VII
Ni siquiera la caída de la tarde aliviaba el calor sofocante y pegajoso de aquel tórrido mes de julio. Laura se asomó al balcón persiguiendo una brizna de aire que no logró atrapar. Se sentía abatida. Tal vez fuera a consecuencia del propio calor que consumía toda su energía y la dejaba exhausta, sin fuerzas; o quizás la causa fuese la ausencia de Marta que se encontraba de vacaciones con su padre y la esposa de éste, lo que, invariablemente, magnificaba su propia soledad, a la que, en aquella ocasión no tenía siquiera la posibilidad de engañar con mil pequeñas tareas, puesto que ella misma estaba de vacaciones y no había mucho que hacer en Barcelona en plena canícula, salvo que fueras un avezado turista dispuesto a desafiar las altas temperaturas y la humedad extrema, corriendo en pos de la mejor fotografía junto a los múltiples edificios modernistas y los emblemáticos monumentos que salpicaban la ciudad.
Suspiró y tomó un largo trago del vaso de té helado que sostenía en la mano. Sus ojos se posaron en dos mujeres de mediana edad—bueno, probablemente de una edad similar a la suya, se rectificó a sí misma con una sonrisa benévola: una siempre se percibe más joven y mejor conservada que las demás— que caminaban por la acera de enfrente muy acicaladas, charlando animadamente, y entraban en la sala de fiestas que se encontraba justo frente a su portal. Se trataba del “Bolero”, un salón de baile al que solía acudir un público maduro intentando tal vez atrapar el último tren que la vida pudiera poner a su alcance, o, cuando menos, dispuesto a distraer su soledad aunque sólo fuese por unas horas. Sonrió con tristeza y sintió una ligera punzada de envidia pensando en aquellas dos mujeres. Ojalá ella tuviera su misma presencia de ánimo y fuese capaz de ponerse sus mejores galas y sumergirse en aquel ambiente decadente y festivo con despreocupación, dispuesta también a dispensarse a sí misma alguna oportunidad de divertirse y dar de ese modo un poco de color a su monótona existencia. Pero ella no era así, ya se lo decía Elena:
—Te tomas la vida demasiado en serio, Laura, y no vale la pena. ¡Desmelénate un poco! ¿Qué puede pasar? Marta ya es mayor, ya no te necesita, pronto te resultará difícil escudarte en ella para evitar enfrentarte a tu propia vida.
Elena estaba convencida de que Laura seguía enamorada de Javier. Pese a que llevaban más de diez años separados, pese a que él se había vuelto a casar con otra. Decía que Laura buscaba a Javier en cada hombre que se acercaba a ella, que sólo se sentía atraída por los que, de alguna manera, se parecían a él, aunque fuese remotamente, y siempre acababa rechazándolos decepcionada porque, en realidad, ninguno de ellos era Javier.
Estaba a punto de rebatir a Elena mentalmente cuando el sonido del teléfono la sacó de su abstracción.
—¡Hola!—saludó Elena a través del auricular.
—¡Hola! ¡No te lo vas a creer!—exclamó Laura—en este preciso instante estaba pensando en ti.
—Eso se lo dirás a todos—bromeó Elena, y ambas rieron— ¿Qué haces?
—Nada. Compadecerme de mí misma mientras me tomo un té helado en el balcón.
—¡Qué bien! Es un magnifico plan para una tarde de verano —replicó Elena con ironía—Oye, estoy cerca de tu casa. Arréglate un poco y nos tomamos una copa en el “Bolero”.
—Elena, ya sabes que no me gusta nada ese sitio.
—¡Venga, mujer! Nos reiremos un rato. Al menos se estará fresquito...
—Está bien—concedió Laura, a sabiendas de que Elena no aceptaría un no por respuesta—pero sólo el tiempo de tomarnos una copa.
—De acuerdo. Te llamo cuando llegue a tu casa para que bajes. ¡Hasta ahora!—y colgó como solía hacer: sin esperar respuesta.
—Hasta ahora—respondió Laura, resignada, al ya mudo aparato.
Apenas franquearon los rojos y pesados cortinajes adamascados que daban acceso a la sala, Laura se arrepintió de haberse dejado convencer. Aquel lugar le parecía deprimente. La mayor parte de las mesas estaban ocupadas por grupos de mujeres alejadas ya de la juventud pero aferradas a ella con uñas y dientes. Maquilladas, profusamente enjoyadas y luciendo colores chillones en sus vestidos como si trataran de compensar con ello el esplendor perdido, desplegadas sus armas de seducción a la espera de que alguno de los escasos hombres que pululaban por la sala se sintiera atraído por alguna de ellas.
Ellos, los hombres, altaneros como gallos en un corral de gallinas, conscientes de su valor por la escasez de la especie que representaban, deambulaban por el local observando, sopesando, escogiendo...Otros, hacían lo propio desde la barra, apoyándose en ella con estudiado gesto y una copa en la mano.
Encontraron sitio en una mesa en la que ya había dos mujeres sentadas que las examinaron de arriba abajo sin el menor disimulo, calibrando la competencia con expresión hostil. Laura se sentía avergonzada por encontrarse allí, por formar parte de aquel patético circo. En cambio Elena parecía divertida, pidió un par de gin-tonics al camarero y trató de arrastrar a Laura a la pista de baile.
—Prefiero tomar antes un par de tragos...—se excusó ésta.
Elena saltó a la pista y Laura aguardó el regreso del camarero con impaciencia, confiando en que el alcohol diluyera en parte sus reservas y la ayudara a relajarse un poco; además de mantenerla ocupada sorbiendo de vez en cuando mientras miraba distraídamente a su alrededor. Trató de concentrarse en la anticuada orquesta uniformada con pantalones blancos y chaqueta malva que interpretaba en directo música de los setenta, al frente de la cual se encontraba una despechugada y minifaldera morena con más curvas que voz. Buscó a su amiga con la mirada mientras el camarero dejaba las copas sobre la mesa y sonrió: Elena bailaba junto a un apuesto joven que de tanto en tanto se aproximaba a ella y le decía al oído algo que debía ser sumamente divertido, a juzgar por las carcajadas que le provocaba.
—¿Estás sola?—preguntó alguien sobre su cabeza.
“Una entrada muy original...”, se dijo Laura a sí misma sin decidirse a apartar la vista de su copa.
—No—respondió, cortante, al abultado vientre que quedaba a la altura de sus ojos—estoy con una amiga.
—¡Ah, bueno!—dijo el vientre descendiendo hasta acomodarse en el sofá junto a ella sin solicitar su permiso. Laura tomó un trago de gin-tonic intentando reprimir sus deseos de salir corriendo.
—¿Cómo te llamas? ¿Vienes mucho por aquí?—preguntó el tipo arrellanándose en el sofá y dispuesto, al parecer, a agotar todo su repertorio de frases tópicas.
Laura suspiró y miró al hombre tratando de esbozar una educada sonrisa mientras buscaba en su cerebro alguna frase, no demasiado desagradable pero sí lo bastante contundente, como para dejar claro a aquel individuo de desfasado tupé que no deseaba su compañía.
—Eres muy guapa—continuó el tipo ante el mutismo de ella—y muy joven, para lo que circula por aquí. Me he fijado en ti desde que has entrado. Me he dicho: ¡Hombre, Manolo! ¡Material nuevo!
Ella sintió que la sangre se le subía a la cabeza de indignación ante las palabras, supuestamente halagadoras, de aquel patán. Y, lamentándolo mucho por Elena, decidió que no aguantaba ni un minuto más en aquel lugar.
—¡Hola, cariño! Te estaba buscando—dijo de pronto otro hombre, abalanzándose sobre ella y besándola en la mejilla al tiempo que tiraba de su mano forzándola a ponerse en pie— ¿Vamos a la barra? Acabo de pedir una copa. Disculpe—añadió dirigiéndose cortésmente al del tupé.
Laura se encontró de repente junto a la barra interrogando con una sorprendida mirada al desconocido que la había arrastrado hasta allí. Él sonrió, tenía una bonita sonrisa.
—Me pareció que necesitabas ayuda—explicó dirigiendo un elocuente gesto hacia el pelmazo que la había estado importunando mientras éste los observaba a su vez con la decepción pintada en su cara.
—Sí—admitió Laura con una sonrisa—la verdad es que no sabía cómo deshacerme de él.
—Te he estado observando. No pareces sentirte muy cómoda en este lugar.
—Es cierto. Esto parece una feria de ganado...
Él rió abiertamente ante el comentario de Laura. Su risa era franca, espontánea. Era un hombre atractivo y lo sabía. Laura le calculó unos cincuenta y cinco años muy bien llevados. Lucía un cabello cano y abundante, vestía un traje veraniego oscuro y sin corbata, y llevaba el primer botón de la camisa desabrochado. Olía muy bien. Laura se sintió de inmediato a gusto a su lado, como si lo conociera desde siempre.
—A mí tampoco me gusta mucho esto, pero cualquier sitio es bueno para desconectar un rato y tomarse una copa antes de volver a casa. Y de paso, librarse del calor insoportable que está haciendo fuera...—comentó el hombre.
Ella asintió con una sonrisa ante la imposibilidad de que se le ocurriera nada ingenioso que responder. Nunca sabía muy bien cómo actuar ni qué decir en situaciones como aquella. Buscó a Elena con la mirada y ésta la saludó con la mano desde la pista haciéndole un guiño de aprobación. Laura le respondió con un leve cabeceo.
—¿Quieres que nos vayamos?—dijo él de pronto, con absoluta naturalidad - Te invito a cenar.
La había cogido desprevenida y no supo qué contestar. No le parecía correcto aceptar la invitación de un completo desconocido, pero tampoco encontraba las palabras adecuadas para negarse sin parecer descortés. Lo cierto era que estaba deseando salir de allí y aquel hombre le gustaba.
—Soy de fiar—añadió él con una sonrisa encantadora. Y cuando sonreía, se le formaban unos deliciosos hoyuelos en las mejillas—podemos ir adonde tú quieras, tú mandas.
—Es que estoy con una amiga...—acertó a decir.
—Pues que venga también tu amiga—respondió de inmediato.
Había en él una espontaneidad, una inocencia casi infantil, que descartaba cualquier viso de malicia. Y que invitara también a Elena le pareció una prueba irrefutable de su buena voluntad.
—De acuerdo—dijo—, voy a hablar con ella.
Laura se abrió paso como pudo a través de la pista de baile hasta lograr acercarse a Elena que seguía acompañada del atractivo joven, y no sin cierta dificultad para entenderse a causa del elevado volumen de la música, intercambiaron algunas frases aproximándose la una al oído de la otra. Finalmente, se dieron un par de besos en la mejilla y Laura regresó a la barra.
—Dice que prefiere quedarse un rato más y luego irse a casa. Tiene que madrugar mañana—explicó, algo cohibida.
—Bien—dijo él—entonces, vamos tú y yo ¿no?
Ella dudó todavía un instante, después, sonriendo, asintió. Él la tomó levemente del brazo y la condujo hacia la salida.
—Por cierto—dijo el hombre, cuando ya el pesado bochorno del exterior les envolvía en un desagradable abrazo—me llamo Ernesto ¿Y tú?
—Laura—respondió con una sonrisa tímida.
Durante la cena Ernesto le contó que era abogado. Dirigía un bufete en la parte alta de la ciudad que se dedicaba, casi en exclusiva, a velar por los intereses de las diversas empresas regentadas por su suegro, al que, recientemente, se había incorporado su hijo mayor. Sí, estaba casado, pero su matrimonio hacía mucho tiempo que había terminado como tal —le explicó a Laura—, si su mujer y él seguían juntos era únicamente porque les unían asuntos de índole económica, diversos negocios y propiedades que tenían en común. La relación entre su esposa y él se limitaba a compartir una enorme casa en la que raramente se cruzaban siquiera por los pasillos, y a acudir a actos públicos en representación de alguna de las empresas de su suegro. Aparte de eso, cada uno hacía su propia vida sin inmiscuirse para nada en la del otro. Estaba atado a su poderosa familia política y muy especialmente a su suegro, que le tenía en gran estima y que, por otra parte, le había brindado una magnifica oportunidad profesional, lo que le permitía gozar de una envidiable posición social y económica, añadió, haciéndole un guiño a Laura.
Ella se sintió algo decepcionada. Aquellas historias de hombres casados que no mantenían relaciones íntimas con sus esposas pero que se veían obligados a convivir con ellas por razones ajenas al amor, le sonaban a dèjá vu. Era una lástima. Pese a todo, decidió disfrutar de aquella cena y de la compañía de Ernesto, aunque después no volvieran a verse nunca.
Cuando terminaron de cenar Laura dijo que tenía que volver a casa, pero él insistió en que fuesen primero a tomar una copa a un bar de moda. Una vez allí, Ernesto quiso saber todo lo relacionado con ella. Le hacía preguntas sobre su vida, su trabajo, sus intereses, y la escuchaba con tanta atención que Laura se sintió sumamente halagada. Hacía mucho tiempo que nadie se interesaba de aquella manera por su persona, siempre era ella la que se preocupaba por los asuntos de los demás. Ernesto parecía tener sólo ojos y oídos para ella y la animaba a hablar con una actitud de atenta escucha que reforzaba continuamente con gestos de asentimiento. En aquel local atestado de gente, humo, risas, entrechocar de copas y alguna que otra salida de tono provocada por el alcohol, ellos parecían estar encerrados en una burbuja, aislados de todo, ajenos a cuanto ocurría a su alrededor, sólo pendientes el uno del otro. Ernesto era jovial y divertido; tenía un aire despreocupado que lo hacía encantador, muy alejado de la imagen grave y solemne que Laura pudiera tener de un hombre de su posición, ya que —tal como le confesó— había nacido en un hogar humilde en el que sus padres se empeñaron en que estudiara una carrera porque estaban convencidos de que con estudios podría llegar adonde quisiera. Había estudiado Derecho como podría haber elegido cualquier otra carrera sólo por complacerles, y pudo comprobar con el tiempo que sus padres tenían razón: al salir de la facultad con su título bajo el brazo, sus perspectivas de futuro no eran más halagüeñas que las de la mayor parte de sus compañeros de promoción; pero en aquellos años, había entablado amistad con un condiscípulo que le introdujo en su exclusivo círculo social y le dio la oportunidad de conocer a su hermana, una jovencita que de inmediato se prendó del encanto y la simpatía del joven licenciado, con la que se desposó al año de conocerse. A partir de ahí todo vino rodado—dijo Ernesto con una pícara sonrisa—, tal vez por eso, porque había tenido suerte y le resultó fácil llegar donde estaba, no le concedía demasiada importancia.
Laura estaba pletórica, hacía mucho tiempo que no sentía aquel cosquilleo en el estómago, aquella alegría irrefrenable que casi la hacía llorar de emoción. Se había acostumbrado a vivir tranquila, sin sobresaltos, dedicada a su hija y a su trabajo, rellenando los vacíos de su existencia con la familia y los escasos amigos que tenía, e inventándose pequeñas compensaciones que le permitieran creer que su vida ere plena y feliz. Pero muchas mañanas se despertaba con un nudo en la garganta, y un duendecillo invisible e inconformista le preguntaba al oído qué sentido tenía su vida, y ella lo apartaba de un manotazo junto con un mechón de cabello que cosquilleaba su cara. Después, se tragaba aquel nudo con el café y ahogaba bajo la ducha al ser diminuto y travieso que se divertía importunándola.
Era ya entrada la madrugada cuando Ernesto dejó a Laura en la puerta de su casa. Ella, no supo negarse cuando él le pidió su teléfono y le ofreció el suyo antes de despedirse con un casto beso en la mejilla.
—Lo he pasado muy bien esta noche—dijo Ernesto.
—Yo también—corroboró Laura.
—Te llamaré—prometió él.
Ella asintió con una sonrisa y cerró la puerta tras de sí sintiendo los ojos de Ernesto clavados en su espalda. No obstante, mientras subía en el ascensor se decía a sí misma que no volvería a verle, sin darse cuenta de que una tonta sonrisa bailaba alegremente en sus labios.
—¿Sí?—dijo la voz soñolienta de Elena a través del teléfono.
—Elena, soy yo. ¿Te he despertado?
—¿Tú qué crees?—respondió su amiga arrastrando las palabras de un modo que no dejaba lugar a dudas.
—¿Estás sola?
—Ahora sí. Ya sabes lo que pienso: para dormir, cada mochuelo a su olivo. ¿Qué hora es?—Elena carraspeó tratando de aclarar su voz y su cerebro adormecidos.
—Las tres y media. Perdona, pero es que no podía dormir. Necesitaba hablar contigo...
—Está bien. ¿Cómo te ha ido?—preguntó Elena resignada.
—Es un hombre encantador, Elena. Lo he pasado muy bien con él.
—Estupendo. Pues mañana me lo cuentas todo ¿Vale? Buenas noches.
—Pero no pienso volver a verle—añadió con rapidez sabiendo que Elena estaba a punto de colgar.
Oyó suspirar a su amiga antes de que efectuara la pregunta:
—¿Hay alguna razón en particular?
—Está casado.
—Ya...—Elena hizo una pequeña pausa como si tratara de comprender el razonamiento de Laura, y seguidamente preguntó—: ¿Es que querías casarte con él?
—¡Por supuesto que no!—rió Laura.
—Entonces, ¿Cuál es el problema?
—Mujer... Es que no creo que esté bien salir con un hombre casado.
—Cariño, ¿Dónde está escrito eso? Lo has pasado bien esta noche. Te noto feliz, ilusionada. Porque salgas con él un par de veces no va a pasar nada. Ya conoces mi máxima.
—Sí—respondió Laura, y ambas recitaron al unísono: —“Nunca te arrepientas de lo que has hecho, arrepiéntete sólo de lo que has dejado de hacer”—Y las dos se echaron a reír.
—Consúltalo con la almohada y mañana hablamos ¿de acuerdo?—sugirió Elena.
—De acuerdo—dijo Laura— Que descanses.
—Buenas noches.
Y Laura se durmió pensando que, a pesar de la opinión de su amiga, no volvería a ver a Ernesto.