador le dijo que Abu Inan sentía una predilección especial por las esclavas cristianas y por los alquiceles de Málaga. Muhammad ordenó traer un alquicel recamado con hilos de plata, confeccionado en los telares de Málaga y, junto a tres esclavas vasconas, se lo envió al sultán meriní. El alquicel iba dentro de una preciosa caja de brocado. Mas he aquí, que el mismo día que Abu Inan recibió los regalos y, sin poder contener su entusiasmo, se vistió con el alquicel, un ahogo súbito le invadió el pecho, su rostro se tornó púrpura y murió repentinamente. De nada sirvieron los esfuerzos de Ibn Zarzar para reanimarle; acudieron los médicos de la Corte, pero todo fue en vano.
La consternación entre los cortesanos fue inmensa. Pero nadie se percató de que el precioso alquicel que ese fatídico día lucía el sultán, y con el que fue enterrado, estaba impregnado de «Escama de Dragón», una sutil sustancia venenosa, que emitía vapores de mercurio.
Tras la muerte de Abu Inan, surgieron sangrientas luchas por la posesión del trono. El primogénito del sultán fue asesinado y le sucedió su hermano Abu Baqr, de cinco años, bajo la tutela de su visir. Pero a instancias del sultán de Granada, el príncipe exiliado, Abu Salim, se trasladó a Fez, donde fue reconocido por la alta nobleza como legítimo heredero de la dinastía meriní.
Una vez en el trono, Abu Salim ordenó asesinar a los caudillos rebeldes que se oponían a su coronación, ¡que Allah les haga útil esta muerte!
Consolidado su poder, el nuevo sultán envió embajadores a Granada y Castilla ofreciendo paz y alianza con ambos reinos.
Muhammad ibn Yusuf recibió a los embajadores con gran pompa en el Salón del Trono de la Alhambra, aceptando de buen grado el ofrecimiento del magrebí y otorgando los salvoconductos necesarios para que todos los miembros de la familia de Abu Salim pudiesen regresar a Fez.
Ya ves, estimado Jalid, cómo se resuelven los litigios en las altas esferas de la política.
Pero volvamos al relato de ayer. Como recordarás, yo me encontraba encarcelado en Granada, tras el golpe de Estado del Bermejo. Durante mi cautiverio escribí una carta a Ibn Marzuq, que ocupaba un alto cargo en la Corte meriní, en demanda de ayuda. Y como esperaba, mi amigo no me defraudó.
El sultán de Fez envió a su primo, el Sarif Abu-l-Qasim al-Talismsáni a la Alhambra, para interceder por los prisioneros, pidiendo clemencia y ofreciendo asilo al emir destronado. En una carta personal solicitaba mi puesta en libertad. La solicitud fue atendida y, una vez que el emisario obtuvo la promesa de que no se pondría ningún obstáculo a la salida del país de Muhammad ibn Yusuf y de todos sus partidarios, el embajador al-Talismsáni me sacó de la prisión y, juntos, nos dirigimos a Guadix, donde se encontraba refugiado el depuesto sultán. Así me libré de las mallas de la desdicha.
Dos días después de la Fiesta de los Sacrificios, partimos todos con nuestras familias de Guadix, la ciudad que nos había acogido y que, con tanta valentía, había defendido al legítimo sultán de Granada.
El nutrido séquito que acompañaba a Muhammad ibn Yusuf camino del exilio se dirigió a Loja, la ciudad que me vio nacer y a la que Allah protege, porque ella alegra al triste y socorre al fugitivo. Ver de nuevo los lugares que fueron un episodio importante de mi niñez, me conmovió; esta ciudad está colmada de recuerdos familiares.
Tras descansar una noche, la comitiva siguió hasta Antequera, Coín y Marbella, donde llegamos tras diez días de penoso ambular. En esta ciudad costera, antes de embarcar rumbo a Ceuta, salió a nuestro encuentro un extraño personaje tocado con un alto gorro iraquí rojo. Se trataba del astrólogo Abu Yafar al-Ansarí. El adivino se acercó al sultán y le predijo que en poco tiempo recuperaría el trono y, poniéndose de rodillas, le rogó que fuese clemente con él, pues en las estrellas había leído que, cuando esto sucediese, él sería castigado. Muhammad y su séquito quedamos un tanto perplejos al oír tan extraña predicción, pero el tiempo apremiaba y tanto el monarca como los altos funcionarios que le acompañábamos, ignorando que este individuo había indicado al Bermejo el día propicio para dar el golpe, hicimos oídos sordos a las palabras de aquel charlatán y nos dispusimos a abordar la nave que nos llevaría al exilio.
Durante la travesía, con tiempo ceñudo y desapacible, tuvimos que soportar un mar áspero que nos puso en graves dificultades, hasta desembarcar en tierra africana.
Protegidos por la piedad y la bendición de Allah, el Misericordioso, pero con el corazón roto por la amargura, llegamos a Fez el día sexto del mes de Muharram del año 761 [28 de noviembre de 1359].
El sultán de Fez salió a caballo a recibirnos, acompañado de un magnífico cortejo. A las puertas de la ciudad, Abu Salim se apeó de su precioso alazán y se fundió en un prolongado abrazo con Muhammad ibn Yususf.
Entre el séquito del monarca meriní se encontraba mi amigo Ibn Marzuq, ¡Allah le colme de bendiciones!, que, dirigiéndose a mí, me abrazó efusivamente. A su lado había un hombre joven de aspecto tímido; mi amigo me lo presentó como un eminente jurista y literato que, a sus 27 años, ya ocupaba un puesto muy relevante en la Secretaría del Estado; de raíces andalusíes y de nombre Abu Zayd Abd-l-Rahman ibn Jaldún. Este joven culto, de trato afable, se convertiría en poco tiempo en un amigo entrañable. Nuestros caminos se entrecruzarían varias veces. Ambos fuimos víctimas de los dardos envenenados de los envidiosos, y el rencor de los tiranos nos llevaría al destierro y la prisión.
Formando parte de la comitiva real, nos desplazamos por la ciudad siendo aclamados por el pueblo. Al llegar al palacio, fuimos conducidos al Salón de Embajadores, donde el sultán Abu Salim hizo subir a su huésped hasta un trono colocado junto al suyo. Entonces, pedí permiso para hablar y nuestro anfitrión me otorgó la palabra.
En presencia de toda la Corte, improvisé un bello poema agradeciendo al monarca meriní el auxilio prestado a mi señor.
Abu Salim se mostró muy complacido y prometió ayudar en todo lo necesario a su huésped y amigo, cubriendo con largueza las necesidades de todos los miembros que formábamos el séquito del sultán granadino.
Abu Salim cumplió su palabra. Muhammad fue instalado en un palacio próximo al suyo, compartiendo honores con éste, y ocupando un sitio preferente en las reuniones de la Corte.
Informado Abu Salim de que todos nosotros carecíamos de medios de subsistencia por haber sido despojados de nuestros bienes, el magnánimo monarca magrebí nos concedió rentas suficientes para vivir con desahogo.
Conmigo fue especialmente generoso. Cursó órdenes para que se me pagase una pensión mensual de quinientos dinares de plata, exentos de cualquier tributo o gabela, así como el abastecimiento de fruta, verduras o animales que necesitara para la alimentación de mi familia. Y a mi hijo mayor, Abd Allah, le concedió un puesto en la administración del Estado.
Pero no todo era sosiego en la Corte meriní. El reinado de Abu Salim estaba sacudido por fuerzas telúricas que hacían tambalear su trono. Continuamente se sucedían luchas entre príncipes pretendientes; envidias y venganzas entre visires felones y nobles codiciosos.
Apenas había transcurrido un mes de nuestra llegada a Fez, cuando fuimos testigos de un acto terrible y cruel.
Abu Salim ordenó arrestar a su visir, al-Hasan ibn al-Fududi, acusado de traición; tras someterle a terribles suplicios, como presenciar la ejecución de su esposa Súna, acusada de apropiación ilegal, fue, finalmente, condenado a muerte en la cruz.
En la misma plaza donde presencié la lucha de fieras, se levantó una alta plataforma para que el pueblo no perdiera detalle de la ejecución. El cadalso estaba montado sobre cuatro gruesos maderos de dos varas de altura. En el balcón presidencial se situaron, en primera fila de la tribuna, los sultanes Abu Salim y Muhammad ibn Yusuf, tras los cuales nos encontrábamos los cortesanos de ambos monarcas.
Una compañía de lanceros armados de largas picas formó un cordón alrededor del cadalso, conteniendo con dificultad a una marea de gente que acudía por las tortuosas calles adyacentes y lo cubría todo.
Desde nuestro privilegiado puesto, observábamos la explanada rebosante de cabezas. Mercaderes, sirvientes, alfaquíes, soldados, mendigos cubiertos de harapos, lisiados con muletas, ladrones que hacían trabajar sus ágiles dedos.
Ante la aparición del reo, acompañado de dos gigantescos verdugos vestidos de negro, el populacho rugió. El desdichado visir fue atado por las muñecas y los tobillos a una cruz de madera rugosa en forma de aspa. Un murmullo se elevó desde la plaza.
Al contemplar a aquel hombre, rico y poderoso, en un trance tan terrible, pensé que unos días antes le había visto sentado al lado del sultán, rodeado de sirvientes. Recordé, las numerosas veces, que le había acompañado recorriendo las calles de la ciudad, seguido de un numeroso séquito, y cómo el pueblo se inclinaba a su paso. Reflexioné cómo el hombre más poderoso de la Corte, en un instante, podía dejar de serlo.
Muchas veces me he preguntado qué les pasará por la mente durante los últimos instantes de su vida a los condenados a muerte.
Lisan al-Din bajó la mirada, silencioso, como si meditara.
—Quizá se reprochan haber confiado en los falsos amigos que le traicionaron o haber cometido tal o cual error —musitó.
—O tal vez, no haber aprovechado bastante las cosas buenas de la vida —añadió Jalid.
El prisionero miró a su carcelero afirmando con la cabeza y añadió:
—Allah ofrece a nuestros ojos, cada día, todos los beneficios de su creación, sin que nosotros sepamos disfrutarlos. No nos damos cuenta de lo corta que puede ser nuestra vida.
Los verdugos empuñaron sendos martillos de cantero y la muchedumbre contuvo la respiración. Las lágrimas resbalaban por la barba entrecana del condenado a muerte. Uno de los gigantes comenzó a balancear el enorme martillo con las dos manos y descargó un golpe brutal sobre una de las piernas del reo.
El sonido de los huesos rotos resonó en la plaza y el visir al-Fududi lanzó un alarido desgarrador. Una ola de histeria agitó a la concurrencia.
El otro verdugo repitió la operación sobre la otra pierna y el cuerpo del crucificado se sacudió en una contorsión violenta, y se desvaneció dejando caer la cabeza.
Los verdugos comenzaron a afilar con una piedra la hoja de un alfanje; cuando estuvo listo, pasaron los dedos por el filo para comprobarlo. Uno de ellos se dirigió al condenado y agarrándole por los cabellos le levantó la cabeza que le colgaba sobre el pecho. Al-Fududi abrió los ojos y sus labios se movieron. Nunca sabremos si para maldecirnos o para encomendar su alma a Dios. El que sostenía el alfanje lo enarboló, abrió las piernas buscando la distancia adecuada y de un golpe seco y certero segó la cabeza, que su compañero sostenía por los pelos. La sangre cayó como una lluvia cálida sobre los lanceros. Con el rostro salpicado de sangre, el gigantón mostró el cráneo a la multitud, que lo celebró como un triunfo de la justicia, que colmaba sus deseos de venganza.
Estos acontecimientos, junto a los últimos vividos en Granada, influyeron en mi decisión de apartarme de la Corte de Fez y emprender un viaje de peregrinación por diferentes ciudades magrebíes, donde pudiera visitar las tumbas de maestros virtuosos y de los antiguos reyes. En mi interior, sentía la necesidad de aislarme y cubrirme con las humildes vestiduras del asceta. Me convertiría en un caminante que huye del mundo y aceptaría con resignación las incomodidades del viaje, practicando un sacrificio que purificara mi alma.
Decidí comenzar mi peregrinación por la abrupta región del Atlas, donde habitan los poderosos señores de la tribu Hintata, en cuyos territorios descansan los cuerpos del gran sultán Abu-l-Hasan Alí, padre de Abu Salim. Y de al-Mahdi, fundador de la dinastía almohade. Para ello, tomé el camino del sur, que me llevó a Salé, allí quedó mi familia. Antes de proseguir mi andadura hacia Marrakús, envié un mensaje solicitando autorización para visitar aquellos territorios al jeque Amir al-Hintati, señor de aquellos apartados confines, persona distinguida por su ecuanimidad y buena conducta, respetado y amado de todos sus súbditos.
Al-Hantati aceptó mi petición y, haciendo un gran elogio del emirato andalusí, me cursó una invitación a su residencia de Marrakús. A mi llegada, este gran señor me abrió las puertas de su casa y me prodigó su amistad agasajándome con regalos y ofreciendo en mi honor un banquete al que asistieron escogidos comensales. Durante el ágape, mostré mi deseo de subir al monte coronado, cual ave rapaz, por las fortalezas de los Hintata, estirpe noble, conjurados en la obediencia a la dinastía de los Benimerines, hombres de palabra que arriesgan su vida antes que profanarla. El jeque Amir al-Hantati se mostró favorable a mi deseo y dispuso una escolta de hombres de su plena confianza, para que me acompañasen, proporcionándonos monturas adaptadas a aquellas tierras agrestes.
Tres días después de mi llegada, iniciamos la marcha hacia el gran Atlas. Ante su imponente presencia, fuimos al encuentro de un valle donde se respira una brisa fresca procedente de las nieves que velan las cumbres. Tomamos una empinada ladera que conducía a un acantilado sobre el borde de un río, sombreado por viejos álamos, sauces y alcornoques. Cabalgamos por un sendero húmedo y resbaladizo, entre riscos con ranuras talladas en la pared de granito. El río serpenteaba abajo a una distancia aterradora. Traté de no mirar hacia el abismo, donde caían los guijarros que se desprendían al paso de nuestras cabalgaduras.
Seguimos adelante sufriendo el vértigo sobre el hondo y caudaloso río, de corriente impetuosa y atronadora, pero de aguas azules y transparentes. Cruzamos parajes invadidos por frondosas arboledas, entre enormes peñascos donde dormitaban los lagartos. A los flancos de la corriente, emergían riscos elevadísimos y senderos ondulantes que se perdían entre colinas.
Estábamos ya próximos a alcanzar la cima, cuando apareció una multitud que rodeaba a su gran señor, el jeque Abd-l-Aziz al-Hintati, hermano del honorable jeque Amir, que tan hospitalariamente nos acogió en Marrakús, y con el que comparte hermosura de rostro, dignidad, hombría de bien y riqueza.
Abd-l-Aziz se mostró afable y acogedor, y nos condujo hasta una planicie donde se erguía una magnífica tienda de alto fuste, forrada de pieles de color azafrán y adornada con bellas alfombras sobre las que descansaban almadraques de alvexí, y mesas bajas de madera de cedro con incrustaciones de marfil y remaches dorados. En los rincones, lucían lujosos braseros que desprendían diversos perfumes. Una vez instalados, nos aliviamos del calzado y se nos obsequió con una copiosa comida.
Nuestra capacidad de asombro fue superada al contemplar los ataifores cubiertos con ricos manteles repletos de utensilios de cobre, aguamaniles y vajillas doradas que ofrecían pescados y volatería aderezados con especias, vinagre y azafrán. Siguieron bandejas conteniendo un aromático kabab, compuesto de carne de cordero troceada y adobada. Y a continuación llegaron los postres: cestillos de mimbre cargados de frutas y cuencos tallados con dulces variados, algunos rellenos de higos y enfriados con nieve, y otros elaborados en fritura. Todos estos manjares eran servidos por una pléyade de sirvientes negros, pulcramente vestidos, que se movían silentes y raudos.
Aún no había concluido el ágape cuando anocheció, y continuamos la velada flanqueados por los destellos que emitían las velas de los candelabros de latón dorado y deleitándonos con pastelillos de miel.
Mucho se habló en aquella velada de lo que aconteció, tiempo atrás, en aquel lugar. Recordamos el triste final del sultán meriní, Abu-l-Hasan Alí, que Allah lo tenga a su lado, que pasó sus últimos días en aquellas montañas, lejos de su familia, con el corazón embargado por la aflicción, con los ojos anegados de lágrimas, cargado con la culpa de sus descalabros militares. La derrota que sufrió contra los cristianos en el río Salado marcó el declive de este gran rey, abandonado por sus amigos y destronado por su propio hijo Abu Inan.
Cuando todos le dieron la espalda al desdichado sultán, acudió solícito en su auxilio nuestro anfitrión, el noble jeque Abd-l-Aziz al-Hintati, que le acogió en sus inexpugnables dominios, resguardándole de sus enemigos, trocando su precaria situación en desahogo. Gracias a su favor, el piadoso sultán disfrutó de bienestar hasta su muerte. Allah le concedió una corta agonía y se lo llevó una noche, antes de despuntar el día. El sitio donde yace su cuerpo fue cubierto con guijarros y hasta allí acuden en peregrinación sus fieles servidores.
Al día siguiente, me propuse visitar la tumba del desventurado sultán. El camino era áspero y penoso como un dolor. Tras cruzar abismos por precarias pasarelas que cortaban la respiración, llegamos al fin a nuestro destino. Asentada sobre pilares formados con piedras y adobe, apareció una casa amplia pero sencilla y sin ornamentos. La sala donde murió el sultán Abu-l-Hasan Ali, que Allah se apiade de él, estaba enyesada y pintada de rojo. Junto a la tumba, cubierta de humildes guijarros, nos sentamos a recitar el Corán y a rogar por su alma.
Ese mismo día, partimos hacia la mezquita donde yace el Mahdí, Ibn Tumart, fundador del imperio almohade en Tinmall. Todo allí era humilde y sencillo. Aquel hombre, que llegó a poseer alcázares, vivió sus últimos días en una casa humilde como un nido de pájaros. El poderoso Mahdí, cuya doctrina impulsó a sus guerreros hasta Córdoba, Sevilla, Granada, Ifrigiya y todo el Magreb, y con la fuerza de Allah, consiguió la gloria conquistando tierras y persiguiendo sectas, se conformó con lo mínimo y prescindió de todo boato y lujo.
Hacia el medio día, abandonamos aquel paraje y descendimos a la hondura de un valle. Acampamos para tomar un descanso en un lugar que invitaba al reposo, sombreado por árboles y regado de manantiales de agua que corría sonora entra peñascos. Luego fuimos invitados a la noble morada donde habitan aquellos señores.
Sobre una explanada, se extendía un campamento formado por lujosas tiendas, cuyos dueños rivalizaban para que las visitásemos y, en cada una de ellas, nos colmaban de comida. En el interior pudimos contemplar magníficos tapices, almohadones y cobertores de brocado y objetos de marfil, oro y plata. Sobre las paredes de la tienda colgaban espadas en fundas repujadas de piedras preciosas. En alacenas reposaban libros antiguos y estuches de seda con adornos de oro puro conteniendo el sagrado Corán.
Al banquete que nos ofrecieron no pudo asistir el jeque al-Hintati, al sentirse indispuesto, lo que nos entristeció por tenerlo que dejar postrado en el lecho, como rehén de sus achaques. Antes de retirarnos a descansar me obsequiaron con excelentes regalos. Ante aquellas muestras de generosidad, fui incapaz de mostrar el agradecimiento que merecían.
Al día siguiente emprendimos la marcha. El jeque, ya repuesto, nos despidió y ambos lamentamos nuestra separación. ¡Haga Dios que abunden personas como él, y permita que su posteridad herede el poder en aquellas tierras!
Después dirigí mis pasos hacia la bella Agmat, que alberga lugares históricos. Mi intención era visitar las tumbas de mis compatriotas, Mutamid, sultán de la dinastía Abbadí de Sevilla y Abd Allah ibn Buluggin, último emir de la dinastía Zirí de Granada; ambos destronados y desterrados a Agmat por los Almorávides.
No sabiendo dónde se hallaban las tumbas, deambulé por sus calles desorientado, como un Corán en la casa de un ateo. Atraído por un extraño alminar cónico que se elevaba entre los edificios, me dirigí a la mezquita, donde un anciano alfaquí me condujo por un angosto camino, fuera de la ciudad, en dirección a poniente, hasta un cementerio tapiado por un muro rectangular, algo más alto que un hombre. El anciano me señaló dos tumbas y me dijo: «Aquí yacen los cuerpos del sultán de Al-Ándalus y de su favorita Itimad, la liberta rumiyya, por cuyo amor su corazón palpitaba sin reposo».
La tumba de Mutamid se hallaba sobre un montículo, donde crecía un azufeifo loto. Embargado por la emoción, improvisé un poema y recé una plegaria por el alma de Mutamid, el sultán poeta. Durante los cuatro años de su duro destierro, compuso bellos poemas en los que expresó el dolor que le producía su humillante situación y la amargura desgarradora que le causaba el alejamiento de su amada Sevilla. Con lágrimas en los ojos, Mutamid evocaba los verdes olivares del Aljarafe, el perfume de los naranjos y los blancos barrios de Triana. La inmensa diferencia entre la civilización que dejó y la barbarie en la que le obligaban a vivir, le hundía en la melancolía. Le habían arrancado de su palacio y le dieron como hogar una choza. Mutamid murió a los cincuenta y cinco años, aplastado por la tristeza.
Después, me dirigí al lugar donde permanecía enterrado el otro desafortunado monarca andalusí: el granadino Abd Allah ibn Beluggin ibn Badis, ¡Dios tenga misericordia de él!, haciendo lo propio ante su sepultura.
De regreso a la mezquita, el imán me alojó en su casa y me regaló un manuscrito del difunto sultán granadino; unas memorias escritas de su puño y letra durante el destierro, en las que cuenta sus días de reinado y las desafortunadas circunstancias que lo llevaron a ser destronado. El estilo de su relato me sorprendió gratamente.
Abandoné Agmat y regresé a Marrakús. El sol fundía en oro a la imponente urbe erigida por los almorávides. La ciudad se levanta sobre un exuberante oasis, vigilada por las cumbres nevadas del Atlas y protegida por sus púrpuras murallas, tras las que asoma el alminar de la grandiosa Kutubiyya.
Decidí pasar allí el invierno, pues es la estación en que las flores sonríen en Marrakús, los arroyos serpentean inquietos, como un caminante que desconoce el camino, y las palmeras balancean sus ramas sobre la hierba cual paraíso creado por Dios.
Tras la dulce primavera, el estío anunció su llegada, cubriendo el cielo con velos de arena. Partí de Marrakús cuando la atmósfera se tornó densa y ardiente. En aquellas latitudes los caminos son resecos y polvorientos. El calor levanta sobre el horizonte reseco vapores inciertos y las fiebres persiguen al hombre como el avaro ansía la fortuna.
Huyendo del castigo del sol, me dirigí a la ciudad costera de Safi. A pesar de su proximidad al mar, el calor no daba tregua, un sol incandescente reafirmaba su poder sobre la brisa marina, las noches caían pesadas como un manto que asfixia y embota los sentidos; los escorpiones merodean las alcobas, se mimetizan en la oscuridad y trepan hasta las camas para desventura de los fatigados caminantes.
Sin apenas descanso, pues los mosquitos y el sudor ahuyentan el sueño, tomé el camino del norte en dirección a Dukkala y Azemmur, visitando santuarios, bibliotecas y escuelas donde encontré prestigiosos y doctos maestros.
Tras mi periplo viajero por el sur del Magreb, llegué a Salé. Esta ciudad bañada por el gran mar, apacible y bien abastecida fue la elegida para establecer mi residencia en el exilio. Allí, frente al mar, me sentía tranquilo.
Salé goza de ciertos privilegios que le son otorgados por los sultanes de Fez, posee una buena Madrasa, cuenta con hospital y acogedoras mezquitas, aunque escasea el agua.
Mi señor, el sultán de Granada y sus cortesanos se habían instalado en Fez y sé, de buena tinta, que a Muhammad le había irritado que me apartase de ellos, mas yo prefería permanecer al margen de cualquier actividad política y esto sólo lo conseguiría en un lugar sosegado, lejos de las rivalidades cortesanas. Por otra parte, mi experiencia me decía que la llegada de un exiliado, al principio suscita curiosidad y afecto, pero pasados los primeros días, la presencia del desterrado molesta.
Desde mi apartado refugio, me mantenía informado de cuanto acontecía en la Corte de Fez por medio de una activa correspondencia con mis amigos Ibn Marzuq e Ibn Jaldún. Ellos me relataban las actividades de los andalusíes en la Corte de Abu Salim. Algunos de ellos, como el ambicioso Ibn Zamraq, aprovecharon las influencias de personajes que gozaban de prestigio en la Corte meriní, para medrar y conseguir títulos.
También me llegaron rumores de que entre mis compatriotas granadinos crecía la animadversión hacia mí. Y llegué a tener el presentimiento de que tramaban mi muerte. Era una idea de la que, durante un tiempo, no lograba liberarme. Después, conseguí olvidarme, pero en mi memoria quedó grabada la intuición de que algún día sería víctima de su odio cruel. Y mira cuán cierto es, aquí estoy, Jalid, en este inmundo calabozo, a la espera de que, los que un día fueron mis amigos, decidan sobre mi vida.
Durante mi estancia en Salé compuse varias obras, entre ellas un tratado de medicina cuyo título es «La esperanza del que emplea su talento médico a favor de aquél a quien ama». Así como una obra histórica sobre la dinastía meriní, ambas dedicadas al sultán Abu Salim, que me recompensó doblándome la pensión asignada y concediéndome la propiedad de tierras en Salé.
En esta pequeña urbe, tranquila y apacible, logré terminar mi obra: «Nufadat al-yirab wa-ulalat al-igtirab» [sacudida de alforjas para entretener el exilio], donde plasmé mis experiencias durante mi viaje por el Magreb. Y también una obra médica sobre el tratamiento de los venenos. Fue muy divulgado un trabajo en estilo de maqáma, una forma expresiva, muy en boga entre los escritores de mi tiempo, que consistía en escribir un relato en prosa rimada y que titulé: «Miyar al-ijtiyar fi dikr almaahid wa-l-diyar». Se trata de una descripción geográfica e histórica de diferentes ciudades andalusíes y magrebíes.
Jalid apenas si entendía algo de todo aquello, pero le llamó la atención lo de escribir en prosa rimada, e interrumpiendo al prisionero quiso saber:
—Disculpa mi ignorancia, pero ¿acaso hay otras formas de escribir que no sean las que se utilizan en las cartas y documentos?
—En efecto, Jalid, así como hay varias formas de hablar, también existen diferentes formas de expresión en la escritura. Se puede escribir en prosa, que es la forma habitual, o en verso. La maqáma, en prosa rimada, podríamos decir que es una mezcla de ambas. Se invierte el orden de las palabras para que rime una frase con otra. Esto supone un esfuerzo añadido para el escritor, por lo que es muy valorado por los lectores.
A propósito de este último trabajo, un alfaquí me pidió que hiciera un parangón entre dos ciudades, una andalusí y otra magrebí, que, según su parecer, eran semejantes: Málaga y Salé, ambas costeras, prósperas y bien protegidas. Mucho me temo, que el resultado de mi juicio no le complació en absoluto al alfaquí de Salé.
Como observador fiel, que conoce ambas ciudades por haber vivido en ellas, sólo Allah sabe que quise ser imparcial, aunque pudo pesar en mi valoración la inmensa nostalgia del exiliado. En cualquier caso, en esta comparación no se puede evitar que el platillo de la balanza caiga del lado de la ciudad andalusí.
Málaga, ¡qué Allah la proteja!, tiene ventaja en todo. Está protegida por murallas dobles y bordeadas de un foso que encierra a una ciudad imponente y una alcazaba grandiosa. Abundan los palacios y los jardines donde el agua dulce corre por doquier, sus calles son bulliciosas y en sus zocos, bien abastecidos, se ofrecen tisús de oro, muselinas y brocados.
Salé, siento tener que confesar, tiene un recinto amurallado pobre y falto de restauración. El agua escasea y, en caso de asedio, carece de aljibe. La tierra es pobre y el calor marchita los pastos. Muchos de sus barrios están formados por chozas de caña, establos y gallineros. ¡Juro por Dios, que cualquiera de los arrabales de Málaga está más poblado que toda la ciudad de Salé!
Pese a todo, me sentía bien en esta acogedora ciudad, con sus calles silenciosas, sólo alteradas por el eco sordo del paso de los borriquillos. Donde los ojos negros de las mujeres brillan como ascuas en la noche y los hombres, tanto adinerados como mendigos, transitan siempre altivos. Al atardecer, sentado frente al mar, dejaba que me acariciase la brisa y mi espíritu se reconciliaba con la naturaleza al contemplar el dulce agonizar del día.
Lisan al-Din se sumió en un prolongado silencio, que rompió con un suspiro profundo. Entonces, una ráfaga de luz taladró el respiradero de la mazmorra, anunciando el comienzo de un nuevo día.
Lisan al-Din dijo a su carcelero:
—La próxima noche te contaré cómo un ser despreciable, inculto, zafio, carente de oratoria, de ademanes groseros, falto de escrúpulos y sumamente despiadado, se apoderó del trono de Granada.