17
Además de tener una opinión nada favorable acerca de sociólogos y psicólogos, Facundo Palomero tampoco era, precisamente, un admirador del trabajo de los notarios. Si le diesen a elegir entre recurrir a los servicios de un notario o pasar el día metido en el saco de entrenamiento de una academia de boxeo, le llevaría un buen rato decidirse.
Sin embargo, la perspectiva de que, a su muerte, las propiedades que abandonara en este mundo se las fuesen a repartir entre el Estado y la Banca, le convenció de la necesidad urgente de hacer testamento. Y como para tal menester resulta imprescindible la intervención de un notario, una mañana, Facundo condujo su flamante coche nuevo hasta la ciudad de Burgos.
Podría haberse dirigido a Villagallarda, que le quedaba mucho más cerca, pero se daba la circunstancia de que era precisamente al notario de dicha localidad a quien se debía, en su mayor parte, la poca estima en que tenía Facundo a toda la profesión. Desde el día en que firmó las escrituras de su vivienda en Arroyoscuro, le acompañaba el infausto recuerdo de aquel individuo empingorotado que se llevó un dineral por salir de su despacho el tiempo justo para estrechar las manos de Palomero y del vendedor. Y eso después de hacerles aguardar casi tres cuartos de hora.
No es que Facundo esperase recibir un trato muy diferente en la notaría “Gante”, pero consideró que, puesto a ser robado, estaba en su derecho a cambiar de ladrón.
Le atendió uno de los empleados de la notaría. Un sujeto chiquitito que, como el resto de sus compañeros, vestía traje gris marengo, camisa azul y corbata de cuadritos y tenía el pelo y los dientes tan brillantes que, por fuerza, había que entrecerrar los párpados para mirarle de frente.
Una vez que Facundo le explicó el motivo de su visita, el empleado bajito le condujo hasta uno de los despachos de la notaría donde tomaron asiento, cada uno a un lado de una mesa repleta de pilas de papeles, carpetas y legajos.
—Espere un momento, que despeje la mesa —dijo el empleadito y, a renglón seguido, cogió uno de los bloques de documentos y lo depositó en el suelo.
Gentil por naturaleza, Facundo se dispuso a echarle una mano pero, al intentar levantar una pila de papeles, se encontró con una resistencia inesperada. No había manera de mover ni un milímetro aquella columna de legajos.
—No se esfuerce —le aconsejó el chiquitín—, que esos papeles llevan tanto tiempo ahí que ya han hecho masa y no hay cristiano que los despegue de la mesa. Además —añadió mientras retiraba otro montón de documentos—, yo creo que ya tenemos espacio suficiente. ¿Me deja su carné de identidad, si es tan amable?
—Cómo no —respondió Palomero. Sacó el carné de su cartera y se lo entregó.
—Muchas gracias. Me ha dicho que lo que quiere es hacer testamento, ¿no es así?
—Así es; efectivamente.
—Perfecto. —Se giró hacia el ordenador que tenía a su izquierda y comenzó a introducir los datos de Facundo.
—¿Lo podemos hacer ahora mismo?
—Desde luego. A no ser que concurran circunstancias especiales, lo normal es tenerlo redactado en unos minutos.
—¿Y no hace falta que esté presente el notario?
—Para la redacción no; sólo para la firma. Entonces es indispensable. Tiene que revisar el documento, leerlo ante usted en voz alta, darle su visto bueno y, por supuesto, firmarlo. Sin la firma de don Guzmán, el documento valdría lo mismo que un pedazo de papel higiénico.
Un silbido de admiración salió de los labios de Facundo.
—Hay que ver qué profesión tan poderosa es la de los notarios. Con sólo un garabato convierten el papel higiénico en un documento legal.
—No, no, no es eso lo que yo quería decir —se apresuró a excusarse el empleadillo—. Era una mera comparación.
—Me hago cargo, joven, me hago cargo —le tranquilizó Facundo con una pícara sonrisa.
—Si le parece, podemos meternos en harina, señor Palomero. ¿Su domicilio es el que figura en el carné?
—El mismo.
—¿Cuál es su estado civil? —preguntó el pequeño empleado mientras tecleaba.
—Soltero —respondió Facundo—. Estoy soltero y no tengo hijos ni parientes cercanos ni lejanos.
—¿Viven sus padres?
—No. Ya le digo que no tengo parentela de ningún tipo.
—Y entonces, ¿a quién piensa dejarle su herencia? —inquirió el retaco sin apartar la vista de la pantalla del monitor.
—A las putas —declaró Facundo tan campante.
El empleadito levantó las manos del teclado y se volvió hacia Palomero de sopetón.
—¿Cómo dice?
—Verá usted. La idea me la sugirió un buen amigo mío y a mí me pareció estupenda. Aunque luego se me ocurrió que podría nombrar herederos a los hijos de este amigo en lugar de a las putas. Ahora bien: de hacerlo así me impondría a mí mismo una especie de responsabilidad. ¿Me entiende?
—No mucho, la verdad —reconoció el otro.
—A ver si me explico. Resulta que hace poco acerté una quiniela de catorce y aún me queda parte del premio en el banco. Mi intención es vivir despreocupado y seguir gastando ese dinero mientras dure. Pero claro; si nombro herederos a los hijos de mi amigo y se da el caso de que, cuando yo fallezca, mi cuenta esté prácticamente vacía, un servidor quedaría francamente mal. ¿Qué iba a pensar mi amigo? Menudo sinvergüenza, diría; nombra herederos a mis hijos para no legarles un céntimo. ¿Me sigue?
—Eso creo —contestó el empleadín—, aunque no estoy muy seguro.
—En cambio —prosiguió Facundo—, lo que puedan pensar de mí las putas si les dejo en herencia una cantidad insignificante me traerá sin cuidado.
—Entre otras cosas, porque estará usted muerto —le recordó su interlocutor.
—Bien visto, joven —admitió Palomero—. Pero, vamos; que usted ya me comprende. ¿Que la espicho después de haberme pulido todo lo que tengo? Las putas se quedan como estaban y todos tan amigos. ¿Que me voy al otro barrio y dejo en éste una parte considerable de mi fortuna? En ese caso, lo que quede irá a parar a la fundación “Apochical”.
—¿“Apochical” dice usted?
—“Apochical”, efectivamente. Tengo entendido que es una fundación que se ocupa de las prostitutas de esta ciudad.
—Ya.
—Se preguntará usted por qué he elegido a las putas y no a algún otro gremio, o a cualquier institución benéfica.
—Uy, no, yo no me pregunto nada, caballero.
—De todos modos, se lo voy a explicar —continuó Facundo con aire resuelto—. Aquí donde me ve, yo, toda la vida, he sido muy putero.
—No me diga.
—Sí le digo. No es que me pase los días del burdel a casa y de casa al burdel, pero sí he tenido épocas en las que era raro el fin de semana en que no me gastaba algunos cuartos en darle gusto al pajarito, ya me entiende.
—Le entiendo, señor Palomero, le entiendo —aseguró el empleado menudo—, y es usted muy libre de nombrar heredero a quien mejor le parezca.
—Pues no se hable más. Toda mi fortuna, sea la que sea cuando yo no esté aquí para contarla, la heredará “Apochical”.
Tardaron menos de diez minutos en redactar e imprimir las copias del testamento definitivo.
—Muy bien, señor Palomero —dijo el empleadito una vez que Facundo dio el visto bueno al documento—, ahora sólo falta que el señor Gante lo examine y estampe su firma.
—Magnífico. Pues hale, corra y avísele —le apremió Facundo.
—¡Qué dice! De ninguna manera —repuso con tal gesto de estupor e indignación que se diría que le hubieran propuesto pegar fuego a la notaría—. No hay nada que irrite más a don Guzmán que el que le interrumpan mientras está ocupado en su despacho.
—¿Está con algún cliente?
—No, está solo. Pero necesita concentración absoluta para su trabajo. De todas formas, no se preocupe —le tranquilizó—. Normalmente, acostumbra a encerrarse durante dos horas en su despacho cuando viene a la notaría, y como hoy ha llegado a las diez y ya son las doce menos cinco...
—¡Regúlez! —tronó de pronto una recia voz.
El empleadín saltó de su silla y recogió a toda prisa las copias del testamento.
—¿Lo ve, señor Palomero? Ya le decía que no tendríamos que esperar mucho tiempo.
—¿Así que usted es Regúlez? —le preguntó Facundo mientras se levantaba para acompañarle.
—No, no. Regúlez era un compañero que se jubiló el año pasado. Lo que ocurre es que don Guzmán, como tiene tantísimos asuntos primordiales en la cabeza y no puede preocuparse de menudencias, no se ha aprendido el nombre de ningún otro empleado y nos llama Regúlez a todos.
Caminaron a ritmo sostenido a lo largo del pasillo, haciendo crujir el suelo de madera a cada paso que daban, hasta que llegaron ante la puerta del despacho del notario. El empleadito rozó delicadamente con los nudillos la puerta, la abrió unos milímetros, asomó la nariz y preguntó:
—¿Da usted su permiso, don Guzmán?
—Adelante, Regúlez, adelante.
La amplitud y suntuosidad de la estancia impresionaban a cualquiera. Una inmensa estantería de madera de cerezo, repleta de libros, ocupaba una de las paredes. Frente a ella había un aparador estilo Imperio, un bargueño con aspecto de ser antiquísimo pero magníficamente conservado y, sobre ellos, títulos y diplomas enmarcados, cuadros de algunos de los artistas con la peor relación pincelada / precio del país, y fotografías de don Guzmán en compañía de diversos personajes de mucho ringorrango. En un extremo de la habitación, dos palmos por encima de un televisor de veintiocho pulgadas y un aparato de vídeo, destacaba un imponente escudo de armas coronado por el lema Stultorum infinitus est numerus. Y en el extremo opuesto, detrás de una formidable mesa de escritorio construida con madera de nogal, se encontraba el notario, un cincuentón de tez sonrosada y papada colgante, ataviado con un traje que ya estaba pasado de moda cuando se inventó el miriñaque.
—Aquí le traigo a don Facundo Palomero, que ha venido para hacer testamento, don Guzmán —le informó su asalariado sin alzar por completo la cabeza.
—Espléndido, espléndido. Tome asiento, señor Palomino.
—Palomero —le corrigió Facundo.
—Es lo mismo, es lo mismo. Siempre y cuando esté correctamente escrito en el documento, claro está. Pásemelo, Regúlez.
El pequeño empleado, que en presencia de su jefe parecía aun más diminuto, entregó una copia del testamento al notario y éste procedió a leerlo en voz alta. Facundo, que le escuchaba con el semblante muy serio, percibió de pronto un extraño ruidito a su espalda. Se volvió con mucho disimulo y descubrió que el aparato de vídeo rebobinaba una cinta.
—¿Está usted conforme? —le preguntó el notario cuando concluyó la lectura.
—Por completo.
—Espléndido, espléndido.
El señor Gante sacó de su bolsillo un refulgente bolígrafo dorado, trazó su firma y rúbrica al pie del texto que acababa de leer y en la otra copia y deslizó sobre la mesa ambas hojas de papel hacia Facundo.
—Ha sido un placer, caballero —manifestó el notario mientras Facundo firmaba meticulosamente su testamento con un bolígrafo de propaganda de “Sanitarios Rominchal”—. Imagino que Regúlez ya le habrá informado sobre la tarifa correspondiente.
—Desde luego, don Guzmán —respondió el minúsculo empleado aunque no le preguntaran a él.
—En tal caso, hasta la próxima. —El notario tendió la mano a su cliente y éste se la estrechó con frialdad.
—Mañana mismo tendrá disponible su copia en el mostrador de caja, señor Palomero —le informó el empleadito.
Facundo dijo que le parecía muy bien y emprendió el camino hacia la puerta. Pero, antes de llegar, viró inesperadamente su rumbo y se acercó al aparato de vídeo.
—La cinta ya se ha terminado de rebobinar —anunció—. ¿Se la saco?
El notario pegó un respingo en su butaca y salió disparado hacia Facundo.
—¡No es necesario! —exclamó con el rostro teñido de un llamativo color carmesí—. ¡Déjelo!
Pero Palomero ya había oprimido la tecla de expulsión y el aparato escupió una cinta identificada con una pegatina en la que Facundo tuvo el tiempo justo de leer:
“Mujeres al borde de un ataque de miembros”.
Don Guzmán se abalanzó sobre Facundo y le arrebató la cinta.
—Es un... un vídeo informativo sobre... sobre las recientes reformas en... la Ley de la Propiedad Horizontal —pretextó al tiempo que se pasaba por la frente un delicado pañuelo con dos ges mayúsculas bordadas en letra gótica.
—No me diga —replicó Facundo—. Precisamente la horizontal, ¿eh? Me figuro que explicará con pelos y señales lo del sesenta y nueve.
—¿Perdón? —repuso el notario con los ojos como platos.
—El artículo sesenta y nueve de la ley —aclaró Palomero con aire socarrón.
Don Guzmán se pasó el pañuelo por el cogote y la papada.
—Ah, sí, por supuesto —afirmó—; lo expone con claridad meridiana.
—¿Le importaría prestármela?
La pregunta de Facundo produjo un escalofrío en la espina dorsal del notario, que aprovechó el impulso de la sacudida para dirigirse como una centella hacia su mesa.
—Imposible.
—Es que estoy pensando en dedicarme a la inversión inmobiliaria, ¿sabe? Y me vendría de perlas ponerme al día en lo concerniente a las cuestiones legales.
—Ya le digo que no va a poder ser —el notario se apresuró a guardar la cinta en un cajón de su escritorio—, así que no insista. Este tipo de material divulgativo está reservado para los profesionales. —Cerró con dos vueltas de llave el cajón y se dejó caer sobre la butaca. —Oiga, Regúlez.
—¿Sí, don Guzmán?
—Cuando salga, dígale a Regúlez que pase a mi despacho.
—Lo que usted mande, don Guzmán —contestó solícito el empleado y cedió gentilmente el paso a Palomero.
Salieron del despacho y se dirigieron hacia el mostrador de caja.
—Dígame, pollo; ¿Cómo sabe usted —preguntó Facundo a su pequeño acompañante— a qué Regúlez tiene que enviar al despacho de su jefe?
—Oh, eso no es problema. Puede ir cualquiera, porque el señor Gante no nos distingue. Vaya quien vaya, don Guzmán le dirá lo que tenga que decir y el compañero se encargará de comunicárselo a quien corresponda.
—Curioso sistema —estimó Facundo.
Tras pagar en efectivo la tarifa correspondiente y recibir un resguardo con el que podría recoger la copia de su testamento una vez éste quedara debidamente registrado, Facundo se despidió del chiquitín con un apretón de manos.
—Ya sabe dónde nos tiene para cualquier otro asunto en que podamos serle de utilidad, señor Palomero.
—Gracias por su gentileza, joven. A propósito; ¿le importaría decirme su nombre? Porque sólo sé que no se apellida usted Regúlez.
—Faltaría más, cómo iba a importarme —afirmó sonriente el empleadito—. Me llamo Pombo, Dimas Pombo, para servirle.