Adiós, Psicoanálisis.
ELEGIR
por mí mismo.
A los 20 años me empecé a psicoanalizar.
Hubo un día en el que salí a la calle y no supe a dónde ir. No
sabía qué estaba pasando en mi vida. A los 18 años me había
enamorado de un chico, mi primer amor aparentemente correspondido,
un chico artista, actor, cantante y bailarín, lo que siempre había
soñado. Fueron apenas unos días, pero yo estaba convencido de que
había encontrado a mi príncipe azul, el amor que me duraría toda la
vida, el amor que resolvería todos mis problemas y llenaría todas
mis carencias. Bueno, ese amor se lió con otro. Ahora lo pienso y
no sé por qué tuvo tanta importancia para mí. Son cosas que pasan,
y más con 18 años. Pero en aquel momento lo sentí como la mayor
traición del mundo, que se unió a mi estado general de no saber qué
hacer con mi vida. Había dejado la primera carrera que empecé y
estaba muy perdido. Esa sensación continuó dentro de mí, intentaba
adaptarme, ser “guay”, que la gente no viese que estaba mal, empecé
una nueva carrera que tampoco me convencía... Hasta que llegó ese
día en el que no pude más y me quedé paralizado.
Paseando por la calle vi un portal cerca de
mi casa donde se anunciaba una Consulta de
Psicología. Llamé y concertamos la primera cita. Empecé a
hablar y a hablar, me tumbé en un diván y me sentí muy bien, lo
estaba vomitando todo, me iba abriendo poco a poco. Cada sesión
acababa con un “nos vemos la semana que viene”. Luego acordamos que
sería mejor vernos un par de veces por semana. Retomé un trabajo de
camarero para poder afrontar tanto gasto, porque las sesiones no
eran baratas. Lo analicé todo. Qué me pasaba, mis problemas, mi
sexualidad, mis amigos, mis padres, mi familia. Y cada sesión
acababa con aquel “nos vemos en la próxima sesión”. El primer año,
incluso los dos primeros años, fueron muy productivos. Tenía mucha
mierda acumulada. Una infancia difícil, problemas en la familia,
pero no creo que fuese una situación muy distinta de la de
cualquier otra persona. ¿Quién no ha tenido problemas en su
familia, quién no lo ha pasado mal en la infancia? Creo que forma
parte de la vida, incluso que para tener una vida rica tienes que
haber pasado por momentos difíciles. Pero todo se empezó a alargar.
Empecé a tener muchas dudas. Demasiado dinero invertido, era una
locura. Cada vez que planteaba que quería dejar el análisis, de
alguna manera acababa viendo que había mucho todavía “por trabajar
y por analizar”. Empecé a odiar esas palabras. Alguna vez, en la
consulta, se me preguntó si le recomendaría el psicoanálisis a mis amigos. Y mi respuesta era un
claro “no”. Sabía que me había ayudado en muchas cosas, pero
también que me estaba frenando. Más de una vez le dije a mi
analista que tenía la sensación de que siempre habría cosas que
analizar mientras uno estuviese vivo, que nunca habría un final
para el análisis. Pero me insistía en que todo análisis llegaba a
un final y que el mío aún no había llegado.
En la vida no se puede pensar y analizar
todo. Y yo caí en esa trampa. Cuando tenía una duda sobre qué
decisión tomar, cuando no sabía qué hacer, siempre esperaba a que
llegase la siguiente sesión para que me ayudase a decidirme. Y
muchas veces salía con una opción muy distinta de la que llevaba en
la cabeza al llegar, la mía. La vida no es eterna, y 11 años de
psicoanálisis para mí es demasiado. Creo
que perdí muchas oportunidades. A lo mejor hubiese tomado
decisiones incorrectas, o de las que me hubiese arrepentido más
tarde, pero serían las mías. Muchas veces le comentaba que
fantaseaba con dejar el trabajo, cobrar el paro durante un tiempo y
dedicarme a las cosas que me gustaban. Hablábamos un poco del tema,
pero al final llegaba a la conclusión de que no era la mejor
opción. Bueno, creo que no era yo el que llegaba a la
conclusión.
Un día dije que no quería continuar haciendo
dos sesiones por semana y, aunque se me dieron todas las razones
posibles para que continuase, me mantuve firme y argumenté que
creía que no eran tan efectivas, que estaba cansado y que era
demasiado dinero. Aún así, continué un año más con el análisis con
una sesión por semana.
Cuando recibí el diagnóstico, supe de alguna
forma que era el comienzo del fin de esa etapa. Cuando le contaba
lo que estaba descubriendo por Internet, los cambios que estaba
haciendo en mi vida, las historias de recuperación que leía, se me
decía, qué sorpresa, que atendiese sólo a lo que me decían los
médicos. Estaba muy cansado. Veía, más que nunca, que no estábamos
en la misma frecuencia, que nunca lo habíamos estado y que el
análisis era demasiado “racional”. Sentía que, precisamente, quería
escapar del imperio de la mente.
Tuvimos más o menos un mes de vacaciones y,
cuando nos vimos de vuelta, yo tenía muy claro que le iba a decir
que no quería continuar más. Pero me sentía blando, así que era muy
posible que si me sugería que me diese unas sesiones más de plazo
para ver si cerrábamos temas pendientes era muy posible que me
volviese a enganchar. Cuando llegué a la consulta me encontré a mi
analista muy rara, con la cara hinchada. Nos sentamos y me explicó
que le habían detectado algo malo. Nunca me dijo qué era, pero por
sus palabras me pareció que se trataba de cáncer. Me dijo que
teníamos que dejar las sesiones porque ahora se tenía que dedicar a
ella, a recuperarse. Le dije que por supuesto. Ella me dio el
teléfono de un colega suyo por si quería continuar el análisis con
él. Lo tiré esa misma tarde.
Salí de la consulta aturdido, como si me
hubiesen dado una hostia en la cara. Pero a la vez estaba muy
relajado. Me había quitado un peso de encima. Era más libre. Sentí,
de nuevo, como si la vida me dijese: “te he estado dando pistas y
no lo estás pillando, así que ahora lo hago a lo bruto”. La
intuición que tenía desde hacía muchos años debía ser escuchada. No
podía seguir con el análisis, ya no cabían más tiempos muertos. Por
fin tenía que hacerme cargo de mi vida yo sólo, ser responsable de
mi vida en un cien por ciento.
No he vuelto a tener contacto con mi
analista, pero un día, mientas estaba escribiendo, me acordé de
ella y le envié un mensaje. Me dijo que se encontraba mejor, pero
que aún estaba en proceso de recuperarse, paso a paso. Espero de
todo corazón que esté bien y que se recupere. Compartimos muchas
cosas juntos, pero al final uno tiene que elegir su camino.