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FACUNDO

La placidez con que transcurrió la tarde del domingo en el remanso de paz que era Arroyoscuro contrastaba con el tremendo vaivén de emociones que vivió Facundo Palomero en el interior de la cuarta casa del barrio.

Tras largos años de quinielista cenizo, la fortuna parecía dispuesta a sonreírle. Los resultados futbolísticos de la jornada, que le hicieron pasar la tarde de sobresalto en sobresalto, comenzaron de pronto a mostrar una sorprendente tendencia a coincidir con los pronósticos de su quiniela.

Cuando el sol empezaba a ocultarse, Facundo experimentó una sensación desconocida: tenía catorce aciertos. Sólo quedaba por concluir el encuentro del pleno al quince, en el que había pronosticado una victoria local y que, a falta de tres minutos, reflejaba un resultado de un gol a cero favorable al equipo de casa, el Toledo.

Tenía el pleno al alcance de la mano y ya empezaba a imaginarse cómo iba a cambiar su vida. Cuando ya se veía dueño de un chalet, un palacete y una mansión en la costa, Felipe Ibargoitia lo redujo todo a escombros con un afortunado pepinazo.

Pero no vayan a creer que a Palomero le duró mucho el disgusto. Profirió una sonora ristra de juramentos hasta que el Toledo-Alavés llegó a su fin. En ese momento tomó conciencia de que había acertado los restantes catorce resultados y compuso una sonrisa de oreja a oreja con la misma boca que acababa de utilizar para estercolarse en toda la estirpe de los Ibargoitia.

Tal vez les sorprendan tan repentinos cambios de humor pero háganse cargo de que Facundo, solterón empedernido de cincuenta y seis años, hacía dos que se había quedado sin trabajo a causa del cierre de la fábrica de electrodomésticos “Menenghem”, empresa alemana en la que trabajó desde que era un chaval y que le dejó en la calle previa entrega de una maravilla de nevera y una birria de indemnización.

El préstamo que había pedido para comprar la casa en que vivía se llevaba casi completa su paga de prejubilación. Así que, para sobrevivir, Palomero sacaba provecho de su pequeño huerto y elaboraba mermeladas que vendía en el mercadillo de Villagallarda.

De manera que, en semejantes circunstancias, aunque Felipe Ibargoitia le hubiera estropeado el pleno, una quiniela de catorce podía arreglarle la vida definitivamente.

Por si les queda alguna duda sobre su estado de ánimo, les diré que, cuando el reloj de la iglesia de San Pablo quebraba el pacífico anochecer de Quintana Salceda con nueve golpes de campana, el señor Palomero se marcaba un pasodoble por la cocina de su casa agarrado a una escoba.

El premio fue mayor de lo que él mismo esperaba y lo primero que hizo en cuanto lo cobró fue quitarse de encima la hipoteca de la casa. Cumplido el deber, le llegó el turno al placer. Durante un par de semanas Facundo se entregó a una orgía de caprichos que pagaba a toca teja con tal expresión de gozo en su rostro que, si en lugar de hallarse frente a un dependiente hubiera tenido ante sus narices a un sacerdote, éste le habría enviado derechito al confesionario.

Adquirió, entre otras cosas, un televisor panorámico, un vídeo, un equipo de música, una butaca de orejas con reposapiés y respaldo reclinable, un “Ford Galaxy” con todo el equipamiento habido y por haber, una desbrozadora, una motoazada, dos trajes a medida, cinco pares de zapatos, una bañera de hidromasaje y un trombón de varas. Este instrumento al que, dicho sea de paso, Facundo era incapaz de extraerle una sola nota a no ser que lo golpease contra la pared, tuvo la virtud de poner fin al arrebato consumista.

Cuando Palomero se encontró con aquel artilugio en las manos, una batería de dudas asaltó su mente. Comenzó por preguntarse cómo diantre había que asir semejante chisme para llevarse el pitorro a la boca sin sacarse un ojo en el intento. Y terminó reflexionando sobre cuestiones de más profundo calado, como por ejemplo:

—¿A santo de qué se me ha podido ocurrir comprarme un trombón de varas?

Esta línea de pensamiento le condujo a replantearse la situación y recapacitar acerca de la verdadera utilidad del dinero, cuestión esta última sobre la que había cavilado a base de bien a lo largo de su vida pero desde una posición harto diferente a la que ahora tenía. Finalmente decidió devolver el trombón de varas y ponerse manos a la obra para reunir a sus mejores amigos y celebrar con ellos su golpe de fortuna.