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LAS NOTICIAS VUELAN

Quien haya vivido una temporada en una aldea, pueblo o ciudad con menos de diez mil habitantes, estará al tanto de la existencia de un ente capaz de desplazarse a mayor velocidad que la luz: el cotilleo.

Esta prodigiosa capacidad de propagación de las habladurías fue la causa de que, a las siete y media de la mañana del sábado, la puerta de la habitación de Virgilio Mier se abriera de sopetón y doña Araceli Perduela irrumpiera en el dormitorio con cajas destempladas.

—¡Conque pasaste el fin de semana en casa de tu amigo Olegario, ¿eh?! —gritó a escasos centímetros de la oreja izquierda de su hijo.

Hasta el hechicero suplente de una tribu amazónica desaconsejaría esta brusca manera de despertar a un adulto mayor de cincuenta años, por los considerables riesgos que entraña para su salud cardiaca. El corazón de Virgilio inició una frenética galopada que hizo a su dueño temer por su vida. Incluso estuvo a punto de pedir a su madre un espejo para poder ver la cara que ponía al exhalar su último suspiro.

Poseída por la furia, doña Araceli continuaba abroncando a su vástago, ajena a los padecimientos de éste.

—¡Conque te fuiste al fútbol con tus amigotes, ¿eh?!

Mientras su corazón volvía poco a poco a palpitar de un modo más relajado, Virgilio comenzó a hacerse cargo de la situación. Por inverosímil que pareciera, estaba claro que su madre se había enterado del “asunto Goyita”.

—¡Y yo, como una tonta, creyéndomelo todo!

—Madre, por favor, sosiéguese.

—¡¿Que me sosiegue?! —obviamente, la señora no tenía intención alguna de sosegarse—. ¡¿Después de lo que me has hecho, ahora me pides que me sosiegue?!

—Tampoco es para tanto, caramba. Que ya no soy un niño, ni tampoco un monje que haya hecho voto de castidad.

—¡Y con una viuda! —clamó espantada doña Araceli.

—¡Ésta sí que es buena! ¿No irá usted, precisamente, a salirme ahora con prejuicios contra las viudas?

—¿De manera que no lo niegas?

—¿Por qué habría de negarlo, madre? —repuso Virgilio dispuesto a afrontar de una vez por todas la verdad—. Al fin y al cabo, no hemos hecho daño a nadie. Es algo que sólo nos atañe a ella y a mí y, francamente, no creo que sea un asunto tan importante.

El intenso tono bermellón que adquirió de pronto el rostro de doña Araceli contrastaba vivamente con el blanco luminoso de sus cabellos y el riguroso negro de su vestimenta. Lástima que el único espectador presente no gozara en ese momento del ánimo adecuado para deleitarse con tan vistoso efecto de policromía.

—¡¿Que no es importante?! ¡¿No es importante que mi hijo se vaya a casar y yo sea la última en enterarme?!

Virgilio pegó un brinco y quedó sentado sobre la almohada.

—Por lo visto —declaró con voz temblorosa—, el último en enterarme voy a ser yo.

Su madre se llevó las manos a las mejillas, dejó caer lentamente la mandíbula y emitió un largo y grave suspiro.

—Nunca me habría esperado esto de ti, Virgilio. Deberías sentir vergüenza por casarte en secreto con la viuda del “Garrafón”.

Lo que sintió Virgilio fue que un cable de alta tensión acababa de encontrar una vía de acceso a su organismo justo entre sus nalgas.

—¡No, no, no! ¡Eso no es cierto! —protestaba, erguido sobre la cama, sin parar de agitarse—. ¡No es verdad!

—No me vengas ahora con ésas, sinvergüenza —le advirtió su progenitora—. Acabas de admitirlo con la mayor naturalidad, así que no pretendas tomarme el pelo. ¡Casarte con la viuda de Daza! ¡Qué disgusto se llevaría el pobre Indalecio, que en Gloria esté, si levantara la cabeza! ¡Qué decepción para tu difunto padre ver que su apellido se mezcla con... —se interrumpió súbitamente, permaneció un par de segundos con la mirada perdida y la boca abierta e, inmediatamente, volvió a montar en cólera—. ¡Pero, ¿es que no te has dado cuenta de que vuestros hijos se apellidarán Mier Daza?!

El baile de San Vito que sacudía el cuerpo de su hijo concluyó de repente. Virgilio se rascó la coronilla pensativo, puso los brazos en jarras y sonrió con la expresión de quien acaba de resolver un acertijo.

—Ah, no, madre. Ni hablar del peluquín. Daza era el apellido del difunto “Garrafón”, pero ella se apellida Galopín. Además, ¿usted cree que la Justa está en condiciones de tener más hijos? Como no los adopte...

Roja como un tomate, doña Araceli soltó un ronco bufido por los orificios nasales.

—¡Así que ya lo tenéis todo pensado! —bramó encolerizada.

—¡Que no, madre, que no! —se defendió Virgilio—. ¡Le juro que yo no tengo nada que ver con esa señora!

—¡No jures en vano, embustero!

—¡Pero, madre!

—¡Ni madre, ni gaitas! —zanjó rotunda la viuda de Mier—. ¡Sal de esta casa antes de que coja la zapatilla y te arree la mayor paliza de tu vida, hijo desagradecido!

Para Facundo Palomero, las horas del sábado anteriores a las nueve de la mañana eran como las placas tectónicas: conocía su existencia pero él, personalmente, no las había visto nunca. Los insistentes timbrazos y golpes en la puerta de su domicilio le arrancaron de los brazos de Morfeo mucho antes de lo que tenía previsto. Abandonó de mala gana el lecho y se asomó a la ventana de su dormitorio para averiguar quién era el insensato que llamaba a su puerta de forma tan molesta a una hora tan temprana.

El insensato era su amigo Virgilio, ataviado con pelliza marrón, pantuflas de cuadros y pijama de franela.

—Pero, bueno, “Viriji”. ¿Cómo se te ocurre pasearte por la calle a estas horas y con semejante facha? ¿Qué pretendes? ¿Que te saquen cantares en el pueblo?

—Ya me los han sacado, “Palito”.

Virgilio miró a su amigo con expresión de desamparo, como el pajarillo que ha caído del nido y llama a su madre para que lo recoja. Pero Facundo se sentía proclive a responder a otra llamada: la de las sábanas.

—Y lo que es peor —agregó el librero en vista de la impasibilidad de Facundo—, mi madre me ha echado de casa.

—Está bien, “Viriji”. Bajo a abrirte y me lo cuentas todo mientras desayunamos.

Al cruzar el dormitorio, Palomero dirigió una resignada mirada de despedida a su tentadora cama.

Ver a Lucía Fernández desayunar era un espectáculo que haría temblar las canillas de Juan Sin Miedo. Sus poderosas fauces se precipitaban con implacable voracidad sobre ingentes cantidades de alimentos fríos, calientes, sólidos, líquidos, cocinados y crudos. Lucía seguía a rajatabla la norma de hacer del desayuno la comida más potente del día. Aunque lo llevaba a tal extremo que más parecía que su verdadera pretensión era acabar cada mañana con todos los víveres que hubiera en su casa.

No dejó de hacerlo aquel sábado por más que no tuviera en mente llevar a cabo grandes esfuerzos ni emplearse a fondo en ningún ejercicio físico exigente. Su intención era dedicar la mañana a las labores de reconocimiento de la zona donde residía su objetivo.

Vestida de manera informal, con zapatillas deportivas, pantalones vaqueros y una sudadera oscura, salió muy temprano de Burgos, rumbo a Quintana Salceda.

—A ver, “Viriji”. ¿Qué le has hecho a tu madre para que te eche de casa?

Las últimas gotas de café caían a través del filtro en la jarra, la leche ya estaba caliente y Facundo había puesto en la mesa mantequilla, mermelada y varias tostadas hechas con pan del día anterior.

—¿Yo? Yo no le hecho nada, “Palito”, absolutamente nada.

—Entonces, ¿es que le ha dado un arrebato repentino?

—Nada de eso. Lo que pasa es que alguien le ha ido con el cuento de que me voy a casar con la viuda del “Garrafón”.

Palomero se quedó inmóvil en medio de la cocina, con la jarra del café en una mano y el cazo de la leche en la otra.

—¿Que te vas a qué, con quién?

—Que me voy a casar con la viuda del “Garrafón” —repitió Virgilio mientras extendía mantequilla sobre una rebanada de pan tostado.

—Qué callado te lo tenías, bribón. Estás hecho un castigador. Pero, ¿qué les das, “Viriji”? No se te escapa una. Aunque, si me permites una opinión, yo creo que te convendría más la Goyita. Es más tu tipo. Claro que doña Justa no deja de ser un braguetazo, con todas las propiedades que tiene. Un poco mayorcita, desde luego, pero ya se sabe que la experiencia...

—Ya vale de cachondeo, ¿no? —le interrumpió su amigo—. Es un asunto muy serio.

Facundo llenó dos tazas de café con leche y dejó el cazo y la jarra sobre el fogón.

—Pero, hombre, “Viriji”. ¿Quién se va a creer semejante disparate?

—Mi madre, sin ir más lejos —respondió ipso facto el librero—. Mi madre se lo ha creído a pies juntillas y no ha habido forma de desengañarla. Al final me he largado de casa con lo puesto porque me amenazaba con darme una paliza.

—Qué barbaridad. ¿De dónde crees que ha podido salir ese bulo?

—Estoy casi seguro —afirmó Virgilio mientras masticaba un trozo de tostada— de que ha sido cosa de...

—¡De Trincadell! —se le adelantó Facundo, muy socarrón.

—¡Qué coño de Trincadell! ¡De la jodida Chamorrita! Como no le dije para quién era la información sobre bodas que le pedí, al verme en la verbena con la viuda del “Garrafón” ató cabos de mala manera y se le ocurrió el infundio. Ya viste cómo se puso a gritar cuando nos vio bailando.

—Psé. A cualquier cosa la llamas tú bailar.

Ningún aficionado a la danza aceptaría sin rechistar una crítica tan negativa, y Virgilio tenía en alta estima sus dotes de bailarín.

—Si no nos lucimos no fue por mi culpa —se defendió—. Lo que ocurrió fue que la viuda, en lugar de dejarse llevar o marcar el paso, empezó a propinarme puñetazos y patadas. Y eso que fue ella la que vino a pedir baile.

—De todas formas, “Viriji”; ¿de verdad te preocupa tanto esta tontería? Anda que no nos adjudicaban novias a montones cuando éramos más jóvenes.

—Hombre, tanto como a montones...

—Vale. Tampoco tantas —reconoció Facundo—. A lo que voy es a que casi siempre era mentira y, ¿acaso nos importaba? Ni lo más mínimo.

—Pero es que entonces éramos unos chavales y ahora somos unos señores hechos y derechos e incluso algo estropeadillos.

—Más a mi favor. Ya tenemos edad suficiente como para no dejar que nos afecten los chismes y cotilleos.

—No, si yo no les dejo —aseguró Virgilio—, pero me afectan. Aquí me tienes, de visita en tu casa, en pijama y zapatillas. Y todo por culpa de una chismorrería.

—Por culpa de tu madre —le corrigió su amigo—. Para que luego me vengas con que te preocupa dejarla sola. Ya ves lo poco que le ha costado deshacerse de ti. Oye, “Viriji”; aprovechando la circunstancia, ¿por qué no te planteas en serio el irte a vivir con Goyita?

Virgilio contempló con gesto melancólico el último trozo de tostada que se disponía a engullir.

—Ya me gustaría, ya.

—¡Pues decídete, caramba! —le apremió Facundo.

—No sé, chico, está la librería...

—Mira que eres duro de mollera, “Viriji”. Anda, termínate el café y vamos a ver si se nos ocurre algo con qué entretenernos.

Tras dar el último sorbo al café con leche, Virgilio se pasó una servilleta por los labios e hizo aparecer en ellos una traviesa sonrisa.

—El caso es que a mí —declaró con tono picaruelo— ya se me ha ocurrido algo.

Mientras conducía hacia Quintana Salceda, Lucía sopesaba la posibilidad de abandonar definitivamente su faceta de asesina profesional en cuanto cumpliera aquel encargo. No se sentía quemada, pero había acumulado un hermoso capital y pensaba que, tal vez, había llegado el momento de sacarle rendimiento invirtiéndolo en un negocio legal.

Aparcó el coche unos veinte metros después de sobrepasar la entrada al camino de Arroyoscuro. Desplegó el plano de la localidad, le echó un último vistazo y salió del coche.

Se adentró en el barrio haciendo gala de un sigilo altamente profesional que le permitía hurtar su presencia a la vista de cualquier posible observador, pero con absoluta naturalidad. Acá el tronco de un árbol le servía de parapeto, allá se mimetizaba detrás de un arbusto y acullá desaparecía oculta por una vieja mesa de futbolín.

Efectivamente, había llegado a su destino. Examinó todo el recinto desde una distancia prudencial y después se acercó a la casa para comprobar que acceder a su interior no le supondría la menor dificultad. Ni la puerta era blindada, ni las ventanas de la planta baja opondrían excesiva resistencia a las técnicas de apertura que Lucía dominaba. Aguzó el oído durante varios minutos y no percibió ningún sonido dentro del edificio. Si Palomero se hallaba en el interior, probablemente estaría dormido.

Simular un accidente dentro de la casa parecía sencillo, pero ella prefería trabajar al aire libre siempre que las circunstancias lo permitieran. La zona era tranquila y poco poblada, con sólo cuatro casas, dos de las cuales tenían todo el aspecto de llevar algún tiempo deshabitadas. El camino era angosto y, a escasos metros de la residencia de su objetivo, trazaba una curva que dificultaba la visión de la casa desde los otros edificios del barrio. Era un punto idóneo para una emboscada, con altos matorrales a un lado del sendero y, al otro, el río que fluía un par de metros más abajo.

Lucía inspeccionó primero el flanco de los matorrales y después cruzó la vereda para dirigirse al arroyo. Iba a empezar a bajar por el talud cuando percibió un sonido lejano. Lo identificó como el rugido del motor de un vehículo y no le prestó mayor atención pues imaginó que provenía de la cercana carretera de Villagallarda, por la que ella misma había llegado al barrio. Por lo demás, sólo se oía el canto de los pájaros, el zumbido de los insectos, el bisbiseo del viento entre los árboles y el murmullo constante del río.

Para escudriñar el terreno, Lucía descendió por el ribazo con sumo cuidado, asegurando cada paso para no caer en las oscuras aguas. De pronto, escuchó de nuevo el ruido de un motor, pero mucho más cercano. Trepó por la pendiente para volver al camino y, en cuanto llegó a él, vio una furgoneta blanca que se le echaba encima a toda velocidad. En décimas de segundo calculó que sólo le quedaba una vía de escape y se tiró al río convencida de que, al penetrar en el agua, produciría un refrescante chof, pero lo que produjo fue un doloroso croc.

La furgoneta efectuó un milagroso viraje cuando estaba a punto de caer al río detrás de Lucía.

—¡Que nos matas, “Viriji”! —gritaba Facundo agarrado al volante que su amigo había soltado presa del pánico—. ¡Pisa el freno, por tu madre!

—¡Si ya lo piso, “Palito”, pero esto no se para!

—¡Fíjate bien, merluzo, que seguro que estás pisando el acelerador!

La furgoneta daba tumbos y hacía eses a toda pastilla. Facundo la guiaba como podía desde el asiento del copiloto, mientras Virgilio se doblaba para tratar de ver cuál era el pedal que tenía que pisar. Estaban a la altura de la casa de la viuda de Daza cuando la furgoneta se detuvo de sopetón. Tras recuperar mínimamente el resuello, Facundo taladró a su amigo con la mirada.

—¿No decías que lo tenías todo controlado, calamidad?

—Ha sido un despiste de nada —se excusó Virgilio—. Que me hecho un lío con los pedales.

—¡Pero, ¿cómo se te ocurre apartar la vista del camino, melón?! Si no llego a echar mano del volante nos vamos directos al río.

—Es que me he puesto nervioso al ver que la furgoneta no me respondía. Yo quería bajar la velocidad y ella cada vez corría más. Un fallo de principiante.

—Menudo principiante estás tu hecho, pedazo de acémila. Menos mal que no nos hemos tropezado con nadie, porque si no nos lo llevamos por delante, lo matamos del susto.

—Al menos, esta vez no he atropellado ningún burro —observó Virgilio con cierto orgullo—. Voy mejorando mi estadística.

—Ya te daré yo estadística, zopenco. Baja y siéntate a este lado para que vayamos hasta la explanada que hay detrás del ayuntamiento. Allí podrás practicar un rato sin que nadie corra peligro.

—Vale, pero procura conducir rápido hasta allí e ir por donde no haya mucha gente.

—¿Qué pasa? ¿Es que te da vergüenza que te vean con la ropa que te he prestado?

—Me queda muy grande, Facundo. Me sobra por todas partes.

—No lo niego, pero no comprendo que me salgas con estos remilgos después de haberte paseado por el pueblo en pijama.

—Era causa de fuerza mayor.

—Déjate de pamplinas y vamos a cambiarnos de asiento, anda.

Intercambiaron sus posiciones y la furgoneta se puso en marcha rumbo al centro del pueblo.

Mientras tanto, una figura humana se arrastraba fuera de las oscuras aguas del arroyo. Lucía se había pegado un costalazo tremendo y le dolían hasta los cordones de las zapatillas. Con ímprobos esfuerzos logró ascender hasta el camino y, haciendo de tripas corazón, se puso en pie.

Empapada y dolorida, caminó penosamente hacia su coche. Acá se sujetaba en un árbol, allá se apoyaba en una roca y acullá reptaba sobre el suelo dejando un húmedo reguero.

A duras penas consiguió llegar hasta su automóvil y montar en él. Arrancó y partió hacia Burgos, aullando de dolor con cada movimiento que realizaba.

El trayecto se le hizo eterno; un auténtico vía crucis. Cuando llegó a Burgos, condujo hasta un dispensario próximo a su domicilio. Allí le atendieron de un esguince en cada tobillo, contusiones por doquier, arañazos a discreción y un enorme cardenal que cubría el costado izquierdo de su espalda, desde el omóplato hasta la nalga.

Desdeñando el consejo del médico, pidió un taxi y se fue a su casa. Una vez allí, tomó unos calmantes, se metió en la cama y durmió cuanto pudo acostada sobre su lado derecho hasta que llegó el domingo.