Epílogo
Porto Novo, verano de 1.916
La cometa se alzaba majestuosa sobre el cielo,
balanceándose a merced del viento que alcanzaba la costa desde el
levante mediterráneo. La luz del sol iluminaba el extenso mar que
brillaba intensamente como si miles de luciérnagas se hubieran
posado sobre su superficie. Ninguno de los cinco amigos parecía
sufrir el intenso calor estival que la brisa marina diseminaba
sobre la base del acantilado donde se divertían viendo como
“L’estel” se alejaba cada vez más del litoral adentrándose en la
basta extensión de agua que no parecía tener fin.
— Estira de la cuerda —gritó Bernat – Dale unos
cuantos tirones y ves soltando sedal o caerá al agua.
— Tranquilo que la tengo controlada —aseguró Carlos.
— ¡Déjame un poco a mí! —imploró Pere, que apenas le llegaba a Carlos a los hombros.
— No, que tú no sabes manejarla —le contestó Carlos.
Mientras tanto Miquel y Josep jugaban a
“encertar bastó” tras “La torre dels Falcons” protegiéndose del sol
castigador bajo la refrescante sombra que la antigua construcción
proyectaba sobre la rocosa superficie del terreno. De vez en cuando
diminutas gotas de agua, provenientes de las olas al golpear sobre
la base del acantilado, flotaban sobre el área de juego haciendo
más agradable el ambiente.
— ¡Déjame a mí, venga! —insistió
Pere.
— ¡Vaaaale! —asintió Carlos – Toma coge la cuerda.
La cometa seguía surcando el cielo dibujando
círculos hacia ambos lados sin parar.
— ¡Ves como sé manejarla! —dijo Pere con
satisfacción.
— Eres un maestro —reconoció Carlos dándole una palmada en la espalda.
A medida que Pere iba soltando cuerda la cometa
se alejaba cada vez más del acantilado.
— Espera. No sueltes más cuerda —ordenó
Bernat.
— ¿Por qué? —preguntó Pere – Yo quiero que suba más.
— No está subiendo. —observó Carlos – Se está alejando pero no está subiendo.
— El viento no sopla tan fuerte mar adentro —dijo Bernat – Si no recogemos cuerda caerá al agua.
Pere comenzó a enrollar de nuevo la cuerda
sobre el trozo de madera cruzándola de lado a lado lo más rápido
que sus pequeñas manos le permitían. Miquel y Josep soltaron los
aros en el suelo y se acercaron hasta donde estaban sus
compañeros.
— No es suficiente —dijo Miquel— está empezando
a descender.
Pere comenzó a correr de espaldas intentando que la cometa cogiera altura de nuevo, a la vez que la acercaba hacia la costa. Como movida por impulsos la cometa comenzó a elevarse ganando altura rápidamente.
— ¡Ahora! —gritó Josep – Vuelve a subir. Sigue
así Pere. ¡Muy bien!
Pere, que seguía corriendo de espaldas, esbozó
una gran sonrisa en su rostro pecoso mostrando la gran satisfacción
que le causaba el haber resuelto el problema. Ensimismado en su
gran triunfo, no se dio cuenta que se estaba acercando al borde
lateral del acantilado hasta que notó como el suelo desapareció
bajo sus pies. La reacción fue instintiva. Pere soltó la cuerda y
extendió sus brazos hacia el frente, mientras caía al vacío,
intentando agarrarse a algún saliente. Mientras tanto la cometa
comenzó a descender velozmente sobre las aguas.
— ¡Socorro! —gritó Pere mirando hacia arriba,
con la esperanza de ver aparecer a alguien, mientras se aferraba
fuertemente a una roca con ambas manos.
Carlos y Josep corrieron a su encuentro
temiéndose lo peor. Mientras tanto Miquel salió disparado en pos de
la cuerda para recuperar la cometa.
— ¡Déjala! —dijo Bernat – Hemos de ayudar a
Pere.
Miquel observó como la cuerda se deslizaba
sobre la irregular superficie arrastrando tras de sí el ovillo y
dirigiéndose al precipicio norte del acantilado donde caería sobre
las rocas bañadas por el mar.
Cuando Carlos se asomó al borde del barranco
pudo ver a Pere magullado y llorando a dos metros de distancia de
la llanura donde se encontraban ellos.
— ¡Me voy a caer! —gritó Pere -
¡Ayudadme!
El saliente, donde estaba agarrado Pere, cedió
unos centímetros desprendiendo tierra y polvo sobre su
rostro.
— ¡No te sueltes! —dijo Carlos – ¡Voy a por
ti!
— ¡No llegarás! —señaló Josep.
Carlos giró la cabeza a ambos lados buscando
algún objeto como un palo o una cuerda que le permitiese llegar
hasta Pere.
— ¡No puedo más! —volvió a gritar Pere sin
dejar de llorar.
— ¡Agarradme de los pies! —ordenó Carlos que se extendió sobre el borde del precipicio.
Miquel y Josep hicieron caso a Carlos y lo
sujetaron fuertemente agarrándolo por ambos tobillos. Mientras
tanto Bernat frenaba a estos últimos desde atrás asiéndolos por la
cintura de los pantalones. Carlos se arrastró hacía abajo por la
escabrosa superficie de la pared del acantilado hiriéndose las
desnudas y desprotegidas piernas que dejaban al descubierto sus
pantalones cortos.
— ¡Dame la mano! —gritó Carlos alargando el
brazo hacia su amigo.
Pere alzó la vista y vio la mano de Carlos
abierta frente a él. En un rápido movimiento extendió su brazo
hacia arriba y se aferró a ella fuertemente.
— ¡Lo tengo! —dijo Carlos – ¡Tirad hacia
arriba!
Los tres amigos que estaban en la superficie
empezaron a tirar con fuerza. Un grito de dolor resonó a o largo
del acantilado repetido infinitamente por el eco. Al intentar
subirlos, Carlos se había golpeado las costillas contra un saliente
acabado en punta. Una gran mancha roja se formó en el lateral de su
camisa.
— ¡No me sueltes Carlos! —imploró Pere entre
sollozos.
— No te voy a soltar —aseguró Carlos aguantando el fuerte dolor que sufría en el costado— Si caes tú, caigo yo.
— Si caes tú caemos todos —corroboró Josep—. Pero has de poner de tu parte. Nosotros solos no podremos.
Pere miró a sus compañeros uno a uno y con
rostro sereno dijo.
— Voy a intentar subir por encima de ti Carlos.
—apuntó Pere - ¿Puedo confiar en vosotros?
— Siempre podrás confiar en nosotros —pronunció Carlos con firmeza—. ¡Pero date prisa!
Haciendo un alarde de valentía y fuerza, Pere
comenzó a escalar sobre Carlos que intentaba no gritar de dolor
para no distraer a su compañero. Cuando al fin logró alcanzar la
cima, entre todos subieron a Carlos que estaba cubierto de tierra y
polvo. Su camisa estaba totalmente hecha jirones y un profundo
corte, del que no dejaba de manar sangre, se extendía sobre sus
costillas. Pere se quitó la camisa y enrollándola en su mano la
sujetó sobre la herida de Carlos.
— Cuando llegue a casa mi padre me va a dar una
paliza —dijo Carlos.
— Y todo por mi culpa —reconoció Pere - ¡Aguanta la camisa así! De esta manera parará de sangrar.
Pere se fijó en el rostro de todos sus
amigos.
— Gracias a todos —dijo – Me habéis salvado la
vida. Nunca lo olvidaré.
— Para eso somos amigos —observó Josep – Para ayudarnos unos a otros.
— Somos más que amigos —dijo Bernat – Somos una familia.
— Sí —corroboró Miquel – Somos una familia. Y a este pequeñajo hay que darle de comer más que se está quedando en los huesos—. prosiguió señalando a Pere que estaba sin camisa mostrando su escuálido torso.
Los cinco amigos se echaron a reír y abrazados
se alejaron del acantilado. Mientras tanto la cometa que estaba
sobre las aguas comenzó a hundirse en la oscura profundidad del
mar.
FIN