Curros varios.
ENSEGUIDA comencé a trabajar
en la empresa de telemarketing donde
había trabajado el verano antes de irme a Francia. Me recibieron
con los brazos abiertos porque había funcionado muy bien con ellos.
Así que empecé a trabajar en diferentes campañas hasta me
ofrecieron incorporarme al lanzamiento de Serviberia. Era emocionante, empezar un nuevo
proyecto, con gente nueva, viajes a Sevilla y a Madrid para
aprender el sistema y conocer al equipo. Trabajar como formador y
como Responsable de Calidad, analizando
las llamadas para intentar que se vendiese más. Me lo pasaba bien,
me gustaba, porque me sentía valorado, sentía que mi trabajo tenía
un resultado, conocía a gente de todas partes del mundo, usaba
varios idiomas. Aunque siempre había una sensación de fondo de que
aquello no era para mí, que tenía que haber más, que me estaba
desperdiciando un poco. Hace poco recuperaba fragmentos que había
colgado en Fotolog antes de que lo
cerrasen definitivamente. Un diario de mi vida entre 2005 y 2009,
un reflejo de cómo me sentía en aquellos momentos y que tiene más
sentido que nunca mientras escribo este libro:
soy prácticamente como
un dj.
all day long,
escuchando las llamadas de los agentes Serviberia.
Pincho, escucho,
reciclo.
Pincho, escucho,
reciclo
Pincho, escucho,
reciclo
—— un coffee break
——
Pincho, escucho,
reciclo
14 diciembre
2005
Un tiempo después acabó la campaña y me
enviaron como Responsable de Servicio a
Endesa Ventas. No tenía ni idea de cómo
hacerlo. Ni idea de los objetivos de producción, de cómo
mejorarlos, de KPIs, de cómo lidiar con
un equipo tan grande, de cómo hacer que se vendiese más en menos
tiempo usado en cada llamada, sin apoyo alguno de superiores y, lo
peor de todo, sin ganas ni ilusión. De nuevo, me sentía como si
fuese un transitario, pero esta vez rodeado de gente. Unos meses
después me enteré de que había una vacante como Responsable de Calidad para el servicio de
LG, me presenté, me eligieron y allí me
fui. Pensaba que me volvería a sentir a gusto. Ya había hecho ese
trabajo antes y se me dada bien. Pero al llegar allí, aunque
tuviese un despacho precioso, gigante y con vistas al mar, me
sentía solo, aburrido, sin pasión y sin ganas. Creo que fueron tres
meses. Me puse a buscar trabajo y me llamaron para una entrevista
para un puesto de trabajo en un banco que parecía muy interesante.
Pasé todas las pruebas y a los quince días empecé a trabajar
allí.
Parecía el trabajo ideal en ese momento.
Mejor pagado, buen horario, el trabajo en sí no parecía muy
difícil, buen ambiente laboral. Recuerdo perfectamente la tarde que
pasé con mi amiga Rocío tomando un café en un bar mientras le
explicaba en qué iba a consistir el empleo. Hacía tanto hincapié en
las bondades del nuevo puesto que algo ya dentro de mí, esa
intuición a la que tantas veces voy a hacer referencia pero que
tanto me empeñaba en acallar, me decía que esa nueva aventura no me
emocionaba tanto. Y, por si aún no ha quedado claro, ahora me doy
cuenta de que lo único que me hace tirar hacia adelante y coger las
cosas con ganas es la pasión. Empecé a trabajar allí y, menos de un
mes después, me sorprendí llorando a la salida de la oficina. “Está
bien, pero ¿ya está?” Pero seguí trabajando allí durante ocho años.
No era el puesto de trabajo en sí, estaba bien, y la empresa era
muy buena. Los compañeros de trabajo eran geniales, de hecho muchos
son de mis mejores amigos, la carga de trabajo asumible, el sueldo
estaba bien y el horario era muy bueno. Un trabajo bueno, estable,
con contrato fijo, un trabajo “como tiene que ser”. Pero estaba
triste, muy triste, desde el primer día. Porque no sentía que
estuviese conectado conmigo mismo. Porque no sentía que lo mejor de
mí saliese allí, porque sabía que tenía más dentro para mostrar,
para hacer y para crear, y que lo estaba enterrando. Es muy difícil
de explicar y en ocasiones incluso me parece egoísta. Pero en todos
esos años de diferentes trabajos sentía que no me estaba siendo
fiel a mí mismo. Lo sentía, aunque era incapaz de ponerlo en
palabras y, de alguna forma, no me lo podía perdonar.