XI
La infancia de Ruth fue un tanto peculiar: pasó sus primeros años de vida en un pequeño pueblo abandonado de la Extremadura más recóndita y profunda que su padre, un idealista nostálgico frontalmente opuesto al consumismo y la violencia imperante en el mundo en el que le había tocado vivir, se empeñó en recuperar, con la intención de crear allí una sociedad nueva, una autarquía agrícola al más puro estilo del espíritu comunitario del movimiento hippie de los años sesenta. Lucas, el padre de Ruth, creía firmemente que el lugar del hombre, como el de cualquier otra especie animal, estaba en la naturaleza, y que la vida en la ciudad entre cemento y gases tóxicos era una aberración que acabaría con el género humano y con el planeta. Se hacía imprescindible el retorno a la naturaleza, a los orígenes de la humanidad.
A su llamada acudieron siete familias dispuestas a recobrar aquel lugar yermo, de clima riguroso y extremo al que sus últimos habitantes habían renunciado muchos años atrás, para recrear allí un estilo de vida más acorde con lo que consideraban la verdadera esencia de la naturaleza humana. Adaptándose al entorno y produciendo ellos mismos lo indispensable para cubrir sus necesidades básicas, viviendo en comunión con la naturaleza, lejos de la delirante vida de la gran ciudad, de la competitividad desaforada y de la engañosa necesidad de acumular bienes materiales superfluos, como ilusorio y estéril medio de alcanzar la felicidad.
En un ambiente de colaboración y solidaridad cada miembro del grupo debía aportar sus conocimientos y habilidades en beneficio de la comunidad. Obviamente, estaban proscritos artificios tales como la televisión o el teléfono. Sólo disponían de una destartalada furgoneta y de un viejo Simca 1000 para desplazarse a la población más cercana en caso de emergencia o en busca de materiales y productos que ellos mismos no pudieran fabricar.
Rehabilitaron casas, sembraron campos, criaron a los animales necesarios para su subsistencia: una vaca, gallinas, conejos, algunos cerdos, y cuantos perros y gatos tuvieran a bien compartir con ellos aquella vida idílica, con la esperanza de atraer a otras familias dispuestas a renunciar a la maléfica influencia de la civilización y los avances tecnológicos y recuperar la pureza y la espiritualidad de una vida en comunión con la naturaleza.
Ni que decir tiene que en aquel rincón olvidado e inhóspito no había escuela, ni tampoco en muchos kilómetros a la redonda; lo que, por supuesto, no suponía ningún inconveniente para Lucas que renegaba de la educación convencional, a la que veía como un diabólico instrumento de manipulación y embrutecimiento de las maleables mentes infantiles todavía incontaminadas. La formación escolar de los más pequeños corría a cargo de uno de los integrantes del grupo, un viejo maestro descreído e iconoclasta sin hijos que, tras toda una vida dedicada a la enseñanza, desencantado y horrorizado ante la perspectiva de que la senectud le alcanzara jugando a la petanca junto a un grupo de viejos resignados, se había embarcado junto a su esposa en la aventura de vivir la última etapa de su vida bajo el utópico manto del “flower power”.
La pequeña Ruth contaba apenas cuatro años de edad cuando llegaron allí. Y en sus recuerdos, a retazos aislados e inconexos, imperaban el frío gélido del invierno y el calor asfixiante del verano en el que el polvo se agarraba a la garganta e impedía respirar. Y el viento, aquel viento que la aterrorizaba por las noches, que recorría con un furioso bramido la única y desierta calle del pueblo, arrastrando zarzas y maleza a su paso que a Ruth se le antojaban gigantescos monstruos. El viento que se colaba por las desnudas puertas y ventanas como bocas abiertas a la nada, paralizadas en un grito de espanto. Aquel viento que penetraba en las casas vacías con un escalofriante gemido, como si se doliera por no encontrar víctimas que arrollar a su paso, pensaba Ruth, atemorizada, mientras se escondía bajo las mantas.
Los colores del mundo eran para la pequeña una limitada paleta de marrones que iban desde un amarillo pajizo y desvaído hasta el rojo apagado y mortecino del ladrillo. Sólo el cielo, con sus distintos tonos de azul, rompía aquella monotonía cromática. Y las nubes, a las que observaba tendida sobre la tierra agrietada, o sobre algún tejado durante horas, con sus caprichosas formas y sus diferentes matices: rosados, anaranjados, grises... Ruth soñaba con colgarse de una de aquellas nubes y dejarse llevar lejos, muy lejos, más allá de las colinas que rodeaban el pueblo y lo convertían en una prisión sin barrotes, pero infranqueable, imposible de abandonar.
Aquel sentimiento de opresión que crecía en su pecho a medida que pasaban los años, sólo podía compartirlo con Talía, una jovencita algo mayor que ella que fue su cuidadora durante su primera infancia, y con el tiempo, su mejor y única amiga, su confidente, su modelo, y —aunque Ruth tardó muchos años en comprenderlo—, su primer amor.
No había otros niños en el grupo con los que pudiera compartir juegos y amistad. Sólo Liberto, el hijo de otra de las parejas, tenía la misma edad de Ruth, pero nunca simpatizó con él. Era un chico introvertido y receloso de difícil trato, como sus propios padres, los menos integrados y más conflictivos de la comunidad cuyo único interés era comprobar, reiteradamente, la calidad de la marihuana que cultivaban con mimo en un invernadero que habían creado al efecto, desentendiéndose de la educación de su hijo que, en definitiva, y según el espíritu comunitario, consideraban responsabilidad de todos.
María y Fernando eran la pareja más joven y etérea de la comuna, la más auténticamente hippie. Llegaron al pueblo cuando María estaba embarazada de su primer hijo al que tanto ella como su compañero deseaban ofrecer un mundo diferente del que ellos habían conocido. El nacimiento del pequeño fue un gran acontecimiento. Se produjo de forma natural en una alberca preparada al efecto con agua templada para que el tránsito desde el mundo intrauterino no fuese tan violento, y ante la alborozada presencia y colaboración de todos los miembros del grupo en medio de una fiesta que pretendía ser una celebración de la vida. La experiencia no debió resultar demasiado traumática para María que, un año después, volvía a encontrarse en estado de buena esperanza, y tanto ella como su pareja tenían intención de formar una gran familia, lo que llenaba de regocijo a Lucas, que veía de ese modo reforzada la viabilidad de su proyecto.
También estaban Pierre y Gumer, una pareja gay que se había conocido en Ibiza donde Pierre -un francés cincuentón con mucho más dinero del que precisaba para vivir sin mover un dedo el resto de su vida- regentaba un local de copas al que Gumer entró a trabajar como camarero, en lo que pretendía ser una etapa más de su recién iniciada andadura a través del mundo en busca de su propia identidad. Pero el amor se interpuso en su camino y a Gumer no le importó cambiar sus planes para seguir a Pierre adonde quiera que fuese.
Cuando llegaron a la aldea, pocos confiaban en su permanencia por mucho tiempo. Gumer era un muchacho joven, lleno de vitalidad y energía que apenas empezaba a vivir, y Pierre estaba acostumbrado a disfrutar de toda clase de comodidades. Nadie creía que pudiera adaptarse a la dura vida del campo, a levantarse al amanecer y ocuparse de las ingratas e ineludibles tareas que exigían aquellas condiciones de vida. Parecía más bien el capricho de un hombre rico hastiado ya de todo y necesitado de nuevos estímulos. Sin embargo, Pierre y Gumer se convirtieron pronto en un ejemplo de entrega y buena disposición, además de ser un modelo a imitar como pareja; se les veía sincera y tiernamente enamorados y cuidaban el uno del otro con una dedicación y un amor envidiables. Eran participativos y conciliadores, mostraban siempre una buena actitud ante el trabajo y jamás se quejaban; tenían la sonrisa pronta y una broma siempre a punto para relajar cualquier momento de tensión. En la pequeña aldea y en aquella forma de vida, parecían haber encontrado su paraíso particular. Ruth los adoraba. Para ella eran como un oasis, como un riachuelo de agua fresca en medio de la aridez de aquel desierto hacia el que sentía un rechazo que crecía, de forma exponencial, al mismo ritmo que su propio cuerpo.
Por fortuna para ella, su madre sufrió una evolución semejante a la suya. Llegó allí siguiendo al hombre que amaba pese a que aquel no era el tipo de vida que había soñado para su familia ni estaba muy segura de que fuese el lugar más apropiado para criar a su hija. Pero Lucas era un hombre persuasivo, formado en las trincheras universitarias y de firmes convicciones. Y cuando Esther, la madre de Ruth, comprendió que estaba dispuesto a llevar adelante su proyecto con ellas o sin ellas, decidió acompañarlo.
Sin embargo, aunque Esther entró en la comuna, la filosofía de la comuna, su espíritu, nunca entraron en ella. Al principio se esforzó por adaptarse, por hacer suyo el entusiasmo de Lucas, por interiorizar aquellos valores de solidaridad y cooperación, de relaciones libres y abiertas al margen de los convencionalismos sociales. Se esforzó por redefinir su concepto de la familia, de la pareja. Pero lo cierto era que de tanto en tanto necesitaba aislarse, ocultarse a la vista de los demás y encontrarse a solas consigo misma, recuperar su intimidad y llorar su desdicha. Con todo, lo que le resultaba más difícil de asumir era tener que compartir a Lucas, contemplar impasible sus escarceos amorosos con casi todas las mujeres de la comunidad y eludir ella misma los requerimientos de los miembros masculinos del grupo, e incluso de alguna de las mujeres. Al principio, le consolaba pensar que Lucas siempre volvía a ella, que junto con su hija Ruth formaban una familia, que todo aquello acabaría algún día.
Pero se equivocó. Lo que ocurrió en realidad fue que Lucas encontró en Paula, la única persona que había llegado sola al pueblo, a su alma gemela. Alguien a quien no tenía que adoctrinar ni convencer, alguien con quien podía comunicarse sin hablar, que le comprendía, que compartía sinceramente sus mismas inquietudes, sus ideales, sin tener que esforzarse, sin sacrificarse, al contrario de lo que le ocurría con Esther. Y pese a que Paula, con un interiorizado concepto de la comuna, no exigía nada a Lucas, éste fue alejándose de Esther y sintiéndose cada vez más unido a ella, a Paula; hasta que llegó un momento en el que era con ella con quien vivía, aunque no dejara por ello de atender a Esther y a su hija, como su familia primigenia.
Para Esther, aquello ya era más de lo que podía soportar. Pero tuvo que ser su cuerpo el que diera la señal de alarma, enfermando hasta el punto en que llegó a peligrar su vida, para que su mente comprendiera que debía poner fin a aquella situación y que había llegado el momento de renunciar, de abandonar y ofrecerse a sí misma y a su hija una vida más acorde con sus propios ideales en lugar de aceptar sumisamente los de otra persona, por más que la amara.
Pasó una larga temporada en un hospital sin apenas recibir visitas ni ver a su pequeña Ruth. Le atormentaba la idea de morir allí sin volver a ver a su hija, dejarla sola en aquel lugar que de pronto se conformaba en su mente como un auténtico infierno. Y fue aquel temor el que le proporcionó la fuerza suficiente para restablecerse y regresar en busca de su pequeña.
Poco tiempo después de volver a la aldea, y tras comprobar que nada había cambiado, cogió a Ruth una mañana con las primeras luces del alba, la metió en el Simca 1000 y se marchó sin despedirse de nadie, sin avisar a Lucas de sus intenciones, sin hacerle ningún reproche, con el absoluto convencimiento de que ni siquiera notaría su ausencia. Ella y Ruth habían pasado a convertirse en dos miembros más del grupo que ya no le merecían una consideración especial. Y si algún día deseaba ver a su hija sabía dónde podría encontrarlas a ambas. Pero él nunca lo intentó.
La primera vez que Ruth vio el mar tenía nueve años, y jamás olvidaría la fascinación que le produjo. Durante algún tiempo no se cansaba de pedirle a su madre que la llevase a la playa, quería ver el mar, oírlo, sentirlo. El mundo, de repente, se había llenado de vibrantes colores, y Ruth nunca le agradecería bastante a Esther que la hubiera sacado de aquel lugar de desolación, perdido en medio de ninguna parte.
Adaptarse a la disciplina y metodología de la escuela convencional no fue fácil para ella, pero estaba tan ilusionada con su nueva vida que no escatimó esfuerzos para ponerse cuanto antes al mismo nivel que sus compañeros y compañeras de clase. No fuera a ocurrir que si no respondía a las expectativas de los mayores, despertara una mañana con la garganta llena de polvo y el árido paisaje de la aldea extremeña ante sus ojos, como en las recurrentes pesadillas que la persiguieron durante mucho tiempo. Después, aquella etapa de su vida se borró de su mente como si nunca hubiese existido. Y no volvió a pensar en ello hasta que, años más tarde, se cruzó por la calle con una muchacha en la que creyó reconocer a Talía.
Durante todo aquel tiempo no se había acordado de ella, ni de Gumer y Pierre, ni siquiera de su padre. Al menos, no de un modo consciente; porque de pronto, mientras seguía a aquella chica por las calles de Barcelona con el corazón bombeando alocadamente en su pecho, comprendió que a pesar de todo, en algún rincón de su ser, siempre había albergado algo parecido a la nostalgia mezclado con el temor, con el rechazo por aquella época de su vida. Un sentimiento doloroso y extraño que hasta entonces no había sabido identificar.
—¿Talía? —Inquirió cuando la joven se detuvo ante un semáforo a la espera de poder cruzar la calle.
—No, me temo que te equivocas— dijo la joven volviéndose hacia ella con una sonrisa y una chispa de curiosidad en la mirada.
—Sí, claro, perdona—se disculpó Ruth, con la decepción pintada en su rostro.
Aquella chica era el vivo retrato de la Talía adolescente de la que no pudo despedirse años atrás. Pensándolo bien, su antigua y querida amiga sería toda una mujer en la actualidad, y, posiblemente, si se cruzase con ella por la calle, no la reconocería.
—¿Te encuentras bien?—le preguntó la joven, cuando Ruth se disponía a alejarse de ella, cabizbaja y entristecida.
—Sí—dijo, y los ojos se le llenaron de lágrimas—. Es que...deseaba tanto que fueras ella.
—Vamos—la muchacha la tomó del brazo, en un reconfortante y cariñoso gesto—, te invito a un café y me cuentas quien es esa Talía.
Se llamaba Susana. Tenía dieciocho años, uno más que Ruth, y la rotundidad de formas, la belleza morena y el alegre carácter de la Talía que guardaba en su recuerdo. Ruth le contó su historia; la de Talía y la suya propia en aquel lugar árido y fantasmagórico, y simpatizaron de inmediato. Desde entonces se vieron con frecuencia, se convirtieron en amigas inseparables, y en algún momento, sin saber muy bien cómo había ocurrido, se hicieron amantes. Susana acababa de asumir una realidad que la había torturado durante sus años escolares y que había aceptado finalmente sin demasiados aspavientos: se sentía más atraída por las chicas que por los chicos. Y Ruth, educada en el amor libre, donde lo que prevalecía era la persona, independientemente de su sexo, transfirió a Susana el amor incondicional que había sentido siempre por Talía. En realidad, era con Talía con quien hacía el amor cuando estaba con Susana, eran los ojos de Talía los que contemplaba con arrobo en los profundos ojos de Susana. Ahora comprendía que aquella admiración infantil, aquel cosquilleo que recorría su cuerpo cuando estaba con Talía, cuando pensaba en ella, aquel sentimiento al que no sabía poner nombre, era amor, y que por fin había encontrado su expresión, su materialización, en la persona de Susana.
Sin embargo, aquella historia no duró. Ruth, menos madura que su amiga, tan sólo ingresar en la universidad se enamoró de un compañero de clase, y a partir de entonces, inició una larga cadena de relaciones amorosas de coloridos eslabones en la que el fenotipo sexual del objeto de su amor fue siempre para ella un detalle de menor importancia.
Pese a todo, de aquellos primeros años de vida alternativa en la remota aldea, le había quedado un arraigado sentido de solidaridad y de empatía hacia los demás, por lo que decidió estudiar Psicología. Entretanto, de la mano de otra de sus amigas-amantes, descubrió el mundo del deporte y las ONGs al mismo tiempo, entregándose desde entonces a ambas actividades con parejo entusiasmo; lo que la llevó a convertirse en monitora deportiva en tanto colaboraba en distintas asociaciones de ayuda a los más desfavorecidos.
Por todo ello, porque le preocupaba realmente el bienestar de las personas, no había podido ignorar el desconcierto y el malestar de Elena cuando abandonó precipitadamente la casa de Gloria, y no se perdonaba haber sido la causa de aquella situación. Sentía la necesidad de hablar con ella para tranquilizarla, para explicarle que lo ocurrido no tenía más importancia que la que ambas quisieran darle. Pero Elena no respondía a sus llamadas.
Su teléfono móvil no dejó de sonar con insistencia a lo largo de varios días y Elena no deseaba responder, estaba segura de que aquel número desconocido era el de Ruth y no tenía la menor intención de hablar con ella, lo único que quería era olvidar el incidente, como si nunca hubiese ocurrido. Se sentía estúpida, irritada consigo misma por haberse dejado llevar sin prever las consecuencias. Ella, una mujer hecha y derecha, una mujer de mundo, moderna y liberal, que tenía respuesta para todo y un consejo transgresor siempre a punto para quien lo pudiera necesitar, de pronto no sabía cómo enfrentarse a una niñata de veinticuatro años.
Se quedó perpleja cuando una tarde, al salir de la redacción de su revista, descubrió a Ruth sentada en la acera canturreando a media voz con los ojos entornados y agitando su manojo de rastas, presumiblemente, al ritmo de la música que estaba escuchando a través de los auriculares.
Elena, resuelta, se encaminó hacia ella con el ceño fruncido al tiempo que Ruth, al verla, se ponía en pie de un salto y le dedicaba una encantadora sonrisa mientras se desprendía de los cascos.
—¡Hola!—Saludó alegremente.
—¿Qué haces aquí?—respondió Elena, cortante.
—Quería hablar contigo. Como no contestas al teléfono...—dijo la joven, sin perder la sonrisa ni mostrar el menor atisbo de reproche en su voz.
—Si no te contesto será porque no quiero hablar contigo, ¿no te parece?. No me molestes más. Adiós—Elena echó a andar en busca de su coche aparcado a dos manzanas de distancia, dando la conversación por terminada. Pero Ruth no se dio por vencida y le siguió los pasos.
—¿Pero por qué te enfadas tanto?—insistió—Sólo quiero que hablemos y aclaremos las cosas.
—No hay nada que aclarar, Ruth—replicó Elena deteniéndose en seco y enfrentándose a ella cara a cara—. Yo no tengo nada que hablar contigo y te rogaría que me dejases en paz.
—Por favor...—Ruth compuso un gesto deliberadamente infantil y sonrió como una niña que estuviera implorando una golosina.
Elena advirtió entonces que algunos transeúntes las miraban al pasar. Debían componer una curiosa estampa, paradas en mitad de la acera, y enzarzadas en una discusión; ella, con su elegante traje de ejecutiva, y aquella jovencita de peinado imposible, ataviada con unos pantalones de gruesas rayas multicolores exageradamente anchos, una amplia camiseta de mercadillo y una desgastada mochila colgada a la espalda. Podrían pasar por madre e hija en pleno enfrentamiento generacional. Pero a Elena le inquietaba el hecho de que se encontraran al lado de su oficina y allí todos sabían que no tenía hijos. Temía toparse con algún colega y no deseaba tener que improvisar ningún tipo de explicación. No podía decir que se trataba de Marta, la hija de su amiga Laura, porque todos la conocían. Entonces, ¿Qué relación podía tener ella con aquella jovencita con pinta de hippie? Era como si, de modo absurdo, temiera que cualquiera que las viera pudiese adivinar lo ocurrido entre ambas.
—Está bien—concedió al fin—; vamos a algún sitio a tomar un café.
—¡Bien!—celebró Ruth, y Elena la fulminó con la mirada.
La condujo hasta el final de una calle transversal, poco concurrida, en la que había un amplio y desangelado bar completamente vacío en aquellos momentos y que olía a frituras y aceite rancio. Se acercaron a la barra y un hombre obeso y sudoroso se asomó a través de una cortinilla de cuentas de madera, desde lo que debía ser la cocina.
—¿Qué les pongo, señoritas? -preguntó, aproximándose a ellas.
—A mí una caña—dijo Elena.
—¿Tiene té?—preguntó Ruth.
—Sí, claro—respondió el hombre—. ¿Quieren algo de picar?
—No, gracias—dijo Elena—. ¿Nos lo puede llevar a aquella mesa?
El hombre asintió y Ruth siguió a Elena hasta la mesa más alejada del mostrador.
—Bien—dijo Elena, apenas se sentaron—. De qué quieres hablar.
—Bueno—empezó Ruth—, la verdad es que me quedé preocupada por la manera en que te fuiste de casa de Gloria. Sólo quería decirte que lo que pasó no tuvo ninguna importancia. Enseguida me di cuenta de que, por lo que sea, tú lamentabas que hubiese ocurrido, y puedes tener la seguridad de que yo no volveré a molestarte si tú...
—Ruth—la interrumpió Elena en voz baja pero con firmeza—, no te montes películas. Aquello no debió de pasar nunca, y sí, lo lamento profundamente. Estaba fumada y no sé lo que me pasó. Sólo espero que ésta sea la última conversación que tengamos al respecto, no quiero volver a hablar de este asunto ¿queda claro? Lo único que quiero que entiendas es que yo no soy lesbiana.
Ruth soltó una carcajada en el momento en que el individuo del bar se acercaba a la mesa con su pedido. Elena lo miró inquisitiva temiendo que hubiera oído sus últimas palabras e hizo callar a Ruth con un gesto imperativo. Pero el hombre permanecía impasible, les sirvió sin mirarlas y se alejó de nuevo con su andar cansino.
—Ya sé que no eres lesbiana—dijo Ruth en un susurro cuando el hombre se metió de nuevo en la cocina— ¡Yo tampoco! ¡Que manía tiene todo el mundo de etiquetarlo y compartimentarlo todo! Las cosas no son blancas o negras, hay matices ¿sabes?, hay grises, hay tonos que no se pueden clasificar.
—Y si tú tampoco eres lesbiana, como dices ¿por qué lo hiciste? ¿Qué te indujo a pensar que yo...? —inquirió Elena, algo avergonzada por tener que seguir hablando de aquel tema, pero al mismo tiempo, intrigada por saber qué había motivado el comportamiento de Ruth para con ella.
—Porque en ese momento me sentí atraída por ti—respondió Ruth con sencillez—. Me pareciste una mujer muy interesante y atractiva. No sé como explicártelo...a mí me gustan las personas, me da igual si se trata de un hombre o de una mujer. Y tú parecías tan abierta, tan moderna...
—Pues tal vez no lo sea tanto—. Replicó Elena con presteza.
—Ya lo veo, ya...—rió la joven, burlona—. Bueno, sólo quiero que sepas que lo siento si te he incomodado. Y no te preocupes que este asunto quedará entre nosotras. Pero me gustaría que siguiéramos siendo amigas.
—Verás, Ruth—respondió Elena más relajada—, la verdad es que todavía estoy un poco confusa y creo que necesito algo de tiempo...
—Lo comprendo—aceptó la joven—; tómate todo el tiempo que quieras. Lo único que deseo es que no te sientas incómoda si coincidimos por ahí.
—No te preocupes. Y te agradezco tu interés—concluyó Elena poniéndose en pie—. Ahora si me disculpas, tengo algunas cosas que hacer.
Ruth asintió con una sonrisa y la siguió hasta la barra donde Elena pagó la cuenta y ambas salieron del local para despedirse en la misma puerta. Elena parecía tener cierto apremio por finalizar aquel encuentro.
Algunos meses después de aquel desconcertante affair con Ruth, Elena había logrado superar su tardía crisis de identidad sexual gracias al uso y abuso de la comprobación empírica con la ayuda de varios hombres. Y cuando recuperó la confianza sobre cuáles eran sus verdaderas preferencias en el terrero erótico, olvidó el asunto y volvió a concentrarse en su trabajo. Su relación con Ruth, para entonces, también se hallaba normalizada, aunque no se veían con demasiada frecuencia, salvo en momentos puntuales en que se reunían por algún motivo junto con Laura y Gloria. Con el tiempo, en aquellos encuentros, Ruth y Elena se fueron relajando hasta el punto de intercambiar comentarios jocosos relativos a su antiguo desliz, que sólo ellas comprendían y reían divertidas, mientras sus amigas observaban con extrañeza aquel código secreto de sonrisas cómplices y frases con doble sentido.