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AL LLEGAR la noche, como había prometido, Lisan al-Din reanudó su relato:
—Has de saber, estimado Jalid, que después de que el sultán Abu-l-Walid Ismail fuese asesinado, subió al trono de Granada su hijo primogénito Muhammad, el cuarto con ese nombre, que contaba tan sólo diez años de edad.
Muhammad había heredado el carácter apacible y generoso de su madre, la bella Ulwa, y la pasión por la aventura, la caza y la guerra de su padre. Como jinete, a lomos de su corcel, no tenía rival y su osado temperamento le hacía incurrir en la temeridad, galopando por las montañas más agrestes y cruzando angostos desfiladeros. Disfrutaba internándose en el bosque, persiguiendo y alanceando lobos. Cierto día, entró galopando en la Alhambra, exhibiendo como trofeo un enorme oso que tenía aterrorizados a los habitantes de una alquería. Se decía, que aquella bestia feroz había matado a un campesino y a su esposa y devorado a sus pequeños hijos.
Durante la minoría de edad del príncipe, el visir Muhammad al-Mahruq ejerció el poder de forma absoluta y despótica. El carácter autoritario y violento del visir le llevó a perseguir y encarcelar a todo aquél que no se sometiese a sus intereses. Fueron muchos dignatarios de la Corte, los que sufrieron prisión y muerte bajo el poder tiránico de al-Mahruq. Arrogante y ambicioso, se enfrentó al sahib Utman ibn Abi-l-Ulá, jeque de las milicias africanas. Este general magrebí, de gran prestigio, había disputado el trono de Fez al príncipe Sulayman y, al ser vencido por éste, se refugió en Al-Ándalus, siendo acogido por el sultán de Granada, que le nombró general de las fuerzas africanas. El emir de Fez solicitó al granadino la extradición de Utman y, al serle denegada, las cordiales relaciones que existían entre los dos monarcas se enfriaron.
Utman ibn Abi-l-Ulá gozaba en la Corte nazarí de una alta reputación al ser considerado miembro de la realeza. El jeque africano destacaba por su gallardía; su elevada estatura causaba admiración y su mirada fiera imponía respeto y temor. Como jefe de algaras había demostrado inteligencia y valor, y su prestigio en el ejército era inmenso. La lucha atroz entre el visir y el general degeneró en una guerra fratricida, que dejó en el emirato hondas heridas. La cruenta discordia entre los dos hombres más poderosos de Granada se alargó hasta la mayoría de edad del príncipe que, al tomar las riendas del poder, destituyó a ambos contendientes y nombró visir a un hombre de extraordinaria valía: el liberto Abu-l-Nuaym Ridwan.
Abu-l-Nuaym Ridwan era hijo de cristianos. Había nacido en la villa castellana de Calzada de Calatrava. Su padre era castellano y su madre barcelonesa. Apenas contaba diez años de edad, cuando fue hecho cautivo, siendo destinado al servicio palatino. Aquel muchacho despierto e inteligente atrajo la atención del sultán Abu-l-Walid Ismail, que lo tomó bajo su protección educándole en la religión islámica. El joven Abu-l-Nuaym recibió la selecta formación de la que gozan los jóvenes aristócratas andalusíes, y pronto descolló como un eminente humanista y un experto estratega en el arte de la guerra. De carácter afable y reflexivo, dio tales pruebas de inteligencia, valor y lealtad, que en poco tiempo se ganó la confianza del sultán Abu-l-Walid, hasta el punto de encomendarle la educación del príncipe heredero Muhammad.
Al-Mahruq, víctima del odio que había cosechado, fue ejecutado por orden del sultán. Y el general Utman se declaró en rebeldía, haciéndose fuerte en la ciudad de Almería, sometiendo a su autoridad, gran parte de la región oriental del reino. La rebelión del caudillo magrebí se agravó, cuando éste decidió apoyar a Muhammad ibn Faray, tío del sultán, que aspiraba al trono. La tormenta de la guerra civil se extendió por todo el reino.
El tirano de los idólatras se aprovechó de ello, atacando la frontera y adueñándose de varios castillos, amputando un amplio territorio de Al-Ándalus.
La situación se tornó tan crítica, que el inteligente visir, Abu-l-Nuaym Ridwan, hizo ver al joven sultán la necesidad de reconciliarse con el jeque rebelde, y poner fin, cuanto antes, a aquella lucha entre musulmanes. Gracias a las dotes persuasivas del visir, el rebelde Utman aceptó someterse a la soberanía del sultán, a cambio de gobernar la ciudad de Guadix.
Tras firmar la paz, Ridwan, que además de avezado político era un guerrero formidable, se puso al mando de las tropas andaluzas y africanas, entrando a sangre y fuego en las ricas comarcas de Lorca y Murcia. En las riberas del río Segura atacó una fortaleza, que los cristianos llaman Guardamar, y que ellos tienen por inexpugnable. Ridwan la conquistó y se apoderó de un cuantioso botín en trigo y ganado. La ciudad fue arrasada y sus habitantes hechos cautivos. En su incursión, el visir llegó hasta Elche y Orihuela saqueando cuanto encontró a su paso. Los mudéjares que moraban estas tierras, se unieron al ejército granadino y se trasladaron con sus enseres a Granada, donde Ridwan fue aclamado por las calles de la capital, exhibiendo a 1500 cautivos, entre hombres mujeres y niños, cerca de 3000 cabezas de ganado y 50.000 caíces de trigo.
Por aquel entonces, subió al trono de Fez el aguerrido sultán Abu-l-Hasan Alí ibn Yaqub que se mostraba favorable al entendimiento con Granada. El visir Ridwan aconsejó a Muhammad IV, concertar una alianza con el sultán meriní para combatir al belicoso Alfonso, rey de Castilla. Pero los miembros del clan Abi-l-Ulá no veían con buenos ojos ese acercamiento al sultán de Fez, por considerar a éste su enemigo. El viejo guerrero Utman había fallecido y su hijo Abu Tabit intentó impedir la alianza con el emir africano, pero no lo consiguió.
Muhammad, acompañado de su visir, emprendió un viaje a la Corte de Fez para solicitar, personalmente, la ayuda del meriní a la guerra contra los cristianos. Muhammad deseaba con toda su alma parar el avance de los infieles.
Los envidiosos, los intrigantes, las serpientes venenosas que habitan en las camarillas de los palacios hicieron correr el rumor de que el sultán granadino estaba dispuesto a entregar la cabeza de Abu Tabit al implacable sultán de Fez, como contrapartida a la ayuda magrebí.
Los Abi-l-Ulá, dando por veraces los rumores, determinaron asesinar a Muhammad al regreso de su viaje de Fez.
La comitiva granadina fue recibida por el sultán Abu-l-Hasan Alí, con todos los honores, y tomando en consideración la petición de ayuda del emir granadino, el sultán meriní le ofreció generosamente un contingente de prestigiosos jinetes al mando de su hijo, el príncipe Abu-l-Malik.
Mientras tanto, en un lugar secreto de Granada, se conjuraron los miembros de la familia Abi-l-Ulá y un tío del sultán, que ambicionaba el puesto de hayib, para urdir el regicidio.
Abu Tabit no creía en la desinteresada ayuda del meriní y estaba convencido de que el sultán granadino había decidido entregar su cabeza, como contrapartida del auxilio prestado por Fez.
Una noche, Abu Tabit recibió una invitación de un miembro de la alta nobleza, Ali ibn al-Mawl, tío del joven sultán, para reunirse con él en una finca de recreo que éste poseía fuera de la ciudad.
Ali ibn al-Mawl era inmensamente rico, pero ansiaba tener más poder y la ambición se había tornado en odio hacia el hayib Ridwan.
Recibió a su invitado en una lujosa mansión, llena de preciosidades y objetos raros que acusaban a su poseedor una gran fortuna y exquisito gusto. La mirada altiva del anfitrión y el lujo de sus ropas de anchos pliegues y ornamentos de piedras preciosas denunciaban su alta cuna.
Abu Tabit vestía una sencilla túnica de algodón y una capa de terciopelo azul oscuro, sin adornos. Le acompañaba «la Sombra», un esclavo negro que le seguía a todas partes armado de una enorme espada que colgaba a su espalda, y al que, probada su absoluta fidelidad al clan de los Abi-l-Ulá, Abu Tabit había puesto al mando de sus escoltas.
Aunque todos le conocían como la Sombra, se llamaba Zayyán; vestía zaragüelles, una camisa de paño hasta media pierna con cinturón y botas, todo de negro. Se cubría la cabeza y el rostro con un amplio turbante para ocultar una enorme cicatriz producida por una puñalada que le había desgarrado los labios y parte de la mejilla. La boca destrozada le impedía hablar y las pocas palabras que podía articular eran ininteligibles. Para dar órdenes se servía de un rugido estremecedor, que hacía temblar a sus subordinados. El turbante le cubría toda la cabeza y sólo una rendija dejaba ver unos ojos verdes claros, casi amarillos, como los de un reptil.
Cuando el noble Ibn al-Mawl le pidió a Abu Tabit hablar a solas, éste contestó:
—No puedo desprenderme de mi sombra. Pero no temas, mi señor. Las sombras no hablan.
El noble no supo cómo tomárselo. Parecía que el astuto bereber no se fiaba de nadie.
En la sala reinaba un silencio forzado, poco natural, como la calma anterior a una tormenta. Ninguno parecía querer comenzar a tratar el asunto. Por fin, la voz del noble, enérgica y segura se dejó oír:
—Puedes creerme —dijo Ibn al-Mawl—, que si te he hecho venir hasta aquí es porque sé el descontento que hay en vuestra familia por el comportamiento del sultán que, ignorando los grandes servicios que prestó vuestro ilustre padre al emirato, os tiene relegados e incluso se dice que os puede utilizar como moneda de cambio para negociar con el sultán de Fez. La situación en la que se encuentra el reino, en manos de ese hayib renegado, que hace y deshace a su antojo, que se está enriqueciendo a manos llenas es intolerable.
—Es cierto —completó Abu Tabit—. El reino está en peligro. El joven sultán es un títere sin voluntad en manos de un cristiano.
—Cuando regresen de Fez, tenemos que impedir que el sultán y el hayib lleguen a Granada. Ambos deben morir —dijo el noble con determinación.
—Necesitamos saber el lugar donde desembarcarán. Nuestro mayor aliado será la sorpresa. Debemos vigilar su marcha hacia Granada y preparar una emboscada.
Ibn al-Mawl quedó pensativo y declaró:
—Mis informaciones dicen que el rey de Castilla ha puesto cerco a Gibraltar y Muhammad, con tropas meriníes, pretende evitar que Gibraltar sea tomada por el infiel. Si lo consigue volverá triunfante a Granada al frente de sus tropas. Y si es así, ¿qué podemos hacer contra todo un ejército?
—Nuestra misión no consistirá en enfrentarnos a las tropas meriníes, si no en encontrar el momento propicio para matar al sultán y a su hayib —afirmó Abu Tabit sin disimulos—. En las inmediaciones de Algeciras hay un asentamiento de mercenarios bereberes, expertos en tender trampas y emboscadas, a los que se puede contratar por un buen puñado de oro. Oro del que yo carezco.
—Eso es cosa mía —dijo el noble—. Pero me tienes que asegurar el éxito de la misión.
—Mi futuro y el de toda mi familia depende de que esta misión llegue a buen término. Dispongo de hombres de absoluta fidelidad, y Zayyán —dijo girándose hacia la Sombra— capitaneará la operación.
La Sombra confirmó las palabras de su amo con un leve movimiento de sus párpados.
—¿Una sombra que no habla? —preguntó el noble con un bufido desdeñoso.
—Te aseguro, mi señor, que Zayyán es tan respetado como temido. Y con un simple movimiento de su mano, los hombres le siguen dispuestos a dar sus vidas. Saben que si flaquean morirán con el rugido de la fiera en sus oídos. Cuando la Sombra ruge, hasta su caballo se orina de miedo.
Ibn al-Mawl lanzó una mirada escrutadora a Zayyán y éste entrecerró los ojos, en los que aparecía una sonrisa malévola.
El noble se centró en su interlocutor y con énfasis le advirtió:
—No es necesario que te diga que debemos actuar con la máxima precaución. El renegado cuenta con numerosos espías. Cuando lo tengas todo listo, házmelo saber y yo te indicaré el lugar donde nos reuniremos.
Dos días más tarde, acordaron enviar a Zayyán para que sobornase al jefe de los mercenarios bereberes, asentados en un campamento cerca de Algeciras.
La comitiva real regresó de Fez y desembarcó en la desembocadura del río Guadiaro, sin percatarse de que todos sus movimientos eran observados por un grupo de mercenarios bereberes emboscados en la costa. Sin apenas tomar descanso de la travesía, Muhammad, al frente de tropas granadinas y de la caballería magrebí, se dirigió a Gibraltar. Los cristianos, que no esperaban enfrentarse a un ejército tan numeroso, levantaron el cerco, y quiso Allah ¡ensalzado sea! que esta importante plaza se viera libre del asedio de los infieles.
Al día siguiente, después que los cristianos abandonasen el cerco de la ciudad de Tariq [Gibraltar], Muhammad, dejando al príncipe meriní, Abu-l-Malik, como gobernador de la plaza y al grueso de sus tropas defendiendo la ciudad, se dispuso, con la máxima diligencia, a regresar a Granada, junto a su hayib y una exigua escolta. Antes debían pasar por Málaga.
Ridwan advirtió a su señor que el camino por el que debían transitar era angosto, rodeado de peñascos y bordeado de contrafuertes, propenso para las emboscadas, por lo que consideraba una temeridad ir tan desprotegidos por esa ruta.
El arrogante Muhammad no escuchó las prudentes palabras de su hayib, que le aconsejó, por precaución, tomar más hombres. El sultán tenía prisa por llegar a Málaga y con una pequeña escolta podían imprimir un paso más ligero a sus cabalgaduras.
Al amanecer, emprendieron el camino hacia Málaga. Dejaron atrás la montaña de Gibraltar y se internaron en el valle del río de las Acequias. Muhammad, como buen jinete y acostumbrado a galopar siempre el primero, se adelantó a su escolta y de forma imprudente y un tanto alocada se internó en el valle. La horda bereber acechaba a la comitiva desde lo alto de un barranco. El adalid de la escolta del sultán fue el primero en caer de su caballo, atravesado por una flecha. El pavor se apoderó de la comitiva y los soldados intentaron huir de aquella trampa mortal. El esclavo Zayyán, aprovechando el desconcierto, espoleó a su caballo, se abrió paso entre la guardia y al llegar a la altura del sultán, apuntó su lanza hacia el corazón del emir y, sin darle tiempo a reaccionar, lanzó un aullido aterrador y su arma voló atravesando el pecho del joven monarca, que se desplomó de su caballo.
El visir Ridwan, que lo seguía algunos pasos detrás, observó cómo un jinete vestido de negro, sobre un caballo desbocado, se dirigía hacia él empuñando un enorme mandoble. El hayib giró la cintura y la descomunal espada pasó centelleante sobre su cabeza.
Ridwan llegó donde yacía el cadáver del sultán y, viendo que nada podía hacer por su señor, emprendió la huida y se salvó de una muerte segura, merced a la ligereza de su corcel. Cuando Zayyán consiguió dar la vuelta a su caballo, el semental de Ridwan, mucho más veloz, había puesto demasiada tierra de por medio para ser alcanzado.
Los mercenarios, ávidos de botín, despojaron al sultán de sus vestidos y abandonaron el cadáver, completamente desnudo, entre unos matorrales.
Un pastor encontró el cuerpo del sultán y, compasivamente, lo cubrió con un alifafe.
Pronto cundió la noticia y los corazones de los granadinos se estremecieron de dolor. El cadáver del joven emir fue conducido hasta Málaga y enterrado en la Rauda de la Almunia al-Sayyid.
En su memoria, compuse un llanto que terminaba así:
… ¡Llorad ojos por un muerto al que abandonaron tendido sobre el suelo y nadie rezó por él ni lo lavaron. Lo traicionaron y murió como un mártir y, los que lo hicieron, levantaron un monumento que no se proponían!
¡Que Allah lo cubra con su misericordia y goce de los placeres del paraíso!
Unos días antes, la Corte en pleno se había desplazado a la ciudad costera de Málaga para dar una bienvenida entusiasta al sultán, por su éxito diplomático en Fez y la liberación de Gibraltar.
Mi padre, que formaba parte del séquito, como regalo de mi vigésimo cumpleaños, me incluyó entre los cortesanos que asistirían a la recepción oficial del emir. Pero todo quedó truncado, cuando llegó la noticia atroz del magnicidio. El horror nos invadió a todos y, desconcertados, nos preguntábamos quién pudo haber tramado aquel crimen.
Allí estaba el falaz Ali ibn al-Mawl, llorando amargamente la muerte de su sobrino, pidiendo castigo para los culpables. Entre los cortesanos más desconsolados, destacaban los miembros del clan de los Abi-l-Ula, haciendo exagerados aspavientos y exigiendo responsabilidades. Y cuando aún no se había encontrado el cadáver del emir, con el fin de ganarse la voluntad del príncipe Yusuf, hermano del difunto monarca, procedieron a proclamarle nuevo sultán.
En este punto, al ver que se acercaba la hora del amanecer, Jalid hizo un gesto ostensible con la mano e interrumpió al prisionero:
—Noble señor, antes de irme quisiera consultarte algo que me preocupa.
—Dime de qué se trata y, si Dios quiere, lo resolveremos.
—Verás, mi hijo, el más pequeño de seis años, padece una enfermedad incurable, sufre de continuos dolores en el vientre, está muy pálido y sus excrementos aparecen llenos de gusanos. Le hemos administrado lavativas y ha ingerido las pócimas de un curandero, pero todo ha sido en vano y la salud del niño ha empeorado. Ayer, cuando mi esposa se disponía a lavarlo, observó aterrada cómo los gusanos le salían por la nariz. Tú eres médico y tal vez puedas disponer de un remedio contra el mal que sufre.
—¿Qué color tienen los gusanos? —preguntó Lisan al-Din.
—Son oscuros, algo verdosos.
—Las larvas de esos gusanos suelen habitar en aguas estancadas.
—Sí, algunas veces mi hijo se baña en la acequia de la muralla vieja.
—Tranquilízate, conozco esa enfermedad y sé cómo tratarla. En primer lugar, es necesario que el niño ayune durante un día. Después, debe comer sólo nueces y beber el preparado siguiente: Toma varias hojas de melocotonero y la cáscara de una toronja, un diente de ajo, dos onzas de abrótano, tres onzas de altramuz seco y otras tres de comino negro. Lo trituras todo, lo mezclas con agua de rosas y leche templada, lo tamizas y le añades un poco de miel. Dale una dosis de cuatro meticales al día hasta que desaparezca el dolor del vientre y, posteriormente, debe ingerir las tomas en días alternos y, si Dios quiere, en poco tiempo el intestino quedará libre de parásitos.
Lisan al-Din le hizo repetir varias veces los ingredientes de la receta, hasta que Jalid los memorizó. Éste, agradecido, se despidió del prisionero cuando la luz del alba alumbraba los callejones y se filtraba por las celosías de las alcobas, denunciando a los amantes.