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De todos los monitores que trabajaban en el gimnasio “All Iron Body Building”, popularmente conocido en la ciudad de Burgos como el “Alirón”, Lucía Fernández era la que proporcionaba mayor rendimiento al dinero de los clientes. Quienes asistían con regularidad a sus clases gozaban de una fortaleza, un tono muscular y una flexibilidad impresionantes. No obstante, para conseguir esa envidiable forma física tenían que ser valientes, tanto para resistir la atroz combinación de gimnasia, contorsionismo, acrobacia y torturas chinas a la que eran sometidos, como para soportar la propia visión de Lucía Fernández.
Porque Lucía Fernández era fea hasta por teléfono.
Hay quien sostiene que cuando el Todopoderoso terminó de crear a todos los animales, con las piezas que le sobraron dio vida al ornitorrinco. Algo similar podría aplicarse a la fisonomía de Lucía Fernández. Parecía haber sido confeccionada con lo que nadie había querido para sí.
Ahora bien; con tenacidad, pundonor, perseverancia y años de duro entrenamiento, Lucía había logrado convertir su poco vistoso cuerpo en una auténtica fuerza de la naturaleza. Tenía músculos plenamente desarrollados por todos los rincones de su anatomía, y seguro que guardaba alguno más en la mesilla de noche.
Su trabajo en el gimnasio tenía el inconveniente de estar muy mal pagado. Sin embargo, contaba con la ventaja de permitirle mantenerse en forma, además de dejarle mucho tiempo libre. Tiempo que Lucía aprovechaba para dedicarse a un negocio con el que había conseguido amasar una verdadera fortuna. Tanto era así que, a sus treinta años, empezaba a acariciar la idea de vivir de las rentas y dejar de trabajar. Al fin y al cabo, lo mismo que la del futbolista, la del asesino profesional suele ser una carrera bastante corta.
—¿El señor Valladar?
—¿Quién pregunta por él? —replicó una desconfiada voz masculina al otro lado de la línea telefónica.
—¿Es usted el señor Valladar? —insistió Lucía.
—Depende. ¿Quién es usted?
—Soy quien va a mandarle a paseo si no me dice de una vez si es o no el señor Valladar.
—Qué carácter, señorita. Está bien; yo soy Valladar, en efecto.
—Le llamo de parte de “Lucifer”.
Por más que llevara varios días aguardando esa llamada, la sola mención de “Lucifer” provocó que Vicente comenzase de pronto a chorrear sudor frío por todos sus poros.
—¿Qué... quiere... de mí? —acertó a preguntar con un hilillo de voz.
—Yo no quiero nada de usted; es usted quien quiere algo de “Lucifer”, ¿no es así?
—Cierto, cierto —reconoció Vicente mientras recuperaba poco a poco la compostura—. Verá usted...
—No me cuente nada ahora —le interrumpió Lucía—. Nunca hablo de negocios por teléfono. ¿Sabe dónde está la Plaza del Sastre Armada?
—Sé.
—¿Conoce la taberna “El Cuco”?
—Conozco.
—Esté allí esta noche a las nueve. Entonces hablaremos.
—¿Cómo la reconoceré?
—No lo hará. Yo le reconoceré a usted.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo, si puede saberse?
—Porque usted llevará un ejemplar del “Diario de Burgos” a la vista en el bolsillo de su americana, abrigo o gabardina. Y cuando el pájaro del reloj de cuco que hay en el bar dé las nueve, le hará una pregunta al camarero.
—¿El pájaro hablará con el camarero? —se asombró Vicente—. Caray; con la de veces que he estado en esa taberna y nunca he tenido la suerte de contemplar ese prodigio.
—Usted hablará con el camarero —aclaró lucía con frialdad profesional.
—¿Y puedo preguntarle cualquier cosa?
—No.
—¿Cuál es la pregunta que debo hacerle?
—¿Cómo quedó el Betis el domingo?
—Empató a dos en Vigo, contra el Celta. ¿Le gusta el fútbol, señorita?
—En absoluto —afirmó Lucía con voz profunda—. Es la pregunta que usted debe dirigir al camarero cuando el pájaro del reloj de cuco dé las nueve.
—Ah.
—¿Está claro?
—Sí, pero...
En el breve lapso de tiempo que transcurrió entre el sí y el pero, Lucía cortó la comunicación.
Era un Vicente Valladar particularmente nervioso el que entró en la taberna “El Cuco” cinco minutos antes de las nueve de la noche, con un ejemplar del “Diario de Burgos” en el bolsillo izquierdo del abrigo y otro en el derecho. Como no le había quedado claro en qué bolsillo debía llevar el periódico, se decidió por esta solución al considerar que, de esa manera, la representante de “Lucifer” podría localizarle desde cualquier ángulo.
El local estaba repleto de clientes, así que Vicente se abrió paso entre la muchedumbre hasta llegar a un punto en la barra justo frente al reloj de cuco. Entre aquel gentío era inútil tratar de descubrir dónde podía encontrarse la mujer con la que se había citado, y mucho más sin conocer el aspecto físico de dicha dama. Por lo tanto, Vicente pidió una cerveza y concentró su atención en el reloj, a la espera de que el cuco hiciera sus nueve apariciones consecutivas.
Cuando por fin se produjo este espectáculo, que trajo al pairo al resto de la clientela, Vicente apartó su vaso de cerveza, apoyó ambos codos sobre la barra y se echó hacia delante con tanto ímpetu que estuvo a punto de caer de bruces al otro lado. Así encaramado, giró la cabeza hacia el camarero y le gritó:
—¡Oiga, mozo! ¡¿Sabe usted cómo quedó el Betis el domingo?!
El camarero, haciendo gala de la proverbial serenidad que distingue a los profesionales más avezados del gremio, se aproximó muy sonriente a Valladar.
—Ganó dos a uno en el campo del Celta, caballero —le informó—, pero no hace falta que me chille; oigo perfectamente.
—¿Ah, sí? Permítame que lo dude porque, mira por dónde, resulta que empataron a dos.
Otro tipo de trabajador, pongamos por caso el encargado del puesto de reclamaciones de un aeropuerto, habría lanzado a Vicente una mirada de desprecio acompañada de una réplica similar a la siguiente:
—Y si ya lo sabía, ¿para qué cuernos me lo pregunta, cenutrio?
Pero semejante comportamiento no podía esperarse del camarero de la taberna “El Cuco”. Él era un auténtico virtuoso de la atención al público.
—Gracias por sacarme del error, caballero —manifestó con humildad—. Estoy seguro de que la información será de fiar, al provenir de un individuo que se compra dos veces el mismo periódico.
El suspicaz cerebro de Vicente creyó percibir un matiz de recochineo en las palabras del camarero. Se disponía a pedirle explicaciones cuando notó una poderosa fuerza que tiraba de su espalda, lo levantaba en el aire y le hacía poner de nuevo los pies sobre el suelo. Más molesto que asustado, se giró enérgicamente y se dio de narices contra un pecho femenino duro como el de la Venus de Milo. Alzó la vista y contempló un horrendo rostro que habría justificado que se hiciera desaparecer la cabeza, en vez de los brazos, de dicha estatua.
—El señor Valladar, supongo —dijo el adefesio.
Vicente que, en un acto reflejo, había vuelto a bajar la cabeza un instante después de que sus ojos captaran la fealdad de aquellas facciones, comprendió que no demostraría buenos modales al hablar con una mujer manteniendo la mirada fija en sus tetas. Así que, haciendo acopio de todo su valor, volvió a levantar la vista para contestar.
—El mismo.
—Soy la secretaria de “Lucifer”.
—No me extraña —confesó Vicente y, acto seguido, bajó de nuevo la mirada hacia los senos de la moza. Sería de mala educación pero resultaba menos doloroso para sus retinas.
—Vayamos al grano —propuso Lucía, ignorando el comentario de Valladar—. Usted desea hacer un encargo.
—Efectivamente.
Lucía entregó a Vicente un bolígrafo y un trozo de papel en blanco.
—Apunte aquí los datos del fulano al que quiere darle la sorpresa —le indicó.
Vicente se apoyó en la barra del bar para escribir, pero cuando apenas había anotado un par de palabras se frenó en seco.
—Oiga, aguarde un momento, señorita. Cuando habla de darle la sorpresa, no se refiere a una auténtica sorpresa, como enviarle pasteles, o una chorba de esas que hacen estriptís a domicilio, ¿verdad?
—Mi tiempo es oro, señor Valladar —repuso fríamente Lucía—. Y no puedo permitirme perderlo con chiquilladas. Así que, si no pretende hacer un encargo en serio, será mejor que me vaya.
—No, espere, espere, que voy completamente en serio. Es que, recientemente, he sufrido una desagradable experiencia por culpa de un malentendido y no querría que volviese a sucederme algo similar —explicó Vicente a los pectorales de Lucía—. Esa sorpresa de la que usted habla sería una sorpresa, digamos, ¿definitiva?
Lucía sujetó con el pulgar y el índice de su mano derecha la barbilla de Vicente y, suavemente pero con firmeza, le obligó a mirarle a los ojos.
—La última que ese ciudadano se llevará en su vida —aseguró con una voz que parecía surgir del mismísimo infierno—. Garantizado.
Valladar dio media vuelta como impulsado por un resorte y se apresuró a escribir todo cuanto sabía de Facundo Palomero. Hecho lo cual, entregó el papel a Lucía. Ella lo leyó con atención y se lo guardó.
—¿Tiene alguna fotografía del prójimo?
—No. ¿Es necesario tenerla?
—No. Facilita la tarea, pero no es indispensable.
—Disculpe que me ponga materialista pero, la tarea, como usted la llama, ¿cuánto me va a costar?
—¿A qué se dedica?
—¿Quién? ¿Yo?
—No; él —respondió Lucía y señaló con un dedo el bolsillo en el que acababa de guardar el pedazo de papel.
—Está jubilado. Tiene un huerto.
—En ese caso, aplicaremos la tarifa básica: un solo objetivo, sin cargo político, no perteneciente a fuerzas armadas, cuerpos policiales ni de vigilancia privada, sin especial peligrosidad y carente de fama, relevancia o notoriedad pública. Cien mil —concluyó.
—¡¿Cien mil?!
—La mitad ahora y el resto cuando el encargo esté finalizado.
—Pero yo no llevo encima cincuenta mil pesetas.
—En esta misma plaza hay tres oficinas de diferentes bancos provistas de cajeros automáticos. Dispone de diez minutos para entregarme las cincuenta mil, si es que le interesa el negocio.
Vicente salió disparado del bar. Era consciente de que iba a dejar la cuenta de “Apochical” al borde de los números rojos pero, al fin y al cabo, lo hacía por una buena causa: solucionar de una vez por todas la crítica situación económica de la fundación y, de paso, la suya propia.
—Hoy es viernes —le informó Lucía después de guardarse el dinero que le dio Vicente—. Le aseguro, señor Valladar, que don Facundo Palomero no verá llegar ningún otro viernes en lo poco que le queda de vida.