XII

Aquel verano se había convertido ya en un lejano recuerdo. Las hojas secas del otoño que tapizaron más tarde las aceras, habían sido barridas de las calles por efecto del viento y las lluvias. Después, los árboles mostraron por un tiempo su desolada desnudez y el frío reinó en la ciudad. Pero una nueva primavera avivó los espíritus adormecidos en el letargo invernal y revistió los parques y arboledas de hojas nuevas. Y otra vez el verano ocupó su lugar para cedérselo más tarde a la estación de la melancolía, hasta que ésta le pasó de nuevo el testigo al largo invierno, en el reiterativo e imparable devenir de las estaciones y los días.

Gloria hacía tiempo que había olvidado la afrenta de Idrissa, convirtiéndolo, con su habitual destreza para edulcorar las cosas, en un recuerdo plácido, en una anécdota picante que comentar de vez en cuando con sus amigas más íntimas. Había encontrado alivio al desengaño sufrido en su confortable rutina diaria repleta de innecesarias compras, citas con el peluquero o con el psicólogo, quién parecía haber asumido al fin que con sus exquisitos clientes no iba a salvar al mundo pero sí su economía familiar; y Gloria no renunciaba a aquellas sesiones semanales que vivía como un mero encuentro social en el que podía permitirse hablar de sí misma sin faltar a las más elementales normas de cortesía. Seguía asistiendo al gimnasio y visitando, cada vez con mayor asiduidad, su clínica habitual de cirugía estética y reparadora para paliar los efectos del tiempo, en su otrora esplendoroso físico.

Su hijo Christian había logrado por fin la aquiescencia paterna para independizarse por completo de la familia sin prescindir de las indudables ventajas de su acomodada posición, y vivía en un coqueto apartamento de soltero en el que ya no tenía cabida su encantadora novia de la universidad, pero sí sus muchos amigos y un sinfín de muchachas alegres y despreocupadas cuyos nombres no lograba retener en la memoria.

Rebeca, la hija pequeña de Gloria, olvidadas sus veleidades con el mundo de las pasarelas y el glamour, preparaba su inminente enlace matrimonial con el hijo de un matrimonio amigo de sus padres al que conocía desde niña, aunque el amor no había nacido entre ellos hasta que el joven regresó al hogar familiar tras finalizar sus estudios en los Estados Unidos, convertido en un atractivo y prometedor ingeniero. Aun cuando la relación fue bendecida desde el primer momento por ambas familias, Gloria no podía ocultar la tristeza que le producía tener que separarse de su pequeña, ya que en cuanto se casaran, partirían hacia Fort Lauderdale, en la costa de Florida, donde el futuro marido de Rebeca se haría cargo de la dirección de una prestigiosa empresa española. A pesar de eso se sentía dichosa por su hija a la que veía feliz y enamorada, y empezaba a acariciar la idea de viajar hasta allí de tanto en tanto para visitarla, pues su futuro yerno le aseguraba que era un lugar maravilloso para vivir y que le encantaría. Con todo, en el futuro más inmediato la marcha de su hija abría un interrogante que la llenaba de inquietud y se preguntaba cómo sería su vida con Diego, una vez se quedasen solos.

Su marido por su parte, seguía más interesado por su trabajo —y por atender solícito a cuantos socios y clientes llegaban a la ciudad— que por su esposa, y Gloria trataba de cerrar ojos y oídos a la realidad redecorando su casa una y otra vez y organizando elegantes fiestas para sus amigos con el único fin de no enfrentarse a su soledad y demostrar a todos cuán feliz era su matrimonio, ya que Diego, en esas ocasiones, representaba muy bien su papel de marido perfecto y Gloria se aferraba con fuerza a aquel espejismo. Hasta que la realidad se imponía de nuevo y sólo podía sobreponerse a ella con la inestimable ayuda de una botella de whisky que le permitía seguir engañándose a sí misma y dotar de algún sentido la insustancialidad y la frivolidad de su vida.

Para Laura la vida no había cambiado mucho. Seguía, sin excesivo entusiasmo, con su trabajo de secretaria en la oficina de un comerciante de vinos que viajaba constantemente, por lo que la mayor parte del tiempo lo pasaba sola y el trabajo no la agobiaba. Se alegraba cuando sonaba el teléfono y tenía que recoger un pedido o atender una reclamación, o cuando alguien llamaba a la puerta del despacho por la razón que fuera, porque entonces tenía algo que hacer y con quien conversar, aunque sólo fuese por unos momentos. Vivía una batalla diaria contra las agujas del reloj, colgado frente a su mesa, que parecían mofarse de su impaciencia por acabar la jornada y ralentizar sus movimientos, justo cuando se aproximaba la hora de salir, con el único fin de mortificarla -pensaba-, danzando impasibles al ritmo lento y cadencioso de su insufrible tic-tac.

Cada día, en el mismo punto de la tarde, se iniciaba el ritual. Laura trataba de resistirse, pero, invariablemente, acababa por sorprenderse a sí misma con la mirada ansiosa clavada en la blanca esfera. Las agujas, inmutables, continuaban con su monótona función evolucionado cada una a su propio compás, aunque perfectamente coordinadas. Parecían hermanas siamesas unidas por los pies, condenadas a permanecer juntas por más que trataran de escapar las unas de las otras moviéndose a distinta velocidad: el segundero a un ritmo rápido y preciso, nervioso, como si tuviera mucha prisa por llegar a algún lugar, como si creyera en la ilusoria posibilidad de poder huir de su prisión; el minutero le seguía los pasos, indolente, acelerando un poco más a cada vuelta del primero, pero finalmente, dejándose siempre ganar en la carrera. Y la aguja pequeña, menuda y regordeta, se mostraba perezosa, moviéndose apenas, de un modo casi imperceptible hora tras hora...Desde su mesa de trabajo, Laura les lanzaba miradas impacientes cargadas de rencor, pero se consolaba al pensar que, al final, siempre era ella quien ganaba la partida y salía victoriosa, dejándolas allí solas, en la oscuridad, sin tener a quien mortificar...hasta el día siguiente.

Distraída en sus cavilaciones, o entretenida a veces por una llamada de última hora, se encontraba de repente con la agradable sorpresa de que ya eran las seis. ¡Por fin! Una sonrisa de triunfo se dibujaba en su rostro; se levantaba de su silla, cerraba el ordenador y, tomando el bolso y la chaqueta, se dirigía hacia la puerta, desde allí se volvía para echar una última ojeada al despacho, y después de apagar la luz, salía cerrando tras de sí. Otra aburrida jornada de trabajo había tocado a su fin.

Aquel día, cuando salió a la calle, se encontró con que llovía a mares y no llevaba paraguas. Decidió entrar en un café a esperar a que amainara. Entonces Ernesto la llamó al móvil. La llamaba cada tarde en cuanto salía de la oficina, y quizá por esa razón, Laura se sentía un tanto hastiada y no tenía muchas ganas de conversar con él.

—¿Sí?

—Hola, mi amor. ¿Cómo está hoy mi pequeña?

—Bien. Acabo de salir de la oficina—. Era la misma conversación que se repetía todos los días.

—¿Vas para casa?

—Todavía no, está lloviendo mucho y no tengo paraguas. He entrado en una cafetería a esperar a que pare un poco.

—¿Con quien estás?—preguntó él, en un súbito tono imperioso.

—Sola...—respondió, sorprendida.

—¿Seguro?

—Por supuesto—dijo molesta. Empezaban a fastidiarle los ataques de celos de Ernesto.

—De acuerdo, cariño. Lo siento—rectificó él—. Es que me gustaría poder estar contigo a todas horas y no soporto la idea de que nadie más pueda disfrutar de tu compañía.

—No importa. Pero tienes que entender que yo también tengo derecho a hacer mi vida, Ernesto, igual que tú haces la tuya—puntualizó.

—¿Qué quieres decir con eso?—preguntó, beligerante.

—Nada—suspiró Laura—, déjalo. No tengo ganas de discutir...

—Está bien, tienes razón. No nos enfademos, por favor. Te quiero. Sabes que lo eres todo para mí. ¿Es que ya no me quieres?

—Ernesto...—Laura no podía soportar aquel tono infantil y lastimero que empleaba a veces.

—Bueno. Ya sé que te da vergüenza decirlo, pero yo necesito oírlo, compréndelo. Tengo miedo de que te canses de mí...

—Perdona, Ernesto—le cortó Laura— Ya ha dejado de llover. Tengo que irme para casa.

—Bien, querida; te llamaré más tarde y seguiremos hablando.

—Como quieras...

Cortó la llamada y se acercó a la barra a pagar su café. Una vez en la calle aspiró profundamente el aire húmedo que había dejado la lluvia confiando en que arrastrara consigo la sensación de profunda tristeza que le oprimía el pecho. Entonces le llamó la atención un joven, completamente empapado y temblando de frío ostensiblemente, que trataba de resguardarse en una esquina; le resultaba familiar, pero no podía recordar de qué lo conocía. Como quiera que fuese, el muchacho le había lanzado una rápida y huidiza mirada sin dar muestras de conocerla, por lo que supuso que, en realidad, sólo debía recordarle a alguien. Se arrebujó en su abrigo y echó a andar hacía su casa devolviendo sus pensamientos a Ernesto con cierta desazón.

Al principio todo fue maravilloso. Laura se sentía querida, mimada, idolatrada; deslumbrada por los exagerados gestos de devoción que le prodigaba Ernesto, por los continuos detalles y regalos con los que la agasajaba, con los viajes, las cenas, las experiencias únicas y diferentes que le ofrecía y con las que nunca se hubiera atrevido a soñar siquiera. Le fascinaba la propia personalidad de Ernesto, tan alegre y despreocupada, tan hedonista...quizás demasiado caprichosa para un hombre de su edad; pero era precisamente ese carácter suyo tan peculiar lo que le hacía encantador. Pese a todo, de tan continuas, sus excesivas atenciones dejaron de sorprenderla, y, con el tiempo, empezó a vislumbrar un carácter celoso y posesivo que, si bien al principio halagaba su vanidad, poco a poco empezó a molestarle e incluso a preocuparle. Hasta que algo se rebeló en su interior y llegó a la conclusión de que él no tenía ningún derecho a comportarse de aquel modo, puesto que Ernesto seguía casado y conviviendo con su esposa, a pesar de repetirle constantemente a Laura que estaba disponiéndolo todo para poder poner fin a su matrimonio, pero que debía tener paciencia y comprender que había muchos intereses de por medio, muchos e importantes asuntos que resolver, y que no podía precipitarse.

Laura, de un tiempo a esta parte, guardaba silencio cuando Ernesto le daba aquellas explicaciones porque cada vez estaba menos segura de querer compartir un futuro con él. De hecho, no estaba segura de nada. Tampoco quería dejarle, no deseaba renunciar a todo cuanto Ernesto le ofrecía; y no se trataba de lo material, a lo que Laura no concedía demasiada importancia, sino a sus atenciones, a su afecto, al hecho de saberse querida. Le aterraba la idea de volver a sentirse sola y trataba de mantener viva la ilusión de aquella relación en el día a día, sin pensar en el futuro, sin querer darle demasiadas vueltas dentro de su cabeza, ignorando las señales de alarma, las voces interiores que le gritaban su desencanto. Las relaciones de pareja pasaban por distintas etapas, se decía, era preferible dejar que las cosas fluyeran por sí mismas, que se aposentaran, que se definieran, a tener que arrepentirse algún día de haber tomado una decisión equivocada y lamentarla.

—Pero ¿tú estás enamorada de él?—le preguntó Elena en una ocasión—. Siempre dices que él te quiere, que te sientes bien a su lado. Pero nunca te he oído decir que tú le amaras.

Laura no supo qué responder.

La vida de Teresa, en cambio, había sufrido una transformación del todo inesperada para ella, y no sólo a causa del infortunado accidente de su hija que había trastocado por completo la existencia de ambas, sino también en los aspectos que la concernía directa y personalmente a ella. Ni siquiera se atrevía a reconocerlo ante sí misma, pero lo cierto era que, una vez superado el duro y prolongado periodo de readaptación tras el accidente, cuando Beatriz, gracias al apoyo y el cariño de cuantos la rodeaban y de su propia y sorprendente fortaleza, fue capaz de aceptar su nueva realidad y se sintió con fuerzas para sobreponerse a ella y dispuesta a darle un nuevo sentido a su vida, Teresa miró a su alrededor por primera vez después de mucho tiempo y descubrió sorprendida que su vida era mucho mejor que antes. Y eso no se lo podía perdonar. No podía permitirse ser feliz porque tenía la sensación de que aquella felicidad había venido de la mano de la terrible desgracia que había dado al traste con el futuro de su hija.

Las interminables jornadas laborales limpiando en un sitio y en otro y robándole horas al sueño para redondear sus ingresos siempre escasos, hacía tiempo que sólo eran un mal recuerdo. Cuando Beatriz empezó a colaborar regularmente con Blanca en el estudio de danza, y pese a que la muchacha recibía una generosa paga mensual vitalicia en compensación por los daños sufridos —tal y como le había explicado Blanca, que fue la que se ocupó de todo - que les permitía vivir a ambas sin apuros, Teresa decidió que ya era tiempo de ponerse a trabajar de nuevo, como había venido haciendo a lo largo de toda su vida.

Fue Blanca de nuevo, como una bondadosa hada madrina, quien le habló de un conocido suyo —Oscar Vidal, dijo que se llamaba —que necesitaba a una persona para atender el teléfono y a las visitas que acudían a su galería de arte, ya que él tenía además otros negocios de los que ocuparse y no podía permanecer allí durante todo el tiempo.

—¡Pero que voy a hacer yo en una galería de arte!—exclamó Teresa asustada—si me dijeras que tenía que fregar y quitar el polvo a los cuadros, todavía...

—No seas tonta, Teresa—replicó Blanca—sabes hablar por teléfono ¿no? Y eres educada y respetuosa con la gente. Pues eso es lo único que debes de hacer. No es necesario que entiendas de arte ni tienes que ocuparte de vender cuadros; de eso ya se encargará Oscar.

—No sé...me da un poco de miedo.

—No pierdes nada por probar. Si no te gusta o a él no le conviene, buscamos otra cosa y en paz.

Ante la insistencia de Blanca, Teresa aceptó, no sin reparos, aquella oportunidad caída del cielo que se le presentaba, y enseguida pudo comprobar, aliviada, que aquel trabajo era mucho más fácil de lo que había pensado en un principio y se sintió cómoda en él desde el primer momento. Oscar Vidal era un hombre amable y tranquilo que le enseñó los sencillos rudimentos de sus tareas pacientemente y no la dejó sola hasta que estuvo convencido de que Teresa podría desenvolverse sin problemas. Aun así, le insistió en que no dudara en llamarlo a su teléfono móvil en cualquier momento y cuantas veces fuese necesario para resolver las dudas que le pudieran surgir. La trataba con un afecto y una consideración que, en ocasiones, llegaban a sorprenderla, como si se sintiera de algún modo obligado con ella y deseara, por encima de todo, que se encontrase a gusto.

Teresa siempre había tenido trabajos precarios y poco cualificados. Y verse allí, en aquella sala impoluta, rodeada de arte y tratando con artistas, marchantes, con mecenas, con personas amables y educadas que se dirigían a ella con deferencia, le parecía un sueño del que no quería despertar. Sin apenas darse cuenta, empezó a arreglarse con mayor esmero para no desentonar en aquel ambiente. En poco tiempo su aspecto cambió considerablemente sacando a la luz la juventud y la belleza que las vicisitudes de su vida pasada habían mantenido ocultas, bajo una pátina gris de cansancio y tristeza; y ganó además confianza en sí misma sin perder la sencillez que era natural en ella. También se preocupó de leer cuanto pudo sobre arte con el fin de comprender las obras con las que convivía a diario y conocer a los pintores más representativos, y de ese modo, descubrió un mundo desconocido hasta entonces para ella, que la sedujo por completo.

Pasados unos meses, una tarde particularmente desapacible en la que Teresa esperaba el autobús para regresar a casa, tiritando de frío, Oscar pasó con su coche por delante de la parada y se detuvo para ofrecerse a acompañarla. Aquel simple gesto no tardó en convertirse en una costumbre que se repetía casi a diario. Ambos, sin apercibirse de ello, se encontraron aguardando aquel momento con ilusión día tras día, con tanta ilusión que, al menos para Teresa, pasó a convertirse en el mayor acontecimiento de la jornada. A Oscar debía ocurrirle algo parecido, ya que, aunque permaneciera ausente durante todo el día, se las arreglaba para estar en la galería a la hora del cierre y poder acompañar a Teresa. Y ella, aun sin querer confesárselo siquiera a sí misma, le aguardaba impaciente, y se sentía decepcionada si por cualquier circunstancia, él no llegaba a tiempo y tenía que marcharse sola. Oscar era cordial y afable. Y pronto se estableció entre ellos una corriente de simpatía y complicidad que hizo olvidar a Teresa sus humildes orígenes y el abismo social que los separaba.

Un buen día, Oscar se atrevió a invitarla a tomar algo antes de dejarla en su casa, y en otra ocasión, con la excusa de celebrar la primera venta de un cuadro por parte de Teresa, la llevó a cenar. A partir de entonces, acudieron a menudo juntos a museos y exposiciones, y Teresa escuchaba fascinada las explicaciones de Oscar sobre las obras que contemplaban. Poco a poco, de un modo natural, se fue estableciendo entre ellos una relación de camaradería y amistad que no tardó en convertirse en un sentimiento más profundo que ninguno de los dos osaba manifestar abiertamente. Teresa era demasiado tímida para expresarle a Oscar su afecto y, además, no creía estar a la altura de aquel hombre para esperar de él nada más que la amistad que tan generosamente le brindaba y con la que se sentía más que honrada. Oscar Vidal, por su parte, pese a ser un hombre libre, ya que llevaba varios años divorciado, guardaba dentro de sí un secreto que le atormentaba y no le permitía expresar sus sentimientos tal como hubiese deseado, al menos, hasta que reuniera el valor suficiente para confesárselo a Teresa, cosa que estaba obligado a hacer de forma inmediata, antes de que aquella relación llegara demasiado lejos; y aun sabiendo que al hacerlo, se exponía a perderla. Nunca pudo imaginar, cuando sólo pretendía ayudarla, paliar en parte el dolor que involuntariamente había provocado, que aquella mujer menuda, tierna y bondadosa, llegaría a penetrar dentro de su ser con la firme y suave tibieza de una marea que anegaría su alma, arrastrándolo irremisiblemente con ella, y de la que ya no querría escapar.

Elena, cada día más inmersa en su trabajo, no se concedía un respiro. Su vida transcurría entre viajes, reuniones y logros profesionales que afianzaban su posición y su prestigio dentro del ámbito periodístico y editorial colocándola en un lugar muy destacado, pero que al mismo tiempo, la absorbía por completo dejando muy poco espacio para disfrutar de lo que podría considerarse una vida personal e íntima mínimamente satisfactoria desde el punto de vista de cualquier otro mortal. Sin embargo, a Elena no le importaba en absoluto; en realidad, ni siquiera le quedaba demasiado tiempo para detenerse a pensar en ello, lo que a su modo de ver era un dato bastante significativo. Le encantaba su trabajo y no tenía tiempo de aburrirse ni de preocuparse por nimiedades; y menos aún desde que fundara su propia revista y sus responsabilidades y quebraderos de cabeza se hubiesen multiplicado por mil. El desarrollo de su profesión le garantizaba la descarga diaria de adrenalina que suponía enfrentarse a un desafío tras otro: vencer obstáculos, resolver problemas, coordinar a todo su equipo de redacción y mediar en los conflictos que pudieran surgir entre ellos. En definitiva, la emoción constante de la lucha. La consecución de sus objetivos profesionales le procuraba una mayor satisfacción personal que la que lograba obtener con cualquier otra actividad en la que pudiera tomar parte. Todo lo demás era accesorio, formas diversas de relajarse y recuperar las fuerzas para recargar de nuevo su energía; lo que no significaba que no disfrutara de otras cosas que no tuvieran que ver con su trabajo, pero éste era siempre su prioridad. Era, lo que se podría considerar una adicta al trabajo, sí, pero ¿Quién no era adicto a algo, aunque no fuese consciente de ello? argumentaba cuando alguien la calificaba como tal. La mayor parte de las personas que conocía eran adictas a su familia, a su pareja, a sus hijos, a sus posesiones materiales, a hacer dinero, al poder, a cualquier cosa que les aportara algún tipo de satisfacción personal. ¿Por qué la adicción al trabajo se veía como algo negativo, pernicioso, cuando en realidad sus consecuencias eran mucho más ventajosas que las producidas por otras adicciones, asumidas o no?, razonaba Elena. Ella no relegaba a nadie ni dejaba nada de lado a causa de aquella dedicación, salvo, en todo caso, a sí misma, pero esa era su elección, la forma en la que había decidido vivir, y se sentía plenamente compensada por ello.

En otro orden de cosas, consideraba a Laura y a Marta como su auténtica familia, eran las únicas personas en el mundo que de verdad le importaban y sería capaz de hacer cualquier cosa por ellas, no las habría querido más si fuesen de su misma sangre. Con ellas veía satisfechas sus necesidades afectivas. La familia, solía decir, nos venía impuesta y había que conformarse con la que nos tocara en suerte, los amigos en cambio eran de libre elección, aunque también en ese caso la suerte jugaba un importante papel poniendo en nuestro camino a las personas adecuadas, y en ese sentido Elena se consideraba afortunada: había encontrado a Laura, y a través de ella, a Marta, “su sobrina favorita”, como solía decir.

Posiblemente su vida habría sido distinta si hubiese aceptado las reglas del juego, si hubiese sido más convencional, se decía a veces, ¿Habría sido más feliz con un marido y unos hijos? ¿Con una red familiar y social como la que tenía la mayoría de la gente? Nunca podría saberlo, pero tenía serias dudas al respecto. Las cosas habían venido así, no iba a rasgarse las vestiduras por ello. Tal vez ella misma hubiese provocado que se desarrollaran de aquella determinada manera, no estaba del todo segura. Lo cierto era que se sentía cómoda en su soledad, disfrutaba de su independencia, aunque si era honesta consigo misma tenía que reconocer que en alguna ocasión también le pesaba; tal vez hubiera sido agradable poder apoyarse en alguien, compartir la carga, pero cuando pensaba en las contraprestaciones que aquello supondría se daba cuenta de que ella estaba hecha de otra pasta. Tenía el pleno convencimiento de que su forma de vida era la mejor que podía desear para sí misma, la que ella había elegido, aunque implicara algunas renuncias. De todos modos, cualquier elección traía consigo renunciar a todo lo no elegido. Era como decidirse por un camino en una bifurcación y seguirlo hasta el final desestimando todos los demás, nunca podría saber qué hubiese ocurrido en caso de haber optado por tomar otra senda, qué le hubiese aguardado al llegar al final. ¿Predeterminación o libre albedrío? Prefería creer en lo segundo y saberse dueña de su propio destino.