III

Elena se encontraba en el aeropuerto del Prat aguardando que anunciaran la salida de su vuelo para Menorca. Viajaba sola. Estaría ausente un par de días con la única finalidad de huir de la verbena de San Juan que llevaba semanas anunciándose mediante petardos aislados en los parques y las calles de la ciudad. Odiaba aquel tipo de celebraciones, el divertimento forzoso en fechas determinadas como si se hubiera establecido por decreto. Lo mismo le ocurría con las navidades y las fiestas de fin de año. Por poco que pudiera, también se escapaba en esas fechas. Mientras volaba hacia la isla, no pudo por menos que recordar una de aquellas verbenas que le quedó vivamente grabada en la memoria hasta en sus más mínimos detalles:

Ocurrió varios años atrás. Aquella mañana, después de la verbena de San Juan, aparcó el automóvil frente a su casa y exhaló un hondo suspiro antes de decidirse a recoger su bolsa de viaje y el resto de sus pertenencias, arrojadas a toda prisa en el asiento trasero. Había hecho todo el camino de regreso desde la casa de su hermana en tensión, agarrando el volante como si quisiera arrancarlo de su lugar, pisando el acelerador con rabia contenida; revuelto el pensamiento y la sangre hirviendo en sus venas de indignación. Ya en su mundo, en el entorno que conocía, que le era familiar y en el que se sentía segura, sus músculos se relajaron. Se volvió desde su asiento y se dispuso a guardar sus cosas en la bolsa con una lentitud inusual en ella, con la mente ocupada en recobrar el sosiego, en comprender lo ocurrido en casa de su hermana Irene y analizar sus propios sentimientos al respecto.

De alguna manera se sentía liberada: la farsa había terminado. Siempre supo que aquello tenía que ocurrir algún día. Hacía mucho tiempo, años, que la relación entre Irene y ella se mantenía en un delicado equilibrio. Sólo la firme voluntad de ambas —si no de entenderse, al menos de tolerarse—, había logrado salvaguardar el invisible lazo de sangre que las unía; frágil y quebradizo tras tanto tensarlo, mil veces roto y recompuesto mil veces más a lo largo de los años; y que, pese a todo, ambas trataban de preservar evitando cualquier conflicto o enfrentamiento. Sin embargo, en aquella ocasión, Elena tenía la absoluta certeza de que la ruptura era definitiva. Por esa razón no podía evitar que una cierta tristeza se colara, subrepticiamente, entre el maremágnum de sentimientos encontrados que se agitaban en su interior. Irene era su única familia ¿por qué le resultaba tan difícil conservar una relación? Ni siquiera con su propia hermana había sido capaz de lograrlo. Tal vez fuera porque nunca aprendió a entregarse sin reservas a los afectos; porque en su familia los besos y los abrazos eran un bien escaso y parecían impúdicas las demostraciones de amor. Tal vez porque su madre era una mujer distante y reservada que no mostraba —ni permitía que nadie lo hiciera—, sus sentimientos en público, ni tan solo en el íntimo reducto familiar.

No conoció a su padre. Su madre le había dicho siempre que murió a causa de un accidente al poco tiempo de nacer ella y por esa razón no lo recordaba. Nunca quiso darle más detalles, no le gustaba hablar de aquel asunto y Elena no insistía, porque si lo hacía, su madre se ponía nerviosa y de mal humor, y al final ella acababa recibiendo alguna bofetada por cualquier nimiedad de la que ni siquiera se había apercibido. Pero Elena nunca la creyó. Si interrogaba a su hermana Irene tampoco ésta era capaz de confírmale la existencia de aquel misterioso padre —pese a que era cinco años mayor que ella y forzosamente tendría que recordarlo—, alegaba que durante un largo período de tiempo la mandaron a vivir con su abuela, y cuando regresó a casa, Elena ya estaba allí. Si algo tenían claro las dos hermanas era que no habían tenido el mismo progenitor, tal y como les confirmó su propia madre en una de aquellas raras ocasiones en las que les hacía alguna confidencia relacionada con la familia. Al parecer, también el padre de Irene había fallecido prematuramente, y la infortunada viuda volvió a casarse sin conseguir que su suerte cambiara con su segundo marido.

De todas aquellas peregrinas historias de muerte y cúmulo de desgracias, lo único cierto para Elena era que su madre había sido una mujer desdichada a la que la vida no había tratado bien, y resultaba fácil suponer que en la época en la que le tocó vivir, debió ser muy duro para ella sacar adelante a sus dos hijas sola, sin tener a un hombre a su lado y expuesta a la maledicencia y las habladurías de la gente. Por eso, cuando tuvo edad suficiente para comprenderlo, le perdonó su carácter áspero y esquivo y jamás le confesó lo que pensaba. Aprendió, no obstante, que debía ser fuerte; y por consiguiente, no lloró cuando acudió a su entierro. Por más que hurgó en su interior, no fue capaz de encontrarse las lágrimas. De todos modos, su madre no habría aprobado que llorara.

Caminó el corto trecho que la separaba de su portal por la calle desierta en aquella mañana de resaca, después de una larga noche en la que los restos de petardos y algunas botellas vacías evidenciaban la algarabía que habrían tenido que soportar sus vecinos durante su ausencia. Con la bolsa colgada del hombro abrió la puerta de su apartamento deteniéndose por un instante a contemplarlo desde el umbral antes de entrar, como si lo viera por primera vez, y de inmediato, la invadió una sensación de bienestar, de honda satisfacción. Le gustaba su casa. A Irene también le gustaba.

—¡Qué suerte tienes...!—le decía cada vez que iba a visitarla, en un tono desenfadado que no ocultaba, sin embargo, cierto poso de envidia—poder vivir aquí sola...tú si que te lo has sabido montar bien.

Y Elena tenía que morderse la lengua para no responderle por enésima vez:

—Tú podrías hacer lo mismo, si quisieras...

—Sí—replicaría Irene con una sonrisa amarga—Tú lo ves todo muy fácil, siempre has tenido mucha suerte.

Era la frase favorita de Irene en todo lo referente a su hermana pequeña. A Elena le molestaba enormemente; le parecía que con aquella repetitiva expresión trataba de desvalorizar, de una manera consciente y expresa, cualquier logro, cualquier esfuerzo, como si nada de lo que ella hiciera tuviera ningún valor. A lo largo de toda su vida, cada paso adelante que había dado Elena, cada éxito, había sido para su hermana, invariablemente, una consecuencia de su buena suerte, sin tener en cuenta los años de estudio, de dedicación, de sacrificio, de lucha por conseguir alcanzar sus metas.

No siempre había sido así. Irene, al ser mayor que Elena, la había convertido en su juguete favorito desde que ésta nació. De niñas era su muñequita; cuidaba de ella, la mimaba, la protegía, le enseñaba todo cuanto sabía y Elena la idolatraba. Más que su hermana mayor era como una segunda madre para ella, su confidente, su mejor amiga. Elena gozó de una infancia feliz y confiada bajo su sombra protectora y recibió de ella todo el afecto que le escamoteaba su madre, pero, a medida que fueron creciendo y Elena fue ganando autonomía, la distancia entre ambas se hacía cada vez mayor.

Si Elena se reveló pronto como una buena estudiante y disfrutaba aprendiendo, a Irene, en cambio, le costó acabar los estudios elementales y colgó los libros en cuanto pudo. Sus aspiraciones se limitaban a encontrar un buen novio, casarse y tener un hogar feliz lleno de niños, a la manera de las familiares comedias americanas que devoraba a través de la televisión. Y en tanto llegaba el hombre de sus sueños entretenía la espera trabajando de dependienta en una pequeña tienda de modas del barrio, ya que entendía, que el lugar de la mujer estaba en el hogar cuidando de su marido y de sus hijos, lo cual, enervaba a Elena, que se rebelaba contra un destino predeterminado por la tradición y las costumbres.

Elena, por su parte, que tenía, según su hermana, la suerte de valer para estudiar, siguió adelante con su formación académica y se matriculó en la universidad, compaginándola, durante toda la carrera, con ocasionales trabajos de media jornada que le dejaran el suficiente tiempo libre para dedicarse a sus estudios, no pudiendo evitar por ello que su madre y su hermana le reprocharan constantemente no aportar lo bastante a la economía familiar y perder demasiado tiempo con los libros.

Fue durante esa época cuando se hizo patente el distanciamiento entre las dos hermanas. A Irene le gustaba ir a bailar con frecuencia —la discoteca era una buena cantera de posibles futuros maridos— y encontrarse con sus amigos después del trabajo en un bar próximo a su casa; e insistía en que Elena la acompañara, pero ésta se aburría en aquel ambiente y prefería ocupar su tiempo estudiando o leyendo un buen libro, o compartirlo con sus compañeros de facultad, con los que se sentía más identificada. A Irene le disgustaba la actitud de su hermana y la tachaba de soberbia, de creerse superior a ella y sus amigos porque iba a la universidad, y le advertía que si seguía actuando de aquel modo jamás iba a encontrar un novio y no conseguiría casarse, cosa que a Elena, ya por aquel entonces, le tenía absolutamente sin cuidado.

Irene empezó a salir con un chico y a fantasear con la idea de formar un hogar idílico, decorado con muebles de formica y permanentemente impregnado de olor a colonia Nenuco y papillas infantiles. Sin embargo, el joven pretendiente, tal vez asustado por el apremio de su novia, de un día para otro la dejó plantada y desapareció. Pero Irene, sin apenas haberse enjugado las lágrimas por el desengaño sufrido, se comprometió enseguida con otro muchacho y a los pocos meses se casaron, dejando pasmada a Elena y a toda su familia, así como a sus propios amigos.

Elena se graduó en la universidad en la carrera de Periodismo. Desde niña había deseado convertirse en una abanderada de las causas perdidas, hacer oír su voz en nombre de los más oprimidos y denunciar las injusticias y los abusos de poder. Tuvo que trabajar duro para lograr hacerse un hueco en una profesión en la que, por aquel entonces, las mujeres ocupaban generalmente puestos como secretarias, asistentes, o, a lo sumo, como articulistas en revistas femeninas o de sociedad. Pero ella aspiraba a mucho más: quería viajar por el mundo y hacer grandes reportajes, escribir sobre los temas de más candente actualidad, estar siempre en el ojo del huracán, a la caza de la noticia. Quería trabajar en un medio serio, quería llegar a lo más alto; por lo que se vio obligada a redoblar sus esfuerzos para demostrar su valía y ganarse el respeto de sus colegas masculinos y la confianza de sus superiores. Y siendo muy joven todavía, llegó a ser redactora jefe en una revista especializada en investigación y denuncia social. Fueron años de absoluta dedicación en los que su vida personal quedó relegada a un segundo plano, pero a Elena no le importaba; consiguió lo que quería y alcanzó prestigio profesional, además de una buena posición social y económica. Para entonces, ya no tenía vida privada. Su trabajo se había convertido en su principal fuente de satisfacción y en el motor de su existencia; a través de él, cubría sobradamente sus necesidades de comunicación y de relación con otras personas, incluso, en ocasiones— ¿por qué no?— de manera íntima. Su profesión le permitía, asimismo, viajar con frecuencia a cualquier rincón del mundo, como siempre había deseado, y vivir experiencias que nunca habría podido disfrutar —o sufrir— si hubiese elegido otra forma de vida. Además —aunque eso sólo se lo había confesado a Laura—, le encantaba medirse constantemente con hombres en términos de igualdad, y, en muchos casos, acabar doblegándolos.

Mientras, los sueños de Irene se desmoronaban ahogados en la cotidianeidad y el hastío de su humilde hogar, como madre de dos niñas malcriadas que exigían constantemente su atención, y esposa de un hombre gris y anodino que parecía haberse convertido en parte del mobiliario. Cuando Elena iba a casa de su hermana, a veces olvidaba que él estaba presente; vivía tumbado permanentemente en el sofá y absorto con todo cuanto aparecía en la pequeña pantalla, incluidos los anuncios. Y Elena sufría un sobresalto cuando Manuel daba señales de vida profiriendo un alarido de entusiasmo o decepción, en función del comportamiento de su equipo favorito de fútbol en el partido que estaba viendo.

Elena, en una ocasión en que fue a visitar a su hermana, y percibiendo con preocupación el estado de ánimo en que se encontraba, cada vez más melancólico, la animó a que se buscara un trabajo.

—Ahora que las niñas ya son mayores y no te necesitan tanto—le dijo—te iría bien. Te distraerías y podrías ganar tu propio dinero.

—¿Y en que quieres que trabaje?—replicó Irene—me he quedado atrás, no tengo preparación ni estudios.

—Hay cursos de formación...—arguyó Elena.

—No tengo dinero.

—Los hay gratuitos.

—Para ti todo es muy fácil—le espetó Irene, irritada—tú siempre has tenido mucha suerte.

Y Elena no insistió. Quizás Irene tuviera razón, se dijo, ella tenía mucha suerte; la suerte de ser decidida, tenaz y disciplinada, de ser capaz de perseguir sus sueños sin rendirse hasta conseguir hacerlos realidad, de creer firmemente que la suerte aguardaba agazapada en cualquier esquina y había que salir a buscarla cada día, aferrarse a ella con fuerza y no bajar nunca la guardia para que no pudiera escapar.

Irene vivía con su marido y sus hijas en un pequeño pueblo cercano a Barcelona que se convirtió, durante años, en el refugio favorito de Elena cuando, agobiada por los estudios, el trabajo o el ajetreo de la ciudad, se tomaba unos días de descanso y se permitía el lujo de no hacer nada —ya que no había nada que hacer allí— más que leer junto a la chimenea y pasear por aquellos bosques solitarios y silenciosos entre imponentes montañas. Sin embargo, con el tiempo, sus visitas se fueron haciendo cada vez más esporádicas hasta acabar por limitarse a determinadas fechas señaladas, dado el ambiente enrarecido de la casa y el cambio operado en el carácter de su hermana que se mostraba cada día más irritable y tensa, y no tenía ningún reparo en expresar, bien a las claras, que estaba harta de su marido y de sus insoportables hijas adolescentes, lo que incomodaba a Elena, testigo involuntario de sus quejas y de las frecuentes discusiones familiares. Por otra parte, Irene, tampoco se molestaba en disimular una cierta animadversión y una creciente agresividad hacia su propia hermana.

Pese a todo, aquel año, después de un largo periodo sin verse, aunque hablaban con frecuencia por teléfono, Elena decidió ir a pasar con su familia la verbena de San Juan. No le apetecía permanecer en la ciudad y verse obligada a participar, quisiera o no, de la noche más corta del año, del bullicio de la fiesta, del absurdo divertimento de los incesantes y estruendosos petardos, que, al parecer, era a lo que había quedado reducida aquella celebración. Recordaba con nostalgia las verbenas de su niñez, el excitante burbujeo del champán bajo su nariz —entonces se llamaba champán, y no cava— cuando le permitían tomar un sorbito; y la voz de Joan Manel Serrat cantando Aquellas pequeñas cosas en el tocadiscos que habían instalado en la calle para que todos los vecinos bailaran y disfrutaran de la fiesta.

El pueblo en el que vivía Irene conservaba, de alguna manera, aquel sabor de las verbenas de antaño. En la plaza principal, frente a la iglesia, se colocaban cada año varias hileras de mesas y sillas y todos los vecinos aportaban diversos manjares entre los que no faltaban la sangría y el buen vino, además de la tradicional coca de piñones o de frutas, a las que con el tiempo se fueron incorporando las nuevas variedades que iban apareciendo en el mercado. La música y las risas, la alegría y el desenfado animaban la celebración y las conversaciones, que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.

Aquella noche, Irene se mostraba muy excitada, exultante. No había cesado de hablar y de reír, ni de soltar puyas contra su marido, que todos, incluso él mismo, celebraban como divertidas ocurrencias mientras el vino corría generoso de mesa en mesa. Avanzada la noche, y quizás harto de ser el blanco de todas las bromas, Manuel se excusó y decidió retirarse. Pero no por ello su esposa dejó de encarnizarse con él; era como si no pudiera parar, como si tuviera la necesidad de vomitar todo el desprecio que sentía por aquel hombre. Elena se dio cuenta de que los comentarios de su hermana empezaban a rallar el mal gusto y que sus convecinos, incapaces ya de reírle las gracias, trataban de cambiar de conversación, y al no lograrlo, se desentendían de ella ostensiblemente.

Cuando Elena logró por fin convencerla de que regresaran a casa, y tan solo cruzar el umbral de la puerta, el ánimo de Irene sufrió una repentina transformación: la euforia se trocó en llanto, y sus jocosos comentarios, en imparables lamentos que se prolongaron casi hasta el amanecer. Elena, con el juicio ligeramente embotado a causa del alcohol, hizo ímprobos esfuerzos por escuchar a su hermana con atención y mostrarse comprensiva. Hasta que, exhaustas y vacilantes las dos, se retiraron a sus respectivas habitaciones cuando ya el sol, inclemente, derramaba sus primeros rayos sobre las colinas.

Elena dio vueltas en la cama durante horas tratando inútilmente de conciliar el sueño. La cabeza le estallaba, y un terrible malestar oprimía su pecho. Por lo que en cuando oyó a Irene trasteando en la cocina, decidió levantarse. Una ducha y un buen desayuno le sentarían bien.

Poco más tarde, las dos hermanas se encontraban en el comedor frente a sendas tazas de humeante café. La resaca les estaba pasando factura y la imparable verborrea de Irene de la noche anterior, había dado paso a un obstinado silencio que, pese a resultar embarazoso para Elena, no se sentía con ánimos de atajar. Aun así, Irene trataba de dar un aire de normalidad a la situación, como si no hubiera ocurrido nada de particular y prefiriera que su hermana olvidara aquel momento de debilidad que, era obvio, lamentaba haber mostrado horas antes. A Elena le dolía la cabeza, pero no podía apartar de su mente las desesperadas revelaciones que le había hecho Irene de madrugada; los duros reproches contra su marido, el resentimiento que albergaba contra él y que envenenaba su alma y se manifestaba en su vida cotidiana, en una excesiva dureza contra todo y contra todos. Tenía la sensación de que su hermana estaba al límite, completamente hundida.

—¿Por qué no le dejas de una vez?—dijo sin poder contenerse.

—¿A quién?—preguntó Irene, sorprendida.

—A Manuel...— Elena lamentó de inmediato haber iniciado aquella conversación.

—¿Te has vuelto loca?—replicó Irene, indignada— las cosas no son tan fáciles. No se puede uno deshacer de una familia como de un traje pasado de moda.

—Pero es evidente que no le quieres. No le soportas. Se te nota que no puedes más con la vida que llevas. Yo te ayudaría en todo lo que pudiera. —insistió Elena, a su pesar, consciente de que no había elegido el mejor momento para plantear aquella conversación, pero ya no podía dar marcha atrás.

—Te crees muy lista ¿verdad?—estalló Irene. Y fue como si una chispa hubiera prendido en un cargamento de pólvora— ¿Qué sabes tú de mí, de mis sentimientos? Siempre te has creído superior a los demás, a mí, a mi familia, a la gente de este pueblo. Nos miras a todos por encima del hombro porque vives en un apartamento de lujo en la ciudad y tienes estudios. Pero no eres mejor que nosotros. ¿Qué crees que has conseguido tú? ¿Crees que tu vida es mejor que la mía? Ni siquiera has sido capaz de formar una familia. En realidad, eres una fracasada: estás completamente sola.

Irene se había puesto en pie con súbita violencia y le gritaba a su hermana a la cara, fuera de sí.

—Mírate...—replicó Elena dolida por las palabras de su hermana y sorprendida por su desmedida reacción. Era como si Irene hubiera estado conteniendo durante todos aquellos años sus sentimientos de hostilidad contra ella y estallaran de golpe—Estás llena de odio. Me odias a mí, odias a todos cuantos te rodean, te odias a ti misma porque no soportas tu propia vida y no eres capaz de cambiarla. Eres cruel y malvada con todo el mundo. ¡Estás amargada!

—¡Tú si que estas amargada!—gritó Irene—Y vienes aquí con tus aires de sabelotodo a decirnos cómo debemos vivir nuestra vida. ¿Quién te ha pedido tu opinión? Mejor sería que te ocuparas de ti misma, ¡que buena falta te hace!

Elena se levantó bruscamente de la silla. Los gritos de ambas habían despertado la alarma de Manuel y sus dos hijas que presenciaban atónitos la discusión junto a la puerta del comedor. Elena no alcanzaba a comprender cómo un simple comentario con el que sólo había tratado de ayudar a su hermana mostrándole su solidaridad y su compresión, había degenerado en aquella desaforada pelea.

—No te preocupes—declaró mordiendo las palabras, ofendida—puedes estar segura de que no volveré a inmiscuirme en tu vida. De hecho, no pienso volver a pisar esta casa. Me voy.

Se encaminó hacia su habitación dispuesta a recoger sus cosas y marcharse mientras la voz despechada de Irene seguía tronando a sus espaldas.

—¡Si te vas es porque quieres! ¡Nadie te ha echado! ¡Siempre has sido bienvenida a mi casa!

Elena no respondió. Cerró violentamente la puerta de la habitación en tanto que Irene se daba la vuelta y, abriéndose paso de un manotazo entre su marido y sus hijas, salía del comedor. Un espeso silencio se extendió por toda la casa mientras Elena recogía sus pertenencias a toda prisa y las lanzaba dentro de la bolsa de viaje de cualquier manera, de modo que tuvo que salir de la alcoba con algunas prendas que no le habían cabido colgadas del brazo y la bolsa sin cerrar, pero en aquellos momentos, lo único que deseaba era irse cuanto antes. Sus sobrinas, sentadas en el sofá del salón, muy quietas y calladas, la observaban con reprobación. En cambio Manuel, que fumaba un cigarrillo, de pie junto a la chimenea, le dirigió una comprensiva mirada desde un rostro que expresaba una infinita tristeza. Elena lo besó en la mejilla y él la abrazó en silencio. Después, ella salió de la casa y levantó la vista a la ventana de la cocina antes de meterse en el coche: los ojos de Irene, cargados de rencor, permanecerían vivos en su memoria durante mucho tiempo.

Desde entonces, cuando se aproximaba la verbena de San Juan, Elena calculaba mentalmente el tiempo que llevaban sin verse: un año, dos años, tres años... hasta que acabó por perder la cuenta. En ocasiones estuvo tentada de llamarla, pero nunca se decidió a hacerlo ¿Para qué? Jamás podrían entenderse. Irene, por su parte, tampoco trató de ponerse en contacto con ella, y Elena no se lo reprochaba, en realidad, casi lo agradecía; aquel lazo invisible que las unió no admitía más nudos, no valía la pena seguir intentándolo. Era preferible aceptar la realidad y que cada una viviera su vida de la forma que mejor entendiera.

Pasó tres días en la isla de Menorca en un apartado y confortable hotel, disfrutando del mar y de largos paseos al atardecer por los alrededores, como si de un retiro espiritual se tratara; y regresó a casa y al trabajo reconfortada y en paz consigo misma. Aquellas escapadas, de vez en cuando, eran cuanto necesitaba para sentirse feliz y plena de energía.