IV

Era domingo. Otro de aquellos odiosos domingos en los que las horas parecían ralentizarse, estirarse como un chicle sólo para atormentar a quienes como Laura, no tenían con quién compartir su tiempo libre ni sabían cómo emplearlo en soledad. Decidió ir al gimnasio a nadar un rato en la piscina exterior y tomar un poco el sol. Prefería con mucho disfrutar de la tranquilidad que le ofrecía la piscina del gimnasio que ir a la playa y tratar de conseguir un hueco entre cuerpos sudorosos y ávidos de sol que acudían en masa en aquellos primeros días del incipiente verano, para salir de allí rebozada en arena y sal hasta las pestañas, y con los nervios en tensión a causa del inquietante y pertinaz sonido de un balón, inevitablemente próximo a ella, que en cualquier momento iría a parar a su toalla o, peor todavía: golpearía su cabeza con violencia -estaba convencida de que tenía un extraño atractivo para las pelotas de playa que parecían perseguirla como si tuviera un imán—, y acabaría la jornada playera totalmente estresada y huyendo a todo prisa, con el único anhelo de llegar a su casa para darse una reparadora ducha y poder relajarse al fin. Como si alguna fuerza superior la hubiera obligado a permanecer en aquella playa atestada durante horas y por fin se viera liberada de su condena. No, decididamente sería mejor la piscina. Allí se respiraba tranquilidad y el baño la tonificaría, al tiempo que le permitiría dilapidar algunas de aquellas festivas e interminables horas.

De todos modos tenía que admitir que en verano la soledad era más llevadera. Siempre cabía la posibilidad de matar el tiempo en la playa, tumbada bajo el sol, o en la piscina, o paseando por algún parque, observando a la gente y siendo de alguna manera partícipe de sus vidas, aunque sólo fuera como mudo testigo. En invierno era más duro. Había que salir de casa para dirigirse a algún lugar en concreto. Por ese motivo, si no tenía ningún plan determinado, optaba por permanecer encerrada en la soledad de su hogar, como si cumpliera un arresto domiciliario —a veces, ni siquiera se quitaba el pijama en todo el día—, viendo la vida pasar a través de la ventana y sintiendo envidia de todas aquellas gentes que transitaban por la calle y tenían algún lugar a donde ir y alguien que les esperara, y esa idea acrecentaba su tristeza y la pena que sentía por ella misma. Tenía la posibilidad de acudir a casa de sus padres, su madre no dejaba de pedírselo cada semana, pero le dolía comprobar el estado de su padre que se deterioraba por momentos, y siempre salía de allí más deprimida de lo que llegaba.

Cuando Marta era pequeña nunca se sentía sola, ni siquiera cuando Javier la dejó. La tenía a ella. Su vida giraba en torno a la pequeña y siempre estaba ocupada. Iban juntas a todas partes, se evadía participando con entusiasmo en las actividades y los entretenimientos que ideaba para distraer a la niña y disfrutaba con sus juegos y sus ocurrencias. Pero Marta había crecido y ya no la necesitaba. Tenía sus propios amigos y nuevos intereses. Y Laura no podía evitar que la nostalgia le pellizcara el corazón ante la energía arrolladora de su hija y sus ganas de vivir que le recordaban a ella misma cuando tenía su edad. Ella había llegado a un punto en el que la vida le pesaba, le daba pereza vivirla, y se sentía aliviada cuando miraba atrás y veía el camino recorrido; ya quedaba menos... en eso se había convertido la existencia para ella: en un largo y penoso camino que tenía que recorrer hasta llegar al final.

Sí, probablemente era demasiado joven para estar tan desencantada, para dejarse languidecer de aquel modo, pero no se sentía con fuerzas para hacer otra cosa. Por supuesto que deseaba que su vida cambiara, no dejaba de mantener una leve esperanza, pero odiaba la idea de andar sola por ahí, buscando ¿Qué? Proclamando a los cuatro vientos que no tenía a nadie a su lado... A su edad su vida debería estar estabilizada, fluir mansa y felizmente sin que ella tuviera que hacer nada, ningún desesperado esfuerzo por dotarla de algún sentido y seguir teniendo ganas de levantarse de la cama cada mañana. Elena siempre le decía que tenía que salir más, hacer amistades, buscar alguna actividad que le gustase y en la que pudiera conocer a otras personas; ella misma la invitaba a acompañarla siempre que le era posible. Pero Laura se sentía incómoda e insegura entre los cultos y mundanos amigos de Elena y a menudo declinaba su invitación; se encontraba mejor en la confortable y familiar soledad de su hogar.

Años atrás, cuando vivía con Javier, le encantaban los domingos. Sobre todo en invierno: despertarse por la mañana sin prisa, sin sentir el tic tac del reloj apremiándola, pisándole los talones por toda la casa; desperezarse como un gato y acurrucarse de nuevo junto al cuerpo de Javier buscando su calor, tal vez, hacer el amor aun somnolientos, desayunar con calma y salir después a dar un largo paseo, tomar el aperitivo en alguno de los bares del barrio y quizá comer en un pequeño y acogedor restaurante. Y aquellas tardes tranquilas en las que permanecían refugiados en la calidez de su hogar burlando al frío que se pegaba a los cristales sin poder entrar, o contemplando la lluvia que caía silenciosa mientras merendaban pastelillos y los acompañaban con cava...Cuando nació Marta se mantuvieron fieles a aquella especie de tradición que se habían inventado adaptándola a las necesidades de la pequeña: los paseos y el aperitivo se trasladaron a los parques, y el cava, que incitaba al amor, aguardaba impaciente el ansiado momento en el que, después de comer, los párpados de de la niña se entornaban y les concedía la gracia de una larga y reparadora siesta.

Después, todo acabó. Y los domingos se convirtieron en una pesadilla recurrente: una montaña interminable de horas vacías salpicadas de soledad y tristeza.

El vestuario del gimnasio estaba desierto y silencioso cuando Laura entró. Posiblemente, tal como ella había supuesto, la mayoría de los usuarios habituales estarían en la playa, o aprovechando aquellos primeros días de sol para hacer alguna escapada fuera de la ciudad.

Laura eligió una taquilla al azar y empezó a desnudarse. Entonces la vio. Estaba sentada en un rincón, tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la pared, y una escoba en la mano que amenazaba con escapar de sus dedos en cualquier momento y caer al suelo con estrépito. Vestía el uniforme de las empleadas de la limpieza del gimnasio y parecía profundamente dormida. Laura ralentizó sus movimientos tratando de no hacer ruido para no molestarla, pero la mujer pareció adivinar su presencia y abrió los ojos de súbito, al tiempo que se ponía en pie azorada.

—¡Oh! Disculpe, señora...Sólo me había sentado a descansar un momento...—balbuceó con la cabeza baja, y se puso a barrer de forma mecánica, todavía aturdida.

—No te preocupes—sonrió Laura, amistosa—por mi puedes seguir descansando.

—Si me llega a pillar la jefa...

—Bueno, hoy no parece que haya mucho trabajo—Laura no sabía que decir para tranquilizar a la pobre mujer que se mostraba avergonzada.

Ella no respondió. De repente, pareció sufrir un vahído, y tras apoyarse en la pared un instante, se dejó caer de nuevo sobre uno de los bancos, se cubrió el rostro con las manos y un gemido escapó de su garganta. Laura temió que fuera a desmayarse o que se echase a llorar. Acabó de enfundarse el bikini con rapidez y acudió solícita a su lado.

—¿Te encuentras bien?—preguntó sentándose junto a ella y posando su mano sobre el hombro de la muchacha.

La joven asintió en silencio con un cabeceo, retiró las manos de su cara y miró a Laura con gesto abatido.

—Lo siento, no quería asustarla. Es sólo que estoy un poco cansada...

Era bastante mas joven que ella, apenas si habría cumplido los treinta y cinco años, pero unas oscuras bolsas bajo sus ojos y su aspecto cansado la hacían parecer mayor.

En aquel momento la puerta del vestuario se abrió y apareció Ruth, la monitora de las rastas que dirigía las clases a las que asistía Laura. Llevaba un diminuto bikini blanco que dejaba al descubierto la mayor parte de su esbelto cuerpo y resaltaba su magnífico bronceado. Era muy guapa, pensó Laura, y muy joven.

—¿Qué te pasa, Teresa?—preguntó con preocupación al descubrir a la muchacha de la limpieza, acudiendo de inmediato junto a ella.

—No es nada, Ruth. Me he mareado un poco, pero ya me encuentro mejor—respondió la joven—es que apenas he dormido esta noche...

—¿Por qué?—la interrogó Ruth con cierta rudeza al tiempo que se sentaba a su lado— Has estado trabajando ¿verdad?

—Es que me llamó la hija de la Sra. Jacinta, ya sabes, mi vecina, para que me quedase con su madre esta noche porque ella tenía que salir por un compromiso, y se ve que la mujer no se sentía muy bien y no quería quedarse sola—explicó Teresa.

—Pero es que tú no puedes estar trabajando veinticuatro horas al día, mujer—la reprendió Ruth en tono afectuoso—acabarás por caer enferma.

—Bueno, he podido dar alguna cabezadita durante la noche...De todas maneras, si Dios quiere, pronto podré dejar alguno de los trabajos—agregó Teresa con un leve brillo de esperanza en sus ojos.

—Trabaja aquí por las mañanas—explicó Ruth dirigiéndose a Laura—, por las tardes limpia una escuela, y muchas noches se las pasa cuidando de esa anciana vecina suya, y encima los fines de semanas viene a hacer horas extras.

—¡Vaya!—terció Laura—todo eso parece demasiado.

—Es por mi hija—dijo Teresa, y su rostro se iluminó con una dulce sonrisa—Quiere ser bailarina ¿sabe? siempre le gustó bailar. Si casi no sabía ni andar y ya se pasaba las horas delante del espejo de casa bailando de puntillas. No se dónde lo aprendió. Supongo que ya nació con eso...

Se encogió ligeramente de hombros con una mezcla de resignación y orgullo, como si acabara de decir que su hija había tenido la desgracia de nacer superdotada y no tenían más remedio que aceptarlo y aprender a vivir con aquel problema.

—Una profesora del colegio le dijo que la niña tenía facultades para bailar—intervino Ruth—, que debería llevarla a clases de danza. Pero claro, Teresa no podía pagarlas. Bastante ha hecho ya con criar a su hija sola, la pobre, después de que el sinvergüenza del padre desapareciera cuando supo que estaba embarazada.

-Éramos unos críos -lo justificó Teresa - y supongo que se asustó. Si no hubiera sido por mi madre... Pero bueno, eso ya es agua pasada.

—El caso es que la maestra de Beatriz, su hija—continuó Ruth—, le presentó a una amiga suya que tenía una escuela de ballet, y cuando vio bailar a la niña se entusiasmó con ella, pero Teresa le dijo que no tenía dinero para pagar el curso, así que Blanca, la directora de la escuela, le propuso que se ocupase de la limpieza de las instalaciones a cambio de las clases.

—A mi niña le hacía tanta ilusión que no pude negarme—dijo Teresa.

—¿Cuántos años tiene tu hija?—preguntó Laura.

—Acaba de hacer los quince. Lleva bailando desde los cinco, y todos dicen que puede llegar a ser una gran bailarina.

—¡Seguro que lo será!—confirmó Ruth.

—Blanca, su profesora de danza—siguió Teresa—, se ha tomado siempre mucho interés por ella. Pero dice que ya no puede enseñarle nada más, que si sigue en sus clases se estancará, y que tendría que ir a una escuela más profesional. Y como sabe que no nos sobra el dinero lo ha arreglado todo para que le den una beca a la niña y pueda seguir preparándose.

—Mañana es el examen. —terció Ruth sonriendo y rodeando a Teresa con el brazo en un gesto de cariño—Si tiene suerte entrará en una escuela de danza muy importante de Madrid y pronto podrá empezar a bailar profesionalmente.

—¡Dios quiera que lo consiga...!—dijo Teresa elevando los ojos al techo al tiempo que se santiguaba.

—Seguro que lo logrará—la animó Laura.

—Lo único que me preocupa es que tendremos que separarnos. Imaginaros, mi niña sola en Madrid...

—¿Y tú no puedes acompañarla?—preguntó Laura.

—De momento no. ¿Qué iba a hacer yo en Madrid? Aquí al menos tengo trabajo. No sé, espero poder ir más adelante. Por ahora Beatriz vivirá en casa de una hermana de Blanca. Se están portando muy bien con nosotras y les estamos muy agradecidas. Y es la ilusión de la niña...Yo nunca haría nada para quitarle esa ilusión.

—Claro...—Laura escuchaba conmovida a aquella mujer dispuesta a hacer cualquier sacrificio por cumplir el sueño de su hija.

—Todo saldrá bien, Teresa, ya lo verás—añadió Ruth, con entusiasmo—y entre todos te ayudaremos a encontrar una solución para que puedas reunirte con tu hija en Madrid lo antes posible.

—Gracias, Ruth. Eres muy buena conmigo—dijo Teresa con humildad.

—Tu sí que eres buena, Teresa—replicó Ruth—y mereces que todo os salga muy bien a ti y a tu hija.

—Bueno, tengo que seguir trabajando—se disculpó la mujer, sonriendo con timidez— perdonad que os haya aburrido con mis problemas.

—¡No seas tonta!—protestó Ruth, afectuosa.

—Nada, mujer—añadió Laura—, y si hay algo que pueda hacer por ti...

—Gracias -dijo Teresa- Ya nos veremos por aquí...

—Claro. Suerte mañana para tu hija.

Teresa asintió sonriendo agradecida, y tras despedirse de Ruth, empuñó el carro cargado con los útiles de limpieza y salió del vestuario.

—Bueno—se despidió Laura también— Nos vemos mañana en clase.

—Hasta mañana, Laura—Ruth, que acababa de desnudarse por completo, se dirigía a la ducha con su voluminosa cabellera envuelta en una toalla.

Laura se colgó del hombro la bolsa de playa y la toalla, de modo que ésta última cubriera su cuerpo estratégicamente, y se encaminó hacia la piscina. Había poca gente y reinaba un apacible silencio. Olía a cloro y hacía calor. Con la charla, se había hecho un poco tarde y el sol ya estaba alto. Eligió una tumbona al azar, extendió sobre ella su toalla y se tendió encima. Hizo una larga y profunda inspiración y soltó el aire despacio; una suave brisa contrarrestaba el calor del medio día. De inmediato, la invadió una agradable sensación de bienestar, se abandonó al dulce abrazo del sol y se dejó acariciar dócilmente. El pasado invierno había asistido a un curso de Pensamiento Positivo, y aprendió que la verdadera felicidad consistía en saber disfrutar de pequeños momentos como aquél, sólo había que estar alerta para aprehenderlos cuando se presentaban y exprimirlos hasta la última gota. Sumándolos todos a lo largo de la vida, conformarían una existencia feliz. Eran momentos, situaciones, pequeños destellos de luz que estaban por todas partes, siempre al alcance de la mano. Como decía el joven maestro budista, era más fácil conseguir de este modo la felicidad que persiguiéndola con ahínco durante toda la vida, dejando escapar, entretanto, aquellas pequeñas cosas que se cruzaban en el camino y a las que ni siquiera se prestaba atención, preocupados tan solo por conquistar aquel ideal de FELICIDAD, con mayúsculas, que una y otra vez se escurría de entre los dedos convertido en humo. Porque la felicidad, explicaba, no es un objeto tangible que se pueda amasar ni guardar en un cofre bajo llave como un preciado tesoro; es volátil y escurridiza, y hay que apurarla hasta la última gota en el preciso instante en el que se nos ofrece.

A la mañana siguiente, cuando los relojes habían rebasado con creces la hora que indicaba el medio día, Blanca, la profesora de danza de Beatriz, y su hijo David, aguardaban nerviosos y firmemente asidos del brazo, en el hall del teatro en el que se realizaban las pruebas de ballet. Ninguno de los dos apartaba la vista de la cima de la escalera por la que tenía que aparecer la joven bailarina en cualquier momento. De súbito, la melodía de piano que les llegaba desde la planta superior cesó y ambos se miraron conteniendo la respiración y aguardando expectantes la aparición de la muchacha. Poco después, Beatriz se asomaba jadeante a la barandilla, enfundada su estilizada figura, casi infantil, en un maillot blanco y unos leotardos del mismo color. El rostro arrebolado y grave el semblante, los observó unos instantes con sus grandes ojos azules. Algunos mechones de sus rubios cabellos se habían desprendido del pequeño moño con que los recogía y flotaban en torno a su cara formando una especie de aureola dorada; estaba preciosa, pensó David contemplándola embelesado. Entonces ella sonrió, y lanzando un grito de alegría, voló literalmente escaleras abajo hasta arrojarse en los brazos de ambos.

—¡Lo he conseguido!—gritó, con regocijo—¡Me van a dar la beca! ¡Me voy a Madrid!

—¡Cuánto me alegro, cariño!—dijo Blanca, emocionada, estrechándola con fuerza entre sus brazos.

—¡Sabía que lo lograrías!—David apartaba con ternura los cabellos húmedos pegados al rostro de la muchacha mientras aguardaba impaciente el momento de poder abrazarla también.

Beatriz se separó de Blanca y se lanzó al cuello del muchacho que la levantó en volandas y ambos giraron enlazados por el hall del teatro riendo a carcajadas. Cuando la depositó de nuevo en el suelo se besaron levemente en los labios bajo la mirada complacida de Blanca, y Beatriz sonrió, algo cohibida.

—Estoy toda sudada...—se disculpó.

—Estás preciosa—respondió David.

—Me refresco un poco, me cambio en un momento y os lo cuento todo ¿vale?— cogió la mochila que Blanca le tendía y agregó—: esperadme fuera y nos tomamos algo para celebrarlo. ¡Me muero de sed! Vuelvo enseguida.

La joven echó a correr como una exhalación en dirección a los camerinos para cambiarse de ropa mientras madre e hijo se fundían en un abrazo y, sonriendo felices, se dirigían hacia las puertas del teatro para aguardar a la muchacha bajo la marquesina.

Más tarde, en un bar cercano, Beatriz daba buena cuenta de una botella de agua mineral mientras explicaba a sus amigos entre grandes aspavientos y poseída por una incontenible excitación, todos los detalles de cuanto había acontecido en el transcurso de la prueba.

—Cuando he entrado en la sala—decía—creía que iba a desmayarme de la impresión: los tres miembros del tribunal estaban sentados detrás de una mesa mirándome muy serios. Me han preguntado mi nombre y no sé cuantas cosas más, ¡ni siquiera me acuerdo de lo que he contestado! Después me han dicho que podía empezar. A mí me ha entrado pánico: creía que en cuanto intentara mover un pie tropezaría y me caería delante de ellos. A pesar de todo, le he hecho una seña al pianista y enseguida ha empezado a tocar...No sé lo que me ha pasado, ¡os lo juro! cuando he oído la música, mis pies han empezado a moverse solos, me he olvidado de los profesores, de dónde me encontraba, de lo importante que era aquello para mí, de lo que me jugaba...sólo oía el piano y bailaba, bailaba, bailaba...por mí no habría parado nunca de bailar. Hasta que el pianista ha dejado de tocar de golpe y yo he vuelto a la realidad. He mirado al fondo de la sala y todos me estaban observando con la cara muy seria, sin mover un músculo, y muy callados. Se me ha venido el mundo encima: ¡no había superado la prueba! Pero de repente, la directora del ballet de Madrid ha sonreído, me ha dicho que lo había hecho muy bien, que les había impresionado y que habían disfrutado mucho con mi actuación; podía irme a casa tranquila: ¡la beca ya era mía...! ¿No es increíble?

—No, cariño—repuso Blanca sonriendo con ternura—es lo que tú te mereces. Has trabajado mucho para conseguirlo.

—Pero si tú no me hubieses ayudado, si no hubieses confiado en mí, nunca habría llegado hasta aquí. Todo te lo debo a ti, Blanca—Beatriz se abrazó a su profesora, agradecida, con lágrimas en los ojos.

—¡Eh! ¿Y yo qué?—protestó David, riendo—¿No me merezco nada después de todas las horas que me he pasado tocando el piano para que ensayaras?

—¡Tú te lo mereces todo, guapísimo!—rió Beatriz, melosa, abrazándose a su novio. Después miró su reloj de pulsera—Ahora tengo que irme. Estoy deseando contárselo a mamá.

—Sí, querida—intervino Blanca—ve a decírselo en seguida. Seguro que Teresa se pondrá muy contenta.

Beatriz los besó de nuevo a ambos y salió corriendo del bar entre bromas y risas.

Segundos después, el estridente chirrido de unos neumáticos y los gritos de la gente congelaron la sonrisa en los labios de David y Blanca que, asaltados por un terrible presentimiento, se abalanzaron sobre la puerta de la calle para ver qué había ocurrido. En medio de la calzada había un coche atravesado y un hombre salía de él llevándose, desolado, las manos a la cabeza:

—¡No la he visto! ¡Ha aparecido de repente! ¡No he tenido tiempo de frenar...!— repetía una y otra vez.

Blanca y su hijo, angustiados, se abrieron paso entre la multitud que se arremolinaba ante la parte delantera del vehículo, y lo que vieron, les heló la sangre en las venas: bajo las ruedas, Beatriz, más menuda y frágil que nunca, yacía inerte como una muñeca rota.