Hay una esencia.
CREO que hay una esencia. Algo
inmutable dentro de cada persona que está ahí desde que empieza a
dar señales de su personalidad. Y eso es muy pronto. El hijo de mi
prima nos empezó a enseñar que era indomable, que era muy tierno
pero que a la vez tenía muy claro lo que quería, con apenas tres
meses. Cuando le daban algo y no lo quería lo tiraba al suelo con
una rabia que pasmaba. Cuando era “no”, era “no”, y te lo decía con
toda la fuerza que su garganta se lo permitía. Y luego te miraba
con toda la bondad del mundo y te sonreía de una manera que te
derretía. Y hoy lo sigue haciendo. Ha recibido más o menos la misma
educación que su hermano mayor, igual de cariñoso, pero mucho más
introvertido. ¿Cómo es posible? ¡Si les han criado casi de la misma
manera! ¡Si sus padres habrán hecho casi lo mismo! Ya, seguro, pero
cada uno tiene una esencia distinta. Viene de serie.
Cuando yo era pequeño tenía una esencia, una
esencia fuerte. Características, habilidades, gustos que formaban
parte de mí. Y que me doy cuenta de que, muchos años después, sigue
siendo lo que me define. Me hace mucha gracia porque durante muchos
años estuve buscando qué era lo que me gustaba, lo que quería ser
de mayor, lo que me hacía feliz, lo que me diferenciaba del resto,
quién era. Cuando en realidad siempre ha estado ahí. Esa esencia
siempre estuvo presente. Muy presente. Siempre me ha gustado ver
series y películas. He pasado horas imitando a los actores que veía
en la pantalla, quería ser como ellos. Recuerdo que cuando estaba
en el colegio no me gustaba nada mi manera de ser. Sentía que no
encajaba con el resto de mis compañeros. No me gustaba el fútbol,
no me gustaba casi ninguna de las “cosas de chicos” y sentía o
creía que me daban la espalda. Así que cada vez que veía una serie
con algún protagonista muy carismático me quería convertir en él.
Estudiaba sus movimientos y su manera de ser durante el fin de
semana para que cuando llegase el lunes pudiese ponerlo en práctica
delante mis compañeros y así quisiesen ser mis amigos. Me quería
convertir en otro para que me aceptasen porque “quien yo era no era
suficiente”. Me ha costado muchos años darme cuenta de que no te
tienes que convertir en nadie más. Ya eres quien eres, y ese “quien
eres” es quien tienes que ser. Evidentemente, mis intentos por
convertirme en una estrella jamás funcionaron y cada martes me daba
cuenta de que no podía ser como ese actor. Aunque el siguiente fin
de semana tuviese algo de amnesia e intentase nuevamente
convertirme en alguien diferente. Y así curso tras curso. Creo que
fijarme tanto en los actores me hizo amar el cine y la televisión.
En las películas y en las series pasaban miles de cosas. Historias
que probablemente jamás viviría en mi propia carne, pero que la
ficción me ayudaba a comprender perfectamente. Así pude saber qué
era amar, odiar, perdonar, matar o perder a alguien mucho antes de
que me pasase en la vida. Bueno, no he matado a nadie, pero creo
que todos podemos entender qué se siente o la rabia que te puede
llevar a querer hacerlo. Mi madre me preguntó una vez, cuando tenía
dieciséis años y había comenzado a hacer teatro, mientras le
acompañaba a tender la ropa en el terrado del edificio donde
vivíamos, que qué era lo que me gustaba tanto de actuar. Y
precisamente le dije eso. Que ahora lo podía comprender todo, a los
buenos y a los malos, al enamorado y al asesino. Era como si de
repente se expandiese tu mente y pudieses vivir cientos de vidas y
pudieses ser mil personas distintas. Quizás muchos artistas hemos
tenido que tener importantes carencias en la infancia para ser eso,
artistas. Quizás el sentirme solo y sin muchos amigos cuando era
pequeño me hizo querer ser muchas personas distintas. Quizás, no lo
sé. Pero todo lo que he vivido es lo que me ha hecho ser quien soy.
Recuerdo que mi primera obra de teatro la hice en el colegio cuando
tenía unos diez años. Cuento de Navidad,
de Charles Dickens. Yo hacía del profesor
amargado que iba viendo cómo sería su vida si continuaba con
aquella existencia miserable. Me encantó ese primer papel, me lo
pasé genial, y podía ver entre el público las caras de satisfacción
de mi familia y profesores. Ese personaje era de alguna manera un
poco premonitorio, ya que en muchos momentos de mi pasado me sentí
igual de amargado que ese profesor.
También desde pequeño me fascinó cantar. Mi
vecina Rosa María hace pocos meses me recordaba cómo cantaba en el
parque, mientras mi padre me columpiaba cuando tenía unos cuatro
años, Amor, la fiesta terminó, la canción
que ese año cantó Paloma San Basilio en
Eurovisión. Y mientras me lo cuenta es
como si me viese y me escuchase cantándola. Siempre ha formado
parte de mí, siempre he estado en mi habitación escuchando
canciones, cantándolas, aprendiéndome las letras, viajando con mi
mente a otros lugares y viviendo miles de historias.
Hace un tiempo hice un curso de Teatro Físico. Un curso que me movió todos los
cimientos, por si no los tuviese ya bastante trastocados desde hace
algún tiempo. Básicamente dejamos el texto a un lado y nos dejamos
llevar por lo que nos regaló el momento, el aquí y el ahora. Actué,
más bien viví, desde lo orgánico, desde lo que me pedía el cuerpo
en cada instante. En dos días viví cosas y sentí como no lo había
hecho en mucho tiempo. Después de algunas horas de ejercicios muy
físicos empezamos improvisaciones con muy pocas pautas. “Eres
tierra y tienes que beber de esa botella”. “Eres agua y tienes que
bajar y subir de la mesa”. “Eres fuego y tienes que bailar con
ella”. Y nos lanzamos a lo que nos pidió el cuerpo. Y surgió
belleza, pequeñas películas por las que pagaría cientos de euros
por tener grabadas. Vida. Belleza. Para
mí, dos de las cosas más importantes. Hubo un momento en el que se
nos dijo que caminásemos por el escenario como si no fuésemos nada
y como si nos deslizásemos por la nada. Y, no sé por qué, empecé a
llorar y no pude parar durante quince minutos. Esa noche dormí muy
adolorido y como si fuese un bebé, y desperté sabiendo, más aún si
cabe, que todo está bien y que no hay nada que juzgar. Que, por
fin, sé que no hay ni bien ni mal. Sólo hay.
Ésa ha sido siempre mi esencia, como lo ha
sido el leer, el perderme en libros, el investigar otras culturas.
Querer expandirme, conocer sobre Budismo, Hinduismo, Judaísmo,
filosofía, Kabbalah, querer conocer otros
países, aprender canciones en inglés, viajar a Londres, conocer
América, fundirme en las películas de Almodóvar y en las de David
Lynch, leer poesía, ver documentales, creer en el amor, leer
sobre meditación, saber que hay más de lo que ven los ojos, que hay
más vida, que hay vida después de la vida, que hay otras
dimensiones, que hay realidades paralelas, que me apasionan las
matemáticas y la física cuántica, que me gusta hacer cosas por mí
mismo, que me encantan las finanzas personales, que me apasiona la
gente mayor que ha tenido una vida rica, que tengo más y más deseo
de historias y de aventuras, que quiero reír sin parar, que una
cena con amigos, con buen vino y buena charla puede marcar un punto
memorable en mi vida, que una sonrisa lo dice todo, que me enamoré
de The Cranberries cuando era un
adolescente, que los discos de Madonna
han marcado momentazos en mi vida, que Francia me robó el corazón,
que cantar un balada me permite decir cosas que no hay otra manera
de decir, que lo di todo por amor aunque no durase, que amo las
cosas vintage, que los olores me traen
memorias muy remotas, que me sé el nombre de decenas de perfumes,
que veo unas cinco películas a la semana, que me enamoré de
Pilates durante unos años, que una
melodía de piano o un bailarín me enamoran, que sé que el tiempo es
elástico, que las cosas no son exactamente como nos cuentan, que sé
que estamos un poco dormidos, que hay mucho más y que lo quiero
conocer.
Todo eso y mucho más fue, es y será mi
esencia.