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LA DECISIÓN DE VICENTE

Al ver a Vicente Valladar buscando un martillo en los armarios de su apartamento pocos minutos antes de las once de la noche del sábado cabría suponer que, como tantos otros varones adultos, era víctima de la fiebre del bricolaje casero de fin de semana. Tal hipótesis estaba muy lejos de ser cierta.

Había pasado la jornada meditando acerca de la enervante tendencia al fracaso que mostraban todas y cada una de sus iniciativas. Parecía que le hubiese mirado un tuerto.

Era comprensible, aunque descorazonador, que los caballos por los que apostaba no ganasen jamás una carrera. Resultaba más complicado de asimilar el que hubiese contratado a un sujeto para eliminar a Palomero y el tipo se dedicara a la caza del topo en el huerto de don Facundo. No obstante, cabía dentro de lo posible.

Ahora bien; que el asesino a sueldo más célebre de la ciudad también le saliera rana era algo que escapaba a su comprensión. ¿Es que ya no podía uno confiar ni en los profesionales de mayor prestigio?

En tales condiciones, no le quedaba más remedio que encargarse él mismo de fulminar a Palomero. Tomó esa resolución cuando se preparaba la cena y, mientras se la zampaba, pensó en las armas que podía utilizar para llevar a cabo su plan.

Descartó escopetas y pistolas, pues no tenía la más remota idea de cómo conseguirlas en el poco tiempo del que disponía. Porque estaba decidido a cepillarse a Palomero esa misma noche. Razón por la cual tampoco estimó conveniente valerse de alguna clase de veneno para cargarse al paisano. Necesitaría bastante tiempo para averiguar qué sustancia era la más adecuada, dónde obtenerla y cómo administrársela a don Facundo.

Se le ocurrió que lo más certero sería una buena puñalada en el corazón. Claro que ello requería suma destreza y magnífico tino. O bien, despreocuparse de la puntería y asestar cuchilladas a porrillo, hasta que a la víctima no le quedara una mínima porción de piel sin agujerear.

Un enérgico estrangulamiento resultaría mucho más limpio, pero presentaba un inconveniente: Palomero era bastante más alto que Valladar, lo que complicaba sobremanera el acceso de las manos de éste al pescuezo de aquél. A no ser que le pillase dormido, en cuyo caso podría elegir entre estrangularlo con una cuerda o asfixiarlo con su propia almohada.

Aun así, la mayor corpulencia de Palomero suponía un riesgo para Valladar en el combate cuerpo a cuerpo. Sería más conveniente valerse del factor sorpresa y atizar al caballero un soberano martillazo en la cabeza cuando menos lo esperase.

Vicente rebuscó armario por armario hasta que dio con un hermoso martillo y un trozo de cuerda que estimó adecuado. Cogió también el cuchillo más grande que tenía en la cocina y los guantes de fregar, para no dejar huellas en el escenario del crimen. Introdujo todos estos pertrechos en una bolsa y salió de su apartamento cuando faltaban cuarenta minutos para la medianoche.

Al llegar a la calle donde tenía aparcado su vehículo, se topó con una mujer que le sonreía desde detrás de densas capas de exagerado maquillaje.

—Qué casualidad, Vicente. Precisamente venía a verte.

—Pues ya me estás viendo, Eugenia. Pero por poco tiempo, porque tengo bastante prisa.

—Da igual —dijo ella con algo que podía ser tomado por desilusión, si bien era difícil asegurarlo pues, con tanta pintura encima, el rostro de Eugenia apenas podía expresar emoción alguna—. Sólo quería saber qué tal te encuentras.

—Perfectamente, gracias.

Vicente contempló el atuendo de “Jenny” con una rápida mirada de abajo a arriba. Zapatos dorados de enorme tacón, un bolso brillante y un abrigo negro que le llegaba hasta medio muslo.

—¿No vas un poquito fresca?

—Uy, no, qué va. Este abrigo calienta más que una estufa.

—O sea, que no llevas nada debajo —dedujo Valladar.

—Llevo un sujetador y una braga tanga dorados, a juego con los zapatos —precisó al tiempo que se abría el abrigo para demostrar que no mentía.

—Elegantísima —dijo Vicente, mirando hacia otro lado—. Ahora, si me disculpas, tengo que marcharme. Que se te dé bien la noche.

Echó a andar, pero Eugenia, en lugar de apartarse, se le puso delante.

—Escucha, Vicente. No es mi intención molestarte.

—Pues lo disimulas estupendamente.

—Perdona, pero es que hace algún tiempo que te noto preocupado. Estás más arisco y triste que de costumbre. Y es una lástima, con lo agradable que tú eres y la alegría que siempre reflejan tus ojos...

—Déjate de monsergas, Eugenia. —La empujó sin excesiva fuerza y logró abrirse paso.

—No son monsergas. Es que me preocupo por ti. —Intentó sujetar a Vicente pero sólo consiguió que se le enganchara un dedo en el asa de la bolsa que él portaba. —¿Qué llevas aquí? —Atisbó rápidamente el contenido y se sobresaltó. —¿Un martillo y un cuchillo? ¿A dónde vas con un martillo y un cuchillo a estas horas de la noche?

Vicente cerró bruscamente la bolsa.

—Voy a un lugar que no te importa a hacer algo que no te incumbe.

Dio media vuelta y reanudó la marcha.

—Sea cual sea el asunto en el que estás metido, haz el favor de tener cuidado —le aconsejó Eugenia—. Ten mucho cuidado, hijo.

Vicente frenó en seco, se giró violentamente y volvió sobre sus pasos hasta quedar a medio palmo de distancia de Eugenia.

—Eso sí que no te lo consiento —le advirtió mirándola con verdadera inquina—. Te dejé bien claro que no toleraría que me llamaras hijo ni en público ni en privado.

—Perdóname, Vicente. Ha sido un descuido.

—No me vengas, precisamente a mí, con tus descuidos. Que te entre en la cabeza, de una vez para siempre, que ni tú tienes un hijo, ni yo una madre.

Los ojos de Eugenia se cubrieron súbitamente de lágrimas. Trató de ponerles coto con un pañuelo pero fue inútil. Lloró desconsoladamente mientras veía a Vicente alejarse con paso ligero sin volver la vista atrás.

Cuando montó en su coche, Valladar lo cerró con un fuerte portazo y profirió juramentos e imprecaciones durante un par de minutos. A continuación, permaneció quieto unos instantes, procurando recuperar el ritmo normal de su respiración. Cuando se sintió más relajado, encendió el motor y partió hacia Quintana Salceda.

A una distancia prudencial, otro automóvil emprendió la marcha detrás del suyo.

Pese a los esfuerzos que hizo por serenarse, Eugenia siguió llorando durante un rato largo. Cuando entró en el club “El Korral”, tenía la cara hecha un desastre, llena de surcos, manchas y churretones. Como no quería asustar a los posibles clientes, cruzó el local a toda prisa y se metió en el aseo de señoras para intentar mejorar su aspecto. Lo que consiguió en cuanto se lavó la cara e hizo desaparecer de ella todo rastro de pintura.

Al buscar en el bolso sus útiles de maquillaje, se percató de que le temblaban las manos. Pintarse la cara con el pulso tan poco firme era un gran riesgo. Podía terminar pareciendo que se había escapado de un cuadro de Picasso. Así pues, decidió dejar su rostro al natural. Con lo cual salió ganando, ya que, aunque ella creía que el maquillaje disimulaba sus cuarenta y cuatro años, lo único que lograba con tanto mejunje era ocultar su belleza detrás de una careta inexpresiva.

Prueba evidente de ello fue la reacción de los clientes del establecimiento que la observaron cuando salió del aseo. Todos se sorprendían y la contemplaban embelesados, felices por hallar un verdadero rostro femenino entre tanto muestrario andante de maquillaje.

Un cincuentón que ocupaba un taburete junto a la barra, propinó un codazo a su compañero de francachela.

—¿Has visto a ésa? —le preguntó sin apartar la vista de “Jenny”—. Fíjate qué hermosura. Debe de ser nueva, porque no me suena de nada.

—A mí me resulta familiar.

—¿De veras? Yo creo que, si la hubiese visto antes, la recordaría.

—De todas formas, no te encapriches con ella. Me ha dicho el camarero que las gemelas “Brenda” y “Brandy” llegarán a eso de las doce y media. Y nos vamos a ir con ellas al hostal “Camachuelo” para montarnos una juerga de campeonato durante toda la noche.

—¿Toda?

—Entera y verdadera. He dicho que invito yo y no pienso andarme con chiquitas.

Las pocas dudas que podía albergar Lucía en cuanto a la responsabilidad de Valladar en el intento de acabar con ella, se disiparon cuando comprobó que Vicente conducía hacia Quintana Salceda. El canalla regresaba al lugar de los hechos. Lucía supuso que Valladar sería el dueño de la casa a la que le había enviado para cumplir el encargo.

Sin embargo, al llegar al pueblo, Vicente no tomó la ruta hacia Arroyoscuro. Se internó en el casco urbano y circuló entre calles sin un aparente rumbo fijo. Lucía sospechó que Valladar tomaba precauciones por si acaso alguien le perseguía, así que redujo la velocidad y permitió que aumentara la distancia entre los dos vehículos.

En realidad, Vicente se había perdido. Iba de acá para allá en busca de alguna indicación que le condujera al barrio de Arroyoscuro. Abandonó el casco urbano y llegó a la incorporación a una carretera. Las señales indicaban que si torcía a la izquierda volvería hacia Burgos y si giraba a la derecha iría en dirección a Villagallarda. Como al venir no había visto el menor indicio del barrio que buscaba, estaba claro que tenía que dirigirse hacia Villagallarda.

Lucía, cada vez más segura de que se enfrentaba a un consumado criminal, no pudo evitar sonreír al ver la maniobra de Vicente.

—Parece que ya te has cansado de disimular —pensó en voz alta mientras cambiaba de marcha para continuar la persecución.

Pero cuando vio que Valladar se saltaba el desvío al barrio de Arroyoscuro, Lucía recayó en la incertidumbre. Eran demasiadas precauciones, demasiados rodeos los que daba el malandrín si realmente se dirigía al lugar donde le tendió la emboscada. Por otro lado, era mucha casualidad que circulara tan cerca de aquellos mismos andurriales. ¿A dónde demonios se dirigía Vicente Valladar?

El primer interesado en conocer la respuesta a esa pregunta era el propio Vicente Valladar. No vio el pequeño cartel indicador del desvío hacia Arroyoscuro que, justo es reconocerlo, estaba pésimamente iluminado, y continuó avanzando hasta que se topó con un rótulo que le anunciaba su entrada en el término municipal de Villagallarda. Atisbó unas luces, aproximadamente cien metros más adelante, y condujo hacia ellas con la esperanza de dar con alguna persona que pudiera ayudarle a encontrar Arroyoscuro.

Las luces procedían del edificio que antaño albergara la fábrica de electrodomésticos “Menenghem”, ahora reconvertido en la macrodiscoteca “Klímax”. En la explanada ante la puerta había cerca de una veintena de coches. Vicente aparcó el suyo y caminó hacia las únicas personas que tenía al alcance de la vista. Se trataba de siete chicos, ninguno de los cuales había cumplido los dieciséis, que reían entusiasmados mientras se pasaban de mano en mano una botella de gran tamaño de la que bebían con tal ansia que daban la sensación de estar libando el elixir de la eterna juventud.

—Buenas noches —les saludó Vicente cuando llegó junto a ellos—. ¿Podríais decirme por dónde se va al barrio de Arroyoscuro?

La respuesta consistió en una traca de carcajadas altisonantes que parecía no tener fin. Vicente contempló estupefacto a aquellos mocosos borrachos. Repitió un par de veces la pregunta pero sólo consiguió acrecentar las risas absurdas.

De pronto se fijó en que uno de los muchachos no reía.

<<Menos mal —pensó Vicente—; parece que queda alguien sensato entre tanto imbécil.>>

Sin decir esta boca es mía, el chaval echó a andar apartándose de sus compañeros.

<<Pobrecillo; está tan avergonzado del comportamiento de sus amigos que no se atreve a hablar en serio delante de ellos. Debe creer que se reirán de él si me contesta como una persona normal y corriente.>>

Con tales pensamientos, Vicente siguió al chico hasta una tapia semiderruída.

La mente de Lucía se iluminó al observar esta escena desde el interior de su automóvil.

—Así que este es tu negocio, degenerado sin escrúpulos. Te dedicas a vender droga a los adolescentes. Por eso dabas tantas vueltas; buscabas grupos de jóvenes. Eres lo peor de la sociedad. A la gentuza de tu calaña habría que pasarla a cuchillo en las plazas públicas.

Continuó dedicando improperios a Valladar en voz baja hasta que le vio desaparecer junto con el chiquillo detrás de la tapia.

—¿Tú sabes por dónde se va a Arroyoscuro? —preguntó Vicente al quinceañero, que le daba la espalda.

El chaval se volvió súbitamente. No se había percatado de que Vicente le seguía y ahora reflejaba en sus infantiles facciones un susto tremendo. A decir verdad, parecía demasiado atemorizado. El propio Valladar encontró extraña su expresión de espanto y la exagerada palidez de su piel.

El jovencito dio un paso hacia Vicente y le vomitó encima de los zapatos.

—¡Me cago en la leche que te dieron! —exclamó Vicente y, acto seguido, aferró con ambas manos el cuello del mozalbete—. Dime por dónde se va al barrio de Arroyoscuro si no quieres que te quite la borrachera a bofetada limpia.

El aterrado adolescente hizo hercúleos esfuerzos para poder hablar.

—Eso esdá en Guindana Salceda. Según va desde aguí, diene gue domar un desvío andes de llegar al bueblo.

Vicente lo soltó y el muchacho cayó al suelo totalmente grogui.

Cuando regresaba hacia su coche, Valladar se acercó de nuevo al grupo de bebedores y, sin mediar palabra, arrebató la botella a uno de ellos y utilizó el brebaje para limpiarse los zapatos. Lejos de preocuparse por la ausencia de su amigo, o de enfadarse por la forma en que Vicente acababa de derrochar el alcohol, los chavales rompieron a reír como descosidos.

Poco después, se reanudó la persecución. Esta vez, Vicente halló por fin el desvío hacia Arroyoscuro y se adentró en el barrio tras reducir la velocidad, pues el camino, además de ser estrecho y no estar asfaltado, carecía de farolas que lo alumbraran.

Lucía aparcó junto al desvío, como había hecho en su anterior visita al barrio, y se internó a pie en Arroyoscuro, amparada por la oscuridad, sin adoptar mayores precauciones.

Desde una ventana de la primera casa del vecindario, doña Justa Galopín distinguió la silueta de Lucía. No alcanzó a apreciar si se trataba de un hombre o una mujer, pero estaba segura de que no era Facundo Palomero. Como también le constaba que el coche que acababa de pasar bajo su ventana no era el flamante automóvil nuevo de su vecino. Demasiados misterios consecutivos para la poca paciencia de la viuda del “Garrafón”.

Vicente aparcó frente a la casa de Palomero. Se puso los guantes de fregar, guardó la cuerda en un bolsillo de sus pantalones, cogió el cuchillo y el martillo y se bajó del coche.

La calma era absoluta. Ranas, grillos y chicharras ofrecían una bucólica melodía mientras el río les proporcionaba el acompañamiento. No había una sola luz en la casa ni en los alrededores, lo que hizo a Vicente caer en la cuenta de que necesitaba una linterna. Tomó la que guardaba en el maletero del coche y penetró en la propiedad de Facundo Palomero.

Al llegar ante la puerta se le planteó un problema en el que no había reparado hasta entonces: cómo entrar en la casa. Mediante un par de suaves empujones comprobó que la puerta estaba cerrada y decidió darse un garbeo alrededor del inmueble en busca de alguna vía de acceso.

En la pared que daba al río encontró una ventana situada a poco más de un metro de altura. Se valió de la hoja del cuchillo para levantarla unos milímetros. Los suficientes para introducir el mango del martillo y hacer palanca hasta que logró alzar la ventana por completo. Se apoyó en el alféizar y, de un brinco, se coló en la casa.

A Lucía le sorprendió hallar el automóvil de Valladar aparcado en medio del camino.

<<¿Por qué dejas tu coche aquí fuera —preguntó mentalmente a un imaginario Valladar—. ¿Es que no te cabe en el barracón junto con la furgoneta que utilizaste para intentar matarme? ¿O acaso tienes intención de regresar a Burgos enseguida? ¿Aquí almacenas la mercancía que vendes a los críos? ¿Es éste tu escondite? ¿La base de operaciones de tu sórdido negocio?>>

Gracias a la luz que proyectaba su linterna, Vicente realizó un somero reconocimiento de la planta baja. En vista de que allí no había nadie, comenzó a subir por la escalera con mucho sigilo, procurando hacer el menor ruido posible. Una vez en el piso superior, emprendió la búsqueda del dormitorio donde esperaba hallar al durmiente Palomero.

Abrir la puerta del edificio con una sencilla tarjeta de crédito fue para Lucía coser y cantar. Entró en la casa y cerró la puerta con extrema delicadeza, para no revelar su presencia. Decidió aguardar en la oscuridad a que Valladar volviera a salir, para abalanzarse sobre él y darle su merecido.

Doña Justa contempló cómo la puerta de la residencia de su odiado vecino se cerraba muy lentamente. No entendía ni jota de lo que sucedía, pero no estaba dispuesta a volverse a su hogar sin descifrar aquel embrollo.

Caminando con mucha precaución, rodeó la casa con la idea de echar un vistazo al interior por la ventana de la parte de atrás. Al llegar allí, descubrió un cuchillo tirado sobre la hierba, justo debajo de la ventana, que estaba abierta de par en par. Cada vez comprendía menos aquel misterio, pero cada vez le gustaba más.

Tras depositar el martillo en el suelo, Vicente sujetó la linterna con los dientes y se dispuso a abrir la primera puerta que encontró en la planta alta. Movió la manilla muy despacio hasta que notó que la puerta cedía. La abrió poco a poco y enseguida se percató de que se trataba de un cuarto de baño.

Sin cerrar la puerta, para ahorrarse posibles ruidos, recogió el martillo y prosiguió su búsqueda. Cayó entonces en la cuenta de que había perdido el cuchillo, pero consideró que podría acabar con Palomero estrangulándolo con la cuerda que llevaba en el bolsillo, o bien a martillazo limpio.

La siguiente puerta que descubrió ni siquiera estaba cerrada por completo, sino solamente entornada. La abrió muy cautelosamente y su linterna alumbró un armario ropero y las patas de una cama. Había encontrado el dormitorio. Notó que el corazón le palpitaba a ritmo de mambo. Introdujo medio cuerpo en la habitación y recorrió el lecho con el haz de luz hasta llegar a la cabecera. La cama estaba vacía.

Contrariado, Vicente abandonó las precauciones e inspeccionó rápidamente el dormitorio y el resto del piso superior. Hecho lo cual, llegó a una conclusión: Palomero había volado.

Bajaba las escaleras cabizbajo, lamentándose de su mala suerte, dudando entre volverse inmediatamente a Burgos o quedarse a esperar a Palomero para atacarle por sorpresa en cuanto apareciera por su casa, cuando un rayo de luz le deslumbró. Dirigió de inmediato su linterna hacia la procedencia de aquella luz y descubrió, horrorizado, a la secretaria de “Lucifer”.

—Te voy a hacer picadillo, miserable —le anunció Lucía sin dejar de iluminarle con la linterna que llevaba en la mano izquierda.

Por el tenebroso tono de su voz y por el descomunal machete que portaba en su mano derecha, Vicente dedujo que la dama no lo decía en broma.

En un instante, se agolparon en la mente de Valladar montones de preguntas. ¿Qué pintaba allí aquel adefesio? ¿Por qué narices le amenazaba? ¿Es que le parecía poco haberle estafado cincuenta mil pesetas? ¿Acaso los hermanos Cembollín se habían cansado de esperar y habían pasado su nombre a “Lucifer” antes de que se cumpliera el plazo? ¿Y “Lucifer” le consideraba tan poquita cosa que enviaba a su secretaria para liquidarle? ¿Sería ésta tan bestia como aparentaba? ¿Podría él hacerle frente con el martillo?

Como decía, este autointerrogatorio sólo duró un instante porque, en cuanto Lucía, machete en ristre, dio un paso adelante, Vicente soltó la linterna y echó a correr hacia la ventana por la que había entrado en la casa. Cuando vio a tiro el hueco de la ventana abierta, se lanzó de cabeza a la calle, en el preciso momento en que la viuda del “Garrafón” se decidía a meter las narices en la casa para ver qué ocurría allí dentro.

El cabezazo fue brutal. Doña Justa cayó fulminada sobre la hierba y Vicente rebotó hacia el interior del edificio. Lucía, que corría tras él alumbrándole con la linterna, no vio venir el martillo que Valladar soltó al chocar con la viuda.

Podría discutirse si fue la frente de Lucía la que golpeó el martillo o fue el martillo el que impactó contra la cabeza de Lucía, pero como el orden de los factores no altera el producto, el resultado fue que la joven cayó noqueada al lado de Vicente Valladar, que yacía en el suelo fuera de combate.