V

La casa del barrio de Sarriá donde vivía Gloria disponía de amplios jardines y una agradable piscina, pero allí ya hacía demasiado calor para pasarse las horas muertas tendida al sol, como ella acostumbraba, por lo que decidió bajar hasta la playa donde podría dar un largo paseo por la orilla del mar y disfrutar de la brisa y el rumor de las olas.

Era una mañana de jueves de finales de junio y la playa no estaba demasiado concurrida. Gloria, recostada sobre una tumbona, luciendo un bikini dorado que resaltaba su permanente bronceado de rayos UVA, contemplaba el espejeo del sol sobre las tranquilas y azuladas aguas del Mediterráneo mientras rememoraba las últimas sesiones que había tenido con Roberto, su psicólogo. Desde la noche en la que descubrió, o más bien confirmó sus sospechas, puesto que nunca antes había reunido el valor suficiente como para comprobar por sí misma que su marido le era infiel; y acudió desconsolada a la consulta del terapeuta, las sesiones habían cobrado un renovado vigor que la estimulaba; hasta el propio Roberto parecía más interesado por sus problemas, lo que la llenaba de satisfacción y orgullo por haber logrado despertar su interés.

El doctor Beltrán era joven y atractivo. Lo cual, unido a aquella capacidad suya para escuchar y comprender los problemas ajenos—inherente a su trabajo, por otra parte—lo convertía en un hombre diferente a los demás, único, en una “rara avis” que resultaba irresistible para cualquier mujer; al menos, así se lo parecía a Gloria. Ella, que sentía la incontrolable necesidad de seducir a cualquier individuo del género masculino que se le pusiera por delante, no podía sustraerse a la tentación de coquetear con él sutilmente, cosa que, según había podido comprobar, en ocasiones llegaba a incomodar al psicólogo. No obstante, cuanto más azorado veía al joven, más se divertía ella con su inocente, a la vez que malévolo juego.

Gloria le contó con todo lujo de detalles lo acontecido aquella noche que calificó como “la más espantosa de su vida”, y el terapeuta quiso conocer sus sentimientos al respecto en profundidad, tanto aquella noche, como en los días sucesivos, una vez superado el shock inicial. Lo que supuso un enorme esfuerzo para Gloria, que no estaba habituada a hurgar en su interior, y menos aún, a verbalizarlo.

—¿Cómo fue el reencuentro con tu marido al día siguiente?—le preguntó el psicólogo.

—Bueno, normal... por la mañana Diego y yo desayunamos juntos, como de costumbre—dijo con un leve encogimiento de hombros—. Me pareció de mal gusto sacar el tema en aquel momento y provocar una desagradable discusión de buena mañana. Además, necesitaba tiempo para pensar.

—Bien—concedió el doctor Beltrán—ya han pasado algunos días. ¿Cómo te sientes ahora?

—No sé...estoy desorientada...—confesó Gloria—no sé qué es lo que se supone que debo hacer. De repente, me siento vieja y fea, es normal que a mi marido le atraigan mujeres más jóvenes que yo...

—¿Estás intentando justificarle?—inquirió el terapeuta.

Gloria se removió en el sillón, incómoda, y carraspeó ligeramente antes de responder.

—No, pero ¿Qué quieres que haga? ¿Que le plantee un ultimátum? ¿Que le diga que ella o yo? ¡Eso sería ridículo! Todos los hombres de nuestro círculo tienen amiguitas. Es normal. Y las mujeres debemos mantener la dignidad y saber estar en nuestro sitio. Después, siempre vuelven a casa, a su confortable vida. No lo van a tirar todo por la borda para irse con cualquier pendón.

—¿Y tú puedes aceptar eso? ¿Puedes vivir así?

—La verdad es que en un primer momento me llevé un gran disgusto. Todavía estoy disgustada. No es algo agradable para ninguna mujer, es como si te gritaran a la cara que estás acabada. Pero a fin de cuentas, hay que admitir que ya no soy tan joven y bonita como hace unos años. Tampoco es el fin del mundo...

—¿Y crees que ese es tu único valor como persona? ¿Tu belleza? ¿No te parece que le das demasiada importancia a tu aspecto físico?

—Es importante, no nos engañemos. Una buena apariencia física abre muchas puertas. Yo no estaría donde estoy si no hubiese sido una jovencita guapa y bien educada.

—Pero la belleza es algo efímero, Gloria, es superficial. Tú tienes otros valores.

—¿Y a quién le importan esos valores?—replicó Gloria—A mi marido desde luego, no. Es evidente...

—¿Crees que a él ya no le importas porque no eres tan joven y atractiva como antes?

—Eso parece ¿no? Si le importara no andaría por ahí liándose con crías que podrían ser sus hijas —dijo sin ocultar su despecho.

—Bueno, también para él pasan los años. Tal vez necesite reafirmarse. Muchos hombres sienten la necesidad de seducir a una mujer joven para demostrarse a sí mismos que siguen siendo atractivos para ellas.

—Ahora eres tú quien le justifica—le reprochó Gloria—. Claro, tú le defiendes porque también eres hombre, y los hombres siempre os apoyáis entre vosotros.

Roberto reprimió una sonrisa ante aquel ingenuo comentario pero guardó silencio. Ella, tras una breve pausa, frunció el ceño y preguntó:

—¿Piensas que yo necesito reafirmarme?

—Si no es así ¿por qué te preocupa tanto tu aspecto?—preguntó a su vez el psicólogo.

—A ti también te preocupará cuanto tengas mi edad.

Aquella respuesta provocó en Roberto una franca sonrisa que puso al descubierto su perfecta dentadura y acentuó el brillo de sus ojos color miel, y Gloria lo encontró más encantador que nunca.

—Sigues siendo una mujer muy atractiva, Gloria—confirmó el especialista inclinándose por encima de la mesa que les separaba para mirarla directamente a los ojos y dotar así de mayor fuerza a sus palabras, con la intención de infundirle confianza.

—Ya. Pero a ti no te intereso ¿verdad?—respondió ella con rapidez, incorporándose a su vez para aproximarse a él, en un tono que pretendía ser sutilmente coqueto pero que a ella misma le sonó excesivamente descarado.

Roberto, confundido, volvió a echarse hacía atrás en su asiento y compuso un gesto formal mientras buscaba en su mente las palabras más apropiadas para responder a aquella provocación sin ofender a Gloria. Ella imitó su gesto lamentando de inmediato su proceder.

—Mis apreciaciones personales no vienen al caso. Siempre he tratado de mantener una relación estrictamente profesional con mis pacientes—y dijo “pacientes”, no “clientes”, como solía—. Además, sabes que estoy felizmente casado y tengo una preciosa niña de tres años.

—Lo sé—dijo Gloria avergonzada—, lo siento. Soy una estúpida.

—No te preocupes—la tranquilizó Roberto sonriendo de nuevo—. Y no eres ninguna estúpida. Eres una mujer encantadora y muy inteligente. Pero estás en un momento difícil de tu vida: los años han pasado, tus hijos se han hecho mayores... es natural que te sientas un poco perdida.

—¿Y qué puedo hacer?—imploró Gloria.

—Tú misma tienes que encontrar el camino. Lo único que puedo decirte es que trates de disfrutar de esta etapa de tu vida, que también te puede reportar grandes satisfacciones, sin aferrarte al pasado. Hay muchas cosas buenas en ti, Gloria. Valórate por lo que eres y no por tu apariencia. Se tú misma.

Sin apenas apercibirse de ello, la mirada de Gloria, protegida tras sus gafas de sol, se había desplazado desde el mar hasta el cuerpo escultural de un muchacho de color que dormitaba cerca de ella, y se deleitaba con disimulo en su contemplación. El joven era una perfecta escultura de ébano esculpida sobre la arena: los músculos de sus brazos y piernas se dibujaban suavemente bajo la oscura piel que brillaba al sol por efecto de las múltiples y diminutas gotas de sudor que cubrían su cuerpo. Los ojos de Gloria recorrieron el vientre plano, el poderoso pecho, el recio cuello que culminaba en un rostro de bellas facciones y expresión apacible... Suspiró y volvió a posar la vista sobre el manso vaivén de las olas.

En alguna ocasión se le había pasado por la cabeza la idea de separarse de Diego, pero ni siquiera llegó a planteárselo seriamente. No podía concebir una vida diferente de la que tenía con él, con su familia, con todo lo que habían logrado construir juntos. Siempre había estado a su lado, desde que se conocieron en la Universidad y Gloria lo dejó todo para casarse con aquel joven estudiante de arquitectura que tenía un prometedor futuro. Eran la pareja más popular del campus: él, un chico de buena familia, guapo y seguro de si mismo; ella, la muchacha más atractiva y asediada de la facultad. Las familias de ambos se mostraron encantadas con la relación desde el primer momento y ninguno de los dos defraudó las expectativas puestas en ellos: Gloria jugó de buen grado un papel fundamental en la meteórica ascensión profesional de su marido comportándose siempre como la esposa perfecta, magnífica anfitriona y madre ejemplar; poniendo con su presencia y saber estar un toque de glamour en cualquier reunión y apoyando incondicionalmente a su esposo, al que era obvio que adoraba. Diego, por su parte, siempre atento y cariñoso con su mujer, era también el marido ideal. Al menos, lo fue durante algunos años; hasta que su trabajo empezó a absorberlo demasiado y Gloria tuvo que buscar remedio a su soledad zambulléndose de lleno en una ajetreada vida social repleta de artificio y culto a las apariencias.

—¿Has tomado alguna decisión?—le preguntó Roberto en la siguiente sesión, al verla mucho más animada.

—No sé que decirte...—respondió—estaba pensando que tal vez debería hacerme un lifting...

Roberto guardó silencio con el semblante serio, sin reírle la gracia tal como ella esperaba, y se sintió ridícula.

—No, en serio—agregó Gloria, algo corrida—Por el momento no voy a hacer nada. Quizá lo mejor sea no pensar más en ello y dejar las cosas como están.

—¿Crees que esa es la solución? ¿Ignorar el problema?

—¿Qué esperas que haga?—preguntó poniéndose a la defensiva— No voy a destruir una relación de treinta años por una tontería. ¿Qué diría la gente?

—¿Eso es lo único que te preocupa? ¿Lo que pueda decir la gente?

—Bueno...—se justificó—tenemos una posición social, una familia, relaciones de negocios, responsabilidades. No podemos empañar nuestra imagen pública con un escándalo. Por otra parte, ya no somos niños. Ya no tenemos la idea romántica del matrimonio que teníamos cuando nos casamos.

—¿Y qué pasa con el respeto que te debe tu marido, Gloria? Le has dedicado la mayor parte de tu vida, eres la madre de sus hijos. ¿Es que eso no significa nada? ¿Y el respeto que te debes a ti misma?

—Mi marido me respeta —replicó irguiéndose, ofendida—siempre lo ha hecho. Y me consta que me quiere...a su manera. Tú no lo entiendes porque eres muy joven todavía y llevas poco tiempo casado. Pero con los años te darás cuenta de que no es tan grave, no hay que hacer un drama de esto.

—De acuerdo. Si es así como lo ves...—aceptó el terapeuta, tras echar un discreto vistazo al reloj que tenía sobre la mesa y poniéndose en pie para dar por concluida la sesión —lo importante es que tú te sientas bien contigo misma.

Gloria lo imitó y se encaminó hacia la puerta seguida por él.

—¿Sabes?—dijo volviéndose antes de salir, con una sonrisa de satisfacción en los labios —todavía me miran los hombres por la calle y me echan piropos. Aún no estoy acabada.

Roberto hizo un breve gesto de impotencia mientras le sujetaba la puerta para que saliera.

—Me alegro por ti, Gloria. Me alegro por ti...

Un movimiento extraño detrás de ella la devolvió al presente. Cuando comprendió lo que estaba ocurriendo ya era demasiado tarde: un muchacho se le había aproximado por la espalda, y tras apoderarse de su bolso con un rápido movimiento, se alejaba corriendo por la playa a toda velocidad. Gloria se puso en pie de un salto, pero se quedó paralizada mirándole sin saber cómo reaccionar, ni siquiera fue capaz de gritar.

—¡No se preocupe, señora!—gritó el joven de color al que había estado observando antes, lanzándose en persecución del ladrón— ¡Yo le traeré su bolso!

Las formidables piernas del hombre se movían con una celeridad asombrosa detrás del ratero, mientras Gloria, perpleja, trataba de seguirles con la mirada bajo la hiriente luz del sol de medio día que la hacía lagrimear a pesar de sus gafas oscuras; hasta que vio cómo el ladrón, a punto de ser alcanzado, soltaba el bolso sin detener su desesperada carrera y el joven de color lo recogía, regresando junto a ella entre los aplausos de los bañistas que habían presenciado el incidente.

—Aquí tiene, señora—dijo el muchacho, jadeante, con una sonrisa de triunfo en los labios mientras le entregaba el bolso.

—Muchísimas gracias—respondió Gloria sonriendo a su vez —no sé cómo puedo pagarle por lo que ha hecho...

—No tiene importancia—el joven hablaba un perfecto español, aunque tenía un ligero acento extranjero.

En ese momento pasaba cerca de ellos un vendedor de refrescos con una nevera portátil ofreciendo su mercancía con voz monótona.

—¿Puedo invitarle a una bebida, por lo menos?—sugirió Gloria—para compensarle por el esfuerzo...

—De acuerdo—aceptó él esbozando una tímida sonrisa. Ella pensó que nunca en su vida había visto un negro tan guapo—pero sólo si me permite que me siente a su lado.

—Por supuesto—rió Gloria, coqueta, mientras hacía una seña al vendedor y el joven recogía sus pertenencias para tender su toalla junto a ella.

—Así nadie volverá a robarle...—agregó él sonriendo con picardía mientras se sentaba a su lado y abría la lata de refresco.

El muchacho le contó que procedía de Senegal y se llamaba Idrissa, que, según le explicó a Gloria, significaba “el inmortal” en senegalés. Había estudiado medicina en Francia donde vivía parte de su familia, pero al acabar sus estudios decidió regresar a su país de origen para ayudar a los suyos y se estableció como médico, durante un tiempo, en su pueblo nata. Sin embargo, las duras condiciones de vida y los graves disturbios que asolaban la región le impulsaron a regresar a Europa y quiso probar fortuna en España, donde no encontró mayores dificultades para entrar, puesto que poseía pasaporte francés. Con todo, las cosas no habían salido como él esperaba y malvivía en un piso compartido trabajando, esporádicamente, en lo que podía.

A Gloria le impresionó la historia de Idrissa y lo escuchaba embelesada. Cuando el calor del sol se hizo insoportable, le propuso que se sentaran a comer en la terraza de un restaurante cercano, pero el joven declinó su ofrecimiento educadamente aduciendo, algo avergonzado, que no tenía dinero para invitarla y no podía permitir que pagase ella. Gloria insistió, y cuando por fin consiguió convencerlo, pudo comprobar a través de su amena conversación, mientras ella degustaba una ligera ensalada y el senegalés un suculento entrecot, que Idrissa era ciertamente un hombre culto y refinado. Además de español, hablaba inglés y francés, y era un auténtico melómano, especialmente aficionado al jazz y a la música clásica, sin olvidar, por supuesto—puntualizó—, los ritmos africanos. A Gloria le parecía terriblemente injusto que un joven con sus cualidades no encontrara la oportunidad que se merecía, pero Idrissa no se lamentaba, al contrario, le encantaba Barcelona —dijo— y se mostraba alegre y optimista; confiando en que en un futuro no muy lejano, su suerte cambiaría.

—Estoy segura de que te irá bien—afirmó—te lo mereces.

—Gracias. Lástima que no seas directora de un hospital -respondió con ironía-o al menos empresaria...

Ambos rieron con complicidad. Gloria pidió la cuenta, y mientras pagaba, se hizo un embarazoso silencio entre ellos que Idrissa rompió de súbito:

—¡Tengo una idea!—dijo—Te invito a un té. Es lo menos que puedo hacer...

—Bueno, yo...tendría que regresar a casa...—se excusó Gloria.

—Venga, mujer, será sólo un momento. Me gusta mucho hablar contigo.

—De acuerdo—aceptó Gloria, halagada—pero sólo un rato ¿eh?

—¡Estupendo!—exclamó Idrissa poniéndose en pie y Gloria lo imitó— vivo muy cerca de aquí.

La tomó del brazo con decisión, pero Gloria se zafó suavemente y lo miró riendo con nerviosismo. Él, comprendiendo sus reservas, sonrió con despreocupación y trató de tranquilizarla.

—No tienes por qué inquietarte. La casa siempre está llena de gente —y componiendo un cómico gesto acompañado de una voz cavernosa como si pretendiera asustarla, agregó—: No soy un negro malo que seduce a bellas mujeres en la playa.

Gloria soltó una carcajada y se dejó llevar a través de las soleadas calles del Poblenou hasta un pequeño portal. Subieron al último piso por una estrecha y desvencijada escalera e Idrissa introdujo una llave en la única puerta existente. Del interior escapaba una estridente música que se hizo ensordecedora cuando la puerta se abrió. El joven entró y la invitó a hacer lo mismo con un gesto. A Gloria le tranquilizó comprobar que Idrissa no le había mentido: en la casa había otros dos hombres de color sentados en el suelo sobre un colchón cubierto de cojines que parecía hacer las veces de sofá. Idrissa les saludó y Gloria hizo lo mismo con un tímido movimiento de cabeza.

—Ponte cómoda—dijo él—voy a preparar el té.

Los dos jóvenes sonrieron, invitándola, por medio de señas, a acomodarse junto a ellos en tanto que Idrissa preparaba el té en un rincón de la habitación en el que había una pequeña cocina de camping gas y varios utensilios y alimentos apilados desordenadamente. Mientras Idrissa y sus compañeros conversaban elevando la voz por encima de la música en un idioma que Gloria no comprendía, ella examinaba la habitación sorprendida de que pudiera haber personas que vivieran en semejantes condiciones: aquella parecía ser la única habitación de la casa, sólo un pequeño biombo ocultaba a medias la ducha y el retrete; en el exiguo balcón, se secaban al sol varias prendas de ropa atadas con nudos a una burda cuerda.

Idrissa apagó la música—cosa que los tímpanos de Gloria agradecieron— y se unió al grupo portando una bandeja con una taza de té para cada uno. Se sentó junto a ella y todos se pusieron a charlar animadamente en español, aunque resultaba obvio que para los amigos de Idrissa suponía un enorme esfuerzo. Al poco rato, éstos se pusieron en pie y se despidieron.

—Tienen que ir a trabajar—explicó Idrissa.

Cuando se quedaron solos, el joven se levantó para poner un CD y recoger las tazas, mientras una sensual melodía de jazz inundaba la habitación. Regresó al lado de Gloria y se sentó muy cerca de ella, rozando su pierna con la de él y sonriendo de forma inequívocamente seductora.

—Eres muy guapa...—le susurró, quemándola con su aliento.

Gloria sintió el calor del formidable cuerpo del hombre pegado al suyo y sonrió con timidez. Sin querer detenerse a pensar, se dejó envolver por las dulces palabras que el senegalés le susurraba al oído rozándola con sus labios y produciéndole un cosquilleo que le erizaba el vello y la hacía reír. Tampoco opuso resistencia cuando sus poderosos brazos la rodearon, y sus grandes manos, como brasas encendidas, se deslizaron por su espalda, mientras su boca, sensual y carnosa, resbalaba por su cuello y buscaba la de ella como si quisiera devorarla, y descendía lentamente hasta sus pechos, y la recorría palmo a palmo, descubriendo y explorando toda su anatomía como si quisiera grabarla en su memoria, como si pretendiera dejar su huella impresa en su piel, en una lenta e interminable caricia que electrizaba el cuerpo de Gloria y le provocaba descargas de placer. Se entregó a aquel desconocido con regocijo, sin el menor asomo de culpa, y descubrió entre sus brazos sensaciones nuevas jamás imaginadas, y recuperó otras antiguas, olvidadas mucho tiempo atrás.