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EL PLAN DE VICENTE

El tiempo se le echaba encima a Vicente Valladar. La fecha que habían fijado los hermanos Cembollín para que saldase su deuda con ellos se aproximaba a una velocidad de veinticuatro horas por día.

Para contribuir a su comprensible estado de ansiedad, creía haber encontrado la solución a sus problemas en la herencia de Palomero, pero no sabía cómo hacerse con ella.

—Mira que soy cenizo —se lamentaba mientras ingería el desayuno en la soledad de su apartamento—. Pretendo contratar a un matón que liquide a Palomero y, en lugar de eso, le mando a un percebe que le limpia el huerto de alimañas. Hay que ver. Ya podían los Cembollines amenazarme a mí con el tal Potorrín Salidín, en vez de con “Lucifer”. Que ése sí que es un profesional del asesinato como Dios manda.

De pronto, se quedó petrificado, con la mirada perdida en la pared que tenía enfrente y sujetando la taza de café con leche un palmo por delante de sus narices.

—¡Albricias! —gritó un instante después—. ¡Ya lo tengo!

Acompañó sus exclamaciones con un brusco respingo, a consecuencia del cual se tiró encima media taza de café con leche. Pero poco le importó. Se cambió de ropa en un santiamén y, quince minutos más tarde, estaba sentado en el despacho de Dimas Pombo en la notaría “Gante”.

—¿Se puede saber qué es eso tan urgente? —le preguntó Dimas tras cerrar la puerta.

—Necesito que me ayudes a contactar con cierta persona. Tú eres un hombre de recursos y estás al tanto de todo lo que sucede en Burgos, así que estoy seguro de que eres la persona idónea para echarme una mano —le explicó Vicente con tono adulador.

—¿De quién se trata?

—De “Lucifer”.

Considerando que, apenas unos días antes, Valladar le había prohibido terminantemente pronunciar en su presencia el nombre cuyas tres sílabas acababa precisamente de articular la boca del mismo individuo que dictara dicha prohibición, no es extraño que, en aquel momento, el joven Pombo manifestara un soberano desconcierto.

—¿Estás de coña, Vicente?

—No, Dimas, no estoy de coña. Tengo un plan. Voy a dar con “Lucifer” antes de que los Cembollines le encarguen darme el pasaporte y le convenceré para que no me mate.

Durante largos segundos, Dimas escrutó la faz de Valladar con un interés más propio de un zoólogo que de un empleado de notaría.

—No sé si me estás tomando el pelo —confesó— pero, en todo caso, ¿cómo piensas convencerle, si puede saberse?

—Como sea —respondió enérgico Vicente—. Le suplicaré, lloraré, me ofreceré para afilarle los puñales y engrasarle las pistolas durante los próximos diez años. Le conseguiré gratis los servicios de todas las afiliadas a “Apochical” y, si es preciso, le permitiré que me sodomice mientras le friego el suelo de la cocina.

—Vale, vale. Ya veo que estás al borde de la desesperación.

—Es mi última oportunidad, Dimas. Tienes que ayudarme.

Nuevamente, Dimas examinó suspicaz el rostro de Vicente, quien se esforzaba por expresar sin palabras una angustia similar a la que debió de sentir María Antonieta antes de su última aparición en público.

—Está bien —dijo Dimas, aparentemente convencido—. Espera aquí un momento.

Salió del despacho y volvió antes de que pasara un minuto. Si llega a darse más prisa se tropieza consigo mismo en la puerta.

—Ya está —anunció sonriente.

—¿Ya está? —repitió, incrédulo, Valladar.

—Como lo oyes.

—Pero Dimas, amigo mío; tú eres de lo que no hay; eres la caraba, el no va más, la repanocha. El año que viene te pienso escribir a ti, en vez de a los Reyes Magos.

—Deja de darme coba y presta atención, que tienes que memorizar un número.

—Suéltalo.

—Sesenta y seis.

—Sesenta y seis —repitió Vicente—. Sesenta y seis, ¿qué?

—Sesenta y seis nada. Sesenta y seis es el número del apartado de Correos al que debes enviar tu petición, con tu teléfono, para que “Lucifer” se ponga en contacto contigo.

Valladar se levantó de su silla y dio un aparatoso abrazo a Dimas.

—Si llevara sombrero —declaró con teatral entonación— me lo quitaría ante usted, señor Pombo.

—No seas payaso, Vicente —le reprochó Dimas mientras se lo quitaba de encima.

—¿Me quieres explicar cómo has podido conseguir esta información tan rápidamente?

—Alto secreto —contestó Pombo firmemente.

Una sonrisa magnánima floreció en el rostro de Valladar.

—Alabo tu discreción, Dimas. Pero nosotros dos somos amigos y no tenemos secretos. —Las eses que salían de sus labios sonaban sibilantísimas. —Tú y yo nos lo contamos todo el uno al otro y el otro al uno. Somos uña y carne, somos como hermanos, somos...

—Vale, está bien, de acuerdo —cedió finalmente Dimas—. Pero que no salga de aquí.

—Soy una tumba.

No bien hubo terminado de pronunciar esta breve sentencia, Vicente sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral, y se apresuró a palpar con insistencia la mesa de madera.

—Metafóricamente hablando —añadió.

—Resulta —procedió a exponer Dimas— que la mujer de un compañero de la notaría obtuvo hace un par de años la plaza de jefa de prensa de la Delegación Provincial de Hacienda.

—Me parece estupendo.

—También a ella; sobre todo porque había quedado cuarta en el concurso oposición.

—¿Cuarta? Entonces, ¿cómo consiguió la plaza?

—Gracias al repentino fallecimiento de los tres primeros de la lista en sendos accidentes ocurridos en un plazo de cinco días.

—¡Alabado sea San Alejo, que con doce añitos se murió de viejo! —exclamó Vicente—. ¿Fue cosa de “Lucifer”?

Dimas guardó silencio y se limitó a alzar al mismo tiempo los hombros y las cejas.

—Para que luego te vengan con el cuento —reflexionó Valladar— de que el dinero no lo puede todo.

—Y que lo digas. En estos tiempos que nos ha tocado vivir, si andas sobrado de pasta y hay alguien que te molesta, pagas a un asesino para que te lo quite de en medio y, hale: a correr por la pradera.

—Son las ventajas del progreso, amigo Dimas. El mundo avanza y no hay hijo de madre que lo detenga.

—No sé dónde ves tú el avance en todo esto, la verdad.

—Vamos, Dimas, no seas pesimista. Hay que ponerse de parte del progreso y sacar provecho de las oportunidades que nos brinda.

Una vez más, Dimas contempló con desconfianza el semblante de su amigo.

—Desde luego, Vicente —le explicó tras el análisis visual—, ya no sé cuándo hablas en serio y cuándo me tomas el pelo. En fin; ojalá tengas suerte con “Lucifer”.